VULNERABLES: TRABAJO Y CONDICIONES DE VIDA
01-2005
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INTRODUCCIÓN
Este trabajo aborda uno de los temas más acuciantes del escenario
argentino actual: la situación de vulnerabilidad de amplios sectores de
la sociedad como una manifestación de la declinación de algunas
fracciones de la clase media que, aunque se acentuó en la década del 90,
ya comienza a avizorarse a partir de mediados de los 70.
El eje conceptual gira en torno al trabajo y los cambios que se
advierten cuando se pierde el empleo, cuando se busca alguno que no se
consigue, cuando se deterioran los ingresos, cuando la estabilidad
laboral ya no está presente, así como la variedad de definiciones que
surgen y las repercusiones que las condiciones objetivas producen en la
vida cotidiana de las familias, y el desarrollo de estrategias, que en
consonancia con aquellas, despliegan los actores para evitar o atenuar
la caída.
Si bien se parte desde una línea argumentativa constructivista, la
problematización del objeto de estudio no implica ninguna estructuración
teórica en busca de verificación, sino de la elaboración de modelos de
relaciones posibles que, por medio de la investigación, permitan ir
reconstruyendo el segmento de realidad seleccionado como una totalidad
interrelacionada y original, siempre abierta a posibles reorganizaciones
discursivas mediante otros intentos reconstructivos.
De modo que el concepto de “vulnerabilidad” así como las dimensiones que
él encierra es presentado como una armazón conceptual que cumple una
misión orientadora, a la vez que es un instrumento heurístico destinado
al descubrimiento de lo singular, para a partir de ello intentar una
construcción de categorías sensibilizadoras del concepto.
Hecha esta salvedad, el estudio se circunscribe a cuatro historias de
familias de sectores medios de la ciudad de Santiago del Estero. Se
trata de un análisis de casos abordado desde una metodología cualitativa
que intenta reconstruir una estructura de significados a partir de la
perspectiva de los actores involucrados.
El análisis de la situación contextual generada a partir de la
aplicación del Plan de Convertibilidad en la Argentina y sus efectos en
la provincia con las consecuentes medidas adoptadas en ambos escenarios,
son las condiciones de contorno que permiten acercarnos al entendimiento
de las rupturas estructurales y de su impacto, que se manifiesta tanto
en las pérdidas de las diversas formas de capital que poseían las
familias como en las definiciones que surgen frente a estas nuevas
situaciones. También en la manera en como se van produciendo
reacomodaciones y las consecuentes y variadas estrategias desplegadas
por las personas a fin de mantener algunas condiciones de vida que
definieron una posición social que se les va de las manos.
La imagen de “equilibristas” guarda relación con el concepto de
vulnerabilidad, por lo menos desde el punto a partir del cual miramos la
problemática, es decir, como una conjunción de aspectos que lo
contextualizan y que lo definen en su especificidad, pese a la
diversidad inherente a la cuestión que nos ocupa.
El artículo está organizado en tres instancias: en la primera de ellas
se presenta una somera descripción de los cambios operados en el mercado
de trabajo y su repercusión en el fortalecimiento o debilitamiento de
los sectores medios según sea el período histórico, poniendo especial
énfasis en lo que pasó estructuralmente en la década de los noventa en
la Argentina y en particular en el escenario local; en la segunda, se
presentan los casos que fueron construidos como síntesis a partir del
enfoque conceptual; en la tercera instancia se señalan algunas
conclusiones que sirvieron de base para el análisis y posterior
construcción analógica de categorías de vulnerables.
1 - CAMBIOS EN EL MERCADO DE TRABAJO: UNA APROXIMACIÓN CONTEXTUAL
No resulta fácil captar en toda su extensión el panorama de
empobrecimiento actual que sufre la sociedad argentina en su conjunto y
en particular los sectores medios. Para una mejor comprensión del
proceso vale la pena retrotraerse a la década del sesenta cuando la
región latinoamericana presentaba un panorama de crecimiento a un ritmo
superior al de los países europeos. La estrategia de desarrollo
originada en los 50 y acentuada en los 60 apuntaba a generar una mayor
capacidad productiva industrial, científica, administrativa y de
comunicación. En este contexto no obstante, puede advertirse la
marginación de algunos sectores en especial de los migrantes rurales,
que van quedando excluidos de la estrategia regional de desarrollo.
Argentina por entonces presentaba ciertos rasgos particulares en el
escenario latinoamericano debido al surgimiento de una fuerte clase
media como resultado de un proceso de movilidad ascendente. Esta clase
media, heterogénea desde sus inicios, albergaba tanto a un obrero como a
un profesional, a un empleado público como a un pequeño propietario, es
decir a todo aquél que gozara de un trabajo formal y/o de un acceso real
a ciertos bienes y servicios.
A partir de la segunda mitad de la década del 70, en un contexto de
desaceleración y de crisis del modelo de sustitución de importaciones,
comenzaron a hacerse patente las inconsistencias de un sistema que
empezaba a excluir a nuevos sectores sociales (Minujin, Kessler, 1995),
ampliando el panorama de pobreza que hasta ese momento presentaba la
sociedad argentina.
