En las iniciativas de formación de directivos, el trabajo en equipo y la participación en reuniones han venido siendo materias frecuentes; al abordarlas, hay tendencia a distinguir roles entre los miembros o participantes, y a desplegar procedimientos para la toma de decisiones.
Uno de estos métodos para decidir en equipo, las “decisiones por
consentimiento”, parece ofrecérsenos como alternativa a considerar, y
cabe someterlo a examen.
En una de mis recientes conexiones a Internet, casi siempre
serendipitosas, di con un curso on line sobre estos temas (“Curso de
Formación en Habilidades Directivas de Trabajo en Equipo”) en el portal
de CECALE, Confederación de Organizaciones Empresariales de Castilla y
León (cecale.es/trabajoenequipo/), institución visiblemente interesada
en la formación a distancia, tal vez para atender las necesidades de sus
asociados sin que medien desplazamientos evitables de los participantes.
Este interesante curso para directivos parece ilustrar sobre las
diferencias entre lo que denomina trabajo en grupo y lo que define como
auténtico trabajo en equipo, y hace un despliegue de las competencias
precisas en el funcionamiento de los equipos, para proporcionar luego
claves de desarrollo. Pero, hablando específicamente de la celebración
de reuniones y bajo el título “Los roles en las reuniones”, se
profundiza en tres diferentes roles: coordinador (liderazgo), moderador
(perfil serio, riguroso) y animador (perfil benévolo).
Sobre roles
Llegué a un paso en que se me pedía señalar en una lista las cualidades propias de un buen moderador, y el sistema, a la vez que validaba respuestas como “claridad de ideas”, “temperamento decidido” o “capacidad de síntesis”, rechazaba otras como “inteligencia emocional”, “habilidad para persuadir” o “disponibilidad”. Quizá se deseaba subrayar la diferencia de perfil entre el moderador (más cognitivo) y el animador (más emocional), pero me quedé dudando; yo creo, en fin y por concretar, que la inteligencia emocional —como otras cualidades positivas— es conveniente, y aun necesaria, para todos siempre, y también en las reuniones.
La verdad es que yo, después de asistir a numerosas reuniones en una gran empresa a lo largo de 30 años, no sabría distinguir bien estos papeles, y además los confundiría con otros de que también se habla en otros cursos, como el rol de facilitador, por no referirme también a los roles de Belbin, o recordar que a veces utilizamos estos términos como sinónimos. De hecho, quizá sólo me atrevería a distinguir con rigor entre convocados y convocantes, aunque para todos postularía un buen dominio de las competencias conversacionales, entre otras necesarias. Puede que la clave —de los roles— esté en profundizar en los distintos tipos de reuniones en la empresa; reuniones para:
· Comunicar cambios, resultados, etc.
· Construir relaciones de confianza.
· Aprender en equipo, mediante el diálogo.
· Explorar posibilidades u oportunidades.
· Establecer planes de acción.
· Realizar el seguimiento de los planes.
· Encarar obstáculos y solucionar problemas.
· Llegar a las mejores conclusiones o decisiones.
· Distribuir tareas o responsabilidades.
· Estudiar mejoras e innovaciones en procesos o productos.
Debo aclarar que esta improvisada lista es mía y no del curso de que les
hablaba; pero puede que, en efecto, cada tipo de reunión —e incluso cada
reunión particular— precise de un singular reparto de roles; o que
simplemente precise de un buen despliegue de efectividad por parte de
los intervinientes.
Sin duda éstos —todos los participantes— precisan de facultades
cognitivas como el análisis, la síntesis, la alegación y la indagación,
y de habilidades sociales como la escucha, la comunicación, la empatía o
la colaboración sinérgica, entre otras, sin olvidar el recurso intuitivo
ni, desde luego, la inexcusable dosis de conocimientos conscientes.
Volviendo al curso ofrecido por CECALE, llegué a otro ejercicio en que
había que elegir entre el animador y el moderador, para cubrir la
siguiente función:
“Velar por que el sistema de influencia en las decisiones se base en la
información y en el apoyo de razones y datos contrastados y no en
suposiciones, impresiones o creencias”.
