Carolina de la Torre explica que la identidad se da a nivel de las
representaciones , donde el sujeto participa constantemente de la
interacción de su subjetividad y los fenómenos del entorno. Implica
actitudes y conductas, dándoles un criterio de existencia desde la
diferenciación.
La autora usa los términos de mismidad y autoimagen al caracterizar la
identidad: mismidad como esencia del ser (cuyas características lo
definen y diferencian del resto) y autoimagen como conciencia de sí
mismo.
Otros autores lo conciben como imagen interna (imágenes o
representaciones, en vez de lo social, de uno mismo).
La imagen -en este caso institucional o corporativa- es la introyección
que tienen distintos miembros de la sociedad acerca de una institución,
el cómo la ven, constituida por el conjunto de ideas, creencias e
impresiones que los sujetos sociales tienen sobre tal institución.
El prestigioso autor español Justo Villafañe se refiere a tres
dimensiones de esta imagen corporativa: autoimagen (la que los públicos
internos tienen de sí mismos), imagen intencional (la que la entidad se
construye y quiere proyectar sobre la base de su identidad corporativa),
e imagen pública (construida por los públicos externos en relación con
la empresa).
Cada sujeto social, individual y colectivo posee una identidad como
conciencia de sí mismo -construida en su interacción con los otros- en
un sistema de relaciones sociales de las que es expresión; compartiendo,
tejiendo historias, transformando y transformándose y por lo tanto en
constante cambio y contradicción, refiere la profesora Elba Leyva .
“Los grupos humanos -afirma de la Torre - tienden a desarrollar
elementos comunes y a formar identidades sociales. Sus miembros incluyen
en su autoconcepto representaciones relativas, derivadas de su
pertenencia al grupo, y los integrantes se reconocen a sí mismos como
miembros de una determinada entidad”.
La identidad es a la organización lo que la personalidad al individuo,
pues al igual que las personas, las organizaciones desde su nacimiento
desempeñan papeles y se incorporan a espacios físicos y simbólicos que
los ayudan a conformarla en interrelación con el entorno. Constituye el
conjunto de rasgos y atributos que definen su esencia, según Justo
Villafañe , o el conjunto de atributos asumidos como propios por la
institución, en opinión de Norberto Chávez.
Estos atributos erigen un discurso, que Pascale Weil clasifica en cuatro
tipos :
• De la soberanía: Digo quien soy. La identificación de la empresa por
su categoría y superioridad
• De la actividad: Digo lo qué hago y cómo lo hago. El oficio, el saber
hacer
• De la vocación: Digo para quién lo hago. El espíritu de servicio, el
beneficio que obtienen el destinatario y el trabajador
• De la relación: Digo a la vez lo que hago y lo que esto me permite
hacer. El compromiso de la empresa y su deseo de establecer un pacto con
el destinatario (comunidad interna y externa)
Chávez propone un análisis de la comunicación institucional desde el
crisol de la totalidad de las significaciones -denotadas o connotadas,
verbales o no verbales- que remiten a la identidad de la institución. Y
es que la identidad institucional se expresa en todos y cada uno de los
mensajes y actos comunicativos, aún cuando su objetivo no sea el de
transmitir directamente el discurso identificatorio.
La institución se convierte, desde este punto de vista, en un territorio
significante que habla de sí mismo y se autosimboliza a través de sus
regiones.
En su libro Identidad Corporativa y estrategia de empresa: 25 casos
prácticos Joan Costa busca los activos que en su relación básica se
proyectan luego en la mente de los públicos externos como la imagen de
la institución, afirmando que “el hacer técnico o funcional corresponde
a la cultura técnica; la especialización y el hacer cultural, a la
cultura corporativa, la identidad. Y ambas formas de hacer, más las
formas de comunicar lo que se hace, constituyen la imagen corporativa,
que es la extensión imaginaria en el público de la identidad”.
De ahí que acuñe el término identidad cultural como uno de los siete
vectores de la identidad empresarial, junto al nombre (identidad
verbal), logotipo, simbología gráfica, identidad cromática, escenarios
de la identidad (arquitectura corporativa) y los indicadores objetivos.
Costa entiende la identidad cultural como signos culturales o elementos
significativos de una determinada cultura empresarial que definen un
estilo, un modo propio e inequívoco de comportamiento global, el modo de
ser y hacer de una empresa ante la sociedad. En ella resultan
significativos los signos conductuales: actos, actuaciones, el
comportamiento de la empresa… que indican un comportamiento global y
estable, un modo de conducta o una manera de hacer, de reaccionar, de
proceder, revelando un carácter o estilo propio.
Una vez que un grupo humano estructurado adquiere una identidad, esta
constituye una realidad. De esa realidad la organización tiene su propia
percepción, de modo que cada uno de sus componentes, al percibirse a sí
mismo y a los otros miembros, conforma su propia representación de la
organización. Esta es la identidad corporativa global, que se apoya en
dos categorías importantes: cultura y comunicación.
