Las formas del reclamo laboral en la nueva democracia Argentina
INTRODUCCIÓN
En los años transcurridos desde la instauración democrática en 1983, se
han producido en Argentina dos grandes procesos que han cambiado el
rumbo del desarrollo político, social y económico del país. En el plano
político, han tenido lugar la consolidación de un régimen democrático de
gobierno y el concomitante fortalecimiento de la competencia partidaria.
En el plano económico, se ha acelerado el reemplazo del anterior modelo
intervencionista por un modelo aperturista y desregulador del mercado
interno. Este segundo proceso vino acompañado de una novedad adicional:
el principal promotor político de la apertura y la desregulación
económicas ha sido el peronismo, esto es, uno de los agentes que más
había impulsado, en el pasado, el modelo intervencionista.
Los procesos mencionados han tenido consecuencias importantes en el
comportamiento del mercado laboral, en la orientación de la política
laboral del gobierno y en las formas de acción colectiva de los agentes
sectoriales. Durante los últimos años, han cobrado relevancia distintas
formas de protesta asociadas a cuestiones laborales que se alejan de las
formas "clásicas" de protesta laboral -la huelga y la movilización
sindicales-, las cuales, por su parte, predominaron durante el gobierno
de Alfonsín. Me refiero, principalmente, a los "estallidos sociales" en
el interior del país y a los cortes de ruta1/. Esta "novedad" fue
acompañada por cambios en las protestas sindicales. Ahondando en esta
impresión general, me propongo indagar en este trabajo qué hay realmente
de nuevo en el mapa de protestas laborales desde 1983 hasta la
actualidad.
Entiendo por protestas las manifestaciones colectivas de carácter
público, directo y discontinuo que expresan desacuerdo y reclaman
soluciones frente a un cierto estado de cosas. Una protesta es de
carácter público toda vez que hace visible ante la población civil y/o
las autoridades políticas un reclamo o una situación percibida como un
problema social por los protagonistas. Tiene carácter directo cuando se
expresa mediante algún tipo de acción que implica la interrupción de la
actividad cotidiana o habitual de los participantes y/o cuando
interrumpe el funcionamiento normal de la vida pública (huelgas,
ocupaciones de establecimientos, cortes de ruta, actos y movilizaciones
callejeras, etc.). Tiene carácter discontinuo en el tiempo cuando
consiste en una acción episódica, aun cuando sea parte de una lucha más
amplia o devenga en modalidades de acción y expresión más permanentes
(por ejemplo, la protesta puede dar lugar a o ser expresión de un
movimiento social con una base institucional y programática estable).
Con esta definición se dejan de lado otras múltiples modalidades de
acción colectiva, por ejemplo, los emprendimientos cooperativos, los
grupos de ayuda mutua o las negociaciones entre empleados y empleadores
contempladas en el sistema institucional de relaciones laborales.
Entiendo por protestas laborales aquellas cuyo reclamo, demanda o
reivindicación se refieren a problemas vinculados al trabajo: el
salario, las condiciones laborales, las fuentes de trabajo, el marco
regulatorio y demás.
La pregunta por la novedad en las protestas laborales exige adoptar una
perspectiva histórica, en función de la cual definiré un repertorio
"clásico" de protestas laborales en Argentina. Argumentaré que el mismo
obedece a la configuración del peronismo como referente central del
reclamo obrero y propondré una interpretación acerca de la emergencia de
nuevas formas de protesta laboral fundada principalmente en un análisis
político.
Aunque no forme parte de los objetivos de este trabajo, considero
pertinente un análisis de la eventual incidencia de las transformaciones
en el mercado de trabajo acontecidas entre 1983 y 1997 -en la estructura
del empleo, los niveles de remuneraciones, la composición sectorial de
la ocupación, el marco regulatorio, etc.- en las formas de protesta
laboral. No obstante, pienso que ello no basta para analizar la
evolución de las formas de protesta. Ni el descontento ni las formas de
expresión del mismo podrían deducirse de datos "objetivos" tales como el
aumento del desempleo, la caída del poder adquisitivo del salario o la
disminución relativa de los obreros industriales. Tanto como la
referencia a la situación socioeconómica de los sectores del trabajo,
resulta necesaria una contextualización política de los fenómenos de
protesta. La particular conformación histórica de las luchas laborales
en Argentina, indiscernible del peronismo, nos impide hacer abstracción
del aspecto político de las mismas2/ No alcanza, entonces, con analizar
una evolución de categorías socioeconómicas para comprender la
configuración histórica del repertorio de luchas laborales en Argentina;
es preciso incorporar la dimensión política. Pues las condiciones y
transformaciones socioeconómicas sólo impactan en las formas de protesta
bajo la mediación de la arena política en la cual se configuran los
intereses, identidades y recursos que orientan la acción colectiva. En
este sentido, me propongo realizar un análisis político de la evolución
de las formas de protesta en la nueva democracia Argentina que otorgue
especial interés al papel del peronismo en las reivindicaciones
laborales.
El plan del trabajo es el siguiente. Comenzaré por exponer los conceptos
que considero apropiados para analizar la evolución de las formas de
protesta en el período estudiado. He hallado útiles las nociones de
"repertorio de acción colectiva", "estructura de oportunidades
políticas" y "economía moral", desarrollados por Tilly, Tarrow y
Thompson, respectivamente. En segundo lugar, definiré las formas de
protesta laboral que, por su vigencia histórica, englobo bajo la
denominación de repertorio clásico. El mismo está asociado al peronismo.
En tercer lugar, expondré, con la correspondiente contextualización, las
principales formas de protesta del período 1983-1997: las protestas
sindicales, los "estallidos sociales" y los cortes de rutas. En cuarto
lugar, analizaré qué hay de nuevo en estas formas en relación al
repertorio clásico, hallando que existen razones para afirmar que el
repertorio de protestas laborales se ha transformado en el transcurso
del período analizado. Por último, me valdré de los tres conceptos
expuestos al principio para ensayar una posible explicación de las
innovaciones encontradas en el repertorio tradicional.
1. EL ENFOQUE DE LAS PROTESTAS
En términos generales, el problema teórico que enfrento en este punto
puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿De qué dependen las formas
mediante las cuales que se presenta el reclamo laboral? En otras
palabras, ¿cuáles son las variables relevantes para explicar las formas
de protesta?
Los enfoques que he tomado en cuenta no son, desde ya, todos los que
existen sino aquellos que me parece relevante tener en cuenta en función
de mi preocupación teórica particular: ¿cómo se relacionan los cambios
en el modelo económico, en las instituciones políticas y en los actores
políticos registrados en la nueva democracia argentina con las formas de
protesta por los problemas ligados al empleo?
En un trabajo anterior 3/, he presentado un recorrido por los distintos
enfoques teóricos sobre protestas consignados bajo la dicotomía
individualismo-holismo. Establecí en aquella oportunidad dos grandes
conjuntos de enfoques según propongan explicaciones centradas en el
nivel de los individuos o en el nivel de las estructuras o totalidades:
a saber, (1) enfoques individualistas y (2) enfoques holistas. Entre los
primeros, consideré: los enfoques psicologistas tradicionales y los
enfoques utilitaristas. Entre los segundos, el enfoque sistémico clásico
y el enfoque de los nuevos movimientos sociales.
Para el análisis de la evolución de las formas de protesta laboral entre
1983 y 1997, me ha resultado imposible optar por uno de los enfoques
expuestos, pues considero que todos ellos aportan ideas interesantes
como asi también todos presentan puntos vulnerables.
