Empatía y eutanasia

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Introducción

Hablar de la eutanasia es hablar de un asunto muy delicado y omnipresente en toda sociedad, implica tratar un tema que ha generado grandes conflictos éticos en todos los ámbitos de las sociedades antiguas como contemporáneas. Cada individuo o sociedad imponen sus propias ideas ante las circunstancias, sin embargo es necesario y urgente cultivar la cultura práctica de la empatía, de ponerse en el lugar del otro o de los otros y, dejar de ser egoístas.

Eutanasia y empatía

La “muerte digna” o “buena muerte” a la que aluden las voces griegas “eu”: bueno y “thanatos”: muerte, ha estado presente desde épocas muy antiguas en el mundo entero. No es de sorprenderse que la ejemplar sociedad democrática griega haya sido una de las primeras sociedades en utilizar este tipo de filosofía en la aplicación de una causa tanto personal -en el caso de aquellas personas que haciendo uso de su derecho a una muerte digna solicitaban así su renuncia a la vida-, como social, desde una perspectiva de la perfección de esa sorprendente sociedad guerrera.

Actualmente, uno de los países que llama la atención de la sociedad en toda la extensión del globo terráqueo es Holanda, donde ya existía desde algunos años atrás una especie de regulación que absolvía de castigo a los médicos que practicaran la eutanasia a petición del paciente, y que hoy, plantea un caso de legítima legalización de la “eutanasia solicitada” -limitada a casos de enfermedad grave e irreversible, acompañada de sufrimientos y a condición de que esa situación sea sometida a una verificación médica que se presenta como rigurosa-. El fundamento de dicho procedimiento o justificación de la misma se basa en dos ideas fundamentales: el principio de autonomía del sujeto, quien tiene derecho a disponer, de manera absoluta, de su propia vida; y la evidencia o convicción explicita de la insoportabilidad del dolor que tiende a generar el deseo a la muerte.

En nuestro país, ha sido y sigue siendo un tema de debate en el que cada grupo de la sociedad, dígase la familia, la iglesia, clubes sociales, el Congreso local o federal, asociaciones civiles, entre otros, ponen de manifiesto su aprobación o, generalmente, su rechazo, bajo las argumentaciones que a su criterio obedecen. Sin embargo, mayormente se debe, en primer lugar al dominio que ejercen las instituciones religiosas en la formación de valores, fundados en las Sagradas Escrituras en torno al origen de la vida, quienes la atribuyen a Dios y como consecuencia, también le atribuyen exclusivamente a Él la privación de la misma; y en segundo lugar, porque no son capaces de comprender la magnitud de tal desgracia al no saberse en la misma condición, al no sentir la desesperación y el desánimo, al no vivir en carne propia los desgarrantes dolores del enfermo terminal; en pocas palabras, a una falta de empatía.

De acuerdo con el diccionario enciclopédico Larousse Ilustrado, la empatía se define como la “facultad de identificarse con otro grupo o persona, de ponerse en su lugar y percibir lo que siente”; según la enciclopedia libre Wikipedia, la empatía (del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, ‘en el interior de’, y πάθoς, ‘sufrimiento, lo que se sufre’), llamada también inteligencia interpersonal en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, es la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que otro individuo puede sentir.

También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra. ¿Por qué entonces no practicamos ese valor en la realidad o, por qué cuando lo hacemos solamente hablamos de lo que deberíamos hacer? Porque somos hipócritas tratando de enseñar a los demás -o a los niños- lo que nosotros mismos no hacemos. Se vale usar la empatía en casos no tan trascendentes, pero somos inútiles ante casos verdaderamente graves. Eso no es más que una clara demostración de la relatividad de los valores religiosos ante las variables de las circunstancias. Solamente lo empleamos como discurso para quedar bien ante otros, ponemos en práctica ese valor cuando hablamos de lo que nosotros u otras personas deberíamos hacer. Son solo ideales, mas no constituyen realidades.

¿Es que somos tan egoístas y malvados, infames, viles, perversos, -y toda palabra que aluda a la maldad- como para pretender que el desahuciado y quejumbroso enfermo terminal cuya enfermedad lo tiene literalmente esperando la muerte, postrado en una camilla de hospital –o en una cama de su hogar-, soportando indescriptibles dolores no merece satisfacer su última voluntad? ¿Qué debe hacer -si ni siquiera está en condiciones de hacer nada- para que su voz valga y se le tome en cuenta? ¿Acaso no es suficiente ver su condición para comprender su necesidad de liberarse a toda costa de sus sufrimientos? Parece que vale y pesa más ese criterio egoísta, malsano, puesto que finalmente, a un paciente destinado a la muerte, se le obliga a pasar sus últimos momentos de la peor manera que uno pueda imaginar, se le castiga con el sufrimiento y la muerte como a un condenado de la época de la inquisición, pero sin haber cometido delito alguno, así es como actualmente los valores religiosos conducen a actuar a la sociedad.

