Una forma clara de entender el concepto de autoestima es la que
plantea Branden (1993), correspondiente a "una sensación fundamental de
eficacia y un sentido inherente de mérito", y lo explica nuevamente como
la suma integrada de confianza y de respeto hacia sí mismo. Se lo puede
diferenciar de autoconcepto y de sí-mismo, en que el primero atañe al
pensamiento o idea que la persona tiene internalizada acerca de sí misma
como tal; mientras que el sí-mismo comprende aquel espacio y tiempo en
que el Yo se reconoce en las experiencias vitales de importancia que le
identifican en propiedad, algo así como el "mi".
Formación
El punto de partida para que un niño disfrute de la vida, inicie y
mantenga relaciones positivas con los demás, sea autónomo y capaz de
aprender, se encuentra en la valía personal de sí mismo o autoestima.
Hablar de autoestima es hablar de percepciones, pero también de
emociones fuertemente arraigadas en el individuo. El concepto encierra
no sólo un conjunto de características que definen a un sujeto, si no
además, el significado y la valoración que éste consciente o
inconscientemente le otorga.
La comprensión que el individuo logra de sí mismo -por ejemplo, de que
es sociable, eficiente y flexible- está en asociación con una o más
emociones respecto de tales atributos. A partir de una determinada edad
(3 a 5 años) el niño recibe opiniones, apreciaciones y -por qué no
decirlo- críticas, a veces destructivas o infundadas, acerca de su
persona o de sus actuaciones. Su primer bosquejo de quién es él
proviene, entonces, desde afuera, de la realidad intersubjetiva. No
obstante, durante la infancia, los niños no pueden hacer la distinción
de objetividad y subjetividad. Todo lo que oyen acerca de sí mismos y
del mundo constituye realidad única. El juicio "este chico siempre ha
sido enfermizo y torpe" llega en forma definitiva, como una verdad
irrefutable, más que como una apreciación rebatible. La conformación de
la autoestima se inicia con estos primeros esbozos que el niño recibe,
principalmente, de las figuras de apego, las más significativas a su
temprana edad. La opinión "niño maleducado" si es dicha por los padres
en forma recurrente, indiscriminada y se acompaña de gestos que
enfatizan la descalificación, tendrá una profunda resonancia en la
identidad del pequeño.
En la composición de la valía personal o autoestima hay un aspecto
fundamental que dice relación con los afectos o emociones. Resulta que
el menor se siente más o menos confortable con la imagen de sí mismo.
Puede agradarle, sentir miedo, experimentar rabia o entristecerlo, pero
en definitiva y, sea cual sea, presentará automáticamente una respuesta
emocional congruente con esa percepción de sí mismo. Tal es el
componente de "valía", "valoración" o "estimación" propia. En forma muy
rudimentaria el niño está consciente de poseer -quiéralo o no- un
determinado carácter o personalidad y eso no pasa inadvertido, le
provoca una sensación de mayor o menor disconfort. Inclusive, es más
factible que él identifique muy claramente el desagrado que le provoca
el saberse "tímido", sin tener clara idea de qué significa exactamente
eso. Sólo sabe que no le gusta o que es malo.
Sólo en la adolescencia, a partir de los 11 años aproximadamente, con la
instauración del pensamiento formal, el joven podrá conceptualizar su
sensación de placer o displacer, adoptando una actitud de distancia
respecto de lo que experimenta, testeando la fidelidad de los rasgos que
él mismo, sus padres o su familia le han conferido de su imagen
personal.
Siendo la identidad un tema central de esta etapa, el adolescente
explorará quién es y querrá responderse en forma consciente a preguntas
sobre su futuro y su lugar en el mundo. La crisis emergente tendrá un
efecto devastador si el joven ha llegado hasta aquí con una deficiente o
baja valoración personal. La obtención de una valoración positiva de sí
mismo, que opera en forma automática e inconsciente, permite en el niño
un desarrollo psicológico sano, en armonía con su medio circundante y,
en especial, en su relación con los demás. En la situación contraria, el
adolescente no hallará un terreno propicio -el concerniente a su
afectividad- para aprender, enriquecer sus relaciones y asumir mayores
responsabilidades.