El enfoque psicologista tradicional coloca a los fenómenos de
movilización colectiva en el campo de la irracionalidad 4/. En este
terreno operan mecanismos subjetivos (contagio, sugestión, frustración
relativa), los cuales son considerados causa eficiente del
comportamiento colectivo, sin intervención del cálculo racional de
acciones posibles. Por tanto, esta perspectiva excluye la posibilidad de
efectuar un análisis estratégico de la acción colectiva. Esto implica
una limitación inadmisible para comprender las protestas laborales, las
cuales, por lo general, suponen un alto componente de cálculo
estratégico. Además, siendo las formas de acción colectiva una
preocupación central de este trabajo, este enfoque no aporta elementos
que permitan discriminar entre los determinantes de distintas formas de
expresión. Pero, no obstante estas insoslayables restricciones, el
enfoque tiene la virtud de indicar la existencia de determinantes
subjetivos de la movilización colectiva resistentes al modelo
utilitarista.
La teoría de la movilización de recursos, deudora de los presupuestos
del rational choice: maximización del autointerés como motivación de la
acción y cálculo racional de estrategias posibles como método de
decisión, provee un enfoque estratégico y utilitarista de las
movilizaciones sociales 5/. Las variables fundamentales para el análisis
de este tipo de sucesos son los recursos y las oportunidades para la
acción. Los intereses y las preferencias de los actores se asumen como
dados desde el punto de vista del análisis de la acción colectiva,
siendo éste el punto quizá más vulnerable de la propuesta. Se trata de
una perspectiva fértil para explorar la dinámica de movilización ya que
presta especial interés a las redes organizativas y a la gestión de la
acción.
Pero no ayuda a comprender las apuestas identitarias o de lucha por el
sentido de un estado de cosas determinado que se juegan en la protesta.
El dispositivo del cálculo racional no puede dar cuenta de la visión de
los sujetos acerca de lo que el mundo es ni de lo que tales sujetos
creen que debe ser que ellos adhieren a sus actos.
Curiosamente, Smelser (1989) avanza en esta última dirección al
incorporar las creencias en la base del comportamiento colectivo.
Elabora una teoría ciertamente compleja de los determinantes del
comportamiento colectivo. Entre los mismos no solamente contempla la
existencia de una tensión, falla, conflicto o disfunción del sistema
social sino la propagación de una creencia que vuelva significativo este
dato estructural a los ojos de los actores. La creencia tiene la función
de identificar la fuente del problema y especificar las respuestas
posibles. También esta teoría contempla como determinantes del
comportamiento colectivo la dinámica de la propia movilización (los
líderes, la organización, etc.), factores coyunturales precipitantes e
incorpora el control social y la capacidad de las instituciones para
tolerar y canalizar el conflicto social en el análisis del
comportamiento colectivo. El problema de Smelser es su consideración del
carácter disfuncional (patológico) y, por tanto, no institucionalizado
del conflicto social. Coser (1961), sin renunciar al análisis sistémico,
asigna funciones positivas al conflicto social en la definición de las
identidades.
Los enfoques sistémicos, más allá de sus alzados matices, nos indican
que las variaciones en el grado y las formas de movilización social hay
que buscarlas en la naturaleza de los cambios a nivel sistémico y en la
capacidad de las instituciones para gestionar tal cambio. También el
enfoque de los nuevos movimientos sociales sugiere esta misma pista -por
esto lo he clasificado entre los enfoques sistémicos-. De este enfoque,
me interesa particularmente su orientación a dar cuenta de una novedad
en las formas de movilización social.
Surge de la identificación de una situación de quiebre de las
identidades tradicionales en las sociedades europeas centrales, la cual
colocó a los individuos en la necesidad de construir identidades
colectivas sustitutas que hicieran posible la acción colectiva en pos de
la defensa de intereses u opciones de vida. El quiebre de las
identidades tradicionales (de las identidades de clase,
fundamentalmente, propias de la sociedad industrial) es atribuido a
diversas causas según los autores. Sin embargo, todos se refieren a
cambios globales: para Offe (1988), es la emergencia de la sociedad
postindustrial; para Melucci (1994b), la emergencia de la sociedad de la
información; para Habermas (1987), la colonización progresiva del "mundo
de la vida" por la racionalidad instrumental. Además de la indicación
acerca de dónde buscar la novedad, este enfoque aporta al análisis de
fenómenos de acción colectiva una noción interesante de identidad
colectiva, no antepuesta sino consustancial a la acción. Los estudios
realizados bajo este enfoque se han interesado principalmente por la
"novedad" de los movimientos estudiantil, feminista y antinuclear (para
mencionar los más recurrentemente estudiados) surgidos en los años 80 en
Europa. Las dificultades para extrapolar este enfoque a las protestas
laborales en un país latinoamericano se muestran por sí mismas.
El esfuerzo de la mayor parte de los autores contemporáneos ha ido en
dirección de superar la dicotomía individualismo-holismo que guió la
presentación de los enfoques realizada, acordando que la gracia de un
"buen" enfoque de las movilizaciones sociales está en resolver el camino
que va de la estructura o del sistema a la acción. Hecho el balance,
queda desestimar para este trabajo una serie de antinomias: cálculo
racional versus irracionalidad, estrategia versus identidad,
individualismo metodológico versus holismo metodológico.
Por mi parte, en vistas de abordar el problema que me ocupa en este
trabajo y de ser menos injusta con algunos autores, creo que los
conceptos de "repertorios de acción colectiva", de "economía moral" y de
"estructura de oportunidades políticas", utilizados por Tilly, Thompson
y Tarrow respectivamente, pueden ser el puente que necesitamos para
poner en relación las formas de movilización con, por un lado, las
transformaciones estructurales que implican las políticas neoliberales
en Argentina y, por otro, con las transformaciones que ha experimentado
el sistema político luego de la instauración del régimen democrático.
Argumentaré que estos tres conceptos permiten atravesar la dicotomía
metodológica individualismo-holismo, permitiendo sostener un enfoque que
no deprecie el componente calculativo de la acción colectiva ni
desatienda sus determinantes de tipo sistémico o estructural.
El concepto de repertorio de acción colectiva desarrollado en los
estudios de Tilly sobre fenómenos de protesta es especialmente sugerente
para este trabajo. Un repertorio de protestas es el conjunto de medios
de los que dispone un grupo particular para realizar reclamos, el cual
no se explica solamente en términos instrumentales -como el medio más
adecuado para alcanzar el fin deseado en una determinada circunstancia-,
sino, al propio tiempo, en términos de aprendizaje. Por ejemplo, los
obreros utilizan generalmente la huelga como medio de protesta, pero no
lo hacen porque éste sea siempre el medio más eficaz para conseguir sus
propósitos, sino porque es la herramienta que han incorporado en su
proceso de aprendizaje en el ámbito laboral. La vigencia de un
repertorio implica los siguientes factores: 1) rutinas cotidianas y
redes de organización de la población; 2) experiencia acumulada de
acción colectiva, una memoria y un saber; 3) estándares predominantes de
derechos y justicia; 4) patrones de expresión. Por todo lo que implica,
un repertorio suele ser estable, sirve como un marco definido de
interacción social y ha de ser aprehendido tanto en términos
estratégicos como culturales. No sólo cabe preguntarse cómo enfrenta la
gente instrumentalmente la desocupación u otras situaciones con los
recursos disponibles; debemos indagar también en qué horizonte de
sentido estas circunstancias son percibidas como intolerables o injustas
de modo tal que puedan motivar y justificar el reclamo. Un repertorio
consiste en prácticas recurrentes a través del tiempo que logran
convertirse en una "institución"; establece reglas que pautan el
comportamiento y las expectativas de los actores. El concepto de
repertorio no sólo hace referencia a lo que los individuos o los grupos
hacen cuando entablan conflictos con otros; también designa lo que ellos
saben que tienen que hacer y qué es lo que los otros (los desafiados,
por ejemplo) esperan que ellos hagan.