En el inicio de la década del 80 la crisis producida por la suba del
petróleo y la recesión del 81 y del 82 en Estados Unidos, afectó
profundamente a las economías que, como las latinoamericanas, se
encuentran vinculadas a las norteamericanas. Para el caso de Argentina,
el deterioro de los términos de intercambio, la contracción de los
flujos netos del exterior y un alto endeudamiento externo afectó
directamente los niveles y la estructura de la producción y el empleo.
Crecieron el desempleo y el subempleo y disminuyó el poder adquisitivo
de los salarios. La industria perdió dinamismo al mismo tiempo que los
servicios aumentaban su participación, así como se incrementaba la
informalidad y la precarización de las relaciones laborales (Golbert,
Tenti Fanfani, 1994).
Este escenario posibilitó la acentuación de las condiciones de pobreza
existentes al tiempo que evidenció claros signos de deterioro sin
retorno en algunas fracciones de la clase media nacional. En síntesis,
si las décadas de los 50 y 60 se caracterizaron por la incorporación
como trabajadores y ciudadanos de importantes masas de población, en los
80 comenzó a predominar la exclusión laboral y social paralelamente al
crecimiento de la pobreza urbana.
En los 90 el país se encuentra frente al desafío de superar la crisis
económica y el viejo patrón de acumulación basado en la sustitución de
importaciones. De una estrategia de desarrollo que favoreció el consumo
interno, la expansión de la pequeña industria y el comercio, con la
presencia de un Estado benefactor activo se pasó a un modelo
contrapuesto: el del ajuste estructural (Lew, Roffman, 1997). De este
modo el país inicia una etapa de reestructuración económica, política y
social a través de las medidas de apertura, ajuste y desregulación que
aplica el gobierno.
Este modelo se enmarca en una nueva situación mundial, la de la
globalización, que se corresponde con el derrumbe socialista, el
acelerado avance científico tecnológico, la generación de nuevos
patrones de producción y organización del trabajo y la constante
internacionalización de las economías que se integran al patrón
capitalista postindustrial. La globalización, lejos de producir un
crecimiento económico equitativo, fomenta un desarrollo desigual:
procesos de concentración convergen con desplazamiento y decadencia.
El ajuste estructural ha contribuido al empobrecimiento de algunos
sectores de la clase media y consecuentemente a la conformación de una
nueva estructura social en la Argentina. A los fines de este trabajo,
uno de los factores que interesa destacar es el deterioro de la demanda
laboral a partir de 1993, cuando comienza a observarse el crecimiento de
la desocupación y consecuentemente el desaliento de la población en edad
activa para ingresar al mercado de trabajo. En un mismo año, 1995, la
tasa de actividad cayó de 42,6% en mayo a 41,4% en octubre (EPH, 1995).
De modo que la cantidad de personas con graves problemas ocupacionales
(subocupados y desocupados) creció en forma incesante. Indicio de ello
es que entre 1993 y 1995 se destruyeron 530.000 puestos de trabajo
(Rofman, 1996).
En síntesis, la novedad de los noventa es el aumento de la tasa de
desempleo, el deterioro de las condiciones ocupacionales y la falta de
asistencia por parte del Estado a los procesos de reestructuración del
trabajo, así como el retroceso de la política social.
Finalmente se puede señalar siguiendo a Monza (1998), que estamos
asistiendo al fin del trabajo (en el sentido de pleno empleo) como eje
articulador de la organización social. Entre los ocupados se detecta una
tendencia al deterioro en las condiciones de desempeño laboral. La
fórmula típica dada por un empleo en relación de dependencia estable,
socialmente protegido, y con niveles de remuneración creciente, sin duda
retrocede. El aumento de las ocupaciones temporarias, la pérdida de
beneficios sociales (en cantidad y calidad), el avance de distintas
formas de cuentapropismo de sobrevivencia, el estancamiento cuando no la
reducción de los salarios reales y la proliferación de asalarización
oculta o encubierta son procesos difundidos que caracterizan la
estructura de la ocupación en la década de los noventa. Se asiste así al
fin de los “buenos empleos”, y las características indeseables de la
ocupación, antes recluidas en los segmentos periféricos, invaden ahora
los otros segmentos aún los más dinámicos, estructurados y de mayor
rentabilidad.
2 - EL ESCENARIO LOCAL
Santiago del Estero es una provincia que pertenece al noroeste
argentino, una región tradicionalmente deprimida en relación a la
economía nacional. Presenta como característica histórica su
incorporación marginal a los diferentes modelos de desarrollo
implementados en el país a partir de la consolidación del Estado Nación
a fines del siglo XIX.
En la década de los 60 y en particular con la entrada al ciclo recesivo
en la segunda mitad de los 70 se profundiza en la provincia la situación
de marginalidad, especialmente por la incapacidad del sector productivo
para generar empleo. Esto se manifiesta en particular en las ramas
agricultura, silvicultura e industria al tiempo que crece el sector
terciario: comercio, servicios dinámicos y servicios personales y
sociales, sin que este crecimiento signifique terciarización moderna ya
que el proceso se sustenta en la hipertrofia del sector público, en
virtud de la confluencia del clientelismo político con la falta de
inversión privada (Zurita, 1996).
