Sociología del trabajo y tendencias en el estudio del trabajo

I. Introducción.

Una ciencia social se constituye, reformula sus paradigmas ‘normales’, se adapta a las circunstancias, en virtud de múltiples influencias. Y desde luego, no sólo como consecuencia de las demandas sociales que se le formulan, de los avances teóricos y metodológicos logrados en su propio seno. También lo hace por la hibridación conceptual que le pueden facilitar otras ciencias, sean ‘sociales’ o no. E incluso por la importación de conceptos y abordajes más desarrollados, que ponen a prueba su capacidad para asumir, integrar, ‘digerir’ o adoptar sus marcos complejos.

Ahora bien, teniendo presentes esas y otras influencias en la constitución del conjunto de saberes que denominamos ‘Sociología del Trabajo’, nuestro énfasis principal para abordar la constitución del campo, pensando especialmente en América Latina, ha de ser el propio trabajo y su evolución. Para poder explicar científicamente el conjunto de relaciones sociales, cuya punta del iceberg es lo que llamamos ‘trabajo’ la Sociología del Trabajo debe, en primer lugar, ajustar sus lentes, enfocar la mirada, hacia el trabajo realmente existente en cada sociedad.

Obviamente, otros puntos de mira son posibles, y el debate sobre la constitución de la Sociología del trabajo, también en América Latina, tiene una vitalidad que no se agota en nuestros días (Rojas y Proietti, 1996). Pero, la corriente principal de este saber parece hoy en día decantarse por asumir su definitiva constitución en los últimos diez años (Abramo y otros, 1997), sin perjuicio de reconocer sus orígenes, sus evoluciones, su ida y vuelta a los procesos de trabajo concretos, su vinculación con los actores sociales, su inserción en los vaivenes tantas veces dramáticos de la situación política en cada país.

El II Congreso Latinoamericano de Sociología del Trabajo, celebrado en Aguas de Lindoia, Brasil, en diciembre de 1996, ha culminado toda una serie de iniciativas personales e institucionales que han condensado una actividad importantísima de los años recientes, con sus otros dos epicentros en el I Congreso Latinoamericano, celebrado en México en 1993, y en el I Encuentro también Latinoamericano celebrado en Puerto Rico en 1994, y a su vez alimentados por las secciones sobre trabajo incluidas en los congresos de la Asociación Latinoamericana de Sociología, el primero de ellos en el arranque de esta etapa de consolidación, el celebrado en La Habana en 1991. Y no menos importante ha sido la entrada de la sociología del trabajo latinoamericana, con fuerza y personalidad propia, en las instituciones internacionales : desde el congreso mundial de sociología del Bielefeld, en 1994, su presencia y protagonismo son destacados.

Precisamente las ponencias, materiales, debates y apuestas del Congreso de Lindoia, sirven de pórtico y entorno de un abordaje como el que aquí vamos a proponer: porque son, simultáneamente, una buena muestra de la riqueza de enfoques, de la amplitud de miras que se ha dado la Sociología del Trabajo, de la complejidad de su mirada hacia la realidad del trabajo en América Latina; y por otro, porque revelan también los cambios en los propios estudios del trabajo, porque son un buen muestrario de las tareas que hoy tiene ante sí esta disciplina, precisamente en relación con lo que más arriba indicábamos, si quiere ajustar sus lentes, su capacidad de ver e interpretar, a la realidad cambiante del trabajo. Tareas que se recogen en cada uno de los capítulos que componen este Tratado, que no es sino un paso más, de gigante, en la consolidación de esta disciplina, con una particular riqueza que le da el campo propio al que se aplica, como hemos dicho, sí, pero, también el que quienes forman este colectivo de mujeres y hombres, dedicados a analizar, interpretar (e intentar cambiar…) la realidad social del trabajo, sean hoy en día, más que nunca miembros prominentes del colegio invisible, de la comunidad científica internacional. Con ello queremos subrayar que, siendo esta una obra pensada para América Latina, lo es, desde luego, desde la participación y adecuación de los paradigmas que se discuten hoy en día en la escena internacional.

Por ello, en las páginas que siguen recuperamos algunos de los jalones que, a nuestro juicio, fueron poniendo las bases sobre las que hoy está constituida la Sociología del Trabajo en su corriente principal, de la que este Tratado forma parte [1].

II. La situación 1960: la consolidación de un paradigma de la Sociología del Trabajo.

La segunda postguerra mundial conoce una gran implantación de la producción de masa, de lo que se ha convenido en denominar fordismo, en los países más desarrollados, los que hoy podríamos llamar ‘centrales’. En ese contexto productivo, la sociología trata como preocupación fundamental, y especialmente la sociología norteamericana, de cómo adaptar al obrero común, al que en Europa se denominará el “especialista”, a una tecnología que, en modo alguno, se considera modificable: el progreso técnico es ineluctable [2]. En 1946, la American Sociological Association consagra una sesión especial, por vez primera, a la sociología industrial.

Según Touraine, que habla de las “ambigüedades” de esta sociología norteamericana, la investigación se organiza en torno a los problemas psicosociológicos, y no en torno al trabajo mismo, que a su juicio, será la característica de la sociología europea, también ‘industrial’ en aquél momento, y pronto del trabajo. Según esto la Sociología del Trabajo parte “del trabajo y no del comportamiento del hombre en el trabajo, de las relaciones reales de los diversos aspectos del trabajo y de los diversos niveles de valorización y no de su impacto sobre el trabajador, de su unificación en el comportamiento del trabajador” [3].

Sólo hoy parece reconocerse ampliamente que la confusión lingüística ha dominado muchos debates estériles, fundados, en parte, en el poco fondo de quienes los emprendían. Uno de esos debates era, precisamente, el que creía que la ‘Sociología Industrial’, debía está denominación a haber nacido aplicada a la industria manufacturera, como hoy la entendemos. Y algunos han creído romper una lanza de modernidad diciendo que las ‘industrial relations’ eran, también una denominación marcada. Hoy, como decimos, se reconoce que ‘industria’, lo mismo en sus orígenes ingleses, que en francés o en buen castellano, significaba cualquier actividad industriosa, en la que se aplica el ingenio y la capacidad de las personas para transformar la naturaleza o las cosas. O ambas a la vez: ya no se descubre el Mediterráneo de que los ‘industrial districts’ de Alfred Marshall, obviamente, no solo podían referirse a la ‘industria’ de hoy en día [4].

Volver a los clásicos ilustra y esclarece los problemas. También los falsos debates. En un número monográfico del American Journal of Sociology, en marzo de 1952, titulado “The sociology of work”, Everett Hughes plantea así la cuestión:

“All of this issue of the Journal treats of people at work; not all of it has to do with industry, even as currently defined. People nowadays do indeed speak of the ‘restaurant industry’, the ‘advertising industry’, and even of the ‘amusement industry’, although I am not sure they would include boxing in it. No one has yet, so far as I know, talked of the medical, educational, or labor-union industries, but I suppose someone will”.

Y continúa diciendo que “the extension of the term ‘industry’ to include so much more than manufacturing is itself an interesting datum”, quizá en la medida en que se toma el modelo de la industria como referente, y que, por ello, “it is not surprising that sociologists who study people at work should go along with the trend and call themselves ‘industrial sociologist’.