Tilly es un autor significativo para nuestro problema por su manera de
relacionar procesos de transformación estructural, coyunturas políticas
y protestas sociales. En su libro «The Contentious French. Four
Centuries of Popular Struggle», Tilly analiza el devenir de una forma
particular de acción colectiva denominada por él "contention" durante
cuatro siglos: desde 1598 a 1984. Llama "contention" a las ocasiones en
las que la gente actúa conjuntamente en base a sus intereses de una
manera directa, visible, y afecta significativamente la realización de
los intereses de otra gente. Abarca una variedad de fenómenos:
sediciones, motines, tumultos, manifestaciones.
Ahora bien, ¿de qué dependen los repertorios? Cambian en función de las
fluctuaciones en los intereses, las oportunidades y la organización
[1986:4]. En el libro citado, Tilly se pregunta: en el caso de Francia
desde el siglo XVII al presente, cómo el desarrollo del capitalismo y la
concentración del poder en el estado nacional afectaron las maneras en
que la gente común "contendía", o lo dejaba de hacer, por sus intereses.
Tomando un lugar, una población única o un evento no se podría responder
a esta pregunta. Pero sí haciendo un estudio comparativo de las
contiendas populares en diferentes regiones tomando un período largo de
análisis. El primer problema que aborda Tilly en este trabajo con
respecto al capitalismo y a la formación del estado nacional es
determinar cómo los grandes cambios afectaron los intereses, las
oportunidades y la organización de los diferentes grupos populares en
los cuatro siglos y luego ver cómo estas alteraciones en los intereses,
las oportunidades y la organización repercutieron en las contiendas.
Tilly correlaciona la historia de estos cambios estructurales con la
historia de las contiendas. Encuentra que las mayores fluctuaciones en
estas últimas responde a las idas y vueltas del capitalismo y la
construcción del estado nacional. La rápida construcción de un estado
beligerante en el siglo XVII incitó la resistencia del pueblo cuyos
derechos y recursos el estado comenzaba a afectar. El "boom" de la
producción vía disciplinamiento en el siglo XIX produjo la preeminencia
de la huelga por establecimiento. Pero no todas las contiendas
respondieron tan directamente a los cambios globales. Estas fueron más
intensas en el marco de las principales crisis políticas y los cambios
de régimen, lo cual habilita a suponer que estos cambios afectaron las
oportunidades para actuar. Los cambios estructurales provocados por el
capitalismo y el estado nación están en la base de los cambios en el
repertorio de acción colectiva al comienzo del estado capitalista
moderno. Es decir, los repertorios son tan permanentes que sólo el
conjunto de los cambios económicos y políticos que se produjeron en los
países occidentales a lo largo del siglo XIX pudo dar lugar a la
sustitución del repertorio "tradicional" por el "moderno". El viejo
repertorio se caracterizaba por ser, en su alcance: local y, en su
orientación hacia los detentadores del poder, "patronizado".
Había estado en vigencia en países como Francia al menos durante
doscientos años (desde la desaparición de las grandes revueltas
campesinas de corte comunitario, a mediados del siglo XVII). El "nuevo"
se caracterizó por ser nacional y autónomo, como corresponde al
desarrollo de las nuevas estructuras económicas y políticas de la
sociedad capitalista. Al repertorio tradicional corresponde una gama de
formas de acción colectiva bien conocidas por los historiadores: los
motines de subsistencia y las apropiaciones de cosechas; las invasiones
colectivas de terrenos prohibidos, como campos, ríos o bosques; la
destrucción de barreras de peaje o de otro tipo; la destrucción de
máquinas; las cencerradas y serenatas; las expulsiones de funcionarios
encargados del cobro de impuestos; los incendios; el saqueo de casas
particulares; la representación de procesos judiciales populares; etc.
No menos variadas son las formas del nuevo repertorio: unas estaban
relacionadas con los procesos electorales y la acción política (como los
mítines públicos, las reuniones y campañas electorales o las marchas de
petición); otras con los enfrentamientos económicos con los patrones,
como las huelgas o las manifestaciones; un tercer tipo reflejaba el
enfrentamiento radical con las autoridades por medio de las ocupaciones
de edificios oficiales o las insurrecciones planificadas de grupos
revolucionarios.
El concepto de repertorio de acción colectiva, a mi modo de ver, tiende
un puente entre la estructura y la acción. Y en ese puente la política
tiene su papel. La premisa más importante del enfoque llamado "del
proceso político" (del cual Tilly es parte) radica en que los procesos
sociales -esto es, estructurales- afectan de manera indirecta, mediante
una reestructuración de las relaciones de poder existentes, a la
protesta social.
En «La economía "moral" de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII»,
Thompson argumenta en contra de las interpretaciones que, según él, la
mayor parte de los historiadores ha realizado de las causas de los
motines de subsistencia en Inglaterra durante el siglo XVIII. Estas
asignan al aumento desmesurado del precio del pan (y su efecto: el
hambre, dada la importancia de este alimento en la dieta de los sectores
populares en ese contexto histórico) eficacia causal en la emergencia de
las protestas. Estas son consideradas acontecimientos reactivos y, como
tales, irracionales. Thompson, en cambio, caracteriza los motines de
subsistencia como una forma compleja de acción popular, disciplinada y
con claros objetivos. Por cierto que los mismos motines eran
"provocados" por precios que subían vertiginosamente, por prácticas
abusivas de los comerciantes o por hambre. Pero los agravios operaban
dentro de un consenso popular respecto de qué prácticas eran legítimas
en la elaboración y la comercialización del pan. Para Thompson, los
hombres y mujeres que constituían el "tropel" creían estar defendiendo
derechos y costumbres tradicionales; y, en general, estaban apoyados por
el amplio consenso de la comunidad. Este estaba basado en una idea
tradicional de las normas y obligaciones sociales, de las funciones
económicas propias de los distintos sectores dentro de la comunidad que,
tomadas en su conjunto, puede decirse que constituían la "economía moral
de los pobres". Un atropello a estos supuestos morales, tanto como la
privación en sí, constituían la ocasión para la protesta.
El método utilizado por Thompson para el análisis de los motines de
subsistencia, así lo define en un libro posterior [1995:296], consistió
en reconstruir un modelo paternalista de la comercialización de
alimentos; contrastar esto con la nueva economía política del mercado
libre del grano, asociada, sobre todo, con «La riqueza de las naciones»
de Adam Smith; y demostrar cómo, en tiempos de precios altos y escasez,
la multitud podía recurrir a la acción directa para imponer el control
protector del mercado y la regulación de los precios, reivindicando una
legitimidad "derivada" del modelo paternalista. La economía moral se
revela como tal ante la amenaza ocasionada por los imperativos
mercantilistas. En tal sentido, nace como resistencia a la economía del
libre mercado [1995:383].
En vistas de explicar las formas de movilización social, me interesa
tomar de Thompson que el amotinamiento no tiene por qué ser la forma
obvia o única de acción colectiva frente a la situación dada: pueden
darse otras respuestas como las peticiones en masa a las autoridades,
los días de ayuno, sacrificios y plegarias, visita a la casa de los
ricos o la migración de poblados enteros. No hay una única respuesta
"animal" al hambre. Tampoco el motín es necesariamente la respuesta más
racional. Si así fuese, las modalidades de acción colectiva se
explicaría siguiendo un cálculo de eficiencia. Dice Thompson: «El
"motín" no es una respuesta "natural" u "obvia" al hambre sino una
compleja pauta de comportamiento colectivo, una alternativa colectiva a
las estrategias de supervivencia individualistas y familiares. Desde
luego, los amotinados a causa del hambre estaban hambrientos, pero el
hambre no dicta que deban amotinarse ni determina las formas del motín»
[1995:302].