Desarrollo
Conformarse una autoestima positiva va de la mano con las distintas
tareas del desarrollo que un individuo debe lograr a lo largo de su
infancia, adolescencia y más allá. Como en un proceso de engranaje,
diversas piezas deben calzar y ajustarse para conformar un todo
armónico. Tales piezas no sólo las conforman las influencias
ambientales, sino que también, la salud física y la maduración del
organismo. Para cada fase evolutiva surgen en el niño distinto tipo de
demandas, son necesidades relacionadas con su instinto de exploración,
el deseo de pertenecer a un grupo de referencia, contar con el respeto
de los demás, controlar su entorno inmediato, ser de utilidad y
trascender, entre otros. En la medida que dichas necesidades obtengan su
oportuna y correspondiente satisfacción, estimularán en el niño o en el
adolescente la sensación de logro y de confianza en sus propias
capacidades.
En lo relativo al entorno familiar, Clemes y Bean (1998) proponen cuatro
factores condicionantes para que este proceso marche normalmente o en
forma equilibrada.
Vinculación
El niño necesita sentirse parte de algo, ya sea su familia, sus hermanos
o una pandilla. Para él es necesario saber que hay alguien que se
preocupa de él, que es necesario e importante para otro. La vinculación
se relaciona también con sentir que tiene objetos significativos para él
y que le pertenecen. Necesita ser escuchado, tomado en cuenta, que le
permitan participar y dar sus opiniones. El grado de vinculación va a
estar en estrecha relación con la calidez, la apertura para aceptarlo y
brindarle seguridad, la comprensión e incluso el sentido del humor que
manifiesten las personas que lo rodean y que él considera importantes.
La vinculación es necesaria a la vez con lugares y circunstancias que al
niño le producen satisfacción.
Singularidad
Corresponde a la necesidad de saberse alguien particular y especial,
aunque tenga muchas cosas parecidas a sus hermanos u otros amigos. La
noción de singularidad implica también, espacio para que el niño se
exprese a su manera, pero sin sobrepasar a los demás. La condición de
singularidad también entraña el respeto que los demás le manifiestan y
que será para él un parámetro de la seriedad con que lo consideran. Otra
característica, que promueve la singularidad, se relaciona con el
incentivo a la imaginación. El hecho de permitirle crear e inventar le
sirve para reconocer lo distinto que puede ser su aporte, fomenta su
flexibilidad y la valoración de sus propias habilidades.
Poder
La sensación de poder implica que el niño cree que puede hacer lo que se
planea y que en la mayoría de las veces obtendrá éxito. En las
excepciones, es decir, cuando no logra lo que se propone, será de vital
importancia que comprenda la verdadera razón de los impedimentos y cómo
ellos se relacionan con sus futuros propósitos. Necesita disponer de
medios básicos, sobre los cuales él está a cargo. El niño desarrolla una
confianza en sí mismo cuando se le permite decidir sobre cosas que están
a su alcance y que él considera importantes. El poder se relaciona,
también con saber controlarse ante determinadas circunstancias, como
ante la frustración o el agobio. Cuando aprende una nueva habilidad es
necesario que se le de la oportunidad para practicar lo que ha
aprendido. Permitirle que resuelva problemas a su medida.
Pautas
Las pautas se relacionan con el sentido que el niño le otorga a su
existencia y a lo que realiza. Requiere de modelos positivos, que cuando
los imite obtenga resultados satisfactorios y alentadores, a través de
los cuales aprenda a distinguir lo bueno de lo malo. Los niños son como
esponjas frente a quienes él considera importantes. La forma en que
ellos -los modelos- actúan, lo que dicen y cómo lo dicen, dejará un
sello indeleble en su retina. Los patrones éticos, los valores, los
hábitos y las creencias se transmiten a través de las figuras de apego.
Saber por qué ocurren los cambios, qué sentido tiene el trabajo y qué
cosas se valoran a la hora de decidir, le permitirá desenvolverse con
confianza, prediciendo que si actúa de determinada manera logrará lo que
se propone. El orden y las reglas -dentro de límites razonables- son
especialmente importantes para crear en el niño la sensación de pautas o
guías, que le permitirán conducirse, organizar el tiempo, planificar y
resolver problemas.
Coorpersmith (1967) plantea algunas condicionantes diferentes, con
ciertos aspectos similares, pero que se complementan con las ya
enunciadas.
1. El niño experimenta una aceptación de sus sentimientos, pensamientos
y del valor de su existencia.
