Un buen amigo, dueño de una pequeña empresa, me decía que se encontraba desconcertado con la insistencia que se mencionaba la necesidad imprescindible de globalizarse.
Me indicaba, con toda razón, que respetaba las opiniones de
cualquier persona, pero que tenía serias dudas de profetas y futuristas.
La realidad no siempre les ha dado la razón, me indicaba.
La experiencia de este pequeño empresario, al igual que miles de otros,
es que sus ventas provienen exclusivamente de mercados locales.
Aun más, sus clientes habituales han sido y son sus vecinos del barrio,
sus conocidos, amigos y familiares.
De este modo ha podido vivir con holgura, comprarse una buena casa,
educar a sus hijos, viajar un poco y darse ciertos gustos. La idea de
complicarse la vida para alcanzar nuevos mercados le parece poco
atractiva.
El globo, lejos de ser uno y uniforme, está compuesto por millones de
partículas que no son para nada uniformes.
El emprendedor sabe que su localista y cerrado entorno
comercial -universo pequeño y perdido en algún rincón de Latinoamérica -
está compuesto de una pléyade de culturas diferentes. Hasta los idiomas
y dialectos que hablan sus clientes son diferentes, como sucede en La
Paz o en Guatemala.
Incluso las grandes empresas que supuestamente cubren el globo, no han
conseguido jamás ser verdaderamente "globales".
En esta era de las comunicaciones globales el Sistema Operativo Windows solo está traducido a una mínima parte de los idiomas que se habla en el mundo.
Del Catalán y el Vasco, que son parte de nuestra cultura
vernácula, no existen versiones de ese SO. De Aymará, Quechua, Maya
Quiché es muy difícil que lleguen a existir versiones en los próximos
años.
Los directivos de empresas transnacionales, educados en las más
prestigiosas Escuelas de Negocios, han probado en numerosas ocasiones
sus equivocadas perspectivas globales, tratando de imponer productos o
servicios en países que conocían por libros de texto.
Disney World y su fracaso en Europa o el mínimo éxito de Mac Donald introduciendo hamburguesas en Chile, son dos ejemplos interesantes de hacer notar.
Si para empresas de ese tamaño y recursos ha sido difícil entender lo
que sucede en otros lugares, fuera de su patio, imaginen lo que eso
representa para un pequeño empresario de nuestros países.
Se podrá creer, imaginar y hasta esperar que el mundo está convergiendo,
ahora mismo, hacia una cultura común. Durante los últimos cinco mil años
el fenómeno pareciera hacer sido inverso.
Modificar el concepto del universo que tenían los nativos de Guatemala y Bolivia, fue una tarea que iniciaron los colonizadores españoles hace quinientos años. Las poblaciones aborígenes de esos países siguen siendo la mitad de la población, hablando su propio idioma y vistiendo sus coloridos trajes tradicionales.
El esperanto fue una de los tantos intentos recientes de llegar a un
lenguaje común en toda la tierra. Sigue teniendo seguidores e incluso
existe un Sitio Web en el cual se le enseña.
Cada imperio que ha existido ha pretendido globalizar al mundo que lo
rodea. Lo intentaron en su momento los Persas, los Chinos, los Egipcios,
los Griegos, los Otomanos, los Mayas, los Incas y más recientemente los
Franceses, Ingleses y Alemanes.
No es raro que ahora quieran hacerlo nuestros buenos amigos del país del Norte, con las mejores intenciones del mundo.
Por las experiencias pasadas es difícil que lo consigan, antes de
perder su liderazgo, dando paso a un nuevo imperio.
Lo que sucede al pequeño e incluso al mediano empresario de nuestros
países es muy diferente a lo que sucede en otras regiones o países.
Entre otras cosas, siempre está demasiado ocupado en conseguir su
sustento diario, produciendo y vendiendo, para tomar muy en serio lo que
podría hipotéticamente suceder dentro de uno o dos años.
El profesor James Austin creador del curso de la Escuela de Negocios de
Harvard, "Managing in Developing Countries",
y autor del libro del mismo nombre, señala que la fundamental diferencia de hacer negocios en los países en vías de desarrollo es la naturaleza diferente del medio ambiente, el cual varía considerablemente al de los países más desarrollados.
Controles gubernamentales, dificultades para la producción,
restricciones financieras, instabilidad política, diversidad cultural
son solo algunas de ellas.
Globalizar a mi amigo es una tarea difícil que requerirá un esfuerzo
demasiado grande y largo para que alguien la tome sobre sus hombros.
Es posible que su hijo, cuando crezca y sea a su vez
empresario, ya tenga una conciencia más global que la que tiene
actualmente su padre, aunque nadie podría asegurar que se producirá ese
cambio.
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