Érase una vez una tortuga que durante muchos años había vivido
satisfecha en los manglares aledaños a una gran llanura. Pero ya no
estaba contenta. El problema eran las competiciones deportivas; la
tortuga quedaba bien en los concursos de baile de contorsiones y en las
pruebas de escondite, pero no en las de velocidad. En todas ellas, desde
las de cien metros lisos hasta las de campo a través, la tortuga llegaba
detrás de los demás competidores. Especialmente de la liebre.
Igual que todos los que dudan qué hacer, la tortuga acudió a una firma
de consultores. Pronto se vio rodeada de MBAs de las mejores escuelas de
negocios. Escuchaban atentamente las preocupaciones de la tortuga; la
midieron por arriba y por abajo, analizaron la forma en que se movía.
Luego tuvieron varias entrevistas, largas y profundas, con otras
tortugas y con liebres.
Finalmente, presentaron a la tortuga sus diagnósticos y recomendaciones;
lo hizo un socio senior con la ayuda de equipos audiovisuales que
llenaban una furgoneta. La razón de que la tortuga perdiera en las
competiciones radicaba en que las tortugas eran más lentas que las
liebres. Sin ninguna duda esto se probaba de forma concluyente, tanto en
unas presentaciones con Power Point como en un vídeo en el que se veía
cómo continuamente las liebres dejaban atrás a las tortugas. La tortuga
estaba impresionada: “Ahora comprendo por qué estos jóvenes tienen
sueldos tan altos: saben escuchar al cliente e identificar las causas de
sus preocupaciones”.
Pero lo mejor estaba por llegar. Los consultores añadieron que la
tortuga no podía correr más que la liebre porque sus patas eran cortas y
su cuerpo voluminoso. Si se proyectan una al lado de la otra las figuras
de una tortuga y de una liebre, no hay duda; la liebre tiene las patas
mucho más largas y, además, una complexión más ligera.
Después de esta explicación la tortuga no cabía en si misma de contenta
y lo expresaba danzando sobre su propio caparazón. Estos profesionales
no eran como algunos consultores que lo único que hacen es aconsejarte
con la información que uno mismo les ha dado. Un elegante diagrama lo
resumía perfectamente; un eje representaba la longitud de las patas; el
otro, el peso del cuerpo. La posición más favorable era la que combinaba
patas largas y cuerpo ligero; la peor, patas cortas y cuerpo pesado. En
un recuadro aparecía una liebre; en otro una tortuga. Una flecha
mostraba la dirección en la que debería evolucionar la tortuga; o, en el
lenguaje de los consultores, cómo debería hacer su re-ingeniería. “¡Qué
relevancia!”, “¡qué profundidad de percepción (Insight en el
original)!”, se regodeaba la tortuga.
Finalmente, se apagaron las luces y los consultores presentaron sus
recomendaciones. Enseñaron a la tortuga la foto de un jaguar. La
elegancia de sus patas gráciles y de su cuerpo ligero dejó a la tortuga
sin respiración. Lo mismo que el vídeo que mostraba jaguares galopando
en la savana y dejando muy atrás a las liebres. Lo que la tortuga tenía
que hacer -explicaron los consultores- era convertirse en un jaguar. La
cortedad de las patas sólo era una manifestación superficial del
problema de aquélla.
El verdadero obstáculo para que triunfara era que estaba confinada a los
límites de su imaginación. En el entorno actual, muchos seres vivos,
añadieron los consultores, también tenían esta deficiencia; y era muchos
también los que habían sido asesoradas por Boston, McBainey y Butterson
para superarla.
Al despedirse, los consultores dejaron la factura (más bien gruesa) pero
la primera reacción de la tortuga fue que era un dinero bien gastado.
Sin embargo, pasados unos días, algunas dudas empezaron a penetrarle
cruzando incluso su grueso caparazón. Finalmente, se armó de valor y
telefoneó a Boston, McBainey y Butterson: “¿Cómo puedo convertirme en
jaguar”?, les preguntó.
Un poco avergonzado por hacer una pregunta tan ingenua, la tortuga
sintió alivio cuando los consultores le ofrecieron una respuesta
inmediata; claro, recordó ella, los buenos consultores tienen respuestas
para todo. Boston, McBainey y Butterson le dijeron que muchos de sus
clientes planteaban la misma cuestión; tantos -añadieron- que hemos
creado una división para la gestión del cambio con el fin de ayudarles.
Los consultores están entrenados para explicar a cada parte del cuerpo
la importancia de convertirse en jaguar. De hecho, este programa nuevo
les permite trabajar con el cliente todo el tiempo que sea necesario,
hasta completar el proceso de cambio.
A la tortuga le atrajo la propuesta, pero antes de enviar la carta de
aceptación a Boston, McBainey y Butterson, decidió tener una charla con
una vieja y sabia lechuza.
Y lo que la vieja y sabia lechuza le dijo fue: las tortugas y las
liebres han evolucionado para adaptarse a entornos muy diferentes. Las
liebres están más aclimatadas a los espacios abiertos en los que la
velocidad les proporciona una ventaja competitiva. Las tortugas viven
muchos años en territorios hostiles porque sus caparazones las protegen
de los depredadores y de la climatología. Ésta es la razón por la que,
aunque la llanura pueda aparecer como más atractiva, lo es para las
liebres pero no para las tortugas; esto explica también por qué no es
sensato que las liebres vivan en los manglares.
Una criatura feliz es aquélla cuyas características se adaptan al
entorno en el que vive y eso es lo que ayuda a hacer realidad el proceso
de la evolución biológica gradual.
La tortuga pensó que este consejo era sabio y se volvió a sus manglares,
decisión que, como pronto pudo constatar, fue muy sensata: unas semanas
más tarde una manada de leones invadió la llanura y devoró todas las
liebres. La tortuga siguió viviendo en los manglares, lenta pero
felizmente, casi para siempre.
Carlos Herreros de las Cuevas es Coach Profesional Ejecutivo acreditado por APECS. Sus blogs son: www.liderazgoyestrategia.blogspot.com y www.carlosherreros.blogspot.com. Publicado por Mujeres de Empresa bajo el título: la liebre y la tortuga, una fábula para ejecutivos senior 20.Junio.06 y distribuído bajo una Licencia Creative Commons.
http://www.mujeresdeempresa.com/management/management060601.shtml
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