Un poco de historia
Como se sabe, ya en las primeras décadas del siglo XX, Mary Parker Follett
contribuyó a destacar el lado humano de la gestión empresarial,
apuntando quizá las primeras ideas sobre el liderazgo y sobre la
asunción de mayores responsabilidades por los trabajadores; pero es en
la segunda mitad del siglo cuando se desarrolla con más profundidad la
idea de liderazgo, con aportaciones como las de Allen, Burns, Greenleaf,
Fiedler, Hersey, Drucker, De Pree, Bennis, Kotter, Kouzes, Posner, Rost
y otros gurús, sin contar con los ejemplos de importantes líderes
empresariales como Welch, Grove, Gates, Gerstner y otros. Recientemente,
y de manera paralela a la inquietud por la inteligencia emocional, se
insiste en un estilo de liderazgo más basado en la autoridad moral que
en el poder formal, más sensible al peso de los sentimientos en el
entorno laboral y de mayor reconocimiento a la dignidad
personal-profesional de los colaboradores: podríamos hablar de liderazgo
personal, en buena medida ajeno al grado de poder que se administra: de
hecho, nos referiremos aquí concretamente al colectivos de directivos
intermedios. Con independencia de otros aspectos de la función
directiva, este tipo de influencia personal sobre el desempeño de los
colaboradores parece el más acorde con los cambios culturales traídos
por los nuevos tiempos. Este liderazgo personal-emocional parece
sintonizar plenamente con el empowerment movement y se abre paso en las
empresas como lo hace la importancia del capital humano o el concepto de
“inteligencia de la organización”. No podemos poner en cuestión las
teorías del liderazgo situacional y relacional, aunque quizá
sintonizamos mejor con la del liderazgo de servicio, sobre el que
insistiremos. En suma, sin pretender ser originales, volvemos al origen
de la cuestión: necesitamos seguir a alguien, pero ha de inspirarnos
adhesión por sus valores, incluidos los morales o éticos. De otro modo,
nuestro seguimiento no sería intrínseco.
Curiosamente, en un documento de las Fuerzas Armadas fechado en Washington
el 15 de septiembre de 1953 y referido a la evolución del papel de los
ejecutivos (está disponible en Internet), se decía que los tiempos
estaban cambiando en las empresas y se atribuía a Clarence Francis,
chairman de General Foods, la siguiente frase: “Hace 40 años -decía
entonces- prevalecía la idea de que lo que era bueno para el negocio era
bueno para las personas, pero lo que ahora prevalece -recuérdese que el
documento es de 1953- es la idea de que lo que es bueno para las
personas es bueno para el negocio”. Francis, que luego fue asesor del
presidente Eisenhower, tiene otra frase que conviene recordar: “Uno
puede comprar el tiempo de las personas, su presencia física en un lugar
e incluso un número determinado de movimientos musculares por hora. Pero
no se compra su entusiasmo, ni se compra su lealtad, ni se compra la
devoción de sus corazones: eso hay que ganárselo”.
Cincuenta años después, seguimos pensando que -aunque no se pueda comprar-
el entusiasmo y toda la contribución emocional sí se puede, sin embargo,
conseguir. Un buen líder lo consigue. Hoy las empresas precisan tanto
del capital intelectual como del emocional de sus personas, y por eso el
liderazgo bien entendido forma parte de la función directiva. No vamos a
insistir, por bien sabido y porque apunta especialmente a la Alta
Dirección, en lo del pensamiento estratégico, la visión de futuro, la
comunicación, la credibilidad, la distribución del poder… Pero no viene
mal, por cierto, traer aquí la diferencia entre poder y autoridad, tal
como la establecía Max Weber: el poder es la capacidad de forzar a
alguien para que haga tu voluntad, mientras que la autoridad es la
habilidad de conseguir que alguien haga voluntariamente lo que tú
quieres. No parece que quepa duda de que un trabajador prefiere un jefe
con autoridad y desaprueba los gestos de poder, como desaprobaría
conductas reprochables. Quizá en el lenguaje cotidiano no distinguimos
entre poder y autoridad (los consideramos sinónimos), pero tal vez
deberíamos empezar a hacerlo. Un liderazgo exclusivamente apoyado en el
ejercicio del poder podría contar con buen número de aparentes
seguidores, pero no tendría mucho que ver con el leadership y el
followership que se postulan en la organización inteligente del siglo
XXI.