Algunos podrán discutir si realmente la Sociología del Trabajo se desarrolla de forma consistente, esto es acumulando y superando una masa crítica de saber y reflexión sobre ese saber, pero desde luego lo que nadie discute es que los años 1959-1961 condensan y son testigos de una serie de acontecimientos, publicaciones, creación de revistas, y cambios de rumbo en los estudios vinculados con las ciencias sociales del trabajo. Este conjunto de hechos hace que pueda tomarse la situación 1960 como el momento de inflexión o cambio que, junto a otros desarrollos que tendrán lugar en los años inmediatamente siguientes, y prácticamente hasta el final de la década, constituyen un auténtico paradigma hegemónico, con todas sus modulaciones y variantes, en la comunidad científica, en muy distintos países. Así lo recoge el excelente informe-estado de la cuestión de Franco Ferrarotti, redactado en 1959, que destaca la influencia de la II Guerra Mundial en el fortalecimiento de la Sociología del Trabajo, y que da cuenta, a nuestro juicio con sagacidad, de los logros conseguidos y de los retos por venir: la “función social de la investigación social”; el naciente papel de la ergonomía: no hay dos obreros iguales; la necesidad de la interdisciplinariedad; la participación de los agentes sociales; el problema número uno del margen de maniobra del científico social, etc.

En Estados Unidos, el influjo fundamental de Everett Hughes y sus discipulos, con un enfoque de estudio de campo directo que vale la pena recuperar hoy, dejará trazas profundas: “we are not merely applying sociology to work; we are studying work by sociological methods”, dirá y hará [5].

Tras la publicación del novedoso e impresionante estudio de Ralph Bendix, Trabajo y autoridad en la industria, en 1956, comienzan a llevarse a cabo algunos estudios que han sido recuperados con posterioridad, a partir de un paradigma que entonces no era el dominante. Tal como el libro de Bright, Automation and management, de 1958, cuyas tesis iban en contra del optimismo del desarrollo tecnológico y de las fuerzas productivas y sus beneficiosas consecuencias sociales.

En lo que estos estudios innovan es en partir del trabajo mismo, del análisis primero de lo que la persona en el trabajo hace, para intentar, desde ahí, inferir o explicar los comportamientos o las consecuencias.

Según un buen conocedor del asunto, la demanda ha generado varias nuevas sociologías, y entre ellas, la sociología del trabajo: en 1959 se puede decir que “los sociólogos invaden los talleres” en Estados Unidos [6]. Y no pasará mucho tiempo para que la reflexión sobre la práctica de como fruto una crítica del “uso de la ciencia social en la industria americana”, bajo el significativo título The servants of power [7].

En el Reino Unido, el cambio se ejemplifica bien con los artículos y debates contenidos en un número monográfico del British Journal of Sociology, en 1959. Los “nuevos caminos” de la sociología industrial, que para algunos, como ya dijimos, comienza con los ‘experimentos Hawthorne’, conducen con seguridad hacia una renovación, provocada por la inadecuación -se argumenta [8]- de los métodos usados a los problemas planteados: “the breadth of the approach depends on the nature of the problem”. Resumiendo, se dice, “el énfasis se ha desplazado de las actitudes individuales a (…)’la estructura de la situación misma’, es decir, el complejo de instituciones que rodean al individuo y a su grupo de trabajo. La era de Mayo ha terminado” [9].

En Francia, con los sólidos fundamentos de la obra de Georges Friedmann como punto de partida [10], es sobre todo la fundación en 1959 de la revista Sociologie du Travail lo que va a imprimir un giro innovador, que influirá más allá de las fronteras nacionales francesas.

Y la que fuera la “primera preocupación de la sociología francesa, el estudio de los efectos profesionales sociales de las transformaciones técnicas del trabajo industrial” es, también, el horizonte que se fija la nueva psicología industrial que plantea su porvenir en este año de 1961 [11].

Por entonces se publica, también en 1961, y bajo los auspicios de la UNESCO, una suerte de “situación de la sociología industrial en la enseñanza superior”, debida al mismo Smith que dos años antes propugnaba la apertura de “nuevas vías”. Con una perspectiva realmente amplia, el cuestionario que recababa la información no restringía el campo de interés ni la disciplina de enfoque: desde la antropología del trabajo, hasta las ciencias de gestión son convocadas a informar [12].

El mismo año 1961 se publica el que habrá de ser el Tratado de Sociología del trabajo de más larga, amplia y duradera influencia: lo mismo en Italia que en España, o en América Latina, además, obviamente, de en Francia y los países de lengua francesa. Editado por Georges Friedmann y Pierre Naville, y traducido al castellano en 1963, no ha mucho tiempo que continuaba siendo libro de texto en distintas enseñanzas universitarias, y reúne en sus dos sólidos volúmenes a las que entonces eran, casi sin hipérbole, todas las orientaciones y perspectivas posibles. Un clásico con todos los honores [13].

El caso es que, nos dice uno de los principales protagonistas de esta historia en 1962, “se hablaba más bien, hace unos pocos años, de sociología industrial. El cambio de vocabulario parece explicarse solamente por el deseo de extender los estudios a los trabajos no-industriales, primarios o terciarios. Pero indica trastornos más profundos”, hay más pluralidad, más enfoques, y la noción de trabajo se usa para conjurar esa diversidad [14].

Pero una parte de razón asiste a quienes ven, en la ampliación de los objetos materiales de análisis una primera voluntad de cambio: la Sociología del trabajo se ocupa, según Friedmann, de “toda colectividad de trabajo con ciertos rasgos mínimos de estabilidad (que trataremos a propósito de los conceptos de estructura y organización)(…): una empresa industrial lo mismo que un trasatlántico o una lancha de pesca, una gran explotación de agricultura intensiva o la finca del pequeño agricultor donde trabajan algunos empleados con la familia del agricultor, una gran tienda de departamentos o un pequeño comercio que sólo emplea a algunos vendedores, un taller de artesano y la oficina de una delegación de policía, el equipo de un avión que se reconstituye a intervalos regulares en una línea aérea o el personal de una automotriz de la SNCF” [15].

La definición que se da entonces de la Sociología del Trabajo será:

“el estudio de colectividades humanas muy diversas por su tamaño, por sus funciones, que se constituyen para el trabajo, de las reacciones que ejercen sobre ellas, en los diversos planos, las actividades de trabajo constantemente remodeladas por el progreso técnico, de las relaciones externas, entre ellas, e internas, entre los individuos que las componen” [16].

Pero, las bases ya están sentadas y en el discurrir de los años 60, la revista Sociologie du Travail tomará una posición que influirá notablemente en nuestra comunidad científica, al menos en Europa y América Latina:

“la noción de trabajo por la cual fundaba [mos nuestra] especificidad se entendía en un sentido fuerte, la actividad por la cual los hombres dominan y crean su sociedad (…), definiéndose no por un terreno ,sino por una perspectiva. Frente al análisis formal de los hechos sociales, Sociologie du Travail defiende una orientación socio-histórica: estudiar la sociedad como obra de los hombres” [17].