La experiencia –entendida como una forma de vivir en carne propia, ciertas situaciones- nos enseña, y solo ella es capaz de modificar todas nuestras ideas, pensamientos, conocimientos…; cambian nuestras actitudes y, por consiguiente, también se reestructuran nuestros sistemas de valores; la forma de afrontar las situaciones desde una perspectiva distinta es una consecuencia de que hemos aprendido la lección, pero… ¿se puede experimentar realmente el sufrimiento del otro? ¿será posible que alguien, familiar o ajeno a la familia, sea capaz de sentir al menos un poquito del sufrimiento real del abatido desahuciado? No lo creo. Es que esta no es una de esas lecciones comunes que podamos reproducir como por ejemplo, echar a perder un postre por no seguir al pie de la letra los pasos de la receta o, recibir un castigo por desobedecer a nuestros padres o, tropezar y caerse al no ver el obstáculo. Esta es una lección especial que solamente el enfermo en cuestión puede sentir, vivir y, ¡qué desgracia!, aprender, para luego morir sufriendo. Si el paso siguiente es, irreversiblemente la muerte, no podrá sentarse después a conversar con nadie para decir la frase “aprendí la lección”.

Los afortunados que no estamos en esa condición, pareja, hijos, hermanos, amigos,… podemos decir que sufrimos, pero no es por el dolor del paciente, sino más bien por la impotencia y por todo lo demás que obligatoriamente o no de ello se deriva –paciencia, cuidados especiales, descuido de la escuela o del trabajo, gastos médicos inútiles, etc-.

Nunca podrá igualarse el verdadero sentir del desahuciado con lo que mínimamente podamos llegar a sentir los que gozamos de completa salud. Hasta entonces, hasta que nos toque estar en su lugar podremos entender lo que se piensa, lo que se desea, lo que se siente: desear apresurar la muerte.

¿Cuántas muertes no son provocadas a cada instante en el mundo entero por riñas, asaltos, drogadicción, delincuencia organizada, negligencia médica, etc, y los culpables no son castigados o, si reciben castigo, no sufren tanto? Si la pena de muerte asignada a los grandes criminales calificados, en un país como Estados Unidos de Norteamérica, no los hace sufrir tanto, ya que su agonía no dura largas sesiones, horas, ni mucho menos días, por qué hacer sufrir a un pobre y enfermo cristiano? ¿por qué torturarlo tanto? No veo la razón.

Conclusión

En nuestro país urge una ley que permita la práctica de la eutanasia, siempre y cuando esté limitada a una enfermedad terminal acompañada de dolores intensos e insoportables, médicamente calificada como tal. Para ello, será necesario entender que el paciente es capaz de decidir sobre sí mismo, en tanto su intima posición y no desde nuestra perspectiva moral personal o social; es imprescindible juzgar las cosas desde el mirar, el pensar y el sentir del otro, antes de anteponer los soberanos intereses egoístas personales, porque el único camino que a ellos le queda es decidir si están dispuestos a soportar el sufrimiento y su irremediable destino o acelerar el paso porque de cualquier manera ya todo es inútil. En pocas palabras, sufrir una muerte terriblemente dolorosa o simplemente morir sufriendo menos.

Bibliografía

• Gutiérrez Sáenz, Raúl, Introducción a la ética, México, 2009, Editorial: Esfinge. 8ª edición.
• El Pequeño Larousse Ilustrado, diccionario enciclopédico 2008.
• Las Sagradas Escrituras (La Biblia)
• http://www.proyectosalonhogar.com/Diversos_Temas/Empatia.htm
• https://es.wikipedia.org/wiki/Empat%C3%ADa
• http://www.franciscanos.org/docecle/eutanasia.htm
• http://www.portalplanetasedna.com.ar/eutanasia.htm

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Solis Toala José Oliver. (2010, noviembre 16). Empatía y eutanasia. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/empatia-y-eutanasia/
Solis Toala, José Oliver. "Empatía y eutanasia". GestioPolis. 16 noviembre 2010. Web. <https://www.gestiopolis.com/empatia-y-eutanasia/>.
Solis Toala, José Oliver. "Empatía y eutanasia". GestioPolis. noviembre 16, 2010. Consultado el 14 de Noviembre de 2018. https://www.gestiopolis.com/empatia-y-eutanasia/.
Solis Toala, José Oliver. Empatía y eutanasia [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/empatia-y-eutanasia/> [Citado el 14 de Noviembre de 2018].
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