Ésta es, en efecto, una función que corresponde al moderador (acerté en
mi respuesta), pero es que yo, sin cuestionar la necesidad de contrastar
los hechos antes de decidir, me quedé pensando si no estaríamos
perdiéndonos, en algún caso, la ayuda de la denominada inteligencia
intuitiva.
La verdad es que, aunque el propio Bill Gates advierte que uno ha de
guiarse a veces por la intuición, existe ciertamente una tendencia
generalizada a guiarse en las empresas por la razón y los datos
disponibles —el racionalismo reduccionista (o el reduccionismo
racionalista), podría quizá pensarse—, y mantener las intuiciones, e
incluso a veces los sentimientos y emociones, en la clandestinidad o la
semiclandestinidad.
Temo que casi nunca podemos estar seguros de disponer de toda la
información necesaria, ni de haberla consultado con suficiente atención,
pensamiento crítico, objetividad, y reflexión sistémica.
En la denominada Sociedad de la Información, estamos —se dice—
inundados de ésta, pero sedientos de conocimiento; hay que recordar que
entre la información disponible en diferentes soportes y el
correspondiente conocimiento preciso para decidir, hay una especie de
terra incognita, de hiato, de obstáculo, que no siempre superamos. A
veces disponemos de datos tanto para decidir en un sentido, como para
hacerlo en el opuesto, y esto exige un esfuerzo extra de análisis
racional, pero quizá también una posterior ayuda de carácter intuitivo,
que haga emerger elementos subyacentes.
Hay seguramente muchos directivos en todo el mundo que se muestran de
acuerdo con Peter Senge, cuando nos dice: “La elección entre razón e
intuición, o entre cabeza y corazón, no reza para los individuos dotados
de un alto nivel de dominio personal, como tampoco se les ocurriría
caminar con una sola pierna ni mirar con un solo ojo”. Y cabe recordar
igualmente aquella práctica de los seis sombreros de colores, que nos
proponía Edward De Bono; refiriéndome sólo a la pareja de colores blanco
y rojo, el conocido gurú nos propone alternar entre el atenerse a los
hechos y la razón (blanco), y el escuchar a nuestros sentimientos e
intuiciones (rojo). En esta recomendación coinciden ciertamente otros
muchos expertos, pero cada empresa, o cada ejecutivo o directivo, elige
las voces internas y externas a que orientar su escucha antes de
decidir.
Toma de decisiones
Sigamos hablando de la toma de decisiones, cosa que se hace de modo
participativo en muchas reuniones y que, a mi modo de ver, se hace a
menudo por consenso pero otras veces por cansancio, si me permiten una
dosis de ligereza.
En el curso on line a que me refería se recuerda el proceso racional
para llegar individualmente a la mejor decisión en cada caso, pero se
nos sitúa en el escenario de las reuniones para identificar diferentes
formar de decidir en equipo.
En la lección correspondiente, se contemplan decisiones por:
§ Influencia del que dirige.
§ Promedio, en decisiones cuantitativas.
§ Votación, ganando la mayoría y vinculando a la minoría.
§ Negociación, buscando equilibrio.
§ Consenso, de modo que todos compartan la decisión.
§ Consentimiento, cuando los demás consienten aunque sea con reservas.
Si tuviera que elegir, preferiría quizá el consenso; pero, siendo a
menudo difícil de conseguir, este curso on line parece aconsejar las
decisiones “por consentimiento” en el trabajo en equipo, y se extiende
solamente en esta opción. Buscando información en Internet, descubrí que
esta fórmula —“decisions by consent, not consensus”— era utilizada, por
ejemplo, en reuniones de religiosos, como también en el ejercicio
político (“The consent principle”) y en otros ámbitos; y que se asocia
con un modelo “sociocrático” de organización (desarrollado por Gerard
Endenburg).
El hecho es que, si no me equivoco, en el consenso uno considera suya la
decisión (en general, la defiende y se muestra satisfecho), y en el
consentimiento uno la considera ajena, no la objeta (o la objeta, pero
sus argumentos no convencen a los demás) y la acata.
Todo depende, pero yo diría que uno se siente más comprometido cuando ha
participado en la toma de decisiones, y que en la empresa se viene
predicando la participación, y aun el empowerment.