Describiendo el liderazgo
Nos habíamos referido al liderazgo de servicio. De lectura rápida, parece
que el libro La paradoja, de James C. Hunter, está siendo celebrado
entre los lectores. El autor desarrolla con habilidad narrativa la idea
de “servant leadership” que ya Robert K. Greenleaf anticipó hace unos 30
años como una suerte de “religión” de la gestión empresarial. También
Dee W. Hock, fundador de VISA, veía la dirección como un servicio a los
subordinados y otros muchos directivos lo ven igualmente así. Desde
luego, la atención -el servicio- a las necesidades profesionales de los
colaboradores en un ambiente de empowerment constituye, sin duda y entre
otras, una fuente de autoridad en la que el liderazgo se sustenta muy
sólidamente. Hay, obviamente, otros muchos -muchísimos- buenos libros
que contribuyen a enriquecer nuestro horizonte en el ejercicio de la
dirección y son numerosos los autores que coinciden en apuntar esta
especie de nuevo orden empresarial: los directivos al servicio de las
necesidades profesionales (no se habla de los “deseos” sino de las
“necesidades”) de unos trabajadores comprometidos y responsables. Para
la consecución de sus objetivos asignados, los trabajadores han de
contar con el activo apoyo de sus directivos, en cuyo perfil el
trabajador desea encontrar -tal como sostiene Hunter- paciencia,
afabilidad, humildad, respeto, generosidad, indulgencia, integridad,
compromiso… Todos, y desde luego los directivos, hemos de ser seres
humanos más completos -cuerpo, mente y alma-, y esto incluye tanto la
inteligencia cognitiva y emocional, como otros valores personales. Quizá
proceda insistir en la importancia de los valores morales y éticos, como
ya hemos sugerido párrafos atrás.
Diversas conocidas concepciones del liderazgo, como las que formulan
Bennis y Nanus en Leaders, Kotter in Leading Change, Kouzes y Posner en
The Leadership Challenge, Rost en Leadership for the Twenty-first
Century, Cooper y Sawaf en Executive EQ o Goleman en Working with
Emotional Intelligence, contribuyen a subrayar el aspecto
personal-emocional a que nos referimos. Hablamos de líderes (recordemos:
el lado “humano” del management) en que no hay sitio para el egoísmo, la
arrogancia, la incapacidad de reconocer errores, la persecución de
objetivos desmesurados, el recurso al castigo psicológico o la creencia
de ser infalibles.
Hablamos de líderes que seguirían
siendo líderes aunque se les despojara de su poder formal. Hablamos de
líderes con quienes los trabajadores se sienten a gusto trabajando; a
quienes caracteriza el autoconocimiento, la confianza en sí mismos, el
autocontrol, la proactividad, la flexibilidad, el afán de logro, la
responsabilidad, la confiabilidad, la integridad, la generosidad, la
compasión, el deseo de mejora continua, la comprensión de los demás, el
interés por el desarrollo de sus colaboradores, la conciencia política
(no confundir con el politiqueo), la autoridad moral, la orientación al
servicio…
Además, los líderes emocionalmente inteligentes y de comportamiento
ético contribuyen a la inteligencia, salud y aun virtud de la
organización. Diríamos que una organización inteligente se distingue
porque: es bien consciente de sus fortalezas y debilidades; actúa con
eficacia incluso en circunstancias difíciles; genera satisfacción en sus
personas; aprende de su propia andadura; aprende de la evolución de su
mercado; aprovecha plenamente el capital humano disponible; persigue
metas compartidas; comparte conocimientos; busca nuevas oportunidades;
comprende bien los cambios de su entorno funcional; posee una estructura
flexible; disfruta una buena comunicación interna y externa; distribuye
el poder de modo que las decisiones se tomen en el nivel más idóneo; es
realmente sensible a las expectativas de los clientes; es realmente
sensible a la dignidad de sus personas; reduce la distancia entre el
“nosotros” y el “ellos”; persigue la mejora continua y la innovación;
presenta un clima de confianza y sinérgica colaboración y, entre otras
más cosas, apuesta por un buen work-life balance. La inteligencia (el
buen funcionamiento presente y el aseguramiento del futuro) de la
organización es cosa de todos, pero los directivos asumen un papel
incuestionablemente capital.