El concepto de economía moral me interesa porque, vía el concepto de
legitimidad, establece una mediación entre el sistema de relaciones
económicas y las formas de reclamar; porque conduce de la estructura a
la acción. Porque permite pensar cómo un modelo económico puede
encarnarse en las prácticas de los actores. Y no sólo en el sentido en
que las normas que el mismo implica son constitutivas de las prácticas
sino, asimismo, en cómo las concepciones valorativas de los actores y
sus repertorios estratégicos se configuran al mismo tiempo que el
modelo.
El trabajo de Thompson es sumamente sugerente para pensar la evolución
de las formas de protesta laboral en Argentina. Porque podemos hablar de
la crisis de un modelo de estado -el asistencialista- y de un modelo de
acumulación -el mercadointernista- en Argentina y de la emergencia de un
nuevo patrón de acumulación -aperturista, de libre mercado, estoy
tentada de ver los reclamos laborales anclados en este proceso de
transición estructural, que entra en conflicto con los supuestos morales
-en términos de Thompson- que sustentaban las relaciones económicas y
estructuraban las relaciones políticas en el sistema anterior6/.
La noción de estructura de oportunidades políticas presenta utilidad
cuando se pretende realizar un análisis sistemático del contexto
político en el que emergen las protestas o, más genéricamente, las
movilizaciones sociales. Según Tarrow (1994), quien ha elaborado
sostenidamente este concepto en sus trabajos, las movilizaciones
sociales tienen lugar cuando las condiciones políticas disminuyen el
costo de la acción colectiva.
Esto es, cuando están dadas las oportunidades para hacerlo. El concepto
funciona con la premisa principal de la teoría de la movilización de
recursos: intereses conflictivos y razones para reclamar hay siempre,
varían los recursos con los que los actores cuentan en cada momento para
lanzarse a la acción colectiva como un medio para conseguir mejorar su
situación dentro de una determinada distribución de poder. La
"estructura de oportunidades políticas" cuenta como dato en los cálculos
estratégicos de los actores.
Según Tarrow, las oportunidades resultan (claro que no exclusivamente)
de las propiedades del sistema político, el cual tiene que considerarse
tanto en su aspecto estructural como en su aspecto dinámico. El primero
remite a las características del diseño o arreglo institucional; el
segundo, a las posiciones y estrategias efectivas que los actores
adoptan en su marco. Tarrow utiliza el concepto de "estructura de
oportunidades políticas" para abarcar ambos aspectos de lo que aquí
llamaremos sistema político. Las oportunidades de movilización resulta,
según este autor, de la apertura o clausura del sistema político; del
grado de estabilidad de las alianzas políticas; de la presencia de
potenciales aliados influyentes; y de la cohesión o división de las
élites dominantes [Tarrow, 1994]. El primer elemento atañe a la
estructura institucional de los sistemas políticos y los demás refieren
a la configuración del poder entre los actores relevantes para el caso
estudiado dentro de dicho sistema.
Está claro que este concepto necesita ser especificado en adecuación al
contenido y los objetivos de cada investigación en particular. En
nuestro caso, es preciso decidir cuáles son los aspectos tanto
"institucionales" como "dinámicos" del sistema político que podrían
incidir en las protestas laborales.
Entre los aspectos "institucionales" del sistema político que son
relevantes para el análisis de protestas laborales, cuentan el régimen
de gobierno y el sistema de relaciones laborales. Llamo institucionales
a aquellos aspectos del sistema político que están formalmente reglados
o que, aunque no tengan este carácter, su recurrencia y su capacidad de
sanción los haga equivalentes a los primeros. Entre los aspectos
"dinámicos", son relevantes para este estudio las siguientes variables:
1) La posición del Partido Justicialista en el sistema político, la cual
condiciona sus expectativas y sus estrategias políticas y es relevante
dado que este partido ha sido históricamente el principal referente
político del sindicalismo y del reclamo laboral en general. 2) Los
alineamientos políticos (o propiamente sindicales) dentro del
sindicalismo; 3) las estrategias tradicionales de las autoridades y de
los miembros relevantes del sistema político respecto de los
desafiadores en el campo laboral, las cuales definen la medida en que
las acciones colectivas desafiantes serán facilitadas o reprimidas y, en
consecuencia, las posibilidades de éxito que puedan tener las acciones
de protesta. Dicho de otro modo, la mezcla entre facilitación/represión
y posibilidades de éxito depende, al menos en parte, de los cálculos
estratégicos de las autoridades. Esta mixtura condiciona la serie de
opciones estratégicas disponibles para la movilización de los
desafiadores, ofreciendo un nexo entre la "estructura de oportunidades
políticas" y la decisión de los desafiadores de movilizarse o no, la
elección de formas de movilización, la secuencia de los actos a
organizar y los destinatarios de los reclamos. O sea, las estrategias de
las autoridades o los actores relevantes en cada caso y las de los
desafiadores son interdependientes. Ambas constituyen el contexto de
interacción en el que se lleva a cabo un desafío específico. La postura
de las autoridades frente a los desafiadores no sólo está condicionada
por la estructura institucional formal sino también por los
procedimientos y estrategias informales empleados de manera regular por
las autoridades con respecto a los desafiadores. Estas estrategias
pueden ser excluyentes (represivas, confrontadoras, polarizadoras) o
integradoras (facilitadoras, cooperadoras, asimiladoras, cooptativas).
Estos procedimientos están anclados en tradiciones 7/.
En el análisis de la evolución del repertorio de protestas laborales
entre 1983 y 1997, se utilizarán los tres conceptos expuestos. Para
ello, debemos esperar hasta el último punto de este trabajo. Antes,
definiré el repertorio clásico, el cual servirá de parámetro para
detectar los cambios producidos, y presentaré las formas de protesta
laboral, a mi juicio, más relevantes del período 1983-1997.
2. LAS "VÉRTEBRAS" DEL RECLAMO LABORAL EN ARGENTINA
Poniendo a jugar el concepto de repertorio de acción colectiva expuesto
en el punto anterior, creo interesante y adecuado afirmar la vigencia de
un repertorio de protesta laboral "clásico" en Argentina.
Con la denominación de "clásico" pretendo hacer referencia a un modelo
histórico, no interesándome aquí una explicación genética del fenómeno
que se intenta capturar en dicho modelo sino una exposición
conceptualmente útil de los rasgos constitutivos del reclamo laboral en
Argentina. El relato histórico debe nutrir y dar lugar a la definición
del repertorio "clásico" de protesta, el cual funcionará como un
parámetro para la interpretación de las novedades y las permanencias en
las formas de protesta a partir de 1983.
El repertorio de protestas laborales en Argentina que llamamos "clásico"
se asocia a una particular formación histórica constituida por el
peronismo como identidad política de los "trabajadores" y por una matriz
estadocéntrica de organización y distribución del poder 8/. Bajo los
primeros gobiernos de Perón, el reclamo obrero se constituyó con una
determinada forma política e ideológica y se plasmó en una determinada
forma institucional.
Tanto la expansión de los sectores laborales en Argentina como su
incorporación a la política se dieron en el marco de la "revolución
social" llevada a cabo por el peronismo a partir de 1945, a raíz de la
cual, como lo escribe Halperín Donghi (1994:26) "todas las relaciones
entre los grupos sociales se vieron súbitamente redefinidas". Después de
1945, las protestas laborales llevaron la impronta de una identidad
política de los trabajadores hegemonizada por el peronismo.
La forma institucional que adquirió la incorporación de los nuevos
sectores laborales en el estado peronista a partir de 1945 moldeó el
desarrollo futuro del sindicalismo y las modalidades del reclamo
laboral. El decreto 23.852 de 1945 estableció las líneas generales del
modelo sindical que recién será puesto en jaque en la década del 90. El
mismo puede ser resumido en los rasgos que señalo a continuación.
