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3.2.4 PRIVATIZACIÓN: SIGNIFICADO Y CONSECUENCIAS
Todavía en otros casos, la privatización fue el deseo de una nueva clase
orientada hacia extender sus dominios, a la vez que atraía socios
inversionistas extranjeros.
Importancia similar tuvieron los superpoderes capitalistas que actuaron
a través del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. El
desmantelamiento de modelos de desarrollo alternos, particularmente los
enfoques que limitaban el
acceso a los bancos y empresas multinacionales, siempre fue un objetivo
compartido por los encargados de diseñar las políticas en Occidente.
Junto con las élites civiles y militares, y el surgimiento de los
inversionistas transnacionales,
pudieron imponer el modelo de “apertura”, supremacía de las
exportaciones, economía política basada en el “mercado”. Una vez
establecida esta configuración del poder impuso sus ideas y restringió
cualquier debate político o intelectual. Así, a partir de ese momento,
la “discusión seria” giró en torno a la teoría económica de la oferta,
así como la programación y forma de transferir los recursos públicos a
los monopolios privados (la así llamada “economía de mercado”). El
asunto del desarrollo basado en la empresa pública se esfumó, en su
totalidad, en el Hades.
El punto importante es que todo el proceso de privatización tiene sus
raíces en un autoritarismo y que fue resultado de un cambio en la
correlación de fuerzas políticas a nivel del Estado. La privatización
nunca formó parte de una consulta pública y cuando, cosa rara, así
sucedió los defensores de la privatización perdieron la votación, como
sucedió en el caso de Uruguay. Tampoco fue resultado de la prueba de la
eficiencia económica del sector privado; más bien fue el resultado de
políticas que los economistas dedujeron de una doctrina y de generales
convencidos de sus verdades económicas. Finalmente, la decisión no formó
parte de un debate nacional, ya que había actores internacionales
involucrados en el diseño, promoción y financiamiento del proceso
privatizador.
En suma, la privatización fue un proceso dirigido por una élite de
alcances internacionales altamente politizado, que avanzó por la vía
opuesta al proceso de construcción popular, nacional y pragmático de la
empresa pública. La instrumentación del proceso privatizador es un
reflejo de sus orígenes intelectuales. La aplicación de la privatización
fue decretada en su mayor parte por representantes que no fueron
electos, o por poderes ejecutivos que habiendo sido electos ocultaron
sus intenciones a lo largo de la campaña electoral. Los poderes
ejecutivos que participaron de la privatización por decreto, y para
echar a andar medidas específicas, no con poca frecuencia, consultaron
con banqueros extranjeros no electos o con sus asesores académicos. Así,
todo el proceso de privatización minó severamente los órganos
representativos de la sociedad civil y marginó a la opinión pública. Su
efecto real, fue movilizar a la élite, mientras desmovilizaba a la
sociedad.
Los precios tan bajos que estableció el Estado para la venta de empresas
públicas permitieron que las grandes empresas las comprasen con
ganancias extraordinarias.
En resumen, la ideología antiestado se convirtió en la reivindicación de
un nuevo tipo de estatismo en el que la privatización estuvo financiada
y organizada desde el Estado para el sector privado.
3.2.5 EL IMPACTO DE LA PRIVATIZACIÓN
Las políticas privatizadoras no sólo impactan sobre la economía sino en
toda la sociedad: el sistema político, la estructura de clases, el
mercado interno, y los sistemas de transporte y comunicaciones.
La privatización ha polarizado la estructura de clase. Por un lado, los
compradores de empresas públicas han cosechado, en muchas ocasiones,
ganancias inesperadas que los han llevado de millonarios a
multimillonarios. Por otro lado, el despido de empleados públicos
“excedentes” ha empujado a muchos trabajadores a una nueva clase de
pobre urbano, es decir un “empleado informal” mal pagado.
Los trabajadores con seguridad laboral y beneficios sociales han
experimentado una erosión seria en sus niveles de vida y un descenso en
su movilidad. La caída en las prestaciones sociales ha incrementado los
ingresos y ganancias de los
nuevos dueños privados.
El incremento en los precios de los servicios, energía eléctrica,
transporte, etc., que acompañan a la privatización, ha causado una caída
en los niveles de vida para los trabajadores asalariados, mientras que
ha incrementado los beneficios para los monopolios privados que se han
apropiado de los públicos.
