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La realidad latinoamericana de los negocios y las empresas tiene
importantes singularidades en relación con la evolución global en el
mundo. América Latina como continente tiene problemas en su agenda y
prioridades que la diferencian del resto de las Américas. No son iguales
los problemas del empresario industrial canadiense que los del
empresario industrial argentino.
Internamente cada país latinoamericano, sin perder de vista su inserción
comercial y cultural en el continente, tiene sus propias singularidades.
Incluso esas diferencias están presentes dentro de un mismo país. La
realidad del empresario agropecuario del sur brasileño más
industrializado, es radicalmente diferente de su correspondiente del
norte.
Como las realidades y los problemas no son comparables, debemos respetar
las especificidades de cada caso, para comprender lo que pasa y poder
ayudar. Con puntos de partida distintos y caminos diferentes, es muy
difícil hablar en términos generales de las necesidades continentales de
evolución empresarial, sobre todo si pensamos exclusivamente en términos
económicos.
Preferiría incluso, tanto si debemos posicionarnos ante realidades de
alcance continental o de nivel nacional, pensar antes y sobre todo, en
términos de bien o mal, no de conveniente o inconveniente. Esto implica
un replanteo con una visión diferente de cómo debemos proceder.
Por supuesto que no es fácil jugar con las cartas a la vista. Cada uno
quiere conservar un as en la manga. Tal vez lo que necesitamos los
latinoamericanos, al mismo tiempo y como un bloque, es ponerle un poco
más de transparencia a lo que hacemos en términos políticos y sobre
todo, comerciales.
Este es el principio para eliminar desconfianzas y mejorar la
integración entre nosotros mismos y para con aquellos que de fuera,
quieren realmente ayudarnos. Precisamente pensando en ello es que habría
que comenzar a trabajar en el análisis ético de la forma en que
resolvemos nuestras diferencias, postergando las habituales visiones
exclusivamente técnicas y comerciales.
No estaría de más analizar nuestros principales acuerdos comerciales,
considerando preferentemente valores y principios de los intercambios.
Sobre estas bases podríamos realmente ser más justos en nuestras
relaciones y posiblemente, también más eficaces. La ansiada eficiencia
en los resultados comerciales sobre estas bases, comenzará a darse
seguramente luego.
Detrás de las necesidades de globalización y de los impulsos de
regionalización para desarrollar intercambios comerciales, cada país
latinoamericano mantiene sus singularidades políticas, económicas y
sociales. Cada uno plantea su visión sobre los valores fundamentales y
la prioridad para atender sus propias necesidades nacionales y
contemplar las de los demás.
A partir de necesidades diferentes, cada país se ve apremiado de
distinta manera para encarar sus desafíos nacionales propios, atendiendo
contingencias regionales y condicionamientos mundiales. Ante eso, la
capacidad de cooperación y reciprocidad aparecen como dos pilares
insoslayables para negociar y trabajar concertadamente.
Las dificultades para ponernos de acuerdo son muy grandes. Es que
además, la naturaleza de los problemas estratégicos ha cambiado
vertiginosamente. Evidentemente en los albores del siglo XXI, no son los
recursos naturales, sobre todo si pensamos en términos materias primas,
los que a la larga harán la diferencia entre un país y otro, para
enfrentar los desafíos del mundo moderno.
Parecería entonces que partir de nuestras diferencias, no habría una
posible respuesta común que nos identifique como región para enfrentar
ciertos desafíos y alcanzar mejores calidades de vida. Sin embargo, hay
una medida que permite compararnos y está relacionada con la capacidad
de nuestra propia gente de enfrentar los desafíos políticos, económicos
y sociales por venir.
Nuestros respectivos sistemas educativos básicos y nuestra respuesta a
la problemática laboral y también la atención de servicios previsionales,
serán el mejor termómetro para mostrar nuestra capacidad de enfrentar
los retos estructurales que impone la actualidad. Y ante esto el
componente solidario, y sus profundas raíces éticas, pueden habilitar un
salto cualitativo relevante.
Todo parece indicar que los países que en el futuro resuelvan mejor sus
problemas educativos de cara a la generación de nuevos conocimientos
encarando la producción de productos de mayor valor agregado y a la vez,
brinden respuestas eficaces a la atención de la problemática de la
inserción laboral y la asistencia social, avanzarán sincrónicamente en
la solución de los demás problemas.
Se habla mucho de la pobreza latinoamericana como limitante de la
capacidad de hacer de los gobiernos. El error está en definir pobreza a
partir del capital material, para justificarnos. La pobreza que
inmoviliza es de otro tipo. Pobres son quienes apagan oportunamente su
conciencia para dejar de ver lo que no les gusta o aquellos que emplean
sistemáticamente la violencia para abrir paso a sus razones.
En todas estas cuestiones, los valores fundamentales que se defienden
marcan la diferencia. Valores que deben hacer florecer lo mejor de
nosotros mismos, pensando con un modelo gana-gana, cuando negociemos
acuerdos con nuestros socios regionales, porque no hay acuerdos
estructurales permanentes basados en el sacrificio unilateral de una de
las partes.
Como expresión de deseo comprometido, espero que los problemas
continentales se resuelvan con cierta sinergia ética porque, en caso
contrario, los procesos de integración regional, de los que tanto y tan
apasionadamente hablamos, se verán fuertemente condicionados y
enlentecidos. El Mercosur es una muestra de ello, dejando en evidencia
lo que somos y sobre todo, lo que no somos.
Publicado originalmente en
http://www.cronicas.com.uy/
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