En Italia, y en 1962, nace Quaderni Rossi, la mítica revista, vinculada al movimiento obrero y a la mejor sociología académica del momento, que va a hacer de la encuesta, en “uso operaio”, el punto de partida de una reflexión crítica que, al decir de algunos está en la base del resurgir de la sociología del trabajo aplicada italiana. Y que, años más tarde estallará en muy distintas corrientes de pensamiento y acción, cuyas trazas son aún detectables.

Además de la ‘recuperación’ de las mejores investigaciones del momento, norteamericanas o inglesas, por ejemplo, los Quaderni ‘operacionalizan’ la “Encuesta Obrera” redactada por Marx para la Revue Socialiste, y ponen en marcha un proyecto que, a nuestro juicio, ha sido el sello de fábrica de la Sociología del Trabajo italiana, en sus distintas escuelas de pensamiento. Con tres características: 1) ser un proyecto ilustrado, que da fundamental importancia a la socialización, esto es a la difusión y asunción por los propios sujetos investigados, de los resultados de la investigación. Lo que no dejará de tener muy importantes consecuencias en la forma de presentación de los resultados finales, en la manera en que se plantea la relación entre investigadores e investigados: el papel del técnico, cuando lo que se propone es, en suma la unidad sujeto-objeto de investigación. Lo que en la jerga del movimiento sindical se denominara “non delega”. Los trabajadores son, tendencialmente, sus propios sociólogos del trabajo, sujetos y objeto de análisis.

Un segundo rasgo marcará esta impronta: se descubre y privilegia la “cientificidad de la experiencia obrera”.

Un tercer rasgo, y este, creemos no se ha destacado suficientemente, es el impulso que se dará, desde entonces, a la realización de investigaciones, a veces encargadas a la Universidad, por los propios sindicatos, que, en Italia, se convierten en uno de los primeros ‘comitentti’, demandantes, de investigaciones sociológicas, algunas de ellas han dejado trazado el camino hasta el presente. Tal las encuestas sobre L’ambiente di lavoro, la primera, masiva, de 1969. O, más tarde, sobre el ‘decentramento produttivo’, en 1974.

El antes y el después de Quaderni Rossi se puede evaluar comparando el ‘estado de la cuestión’ que hace en 1966 Franco Ferrarotti, con la impresionante documentación y análisis presentado por Federico Butera sobre “la investigación no académica” en 1980, tanto la llevada a cabo por los sindicatos, como por las empresas [18].

Por otro lado, estos primeros años sesenta ven reverdecer un enfoque ya señero en las ciencias sociales del trabajo europeas, pero que, en esta década colocará los jalones de una posterior influencia decisiva en el paradigma dominante en la investigación del trabajo. Se trata de la ergonomía, que a partir de la vieja Psicotecnia de los primeros años de este siglo, y sobre todo del desarrollo de la fisiología del trabajo tras la Primera Guerra mundial, cobra un importante desarrollo tanto por su presencia en las empresas (ejemplos son la Renault en Francia o los ‘laboratorios’ de la Olivetti en Italia), como por la institucionalización en centros de investigación (como el Laboratoire de Physiologie et d’Ergonomie, en el CNAM de Paris, el Conservatoire National des Arts et Métiers).

Un número monográfico de la prestigiosa revista Le Travail Humain, puede tomarse como señal del cambio de orientación, en 1962, bajo el título “la adaptación del trabajo al hombre” [19]: el ‘hombre estándar’, el ‘hombre medio’ sobre el que razonaban las ciencias sociales del trabajo no existe en esta perspectiva, quebrando la base principal del enfoque ingenieril y taylorista.

Con cuanto hemos venido argumentando, la situación en la década del 60 consolida un paradigma de análisis marcado aún por un determinismo tecnológico apenas matizado, que ha sido felizmente bautizado como el “optimismo de las fuerzas productivas”. Basta esperar el desarrollo de las capacidades productivas, porque ellas traerán los cambios en las relaciones sociales. Si el taylorismo había sido una etapa necesaria para la sociedad (e inevitable…), aunque perjudicial para los individuos, la automatización en curso iba a devolver las posibilidades de recomposición de las miettes o los frantumi, las migajas,en que se había convertido el trabajo. Más aún, y esta es una de las señas de identidad de los productos de investigación de esta época, como consecuencia de esos cambios automáticos, una nueva clase obrera estaba emergiendo (en algunos casos se la veía ya en acción), capaz de implicarse en un sindicalismo de nuevo tipo, de gestión, y de ampararse de los sistemas productivos, en la fase C para decirlo con la terminología tourainiana que se generalizará en la época [20].

Quizá, en perspectiva europea, el libro que recoge “la orientación dominante” en esos años sea el editado por la OCDE, en 1965, Los trabajadores y la evolución técnica, una suerte de balance crítico, con perspectivas de intervención práctica, sobre las investigaciones de “los sociólogos”, durante los veinte años anteriores, sobre “las actitudes de los trabajadores frente a los cambios”. Como Salomon Barkin indica en el prólogo el motto de fondo era éste:

“el progreso técnico y el progreso económico se reflejan claramente en los lugares de trabajo, donde se manifiestan por la modificación, la supresión o la adición de puestos entre los de los trabajadores manuales y no manuales, en los talleres y en las oficinas. La facilidad con la que podrán operarse esos cambios depende en parte de la actitud que los trabajadores adopten a su respecto” [21].

No, desde luego, de distintas o alternativas opciones tecnológicas, negociables, por lo tanto.

Y sin embargo, ya otras investigaciones están abriendo la brecha en este paradigma consolidado. En el Reino Unido, las tesis sobre los sistemas socio-técnicos, difundidas por el Tavistock Institute, y ya aplicadas, especialmente en la minería del carbón desde los primeros años 50, son caldo de cultivo de rupturas conceptuales sonadas. El también muy influyente estudio de Joan Woodward, Industrial organisation, de 1965, sostendrá que 1), existe una correlación entre tecnología y organización de la empresa, pero no de causa a efecto, sin márgenes de maniobra. Y 2), que, siendo así, no hay, sin embargo relación entre éxito empresarial y aplicación de las teorías organizativas, pues, los mismos principios pueden producir resultados diversos en circunstancias diversas.

Cuando, con posterioridad se reflexione sobre los veinte años que transcurren desde éste de 1959, Marc Maurice señala el momento del fin de esta primera etapa, que va, en las denominaciones, de la sociología industrial a la sociología del trabajo, con una pregunta retórica:

“el fin del paradigma del evolucionismo tecnológico, a la vez ideología y cultura de la ‘sociedad industrial’,¿no significa, también el fin de un tipo de sociología industrial? Sin que eso signifique, en consecuencia, la desaparición de una sociología que, desde su origen, ha considerado la noción de trabajo como ‘la actividad por la cual los hombres gobiernan y crean su sociedad'” [22].

III. La crítica de la organización del trabajo y la vuelta al proceso de trabajo: el fortalecimiento del paradigma del estudio de las situaciones reales de trabajo.

