Las reuniones
La utilidad de las reuniones de trabajo se cuestiona con frecuencia.
Aunque no suelen confesarlo abiertamente, sí lo hacen en círculos de
confianza: los directivos asisten a veces a reuniones que resultan poco
productivas, por innecesarias, por tumultuosas, o por la dificultad de
ponerse de acuerdo en las acciones a emprender. Algunas de estas
reuniones entre directivos, o de éstos con sus colaboradores próximos,
se programan periódicamente, con o sin agenda específica, para avanzar
en la alineación de los esfuerzos y también por mor de una mejor
comunicación interna. Tampoco los trabajadores de a pie parecen estar
muy convencidos de la eficiencia de todas sus sesiones de trabajo en
grupo, en que a veces se llega a las conclusiones no tanto por consenso,
como por cansancio, por aburrimiento, o por mera obediencia al
superior.
Digamos ya, no obstante, que la mayoría de las reuniones que se celebran
en las empresas son seguramente fructuosas o por lo menos inevitables;
pero sí que se venía aceptando tradicionalmente que, en general, se
abusaba un poco de las reuniones. Desde luego, se cuestionan
principalmente aquellas reuniones en que el convocante, bien seguro de
su autoridad, mantiene un diálogo público con cada uno de sus
convocados, mientras los demás esperan su turno con resignación y
estoicismo. Esto puede resultar necesario -en realidad depende del
estilo de dirección del convocante-, pero se viene argumentando por los
sufridores que preferirían tener más despachos en solitario con sus
jefes -face to face meetings- y menos reuniones de carácter general.
El trabajo en equipo
Muchas de las reuniones que se celebran en las empresas se desarrollan con
plena interactividad, manejando argumentos de razón, con libertad de
expresión, y atendiendo a las reglas de las reuniones eficaces. Son
exigencias evidentes del trabajo en equipo. El tan postulado trabajo en
equipo ha traído, por cierto, experiencias muy diversas en esta década.
Las diferentes fórmulas (task forces de directivos, equipos de mejora de
procesos, self-directed teams, equipos de proyecto, equipos para
solución de problemas, equipos formales u orgánicos, kaizen teams... )
han ofrecido ciertamente resultados muy desiguales, cuyo análisis es
complejo. Junto a logros alentadores, han aparecido también esfuerzos
infructuosos.
Al principio, en un buen porcentaje de casos, simplemente se deseaba poner
en funcionamiento el trabajo en equipo: por ejemplo, "que más del 50 %
de la plantilla participe en equipos". Se trataba de acostumbrar a
funcionar en grupos, a organizaciones que hasta ese momento se movían
casi exclusivamente por objetivos individuales, y que por ello padecían
a menudo indeseables conflictos internos. En su aspiración de alcanzar
sus metas, uno no advertía, o no quería advertir, si estaba poniendo en
riesgo otras metas igualmente legítimas dentro de la organización. El
espíritu de equipo se echaba de menos.
Todo esto del espíritu de equipo en las empresas, ha ido mejorando con el
rodaje; pero hay un denominador común en estas iniciativas que nos mueve
a formular estos párrafos: la búsqueda del consenso. En este propósito
-tanto si se trata de reuniones del Comité de Dirección, como si se
trata de reuniones entre trabajadores para la mejora de procesos- se
siguen corriendo riesgos importantes; los expertos dicen que el consenso
fácil puede conducir a la mediocridad. Y se dice también que, cuando
esto ocurre, ha fallado el liderazgo; pero seguramente fallan más cosas.
En busca del consenso
Centrándonos sólo en las reuniones que se convocan con la intención de
convenir los planes de acción más adecuados, todavía habría que
distinguir entre aquéllas en que el convocante ya acude a la reunión con
las conclusiones decididas, y aquellas otras en que queda un margen
suficiente para el intercambio de puntos de vista y el enriquecimiento
del análisis. En realidad la distinción se refiere más bien a la
circunstancia de que uno o varios de los participantes tengan mucha más
autoridad y poder que el resto y lo ostenten con cierta -visible o
sutil- ostentación. Cuando la reunión se desarrolla en un plano
horizontal, sí es posible llegar a un consenso que no sea falso. Pero
aun suponiendo que el consenso alcanzado sea real, puede haber costado
demasiado esfuerzo (muchas prolongadas reuniones), o puede ser de esos
que decíamos que conducen a la mediocridad.