La sindicalización está basada en el sector de actividad económica (lo
que comúnmente se llama la rama económica), esto es, no valen como
unidades de encuadramiento sindical el oficio o el establecimiento
productivo. A su vez, en cada sector de actividad, sólo un sindicato
cuenta con el reconocimiento oficial, el cual lo faculta para negociar
con los empleadores de esa actividad. Los patrones se hallan obligados
por ley a negociar con el sindicato reconocido, y las disposiciones
establecidas por medio de esa negociación se aplican a todos los
trabajadores de esa rama. El modelo argentino de organización sindical
descansa principalmente en una figura jurídica: la personería gremial,
entendiéndose por la misma la capacidad de un sindicato de representar
los intereses de una rama de actividad que es otorgada por el estado. El
colectivo que representa el sindicato con personería está integrado por
todos los trabajadores asalariados pertenecientes a la rama de actividad
que sea jurisdicción del sindicato en cuestión, es decir, forman parte
del mismo tanto los trabajadores afiliados como los que no lo están. La
legislación faculta a cualquier grupo de trabajadores para conformar una
organización gremial. Pero, accederá solamente una a la representación
monopólica de los trabajadores de la rama de actividad. Además, se crea
una estructura sindical centralizada, la cual abarca las ramas locales y
asciende, por intermedio de federaciones nacionales, hasta una única
central: la Confederación General del Trabajo. Finalmente, por aquel
mismo decreto queda establecido el papel del estado en la supervisión y
articulación de esta estructura centralizada. Además de asignarle al
Ministerio de Trabajo la potestad de otorgar la representación
monopólica a un único sindicato por rama, estipula el derecho del estado
a supervisar vastas áreas de actividad sindical. La estructura legal
asegura a los sindicatos muchas ventajas: entre ellas, derechos de
negociación, protección de los dirigentes sindicales frente a la
adopción de represalias por parte de sus empleadores, estructura
sindical centralizada y unificada, y deducción automática de los sueldos
y salarios de las cuotas sindicales. Pero, al mismo tiempo, otorga al
estado una alta intervención en la asignación de recursos y en los
acuerdos alcanzados por los sindicatos con los empleadores.
Este fue el formato institucional que canalizó la expansión sindical
dentro de un modelo de estado, la cual aseguraba el reconocimiento de la
clase trabajadora como fuerza social en la esfera de la producción, a la
vez que integraba a sus organizaciones al aparato del estado mediante
las instituciones que analizamos. La interpenetración entre identidad
peronista y sindicalismo, por un lado, y el tipo de vínculo entre el
estado y los sindicatos creados por el peronismo en el gobierno, por
otro lado, brindaron al sindicalismo un notable grado de cohesión y
eficacia en las luchas laborales.
Aparte del tipo de institucionalización del reclamo laboral, es central
reparar en la forma ideológica que adoptó el mismo. Si en Argentina
tiene sentido referirse a los trabajadores o al movimiento obrero,
incluso al pueblo trabajador, como sujetos de acción, es porque ha
existido un lenguaje que les ha conferido significado en tanto tales. El
peronismo fue decisivo en la aparición y formación de la clase
trabajadora argentina moderna. Su existencia y su fuerza identitaria se
remonta a los años formativos del peronismo. El apoyo que los
trabajadores dieron a Perón no se fundó exclusivamente en su experiencia
de clase en las fábricas. Fue también, y fundamentalmente, una adhesión
de índole política. En el repertorio "clásico" de lucha laboral tiene
una importancia crucial la plaza pública como punto de constitución de
la clase trabajadora (Sigal & Torre 1969).
Como lo enfatiza James, "la clase trabajadora no llegó al peronismo ya
plenamente formada y se limitó a adoptar esa causa y su retórica como el
más conveniente de los vehículos disponibles para satisfacer sus
necesidades materiales. En un sentido importante, la clase trabajadora
misma fue constituida por Perón; su propia identificación como fuerza
social y política dentro de la sociedad nacional fue, al menos en parte,
construida por el discurso político peronista, que ofreció a los
trabajadores soluciones viables para sus problemas y una visión creíble
de la sociedad argentina y el papel que les correspondía en ella"
(1988:55-56).
De esta enfatización no deberá deducirse la imagen de la pasividad y la
manipulación de una masa en disponibilidad por parte de Perón. También
James se encarga de señalar la capacidad del discurso peronista para
absorber, resignificar y articular contenidos presentes en la cultura
popular previa al peronismo (James 1988:47-5). El atractivo político
fundamental del peronismo fue su capacidad para redefinir la noción de
ciudadanía existente en el lenguaje político de la época extendiendo su
incumbencia desde el campo de los derechos civiles y políticos hacia el
campo de lo social. El llamado político que el peronismo dirige a los
trabajadores se funda en el reconocimiento de la clase trabajadora como
fuerza social. Esta, configurada casi en el terreno de las esencias,
solicitaba a través de Perón protagonismo en la vida política;
solicitaba representación política en tanto fuerza social excluida de
los ámbitos políticos. Esta representación no se consumaría mediante el
ejercicio de los derechos formales de ciudadanía y la mediación de los
partidos políticos. La clase trabajadora, como fuerza social, tendría
que tener acceso directo y privilegiado al estado por medio de sus
propias organizaciones: los sindicatos. Entonces, si bien el discurso
peronista constituyó a la clase trabajadora como sujeto social, lo hizo
en un discurso que la hizo preexistente al peronismo mismo. Perón se
postuló en la campaña electoral de 1945-46 como su "vocero", avisando
que su éxito sería posible en la medida en que ellos se unieran y
organizaran. Afirmaba a los trabajadores como presencia social
desarrollando un lenguaje de protesta frente a la exclusión política
fundado centralmente en el reclamo de "justicia social" 9/.
Veamos en qué consiste el repertorio clásico de protesta laboral. El
modo de expresión del reclamo laboral claramente predominante ha sido la
huelga en sus diversas variantes. Esta no es, por cierto, una
especificidad argentina porque es el medio universalmente propio de
reclamo laboral en la modernidad. En consonancia con la estructura
centralizada del sindicalismo, la actividad huelguística en Argentina ha
tendido a estar centralizada. Salvo en períodos de fuerte represión,
como el de la Resistencia o la Dictadura. La movilización, marchas y
concentraciones en la vía pública, ha sido el otro medio de expresión de
los reclamos vinculados a los problemas del trabajo. Estas también han
reflejado, en líneas históricas generales, la centralización de la
estructura sindical y la prevalencia de los sindicatos como actores
"naturales" de las luchas laborales.
Las movilizaciones callejeras son un elemento propio de la tradición
peronista. La gran movilización popular del 17 de octubre de 1945 es su
sello fundacional. Si bien el carácter de la misma excede con creces el
de protesta laboral invitándonos a pensar en términos de un movimiento
social, no podríamos comprender las formas de la protesta laboral en
Argentina sin tal antecedente fundante. Decíamos que tanto la fábrica
como la plaza han sido los ámbitos constitutivos de las luchas
laborales. La fábrica remite a la unidad organizativa del campo de la
producción, designando el lugar de referencia de las reivindicaciones de
los trabajadores. Pero el peronismo ha investido, de entrada, las luchas
laborales de un carácter principalmente político.
Desde la institucionalización del reclamo laboral a partir del estado
peronista, las organizaciones sindicales se asignan el monopolio de la
representación de los trabajadores en el campo de las luchas por sus
intereses, constituyendo, por tanto, el actor principal de la protesta
laboral. De acuerdo con la forma institucional que ha canalizado el
reclamo obrero, los sindicatos han actuado como correas de transmisión
entre el estado y los trabajadores. En consecuencia, las protestas
laborales han tenido alto grado de institucionalización.