El ‘ciclo de las luchas’, los años de contestación obrera a la organización científica del trabajo, especialmente fechados entre 1968 y 1972, abren a los sociólogos nuevas perspectivas, nuevos problemas, nuevos retos. Las publicaciones, profesionales o de divulgación, que ponen al “taylorismo en cuestión”, que propugnan un trabajo “más humano”, compiten en los escaparates de las librerías y en los kioskos de los aeropuertos [23].

A la crítica del paradigma del determinismo tecnológico, se añaden nuevas perspectivas, retorno a los clásicos, para descubrir lo que había sido descubierto años atrás, incluso, como ya recordábamos, nuevos sujetos, protagonistas de la investigación irrumpen en la escena de las ciencias sociales del trabajo. En torno a 1974, por fechar el cambio con la publicación de dos obras que hacen de piedra miliaria, un nuevo paradigma está prácticamente establecido, y con él dialogan, discuten o lo siguen, quienes integran la corriente principal de nuestra disciplina. Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX, la obra publicada en Estados Unidos por Harry Braverman es el buque insignia de esta corriente. Pero no menos emblemática, influyente y perspicaz, moviéndose en una orientación semejante, pero, si se quiere, aún más sólida, es La división capitalista del trabajo, de Michel Freyssenet, escrita y difundida en 1974, pero sólo publicada comme il faut un par de años después, en Francia.

El enfoque con el que se abordará el trabajo, desde esta nueva perspectiva, incluye:

1) el regreso al estudio directo, teniendo en cuenta a los propios trabajadores, del proceso de trabajo. Lo que supone, también una renovación de métodos, una revalorización de la observación directa, de los estudios antropológicos, de la observación participante. Las situaciones reales de trabajo, en primer lugar serán el objeto de estudio, para poder, a partir de ellas, saber con más propiedad las tendencias de evolución del trabajo, las vivencias de los trabajadores.

2) En segundo lugar, esta perspectiva se identificará, y especialmente en la sociología italiana, por lo que se llamará centralidad de la fábrica. “La fábrica -se dirá incluyendo cualquier centro de trabajo en tal denominación- es el lugar donde las relaciones de clase existentes en la sociedad se revelan más claramente”, y, por ello, “fijar la atención sobre lo que sucede en la fábrica sirve para entender la línea de la evolución de la sociedad en su conjunto”. Para ello, “hace falta sacar a la luz las condiciones generales por las que la organización del trabajo en la fábrica está determinada así” [24]. De hecho, en un momento de notoriedad de la presencia tanto científico-académica, como práctica, de la Sociología del Trabajo, los puntos que se consideran centrales en el análisis del proceso de trabajo, servirán para obras sociológicas de carácter más general, como será el caso, por poner también un influyente ejemplo, con Regulación y crisis del capitalismo de Michel Aglietta [25].

En la no menos influyente ‘escuela de Warwick’, en el Reino Unido, el rastro de la obra de Braverman, y con él el retorno al Libro Primero de El Capital de Marx, con seguidores y detractores, proporcionó “una base de elucidación de problemas teóricos”. Así recuerda dos de ellos Richard Hyman, desde una perspectiva ‘materialista’:

“de una importancia crucial, contribuye a deshinchar la ideología de la tecnología como fuerza neutra, autónoma e irresistible, haciendo aparecer la organización técnica de la producción como una baza en la lucha por el control de la producción”; y, “además, la atención prestada al proceso de trabajo hace aparecer la necesidad de un análisis de los cambios en las profesiones obreras en relación con la base material de la producción, en lugar de referirse a epifenómenos del tipo ‘cuellos blancos'” [26].

El paradigma dominante en la Sociología del Trabajo se caracterizará, resumiendo cuanto antecede, a mediados de los 70, por ser un enfoque dirigido hacia el estudio de:

1) Las situaciones reales de trabajo, dentro y fuera de la fábrica, del centro de trabajo, de los concretos puestos de trabajo y del trabajador colectivo que lleva a cabo los procesos de trabajo y los procesos de producción concretos.

2) Los hombres y mujeres en el trabajo no aislados, sino en una relación, en un sistema, en el que actúan e interactúan con los sistemas de máquinas y el entorno o ambiente.

3) Los hombres y mujeres como miembros de un grupo de trabajo, un grupo homogéneo, esto es, sujeto a las mismas condiciones de trabajo a lo largo del tiempo. Identificar este grupo de trabajo es una tarea de investigación no siempre evidente.

4) Los hombres y mujeres en el trabajo se estudiarán no en un momento, lo que supondría un “corte fotográfico”, sino en su devenir, en su constitución, en su historia, como grupo, incluyendo la evolución del proceso de trabajo y los sistemas técnicos que lo sostienen y condicionan.

5) Se deben estudiar las estrategias reales de los trabajadores, con una visión ergonómica, etológica o antropológica. Cómo adaptan su actividad real a las tareas prescritas, formales. Con la consecuente necesidad de utilizar no sólo nuevos conceptos, sino también nuevos instrumentos de recogida y tratamiento de la información.

6) Las formas de adaptación, resistencia de los trabajadores y nuevas formas disciplinarias y de control del trabajo.

7) La inteligencia de cuanto antecede sólo puede emprenderse estudiando las estrategias y políticas industriales, empresariales y estatales, en el contexto de la división internacional del trabajo.

8) Es imprescindible, para comprender el trabajo, desde esta perspectiva dominante en los años 70, estudiar el dentro y fuera de la fábrica, las “huellas del trabajo”, hacia fuera. Los cambios culturales y el papel del valor trabajo, o la situación del mercado de trabajo, por ejemplo, hacia adentro.

9) Por necesidades del marco científico y de las propuestas de investigación indicadas, así como de las estrategias metodológicas implicadas en ellas, los que hasta ahora eran objetos de investigación, los trabajadores, mandos medios o empresarios, han de participar en la investigación, también como sujetos. Sus saberes pueden así pasar a formar parte del conocimiento construido por la Sociología del Trabajo.

IV. Los cambios en los marcos sociales del trabajo, y del trabajo mismo: la renovación de la Sociología del Trabajo.

Con un brillante argumento, y en un libro que hizo época en 1977, Tre Italie, Arnaldo Bagnasco recomendaba algo tan sencillo, a su entender, como el tomar la empresa, el centro de trabajo, como punto de partida de cualquier análisis que se pretendiera innovador en el estudio del desarrollo económico. Su boutade de que, su espléndido y renovador libro era, simplemente, un comentario al cuadro sobre la distribución de empresas en Italia y su evolución que figuraba hacia el final del mismo, estaba, en el fondo, llena de sentido: había que tomar en serio los centros de trabajo, las empresas, y explicar las relaciones entre ellas, el origen de los empresarios, las condiciones de trabajo de los y las trabajadoras, la dependencia estructural entre unas empresas y otras… Un verdadero programa de investigación que se articula en torno a dos ejes de reflexión que parten del centro de trabajo para reconstruir las bazas, los retos de la Sociología del Trabajo dentro y fuera de la fábrica.

IV.1. La crisis del taylorismo.