Entonces, el sector privado se benefició de los subsidios del Estado, a
la vez que se benefició de los costos reducidos y la flexibilidad
laboral impuesta por el Estado liberal. El crecimiento de una docena de
multimillonarios, producto de la
privatización, tiene como contraparte la marginación de decenas de
millones de trabajadores pobres.
El segundo impacto más importante de la privatización es el que se da en
el sistema político. El vínculo estrecho entre monopolios privados y
beneficios de la privatización con el poder ejecutivo de un gobierno ha
sido la principal razón de
que los poderes legislativo y judicial hayan sido los grandes perdedores
en el cambio a la economía de libre mercado. Las instituciones
representativas han sido rebasadas en el proceso de transferencia de la
propiedad pública a la privada. Las
decisiones importantes se toman en otro lado: en las habitaciones
amplias de los bancos extranjeros, mientras que los parlamentos o
congresos simplemente reaccionan a medidas ya tomadas.
El resultado final de la privatización es el debilitamiento de la
democracia y pérdida del poder de vigilancia que tiene el legislativo
sobre el funcionamiento esencial de los sectores económicos. La primera
responsabilidad de las empresas privadas es hacia su consejo directivo,
que en la mayoría de los casos ni siquiera está en el país. Los comités
del congreso que vigilan la actividad de las empresas públicas han
quedado desactivados. El sector privado no responde ni es responsable
ante ninguna autoridad pública, sólo ante los intereses privados.
En términos del impacto económico, hay dos cambios básicos, ambos
negativos para el desarrollo de la economía nacional. En primer lugar,
la privatización le quita a la economía nacional una fuente lucrativa de
acumulación, particularmente cuando los nuevos inversionistas envían su
ganancia al exterior. Segundo, el Estado pierde una palanca estratégica,
al desviar las ganancias hacia sectores de la economía que posiblemente
no resulten lucrativos de manera inmediata, pero que pueden tener
efectos positivos sobre el empleo y beneficios de largo plazo, en
términos de abrir nuevas áreas de inversión; es decir, en
infraestructura, educación, diversificación regional, etcétera.
Finalmente, en muchos casos la privatización desarticula la economía al
centrarse en la producción e importación fuera de los enclaves.
Entonces, las provincias quedan fuera de los fondos de inversión, se
eliminan o recortan los ferrocarriles y
líneas aéreas regionales, las fábricas que producen para mercados
regionales se ven minadas por las importaciones baratas que promueven
las élites privatizadoras. Como la privatización profun-diza la
integración internacional, avanza en la desarticulación de la economía
nacional, dejando a las provincias sin actividad económica,
reduciéndolas en última instancia a la dependencia de - actividades
puramente administrativas.
En suma, la fuerza política que hace irreversible a la privatización,
tiene efectos negativos muy importantes sobre la democracia, la
movilidad social y el desarrollo económico. Más allá de estos problemas
básicos, hay otra serie de impactos
negativos producto de la privatización.
3.2.6 LAS TRAMPAS DE LA PRIVATIZACIÓN
De la racionalidad propia del proceso de “privatización” de la empresa
pública emergen serios problemas políticos, económicos y éticos. Una
razón básica para privatizar es poner fin a los “monopolios” públicos,
con el fin de estimular la
competencia y con ello reducir precios y ganar en eficiencia. Sin
embargo, lo cierto es que hay un trecho muy grande entre dicho y hecho.
Los compradores de los monopolios públicos son dueños de monopolios
privados, inversionistas a gran
escala que simplemente suman más a su imperio. Junto con la
desregulación de los precios que acompaña a la privatización, los nuevos
monopolios incrementan los precios y recortan los servicios para
aquellos que no pueden pagarlos; con lo que se crea “ineficiencias” en
términos de no cubrir la demanda real. Por otro lado, la competencia no
ha sido un resultado de la privatización: simplemente ha concentrado la
propiedad en manos privadas.
El precio al que se venden las empresas públicas por lo general es un
“precio político”, nunca alcanza su posible valor en el mercado. El
régimen político en consulta con los asesores, que forman parte de los
compradores potenciales, establece un precio. Con frecuencia los
inversionistas vinculados al régimen político, socios empresarios del
presidente o los altos funcionarios del poder ejecutivo, se benefician
de la privatización. El proceso privatizador ha llevado la corrupción a
niveles sin precedentes. En la transferencia de la propiedad pública a
la privada, cientos de miles de millones de dólares han pasado y se han
quedado en manos de los políticos, degradando con ello al sistema
electoral.
