Prevenido, sagaz, intuitivo, el aprendedor permanente

Al hablar de aprendizaje permanente en la economía del saber y el innovar, lo hacemos de un inexcusable esfuerzo discente de amplio y sinérgico espectro —hard y soft— que no siempre encaramos con plena conciencia de su necesidad y trascendencia; de un aprendizaje que, sin descartar tutelas y cursos orquestados, se muestra autodirigido, independiente; que, además de reactivo ante la cotidiana necesidad surgida, resulta proactivo, afanoso; que, sin perder de vista el puesto ocupado, se orienta con perspectiva y ambición; que, además de reforzar lo positivo del perfil, atiende a neutralizar, enseguida y en su caso, lo negativo, lo obstaculizador.

Se trata de un aprender continuo derivado de nuestro compromiso de seres humanos y basado en una rigurosa, precisa, penetrante autocrítica; una autocrítica despojada de la ceguera que al respecto nos suele caracterizar. Hemos de abordarlo con decisión, esfuerzo, amplitud de miras…, pero ¿cómo? Es un poco como lo de Darwin: las ideas de la evolución ya las tenía su abuelo, pero había que explicar cómo se producía. Estamos describiendo-calificando un aprendizaje permanente ideal, pero asomémonos al cómo se materializa —al paso de la actitud al acto—, sin menoscabo de la unicidad de cada individuo y su entorno.

Si el lector asiente, uno debe determinar las metas: en qué debe avanzar, tanto por el lado hard de nuestro perfil, como por el lado soft. Para muchos de nosotros, este último lado constituiría un mayor desafío si nos lo planteáramos con rigor y decisión, pero no solemos hacerlo y vamos a enfocar ahora el lado hard: más concretamente, la adquisición de conocimientos. Al encarar este lado hemos de desplegar dos esmeros capitales, sinérgicos y solapados, el informacional y el cogitacional. El aprendizaje permanente nos exige, en efecto y como requerimientos básicos, manejarnos bien con la información que nos rodea y cuidar los procesos cognitivos al traducirla a conocimiento aplicable.

La cosa es compleja, pero sí: para aprender debidamente, hemos de esmerarnos en los procesos cognitivos correspondientes. No es casualidad que, ya en las últimas décadas del siglo pasado y en sintonía con el lifelong learning movement, tomaran decidido impulso otras dos oportunas corrientes conectadas: el information literacy movement y el critical thinking movement. Apuntan a fortalezas inexcusables en el desempeño, pero igualmente en el propio y autónomo ejercicio discente. En esta sociedad nuestra, y si queremos protagonizar nuestra vida y nuestro desarrollo, no podemos dejar que nos lo den buscado, ni que nos lo den pensado.

La destreza informacional y la cogitacional resultan ciertamente inseparables, pero de la segunda habría muchísimo que hablar; enfoquemos ahora la primera. Vamos, sí, orientando el foco —una suerte de eslalon reflexivo con zoom final—, porque el asunto abordado es extenso y complejo; diríase, por ejemplo, que nadie se sienta un buen aprendedor si simplemente asiste a los cursos orquestados a que se le convoca, o consulta información sólo cuando le resulta imprescindible.

Dentro de la destreza informacional podríamos situar la habilidad informática y aun la informativa, pero el concepto-constructo aludido (en las universidades se viene hablando de “alfabetización informacional”) apunta cardinales facultades básicas: el individuo es consciente de lo que necesita y sabe buscarlo; acierta al analizar, evaluar y contrastar lo seleccionado; y asimismo establece conexiones e inferencias, para encajar el nuevo conocimiento en su acervo personal. Llegará el momento de aplicarlo, pero también podría ya contribuir al conocimiento colectivo de su organización.

En este manejo de la información, cabe observar el solape con el pensamiento crítico y aun con la gestión del conocimiento. En función de cuánto llega a saber el aprendedor permanente —o, casi mejor, en función de cuántos más saben lo mismo que él—, estaríamos ante un nivel estándar, extra, superior, supremo… Lo máximo sería estar en disposición de aprender lo que todavía no sabe nadie, es decir, de crear, innovar, extender su campo de conocimiento a través de la investigación, de la creación: este ya sería un aprendedor de calidad artesana.

En realidad, el perfil del aprendedor máximo —el investigador, el innovador— merecería especial atención. Típicamente encontramos volcada en sus afanes discentes-creativos gran parte de su energía psíquica, si no casi toda; su adicción podría afectar a sus relaciones personales, de modo que fuera percibido como raro, poco sociable, excéntrico, ausente… Apuntemos sin embargo aquí a los aprendedores más habituales; a aquellos que, sin desatender sus tareas cotidianas, abren su mente a nuevos conocimientos, a los avances en su campo (o campos colindantes).