2. El niño se mueve dentro de límites bien definidos, pero justos,
razonables y negociables. De este modo experimenta una sensación de
seguridad. Estos límites implican normas de conducta posibles de
alcanzar, por lo que el niño tiene la confianza de que podrá actuar y
evaluar su comportamiento según esa vara. No goza de una libertad
ilimitada.
3. El niño siente respeto por su dignidad como persona. Los padres se
toman en serio las opiniones y demandas del niño. Se muestran dispuestos
a negociar las reglas familiares, dentro de ciertos límites. Ejercen
autoridad, pero no autoritarismo. Se interesan por él constantemente y
están dispuestos a dialogar con él cuando éste quiere hacerlo.
4. Los propios padres gozan de autoestima positiva.
La ausencia o distorsión de cualquiera de estas condicionantes
repercutirá en la manera en que el adulto se verá a sí mismo y a los
demás. La carencia de pautas en el individuo conllevará al desinterés, a
la desadaptación, a actuar en forma irresponsable y en base a valores
difusos. La falta de poder instigará la dependencia, el sentimiento de
inferioridad y la inseguridad. Las relaciones que el individuo buscará
establecer tendrán una connotación de sumisión y/o arbitrariedad, pues
querrá obtener el mayor control al mínimo esfuerzo. El adulto que se vio
limitado en su demanda de singularidad, presentará notorias inhibiciones
en su contacto social, será poco flexible y exacerbado en su afán de
perfeccionismo. La escasa o nula vinculación se manifestará como una
actitud de resentimiento, falta de generosidad, narcisismo y/o una
marcada desconfianza hacia los demás.
No obstante, estas condicionantes distan de transformarse en reglas. En
el fenómeno de la resiliencia, Kotliarenco (1994), plantea que existen
casos de niños que a pesar de crecer rodeados de un medio con factores
de riesgo social y de vivir permanentemente en situaciones de estrés,
logran no adaptarse a los modelos de su medio y, contra todo pronóstico,
llegan a tener una vida saludable, alcanzan metas académicas,
realización personal y logros económicos. Algunos autores han explicado
este proceso con la presencia de una condicionante básica: la
afectividad. El hecho de que estos niños reciban cariño incondicional de
al menos una persona, puede ser un factor de intervención positiva que
altera el curso del desarrollo, protegiendo a estos menores de la
agresión ambiental.
En el mejor de los casos, la presencia de las condicionantes en el lecho
familiar permitirá un desarrollo pujante que se completará en forma
sucesiva -más que simultáneamente- gracias a la cooperación de otros
agentes de vital importancia, como son el grupo de amigos o pandilla,
las primeras relaciones afectivas con el sexo opuesto, el colegio y
otras instituciones o agrupaciones de referencia. Así, al final del
proceso encontraremos a un adulto íntegro que reúne una serie de
atributos de no fácil detección. En la gestualidad, la expresión y los
movimientos de este adulto se observa armonía y felicidad. Los logros y
fracasos son expuestos de la misma manera, directa y francamente. Están
abiertos a recibir críticas, pues son flexibles y les interesa obtener
el mayor provecho de las posibilidades que le ofrece la vida. El adulto
con autoestima positiva es capaz de trabajar incesantemente por los
objetivos que se ha planteado, es consciente, a la vez responsable de
sus actos. En él está presente la espontaneidad, se alegra de recibir
expresiones de cariño, mientras que nada lo limita a ofrecer sus propias
manifestaciones de afecto.
En lo corporal y lo relativo a la gestualidad es posible identificar
ciertos indicadores que revelan la presencia de un adulto con autoestima
positiva. Algunos de ellos, adaptados de Branden (1993) se indican a
continuación.
· Ojos vivaces y brillantes. Mirada clara.
· La voz modulada con intensidad adecuada a la situación. Pronunciación
clara.
· El rostro exhibe un color natural y una piel tersa (salvo casos de
enfermedad).
· El mentón está erguido de manera natural.
· La mandíbula, el cuello, los hombros y las extremidades están
relajadas.
· La postura es erguida, el andar es resuelto.