Justo antes de la venta de las empresas públicas, el Estado deja de
invertir, lo que provoca el deterioro en el servicio que proporcionan,
lo que trae consigo la insatisfacción del público usuario con el sector
público y el apoyo hacia la privatización. El Estado asume el costo que
significa cubrir el retiro de los trabajadores y empleados, reduce el
costo de los insumos y proporciona subsidios; lo que hace que los
compradores adquieran empresas con costos de producción y laborales
bajos.
Una vez que la privatización se lleva a cabo, de inmediato aparece el
repunte en la actividad, lo que parece resultado de la
privatización y no producto de una política deliberada del Estado que
trabaja en concertación con la élite privatizadora.
Al vender empresas públicas, el régimen y los compradores hacen un gran
despliegue publicitario de los nuevos acuerdos firmados por ambas
partes, en los que el sector privado está de acuerdo en invertir cientos
de millones de dólares, en crear miles de nuevos empleos, en incrementar
los ingresos por concepto de exportaciones con base en cierta figura
geométrica, en transferir nuevas tecnologías, en proporcionar servicios
con bajos costos, etcétera.
De hecho, las obligaciones contractuales son un acto de publicidad. Muy
difícilmente se llevan a cabo los compromisos, ni siquiera una fracción.
Cuando mucho, la nueva inversión no es otra cosa que los fondos
prestados por un banco local, deuda reconvertida o reinversión de
ganancias; en muchos casos hay una inversión muy pequeña y
frecuentemente se renegocia el acuerdo original o la empresa cita
circunstancias “extraordinarias” o problemas económicos que acepta el
Estado para explicar la falta de cumplimiento del acuerdo. Una vez que
todo está en su lugar, por lo general, la empresa importa más insumos de
los que exporta, por lo que la cuenta externa se hace más deficitaria.
Las industrias privatizadas desplazan a los productores locales y
recortan su fuerza laboral, por lo que exacerban la situación de
desempleo en lugar de mejorarla. Hay
transferencia de tecnología y se paga su uso, sin embargo, se transfiere
muy poco de la investigación y diseño de nueva tecnología al país
anfitrión.
La privatización absorbe capital de inversión en las empresas existentes
en lugar de dirigirlo a nuevas áreas o sectores. En muchos casos,
desplaza capital nacional en lugar de completarlo. Muchas de las
empresas privatizadas no cumplen con la
expectativa relativa a las exportaciones, a la inversión de capital
nuevo o tecnología. La política del Estado puede canalizar capital hacia
nuevas actividades de exportación o al sector con altos costos de
capital y áreas de innovación tecnológica.
Con frecuencia la privatización ha contribuido a incrementar la
vulnerabilidad de la economía, particularmente cuando el comprador es
una corporación multinacional.
Las decisiones con respecto a la reubicación de la planta, niveles de
inversión y empleo están sujetas a las estrategias globales del consejo
directivo de las corporaciones multinacionales. La privatización le
quita al país la posibilidad de
una “escuela” para la capacitación empresarial y gerencial. Las empresas
públicas le proporcionan a los ingenieros locales una oportunidad de
“aprender haciendo”, de aplicar los conceptos de planeación estratégica.
Cualquier esfuerzo que busque revertir la polarización social, la
desintegración regional y la política autoritaria que emerge bajo el
capitalismo de libre mercado, requiere como premisa funda-mental el
revertir la privatización y la “globalización”.
Procesos complementarios son la propiedad pública, las cooperativas, los
colectivos dirigidos por consumidores y trabajadores, profundizar en la
sustitución de importaciones en líneas específicas de la actividad
económica y apertura
selectiva al mercado mundial. En la medida en que del debate público
emerjan enriquecidas estrategias de desarrollo que se sobrepongan a la
autoridad de los decretos provenientes de los ideólogos del libre
mercado, la noción de libre mercado como culminación de la historia
terminará, justamente, en el basurero de la historia.
3.3 LA TRISTE HISTORIA DE LAS PRIVATIZACIONES EN LATINOAMÉRICA
Brasil
El 15 de julio de 1998 el ministro de Comunicaciones de Brasil dio a
conocer que el gobierno esperaba reunir más de 14,000 millones de
dólares por la venta del Sistema Brasileño de Telecomunicaciones
-Telebras-. Se esperaba también que la cantidad podría llegar a
duplicarse, dado que Telebras aún pertenecía al estado cerca del 20%.
Esa proporción sería subastado en la Bolsa de Valores de Río de Janeiro
el 29 de julio por un precio mínimo de 11,713 millones de dólares. Esa
fecha se estableció a partir de un atraso, ya que la fecha señalada
previamente había sido el mismo 15 de julio.