Entre las herramientas o métodos facilitadores del consenso, se ha
extendido mucho en los últimos años uno cuya mecánica visible consiste
en la formulación individual de ideas en unas fichas o cartulinas del
tamaño apropiado, el agrupamiento siguiente de estas fichas por
afinidad, y la posterior "votación" de los grupos o familias obtenidas.
El proceso es conducido por una especie de moderador o consensus builder
que asegura el funcionamiento del método. La sistemática no hace sino
poner en sintonía los procesos mentales de análisis y síntesis de los
participantes, con el propósito de evitar la prolongación no deseada de
estas reuniones. A juzgar por el éxito de este método, cabe pensar que
puede ser efectivamente útil... si no se desvirtúa, adultera o
trivializa.
Tras las experiencias a que, como moderador o como participante, hemos
asistido, recomendaríamos sin reservas el conocimiento y uso de este
sistema de aceleración del consenso; pero alertaríamos sobre la
importancia de seleccionar adecuadamente los grupos participantes.
Tuvimos acceso a los resultados de una sesión en que se pretendía
identificar las posibles objeciones que los usuarios (técnicos y
titulados de grandes y medianas empresas) formularían ante una nueva
línea de productos que resultaba innovadora. Entre las objeciones
previsibles que, al cumplimentar sus fichas, formularon los
participantes seleccionados para el brainstorming, se leía: "Esto es un
rollo", "Odio los ordenadores", "Lo bueno es el deporte", "Con el curro
que tengo, y luego más PC", "Esto es para tontos"... No parece, con
estas aportaciones, que el grupo seleccionado para este ejercicio
conociera en detalle el producto/servicio que su empresa deseaba lanzar
al mercado.
La anécdota anterior nos viene a insistir en que, si ya es cierto que hay
que tener cuidado con los falsos consensos, y con los consensos
descafeinados conducentes a un futuro incierto, hay, también, que tener
mucho cuidado en la correcta aplicación de los métodos o herramientas al
uso. Ante tantos cuidados necesarios, sólo cabe dirigir la mirada a
alguien que sepa bien dónde está el norte: el líder.
Liderazgo y consenso
Decía Séneca que no hay que limitarse a hacer el cómputo de las opiniones;
que había que ponderarlas. Recuérdese que no estamos hablando de
democracia sino de la toma de decisiones en la empresa, de modo que
nadie estará pensando en un director general, o un jefe de división, o
un mando intermedio, que se limite a sumar votos y defender la mayoría
obtenida. El líder que postulamos (es decir, que se postula en los
tratados del management) habrá de considerar todas las aportaciones de
su equipo, medir las implicaciones de las diferentes alternativas,
apostar por una de ellas, y explicar bien por qué. El consenso no es,
por consiguiente, el triunfo de la mayoría, sino el triunfo de la mejor
opción, una vez considerados todos los considerandos.
Parece que los líderes de mayor éxito (según la mucha literatura del
management de que se dispone) dedican alrededor del 40 % de su tiempo a
explicarse. Son una especie de leaders-teachers que, habiendo escuchado
(hete aquí otra cualidad fundamental: saber escuchar) a sus
colaboradores, son capaces de convencerles de qué es lo que hay que
hacer. E inmediatamente, si es el caso, energizar a la organización para
hacerlo. No pecan de panfilismo, ni de complacencia, ni de
pusilanimidad: tienen "edge".
En definitiva, un buen líder dedica el tiempo justo al consenso, porque
desea el consenso; pero no se subordina a él. Esto no ha de significar
que desprecie la adhesión emocional de sus colaboradores y sus
subordinados, porque esta adhesión forma igualmente parte del concepto
de liderazgo.
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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