Para muchos analistas, la principal razón de la tan divulgada ‘crisis del taylorismo’, en la literatura posterior a 1975, tenía una razón fundamental, si no única: “la renovación de los métodos de resistencia obrera en los lugares de producción es el indicio de una crisis larvada de legitimidad del modo de ejercicio del poder patronal sobre la disposición de las fuerzas productivas” [27]. Desde luego, es la resistencia de los trabajadores la explicación última más argumentada cuando se analiza, contextualiza y explica el auge, en esos años, del énfasis, que casi se vuelve un monotema, de las condiciones de trabajo como objeto de estudio: “es notorio que la resistencia obrera al trabajo taylorizado está ampliamente en el origen de su puesta en cuestión; se repiensan las formas de organización del trabajo allí donde ya no son socialmente viables: Volvo no tenía emigrados para hacer funcionar sus cadenas. La crisis del taylorismo no es una crisis tecnológica, sino una ‘contestación’ del ‘poder jerárquico de las cadenas'” [28].

A plantear cómo llegaron a ser un problema social en esos años las condiciones de trabajo dedicamos una parte de nuestro trabajo de investigación (y de docencia), cuyo resultado está plasmado en el libro Condiciones de trabajo. Hacia un enfoque renovador de la Sociología del Trabajo, analizando tanto los comportamientos colectivos, y fundamentalmente los cambios en el contenido reivindicativo de las huelgas en la década de los sesenta, como los comportamientos ‘individuales’, que no por ello, y al ser masivos o generalizados, dejan de tener repercusiones y características semejantes a los colectivos: absentismo, rotación, lo que se llamó ‘alergia al trabajo’, e incluso, en la terminología de la variante de la ‘autonomía’ italiana, rifiuto del lavoro.

Unas veces, esa resistencia se constata como un dato a partir de las transformaciones de la fuerza de trabajo disponible, sean estos cambios culturales, de expectativas, o de otro tipo. Así, cuando Volvo prepara el diseño y lanzamiento de la que será su insignia, a mediados de los años 70, su fábrica de Kalmar, la dirección de la empresa se remitirá a un estudio demográfico y sociológico prospectivo, según el cual, piensan entonces, para 1980, el 90% de la juventud sueca tendrá estudios de bachillerato superior, y es entre esa población donde habrá de buscar los obreros de sus fábricas, poco dispuestos, creen, a llevar a cabo un trabajo repetitivo, jerarquizado y monótono: unos “jóvenes trabajadores [que están] más preparados que cuanto les servirá para trabajar”. Un analista contemporáneo lo presenta con toda claridad: “entre las motivaciones que han desembocado en la concepción de la fábrica de Kalmar, una es esencial: hacer el trabajo aceptable para una mano de obra nacional cada vez más instruida” [29].

Se trata, teniendo presente este dato, de paliar la resistencia por una adecuación entre la formación recibida y los requerimientos de los puestos y sistemas de trabajo, intentándose colmar un desfase tendencial que se estima es una razón importante del descontento obrero. El horizonte, entonces, es que se tiende a difuminar la distinción entre la situación del trabajador y la del ciudadano o del consumidor, y a hacer menos tolerables condiciones de trabajo que no han seguido la progresión de las condiciones de vida.

En otros análisis, la resistencia obrera se tomará como punto de partida de la génesis de nuevas actitudes empresariales, y sobre todo, se dirá, de nuevas prácticas organizativas, de transformaciones, siempre lentas, de la ‘cultura industrial’. Se pronosticará -y se fomentará simultáneamente, hay que decirlo- la necesidad de un comportamiento ‘racional’ del empresario, sin pretender alejarlo del fin de obtener más producto con menos costo, más beneficios, sin salir del marco de la lógica empresarial. Las condiciones de trabajo, objetivamente, y subjetivamente, esto es, en su propia materialidad, por un lado, y tal y como son vividas y los comportamientos que ‘provocan’, por otro, se analizarán como costes económicos indirectos.

Sobre la magnitud de estos costes -evitables- se insistirá con el fin de convencer a los empresarios de que no se les convoca a una obra filantrópica proponiéndoles el desarrollo de nuevas formas de organización del trabajo.

Esta tesis es formulada con toda claridad por el funcionario de la OIT, Georges Spyropoulos: “la mejora de las condiciones de trabajo contribuye a una mayor eficacia del sistema de producción”. Por ahorros en a) costes relacionados con la garantía de la integridad física del trabajador; b) costes relacionados con el comportamiento de la mano de obra (absentismo, rotación), que provocan necesidades de planificación y disposición de trabajadores extra [30].

Los sindicatos se suman a esta perspectiva. Así el Instituto Sindical Europeo, que depende de la Confederación Europea de Sindicatos, tras analizar detalladamente las ‘nuevas formas de organización del trabajo’, concluye que las “reacciones ante el trabajo y la organización del trabajo”, “todas esas reacciones tienen al menos un factor común: todas tienen consecuencias económicas, a saber, aumento de costes”. Y los sociólogos sindicales basan su argumento en casos reales y en declaraciones de managers y empresarios [31].

Para explicar el desarrollo -o lo conveniente que sería…- no faltan otros argumentos, y algunos de ellos de peso. Sobre todo porque se acabarán convirtiendo en la razón que ni siquiera hay que explicar, taken for granted, de los cambios de la década siguiente.

Uno de ellos es especialmente relevante, recitado desde fuera del centro de trabajo, o desde dentro. Son las imposiciones que supone al ‘productor de mercancías’ los cambios acaecidos en el mercado, en la demanda de productos, menos previsibles que en el pasado, y, por ser variables, menos soportables por un aparato productivo rígido y costoso, con grandes inversiones en inmovilizado material. Y, en el mismo movimiento argumentativo, los límites organizativos que supone un sistema cuyos dos pilares son Taylor y Ford: la parcelización de las tareas y la cadena de montaje.

La eficacia e inevitabilidad para la producción de masa es puesta así, radicalmente en cuestión desde dentro. Aquí la razón principal de fomentar los cambios organizativos no es ‘humanista’ o ‘política’, dos adjetivos con los que se descalificarán muchas iniciativas venidas desde los sindicatos, sino ‘ingenieril’: hoy los grupos semiautónomos son tan necesarios e inevitables como antes lo fuera la degradación y división del trabajo. La cadena de montaje, símbolo por antonomasia de la producción tradicional, plantea -dicen- graves problemas técnicos para su uso óptimo. Y el ejemplo utilizado de forma más convincente y repetida, tanto en la prensa profesional empresarial, como en los ‘libros de texto’, o en la enseñanza a los nuevos ingenieros, y futuros organizadores de la producción, es el de las pérdidas de tiempo por equilibrado e imposibilidad de saturación. Suele repetirse en la literatura un porcentaje del 25% de tiempo perdido en las cadenas de montaje en los Estados Unidos por desigualdad en las cargas de trabajo de los distintos puestos que componen ese proceso de trabajo, aunque lo cierto es que esa mítica cifra se viene arrastrando en la cita, sin cotejo ni verificación, desde 1963 [32]. Lo cierto es que, tanto esas pérdidas como la necesidad de suplentes (los ‘comodines’ en España), supervisores y mandos intermedios, máquinas y herramientas de sustitución para evitar la vulnerabilidad del sistema que puede ser fácilmente ‘saboteado’ pesarán con fuerza en el eventual desarrollo de las nuevas formas de organización del trabajo de la segunda mitad de los años 70, que dejarán, por otro lado un poso de reflexión y experiencias, sin el cual no se comprende la posterior evolución de la organización del trabajo, y mucho menos las perspectivas y problemas actuales [33].