El sistema completo fue dividido en doce empresas y su precio fue
establecido por el consorcio asesor Arthur D. Little, Coopers and
Lybrand y Deloitte & Touche Corporate Finance. Para la venta del 29 de
julio se esperaba que participaran
unas cien empresas nacionales e internacionales, aunque unos diez días
antes solo 25 empresas -10 de ellas extranjeras- hicieron consultas
técnicas y financiera de Telebras. Entre ellas estuvieron de Estados
Unidos: Sprint, Bell South, Air Touch, Southwestern Bell y MCI.
Telefónica de España, France Telecom, Stet International de Italia,
Portugal Telecom y British Telecom de Inglaterra. Al momento de la
venta, Telebras tenía una deuda de unos 870 millones de dólares,
equivalente al 5% de los ingresos de 1997-que fueron 17,400 millones de
dólares-.
En la contienda participó Telefónica de España también bajo el título de
sus filiales Telefónica de Argentina, Telefónica de Perú, la Compañía de
Telecomunicaciones de Chile y la brasileña Compañía Riograndense de
Telecomunicaciones (CRT).
Se apostaba una posible asociación con el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) y
la eléctrica Iberdrola para alcanzar la compra de Telebras.
De Asia participaron NTT Mobile Comunication Network Inc., e Itochu
Corporation, que también se inscribió como Itochu Media Brasil Holding.
Del mismo Brasil participaron el grupo Monteiro Aranha -socio de
Ericsson do Brasil-, Globopar, y el
grupo Vicuha.
El 29 de julio de 1998 se realizó la subasta de Telebras en la Bolsa de
Valores de Río de Janeiro, alcanzando el gobierno ganar unos 19,180
millones de dólares.
Los principales adjudicatarios fueron Telefónica de España y MCI. Las
doce empresas en que se dividió Telebras, fueron: Telesp, Tele Centro
Sul y Tele Norte Leste en telefonía fija. Embratel, como la única de
larga distancia. Telesp Celular,
Tele Sudeste Celular, Tele Celular Sul y Telemig Celular como operadores
de telefonía celular móvil. Las otras cuatro operaban también telefonía
celular móvil, pero eran menos apreciadas por el mercado que cubren, la
Amazonia: Tele Norte
Celular, Tele Nordeste Celular, Tele Leste Celular y Tele Centro Oeste
Celular.
El descontento al proceso no faltó. El opositor Partido de los
Trabajadores (socialista) instauró más de cincuenta demandas contra
faltas en el proceso de escisión de Telebras, que había sido aprobada el
22 de mayo de 1998 por la asamblea de accionistas. Dentro de un juego de
demandas y rechazos, se avanzó en la privatización a pesar de las
advertencias del riesgo de pérdidas de soberanía y violación de leyes
claves para el caso. El día de la subasta se hicieron amplias
manifestaciones con piedras y barricadas en los alrededores del local,
resultando decenas de detenidos. Los principales lemas fueron «Vender
Telebras es vender Brasil» y «Contra la entrega de Brasil al capital
extranjero».
Con esa adquisición Telefónica de España se convirtió en el gigante de
las telecomunicaciones de Brasil, habiendo tomado el 29 de julio Telesp,
Tele Sudeste Celular y Tele Leste Celular. Dos meses atrás había
comprado CRT, operador de telefonía móvil celular en el Estado de Río
Grande do Sul.
Telebras fue creado en 1972 y fue formada por 27 telefónicas regionales.
Se dividió en ocho empresas de telefonía celular, tres de telefonía fija
y una de larga distancia llamada Empresa Brasileña de Telecomunicaciones
-Embratel-, que fuera comprada el 29 de julio de 1998 por MCI.
Merrill Lynch calculó el valor total de Telebras en 65,700 millones de
dólares, del que corresponderían al estado los 14,000 millones, hasta
incluso unos 16,500 millones de dólares. El exministro de Comunicaciones
Sergio Motta, fallecido en
abril de 1998, estimaba unos 30,000 millones para esa misma porción.
Sólo en 1997 Brasil recibió cerca de 18,000 millones de dólares por la
privatización en los sectores electricidad, telecomunicaciones y bancos.
El flujo de inversión extranjera es enorme dentro de las operaciones de
adquisición-fusión, si se compara con otros países, llegando al 56% en
1997.