Ahora bien, no alcanza con detectar a los sindicatos al comando de las
reivindicaciones laborales para analizar el sujeto de la protesta
laboral. Es necesario mirar el sentido de la acción sindical en el marco
del discurso peronista y revelar su politización inherente. Los
sindicatos se antodesignan como partes del movimiento obrero, el cual
constituye la "columna vertebral" del movimiento peronista. O sea que el
peronismo como proyecto político es constitutivo del sujeto de la
protesta laboral. Reforzando el rasgo fundacional que se analizó
anteriormente, en los años 60, el movimiento obrero se fortaleció a
medida que fue asumiendo una doble tarea: la lucha reivindicativa
sindical y el único canal de expresión política del peronismo,
proscripto y sin haber podido reconstruir su organización partidaria
desde el derrocamiento de Perón en 1955. Es decir que, a la lucha por el
mantenimiento y mejora del nivel de vida de los sectores salariales y la
constante búsqueda del fortalecimiento de las organizaciones sindicales,
se agregaba la lucha por el reconocimiento del peronismo como movimiento
político. En este último sentido, el rol del sindicalismo en el
peronismo fue identificado como el de "columna vertebral". A partir del
golpe militar que derrocó al segundo gobierno de Perón en 1955, la
exclusión del peronismo del campo político legal introdujo una profunda
dislocación en la actividad política, lo cual condujo a la configuración
de un "sistema político dual" entre 1955 y 1966 (Cavarozzi 1988). El
sector popular y el "frente antiperonista" no compartían el mismo
escenario político. El primero, principalmente representado por el
peronismo, se quedó sin representación en el aparato institucional del
estado. En este marco, el sindicalismo peronista se convirtió
progresivamente en la expresión organizada más influyente de este
sector. Hasta 1966, la política del peronismo y de las organizaciones
sindicales (como centralizadoras de la capacidad de sanción del sector
popular excluido) fue la desestabilización desde afuera de todos los
gobiernos militares o civiles instaurados. El sindicalismo desarrolló
una imponente capacidad defensiva anclada en la lucha económica y en la
fuerza simbólica de la lucha por el regreso de Perón y su retorno al
poder.
La acción de los sindicatos en Argentina ha estado tradicionalmente
orientada por dos ejes principales: la demanda económica (mejoras
salariales y de condiciones de trabajo) y la búsqueda de ventajas
corporativas (O’Donnell 1976, James 1988). Ambas orientaciones forman
parte del estilo sindical forjado en la década del 60. El mismo fue
caracterizado por James como "pragmatismo institucional" y se encuentra
sintetizado en el lenguaje político ordinario bajo la expresión "vandorismo".
Este estilo puede ser definido por los siguientes elementos básicos: 1)
la supervivencia de las organizaciones como objetivo central de la
actividad gremial; 2) la ruptura de la ligazón entre las políticas de
corto y largo plazo, siendo la perspectiva de corto plazo la
determinante en el diseño de las estrategias de acción. Se trata de
aprovechar las oportunidades puntuales que el sistema otorgue, de manera
que los fines, objetivos o principios que motorizan la acción gremial
aparecen filtrados por el cálculo de lo viable. Los mismos se legitiman
en base a este tipo de cálculo. El estilo de liderazgo sindical
conformado en esta época se caracteriza por controlar el activismo de
base y concentrar las decisiones.
Sin dejar de ser el estilo prevaleciente, el pragmatismo institucional
como lógica predominante de la acción gremial en Argentina ha entrado en
espirales de crisis desde 1966, lo cual se percibe patéticamente en la
experiencia del peronismo en el gobierno en el período 1973-1976 (ver
Torre 1989).
Los reclamos economicistas y la búsqueda de ventajas corporativas se
expresaron siempre revestidos por la retórica política peronista. Las
luchas por ventajas económicas se sostienen en el discurso peronista
acerca de los derechos de la clase trabajadora. Y el reclamo de ventajas
corporativas encuentra su justificación en papel orgánico de las
organizaciones sindicales en la sociedad y el estado asignado por el
discurso peronista.
La apelación a la organicidad es un tópico del lenguaje peronista de
protesta. El reclamo obrero debe ser tramitado por los canales orgánicos
"naturales" que provee el movimiento peronista. Para eso están los
sindicatos y también el estado. Las formas del reclamo tienen que ser
orgánicas, digamos institucionales. Ningún interés ni ningún grupo o
persona puede arrogarse representación por fuera de las organizaciones
peronistas.
Resumiendo, la alta institucionalización y politización son los dos
rasgos que constituyen juntos e indiscerniblemente los conflictos
laborales en Argentina 10/.
Con el trasfondo del repertorio clásico, expondremos en los próximos
puntos las principales formas de protesta laboral del período 1983-1997:
las protesta sindicales, los "estallidos sociales" y los cortes de ruta.
3. EL SINDICALISMO POPULISTA FRENTE AL NEOLIBERALISMO
Expondré en este punto las líneas generales de la situación y el
accionar del sindicalismo entre 1983 y 1997, lo que contribuirá a la
mejor apreciación de la evolución de las formas de protesta sindical en
el período que se analizarán en los puntos 3.1 y 3.2.
Hacia el final del régimen militar instaurado en 1976, se produce una
situación de agitación bautizada como "resurrección de la sociedad
civil". O’Donnell y Schmitter (1991) dan este nombre al momento de
movilización generalizada que acontece en la sociedad al ritmo de la
liberalización política del régimen autoritario, es decir, cuando las
autoridades comienzan a otorgar garantías individuales y a negociar con
ciertos sectores opositores.
Como bien señalan estos autores, tal renacimiento debe comprenderse
sobre el telón de fondo del éxito conseguido por el régimen militar en
despolitizar y atomizar la sociedad, durante el cual los individuos se
refugiaron en sus ámbitos privados. Por esto, el resurgimiento de
identidades colectivas fue de carácter casi explosivo y surgieron
demandas que no habían contado con canales públicos de expresión. En
este contexto, los reclamos laborales resurgieron amplificadamente a
través de huelgas, manifestaciones callejeras y activismo de base,
presionando sobre las fronteras del espacio público abierto por el
régimen. La reorganización del sindicalismo peronista se dio en este
marco de alta movilización social, el cual acompañó la instauración del
gobierno democrático y, en gran medida, caracterizó globalmente el
período de gobierno alfonsinista.
En 1983, el peronismo perdió en las urnas frente al radicalismo. Esta
fue la primera novedad que presentó la nueva democracia: el peronismo
podía no lograr la mayoría del electorado y asumir el rol de oposición
política en el marco del nuevo sistema institucional.
Para recomponerse de la derrota electoral, el peronismo, en la oposición
política, comenzó a fortalecerse desde su núcleo más duro, al menos por
ser el que ofrecía mayor capacidad organizativa: el sindicalismo.
Apelando al lenguaje reivindicativo de siempre y a los recursos de
siempre, el sindicalismo puso en práctica su ejercitado repertorio de
protesta: huelgas generales o sectoriales para reclamar, principalmente,
mejoras salariales y actualizar la identidad peronista de los
trabajadores. La liturgia peronista sumada a las destrezas de las
organizaciones sindicales para perseguir sus objetivos recubrieron las
numerosas medidas de fuerza que tuvo que afrontar la novata democracia.
El sindicalismo había desempeñado un rol relevante en la apertura
política hacia el final del régimen militar, no sólo en tanto sindicatos
-vía huelgas y movilizaciones- sino también como artífices de la
reconstitución del PJ para las elecciones de 1983. La conducción de este
partido, dada la residencia en España de su titular (Isabel Perón),
había quedado en manos del dirigente metalúrgico Lorenzo Miguel, lo cual
permitió a los dirigentes sindicales ocupar generosos puestos en las
listas de candidatos del PJ para las elecciones generales de 1983.
