Y el número más grande al que llegaron fue de 40 pedazos de
información por segundo. ¿A dónde se van los otros 10,999,960? ¿Qué se
hace con ellos? ¿Cómo intervienen en el momento preciso en que nos
involucramos en leer un periódico, analizar un problema, ver una
película? Sin duda procesarlos simultáneamente cada segundo, sería
imposiblemente absorbente.
Por ejemplo ahora, en este preciso momento, tu estás leyendo esta
columna; pero al mismo tiempo estás recibiendo información sobre cómo se
siente tu espalda en el respaldo, el tacto del periódico en tus manos,
el aroma de café en el ambiente –o de donde estés-.
Un ejecutivo que viaja todas las semanas, cuenta que entre sus momentos
más placenteros está el amanecer en casa, levantarse antes que nadie
–justo cuando pasa la motocicleta del repartidor-, servirse una
deliciosa taza de café, y sentarse en la mesa del comedor, completamente
solo, a leer el diario en silencio y en total concentración. Si acaso
escucha ruidos de grillos y pajaritos mañaneros, y ésta es parte de la
experiencia.
Pero este ejecutivo también se ve obligado a leer en aeropuertos y
aviones. Ese vuelo de las 6:45 de la mañana le impide su ritual casero,
pero una vez en el aeropuerto, compra su diario, pide un café y a leer.
Aquí no hay pajaritos ni grillos, hay personas aceleradas, una voz
estridente anunciando salidas y llegadas; taxistas, pasajeros, personal
de la aerolínea, sospechas de terrorismo. Pero él, a su diario.
Es en la otra mente donde están siendo atendidos por lo menos los
10,999,960 estímulos cargados de bullicio y que lo libera: su diario, su
café y él.
Entre las dos experiencias este sujeto prefiere el ritual en su hogar
que al acelere del aeropuerto. En los dos lugares lee su diario y
retiene prácticamente lo mismo; pero la experiencia es completamente
diferente. Los 11 millones de pedazos de información procesan la
experiencia completa y al final queda una sensación distinta entre las
dos, un recuerdo físico-químico-sensorial-mental.
En ambos casos el producto no es leer el diario, y tampoco es tomar el
café; es más ni siquiera es un producto, se trata más bien de toda la
experiencia.
Y aunque en este ejemplo entra el clásico proceso de selectividad,
atención, enfoque, acción, es clave reconocer que automáticamente se
registra una experiencia, se contabiliza lo agradable y lo desagradable,
así como el nivel de desgaste, entretenimiento, placer o displacer.
Como oferente – en el caso de negocios- o interactuante –en el caso
familiar o social-, no basta con romper la barrera de atención en
función de que la persona de manera natural y por necesidad operativa,
descuenta para finalmente optar a dónde enfocarse. Tampoco parece bastar
con que lo que se ofrezca o se transaccione satisfaga unas cuantas
dimensiones ya que en realidad es como si hubiera 11 millones de
consumidores en cada persona y que están procesando información sobre la
experiencia, y aunque es imposible atender a todos, conviene advertir
que lo único que queda es una increíble recolección de experiencias.
Por ejemplo, llegas al lugar, y sientes. Planeas comer ahí –si es
restaurante-, comprar algo –si es tienda-, divertirte –si es una
fiesta-. Los 11 millones de estímulos te bombardean consciente o
inconscientemente. Y te encuentras diciendo, “no me gusta este lugar,
vámonos”; ¿pero por qué? No sé, no me gusta, me siento incómodo. Y no lo
puedes explicar, al parecer tienes que conversar con algunos de los
10,999,960 pedazos de información, entenderlos y luego decirle a tus
amigos cuántos millones de estímulos decidieron que era mejor retirarse
del lugar.
Es que la otra mente conectó más rápido que tu conciencia, interpretó
una experiencia potencial y probabilísticamente dijo que no quería
quedarse en el lugar. Sumó, restó, calculó, recordó, en milésimas de
segundo.
¿Qué tan predominante y relevante es esta otra mente para explicar la
conducta de la persona y de pasada entender patrones de consumo y la
psicología del consumidor? Mucho.
Tanto que científicos como Timothy Wilson, de la Universidad de
Virginia, Daniel Wegner, de la Universidad de Harvard y Steven Pinker,
del Massachussets Institute of Technology (MIT), entre otros, especulan
sobre la idea de que “esta otra mente” regula nuestra vida en su
totalidad, en función de que nuestra conciencia –la que puede articular-
tan sólo reconoce el .00036% del total de pedazos de información, y por
ende, es la otra mente, la que procesa y lidia con el otro 99.99964%, la
que finalmente se desdobla en la cotidianidad.
¿Y entonces qué hace el casi 0% que está consciente? Pues sólo se pone a
explicar, ojo, a posteriori, y a racionalizar a lo que ya hizo el otro
casi 100%.
Entonces somos más automáticos de lo que creemos y por eso no entendemos
nuestros comportamientos y por eso estamos tan ciegos en la
autoconciencia, y por eso la gente viborea a nuestras espaldas de cosas
que ni nos damos cuenta; y por eso compramos cosas que no usamos,
hacemos cosas que no queremos, consumimos cosas que nos hacen daño.
Al final la idea predominante es que la experiencia y la “otra mente”
son las que toman las decisiones de cómo interactuamos con el mundo, qué
es lo que somos, a qué aspiramos, o mejor dicho qué es lo que
construimos con nuestros actos realizados día con día.
11 millones de consumidores por persona, bienvenido a la economía de
experiencias.
MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) www.horaciomarchand.com
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