Afirmar que el sector industrial de un cierto valor añadido está ante
la mayor revolución en su gestión no es ninguna exageración. Sí es
verdad que la implantación de los sistemas de aseguramiento de la
calidad o el pasar del manejo manual de las máquinas a uno de control
numérico o la introducción del CAD o la incorporación a la I+D…, han
sido auténticas pruebas de fuego para sus profesionales, pero la que
tienen ahora planteada lo es todavía más. Y no por sus exigencias
técnicas o tecnológicas, sino porque les obliga a un cambio de
mentalidad.
La mentalidad del técnico es formulística y paramétrica, de ahí que lo
metodológico y sistémico sea su paradigma del éxito. Su aprendizaje es
para hacer y si ese hacer se vuelve mecánico, mucho mejor. Adquiere
conocimientos, experiencias y habilidades y hace. Aprende una serie de
operaciones y las pone en acción. Este es el ambiente en el que se ha
criado. Es la cultura de cultivar la relación con el trabajo, ignorando
la relación consigo mismo y con los demás. Es natural, por tanto, que
todo lo que se aparte de ese ecosistema lo perciba como algo etéreo y no
le preste la menor atención.
Ahora bien, este menosprecio no es exclusivamente debido a una actitud,
sino que también emerge el vértigo a quedarse sin el cimiento sobre el
que ha fundamentado su profesionalidad, de ahí que, a modo de
autodefensa, sea lógico que aparezca una oposición frontal a cualquier
cambio de escenario.
Ya se puede intuir, pues, que cambiar esta mentalidad es verdaderamente
complicado y se convierte en algo titánico si se sigue manteniendo a la
ciencia, a la tecnología y a la innovación como únicas protagonistas de
las respuestas a la problemática actual. ¿Cómo puede cambiar el
profesional su mentalidad si el contexto no cambia? Y que nadie
interprete que cambiar el contexto signifique no poner en marcha
institutos de competitividad y consejos de investigación y tecnología o
no elaborar planes de innovación social, no. Cambiar el contexto es no
sustraerse a que, hoy, la adjudicación de un pedido de una máquina de
electroerosión en base a una prueba real no llega al 3% o a que no es
ninguna excepción que una empresa con una imagen de marca y de calidad
inferior a otras sea líder del mercado o a que el 80% de los argumentos
por los que se elige a un proveedor tiene carácter subjetivo o a que la
media de trabajadores por empresa no llega a 15 o a que el valor de lo
intangible está ya en el 62%. Es decir, el cambio no está en que
producción y producto dejen de tener importancia, sino en que el cliente
empiece a tener una importancia de verdad.
Es muy probable que a más de un lector le pueda parecer un exceso esto
de que el cliente empiece a tener importancia, porque, puede argüir, es
raro quien no defienda con ardor que el cliente es el rey o que no
apruebe la implantación de programas de gestión con el cliente. Y es
verdad, pero también está demostrado que una cosa es lo que se piensa y
otra lo que se siente. Hoy, se diga lo que se diga, el cliente no es
importante en el corazón del profesional del sector industrial. Si
realmente lo fuese, los estudios de investigación cualitativa serían
algo normal, ¿cuántos se hacen?, la política de fidelización como modelo
de gestión sería la existente, ¿en cuántas empresas está implantada?, la
venta no sería concebida como el fin de la empresa, sino como la
consecuencia de entusiasmar a ese cliente, ¿en cuántas empresas hay esta
concepción?, los profesionales valorarían más al coeficiente emocional
que al intelectual, ¿cuántos de éstos existen?, los profesionales darían
más importancia a los beneficios del cliente que a la cifra de ventas,
¿cuántos hay de éstos? ...
Mientras no haya una toma de conciencia de qué es lo que efectivamente
se siente, se seguirá afirmando que el cliente es la razón de ser de la
empresa, pero en el fondo se le continuará sintiendo no más allá del
proporcionador de ingresos. Racionalmente existe el convencimiento de la
trascendencia del cliente, pero todavía no está integrado en el
sentimiento. Este es, pues, el cambio catártico que debe producirse.
Y debe producirse porque es la única manera de poder sintonizar con el
cliente de hoy, el cual sí ha tenido ya su cambio. Este cliente no es,
ni por asomo, como el de hace tan solo unos pocos años. Si hasta hace
muy poco el cliente era fiel en base a calidad y precio, hoy, esa
fidelidad viene por lo que le proporciona el proveedor. El cambio ha
sido radical y de fondo. Antes, la fidelización se fundamentaba en lo
objetivo, hoy en lo subjetivo. Antes, siendo bueno en lo que se hacía se
tenían clientes para siempre, hoy, además, hay que saber conectar
emocionalmente con ellos. Antes, repetir era sinónimo de fidelidad, hoy
ya no, por eso que sea cada día sea más frecuente que un cliente que
durante toda su vida ha estado comprando al mismo proveedor, de repente
se decida por otro y, además, sin dar ningún tipo de explicación. El
cliente, hoy, es fiel por sentimiento, no por racionalidad.
Se está, por tanto, ante un cambio totalmente distinto. Hasta ahora
siempre que se había hablado de cambio había sido porque así lo exigían
las novedades tecnológicas. Hoy, al contrario, hablar de cambio es
hablar de tener que sentir que el cliente es lo más importante. Es
hablar que para converger con él hay que moverse en el plano emocional.
Es hablar de estar en el mercado para crear sociedades exitosas con ese
cliente y para hacerle sentirse mejor. Es hablar de detectar estados de
ánimo, de comprender temores, de trasladar serenidad, de ser capaz de
ponerse en los ‘zapatos’ del otro. Como se enunciaba, no es ninguna
exageración la afirmación de estar ante el mayor reto en su historia del
sector industrial.
Que la inteligencia emocional sea el piñón motor del engranaje que tiene
como ruedas de transmisión, para llegar a la fidelización, a la empatía
y a la confianza es duro de asimilar y de llevarlo a la práctica. La
inteligencia emocional no es algo que se aprende memorísticamente en un
libro o mecánicamente en una tarea. La inteligencia emocional es el
resultado de un proceso que empieza por asumir desde el corazón, no es
suficiente desde la mente, la existencia de las emociones. Continúa con
el reconocimiento consciente del circuito del sentimiento: sensación,
emoción, pensamiento y sentimiento. Y acaba con el control de esas
emociones, lo que no debe confundirse con represión. De cómo de afinado
sea este proceso (o dicho de otra forma, según sea el coeficiente
emocional adquirido), así será el nivel de empatía, la llave para una
buena relación con uno mismo y con los demás, clave para la creación de
confianza, puerta ineludible a traspasar para llegar a la fidelización.
Un apunte final. Es evidente que un profesional inteligente
emocionalmente no va a sustituir a la calidad, al precio, al servicio
pos venta y al plazo, pero igual de fehaciente es que sin él no es
posible la fidelización, la única garantía, por otra parte, de futuro.
Doctor
Ingeniero Industrial en Marketing Industrial
Profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao
Autor del libro “Cómo llegar a ser Creador de Confianza”
Consultor en la implantación de la Política de Fidelización
Investigador cualitativo
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