En los años 80, con las fuertes transformaciones que afectaron al país
se agudizaron las tensiones en la estructura ocupacional provincial. Por
un lado las migraciones internas acrecentaron la oferta de mano de obra
en los principales centros urbanos de Santiago; por otro las políticas
clientelares del Estado impulsaron el aumento del empleo público que en
medio de la crisis socio-política de 1993[i][2] se demostró como
insostenible, iniciándose una retracción de esta suerte de tutela
patronal con la que se ocultaba el desempleo en el sector privado
(Isorni, 1998).
Interesa destacar que hacia 1991 comienza a advertirse una recuperación
del sector agropecuario, de modo que la concentración del empleo en
dicho sector y en el terciario – particularmente en el sector público -,
la escasa significación de la industria, la existencia de bajos niveles
de participación laboral (34,1% contra el 38,2% del país) y la vigencia
de generalizadas situaciones de subutilización de la fuerza de trabajo,
son rasgos del empleo provincial en el presente.
Según Rofman (1996), Santiago del Estero se ubica en la tipología de
“aglomeraciones con un rol burocrático dominante” donde la preeminencia
del mismo resulta prácticamente excluyente, teniendo en cuenta la baja
incidencia de la industria manufacturera en la generación de puestos de
trabajo y el rol subalterno y dependiente en que se ubican las otras
ramas de actividad. Respecto del comportamiento del mercado de trabajo
en los comienzos del plan de convertibilidad al igual que en el resto de
los aglomerados, exhibe un mejoramiento de los indicadores básicos
(caída de la tasa de desocupación, subas en las tasas de actividad y
empleo) los que desmejoran aceleradamente desde fines de 1994 con el
efecto tequila, particularmente en materia de desocupación abierta que
adquiere un carácter persistente.
En este proceso, el sector público como empleador parece no haber jugado
un papel significativo como expulsor de trabajadores aunque sí de manera
indirecta a través de la sanción de regímenes de jubilación anticipada,
de retiros voluntarios y traspaso de organismos provinciales a la nación
y al dejar de constituirse en un creador neto de empleo. Tampoco el
papel de la industria resulta ser relevante para explicar la
desocupación debido al escaso peso de esta actividad en el empleo
urbano. De modo que los que contribuyeron en la escalada de la
desocupación fueron los nuevos trabajadores y la construcción, entre los
dos más del 70% del incremento del desempleo (Díaz, 1998).
Con relación al deterioro de los ingresos reales, de fundamental
importancia en la eventual declinación de los sectores medios, debe
decirse que en el aglomerado urbano Santiago – La Banda, según datos de
la EPH, se advierte un mejoramiento del ingreso medio real de los
hogares a partir de la implementación de la convertibilidad y hasta
1993. Desde 1994, coincidentemente con el efecto tequila, este indicador
refleja un descenso constante que lo lleva en 1996 a valores inferiores
a los del punto de partida en 1991 (Díaz, op.cit.).
Sin embargo esta reducción no afecta a los trabajadores por igual y en
ello tiene especial importancia dos medidas tomadas desde el Estado
respecto de las remuneraciones del sector público: el recorte de los
salarios superiores en 1993 (decreto ley 6015/93) con la homogeneización
que impuso la fijación de un piso salarial para las categorías menores a
partir de 1994, lo que produjo el achatamiento de la brecha de
distribución y consecuentemente un acercamiento en las diferenciales de
ingreso. Esto se refuerza en 1995 con el decreto 147/95 del Poder
Ejecutivo de la provincia que dispone un nuevo recorte salarial para las
categorías de la administración pública que percibían por encima del
piso fijado.
3 - TRIBULACIONES ACTUALES DE LAS FAMILIAS DE SECTORES MEDIOS
Los cambios generados a partir del ciclo recesivo de la economía
Argentina han modificado la estructura social y afectado particularmente
a los sectores medios. Emerge así un proceso de declinación paulatina
donde una buena parte de la clase media va perdiendo, aunque sea de
manera parcial, canales de inclusión social. Este grupo, que en otras
etapas del desarrollo social podía satisfacer muy aceptablemente sus
necesidades básicas y pertenecía a una clase media urbana en constante
ascenso y con perspectivas ciertas de progreso (Lew, Rofman, op.cit)
comienza a sentir como sus bases de erosionan, tornándose vulnerables.
El concepto de "vulnerabilidad" alude, en términos generales, a una
situación parcial de inclusión[ii][3] en cualquiera de las esferas
económica, social, cultural y política lo que implica riesgos e
inseguridad a futuro (Castel, 1998; Minujin, 1998) o acumulación de
desventajas (Kessler y Golbert, 1996). La vulnerabilidad como tal puede
llevar a la exclusión social pero no necesariamente. En muchas
ocasiones, las familias logran remontar la situación mientras que en
otros casos las dificultades se potencian, agravando el proceso de
caída.
Adicionalmente se advierte que individuos y grupos se mueven dentro de
diversas formas de vulnerabilidad, lo cual contribuye a afirmar el
carácter altamente dinámico de esta condición.
