La palabra "valores" ha ido utilizada de tan distintas maneras y para
implicar aspectos tan
diferentes, que muchos en las nuevas generaciones la perciben como un
concepto
abstracto, que resulta relativo a un grupo, una sociedad o una cultura y
que no les dice
nada. Nada concreto, específico, nada que les ataña.
Podemos decir que valor no es otra cosa que aquello a lo que le damos
mayor
ponderación, mayor importancia, en relación a otras. Es algo por lo que
optamos, en el
mejor de los casos, voluntariamente; algo que elegimos libremente,
cuando la decisión ha
sido nuestra y no imitativa o reactiva, y que deseamos alcanzar y
disfrutar. Por tanto,
nuestra conducta, nuestros esfuerzos y acciones, se orientan a intentar
apropiarnos de ese
valor.
El valor casi universal que se le ha otorgado a la racionalidad y a la
inteligencia en el ser
humano, es responsable en mucho, de lo que ahora somos, de todo esto en
lo que nos
hemos convertido.
Así, en las últimas décadas, los padres de familia se han volcado en la
intención de crear
hijos "genios", "súperinteligentes", "sobredotados". Y si además de
serlo en cuanto a su
capacidad intelectual, se consigue que sean destacados en otras áreas,
mejor todavía,
mayor la distinción.
Parece que el orgullo que los padres experimentan por sus hijos cuando
logran un buen
desempeño en estos alcances, es más significativo que cualquier otro que
puede
obtenerse, incluso, los que pudieran devenir de los factores
afectoemocionales.
De esta forma, se ha sometido a los infantes a torturantes situaciones
que en lugar de
favorecer su desarrollo, les provocan daños estructurales en la
conformación de su
mismidad, su identidad personal, es decir, en lo que subyace en su
interior como sustento
a su fachada corporal.
Atendiendo modas y filosofías "instantáneas" se fuerza a los hijos a
caminar, hablar,
controlar esfínteres, leer, hacerse responsables antes de "su" tiempo.
Se les conmina a
hacer cualquier cosa para que obtengan un pequeño trozo de papel
engomado, en forma
de estrella, pegado en su frente, no como señal de haber dominado lo
instintivo o de haber
fortalecido la voluntad para alcanzar una meta, sino como símbolo que
los distingue de los
"otros", como si fueran "mejores" que ellos.
Los padres les hacen saber a sus hijos, aún sin decirlo, que la forma
más "fácil" para recibir
y gozar de su amor, es haciéndolos sentir orgullosos de sus logros,
habilidades y sus
virtudes. No así de su ser, ni de su esencia.
De esta forma lograrán su aceptación y reconocimiento, pero iniciarán el
doloroso camino
de la adquisición de los afectos "condicionados". Afectos pendientes de
una buena
actuación, un buen desempeño, obtenido en base a un sobreesfuerzo para
convertirse en
algo más de lo que se es, porque lo que son no les es suficiente, e
intentar ser mejores de
lo que a veces se puede.
De esta manera empiezan los pequeños a construir sus propios valores y
sentimientos.
Comienzan así a gestarse las competencias, el espíritu de lucha, la
perseverancia, pero
también los rencores, las insatisfacciones, las carencias, los
resentimientos, la certeza y el
temor de que el otro puede abandonarlos en cualquier momento, o en el
mejor de los
casos, restablecer sus jerarquías ubicándonos en un plano inferior,
menos importante,
cuando aparezca alguien más virtuoso.
Se va fraguando de esta manera una resonancia interna muchas de las
veces
contradictoria, compleja, amarga; un doble lenguaje íntimo, que devasta
el alma, que no
ofrece seguridad ni confianza, en la que de todas las maneras se pierde
y se sale
brutalmente lastimado.
Si bien es gozoso recibir el aplauso del grupo, la sonrisa del maestro,
la aprobación de un
jefe, la satisfacción de los padres o la admiración de una pareja, es
doloroso percibir la
simultánea gestación secreta de resentimientos, envidias, odios,
descalificaciones o burlas
de ellos mismos o de sus compañeros, amigos o hermanos, que no fueron
tan
"afortunados" en sus alcances, y de quienes también se necesita
intensamente de su
comprensión y afecto.
Mientras los valores sean impuestos, heredados, imitados o adquiridos
por reacciones
inconscientes, no hay manera de revalorarlos, ni de rejerarquizarlos
aún y cuando
puedan estar oprimiendo, lastimando, alienando la esencia misma del ser.
Aún cuando su
búsqueda y alcance, traiga consigo a la par, sinsabores o infelicidad.
Mientras no exista una educación que permita reconocer e identificar las
diversas
emociones y sentimientos, diferenciarlos, conceptualizarlos,
encontrarles significado y
aprender a expresarlos, no podremos apropiárnoslos para vivenciarlos a
plenitud. No
podremos usarlos como recursos al servicio del incremento de nuestras
potencialidades, ni
de la potencialización misma de las relaciones humanas. No podemos
ponerlos "en acto" a
un nivel de primer plano en nuestras interacciones, y permanecerán como
hasta ahora, en
un mundo interior, clandestino, enmascarado, silencioso, complejo, que a
veces corroe o
ahoga de dolor y otras construye e inunda de amor inconfesable, pero que
nunca permite
la expansión del espíritu, ni persigue el incremento de la consciencia
reflexiva, ni fortalece
la búsqueda de la trascendencia con miras a reconocerse como parte
integral y armónica
de un todo tendiente a lo "absoluto", al cosmos.
Cuando los ideales se generalizan en una comunidad, sus miembros
persiguen objetivos
comunes, sus conductas se alinean hacia la adquisición de los mismos, y
se conforma la
cultura de "grupo". Esto se traduce en una forma más o menos homogénea,
de
comportarse y relacionarse.
Cuando los valores que se seleccionan impulsan el desarrollo parcial del
ser humano o en
definitiva lo bloquean. Cuando se opta por la conquista de aspectos
fatuos, superficiales,
alejados del yo interno, de la consciencia moral, de la actividad
pensante con sede en la
ética, no es de extrañar que las personas busquen satisfactores
(compensadores) en la
adquisición de bienes materiales, en el consumo de alcohol, medicamentos
o drogas, en el
desequilibrio de uso de alimentos o ejercicio, en los amores desechables
o en la obtención
de dominio y poderío.
Buscar el desarrollo intelectual es loable, la inteligencia no debería
desprestigiarse pero
tampoco perseguirse a costa de inhibir el crecimiento espiritual, pues
si además se carece
de una educación sentimental que permita la comprehensión y el
apoderamiento de la vida
interior del ser humano y de la adecuada expresión de sus necesidades
profundas, no es
de asombrarse entonces, que los factores del exterior, como las crisis y
la violencia de
unos cuantos, desaten en comunidades enteras, los dragones internos que
se llevan
dentro: la indiferencia, el resentimiento, el odio, la venganza.
Habiendo descuidado por generaciones el valor de lo espiritual y lo
sentimental, no habría
por qué sorprenderse si nace una nueva gran guerra exterior, pues el
fuego de la interna,
consume las almas desde hace mucho tiempo.
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