Sobre el qué dirán y otras barrabasadas… 7 conversaciones para tu vida personal

Juan Bautista Ramos Rivas
Sobre el qué din y otras barrabasadas󰜧
Chacuatol existencial en siete conversas más dos de ipegüe
Primera Edición
2016
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 3
Dedicatoria
Lerdos pasos caminante,
lerdos pasos sin cesar,
lerda marcha hacia adelante,
pero nunca hacia atrás.
Triste historia, mi amig@,
triste historia pa󰜚 contar,
que hoy comparto yo contigo
sin poderlo evitar.
jurari
4Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
¿Cuál pesará más?
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 5
Indice
CONTENIDO
Página
Prólogo: Génesis de esta diarrea mental
7
Primera Conversa: A propósito del qué dirán
13
Segunda Conversa: Embutidos en un mismo molde social
25
Tercera Conversa: Y llegó el llanero solitario
43
Cuarta Conversa: Hombres versus Mujeres… ¿un hecho natural?
53
Quinta Conversa: A propósito del amor
67
Sexta Conversa: El sexo, ¿placer o pecado?
85
Séptima Conversa: La vida es una ruleta y vos estás en ella
101
Epílogo: El Ipegüe
111
Para Finalizar: Bibliografía
115
6Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 7
Prólogo
Génesis de esta diarrea mental
La alegría y la pena son inseparables…,
vienen juntas…. Y cuando una se sienta a vuestra mesa…,
recordad que la otra está durmiendo en vuestro lecho.
Khalil Gibran
¿..Me creerían si les digo que no sé cómo iniciar..?
Pero... ni modo... de alguna manera tengo que hacerlo, así que voy a iniciar estas
conversas rogando a Dios no sea pura diazepán, que de tan aburridas me los manden
a dormir.
También me gustaría palabrearles un poco de dónde salieron todas estas locuraciones
que intento... digo yo... compartir con ustedes.
Pues resulta que desde niño he sido un gran fan de nuestro gran poeta Rubén Darío,
principalmente de su poema “Lo Fatal”, pues siempre he considerado que en él se
refleja la esencia de la incertidumbre y dureza de la vida; pero... si no me creen...,
compruébenlo ustedes mismos:
8Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
¡Verdad que está tuani!
Pues bien, tanto me ha impresionado este poema (y pensando que las cosas siempre
hay que actualizarlas, más porque en la época de nuestro poeta el mercantilismo y
consumismo no eran tan recalcitrantes como en nuestros días), que, años más tarde,
cuando me contagié del síndrome de poeta, me tomé el atrevimiento de parafrasearlo,
escribiendo mi versión personal de Lo Fatal para nuestros dorados días, la que con
gusto comparto con ustedes:
Pero no se estén imaginando que trato de transmitirles una versión bien negra de la
vida... no... y prueba de ello es que a este escenario existencial siempre le he
antepuesto un poema que apren en mi adolescencia y que me ha servido como
brújula para mi travesía terrenal:
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 9
Me imagino que ya se estarán preguntando, ¿y qué tiene que ver todo esto con las
conversas y el qué dirán?
Ni yo lo sé, pero bueno, sigamos.
Todo el tiempo he considerado que la vida es sencilla y bella, pero que somos nosotros
quienes la volvemos complicada y tormentosa, y todo por no lograr (ni querer) asimilar
que los acontecimientos que nos suceden en la vida son parte de nuestro
entrenamiento de sobrevivencia y convivencia social, y en vez de tomarlos como
lecciones de vida, los sobredimensionamos y convertimos en nuestras propias barreras
existenciales, sí, barreras que frenan y retardan nuestro desarrollo y crecimiento
personal y social.
¡Ojo!, Con esto no trato de negar la existencia de la alegría y la tristeza, del triunfo y el
fracaso, de la felicidad y el sufrimiento, del llanto y la risa, del bien y el mal.
No.
10 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
¡Ni quiera la araña peluda!
Eso sería como pretender negar el día y la noche.
A propósito de esto, recuerdo un dicho que dice:
"si tu mal tiene remedio, de qué te afliges, y si no
lo tiene, para qué te preocupas". Es decir, si se
está consciente de lo que realmente sucede en
una situación, no tiene sentido asumir posturas
derroteras, achumicadas o de cabanga, porque si
esta situación se puede resolver, pues busquemos
la solución, pero si no se puede, no nos queda de
otra que superarla y seguir adelante.
Volviendo al tema, a lo largo de mi historia, he
conocido muchas personas que, a causa de algún
acontecimiento trágico para ellas o por simples
prejuicios, se han vuelto amargadas y viven una
vida toda aburrida e insípida, pues han perdido
todo aliciente para vivir sus vidas a plenitud, se
han encerrado en una caparazón existencial (peor
que la de la tortuga y la del cusuco), han
convertido sus vidas en círculos viciosos, en una
espiral de negatividades de nunca acabar.
Y, precisamente, señoras y señores, señoritas y
señoritos, es ese desperdicio existencial lo que
me ha llevado a escribir estas conversas, pues me
resulta difícil digerir que alguien tire por la borda
(como si fuera basura) su corta existencia por esta
Tierra.
