Hoy en día, las organizaciones están cambiando. Y ese cambio se está
dando fundamentalmente en una misma dirección: hacia el cliente. No
importa que el proceso de cambio se llame calidad, servicio o
reingeniería. Dicha orientación requiere ante todo de un conocimiento
profundo del cliente y da lugar a una actividad fundamental de
mercadotecnia responsable de la tarea de comprender y predecir su
comportamiento de compra.
Este conocimiento profundo tiene el propósito de facilitar la
realización de intercambios en el corto plazo, apoyando con información
la toma de decisiones sobre producto, precio, distribución y promoción.
Y en el largo plazo, el propósito de establecer una fidelidad de marca,
proporcionando información para estrategias de segmentación de mercados,
diferenciación de productos y servicios y posicionamiento de marcas.
Orientar una empresa hacia el cliente significa utilizar este
conocimiento profundo no sólo para predecir el comportamiento de compra
de los clientes, sino para modificarlo a favor de la relación comercial
que se desea desarrollar con ellos. En otras palabras, entender mejor al
cliente, para atender mejor al cliente.
En su concepción tradicional, el papel de la Investigación de Mercados
consiste en proporcionar a la gerencia información que reduzca la
incertidumbre implícita en la toma de decisiones. El valor de la
información está en función del grado en que reduce incertidumbre; esto
es, en la medida que sea relevante y exacta. Pero también, esa
información debe obtenerse en forma oportuna y eficiente, por lo que el
costo de obtenerla no debe exceder a su valor.
La mejor forma de entender estos conceptos es imaginando la toma de
decisiones como una apuesta. Por ejemplo, en el caso de una pelea de box
de la que no sabemos quién será el ganador, apostar a favor de uno de
los contrincantes requiere, además del dinero de la apuesta, de cierta
información. Esta información puede venir de nuestra propia intuición,
es decir, basados en nuestra experiencia predecimos quién va a ganar
(nos late que el ganador será fulano).
Salvo que, en ausencia de experiencia, no sepamos a favor de quién
apostar, decidirse por uno de los dos boxeadores equivale a jugar un
volado. Una moneda al aire nos da una probabilidad de 50% de acertar al
ganador. La misma moneda, usada para comprar el periódico y leer algo
acerca de la pelea y los contrincantes, puede mejorar sustancialmente
nuestra probabilidad de ganar.
La información tiene valor, es decir, reduce incertidumbre en la medida
que es relevante para la decisión que debemos tomar. Y debe ser exacta,
precisa. No se necesita saber mucho de box para entender que el peso, la
edad, el alcance o el récord de peleas ganadas y perdidas de cada
boxeador, correctamente registrados por el periódico, nos ayudarán a
decidir mejor que su lugar de nacimiento, creencias religiosas o el
número de miembros de su familia.
La información tiene un costo, sin importar cuál sea la fuente de donde
provenga, y éste varía en función de la eficiencia y la oportunidad con
que se obtiene. Conocer las características de los boxeadores
entrevistando a cada uno de ellos personalmente resultaría tan costoso
como conseguir el periódico un día después de la pelea.
Cuando una empresa desea ofrecer un producto nuevo al mercado, está
jugando una apuesta y el responsable puede jugarla a un volado o basarse
en su intuición para tomar la decisión, pero en realidad debe considerar
¿Qué información ayuda a predecir su aceptación?
En este contexto, resulta obvio que si la información tiene valor para
quién hace la apuesta, sea precisamente el tomador de decisiones quién
pague por ella. De hecho, las empresas invierten una parte importante de
su presupuesto de operación en conocer profundamente a sus clientes.
Ignorar este principio tan sencillo puede llevar a situaciones
absurdas.
Nadie acostumbra pagar por brindar información. Ni siquiera cuando la
proporciona en forma gratuita se queda sin esperar algo a cambio, así
sea únicamente la expectativa de una mejor atención por parte de la
entidad a quien se le han proporcionado datos, sea ésta una empresa,
oficina de gobierno o asociación de cualquier naturaleza.
Por ello resulta sorprendente para el automovilista mexicano tener que
pagarle al gobierno por registrar información de su automóvil en el
Registro Nacional de Vehículos (Renave). Quienes deben pagar por ella (y
están deseosos de hacerlo) son los usuarios de dicha información: el
propio gobierno, las compañías armadoras y comercializadoras de autos,
los fabricantes y comercializadores de partes y componentes para
reposición, etc.
También los automovilistas pagarían, desde luego. Pero no al comprar un
automóvil nuevo, sino antes de vender o comprar uno usado, para saber si
le apuestan o no. Es decir, para reducir la incertidumbre implícita en
la compra de un automóvil que pertenece a otra persona.
Esta explicación no resuelve el problema, simplemente muestra que hay
una perspectiva equivocada acerca de quiénes y en qué momento son los
usuarios de la información que se pretende registrar.
Es mejor tomar decisiones con información que sin ella y ésta le sirve
al tomador de decisiones en la medida que reduce su incertidumbre, es
decir, en la medida que es relevante y exacta. El costo de obtenerla en
forma eficiente y oportuna no debe exceder a su valor y debe ser
cubierto por quién la usa, no por quien la proporciona.
Estudios: Maestría en Administración (ITESM, Campus Monterrey, México, 1977); Licenciado en Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, México, 1974) Especialidad: Su trabajo de consultoría se centra en las áreas de planeación estratégica de mercados e información para la toma de decisiones. Imparte en la EGADE el curso de Mercados y Clientes. Actividad Profesional: Fue profesor del Departamento de Mercadotecnia del Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey, y director de la carrera de Licenciado en Mercadotecnia del mismo Campus. Trabajó en Cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma en la gerencia de Planeación Estratégica, gerencia de Investigación de Mercados, gerencia de Desarrollo de Nuevos Productos, gerencia de Marcas Regionales y gerencia de Marca Dos Equis Lager y Sol. Estuvo en Publicidad Clave como director de Operaciones de la agencia y, junto con otros socios, estableció su propia agencia de publicidad, Criterio y Creatividad Publicitaria, en la que fungió como director general. Fue también director de Mercadotecnia del Grupo Financiero Banorte. Actualmente, se desempeña como consultor independiente.
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