En este trabajo, la vulnerabilidad será analizada a partir del impacto
que en las condiciones de vida, producen ciertos cambios desfavorables
en el ámbito laboral, tales como el desempleo, la caída salarial, la
precariedad laboral o modificaciones adversas en la modalidad de
trabajo, siguiendo las líneas conceptuales señaladas precedentemente.
Pero también interesa avanzar poniendo énfasis en las definiciones que
en consecuencia generan los actores involucrados y las
estrategias[iii][4] que despliegan frente a estas situaciones.
Con el propósito de mostrar esta situación y de generar algunas
categorías sensibilizadoras[iv][5], se relatan a continuación historias
de familias de sectores medios que exhiben las diferentes modalidades
que asume la condición de vulnerabilidad. Cabe aclarar que los casos
fueron seleccionados según criterios de representatividad de situaciones
típicas que se visualizan en el escenario provincial con motivo de los
recortes salariales y el traspaso de organismos a la órbita nacional,
como también al colapso de las pequeñas y medianas empresas en el
contexto de crisis estructural de los años noventa.
4 - LOS CASOS
Comenzando de cero al perder el trabajo Raúl, 38 años, es perito
mercantil, está casado con Patricia, de 36 años, ingeniera agrónoma y
tienen dos hijos de 14 y 8 años.
Ambos trabajaban como propietarios de un establecimiento apícola.
Producían polen, propóleo, miel, caramelos, jalea, etc. Su situación
económica les permitía hacer frente, holgadamente, a sus necesidades.
Vivían en una confortable casa de propiedad ubicada en las afueras de la
ciudad, en una de las zonas urbanas más distinguidas. Mandaban a sus
hijos a un colegio privado bilingüe.
Desde 1993 comenzaron a sentir en carne propia el peso de las medidas
económicas implementadas, la apertura de las importaciones, y con ella
la entrada al país de productos de buena calidad y bajo costo les
impidió defenderse en un mercado que se tornaba cada vez más
competitivo. A lo que se sumó el escándalo producido, en otras regiones,
por la intoxicación ocasionada por el consumo de propóleo que produjo
una ostensible merma de la demanda y con ello la imposibilidad de seguir
sosteniendo su establecimiento. Vendieron todas sus propiedades, casa,
auto y algunos otros artículos que habían adquirido gracias al trabajo
esforzado de años. Desde entonces viven con la madre de Raúl, jubilada,
que generosamente cedió una parte de su propiedad para albergar a la
pareja con sus hijos.
A mucho de andar, Raúl consiguió trabajo como adicionista de un
restaurante, pero a los dos años los dueños deciden cerrar porque el
movimiento del comedor no cubría las expectativas proyectadas.
Patricia, mientras tanto, se dedicaba a los quehaceres de la casa ya que
habían tenido que despedir al personal doméstico. Cuando Raúl queda
nuevamente sin trabajo, ambos salen a buscar alguno.
Desde 1997, Patricia busca ubicarse en algún empleo vinculado a su
profesión. Se inscribió en los Programas de Integración Tecnológica
(PIT), en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), para
tareas de docencia tanto en los niveles medios como terciarios pero sin
éxito hasta el presente. Patricia siente que sus fuerzas se terminan
“estoy muy deprimida, ya no se que más hacer, esta profesión, que adoro,
tiene muchos inconvenientes en el medio, te discriminan, te subvalúan,
los productores en estos momentos no incorporan personal y si lo hacen
prefieren varones porque en el norte son muy machistas”.
Raúl, consiguió que un primo le diera una mano y lo incorporara como
vendedor en su local dedicado a la venta de indumentaria masculina.
Desde hace dos años trabaja allí, se siente más relajado aunque sabe que
con los pocos pesos que gana apenas alcanza para cubrir las necesidades
más imperiosas.
Ambos sienten que este proceso no tiene retorno, perdieron todo lo que
tenían y avizoran un horizonte pleno de incertidumbres e inseguridades.
Sus hijos pasaron a una escuela pública, tarjeta de crédito ya no
tienen, la cobertura en salud ha empeorado porque tuvieron que optar por
una obra social no muy buena y limitada en el sentido de la libre
elección del profesional “tuvimos que dejar médicos, odontólogos, que
hace años nos atendían, por lo que ellos te determinan”. Ya no planean
vacaciones y perdieron el contacto con amigos porque “no podemos darnos
el lujo de salir, ni siquiera una vez por mes”.
Las relaciones de pareja, si bien consolidadas en un comienzo, fueron
deteriorándose en algún sentido debido a la falta de intimidad
ocasionada por el hecho de tener que compartir vivienda. La familia
perdió su alegría, sienten que la depresión los invade, aunque luchan
día a día para no bajar los brazos, se movilizan aunque con escasa fe en
el porvenir.
Peripecias cuando colapsa la empresa
Ana María y José, 46 y 50 años, son oriundos de Córdoba donde se
conocieron y casaron. En aquella época ella recién concluía sus estudios
terciarios de profesora en ciencias económicas y contables, él trabajaba
en una fábrica de calzados atendiendo un salón de venta al público. En
Córdoba nace el primer hijo, Diego hoy de 22 años.