Creo además que lo más extendido es vincular el trabajo en equipo con
el consenso, de modo que efectivamente me sorprendió e interesó esta
propuesta de CECALE, hasta el punto de prolongar mis consultas en
Internet buscando referencias sobre las decisiones por consentimiento:
no se encuentran muchas, en realidad.
Como les había propuesto al hablar de las reuniones, yo sugeriría
distinguir tipos de decisiones a tomar: las estratégicas, las tácticas,
las preventivas, las reactivas, las que afectan a personas, las de
elección de candidatos, etc.
Quizá, según los casos, proceda optar por el consenso, por el
consentimiento, o por otra de las alternativas (o por una combinación
adecuada). No obstante, llamaría sobre todo la atención del lector
—aunque dudo que haga falta— sobre el hecho de que personas muy
inteligentes toman en ocasiones decisiones equivocadas, cuando se
sientan juntos para hacerlo: de esto ya advierten muchos expertos.
El curso para directivos castellanoleoneses parece, en efecto, apostar
por las “decisiones por consentimiento”, y parece tener fundamentos para
hacerlo. Concretamente, se lee: “Muchas personas, cuando oyen por vez
primera hablar sobre el concepto de toma de decisiones por
consentimiento, están incómodas con él, porque da la impresión de que ya
sea por la repugnancia de los participantes a objetar o bien por el
deseo de los antagonistas de objetarlo todo, el proceso se vuelve
ineficaz. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que no es ningún
problema cualquiera de estos impedimentos que aparentemente
obstaculizan”.
También podemos leer: “La toma de decisiones por consentimiento con su
estilo informal es muy natural. Cada uno de nosotros constantemente usa
el consentimiento informal para tomar decisiones en la vida de cada día
con los compañeros de la empresa o con los amigos. Al margen de la
cultura, el consentimiento informal impregna el proceso normativo en la
alta dirección de las organizaciones”.
Y más al respecto: “Ya sea los ancianos de una tribu o los ejecutivos de
más edad de una corporación Occidental grande, la condición de miembro
experimentado depara respeto indiscutible y paridad funcional con los
otros miembros del círculo superior. Si uno de ellos formula argumentos
que presentan una objeción a un curso de acción propuesto, se plantea
una discusión y se toma una acción diferente. En el día a día, no se
votan las cuestiones, y la cabeza de la organización, ya sea el jefe de
la tribu o el presidente corporativo, no trata de imponer”.
Todo esto mereció mi atención e interés porque yo había estado situando
el consenso en la génesis del trabajo en equipo, aun siendo consciente
de la dificultad que entraña; de hecho, allá en los primeros años 90, mi
entorno me atribuía un cierto rechazo o incapacidad para el trabajo en
equipo, y se me tenía por inflexible e individualista. Quizá, al
trabajar en equipo, haya ciertamente que actuar por consenso en unos
casos, y por consentimiento en otros, sin descartar otras fórmulas.
Una digresión
Si acceden a este curso, observarán que su contenido es intenso en los
fondos, y sobrio, textual, en las formas: podría aparecer en Word o
PowerPoint, como libro electrónico. Me llamó la atención porque el
e-learning nos ha venido ofreciendo también, desde hace cuatro o cinco
años, cursos o píldoras on line de gran aparato gráfico (que seguramente
encarece el producto), y cuyo contenido didáctico ha sido a veces
modesto y cuestionable.
Diríase que, en e-learning y hasta el momento, parecían imperar a menudo
las formas audiovisuales sobre los fondos didácticos, de modo que, por
ejemplo, podíamos seguir cursos con audio en que simplemente
escuchábamos lo que ya podíamos leer en pantalla, o cursos con gran
despliegue de animación e interactividad, sin que ello nutriera siempre
el aprendizaje de modo significativo. Aunque pueda haber desde luego
diseños de alta calidad, voces autorizadas han denunciado que el
e-learning no estaba generando aprendizajes suficientemente
significativos. Cabe, además y por ejemplo, recordar que un destacado
proveedor, Fycsa, ahora integrado en “élogos”, aconsejaba en 2003 a sus
clientes que dosificaran sus inversiones en contenidos on line,
recordando que en la Universidad estudiábamos con “contenidos precarios”
(se hacía referencia a “los apuntes del más estudioso de la clase”).