Elementos de Diagnóstico
Existe cierta correspondencia entre los rasgos que identifican a la
personalidad neurótica, descrita por Horney (1984) respecto a lo que
hasta aquí se ha descrito como autoestima baja. En primer lugar, la
necesidad imperiosa o excesiva dependencia de la aprobación o afecto de
parte de los demás. Esa ansía es particularmente notoria, aunque se
demuestre bajo el clisé "y a quién le importa". El adulto neurótico
quiere recibir afecto, pero a la vez, choca con su propia incapacidad de
sentirlo o de ofrecerlo. Puede mostrarse en exceso amable y afanoso en
ayudar a todo el mundo, pero entre líneas se puede distinguir que actúa
bajo compulsión y no por espontáneo calor afectivo. Por otra parte, está
la inseguridad, que lo lleva a sentirse menos o actuar de manera
inadecuada. Tienen sentimientos de inferioridad, ideas de incompetencia
y de fealdad que pueden no estar realmente fundadas o en lo cierto.
Estas impresiones y sentimientos pueden aparecer bajo la fachada de
preocupaciones y lamentaciones o bien, como compensaciones de elogios y
alardes acerca de sí mismos. Las personalidades neuróticas presentan
además, inhibiciones en su autoafirmación. Esto es, dificultades para
expresar con seguridad lo que sienten o piensan, para expresar críticas
justificadas, tomar decisiones, oponerse en forma explícita o dar
instrucciones. Tienen que encubrir todas estas necesidades con
eufemismos o modos rebuscados. No obstante, el defecto en la
autoafirmación puede darse en el sentido contrario, presentándose el
individuo en forma avasalladora, intrusa y hostil. Se sienten engañados
u ofendidos con facilidad, frente a lo cual responde con demandas
ofensivas y presuntuosas.
Las actitudes que describen al adulto con deficiencias en su
autoestimación estarían presentes, de algún modo, en las personalidades
neuróticas. En estas últimas el miedo y la angustia son piezas claves
que mueven al individuo a desarrollar mecanismos defensivos contra tales
temores y alternativas de solución que conllevan un enorme desgaste
energético para ellos. En un sujeto con baja autoestima el miedo también
está presente, pardadojalmente es un miedo tanto a ganar como a perder,
pues lo que obtenga de sus intentos no va tener la "cualidad real", si
no una sustitución, lo que dicte la propia percepción de sí mismo.
Instaurada esta complejidad, el individuo con baja autoestima idea
modalidades especiales a fin de lograr el cariño que tanto anhela. Lo
hace a través del soborno, el llamado a la caridad, la invocación a la
justicia o por medio de las amenazas. En cada uno de ellos va creciendo
la cuota de hostilidad. Sin querer caricaturizar sus esfuerzos, la
manera en que este individuo plantea su demanda de afecto puede adquirir
la forma de clisés o grafitis. El que soborna pareciera decir "te amo,
por lo tanto, debes amarme y dejarlo todo por mi"; el llamado a la
caridad parece expresar "tienes que amarme, porque sufro y estoy
indefenso"; en la invocación de justicia el mensaje es "he hecho todo
esto por ti y tú ¿qué has hecho tú por mi?"; en cambio, el que amenaza
plantea directamente "si no me amas, entonces, ya verás". Finalmente,
cuando ya los recursos anteriores no dan resultado, la llamada puede ser
"de todos modos ya nadie me quiere, así es que mejor me quedo en este
rincón, para que nadie me desprecie".
Es muy factible que el afecto dedicado a tales personas suscite en ellas
desconfianza y ansiedad. Reaccionan como si ceder a esa libre y sincera
expresión los capturara en una telaraña de sufrimiento, pudiendo
experimentar hasta pánico ante la sospecha de que alguien le ofrece
cariño sincero.
En el adulto con autoestima baja, es posible reconocer algunos de los
indicadores siguientes, propuestos por García, D´Anna et al. (1999).
· Autocrítica dura y excesiva que mantiene al individuo en un estado de
hipervigilancia e insatisfacción consigo mismo.
· Hipersensibilidad a la crítica, por la que se siente exageradamente
atacada/o, herida/o. Tiende a echar la culpa de los fracasos y las
frustraciones a los demás (extrapunitivo) o a la situación (impunitivo).
Cultiva resentimientos tercos contra sus críticos.
· Indecisión crónica, no por falta de información, sino por miedo
exagerado a equivocarse.
· Deseo innecesario por complacer, por lo cual no se atreve a decir un
"no rotundo". Puede más el miedo a desagradar y a perder la buena
opinión del peticionario.
· Perfeccionismo, como autoexigencia esclavizadora de hacer
"perfectamente" todo lo que intenta. Esto le conduce a un
desmoronamiento interior cuando las cosas no salen con la perfección
exigida.