En 1985 se mudan a Santiago del Estero, José es ascendido a gerente de
una sucursal que la fábrica instala en dicha ciudad. Ana María consigue
horas de cátedra en un instituto terciario de gestión privada y dedica
gran parte del día a la atención del hogar. En esta época nace la
segunda hija, Cecilia hoy de 13 años.
El futuro se muestra promisorio. Compran una casa amplia y confortable,
en una zona residencial de la ciudad y cambian el auto. En lo
profesional Ana María tiene posibilidades de actualizarse
permanentemente a través de cursos relacionados con su certificación ya
que la situación económica y familiar se lo permitían.
En la década de los ‘90, la contracción del mercado interno y el ingreso
de productos competitivos del exterior, dañó la actividad de pequeñas y
medianas empresas del calzado. Consecuentemente, la fábrica donde
trabajaba José comenzó a tener dificultades que determinaron su cierre.
Con la indemnización recibida José instala su propia zapatería, sin
éxito.
A fines del año 1993, José era un desocupado. Los esposos emprenden
actividades tendientes a generar ingresos: Ana María incrementa al
máximo sus horas de cátedra al tiempo que atiende alumnos particulares.
Para afrontar las deudas venden la casa y alquilan una más pequeña en un
barrio periférico de la ciudad, también cambian el auto por uno más
viejo. José comienza a trabajar como remisero pero con horarios mínimos
“mi estado de ánimo, mi baja estima... me limitaban muchísimo”. Ante los
problemas económicos y psicológicos tuvieron que recurrir a familiares
cordobeses, José dice: “ellos nos ayudaron económica y afectivamente, y
así pude iniciar un tratamiento médico”.
Actualmente Ana María continúa su tarea docente con el máximo de horas
aunque ya no atiende alumnos particulares. Diego consiguió un contrato
temporario en la administración pública. José sigue en tratamiento y por
sus antecedentes en el rubro trabaja como vendedor en una zapatería
local, aunque su salario es mucho más bajo con relación a su puesto
anterior. La familia continúa viviendo en la casa alquilada.
Para el grupo familiar el futuro es hoy. Ana María relata: “cuando mi
esposo quedó sin trabajo e iniciamos otras actividades para afrontar la
crisis, todos asumimos roles a los que no estábamos habituados. . .pero
gracias a Dios crecimos afectivamente. Hoy las cosas parecen estar
mejor, mejor es no pensar en las exigencias del mañana, hoy estamos
unidos... mejoró el ingreso, mañana veremos”.
Perdiendo la jerarquía laboral
Angélica, de 43 años, actualmente empleada en una compañía de seguros,
está casada con Carlos de 54 quien trabaja desde hace 28 años como jefe
de operadores en un canal de televisión. Tienen tres hijos de 21, 19 y
16 años. Viven en una confortable casa de propiedad que supieron
adquirir cuando tenían una situación económica floreciente.
Angélica trabaja desde hace un año como recepcionista de una compañía de
seguros, itinerario final de un largo proceso de caída tanto en el
aspecto laboral como en el de los ingresos. Su historia se remonta a
veinticinco años atrás cuando empezó su carrera en la administración
pública provincial. A lo largo del tiempo, con mucho esfuerzo y
capacitación permanente accedió al cargo de gerente en la caja de
jubilaciones, en palabras de ella “tenía conocimiento desde el primer
peldaño hasta el último, sabía de todas las leyes nacionales y
provinciales, llegué al cargo pagando el derecho de piso con creces”.
Cuando se produce el traspaso de las cajas de jubilaciones provinciales
a la nación en abril del 95, tuvo que claudicar su cargo ya que los
primeros puestos eran de carácter político y aceptar una pérdida de su
jerarquía con la consecuente disminución del ingreso. A partir de allí
comenzó un incesante proceso de incertidumbre frente a un horizonte cada
vez más cercano a la precariedad laboral, Angélica recuerda: “a ciento
cincuenta personas nos mandaron al fondo de reconversión laboral y la
mayoría veníamos de la provincia. Ese fondo, en realidad era un despido
masivo encubierto, lo que provocó un revuelo de tal magnitud que hasta
tuvo que intervenir el obispo Sueldo. El primer despido masivo que había
en la provincia sabiendo el nivel económico de Santiago”.
Las angustias y frustraciones comenzaron a tener un carácter incesante
debido a que Angélica, si bien pensaba que su capacidad y experiencia
influiría en su permanencia, aparentemente este fue el aspecto
desencadenante de su cesantía. “Me dijeron que mis conocimientos eran
muy específicos, que estaba por encima de los niveles que esperaban
encontrar, que estaba sobrecalificada para la nueva estructura del
organismo”.
Como no podía quedarse, Angélica decide capacitarse conforme a las
nuevas exigencias que percibía se emitían desde el mercado de trabajo.
Tomó cursos de computación e inglés y comenzó a desplegar estrategias
para superar la situación de desempleo como dejar su currículo “en
cuanto lugar podía”. Aunque sabía que su situación era compleja, “no
podía quedarme, lo que estoy emprendiendo ahora a los 45 años es un
desafío, pero por el bien de mi persona tengo que olvidar el pasado”.
