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Autor: Javier Fidalgo Fernández

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14-01-2008

Todo grupo tiene un objetivo que mantiene cohesionados a sus miembros dándoles una razón para pertenecer a él. Este objetivo o “razón de ser” modula su trabajo. En realidad la “razón de ser” de un grupo no es una sino dos: una explícita y una implícita. No tienen por qué coincidir y a veces son contrapuestas. Cuando esto ocurre, la incoherencia provoca una tensión en el grupo que merma su eficiencia.

Las personas se reúnen en grupos por un interés compartido en llevar a cabo una tarea común: desde una reunión de amigos, un parque de bomberos o una empresa.

Todo grupo tiene dos tipos de tareas sobre las que trabaja: la explicita y la implícita.

La explicita es la “misión” de una empresa o departamento (a menudo definida como “la razón de ser”), es el “ganar partidos” del equipo de fútbol o la de “apagar fuegos” de los bomberos.

La implícita es eso, implícita, y por tanto no es evidente. Lo normal es que los miembros de un grupo nunca la lleguen a conocer. Y sin embargo a menudo trabajan en ella.

A veces una de las dos toma el protagonismo y el grupo se dedica a ella. Luego es la otra la principal y el grupo ajusta su forma de trabajar al cambio producido. Esta alternancia puede aparecer con una frecuencia muy corta de horas (¡minutos incluso!), de meses o años.

La existencia de esta tarea implícita es ampliamente desconocida, pero puede ser “descubierta” por alguien que sepa observar con atención el comportamiento y las preocupaciones del grupo. Veamos dos ejemplos.

El primer ejemplo se refiere a un tipo de grupo del que muchos formamos parte.

Pertenezco a una comunidad de catorce vecinos. Doce tienen más de 65 años. Cada cierto tiempo se celebra una reunión de comunidad. Hay un orden del día preestablecido, un director de la reunión y una hora fijada para empezar y para terminar. Nunca terminamos a la hora. Desde mi punto de vista las discusiones se alargan desesperadamente y cualquier nimiedad es motivo de profundo debate que suele no conducir a ninguna parte.

La razón de ser del grupo, la tarea explícita, es reunirse para informar/decidir sobre los asuntos descritos en el orden del día y que son del interés de la comunidad. Pero, ¿cuál podría ser la tarea implícita? Piensen en un grupo de personas mayores ya jubilados. Ya no trabajan y sus hijos los visitan de vez en cuando. Parte de su valía social como individuos tomaba forma a través de sus opiniones de expertos en el trabajo o durante la educación de sus hijos. Eso se acabó. Cuando nos reunimos, nuestra tarea implícita parece ser volver a sentirse reconocido como valioso y de paso desterrar la soledad. Esta tarea ofrece mayor recompensa al grupo que la de “cumplir un orden del día”. En consecuencia, mucha de la energía del grupo se dedica a “trabajar” en aquella.

¿Y en una empresa? Lo mismo.

La misión explicita del departamento de recursos humanos era: proporcionar el mejor entorno laboral para los trabajadores pudieran desarrollar todo su potencial. Los objetivos anuales se definían teniendo en cuenta esa “razón de ser”; y grandes y puntuales “acciones” se llevaban a cabo en esa línea. Sin embargo la gestión diaria, los “pequeños hechos” y la relación del departamento con los trabajadores contradecían esa misión. La misión implícita del departamento parecía ser: mantener las reinvindicaciones laborales en el mínimo posible, como cualquier trabajador, una vez ganada su confianza, declaraba.

No es que no se trabajase en la tarea explicita, sino que, de momento, dominaba la implícita.

No crean que un entorno “muy profesional” desactiva este fenómeno. Muy al contrario, si entre las dos tareas existe una fuerte contradicción, este tipo de entorno tiende a encubrir con más fuerza la “políticamente incorrecta”. Resultado: la incoherencia generada merma la eficiencia de la empresa.

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Javier Fidalgo Fernández

Es socio-director de ocelata consultores S.L.., empresa dedicada a colaborar con los directivos y sus organizaciones para mejorar su eficiencia.

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