En cuanto a la electricidad, el gobierno decidió conservar hasta el año
2000 la transmisión por medio de Eletrobras, más las generadoras no
incluidas en los planes de 1998. La distribución comenzó a ser
privatizada en 1996, mientras las
grandes generadoras en 1998.
En la tercer semana de septiembre de 1998 fueron privatizadas la
generadora Gerasul y la distribuidora Bandeirante, a precios mínimos. La
primera fue comprada por Tractebel de Bélgica en 800 millones de
dólares, mientras que la distribuidora fue adquirida por un consorcio
brasileño en 860 millones. Los precios alcanzados trajeron preocupación
a la BNDES -que dirigiera las privatizaciones en Brasil- y al Consejo
Nacional de Desestatización (CND), por lo que planificaron establecer
una estrategia de aceptar pagos en plazos cortos para las siguientes
privatizaciones. Ya en el caso de Telebras se había aceptado el pago en
tres cuotas, por el volúmen que representaba. La problemática de los
precios tenía sus orígenes en los desbalances financieros nacionales y
extranjeros de agosto y septiembre, y se pensó incluso en bajar los
precios mínimos de futuras privatizaciones para alcanzar mayor beneficio
en las transacciones.
Con estas dos empresas de electricidad Brasil había alcanzado ya para
1998 unos 36,830 millones de dólares, para una meta de 40,000 millones.
Para el bienio 1998-99 se tenían una meta de 50,000 millones.
Uruguay
El 8 de marzo de 1998 se gastó el primer tiro PIT-CNT para derogar la
Ley del Marco Regulatorio del Sistema Eléctrico, promulgada el 17 de
junio de 1997. El intento falló al haber escasa asistencia a las
votaciones que fueran solicitadas por
AUTE -sindicato de la estatal eléctrica-, los que a su vez fueron
apoyados por PINCNT y por la coalición izquierdista Frente Amplio (FA).
A mediados de junio de 1998 se pretendió decidir por votación popular el
someter poco después a referendo la ley impugnada. Fue una votación para
decidir si hacer otra votación. Como se podía esperar, el gobierno lanzó
una costosa
campaña en radio y televisión para inhibir el voto.
En diciembre de 1992 un 72% de los votantes se pronunció en un
plebiscito contra la ley que autorizó en 1991, la privatización de la
telefónica ANTEL. Siete empresas extranjeras se habían interesado en la
compra.
Argentina
Privatizó las telecomunicaciones en 1990, dividiendose en dos partes: la
norte, que fuera vendida a un consorcio franco-italiano, y la sur a
Telefónica de España.
En el año 2000 se espera reanudar el proceso.
Entre 1990 y 1997 Argentina recibió ingresos por 21 mil millones de
dólares en concepto de privatización de 104 empresas, 86 licencias
petroleras, 42 concesiones de servicios y 9 contratos de asociación
-venta de acciones -.
En 1997 sólo se realizó la privatización de la empresa estatal de
correos y la hidroeléctrica de Pichi Picún Leufú, que alcanzaron entre
ambas 103.2 millones de dólares. En Argentina se ha dado uno de los
pocos fracasos en el proceso de
privatización de Latinoamérica. En diciembre de 1994 la Cie. Générale
des Eaux, conocida después como Vivendi -en la zona se le conoció como
Cia. Aguas de Aconquija-, obtuvo una concesión a 30 años para operar la
compañía de aguas y cloacas, en los últimos días del gobernador
peronista. Cuando esa fecha se acercaba, varios licitantes se retiraron.
Todos sospechaban del fracaso. En 1995 Vivendi elevó las tarifas en
cerca del 100% en una combinación de impuestos de
agua y honorarios más altos para contribuir a costear el ambicioso
programa de inversiones de 380 millones de dólares.
Se dice que si tal vez se les hubiera comunicado los planes a los
consumidores... o que definitivamente la población de Tucumán no estaba
acostumbrada a pagar por el agua.
Cuando en Tucumán Antonio Bussi tomó el poder como gobernador, sus
allegados acusaron a los peronistas del aumento en las tarifas de agua.
Después de una renegociación obligada vino un acuerdo que, entre otras
cosas, redujeron las tarifas en un 20.6% y se separaban algunas regiones
que no querían participar en aquello.
En agosto de 1997 Vivendi canceló el contrato con la provincia, siendo
la primera vez que la empresa abandonara una concesión de agua en sus
145 años de historia. Veintiún días después el gobernador ordenó que la
compañía tenía que
operar 18 meses más, por lo que para 1998 Vivendi perdía 2.8 millones de
dólares al mes, con una facturación que no se cancelaba por el 80% de
los clientes.