Finalmente logra un puesto como asalariada en calidad de recepcionista
en una compañía de seguros, su ocupación actual. Cuando compara su
situación con la vivida en tiempo pasado, el balance es negativo y se
advierte una sensación de frustración por haber perdido una posición
social holgada y por entonces con perspectivas de progreso. De haber
tenido un lugar jerárquico en el mercado de trabajo donde tenía poder de
decisión pasó a desempeñarse en tareas para las cuales “dependo de las
decisiones de otros”. De tener un horario continuo pasó a uno
discontinuo, mañana y tarde, lo cual repercutió en la organización
familiar. Pero lo que más lamenta es la ostensible disminución salarial:
de 1600 pesos pasó a 550. “Eso te duele, una ha estado acostumbrada a un
nivel de vida y de golpe tienes que acomodarte a una nueva situación”.
En este momento es Carlos, su esposo, el mayor aportante del hogar que
percibe un ingreso mensual de 800 pesos. Ante este nuevo panorama, la
familia debió reacomodar los gastos: disminuir y en algunos casos
eliminar lo superfluo, por ejemplo calidad de ropa , arreglos de la
vivienda, vacaciones, reuniones, regalos, etc. Tanto Angélica como
Carlos sienten que algunas erogaciones no se pueden resignar, de modo
que sus ingresos están destinados especialmente a la educación y salud,
además de la alimentación la que también en cierta medida se ha visto
modificada.
En cuanto a la educación, perciben que es la herramienta más
significativa para conseguir un trabajo, por eso desean fervientemente
que sus hijos inicien y finalicen estudios universitarios. Por ahora,
uno de ellos estudia ciencias económicas y otro licenciatura en química.
En este caso es interesante resaltar la presencia de opciones que
menoscaban la vocación ya que Julia debió resignar su deseo de estudiar
bioquímica en otra provincia y optar por otra carrera para quedarse por
cuestiones económicas.
Frente a esta situación critica, la familia de Carlos y Angélica se
sienten más unidos, se alientan mutuamente como una forma de salir
adelante y de pensar que las cosas van a mejorar.
Los sinsabores del deterioro salarial
Ricardo de 41 años y Zulema de 36 están casados desde hace quince y
tienen cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, de 12, 10, 7 y 4 años.
Viven en una casa en la zona céntrica al lado de la de los padres de
Ricardo. Antes de casarse, ellos le acondicionaron la vivienda que en
ese entonces tenía dos dormitorios, baño, cocina comedor y sala para que
la pareja iniciara su vida de casados con casa propia.
Ricardo trabajaba en la administración pública como ingeniero, su
profesión, con una categoría jerarquizada. El sueldo en ese entonces
alcanzaba pero con los años llegaron los hijos: José Luis, Clara,
Agustín y Celeste, y las cosas se complicaron. Zulema, que en 1983 había
quedado cesante de un empleo en la administración pública “por motivos
políticos”, se decidió a trabajar para colaborar con el presupuesto:
“entre el 89 y el 97 trabajé en casa vendiendo productos. Primero fue la
ropa de cuero, después artículos de caño y alambre, más tarde productos
de belleza. En realidad esta opción salió porque no conseguía empleo
fijo”. Ella tiene estudios universitarios aunque incompletos y considera
que el trabajo es una actividad muy importante en la vida de las
personas: “hacer sólo la tarea de la casa es quedarse atrás, es muy
rutinario, uno se olvida de perfeccionarse”.
Ricardo recuerda que los primeros años del plan de convertibilidad
fueron positivos. Hasta el ‘94 la situación pareció mejorar con la
estabilidad. Esto lo impulsó a realizar arreglos en la casa, hicieron
una ampliación gracias a un préstamo bancario, compraron
electrodomésticos y muebles nuevos.
Pero el año 95 se presentó diferente. El sueldo de Ricardo, el principal
aportante y en algunas ocasiones el único se redujo en un 35%, como a
todos los jerarquizados: “de 1600 pasé a cobrar 1000 pesos. La situación
se puso muy dura sobre todo por las deudas que teníamos. A eso sumale el
hecho de tener cuatro hijos y tres en la escuela”.
Para compensar la reducción salarial decidió trabajar como dibujante de
proyectos de construcción. Zulema consiguió un puesto administrativo en
el nivel terciario. Ella recuerda: “era una ocupación ideal, quedaba
cerca de mi casa y trabajaba sólo medio día. Pero antes de cumplir el
mes me dejaron fuera por el juego de la política. Fue la gran
frustración de mi vida. Era la segunda vez que sucedía, me marcó
fuertemente, fue traumático”.
Los padres de Ricardo ayudaron al matrimonio a enfrentar la crisis. Se
hicieron cargo de los gastos de la escuela de los chicos. Ricardo dice
al respecto: “mis padres siempre han sido una gran ayuda porque un solo
sueldo no alcanza para una familia de seis miembros, pero en este
momento son una bendición. De otro modo no sé cómo nos habríamos
mantenido”
Debido al deterioro de la situación , en el ‘97 se asociaron con otro
matrimonio en un microemprendimiento. Sembraban verduras en un terreno
que alquilaban a otro amigo. Pero como no había ganancias decidieron
cerrar la pequeña empresa.