IV.2. La nueva organización productiva.

Pero quizá la huella más relevante de la llamada ‘crisis del taylorismo’, de las ‘nuevas formas de organización del trabajo’ haya sido la de crear las posibilidades técnicas y organizativas para una fragmentación de los procesos productivos, propiciando así una tendencia enormemente significativa y de peso en el proceso de reestructuración de los procesos productivos, lo que comenzará llamándose ‘decentramento produttivo’, y acabará en la ‘nueva organización industrial’, según el dictum del Instituto Internacional de Estudios Laborales, el centro de investigación de la OIT [34]. Un complejo de transformaciones a las cuales aún estamos asistiendo y que se basará en innovaciones organizativas de trabajo en grupo, en las posibilidades introducidas por las nuevas tecnologías de la información disponibles, en el papel primordial atribuido al diseño de los productos, bienes y servicios, en una vinculación literalmente casi directa entre producción, distribución y consumo, y en la voluntad de desplazar el peso político-organizativo que tenía el ‘obrero-masa’ en la gran fábrica [35] .

Los ‘grupos de producción’ suponen un cambio organizativo diseñado para una nueva gestión de la fuerza de trabajo que utilice las capacidades más altas de los sujetos, o la ‘profesionalidad colectiva’; que recurra a una oferta de trabajo más amplia y con menos capacidad de negociación. Y es perfectamente compatible y combinable con la introducción de nuevas tecnologías, que, a su vez fomentan el trabajo en grupo, o en pequeñas unidades productivas físicamente separadas entre sí, pero coordinadas con redes electrónicas de información. Lo que, a su vez, encaja con nuevos diseños de productos especialmente pensados para poder ser fabricados en módulos autónomos.

Se trata, en suma, de un cambio organizativo que facilita el desarrollo de la fragmentación del proceso productivo, la transformación del sistema basado en la gran fábrica, hacia las “pequeñas unidades de producción independientes y coordinadas”: “la innovación tecnológica de la informática y de la electrónica permite lograr la máxima flexibilidad respecto a los procesos productivos y a los tipos de herramientas que pueden utilizarse, integrar procesos distintos por su naturaleza y localización, descentralizarse en lugares diferentes las fases del proceso productivo sin perder la posibilidad de centralización de las funciones de control” [36].

Del conjunto de investigaciones disponibles hoy en día, tanto como resultado de programas internacionales, como de los balances o estados de la cuestión por países, incluida América Latina [37], parece que puede afirmarse que, al final de la década de los años noventa tenemos ya, ante nosotros, el resultado de un proceso de cambios que, tomando como punto de partida los últimos años sesenta, se viene calificando como tiempos de una ‘nueva organización industrial’, o de la ‘empresa-red’, tras haber pasado por otras denominaciones que han intentado aprehender la nueva realidad productiva que emergía ante nuestros ojos, habituados a mirarla con las anteojeras de los viejos paradigmas de las ciencias sociales, evolucionismo y determinismo tecnológico principalmente [38].

Y estas transformaciones no parecen deberse a rasgos o influencias coyunturales, sino que, por el contrario, encarnan y manifiestan tendencias duraderas, al menos desde principios de la década de 1970: no otra cosa ilustran los estudios sobre el decentramento produttivo en Italia, perfectamente detectable ya a mediados de la década [39].

Para el caso español -al igual que para otros países ‘centrales’- podría identificarse una evolución en U, descenso del número de pequeñas empresas hasta finales de los sesenta y crecimiento de las mismas en los años setenta y ochenta: los datos estadísticos confirman esa tendencia [40].

Pero ese retorno de las pequeñas unidades de trabajo y de producción señalado por el incremento de las pequeñas empresas dice poco si nos quedamos en agregados estadísticos que, lógicamente, no hablan por sí mismos. Por ello es imprescindible, para poder entender cuáles son los significados de la reestructuración productiva actual, tener ‘un ojo en la realidad y otro en la teoría’. Sólo así, observar es, ya, en cierta medida, teorizar.

Y conviene recordar esta primacía de la interpretación, pues, desde el lado de la gran empresa, una nueva tesis de la convergencia se abre paso con fuerza en la literatura internacional. Según ella, las grandes (y las medianas…) empresas estarían inmersas en una profunda reorganización interior con inmediatas repercusiones en el ‘exterior’, como fruto de tendencias de largo plazo: algo que podría simplificarse diciendo que se ‘pequeñizan’ en su estructura funcional y organizativa.

Tal reorganización comprendería una serie de rasgos tales como:

1) Una tendencia de las unidades funcionales a tener mayor autonomía, hasta el punto de que se pudiera pensar, con Alfred Marshall que “una fábrica grande no es más que la reunión de diversas fábricas pequeñas”.

2) Como consecuencia de esa mayor autonomía, la cultura empresarial cambia (o debe cambiar…), hasta permitir que cada vez niveles más amplios, y más cercanos al trabajador directo, puedan tomar decisiones en contextos de incertidumbre, y, a la vez, actuar dentro de una orientación global, de empresa única.

3) Estos cambios en la cultura industrial, interna a la gran empresa, se transfieren y extienden a la red de subcontratistas, a la red de empresas o centros de trabajo que componen el proceso de producción de un bien o servicio, tendiendo a ceder más responsabilidad e inciativa, y por ende, capacidad de innovación. En suma, introducen más confianza en el mercado. Y más mercado en la organización interna de la empresa.

Buena parte de estas ‘conclusiones’ se han desarrollado sobre la base de pruebas empíricas no sólo italianas, alemanas, norteamericanas, japonesas o francesas, sino también españolas y latinoamericanas, donde se encuentran, en los estudios, aún escasos, pero sobre todo en la práctica organizativa de las empresas, esa mayor autonomía funcional, bajo el nombre de “unidades elementales de trabajo”, o semejantes; estructuras matriciales en la organización con dependencias jerárquicas compartidas, externalización de funciones, reducción de niveles jerárquicos, etc. [41]

La evidencia empírica de la reorganización de los tejidos productivos tiene, por otro lado, confirmación en el conjunto de estudios que, habiendo partido, de la descentralización productiva, la economía sumergida o informal, ha pasado por los estudios de ‘desarrollo local’, y hoy nutre un programa de investigación amplio y complejo que arranca de la constatación de que nos hallamos ante una nueva división del trabajo entre empresas.

El trabajo en este contexto, en los países ‘avanzados’, se define, como lo ha hecho con un hallazgo feliz Luciano Gallino, por ser el trabajo en estado fluido. Cuyos rasgos fundamentales consistirían, entre otros que aquí ahora nos interesa menos destacar:

1) Una ‘liofilización organizativa’: descentralización y dispersión en el territorio, ‘empresas-red’, funciones expulsadas de la (gran) empresa, subcontrata; constitución de empresas por funciones empresariales que “venden” a las restantes funciones de la empresa, etc.