· Culpabilidad neurótica, por la que se acusa y se condena respecto de
conductas que no siempre son objetivamente malas; exagera la magnitud de
sus errores y faltas y/o los lamenta indefinidamente, sin llegar nunca a
perdonarse por completo.
· Hostilidad flotante. Esto es, irritabilidad a flor de piel, siempre a
punto de estallar aún por cosas de poca importancia. Actitud propia del
hipercrítico a quién todo le sienta mal, todo le disgusta, todo le
decepciona, nada le satisface.
· Tendencia defensiva. Es un negativo generalizado (todo lo ve negro: su
vida, su futuro y, sobre todo, su sí mismo) y una inapetencia
generalizada del gozo de vivir y de la vida misma.
Aunque una baja autoestima no significa ni es sinónimo de psicopatología,
como rasgo se la encuentra presente en una serie de trastornos de índole
psicológico, como síntoma central, complementario o en combinación con
otros. El CIE -10 , por ejemplo, distingue en la etiología de las fobias
sociales, que suelen acompañarse de una baja estimación de sí mismo y de
miedo a las críticas.
En el adulto y en el adulto mayor, la autoestima sigue condicionando la
satisfacción, independiente de cual sea el tema central de cada una de
estas etapas. Al constituirse por percepciones y afectos relativamente
permanentes acerca de sí mismo, una parte importante de la autoestima
personal se desplaza sin mayores alteraciones a lo largo de la vida,
mientras que otro tanto sufre leves modificaciones. Las disminuciones de
mayor consideración en la autovalía están en estrecha relación con la
intensidad, la duración, el significado y la amplitud del estímulo
gatillante; así como el estrés adopta distintos índices de gravedad,
dependiendo de la espectacularidad del trauma y su recurrencia. La
pérdida de un ser querido, por ejemplo, puede incidir de manera
importante en la vida afectiva de sus parientes más cercanos. El
sentimiento de culpabilidad -presente en la pareja o el padre-
sobreviene después de la pérdida, convirtiéndose en una incesante fuente
de mortificación y desamparo, al punto que llega a desarrollar un
importante rencor contra sí mismo. La falta crónica de trabajo, puede
despertar gradualmente una sensación de hastío intolerable, carcomiendo
la certeza que el sujeto puede tener acerca de sus verdaderas
capacidades.
Sea o no de manera consciente, el juzgarse y rechazarse a sí mismo
provoca un tremendo dolor. Un adulto normal, en tales condiciones, se
inhibe de asumir riesgos sociales, académicos o profesionales. Junto a
su vida afectiva, la sexualidad sufre importantes trastornos. Como se
señaló anteriormente, el adulto levanta barreras defensivas. Puede
enrabiarse consigo mismo y con el mundo o sumergirse en un empeño
perfeccionista. O recurre al alcohol o a las drogas.
En el diagnóstico de la valoración de sí mismo es posible reconocer dos
tipos de problemáticas. Para cada una de ellas la intervención
terapéutica requiere de distintas modalidades.
Baja Autoestima Situacional
Se manifiesta o abarca sólo áreas concretas dentro de la vida del
sujeto. Por ejemplo, una persona puede confiar en sí mismo como padre,
en el círculo social, como cofrade de un determinado credo y como pareja
sexual, pero puede presentar serias aprehensiones o nulas expectativas
de alcanzar logros dentro de su profesión.
Baja Autoestima Caracterológica
Esta disminución tuvo habitualmente su origen en experiencias tempranas
de abandono, descalificación, abuso o maltrato. La sensación de
"maldad", "culpa", "inmerecimiento" o "incompetencia" es más global,
tendiendo a cubrir varios aspectos o ámbitos de la vida de la persona.
En estos casos la persona con baja autoestima aparece inhibida en forma
permanente y generalizada. Por ejemplo, un sujeto hosco, que agrede
verbalmente a quienes trabajan con él, se impone una exigencia
desmesurada, trata de influir en la vida pública, no se compromete en
forma estable con un pareja sexual, etc.