Actualmente a Zulema le gustaría trabajar. De hecho a intentado
conseguir algún empleo apelando a las amistades, pero sin éxito. Ella
dice: “cada vez es más difícil conseguir un trabajo a mi edad y el hecho
de ser madre limita más aún mis posibilidades. En este momento ya casi
no espero, es más, ni siquiera busco”.
Ambos coinciden en señalar que hay una crisis general donde “los que
mejoraron son pocos mientras que la mayoría está peor”. La deuda que más
les preocupa es la del banco. Tuvieron que refinanciarla para disminuir
las cuotas. Se manejan mucho con la tarjeta que les ocasiona problemas
ya que gastan más de lo que debieran. Para Zulema “esto es como un
círculo vicioso. Conseguimos comprar cosas pero al costo de sumar deudas
lo que nos produce demasiado stress”.
Por suerte la familia se mantiene unida en medio de la crisis. Ella es
quien maneja la casa y él colabora, sobre todo en la parte
administrativa ya que Zulema se autodefine como “consumidora
compulsiva”. Su madre colabora para ayudarlos, sobre todo comprándoles
ropa a los chicos aunque hoy sus posibilidades se encuentran limitadas
porque con su jubilación y pensión debe ayudar a su otra hija “que
también está con problemas como todos”.
Ricardo y Zulema no piensan en el futuro. Viven tratando de resolver los
problemas que se les presentan día a día. Ella afirma “con un panorama
tan incierto es la única manera de seguir adelante. Soy más bien
optimista y creo que las cosas van a mejorar. No me pongo a analizar en
detalle porque me volvería loca”.
5 - CONCLUYENDO
A través de los relatos presentados se advierte la condición de
vulnerables de la familias analizadas en las dimensiones que encierra
dicho concepto: los cambios operados a nivel estructural que crearon
condiciones objetivas de pérdidas que repercutieron en los distintos
ámbitos familiares, y su incidencia en las definiciones y estrategias
desplegadas por los actores involucrados.
Si bien son relativamente numerosos los estudios sobre la actual
condición de buena parte de los sectores medios argentinos, la
complejidad de esta problemática requiere de la construcción de nuevas
perspectivas que contribuyan a esclarecer, enriquecer y sensibilizar
sobre los avatares que hoy en día sufren miles de hogares medios del
país.
Sin duda el concepto de vulnerables emerge de un contexto específico y
por lo tanto sólo cobra sentido en relación a él. De modo que, si bien
el proceso de ajuste estructural ha afectado a la sociedad en su
conjunto, las modalidades que asumen las medidas adoptadas en los
escenarios regionales o locales muestran singularidades.
Al mismo tiempo sus repercusiones en los hogares exhiben también
heterogeneidad. Es decir existen episodios y cambios decisivos que, a
pesar de surgir de un marco global, adoptan en la realidad provincial el
carácter de hitos que marcan el derrotero declinante de estas familias.
Ejemplo de ello son diversos decretos nacionales y provinciales de
ajuste y recorte salarial así como el hecho de que el Estado provincial
dejó de cumplir un rol protagónico en la generación de empleo. También
se advierten momentos claves en la escalada descendente de los sectores
medios, que por lo menos en los casos analizados pero también en muchos
otros, se manifiesta con particular énfasis a partir de los efectos
negativos de la convertibilidad, especialmente desde 1994 en adelante.
Estas cuestiones de contexto han provocado rupturas estructurales las
que a nivel de las familias se traducen en pérdidas del empleo, de la
jerarquía laboral, del nivel salarial, de la posición social, de la
capacidad de consumo que ya no es como antes, de los bienes materiales
(casa, auto, etc.) y aún de pérdidas que involucran las esferas
afectivas y de la intimidad. Estas cuestiones se traducen en la
configuración de un conjunto de definiciones y de prácticas que se dejan
ver como estrategias que en consonancia con aquéllas despliegan los
actores en el escenario de la vida.
En relación a las pérdidas se pueden reconocer diferentes situaciones:
las que involucran pérdidas totales del capital económico y aún del
social y simbólico, y otras en las que las pérdidas son parciales. En
este último caso se pueden distinguir dos variantes: aquellas donde las
pérdidas materiales afectan las esferas social y simbólica y otras en
las que sólo se ve afectado el capital económico por lo menos en el
corto plazo.
En consonancia con aquéllas se observan diversas percepciones que marcan
diferencias en las definiciones que los actores realizan de su vida
presente y futura. Para los que perdieron todo, las definiciones
expresan sensaciones de agobio, frustración y desesperanza, cargadas de
pesimismo; en el caso de los que experimentaron pérdidas parciales o
disminuciones la mirada es menos dramática y hasta optimista. Una
cuestión destacable que probablemente opera de manera inconsciente en
ambas situaciones, es la de situarse en el presente como una manera de
eludir un futuro incierto o cargado de obstáculos que les impide
proyectarse.