2) “Un gran desarrollo de redes de comunicación, físicas e informáticas”, necesarias para integrar los fragmentos productivos y las funciones dispersas, junto con la emergencia, bajo forma de empresas, de sistemas de integración de las partes de la (antigua) empresa, de las distintas funciones.

3) Una producción en tiempo real, que quiere plegarse más a la demanda. Se da por hecho la necesidad del Justo a Tiempo, por ejemplo.

4) Un constante deterioro de los sistemas de garantías para los (cada vez menos) trabajadores sólidos, fijos, con capacidad de contratar y negociar, con declive de contratos indefinidos, etc.

En resumen, el punto de partida, en este momento teórico-interpretativo, es que “gran parte del trabajo necesario para la producción en la neoindustria ha perdido, en distinta medida, visibilidad, localización, densidad y límites temporales”. Y, por ello mismo, sin herramientas conceptuales y teóricas adecuadas, sin método, “resultará casi imposible establecer de manera exhaustiva quién, dónde y cuándo ha procedido a las miles de operaciones necesarias para concebirlo, diseñarlo, fabricar los componentes, montarlos, probarlo, terminarlo, confeccionarlo, contabilizarlo, transportarlo, distribuirlo a los usuarios finales” [42].

V. Qué trabajo, qué sociología.

Como lo ha formulado de manera sucinta y clara, Frank Heller, uno de los portavoces de la mejor tradición británica de estudios del trabajo, el enfoque sociotécnico, “el término ‘trabajo’ y la manera en que es utilizado por los científicos, al igual que la persona corriente, ha distorsionado seriamente nuestra manera de pensar sobre aspectos básicos del vivir” [43].

Nosotros partimos de considerar como posibles objetos materiales de estudio “todas las formas de trabajo y actividad”, usando una expresiva caracterización y desarrollo conceptual de Ray Pahl, lo que delimita o señala, si se nos permite una paráfrasis de una vieja formulación de Lucien Goldmann, el máximo de conciencia posible de la Sociología del Trabajo [44]. Jacques Delors lo había expresado en 1980, también con la amplitud necesaria para poder comprender los fenómenos entonces socialmente preocupantes, de integrar tiempo de vida y tiempo de trabajo en un sólo movimiento cognoscitivo: “pensamos el trabajo como toda forma de actividad que permite transformar la naturaleza en bienes y servicios útiles, o crear relaciones interpersonales y sociales más ricas” [45].

El futuro del trabajo delimita la evolución posible de su sociología. A menos que se haga arqueología, futurismo tecnológico o utopías: prescripción en lugar de descripción e interpretación. Desde luego, podría afirmarse que a tal trabajo (tal concepción de lo que sea considerado trabajo), tal sociología. Basta mirar a la historia reciente de la disciplina para detectar como el objeto material y teórico de la misma condiciona métodos, alcance, técnicas de investigación… Así, basta ampliar el estudio del trabajo, del trabajador colectivo, al proceso completo de producción de un bien o servicio, para generar una concepción de la Sociología del Trabajo con un particular perfil epistemológico.

Hoy parece ya un conocimiento adquirido, de sentido común… científico, la afirmación reciente, haciendo balance de muchos años de investigación, del maestro Jacques Leplat: “la historia del análisis del trabajo depende, en una parte importante, de la del trabajo y de las condiciones en las cuales este trabajo se ejerce”. A lo que añade, poco antes, “estas reflexiones sobre el trabajo tienen una incidencia muy directa sobre la concepción del análisis” [46].

Y basta, a su vez, un perfil o abordaje teórico particular para encontrar el trabajo allí donde tantos aseguran que ya no existe, o al menos que ya no es lo que era. Como ejemplo, el trabajo borroso, de ocasión, crepuscular. Ese trabajo, si somos capaces de hallarlo, con un conjunto de dispositivos de investigación que se atrevan con la complejidad de nuestros días, nos mostrará que no es una economía distinta, como la antaño llamada ‘oculta’, o ‘informal’, sino que está absolutamente vinculada y entretejida a la vida, experiencias y expectativas de los trabajadores estándar, o que al menos así lo fueron en el pasado [47].

Sea como fuere, la mejor Sociología del Trabajo, en la comunidad científica internacional, parte hoy -y digamos que hoy son los últimos diez años- del amplio reconocimiento de que, desde luego, el trabajo a estudiar por la sociología es mucho más que la “relación social de empleo”:

“Perhaps the most important single change [en la Sociología del Trabajo] has been the widespread recognition that the study of work cannot be restricted to activities within the social relations of employment; domestic work, voluntary work, communal work, are all ‘work’, with considerable economic and social importance, related in a variety of ways to paid work in the ‘formal economy, and requiring investigation and explanation just as employment does” [48].

Un balance de la sociología del trabajo británica, que ha costado a su autor varios años de elaboración, en una espléndida summa, condensa nuestra propia visión de cuál debe ser el trabajo objeto de la sociología: “trabajo significa cualquier actividad física o mental que transforma materiales en una forma más útil, provee o distribuye bienes o servicios a los demás, y extiende el conocimiento y el saber humano (…); una definición de trabajo, por tanto, incluye referencias tanto a la actividad como al propósito para el cual la actividad es llevada a cabo”; “el mundo del trabajo es construido activamente por los actos interpretativos de los agentes implicados” [49].

La Sociología del Trabajo, persiguiendo la explicación de su objeto, que se dispersa y esconde, se transforma y se construye socialmente, ha evolucionado hasta llegar a la complejidad de su abordaje actual. Hacia su complejidad de abordajes, habría que decir. Su campo se ha ampliado así hasta constituirse en una disciplina cuyos objetivos son “mostrar el conjunto de relaciones colectivas por las cuales se realiza la producción de bienes y servicios” [50].