Consideraciones Terapéuticas
¿Se puede recuperar la autoestima?. Desde la mitología griega llegó
hasta nuestros tiempos la historia del artista que esculpió la estatua
de una mujer bellísima. Se afanó tanto en su creación que al concluirla
no pudo si no enamorarse de tal deidad. La Diosa Venus se apiadó de sus
súplicas y en premio a su virtuosismo le concedió vida a la estatua. A
partir del mito, Bernard Shaw escribió la obra teatral Pigmaleón. En
ella, un profesor decide transformar a una rústica mujer en una
distinguida dama, gracias al obstinado aleccionamiento que le
proporciona en su uso del lenguaje. My Fair Lady es el nombre de la
comedia musical que, más tarde obtuvo la fama ya conocida. Si las
expectativas de una persona pueden influir en el comportamiento de otra,
esa influencia también es posible cuando tales esperanzas provienen de
la misma persona. El propio destino se puede crear si existe en las
personas la firme determinación de realizarlo. Quizá se deba partir
entendiendo cómo las ideas y sentimientos que cada uno tuvo acerca de sí
mismo en el pasado, llegaron hoy en día a transformarse en realidad.
Pero, ¿qué nos pasó en el camino?.
Desde la psicología misma recibimos mensajes acerca de lo deseable que
es formar a un niño con un "ego fuerte", que "tenga personalidad" o
"carácter". No obstante, el poseer una idea de este tipo acerca de sí
mismo es sólo una abstracción o idea. En la medida que el joven en
ciernes o el mismo adulto está preocupado y pendiente de esta idea fija
acerca de sí mismo, pierde el contacto con su vivencia real tal cual
ésta fluye. Mientras esta idea le quita el sueño a una buena parte de la
población, hay quienes ya se creen envestidos de "carácter", parecen
autómatas, útiles a la sociedad, rígidos y predecibles.
Nuestros adultos comienzan a identificarse con una idea de sí mismos en
vez de hacerlo con la realidad de sus sentimientos y experiencias
actuales. Su vida se divide entre imagen y realidad, entre lo que se
piensa que se es y lo que realmente se es. Se produce en el adulto una
suerte de fragmentación de la consciencia, pues cuando intenta lograr su
propósito -laboral, económico, profesional, etc.- se vuelve presa de los
temores al fracaso. Surge luego, la necesidad de impresionar
favorablemente, pues él no quiere echar a perder su imagen en quien le
importa. Expectativas y miedos se perpetúan consecutivamente, en una
suerte de espiral. El adulto quiere alcanzar el criterio de estimación o
aceptación contra sus propios miedos, aunque ese criterio no guarde
relación alguna con su verdadera esencia.
En la terapia guestáltica se busca precisamente unir estos fragmentos
del hombre en un todo coherente y armónico. Para esta vertiente
terapéutica es posible recomponer la comunicación entre las ideas acerca
de sí mismo con las reales vivencias. La capacidad de insight permite
re-conocer las sensaciones y experiencias, otorgándole al individuo una
nueva oportunidad, la de aceptar esa experiencia tal y como ella es.
Existen ejercicios para ampliar el propio estado de la consciencia ...
Bibliografía consultada
· Clemes, Harris & Bean, Reynold; "Cómo desarrollar la autoestima en los
niños". Editorial Debate, 1998.
· Davis, Flora; "El lenguaje de Los Gestos". Editorial Paidós, 1987.
· Mckay, Matthew & Fanning, Patrick; "Autoestima: Evaluación y Mejora".
Editorial Martínez Roca, 1991.
· Coopersmith, S; "The antecedents of Self-Esteem". W. H. Freeman and Co.,
1967.
· García O. Verónica, D´Anna Guillermina, Pedreza Laura & Scutti,
Pamela;"Autoestima". www.monografías.com., 1999.
· Stevens O. John O; "El Darse Cuenta". Editorial Cuatro Vientos, 1988.
· Pauchard Hafemann, Héctor & Pauchard Cortés, Paulina; "Reglas para
mantener y mejorar la Salud Mental".
· Kotliarenco, M; Cáceres, I & Alvarez, C; "Resiliencia: Construyendo en
Adversidad". CEANIM, 1999.
· Dyer, Wayne W.; "El Cielo es el Límite". Editorial Grijalbo, 1998.
· Fuentes, María Eugenia & Lobos, Lucía; "Adolescente Embarazada,
Programa de Apoyo Emocional". Editorial Universitaria (1995).
· Horney, Karen; "La Personalidad neurótica de nuestros tiempos".
Editorial Paidós, 1984.
· Ribeiro, Lair; "Aumente su Autoestima". Editorial Urano, 1997.
· Branden, Nataniel; "Honoring The Self. The Psychology of Confidence
and Respect. Bantam Books, 1993.
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