Ya había estado allí. En mi anterior visita, el lugar estaba en
construcción. Ya se vislumbraba como algo espectacular, fuera de lo
común.
Desborda diseño, buen gusto, mucha dirección para cubrir una enorme
cantidad de detalles y por sobre todas las cosas: mucho amor. Se trata
de un salón para eventos emplazado en seis hectáreas totalmente
parquizadas.
En este último viaje, me dediqué a reflexionar sobre la razón que nos
impulsa a emprender un negocio. ¿Qué buscamos?, me preguntaba mientras
recorría el parque y observaba los cientos de metros cuadrados de techo
del salón principal. Una obra maravillosa en una ciudad pequeña del
interior. No creo equivocarme si aseguro que en Capital Federal y GBA no
hay, y dudo que vaya a haber, algo similar.
Escuché varias veces a nuestro anfitrión contar algunos pormenores de la
obra y algún que otro sinsabor frente a los resultados económicos del
emprendimiento. Sentía que se esforzaba en sostener su sueño (que ese
maravilloso espacio permitiera generar ingresos suficientes para
justificar, ya no su construcción, sino su supervivencia). Sentía que se
aferraba a su sueño. A ese sueño que no admite que alguien desde afuera
le meta mano, ni opine. A ese sueño que no admite alguna evaluación de
viabilidad económica. A ese sueño que nos va aislando, alejándonos de
los otros.
Carl Jung sostenía: "Tu visión se aclarará solamente cuando mires dentro
de tu corazón... El que mira fuera sueña. El que mira hacia adentro,
despierta."
En esta ocasión los visitantes fuimos muchos. Entre las conversaciones
no faltó alguno que opinara que había sido una "locura" construir ese
lugar. Había resultado una obra faraónica inviable para esa ciudad. Yo
mantuve silencio. Seguía ensimismado preguntándome: ¿qué buscaba su
dueño?
Opinar desde afuera es fácil. Con los resultados en la mano no se
necesita mucho ingenio para condenar al soñador. Incluso, sin los
resultados, es fácil pinchar globos.
Pensé en la cantidad de sueños que perseguí a lo largo de mi vida. En
aquellos que logré plasmar y aquellos otros que se quedaron en el
camino, sin concretarlos. Pensé en esa fuerza interior que a uno lo
impulsa a despegarse de la tierra y volar. Pensé también en esa profunda
sensación de fracaso que me embargaba cuando me daba cuenta que todo
había resultado un sueño (ilusión). Pensaba en la soledad en la que me
encontré unas cuantas veces. Incluso, hasta logré sentir el sonido
lejano de alguna voz que me decía: "¿te diste cuenta que era un error? "
No pude dejar de pensar en todo esto, mientras escuchaba a su dueño que
justificaba el fracaso económico por no contar con capacidad hotelera.
"La gente no viene aquí porque no tiene lugar para quedarse".
Pensé sobre lo difícil, y doloroso, que resulta abrazar al fracaso.
Pensaba también en lo aliviador que termina siendo cuando nos hacemos
amigos del error cometido. Es el momento en el que nuestros pies vuelven
a posarse sobre el suelo. Desde allí, todo pasa por centrarse en lo que
tenemos y no en lo que nos falta. Si asumimos el fracaso, todo lo que
logremos, de allí en más, será acertado. Continuando con las
apreciaciones de Carl Jung: "El conocimiento descansa no sólo sobre la
verdad, sino también sobre el error".
Nos presionan (genética y socialmente) para que seamos exitosos en lo
que hagamos. Está en nosotros romper con las presiones y conectarnos con
nuestra propia voz, esa que nos permite sentirnos en el lugar y en el
tiempo exacto. Esto no es fácil, requiere, entre otras cosas,
entrenamiento, ya que muchas veces no nos damos cuenta cuando nos habla,
incluso a través de alguna enfermedad (el dueño del lugar hace un mes ha
sufrido un infarto). Es posible que necesitemos ayuda; es bueno
ejercitarnos también en eso de pedir a otros que nos ayuden. También es
posible que adoptemos el camino del sufrimiento y nos quedemos en todo
aquello que no tenemos, pretendiendo seguir soñando.
Aunque no nos demos cuenta, está en nosotros ser libres o permanecer
presos de nuestros sueños.
Oscar Osvaldo Conti ocontiarrobaooconti.com.ar
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