Prácticamente se terminó dando el servicio sin contrato, sin tarifa y
sin cobranza.
Los fondos de pensiones privatizados entraron en crisis en agosto de
1998, momento en que muchos de los conocedores del tema culpaban a la
Superintendencia de los AFJP.
Se estima que el peligro comenzó en octubre de 1997. Esa entidad estaba
a cargo de la vigilancia de la administración de los fondos, y obligaba
por mandato legal a las AFJPs a invertir, algo que no siempre es lo
adecuado en momentos bien
característicos del sistema financiero. En Argentina, los bonos y
acciones llegaban a estar en desventaja ante formas más líquidas de
depósito. Otro problema estaba en la imposibilidad de poner el 100% en
una sola forma financiera, es decir tener
todo en un depósito bancarios a plazo fijo. La entidad reguladora
justificó su accionar, pero desde la implementación a mediados de 1994,
el efecto «tequila» dio su primer lección a las administradoras.
Honduras
El 16 de junio de 1998 el Ejecutivo propuso a la Asamblea la aprobación
de la Ley Marco del Sector Telecomunicaciones, que daría autorización a
la venta del 47% de la Empresa Hondureña de Telecomunicaciones
-Hondutel- a un socio estratégico y un 2% a empleados y sector privado.
El restante 51% quedaría en manos del estado. El plan hacía referencia a
la venta para el primer trimestre de 1999.
La ley fue aprobada en la madrugada del sábado 19 de septiembre de 1998,
aceptando vender el 50% a una empresa extranjera por medio de una
licitación.
Un 4% podría quedar en manos de otras instituciones estatales, empleados
y usuarios, mientras que el Estado conservaría el 46%. La Ley de
Capitalización de Hondutel establece que se trata de una concesión a
empresa extranjera por 25 años, la cual sería incapaz de cambiar la
denominación social de la telefónica, que sería Compañía Hondureña de
Telecomunicaciones, SA (Cohdetel).
Hondutel tenía activos valorados en unos 1,000 millones de dólares
-según otros datos preliminares sólo 600 millones-, pero esperaba
obtener unos 650 millones de dólares del porcentaje que vendiera. Según
otras versiones, estaría esperando sólo unos 300 millones de dólares por
la parte que vendiera. El valor total de la empresa se estimaba en unos
800 ó 900 millones de dólares -posiblemente a 1997- y 632 millones en
1996. En realidad, todas éstas cantidades fueron parte de la
incertidumbre misma, la que se viera acrecentada con las caídas
asiáticas y latinoamericanas en agosto y septiembre de 1998, que
obligaban al gobierno a preocuparse de que los inversionistas no se
interesaran en Hondutel.
A pesar de la mayoría partidaria en la Asamblea del partido oficial, no
fue fácil convencer a los sectores económicos que se mantenían reacios
al proceso. De todas maneras, en la mayoría de casos para el gobierno no
ha sido necesario contar con el apoyo de nadie. La Central General de
Trabajadores (CGT), después que se supo de la aprobación del Congreso,
volvió a mostrar su desacuerdo, pronosticando que las tarifas altas que
vendrían harían prohibitivo el servicio para los sectores de bajos
ingresos.
Sin embargo, ya en 1998 se encontraba Motorola ofreciendo el servicio de
telefonía celular. Para Hondutel -que ya privatizada se llamaría
Honducom, según versiones iniciales- el gobierno tenía estimado unos 39
operadores internacionales
interesados, como France Telecom, Deutschetelefon de Alemania, ATT de
Estados Unidos y Telefónica de España. En resumen, sólo siete
multinacionales había presentado sus ofertas.
En Honduras la empresa Hondutel era considerada la única rentable del
estado, ocupando el quinto lugar en Centroamérica; la venta buscaría dos
objetivos:reducción del tamaño del estado y obtener capital para ampliar
la red telefónica actual. Se necesitaban unos 2,000 millones de dólares
de inversión atender unos 600,000 teléfonos nuevos. Según palabras del
presidente de la Comisión de Privatización del Estado, Hondutel manejaba
en 1998 un millón de líneas telefónicas, con utilidades de unos 120
millones de dólares anuales. Anterior a la venta, la telefónica sufrió
un saneamiento financiero, pagando bonos por 152 millones de dólares
correspondientes a deudas en el exterior. Con Siemens y AT&T tenía una
deuda que alcanzaba el 65% del total adeudado, unos 270 millones de
dólares. Los bonos se habían emitido a raíz de la ampliación de la
cobertura nacional, con 220 mil líneas instaladas alrededor de 1993, con
recursos financieros, técnicos y
materiales de Siemens y AT&T.
