Como mantener la armonía entre el todo y la unidad

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Somos, cada uno de nosotros, una unidad, un todo. Podemos, a los fines de análisis puntuales, tomar una parte de esa unidad, pero cuando actuamos lo hacemos desde ese todo, desde esa unidad y, a su vez, esa unidad conforma una unidad trascendente con el contexto (Universo).

Somos mente, cuerpo y espíritu. Para facilitar la comprensión, podemos decir que somos un cuerpo, una parte racional (consiente), una parte irracional (inconsciente) y una esencia.

Interactuamos con nosotros mismos y con el Universo (contexto, mercado, etc.). Cuando la armonía de dicha interactuación se va profundizando, nos acercamos a la unicidad.

Tendemos a “ser uno”, nosotros y la periferia.

Cuando nos enfermamos, el cuerpo nos está hablando. Si logramos interpretar el mensaje adecuadamente podemos sanarnos, de lo contrario sólo estaremos atacando a los síntomas. Es notoria la diferencia de visión (y acción) de la medicina alotrópica con la homeopática y la antroposófica.

Desde la Administración intentamos esbozar ciertas teorías (racionales) sobre el funcionamiento de un todo al que llamamos organización, empresa, entidad, grupo, etc. Lo primero que necesitamos lograr es visualizar a ese “ente” como “algo vivo” y como a una unidad.

No podemos lograr comprender a nuestro cuerpo por sus partes. Tampoco podemos comprender a una organización desde sus diferentes departamentos. Hacer esto nos puede llevar a tener un cúmulo de divisiones que “funcionan bien” y un todo carente de armonía. Algo así como un equipo de fútbol compuesto por once estrellas, pero que no funciona como equipo o un equipo con una excelente defensa pero su medio campo y delantera no logran hacerle un gol ni al arco iris.

Hace mucho años que siento que hay una enorme similitud entre el proceso de individuación de una persona y su consecuente accionar o conducta social y el proceso requerido por una organización para lograr un alto nivel de competitividad. En la individuación, el ser humano se “quita” la carga no propia acercándose al sí mismo (expandiendo su conciencia). Una organización, al igual que un individuo, requiere vivir un proceso sin fin de autoconocimiento.

Dado que nuestra educación está basada en una exacerbada racionalización, le damos una gran importancia a nuestro pensamiento lógico. Explicamos todo, nada nos es inexplicable. Nos resulta muy difícil enfrentar a “lo inexplicable”. A lo sumo, en ciertas circunstancias, apelamos a la frase “esto no es casualidad, es causalidad”. La causa, al menos nos remite a un efecto, lo que nos permite “cerrar el circuito” intelectual.

Si bien es muy común en nosotros, en las organizaciones se ve mucho más claro: buscamos la forma y no el contenido (la vida). Las palabras nos ayudan a ir dando forma a ideas que provienen de una visión no integradora, no totalizadora. Idealizamos a las ideas. Nos fanatizamos de las ideas (partidos políticos, clubes de fútbol, ideologías filosóficas, religiosas, etc.). Crecimos en la idolatrización de las ideas. Nos estacionamos en nuestras ideas o en aquellas de otros que las adoptamos como nuestras. Ninguna otra idea podrá “agregarle” algo a esta idea adoptada.

La forma es el resultado de una vida que va adaptándose, de allí que las formas terminan siendo efímeras en el tiempo, y sólo nos ayudan a mantener un cierto orden para canalizar en todo su potencial la vida interna de una organización o grupo humano. Las formas se convierten en techo, en envase. La potencia queda relegada. En un carro cargado de melones, cuando el carro se pone en marcha, los melones se acomodan solos.

Nada es constante, sólo el cambio, sostenía Heráclito. Si nos aferramos a la forma, empaquetamos a la vida, no la dejamos fluir, no la alimentamos, no vivimos plenos. Sin vida no hay creatividad, sin creatividad no hay evolución, sin evolución nos estancamos.

Si hablamos de vida, hablamos de muerte, se complementan. Si no existiera la muerte no habría vida y viceversa. Nuestra vida (como fenómeno) es la resultante de una serie infinita de procesos “vida-muerte-vida”. Si no morimos, no podemos volver a nacer. Al apegarnos a la vida (ideas entretejidas) que llevamos, nos negamos a la transformación.

El Universo es una muestra clara de este proceso maravilloso, aunque algo complicado para poder entender y mucho más para comprenderlo (vibrar, sentirlo). Cada noche es una muerte y cada amanecer es un nacimiento. Una leyenda mapuche sostiene que el pájaro no canta porque amanece, sino para que amanezca.

Cuando una empresa tiene un producto que no vende, es bastante común que se apele a incrementar la promoción del mismo, ya sea con más publicidad o con descuentos especiales. No es común que se piense en nuevos productos o que se analice la posibilidad de discontinuar al producto no vendido. Se busca la vida desde la forma. Generalmente este “recorrido” lleva a mal resultado. Cuando participamos en una reunión del tipo “torbellino de ideas” nos olvidamos de las formas, buscamos la vida y ésta nos remite a la armonía del grupo. Hay buen humor, nos divierte.

