La intuición y la empresa

De modo casi clandestino, la intuición nos acompaña en el desempeño cotidiano. Por ejemplo, y dentro de nuestro ámbito de responsabilidad y autonomía, tomamos decisiones llevados a menudo por impulsos que la razón no termina de explicar; confiamos o desconfiamos de personas sin saber en ocasiones por qué. No se trata siempre de intuición genuina pero, a pesar de la racionalidad reinante, nos dejamos llevar a veces por voces interiores que se abren paso. Como no es intuición todo lo que reluce, la razón ha de intervenir siempre formando un tándem.

Las personas más familiarizadas con los fenómenos intuitivos distinguen bien la intuición auténtica y facilitan su aparición; pero no podemos ser precisos al definir esta facultad, como tampoco sabemos gran cosa del funcionamiento consciente del cerebro. Recordemos, eso sí, que la intuición es plural o multidimensional en su despliegue, y quizá propiamente no quepa insistir, por ejemplo y sin matizarlo, en que los japoneses sean más intuitivos que los europeos, o en que las mujeres sean más intuitivas que los hombres. Puede ser así en general, pero de una parte cada individuo es único, y de otra parece útil desplegar la compleja fenomenología intuitiva: fuentes endógenas y exógenas de que se alimenta, formas cognitivas y emocionales en que se manifiesta, situaciones técnicas y personales a que contribuye…

Admitimos que las mujeres tienen más empatía que los hombres y que nos superan en intuición emocional, pero parece más constructivo pensar que todos podemos nutrir nuestra plenitud de seres humanos, y concretamente podemos desarrollar nuestras facultades intuitivas. En principio podríamos considerar la intuición como el acceso a conocimiento valioso y oportuno, cuya procedencia ignoramos; como una especie de convicción íntima de algo, aunque no podamos explicarlo racionalmente. El avance científico se ha servido a menudo de la intuición.

Resulta, en efecto, atrevido definir esta facultad porque, al hacerlo, probablemente la limitamos; pero si no la definimos, cada uno puede interpretarla de diferente modo. Para empezar, la intuición puede ser vista como un don, como una facultad mental, como un rasgo de carácter… Sin duda constituye un refuerzo a nuestro conocimiento e inteligencia, y en efecto casi todos reconocemos manifestaciones como las siguientes: una lectura de los sentimientos o pensamientos de nuestro interlocutor; una certeza profunda e inexplicable sobre algo que nos importa; una solución repentina para un problema persistente; una oportuna idea, inesperada y valiosa; una apuesta sólida por determinada dirección en que aplicar nuestro esfuerzo; un peculiar sentimiento de confianza (o desconfianza) hacia una persona, un asunto, un proyecto o una información; una sensación, mental o visceral, de advertencia sobre riesgos o peligros; una interesante abstracción o conexión, surgida súbitamente del estudio de una documentación.

Ciertamente, la facultad que nos ocupa constituye un plus para nuestra perspicacia, creatividad, empatía, perspectiva, prudencia, percepción de realidades, buen juicio… De modo que, en la empresa, nos asiste en la consulta de información, la comunicación, la solución de problemas, la toma de decisiones, la innovación, la sanción de oportunidades… Pero, ¿cómo reconocer la intuición genuina? Sin duda, hay que distinguirla de prejuicios, temores, deseos, conjeturas, ocurrencias, fijaciones, preferencias, etc., y en todo caso someter los mensajes intuitivos a la aquiescencia o consentimiento de la razón analítica.

En la empresa hay elementos que, como el miedo o la necesidad de explicar nuestras decisiones, inhiben en buena medida el flujo de la intuición; pero los cambios traídos por la economía del conocimiento y la innovación parecen catalizar el aprovechamiento de esta facultad. Dicho de otro modo, así como las emociones y la inteligencia emocional llegaron a la empresa en los años 90, parece ahora llegado el turno de la intuición genuina, en beneficio de la productividad y la competitividad: no podemos desaprovechar ninguna facultad. Tenemos en nuestro cerebro mucho conocimiento inconscientemente atesorado, que se manifiesta mediante la intuición sin descartar otras fuentes de que ésta beba (recuérdese la teoría de la mente extendida, de Sheldrake).

Las respuestas intuitivas pueden surgir en tiempo real, pero también tras un periodo de incubación cuando algo nos preocupa de modo especial. Inesperadamente dio Kekulé con la solución que buscaba, como también Jenner, Fleming, Loewi, Roentgen, Dyson y otros científicos en sus respectivos campos. Inesperada o casualmente dieron también con valiosas soluciones hombres de empresa como Kroc, Ibuka, Mestral, Goodyear… Hoy todos nosotros, directivos o trabajadores expertos, podemos ayudarnos de la intuición para generar novedades valiosas en las empresas.

Aprendamos a reconocer y cultivar la intuición auténtica siendo nosotros más auténticos y concentrando nuestra atención en las tareas. En el desempeño profesional, la intuición parece proporcional a nuestra energía psíquica y penetración en los problemas y retos; a nuestro afán de aprender y crear; al protagonismo en la realización de las tareas. Para explicar esto último, añadiría que probablemente es más intuitivo un profesional que se lidera a sí mismo tras metas establecidas, que otro que siguiera a un jefe-líder que pensara por él.

Y para terminar estas líneas, querría situar al lector en lo que venimos denominando talento: esa disposición innata para hacer algo especialmente bien. En el inconsciente heredado y adquirido de los talentosos, sean directivos o trabajadores, hay un saber atesorado que emerge mediante la fenomenología intuitiva. El talentoso fluye allá donde los demás nos atascamos; parece haber nacido para hacer aquello. Más que elegir su profesión, parece que ésta le ha elegido a él. Pero la intuición no es, como tampoco lo es la inteligencia cognitiva o emocional, exclusiva de colectivos selectos: todos podemos cultivar y desarrollar nuestra facultades de seres humanos, en beneficio de la deseada efectividad en nuestro cometido y asimismo de la satisfacción profesional.

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Enebral Fernández José. (2008, enero 21). La intuición y la empresa. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/intuicion-empresa/
Enebral Fernández, José. "La intuición y la empresa". GestioPolis. 21 enero 2008. Web. <https://www.gestiopolis.com/intuicion-empresa/>.
Enebral Fernández, José. "La intuición y la empresa". GestioPolis. enero 21, 2008. Consultado el 20 de Junio de 2018. https://www.gestiopolis.com/intuicion-empresa/.
Enebral Fernández, José. La intuición y la empresa [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/intuicion-empresa/> [Citado el 20 de Junio de 2018].
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