Ante la información con que topa, no puede haber un aprendedor con mente estrecha o rígida; como tampoco vale una mente tan abierta que quepan errores, falsedades, falacias, inferencias sesgadas. Hemos aludido a que se “analiza, evalúa y contrasta” la información, y aquí hay que detenerse. A esto queríamos llegar tras isagógicos párrafos: a la necesidad de evitar falsos aprendizajes, acaso catalizados por nuestros propios intereses, conveniencias, inquietudes o modelos mentales, pero también fruto de algún exceso de confianza, por no hablar de ocasional credulidad cuando tocaba prevención, cautela, en el examen de la información.

Digamos coloquialmente que hay una noticia buena y otra mala: disponemos de mucha información, pero estaríamos perdidos si consideráramos toda valiosa, objetiva, fiable. En Internet —digamos que se trata de la gran plataforma para el ejercicio autónomo del e-learning— se encuentra mucha información. En busca de rigor y objetividad se puede llegar a menudo a textos muy académicos, con su singular retórica, pero cada aprendedor acaba conociendo bien las mejores fuentes para su especialidad y su necesidad. Uno, consultor de formación, ha tenido curiosas experiencias de aprendizaje en la Red, en temas de management y desarrollo personal-profesional.

Entre los temas que más han sonado en las empresas en las últimas décadas se halla el liderazgo. Al navegar buscando información al respecto, uno topa con diferentes y muy favorables manifestaciones, a menudo orientadas a llenar de virtudes al líder (en un documento del CESEDEN se apunta, por ejemplo, que Hitler no fue en realidad un líder, sino un alborotador); pero también, siempre dentro de fuentes autorizadas, podemos topar con la idea de que el líder perfecto —aunque nefasto— fue Hitler, o la de que el papel del líder en la empresa es manipular. En este tema uno acabó en sus propios libros (Drucker, Bennis, Rydz…) y haciendo grande al líder, no por su condición de tal, sino básicamente en función de los fines perseguidos-alcanzados y los medios utilizados. Pero no, tampoco podemos fiarnos siempre de los libros…

En uno editado por dos consultoras españolas para presentar su modelo de dirección, observé que, ya en las primeras páginas, se rechazaba con firmeza la dirección por objetivos de Drucker, tras identificarla con un sistema de bonus para obreros, como si de taylorismo se tratara: se me frunció el ceño. En otro libro, ahora sobre las primeras experiencias de e-learning (orquestado en plataformas propias) en grandes empresas de nuestro país, se relativizaba la calidad en los contenidos de los cursos; se decía, ya en el mismo prólogo, que unos contenidos excelentes no garantizaban absolutamente nada y aun podían conducir al fracaso… Evito al lector, por digresivos, otros recuerdos que igualmente alertan sobre el manejo de conceptos e invitan a un examen sintópico de la información, a activar el pensamiento crítico.

En el campo de la gestión empresarial, el de los directivos, son ciertamente numerosos los conceptos que se vienen desdibujando y acaso adulterando (calidad, profesionalidad, estrategia, competencia, innovación, liderazgo, integridad, talento…), y asimismo ocurre en otros campos; incluso se viene desvirtuando el mencionado pensamiento crítico, al que se identifica a veces con el pensamiento meramente criticón, o el pensamiento escéptico (el del Skeptical movement). Pero en la información también se advierten otras contaminaciones diversas, frecuentemente al servicio de intenciones y en beneficio de intereses. El imperio de la posverdad no se reduce al terreno de la política, y el aprendedor ha de mostrarse sagaz en su trayectoria hacia nuevas verdades para incorporar a su acervo.

Dada la cuestionable calidad de la información que manejamos, el aprendedor ha de ser cuidadoso en su manejo a modo de materia prima. Con una dosis de suspicacia y otra mayor de genuina intuición —recurso dorado de la inteligencia que se enriquece con los años—, ha de detectar en su caso las ambigüedades, contradicciones, falacias, ocultaciones, imposturas, equivocaciones, imprecisiones o falsedades que le alejen de las certezas perseguidas. Podemos topar sin duda con información de alto valor y calidad, pero tal vez hay más de la otra.

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Enebral Fernández José. (2020, febrero 9). Prevenido, sagaz, intuitivo, el aprendedor permanente. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/prevenido-sagaz-intuitivo-el-aprendedor-permanente/
Enebral Fernández José. "Prevenido, sagaz, intuitivo, el aprendedor permanente". GestioPolis. 9 febrero 2020. Web. <https://www.gestiopolis.com/prevenido-sagaz-intuitivo-el-aprendedor-permanente/>.
Enebral Fernández José. "Prevenido, sagaz, intuitivo, el aprendedor permanente". GestioPolis. febrero 9, 2020. Consultado el . https://www.gestiopolis.com/prevenido-sagaz-intuitivo-el-aprendedor-permanente/.
Enebral Fernández José. Prevenido, sagaz, intuitivo, el aprendedor permanente [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/prevenido-sagaz-intuitivo-el-aprendedor-permanente/> [Citado el ].
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