En efecto, sobre los contenidos de los cursos on line ha habido estos
años proveedores y clientes que parecían relativizar su importancia,
pero también proveedores y clientes que subrayaban la necesidad de
contar con diseños de eficacia didáctica, en beneficio del aprendizaje y
de la consiguiente mejora del desempeño profesional.
El lector tendrá su opinión sobre el e-learning como solución para el
aprendizaje permanente, pero creo que la eficacia didáctica —el paso de
la información valiosa a conocimiento aplicable— demanda gran atención a
diversos aspectos (rigor, claridad, aplicabilidad…) de la información
que los docentes-diseñadores hacen llegar a los usuarios de los cursos.
Esta información didáctica puede confeccionarse a menudo con
herramientas tan sencillas como el Word o el PowerPoint, y el alumno
puede consultarla en pantalla, o imprimirla para estudiarla con más
detenimiento y comodidad.
El curso de CECALE de que les hablaba podría seguirse en papel, por
no hablar de la mucha información que los directivos pueden encontrar en
Internet (artículos, informes y documentos diversos) e imprimir
igualmente, para nutrir, sin más coste que el tiempo empleado, su acervo
de conocimientos y soft skills.
Sin duda, hay temas que demandan más complejos diseños interactivos y
multimedia, y ponen a prueba la eficacia de los profesionales (docentes
y técnicos) del sector del e-learning; pero hay otros que se pueden
resolver con recursos similares a los utilizados en la formación
presencial (textos didácticos, figuras, ejercicios, lecturas
recomendadas…), asegurando la debida comunicación con el tutor. El curso
de que les hablaba no hace innecesarios despliegues gráficos, pero
proporciona información sencilla de digerir; otra cosa es que, por su
brevedad, no pueda identificar mejor los casos en que las decisiones por
consentimiento constituyen realmente una solución idónea. Y ya cierro
esta digresión sobre el e-learning.
Conclusión
Sea el lector quien valore la idoneidad del sistema de toma de
decisiones que se nos ofrece, pero, a partir de la información a que
accedí, me pareció una práctica que, resultando quizá habitual en
algunas empresas, no tenía yo registrada como postulado de la gestión
moderna. La fórmula del consenso se predica bastante más (muchos miles
de referencias en Internet en diferentes idiomas), aunque puede que se
desdibuje o adultere algo en la aplicación. Desde luego, el sistema de
consentimiento parece más rápido, aunque quizá sugiere una cierta
rigidez funcional… En todo caso, creo que habría que ver el tipo de
decisión a tomar, que no todas las decisiones han de adoptarse por el
mismo método, y que probablemente uno se compromete mucho más con las
decisiones a que ha contribuido activamente.
Casi les invitaría a considerar también, por otra parte y cuando el caso
lo aconseje, una posible conciliación entre la razón y la intuición, y a
aprovechar mejor esta última facultad; eso sí, distinguiendo la
intuición genuina de todo aquello que, aunque a veces pueda parecerlo,
no lo es (conjeturas, deseos, prejuicios, creencias, supuestos,
inferencias…). Y, en fin, sin descartar el interés del postulado sistema
del consentimiento, yo, en general, preferiría exponer mis puntos de
vista en cada reunión no desde la posición de objetor, sino evitando esa
posible connotación; aunque quizá, alcanzada una práctica regular o
habitual, desaparezca la referida connotación.
En todo caso, parece necesario un cierto clima de confianza para que
uno se anime a objetar, incluso ante la decisión de un superior
jerárquico. ¿Se imaginan a un directivo solemne, circunspecto,
mostrándose a favor de algo, y preguntando si hay objeción?
Quizá el lector se quede pensando que, en la medida en que la decisión
le afecte, prefiere el consenso; o tal vez no. Pero sobre todo, yo
percibo la dificultad de formular una objeción basada, en su caso, en
las intuiciones del objetor.
La intuición existe, y constituye una valiosa ayuda a la que parece dedicarse creciente atención por directivos y trabajadores del conocimiento; pero también habrá lectores que muestren reservas al respecto, o que consideren la intuición un arma de filo doble.
En todo caso, resulta difícil transmitir a los demás la inconfundible
sensación de certeza que acompaña a las revelaciones intuitivas, o las
reservas, también de carácter intuitivo, que nos generan determinadas
alternativas.