Veamos la interrelación de estos factores:
Tomando como base la realidad institucional, los miembros de la
organización comienzan gradualmente a construir valores, compartir
significados, creencias y presunciones básicas que se manifiestan a
través de actitudes, modos específicos de relacionarse, lenguajes, ritos
y leyendas que conforman una base que les permite organizarse y mantener
una coherencia y cohesión en sus relaciones y con la misión y los
proyectos empresariales.
Por supuesto que la creación de una cultura organizacional no es cosa de
un día, los valores, presunciones, interpretaciones, significados se
afianzan y modifican, en algunos casos incluso llegan a cambiar. La
identidad institucional comienza a vislumbrarse entre los complicados
entretejidos de la cultura, no solo en la medida en que esta determina
los modos de hacer y un estilo en la empresa, sino más bien en el
resultado de la suma con el subsistema que conforma la identidad visual
de la institución, subsistema que favorece enormemente la coherencia,
fuerza e integración del conjunto.
Ahora bien, nada de esto sería posible sin la comunicación empresarial,
eje de la conformación de la cultura, la identidad y la imagen
institucionales. Es la comunicación en sus diferentes niveles -y no sólo
entendida como transmisora de información- la que permite la interacción
entre los miembros de la organización, para así conformar la cultura
empresarial. Es la comunicación, en su más amplia acepción, la que
permite hacer visibles los activos de la empresa; a través de ella el
desarrollo de la cultura produce los atributos necesarios para la
creación de la identidad.
Al ser comunicada la identidad empresarial y entrar en juego el
intercambio de experiencias y percepciones entre la institución y sus
públicos externos, estos crean la imagen institucional: expresión
simplificada en la conciencia colectiva de los atributos identitarios de
la organización.
Una importante repercusión psicológica de la actividad laboral se
refiere a la identidad. A través de su trabajo el hombre se vincula al
mundo y, al transformarlo, se apropia de él; a su vez, el mundo sobre el
que trabajamos nos devuelve una imagen de nosotros mismos. Cuando el
trabajo nos permite reconocernos en nuestra obra y la imagen que
recibimos es positiva, se desarrollan los sentimientos de autoestima, se
enriquece nuestro sentido de identidad (personal y colectiva), de
coherencia interna y continuidad.
De ahí que Villafañe afirme: “Desde mi punto de vista, la cultura de un
grupo es su identidad una vez metabolizadas las influencias del entorno,
sobre todo aquellas influencias que han operado en el proceso de
adaptación a dicho medio; este núcleo de la cultura es la zona
comunicable de la identidad del grupo. Pero además, éste tiene unos
comportamientos explícitos, visibles… conscientes; estas manifestaciones
culturales también forman parte de la cultura y constituyen junto con la
personalidad (…) y el comportamiento corporativo, la zona visible de la
identidad de la empresa. ”
La identidad además de ser, trabaja. Su trabajo es semiótico, un trabajo
de producción de sentidos, constituyendo una necesidad sentida de
arraigo y pertenencia, participación y autorrealización, que se expresa
en las formas de actuación humanas a la que le dan sentido y
continuidad, lo que no implica inmovilismo, sino por el contrario
evolución, cambio y desarrollo como expresión de las contradicciones que
se superan. Así conforma un sistema de valores, una memoria reproducida
y renovada cada día.
Por ello, sin la base identitaria que subyace en la dinámica de la
empresa, la cultura sería simplemente una cuestión organizativa,
funcional, pues, considerando la información de la identidad como la
constante reelaboración y enriquecimiento de los elementos culturales,
la identidad es conciencia de pertenencia a una cultura.
Bibliografía y notas:
1. De la Torre, Carolina. "Identidad e Identidades". Revista Temas #28
enero- marzo, 2002, En el URL http://temas.cubaresearch,info/
2. Construcciones mentales que de modo consciente el sujeto realiza en
torno a tradiciones, historias, formas de vida, motivaciones, creencias,
valores, costumbres, etc.
3. Villafañe, Justo. Imagen positiva: Gestión estratégica de la imagen
de las empresas. Ediciones Pirámide S.A, Madrid, 1993.
4. Leyva Barciela, Elba. Identidad y cultura organizacional. DICT. UH.
Revista Universidad de La Habana. No.259, 2004. En el URL www.dict.uh.cu/rev_uh_2004_no259.asp
5. Carolina de la Torre.Op. Cit.
6. Justo Villafañe. Op. Cit
7. Chávez, Norberto. La imagen corporativa. Editorial G. Gili.
Barcelona, 1988.
8. Pascale Weil. La Comunicación Institucional: Un desplazamiento de la
legitimidad. En el URL http://www.altillo.com/EXAMENES/uces/publicidad/relpublicas/relpublicas2003resumenpascale.asp
9. Chávez, Norberto. Op. Cit.
10. Justo Villafañe. Op. Cit.
Lic. Comunicación Social de la Universidad de La Habana, Cuba.
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