Es el resultado de una educación basada en lo intelectual. Creemos
que con entender es suficiente para una actuación coherente, sin ser
conscientes de que a la hora de actuar intervienen diferentes factores
que no controlamos y que hacen que esa actuación no coincida con la que
habíamos dicho que iba a ser, lo que nos lleva azoradamente a
justificarnos con demasiada frecuencia.
Y es que en toda actuación, por muy buenos intérpretes que seamos, lo
que trasluce es lo que sentimos. Sentimientos que son el fruto del
ambiente en el que se ha vivido y del aprendizaje que se haya tenido.
Creer que porque entendemos, ya transformamos lo que sentimos es un gran
error que está teniendo fatales consecuencias. Los sentimientos sólo se
transforman a través de la comprensión.
Esto nos lleva a que, en primer lugar, sea preciso delimitar
conceptualmente lo que es entender y lo que es comprender. Entender es
discurrir, inferir, deducir, lo cual nos permite añadir conocimiento y
variar la forma de interpretar los hechos. Comprender es incluir en uno
algo, es sentir, lo que hace que podamos modificar lo que sentimos con
respecto a las concepciones. Mientras lo primero tiene lugar en la
mente, lo segundo lo es en el corazón, luego quedarnos en la mente es
decidir por ignorar lo que sentimos.
Esta disquisición no es por entrar en debates filosóficos, ni mucho
menos, sino porque se está ante una realidad que empieza a ser
preocupante para las empresas. Aunque objetivamente se está en los
niveles tecnológicos más altos de la historia, el índice de volatilidad
sobrepasa holgadamente el 30%, el de fidelización es mínimo y el coste
por conseguir un cliente nuevo está siguiendo una curva exponencial. Es
decir, a pesar de ser mejor que nunca en lo que se hace, el cliente cada
vez es más mercenario. O dicho con otras palabras, en lugar de estar
aumentando la convergencia con el cliente, se ha entrado en una
situación caracterizada por la divergencia creciente con él.
La solución que reiterada y enfáticamente se propone es que debemos
poner al cliente en el eje de la gestión. Y aquí es donde aparece
nítidamente la gran trampa que supone el que la mente haga de parada y
fonda. Inmediatamente que oímos esa frase, y de forma especial los
técnicos, no es raro que tengamos la reacción displicente de: “Pero,
¡por favor! ¡Cómo se puede venir a estas alturas de la película con
estas simplezas!” y nos quedamos tan tranquilos. Estamos tan
racionalmente convencidos de que tenemos al cliente en el eje de la
gestión, dado que intelectualmente no tiene la menor discusión, que no
vemos que si alguien nos lo está diciendo no es porque sea una novedad,
sino porque objetivamente ese cliente no está siendo el eje de nuestra
gestión.
Estamos convencidos que por aceptarlo racionalmente hemos transformado
el sentimiento de cliente que tenemos. Y no es así. Creer que porque
implantamos el servicio al cliente o ponemos en marcha un call center o
hay más gente en la calle que nunca o…, ya tenemos al cliente en el
centro de nuestras decisiones, es, sencillamente, un autoengaño. Todavía
la producción y el producto siguen absorbiendo nuestra energía, todavía
siguen primando la experiencia y las habilidades a la hora de contratar
profesionales, todavía siguen brillando por su ausencia las inversiones
en conocer de verdad a ese cliente y todavía no se le sigue viendo más
allá de una cifra de ventas.
Somos hijos de la educación intelectual y mientras no consigamos que la
mente deje de ser parada y fonda, seremos presa de la incongruencia.
Afirmar que el cliente es el rey y no tener como máxima preocupación la
de llegar a saber, auténticamente, qué es lo que le hace decidirse por
uno u otro proveedor es un contrasentido monumental. Declarar
solemnemente que se están satisfaciendo las necesidades del cliente y
tachar de humo que lo que busca ese cliente es vivir su sueño de
reconocimiento o de libertad, también es un dislate colosal. Es
imperioso, por tanto, trascender la mente y llegar al corazón para,
desde ahí, comprender lo que realmente significa que el cliente es el
eje de nuestra gestión.
Y es indispensable porque mientras nuestra vocación no sea la de hacer
que el cliente se sienta tranquilo, mientras nuestra inclinación natural
no sea la de ser un auténtico compañero de viaje de ese cliente,
podremos hacer “el más difícil todavía”, pero no convergeremos con él.
En resumen, el funcionamiento de nuestra vida no sólo viene determinado
por la inteligencia racional sino que la emocional tiene un protagonismo
relevante. Quedarnos en la primera es rechazar que aunque tengamos
intención de hacer algo, no lo haremos hasta que una emoción nos
induzca. Es decir, como afirma Marguerite Yourcenar, “hay que escuchar a
la cabeza, pero dejar hablar al corazón”.
Jesús María Fernández Acebes

Doctor Ingeniero Industrial en Marketing Industrial.
Profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao.
Consultor en implantación de la Política de Fidelización.
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