Son muchos los directivos dotados de una buena dosis de inteligencia
cognitiva y emocional, y de ello se benefician sus empresas y sus
colaboradores. Pero quizá no nos hemos parado a pensar en el coste de la
incompetencia emocional de algunos otros o, en su caso, en el coste de
las conductas éticamente discutibles, incluidos los favoritismos o la
persecución implacable de disidencias y cuestionamientos al statu quo.
El liderazgo persigue la obtención del mejor desempeño de los
colaboradores, buscando y consiguiendo a la vez su satisfacción
profesional; el líder debe subordinar sus intereses individuales a los
colectivos y guiar al futuro deseado. Efectivamente, como nos decía un
trabajador, haciendo el mismo trabajo uno puede sentirse satisfecho o
no, en función, entre otras cosas, del jefe que le toque. La verdad es
que también los jefes podrían decir algo parecido de sus colaboradores.
La madurez emocional y el buen hacer facilitan, sin duda, las cosas en
el trabajo cotidiano; por el contrario, la torpeza emocional y los
abusos y luchas de poder constituyen, en su caso, una permanente causa
de conflictos, visibles o subyacentes.
Desarrollo del perfil de liderazgo
Nuestra conclusión es que todo iría ya algo mejor en las empresas (y en
la vida) si mejoráramos nuestros perfiles. La cuestión es cómo conseguir
esa siempre posible mejora de nuestro cociente emocional y de nuestra
eticidad: todo es perfectible y debemos ser bien conscientes de ello.
Para esta especie de aceleración de la madurez, apuntamos a una inicial
sensibilización que puede pasar por la lectura de libros, la asistencia
a un idóneo workshop, la receptividad al feedback multifuente e incluso
el seguimiento de un adecuado programa de e-learning, convenientemente
orquestado.
En caso necesario, con esto podríamos darnos cuenta de lo ventajoso de
las habilidades y atributos personales a que nos referimos y del
inconveniente de su carencia en la empresa actual. Luego podríamos hacer
una evaluación de nuestro punto de partida y un plan de mejora. Este -el
plan de mejora- parece pasar por la frecuente reflexión (ciclos de
reflexión-acción) con ayuda de un buen coach: sería ciertamente más
fácil si contáramos con un buen coach (tutor).
Las acciones formativas presenciales (indoor o outdoor) orientadas al desarrollo de habilidades directivas, y concretamente al desarrollo del liderazgo en los directivos intermedios, podrían resultar infructuosas si no fueran seguidas de un proceso tutelado. La mejora de nuestros perfiles personales requiere tiempo y, aunque el protagonismo corresponde al individuo interesado, un tutor idóneo desempeñaría un papel determinante como guía o conductor del progreso. El tutor o coach que buscamos podría ser nuestro propio jefe: esto sería muy deseable, especialmente cuando el jefe reúne las cualidades requeridas y constituye una referencia ejemplar. Pero, aun sin coach, podemos y debemos mejorar nuestro perfil: vale la pena.
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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