En sintonía con las pérdidas y definiciones los actores despliegan
diversas estrategias tendientes a frenar el proceso descendente. En
general todas ellas se ligan a reacomodaciones frente a las nuevas
condiciones de vida. De acuerdo a los relatos se pueden identificar
estrategias para mejorar la eficiencia de los recursos (comprar más
barato, disminuir gastos, suspender el uso de tarjetas de crédito,
cambiar de obra social), estrategias que afectan el tamaño y la
estructura de la familia (incorporación de miembros a la familia o
integración de parejas u hogares a otra unidad doméstica para reducir
gastos) y estrategias destinadas a la generación de recursos (inserción
de nuevos miembros del hogar en el mercado de trabajo, ya sea buscando
empleo o accediendo a alguno). De todas ellas, algunas asumen formas
extremas de reconversión que no dejan lugar para demasiadas opciones,
mientras que otras echan mano a prácticas selectivas de ajuste para
mantener su posición en el espacio social.
Esta identificación del heterogéneo escenario de los vulnerables nos
lleva a pensar que este concepto, se asocia a la imagen de equilibristas
en el turbulento espacio social. Frente a la diversidad, no parece ser
fácil construir una clasificación en la que se ponga de manifiesto no
obstante, situaciones que agrupadas digan de relativas similitudes. Sin
embargo tomando como sustrato las dimensiones a las que alude el
concepto de vulnerable es posible pensar en hilos conductores
diferenciadores, es allí cuando se puede construir, por lo menos desde
nuestra mirada, dos categorías de vulnerables: i) los que aún se
mantienen en el trapecio debido a que lograron conservar en este proceso
de transformación y caída algunas “herramientas vitales” para hacer
frente a la crisis, aún cuando haya declinado parcialmente su calidad de
vida; ii) los que están perdiendo el equilibrio y a punto de caer porque
se enfrentan a limitaciones en el acceso a las vías de inclusión. Cabe
señalar que quienes perdieron el equilibrio y cayeron al vacío al
desaparecer las redes de contención social presentes hasta los 80,
integran una franja que reviste ya el carácter de excluidos sociales,
después de haber atravesado por la condición de vulnerabilidad. Ninguno
de los casos presentados se ubica en esta situación; no obstante, ella,
conjuntamente con las categorías presentadas anteriormente, confirman el
rasgo de dinamismo que exhibe la vulnerabilidad. Esta realidad inaugura
un horizonte sombrío donde el futuro ya no se percibe como entonces: el
futuro es hoy.
Es necesario aclarar que estas categorías distan de ser exhaustivas y
concluyentes. Pero significan un intento de comprensión y
sensibilización de una realidad compleja y de difícil acceso que
requiere de nuevos abordajes a fin de profundizar y enriquecer estas
conceptualizaciones generadas a partir de un estudio de casos. Ni los
casos analizados ni las categorías construidas agotan por lo tanto, la
diversidad inherente al mismo concepto de vulnerabilidad.
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Autor. María R. Gómez, María E. Isorni, Graciela Saber
Universidad Nacional de Santiago del Estero
marili@unse.edu.ar
Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo,
la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.
http://www.geocities.com/trabajoysociedad/
Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias
sociales para la publicación de artículos y textos sobre los problemas
del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los
referidos al estudio de las articulaciones del mundo laboral con la
estructura social, el sistema productivo y las prácticas culturales y
políticas. Esta revista electrónica es publicada por el Programa de
Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) de la Maestría en
Estudios Sociales para América Latina de la Universidad Nacional de
Santiago del Estero (UNSE) en Argentina. Sus integrantes son académicos
que realizan sus tareas en vinculación con la UNSE y con el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El
Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y
Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de las actividades de la Asociación
Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin
American Studies Association (LASA).
[i][2] Entre 1993 y 1995 se sucedieron una serie de conflictos
caracterizados por la protesta callejera iniciada especialmente por los
sectores medios que tuvo su punto culminante el 16 de diciembre de 1993.
Esta acción cuestionaba además de la corrupción local, los resultados
del ajuste económico que exigió cesantías y reducciones salariales
(Zurita, 1996).
[ii][3] Cuando se habla de inclusión se alude a un concepto
multifacético que se dirime en diversas esferas interrelacionadas de las
que se pueden priorizar las que significan integración económica,
social, cultural y política (Minujin, 1998). El concepto de exclusión,
en consecuencia, es la contrapartida del de inclusión.
[iii][4] El concepto de estrategia ha sido objeto de polémicas con
respecto a su significado y aplicación. En este trabajo alude, en un
sentido amplio, a conductas con sentido práctico siguiendo así los
lineamientos marcados por Bourdieu (1988).
[iv][5] A estas categorías, desde una metodología cualitativa, se las
define a través de ejemplos e ilustraciones que permiten sensibilizar al
lector y comprender el significado de ellas poniéndolo en los términos
de la experiencia propia ( Herbert Blumer, citado en S. J. Taylor y R.
Bogdan, 1994, Métodos cualitativos de investigación: la búsqueda de
significados,Paidós, Argentina).
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María R. Gómez,
María E. Isorni, Graciela Saber Universidad
Nacional de Santiago del Estero
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