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Citas

[1] Hemos recogido aquí, adaptado y resumido para la ocasión, una parte de los materiales que componen nuestro libro Sociología del Trabajo: un proyecto docente, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas-Siglo XXI, 1996. Remitimos al lector interesado a la bibliografía más completa y detallada allí recogida.
[2] Veáse el número especial del American Journal of Sociology, vol. LIV, n. 4, enero de 1949, presentación editorial, “Industrial Sociology”.
[3]Touraine, 1952, p.141.
[4] Algo así se ‘descubre’ en un reciente Tratado de Sociología del Trabajo. De Coster, in De Coster y Pichaut,1994, p.11: “La distinction, parfois opérée entre sociologie du travail et sociologie industrielle, procède fondamentalement d’une ambigüité de traduction”. Veáse el excelente análisis de los orígenes de estos vocablos, ‘industria’ y fábrica’, en Maravall, 1991.
[5] Veáse Men and their work, del mismo Hughes,1958.
[6] “Sociologists invade the plant”, es el título de un artículo de Business Week, 21 de marzo de 1959, citado por E.Chinoy, 1969, p.396.
[7] Baritz, 1960. El título marcará otras “sociologías de la sociología del trabajo”, como en el caso de M. Rose, con Servants of post-industrial society…, sobre Francia; y también su contenido, como en el caso de Rozzi, 1975, para Italia.
[8] Quien defiende este argumento es Allen, 1959. La siguiente cita en el texto, en p. 191. Una “sociology of labour”, de los trabajadores, de las “actividades individuales y colectivas de trabajo”, cuya institución central son los sindicatos, se opone a la Sociología Industrial, tout court, por estar ésta “empresarialmente orientada”, pero también por su precariedad teórica y su practicismo.
[9] Smith, 1959, p. 252.
[10] Quizá quien mejor detalle estos comienzos sea Lajoinie, 1973, “Sociologie du travail: vers de nouvelles frontières”, en el Hommage a Friedmann.
[11] Lo primero es de Touraine, 1962, nota crítica sobre el libro de Pierre Naville, L’automation et le travail humain, en Sociologie du Travail, 3, 1962, p.291. L’avenir de la psychologie industrielle, es un libro de Pierre Jardillier,1961.
[12] J.H. Smith, 1961.
[13] Veáse Friedmann y Naville, 1963 [1961].
[14] A. Touraine, 1962, “Bilan…”, p.279.
[15] Georges Friedmann, Tratado…, Vol. I, p. 28. La SNCF son los ferrocarriles franceses.
[16] G. Friedmann y P. Naville,Prólogo al Tratado…, 1963, tomo I, p. 7.
[17] Comité de Rédaction de Sociologie du Travail, “Liminaire”[Editorial], en Sociologie du Travail, 4, 1966, p. 337.
[18] Veáse Federico Butera, 1979, “Le ricerche non disciplinarie…”; los textos de Ferrarotti en Alberoni, [1966], 1971.
[19] Le Travail Humain fue creado en 1933. En el número 1 de 1984, al cumplirse 50 años, se reproduce el editorial del primer número, junto con un balance de Ph. Resche-Rigon, “Histoire d’une revue: évolution d’une discipline”, pp.5-17.
[20] Quizá la mejor presentación de las “fases”, esté en A. Touraine, La conscience ouvrière, 1966, pp. 46-51 y 305-356. De 1963 es la primera edición de La nouvelle classe ourvrière de Serge Mallet.
[21] S. Barkin, prólogo a A. Touraine y otros,[1965], 1970, p. 9.
[22] Marc Maurice,1980, texto citado en nota anterior. La referencia es del “Liminaire” de la misma revista, que ya mencionamos, de 1966.
[23] Pizzorno y otros, 1978; Sociologie du Travail, n.4, 1974, “Le taylorisme en question”.
[24] Lichtner, 1975, L’organizzazione…, pp. 35 y 36.
[25] Michel Aglietta,1976. Su mención de esos puntos centrales en el análisis del proceso de trabajo, en pp. 91-93.
[26] Hyman, 1979, p.428 y 429.
[27] M. Aglietta, 1981, p.66.
[28] Claude Durand: “Avant propos” a ‘L’enjeu de la rationalisation’, número monográfico de Sociologie du Travail,1,1979, p.3.
[29] El primer entrecomillado es de Accornero,1979,p.782. El segundo es de la propia empresa, Volvo-Kalmar, 1976, p. 3.
[30] Spyropoulos, 1980, p.295.
[31] Veáse ISE, 1981, p. 36, para los entrecomillados, y pp.40-52 para los casos y declaraciones.
[32] Así la repite Coriat, 1976, p 212, por ejemplo.
[33] Veáse el trabajo del ingeniero industrial Bernardo Prida, 1982, pp. 80 y ss.
[34] Instituto Internacional de Estudios Laborales: “El programa ‘La nueva organización industrial’. Actividades en materia de investigación comparativa y elaboración de políticas”, en Sociología del Trabajo, n.e., número 5, invierno 1988-89, pp.135-148.
[35] Accornero, 1980. Y una primera aproximación a esta vinculación producción-mercado en nuestro “Diseño del trabajo…”, incluido en Castillo,ed., La automación…, 1991, pp.264-265, especialmente.
[36] Capecchi, 1983,p. 51.
[37] Veáse “Redes y regiones”, monográfico de la Revista Latinoamericana de Sociología del Trabajo, n. 3, 1996.
[38] Sobre la ‘empresa-red’, veáse Butera, 1990.
[39] Para el periodo 1970-1982, veáse Capiello, 1988 [pero escrito en 1982].
[40] Veáse nuestro trabajo “Distritos y detritos industriales…”, incluido en El trabajo del sociólogo, 1994.
[41] Veáse Castillo, 1989. Y nuestro reciente, “A la búsqueda del trabajo perdido”, 1995.
[42] Luciano Gallino, 1989, p. 129 y 131.
[43] F. Heller, 1985, p. 2, apartado “Conceptual prisons”.
[44] Vease el capítulo 5 de Divisiones del trabajo, de Ray Pahl, “Nuevas formas de enfocar el trabajo”, [1984]. Y nuestro “¿A dónde va la Sociología del Trabajo?”, incluido como capítulo 20 de El trabajo del sociólogo, Madrid, 1994, pp.393-427.
[45] J. Delors, prefacio a Échanges et Projets, 1980, La révolution du temps choisi,p. 21.
[46] J. Leplat, 1993, pp. 128 y 117,esta última en el apartado “Le travail, objet d’analyse”, pp. 116-118.
[47] Veáse Pries, 1995.
[48] Veáse Richard Brown, quien firma el Editorial del nº 1, marzo de 1987, de Work, Employment and Society, pp. 1-6.
[49] R. Brown, 1992, p. 240. Veáse, igualmente, el manual de Grint, 1991, cuyo capítulo primero, what is work?, ocupa las pp.7-47. Compárese este punto de partida, asumido por las mejores tradiciones de investigación, con el que fuera el punto de partida de Marx (El Capital, libro I,Edición FCE, y traducción de Wenceslao Roces, p.136 y 130): “El proceso de trabajo, tal y como lo hemos estudiado, es decir, fijándonos en sus elementos simples y abstractos, es la actividad racional encaminada a la producción de valores de uso”; “el trabajo es, en primer término, un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza”.
[50] Erbès-Seguin, 1988, p. 6; ver también p. 174. Y su reciente, L’emploi:

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Castillo Juan José. (2005, Febrero 28). Sociología del trabajo y tendencias en el estudio del trabajo. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/sociologia-del-trabajo-y-tendencias-en-el-estudio-del-trabajo/
Castillo, Juan José. "Sociología del trabajo y tendencias en el estudio del trabajo". GestioPolis. 28 Febrero 2005. Web. <https://www.gestiopolis.com/sociologia-del-trabajo-y-tendencias-en-el-estudio-del-trabajo/>.
Castillo, Juan José. "Sociología del trabajo y tendencias en el estudio del trabajo". GestioPolis. Febrero 28, 2005. Consultado el 28 de Junio de 2017. https://www.gestiopolis.com/sociologia-del-trabajo-y-tendencias-en-el-estudio-del-trabajo/.
Castillo, Juan José. Sociología del trabajo y tendencias en el estudio del trabajo [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/sociologia-del-trabajo-y-tendencias-en-el-estudio-del-trabajo/> [Citado el 28 de Junio de 2017].
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