Hondutel se fundó a finales de los setentas y siempre fue manejada por
los militares, hasta que el gobierno de Carlos Roberto Reina (1994-98)
la llevó a manos civiles.
El mismo gobierno reconoció en agosto de 1998 que de no venderse la
empresa telefónica, en Fondo Monetario Internacional no asignaría un
préstamo importante a concretizarse en septiembre. Tampoco se podría
acceder a una condonación de unos 500 millones de dólares de la deuda de
Honduras con el Club de París, que totaliza unos 1,200 millones. En la
licitación de Hondutel el gobierno fue asesorado por el consorcio
británico Rotschild.
La Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE), con activos por valor
de unos 1,400 millones de dólares, se planea ser vendida a más tardar en
el año 2002.
Este anuncio se hizo el 13 de mayo de 1998, cuando el gobierno cediera a
una empresa privada -habían ofertado tres empresas- la labor de
facturación, como primer paso para la venta de ENEE. Luego se
continuaría con la comercialización,
distribución y finalmente generación. Empero, a finales de septiembre de
1998 se supo que no sería hasta el año 2002, sino en febrero del 2000,
forzados por la necesidad de un acuerdo con el FMI.
En 1994 una ley eliminó el monopolio de ENEE de generación de
electricidad, encontrándose para 1998 varias empresas vendiéndole el
producto a la estatal.
Para 1998 ENEE operaba la estructura de distribución -con un costo de
unos 400 ó 500 millones de dólares-, con tres represas hidroeléctricas,
con unos 4,500 empleados y con una deuda de más de 700 millones de
dólares. El Sindicato de la
Empresa Nacional de Energía Eléctrica (STENEE), convencido que el
proceso era una imposición de organismos internacionales, luchó por
garantizar la mayor estabilidad laboral posible.
A mediados de julio de 1998 se supo que el gobierno concesionaría el
manejo de cuatro aeropuertos internacionales a empresas extranjeras en
1999. Los aeropuertos de Tegucigalpa, San Pedro Sula, el puerto de La
Ceiba y la isla de Roatán serían incorporados a contratos de 15 a 25
años. En 1998 juntos recibían cerca de un millón de pasajeros al año. En
el primer momento se interesaron tres empresas:
Lufthansa y dos empresas más -una de ellas de Canadá-. Perú Telefónica
Internacional pagó en 1994 por la concesión monopólica de telefonía
2,000 millones de dólares. El nuevo operador del sistema completo se
denominó
Telefónica del Perú.
En septiembre de 1998 se procedió a subastar trece empresas del sector
eléctrico, bajo la figura de las 'acciones doradas', una cláusula que en
principio evitaría monopolios u oligopolios. Para junio de 1998 el
Comité Especial de Privatización
(CEPRI) ya había aprobado las bases de la subasta de las empresas de
distribución Electronoroeste, Electronorte, Electronorte
Medio-Hidroandina y Electrocentro, que sumaban una cartera de 850,000
clientes. En buena parte del
proceso CEPRI trabajaba junto a la Comisión de Promoción de la Inversión
Privada (COPRI).
A finales de 1997 el Parlamento Nacional aprobó una regulación que
permitiría mantener para el Estado 'acciones doradas' en las trece
empresas de generación y distribución eléctrica a privatizar, con miras
a poder vetar cualquier medida que
fuera contra los intereses nacionales.
Eso incluía incorporación de nuevos accionistas en cualquier modalidad,
reducción de capital, emisión de obligaciones convertibles en acciones y
cambio de objeto social. Antes de ésta venta el gobierno había recibido
ya casi 10 mil millones de
dólares en todo el plan de privatización estatal, en un total de 130
proyectos.
A principios de agosto de 1997 la fusión del consorcio chileno de
generación de electricidad Enersis, con la española Endesa, vino a
impulsar el proceso de privatización. Con eso, la empresa española
alcanzaba por medio de Inversiones
Distrilima, mayor presencia en Perú. Distrilima alcanzaba para 1998 el
60% de distribución de energía de Edelnor. Para entonces, el 30% de las
acciones de Distrilima pertenecían a Endesa España, 29% a Enersis, 26% a
Chilectra y 15% a accionistas peruanos. En noviembre de 1998 se planeaba
vender las últimas tres refinerías de la estatal PetroPerú, pero en
agosto se pospuso para el primer trimestre de 1999. Siderperú, la
productora de acero, fue privatizada en 1996. En
agosto de 1998 decidió invertir unos 200 millones de dólares en los
siguientes cuatro años para modernizar las instalaciones, evaluando la
posibilidad de emitir bonos para financiar el proyecto.
