Este es un extracto de las principales ideas sobre competitividad
expuestas por el autor M. Porter en conferencias ante diferentes
audiencias durante los últimos años.
La competitividad a nivel nacional se ha convertido en una preocupación
central para gobiernos e industrias en todos los países, pero no
obstante la infinidad de discusiones y debates, aún no existe un
consenso sobre el significado y definición del término.
Algunas personas ven a la competitividad de un país como el resultado
de:
a) el entorno macroeconómico en el que se desenvuelven sus compañías e
industrias, el cual se ve afectado por los niveles de las tasas de
interés, tasas de cambio de la moneda y déficit gubernamental.
b) la relativa abundancia y bajo costo de la mano de obra de la que se
dispone.
c) la abundancia de recursos naturales del país.
d) el tipo de políticas gubernamentales del país en términos de
protección a la industria nacional, promoción de las exportaciones y
subsidios a determinados sectores como el financiero, automotriz,
acerero, naval, etc..
e) la diferencias en las prácticas gerenciales del país, incluyendo la
forma en que se conducen y resuelven los conflictos obrero patronales.
Como contestación a los anteriores planteamientos ¿Cómo podemos
explicarnos el éxito de países con altos niveles competitivos que no
cuentan con abundancia de recursos naturales, ni con mano de obra
numerosa y con bajos salarios y que incluso han tenido importantes
déficit presupuestales por años, como es el caso de Japón, Corea del Sur
o Singapur?.
Y aún más, ¿cómo explicar los casos de Alemania y Suiza?, donde por
mucho tiempo sus monedas estuvieron claramente sobrevaluadas con
respecto al dólar de Estados Unidos, o el caso de Italia, donde aún con
políticas gubernamentales inconsistentes, se logró hacer florecer una
importante industria de pequeños talleres dedicados a la exportación de
calzado. Todos ellos, sin lugar a dudas, han disfrutado de beneficios
económicos ascendentes.
Como podemos ver es evidente que ninguna de las respuestas han sido
suficientemente buenas para explicar, por sí mismas, cual es la base
para que un país logre altos niveles de competitividad, aunque cada una
de ellas cuenta con algunos elementos de verdad.
Ahora bien, ¿que se debe entender por una nación competitiva?, ¿es
aquella en la que la mayoría de sus compañías e industrias son
competitivas?, o bien ¿son aquellas en la que el tipo de cambio de su
moneda layuda a que sus productos puedan venderse a los precios más
bajos en los mercados internacionales y disfrutan de una balanza
comercial positiva?.
De nuevo, si analizamos detenidamente las anteriores preguntas y las
tratamos de contestar a la luz de las experiencias obtenidas por países
considerados por la mayoría de la gente como los más competitivos en el
escenario mundial, llegaremos a la conclusión de que la única
explicación con sentido parte del concepto de Productividad, entendida
como el resultado que obtiene un país al lograr altos niveles de
eficiencia y eficacia en el uso de su capital humano (talento) y
económico. La productividad bien entendida, debe reflejarse forzosamente
en el nivel de vida a largo plazo de la población y debe ser el criterio
fundamental para determinar la remuneración económica que reciben los
habitantes y la tasa de retorno del capital utilizado en proyectos de
inversión a largo plazo.
Por lo tanto, cada nación busca mejorar su nivel de productividad día a
día elevando la calidad de su sistema educativo que permita a sus
habitantes diseñar y elaborar productos que cumplan estrictamente con
las especificaciones demandadas por los clientes, mejoren la tecnología
vertida en los productos desde su diseño hasta el servicio al cliente y
eleven los niveles de eficiencia detectando las fallas en los procesos,
y que les permita asimismo, desarrollar las nuevas capacidades
necesarias para competir a nivel mundial en los cada vez más
sofisticados segmentos industriales y nuevas industrias que se están
formando en el mundo.
El comercio exterior, la inversión extranjera y el turismo para arrojar
resultados positivos deben traer beneficios a los países en lugar de
dolores de cabeza, apoyándose en mejorar la productividad y
especialización de las industrias y segmentos donde sus compañías sean
competitivas e importando productos en aquellos donde sus compañías lo
son menos. El comercio internacional y los flujos de inversión
extranjera son benéficas porque ponen a prueba a la industria doméstica
al enfrentarla a nuevos niveles de productividad internacional. En un
principio, es recomendable cuidar la estabilidad financiera nacional, la
cual puede verse amenazada en periodos de inquietud económica.
Lograr un equilibrio o superávit en la balanza comercial puede ser
inapropiado para una nación si sólo está basado en expandir las
exportaciones en base a bajos salarios y una moneda débil, importando
aquellos bienes de consumo que sus compañías no producen a niveles
competitivos. Esta situación puede llegar a provocar desequilibrios
financieros en el mediano y largo plazos, con la consecuente reducción
de los niveles de vida de la población.
El interés del gobiernos e industrias por lograr una mayor
competitividad no debe centrarse simplemente en crear empleos sino, más
bien, en crear empleos que tengan elevados requerimientos en términos de
habilidades y conocimientos que propicien la elevación del poder
adquisitivo de los trabajadores y una mayor prosperidad nacional.
En resumen, las políticas nacionales enfocadas a elevar la
competitividad deben ir más allá de buscar preferentemente las ventajas
comparativas (recursos naturales, bajos salarios, políticas protectoras,
etc.) y centrarse en lograr mayores ventajas competitivas que incluyan:
mercados cuidadosamente segmentados, productos diferenciados, aplicación
de nuevas tecnológicas y economías de escala. Esta teoría debe
desarrollarse bajo la premisa de que la competencia tanto a nivel
nacional como internacional es dinámica y evolutiva y, por lo tanto, es
necesario que la nación vaya más allá de pensar solo en término de los
costos inmediatos al cuidar las condiciones bajo las cuales sus empresas
puedan desarrollar ventajas competitivas en base a la innovación y las
características particulares de sus productos.
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Licenciado en administración de empresas
por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en
Administración por la University of Colorado y Especialista en
Administración Internacional del Programa OEA-IMCE . En la
actualidad es autor de artículos y director de Administración en
Red, empresa dedicada a brindar servicios de consultoría a micro y
pequeñas empresas en la zona norte de México y sur de los estados
Unidos, Centroamérica y Grecia. Durante su trayectoria de más de
22 años ha sido profesor en programas a nivel licenciatura y
maestría en diferentes escuelas de administración como: la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Universidad
Intercontinental (UIC), Instituto Tecnológico de Estudios
Superiores de Monterrey (ITESM) sedes Ciudad Juárez y Cd.de
México, Universidad de San Pedro Sula (USPS) y Universidad
Tecnológica de Honduras.
México. www.degerencia.com
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