Debido al protagonismo de los sindicalistas en los preparativos
electorales, la derrota del PJ se convirtió en una derrota de los
sindicatos, los cuales habían sido el blanco de los ataques al peronismo
por parte del candidato a presidente de la UCR.
Sin embargo, ya en 1984 el sindicalismo peronista había recobrado su
espacio a través de dos fenómenos concomitantes. Por un lado, el fracaso
gubernamental en la sanción de la Ley de Reordenamiento Sindical. El
radicalismo se había propuesto cambiar desde el gobierno los patrones de
acción del sindicalismo lanzando un programa de democratización de los
mecanismos de selección de los cuadros dirigentes instituidos en los
estatutos gremiales. Pocos días después de asumir, el gobierno envía al
Congreso dicho proyecto de ley. El mismo consistía en la convocatoria a
elecciones gremiales con un régimen electoral especialmente diseñado
para la ocasión, estableciendo, entre otras cosas, la participación de
las minorías en las conducciones sindicales, la suspensión ocasional de
las cláusulas sobre antigüedad y avales requeridos para ser candidato a
los cargos dirigenciales contemplados por los estatutos electorales de
los gremios y la administración de los sindicatos por parte de
representantes del ministerio de Trabajo hasta la substanciación de las
elecciones.
Habiendo sido aprobado con algunas modificaciones por la Cámara de
Diputados, fue rechazado por la Cámara de Senadores, donde la UCR no
contaba con mayoría propia. El rechazo fue mayoritario a nivel de la
dirigencia sindical y la necesidad de articular la resistencia al
proyecto de ley mencionado operó como un imperativo de unificación de la
estructura gremial. El sindicalismo cerró sus filas alrededor de dos
posturas básicas: la defensa de la unidad del movimiento obrero y la no
injerencia estatal en los asuntos gremiales, reclamando la restauración
de la situación institucional previa al golpe militar de 1976. Por otro
lado, las dificultades del PJ para recomponerse internamente luego de la
derrota y las sucesivas fracturas que se producían en su seno colocaron
a los sindicatos en un rol político-partidario. La gran cantidad de
conflictos liderados por los sindicatos y orientados contra la política
oficial los involucraron en un rol opositor que un PJ dividido y en
proceso de recomposición interna no lograba cumplir.
Estas fueron las condiciones para el fortalecimiento de la corriente "ubaldinista"
dentro del sindicalismo peronista. La recuperación del PJ como
alternativa electoral a partir de 1987 significó el debilitamiento de
este sector, por lo cual se puede conjeturar que la hegemonía del
ubaldinismo en el sindicalismo peronista era tributaria de su rol
político de oposición a la política, principalmente económica, del
gobierno de Alfonsín. Le sucedió el predominio del "Grupo de los
Quince" 11/, cuya formación fue el resultado de la convergencia entre
los intereses del radicalismo en disminuir las chances electorales de la
Renovación y de sectores sindicales que habían perdido peso en el PJ y
en la estructura sindical vis a vis los sectores renovadores, instalados
tanto en el partido como en la estructura sindical.
La estrategia ubaldinista de confrontación con el gobierno tuvo auge
mientras el PJ era presa de sus conflictos internos luego de 1983. Los
sindicatos liderados por los "renovadores" moldearon sus estrategias al
calor de la lucha político-partidaria. Los sectores más "ortodoxos" no
se subordinaron a las estrategias de un PJ dirigido por la Renovación
pero, en su lugar, encontraron un canal indicado en el sistema político
para aliarse con el gobierno y para penetrar nada menos que en su
gabinete ministerial (cuando Carlos Alderete fue ministro de Trabajo).
Sólo a fines de 1988, cuando el PJ encaró el tramo final de la campaña
que llevaría a Carlos Menem a la presidencia en las elecciones de mayo
de 1989, todos los sectores del sindicalismo peronista se subordinaron,
unos con más resistencia que otros, a la estrategia partidaria. Lo
señalado resumidamente en este párrafo marca la gravitación de la
dinámica del sistema político en la vida sindical e indica la
importancia del análisis de las oportunidades políticas para la
comprensión de las estrategias y las formas de protesta implementadas
por el sindicalismo.
La acción sindical durante el período 1983-1989 tuvo tres orientaciones
básicas: 1) corporativa: la legalización y la recomposición
institucional, 2) económica: la demanda al estado de incrementos
salariales y del mantenimiento de las fuentes de empleo, 3) política: el
reflotamiento del Partido Justicialista y el liderazgo de la oposición
al gobierno radical.
Podemos decir que la demanda de mejoras salariales fue la orientación
preponderante de la actividad sindical entre 1983 y 1989. En términos
generales, la estrategia de presión del sindicalismo hacia el gobierno
por aumento de salarios subordinaba, o daba sentido, al resto de los
reclamos. La dirigencia sindical buscó reconstruir su representatividad
-y su prestigio- colocándose a la vanguardia de la lucha económica. Para
esto, el sindicalismo se aferró a su estilo tradicional de acción:
confrontar y negociar para obtener más. Las demandas centrales fueron:
mayores salarios y más empleo. El "ubaldinismo", como dije antes, fue la
nota característica del sindicalismo durante el gobierno radical.
Ubaldini perfila su liderazgo a partir de la apertura de un frente de
oposición al gobierno, para lo cual contaba con el vacío dejado por un
desestructurado PJ. Las huelgas generales fueron su principal
herramienta para, por un lado, lograr la centralización del descontento
social -sumando sectores extrasindicales- y, por otro, la unificación de
los diversos estratos del aparato sindical y del PJ. La estrategia de
reclamo salarial durante el gobierno radical arrojó magros resultados
para los trabajadores, dado que los aumentos se mantuvieron por debajo
de la tasa de inflación (Godio, 1991). Sin embargo, esta estrategia
tenía una orientación doble; apuntaba también a la construcción de un
frente político opositor al gobierno, terreno en el cual los reclamos
economicistas obtuvieron más éxito. Lo que ganaba en el ámbito político,
lo perdía en el orden económico-social; en capacidad de control del
mercado de trabajo, de la evolución de los salarios y de las condiciones
de empleo.
La constitución del sector sindical en el eje de la oposición al
gobierno fue la otra orientación típica de la acción sindical durante el
gobierno radical. La orientación política estuvo articulada a las
reivindicaciones economicistas y tuvo que ver, al menos en los primeros
tiempos, con la crisis de PJ. Las luchas entre los sectores sindical y
político del "movimiento justicialista" fueron, hasta los tiempos de
Menem, parte indiscernible de esta tradición política. Una mirada global
al período 1983-1989 devuelve una visión de la interpenetración entre
las estructuras del sindicalismo y del partido justicialistas. En este
sentido, las estrategias de acción sindical estuvieron dirigidas a
mejorar el posicionamiento de los distintos alineamientos gremiales en
la estructura partidaria peronista. En general, los ejes de
diferenciación de los alineamientos gremiales estuvieron determinados
por los antagonismos generados en la lucha partidaria. Un ejemplo
paradigmático fue la división entre cafieristas y menemistas hacia 1988.