Las organizaciones suelen caer en estados de “desarmonía” crónica, de allí que los intentos para “mejorar la performance” resulten sólo tibios intentos, sólo impulsos. Es posible acostumbrarse a estar mal. Si esto nos sucede a los seres humanos, bien le puede suceder a las organizaciones que dirigimos y/o de las que formamos parte. Después de todo, qué son las Organizaciones sino el agrupamiento de seres humanos que persiguen ciertos objetivos similares.

El “mundo empresario” se mueve al ritmo de la moda empresaria. Las olas llegan y se van. Termina quedando muy poco. Se cree poco en lo que se hace para lograr mejores resultados. Hay poco compromiso. No existe convicción. Se habla mucho, se hace poco. Hay una desmedida idolatrización hacia el “yoismo”. Abundan los “Narcisos” y se hace poco para construir el sentimiento de pertenencia. No se trabaja para el nosotros. Como partimos desde nuestros egos, se entabla la competencia de egos y esto nos aleja de la posibilidad de alcanzar el “nosotros”.

Cada uno de nosotros debe hacer foco en sí mismo, en su potencia, pero esto se logra, sólo si contamos con el otro como espejo de nuestra integridad, con nuestra luz y con nuestra oscuridad. Sólo desde allí, cada uno de nosotros podrá potencializar al grupo en el que participe. Hacer foco en nosotros es estar dispuestos a ingresar en el circuito vida-muerte-vida. Es abrirnos a lo nuevo, es dejarnos fluir, es buscar nuestra propia armonía, con nosotros y con el contexto. Es abandonar las palabras que justifiquen lo que venimos haciendo. Es ingresar en un terreno de más intuición, de más creatividad, de más sentimiento, de más conexión con nosotros mismos, a través de los otros.

Esto es lo que nos cuesta visualizar (asumir) como individuos y en las organizaciones. Se continúa buscando certezas en recetas mágicas provenientes de gurúes iluminados que “dictan” lo que se debe hacer.

Lo sorprendente es que a pesar de las caídas se continúa intentando más de lo mismo. Carecemos de una conducta autocrítica. Le tenemos miedo a la muerte, ya que se la ve como el fin de algo y no como el inicio de algo. No se la ve como un hecho transformador, evolutivo. La consideramos el final.

Mantener el status quo es lo normal, a pesar, incluso, de no dar frutos. La energía se utiliza para hacer más de lo mismo, se desperdicia, se consume, no se transforma, a pesar de mencionar frecuentemente la palabra sinergia.

Lo “extraño” de esto que ahora estamos “hablando” es que nos suena como natural, como algo que todos tenemos incorporado en nosotros como conocimiento propio. Como algo que está desde siempre en nosotros y que sin embargo no conseguimos llevarlo a la acción.

Lograr comprender este circuito no sólo nos ayuda a ir encontrando nuestro centro, sino que, y es lo más importante, facilita nuestra relación con los otros. Nos permite escucharnos y escuchar a los otros. Nos permite focalizar la energía en lo que hacemos, evitando las dispersiones, focalizando nuestra atención. Dejamos de querer entender todo, abandonamos la tendencia de querer explicar todo lo que nos pasa. Generalmente las cosas no nos pasan ni por, ni para lo que creemos.

Todos sabemos que nuestra vida tiene un límite. Sabemos que nacemos, crecemos y morimos. Sin embargo, en las organizaciones se actúa como si las mismas fueran eternas. Se busca, en las organizaciones, alcanzar el sueño ancestral de la inmortalidad. En un mundo “supuestamente” calculador se termina creyendo en quimeras.

Les propongo que hoy [1] mismo salgan a dar una vuelta por la ciudad. Miren los árboles. Observen sus frutos y las semillas que ellos contienen. Observen a los pájaros. La naturaleza se prepara para su nuevo ciclo vida-muerte-vida. En primavera, todo volverá a la vida, pero para que esto suceda, en estos momentos debe suceder lo que está sucediendo.

Analicen, utilizando esta línea de pensamiento, qué pasa en vuestras organizaciones.

[1] Esto ha sido escrito en Buenos Aires, a finales de agosto.

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Conti Oscar Osvaldo. (2005, noviembre 1). Como mantener la armonía entre el todo y la unidad. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/como-mantener-armonia-todo-y-unidad/
Conti, Oscar Osvaldo. "Como mantener la armonía entre el todo y la unidad". GestioPolis. 1 noviembre 2005. Web. <https://www.gestiopolis.com/como-mantener-armonia-todo-y-unidad/>.
Conti, Oscar Osvaldo. "Como mantener la armonía entre el todo y la unidad". GestioPolis. noviembre 1, 2005. Consultado el 21 de Agosto de 2018. https://www.gestiopolis.com/como-mantener-armonia-todo-y-unidad/.
Conti, Oscar Osvaldo. Como mantener la armonía entre el todo y la unidad [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/como-mantener-armonia-todo-y-unidad/> [Citado el 21 de Agosto de 2018].
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