Costa Rica
El 13 y 14 de julio de 1998 se llevó a cabo la Primera Cumbre de
Reguladores y Empresas Operadoras en San José, a patrocinio de la
Asociación Hispanoamericana de Centros de Investigación y Empresas de
Telecomunicaciones (AHCIET). Asistieron más de 15 representantes de
entidades reguladoras y más de 50 empresas de telecomunicaciones. Se
hizo claro que mostraron gran interés en examinar los 'exitosos' casos
de Chile y México; además el presidente de Costa Rica, Miguel Ángel
Rodríguez, confirmó que el proceso de privatización de las
telecomunicaciones era irreversible.
A esta reunión asistieron ANATEL de Brasil, SUBTEL de Chile, Telefónica
de España y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT).
A mediados de 1998 el gobierno expresó que se permitiría que la empresa
privada trabajara en algunos servicios que el Instituto Costarricense de
Electricidad (ICE) monopolizara desde 1949. Aunque la ruptura de
monopolios siempre ha sonado a privatización en los últimos años en
Latinoamérica, al parecer la pretensión se dirigía por el lado de
superar algunas ataduras legales de la institución en cuanto a
reinversión. En 1998 la telefonía necesitaba una inversión de 100
millones de
dólares para cubrir el mercado. Los 20 millones de dólares de utilidades
en 1997 no protegían a la institución de las seductoras ofertas de las
transnacionales, ni a los grupos sindicalistas. Estos últimos, bien
habían conocido los casos de sus vecinos, como para preocuparse: aquel
río llevaba piedras. Según los sindicatos, el gobierno pretendía
debilitar la empresa para facilitar su venta, -como sucedió en el caso
de ANTEL de El Salvador-.
El Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, el principal de Costa Rica,
planeaba ser dado para administración en concesión a mediados de 1998,
pero en julio se amplió el plazo hasta el 4 de septiembre para la
recepción de ofertas.
Según el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), el cartel de
licitación de 300 dólares había sido adquirido por unas 73 empresas a
finales de julio de 1998.
Entre los interesados estaban Lufthansa Consulting GMBH de Frankfurt,
Gestión e Ingeniería de Chile, Airport Group International, Aeroport de
Montreal Inc, y SNCLavalin de Canadá. Aeroplan Inc de Estados Unidos y
la Compañía contratista
Nacional, de México. Schiphol Airport de Holanda, AENA de España y
Orlando Sandord International Inc.
A mediados de 1998 se agudizó la discusión entre los partidos
socialdemócrata y socialcristiano -éste último en el poder desde el 8 de
mayo de 1998 y promotor de la privatización- acerca de las
telecomunicaciones, seguros y los cuatro bancos
estatales. Desde 1996 se tenía en la Asamblea un proyecto para los
bancos, pero no había prosperado por la fuerte oposición, incluso dentro
del mismo partido que lo había propuesto.
Según un documento oficial costarricense, en 1998 sólo quedaban en
Latinoamérica Cuba y Costa Rica con el sistema de seguros privatizado.
Según los planes, el Instituto Nacional de Seguros (INS) debía ser
desmembrado para vender su cartera al sector privado, parcial o
totalmente, creándose además una superintendencia.
El presidente presentó el 1 de septiembre de 1998 al Congreso dos
proyectos de privatización completa del servicio eléctrico, anteponiendo
como razón de que hasta el 2010 se necesitaría invertir 3,300 millones
de dólares. El primer proyecto
se denomina La Ley General de Electricidad, siendo el segundo
Modificación al decreto Ley de Creación del Instituto Costarricense de
Electricidad. Tras éstos, se anunciaba ya que en los siguientes días se
presentaría un proyecto para las
telecomunicaciones.
Otra justificación que utilizaba el gobierno es que para 1998 se
necesitaban inversiones de 145.5 millones de dólares, y unos 218
millones para el siguiente año. La demanda pasaría de 799,000 usuarios a
más de un millón para el 2004, en telefonía fija. En la móvil, de
124,000 subiría a unos 227,000 en cinco años.
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