En términos generales, el sindicalismo obtuvo éxito relativo en la
articulación de una oposición al gobierno mientras se hacía cargo del
pulverizado PJ. Relativo, porque a pesar de haber logrado ser una
expresión importante del descontento popular con la política económica
oficial, esto no se tradujo en la construcción de un frente político
opositor liderado por el sindicalismo y apoyado por distintas
corporaciones o partidos. El peronismo no logra una buena actuación en
las elecciones de 1985. El factor dinamizador de la recuperación del PJ
como alternativa electoral fue el fortalecimiento de la Renovación
Peronista, corriente anclada principalmente en el partido y liderada por
sectores "políticos". No obstante, no hay que desconocer el rol del
sindicalismo renovador en las luchas internas del PJ que inclinaron la
correlación de fuerzas hacia la Renovación. Por último, hacia 1989, el "ubaldinismo"
que había sido el referente de aquella estrategia termina el período en
la trastienda, opacado por la estrategia electoral de Menem.
Los cambios en el sindicalismo argentino en lo que ha transcurrido de la
década del 90 han sido interpretados como un "cambio de época" (Palomino
1995). Interesan principalmente para este trabajo las dos mutaciones
siguientes: 1) la ruptura del sistema nacional de relaciones laborales,
2) la pérdida de presencia de los sindicatos en el sistema político. El
primero afectó el rol tradicional del sindicalismo como interlocutor del
gobierno y los empresarios. En cuanto al segundo cambio, la
consolidación del sistema de partidos y el cambio de perfil programático
del PJ fueron despojando al sindicalismo de su carácter de "columna
vertebral" del peronismo, esto es, de su rol político-partidario. Ambos
implican transformaciones profundas en el modelo sindical vigente desde
1945.
El sistema de relaciones laborales desarrollado en Argentina se
constituyó y consolidó entre 1950 y 1975. Entre sus principales rasgos
cuentan los siguientes: 1) alto grado de intervención y regulación
estatal; 2) fuerte centralización de la negociación colectiva por rama
de actividad; 3) predominio de determinadas categorías profesionales:
obreros y empleados urbanos, industriales y privados; 4) salarios
acordados en función de la preservación del poder adquisitivo, regulados
por la aplicación diferida de índices oficiales de aumento de precios, e
índices globales de crecimiento del PBI para el cálculo de la
productividad; 5) organización del trabajo en la industria de tipo "taylorista
fordista", el cual se caracteriza por difundir métodos de
disciplinamiento y control sobre la fuerza de trabajo y acordar con las
patronales ritmos de trabajo y niveles de producción (Novick & Catalano
1992) 12/.
El eje de este sistema de relaciones laborales es la negociación
colectiva centralizada. Las dificultades de funcionamiento de este
modelo se reflejaron en la discontinuidad recurrente de la negociación a
lo largo de décadas, sea por la suspención de la misma durante los
gobiernos militares o porque los gobierno civiles esgrimieron
imperativos de orden económico para acotarla. A partir del golpe militar
de 1976, se suspendió la vigencia de la negociación colectiva no
solamente como un instrumento para restringir la actividad sindical
sino, también, como una manera de favorecer la instauración de un
mercado laboral "libre", coherente con el pensamiento económico de corte
liberal. Entre 1984 y 1987, el gobierno radical mantuvo en suspenso la
negociación colectiva alegando su incompatibilidad con los objetivos de
la estabilización de la economía. Sólo a partir de 1988, y de manera
limitada, se restableció la vigencia del sistema nacional de negociación
colectiva, pero en un contexto en el cual las tendencias de la economía
y la fuerza de los empresarios fueron imponiendo progresivamente la
negociación por empresa. De esta manera, se fue generando una escisión
entre las dinámicas de los distintos niveles de representación sindical
y entre lo formal y lo que ocurría en realidad 13/. Si bien se mantiene
la vigencia de las leyes que garantizan el lugar de las direcciones
nacionales de los sindicatos, la negociación se fue transfiriendo a
subsistemas locales de relaciones del trabajo que regulan la cooperación
y el conflicto en el plano de las empresas 14/.
La brecha entre lo formalmente establecido y lo que realmente ocurría se
fue agrandando más y más hasta que la voluntad de realizar un vasto
programa de reformas laborales por parte del gobierno peronista se
presentó con tal claridad y firmeza que puso radicalmente en cuestión la
forma institucional que llamamos clásica de gestión del reclamo laboral.
Las reformas económicas llevadas adelante por Menem han producido un
quiebre del modelo de relaciones laborales definido anteriormente. La
desregulación de la economía, las privatizaciones, la apertura y la
flexibilización laboral han afectado vitalmente aquel modelo,
perfilándose un nuevo sistema, el cual, también según Novick & Catalano
(1992), implica: 1) un cambio en los marcos legislativos con la
incorporación de nuevas formas de contratación, de la obligación de
negociar mejoras salariales por productividad y de la descentralización
de los convenios colectivos; 2) una segmentación sectorial amplia en
materia de salarios y beneficios sociales; 3) orientaciones estratégicas
heterogéneas tanto en el campo empresarial como en el campo sindical. Se
ha llamado "flexibilización laboral" al proceso de reforma laboral
emprendido, y aún no concluido, por Menem 15/.
El sindicalismo se halla entonces inmerso en profundos cambios en el
modelo sindical originario, los cuales debilitan su poder y comprometen
sus estrategias tradicionales. Pero, además de los perjuicios
ocasionados por las reformas económicas y laborales, el sindicalismo ha
experimentado cambios que obedecen a los efectos asociados a la
transformación de su rol en el sistema político. El peronismo en el
gobierno siempre complicó las estrategias del sindicalismo peronista,
sólo que, en el caso del gobierno peronista actual, se suma una
complicación mayor a la presentada por el hecho de ser oficialista:
curiosamente, su programa de gobierno no es populista sino neoliberal.
Durante el gobierno radical, el PJ mantuvo su adhesión a políticas
nacionalistas, estatistas, pro-obreras y redistributivas. En
consonancia, la dirigencia peronista entre 1983 y 1989 criticó sin
tregua las políticas económicas del gobierno que insinuaron un giro
desregulacionista. Tuvieron la posición más dura en las negociaciones
con el Fondo Monetario Internacional, se opusieron a las privatizaciones
y apoyaron los reclamos sindicales. Como ya se señaló más arriba, la
influencia de sindicalismo dentro del partido era importante. El giro
programático del PJ exigió el replanteo del papel del sindicalismo
dentro del partido. Menem y sus colaboradores redujeron la influencia
del "movimiento obrero" en el partido 16/.
Frente al desafío neoliberal, el sindicalismo sufrió importantes
divisiones. Desde 1992 hay dos centrales sindicales. Y, si bien la
multiplicidad de centrales no constituye una novedad en la vida sindical
argentina, quizá nunca la división haya ido tan lejos como esta vez, ya
que una central ha renegado de su alineamiento con el peronismo. Desde
1990, la CGT permaneció dividida y el gobierno le otorgó reconocimiento
oficial a la central oficialista hasta la unificación de ambas
fracciones en 1992, la cual se produjo frente a la amenaza gubernamental
de desregular el sistema de obras sociales. En este mismo año surge una
central alternativa: el Congreso de los Trabajadores Argentinos. Afilia
a dos grandes sindicatos de docentes y estatales y a algunas seccionales
de otros sindicatos cuyas conducciones mantienen su adhesión a la CGT y
propone una forma de organización diferente a la de la CGT. La
afiliación no está restringida a los empleados; pueden afiliarse los
desempleados y se permite la doble afiliación. De esta manera, se
pretende hacer frente al desgaste que significa el crecimiento del
desempleo y el empleo precario para la acción sindical. Esta forma
organizacional se asemeja más a la de una organización social que a la
de una central sindical (Murillo 1996). Sus dirigentes están vinculados
a la oposición política. Cobra protagonismo también un alineamiento
sindical que, siendo disidente de la conducción, mantiene su afiliación
a la CGT: el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA). Agrupa a
los gremios de choferes de colectivos de corta, media y larga distancia,
empleados de los subtes porteños, camioneros, aeronavegantes y
marítimos.
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