Tras el furor de los proyectos de I+D, muchas empresas pasan por una época de consolidación, en la que analizan y contrastan sus logros, pero sin perder de vista las innovaciones del mercado
En muchas etapas de la vida de una empresa suele prevalecer su potencial
innovador frente a otros ámbitos de la gestión empresarial.
Así, la característica más importante enarbolada por algunas empresas es
su compromiso con la innovación y la tecnología, el desarrollo de nuevos
procesos productivos, la utilización de las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación y los nuevos métodos de atención a la
clientela adoptados.
Sin embargo, las fases de la I+D no acaban simplemente en el diseño y
realización de un nuevo producto o servicio o en la renovación de un
proceso. Hay que tener en cuenta que el desarrollo de la tecnología no
constituye un fin en sí mismo, sino un medio para la mejora global de la
empresa y de su papel en el mercado.
De hecho, proveedores y clientela exigen que las empresas que han
llevado a cabo proyectos de I+D demuestren los resultados tangibles de
estos proyectos innovadores.
Entonces, después de una época de "boom" en la investigación y el
desarrollo de nuevas ideas, las organizaciones deben cambiar su
política, intentando obtener el máximo provecho de esos adelantos
tecnológicos logrados en acciones renovadoras anteriores.
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