Mi intención no es que digan qué bruto cuánto
sabe este bróder... ni que crean que mi vida es
perfecta y estoy en un paraíso…, NO..., mi
intención es despertar y motivar conciencias para
que asimilemos que, si hay algo que nunca
podremos evitar, es que la vida sea impredecible,
cambiante e indolente, no le tiene pesar a nadie,
igual que la muerte, por algo son hermanas. Y,
querámoslo o no, tenemos que aprender a
convivir con esa realidad y aceptar lo bueno y lo
malo, el éxito y el fracaso, la risa y el llanto, como
elementos ineludibles e irrenunciables de nuestra
existencia.
Recordemos que…
“Siempre encontraremos una
luz en la oscuridad o una
sombra en la luz, por eso, lo
importante es estar
consciente dónde estamos y
hacia dónde vamos, y que,
sin importar lo que hayamos
avanzado, siempre nos
quedará mucho por aprender
y mucho por avanzar”.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 11
Además, tenemos que meternos en la cabeza que si la vida es tan corta, ¿por qué
jodido no disfrutarla?, ¿por qué jodido no tratamos de pasarla bien en lugar de estar
lamentando y deplorando lo que nos pasa o nos ha pasado?... Al diablo con el pasado,
lo que pasó, pasó, y no lo vamos a deshacer, pues no tiene marcha atrás, es
irreversible.
Que duele vivir, claro que sí, y mucho, pero también tiene sus momentos gratificantes.
Y, aquí está el detalle, la cantidad de momentos
gratificantes o de desdichas que tengamos en nuestra
existencia va a depender de cómo valoremos nuestras
situaciones. A mayor valoración positiva, más
momentos gratificantes, a mayor valoración negativa,
más momentos de desdichas.
Ya me salió la venada careta, porque ya estoy de
cerebrito y no he ni comenzado las conversas.
Pero, bueno, echémosle ganas y terminemos con esto.
Es gratificante la partida o muerte de un ser querido, ¡claro que no!...Pero no podemos
(ni debemos) pasar llorando ni deplorando su partida “forever” (para siempre). Si
nosotros, en lugar de asumir reacciones negativas (que lo único que hacen es
desgastar nuestra existencia), aprendiéramos a valorar las cosas buenas, los
momentos agradables que compartimos con este ser querido, nos daríamos cuenta
cómo el dolor de su ausencia disminuye, y si a ello le agregamos el tomar coraje para
seguir sus buenos ejemplos y consejos, en lograr las cosas buenas que esa persona
hubiese deseado para nosotros, obviamente, n ausente, nos servirá de inspiración,
de fortaleza y de motivación para seguir adelante, por muy mala bichucha que haya
sido, pues no hay ser humano que no haya tenido (o que no tenga) su lado bueno, todo
depende que nos tomemos la molestia de encontrárselo.
Ya sé, alguien por allí dirá que se me resbalan las tejas, pero no, aunque ese ser
querido haya partido, siempre habrá momentos agradables vividos o cosas buenas
aprendidas. Nadie es 100% malo o mala (así como no hay personas 100% buenas). Y,
lo más importante, es que hasta de las experiencias malas y dolorosas se aprenden
cosas buenas.
En pocas palabras, no importa el tipo de acontecimiento que nos toque vivir, siempre
debemos tratar de verle el lado amable, el lado positivo para nosotros, la lección
enriquecedora que conlleva. Y esto no quiere decir que somos de palo, que no nos
afecten las cosas, pues, sea lo que sea, somos seres vivientes de carne y hueso que
sentimos, pensamos, deseamos, reímos y lloramos.
Nunca hay que olvidar que el curso de nuestra existencia, de nuestra historia, de
nuestro destino, es responsabilidad nuestra y sólo nuestra, de nadie más, que, lo que
hagamos de nuestra vida o lo que suceda en ella, siempre seremos nosotros y nosotras
mismas los responsables (sea por hechores o por consentidores), las demás personas
12 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
solo son factores que intervienen, que influyen, pero que no determinan, porque es
nuestra elección y es nuestra decisión.
Esa condición dura, impredecible y temporal de la vida es la que debe motivarnos para
vivirla a plenitud, en presente (no en pasado), y a perpetuarnos a través de nuestras
obras, porque ellas serán las garantes que las demás personas nos recuerden y nos
tomen de ejemplo y de motivación para sus vidas.
Bueno, basta de bla, bla, bla, y arranquemos de una vez por todas con nuestras
conversas, para eso están leyendo este libro, no.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 13
Primera Conversa
A propósito del
QUÉ DIRÁN
Cada cual se tasa [valora] libremente en
alto o bajo precio, y nadie vale sino
lo que se hace valer; tásate [valórate], pues,
como libre o como esclavo: esto depende de ti.
Epícteto
Aunque algunas veces de manera descabellada, desde que nacemos hasta que
morimos, se nos trata de inculcar patrones de conducta establecidos, aceptados y
santoleados socialmente, para moldear nuestro comportamiento a ese supuesto modelo
ideal común, patrones que, a la larga, lo único que hacen es condicionar, mediatizar y
limitar, día tras día, nuestro desarrollo, nuestras vivencias, nuestras emociones,
nuestros aprendizajes de vida.
Lo peor del caso es que nos restriegan y restriegan, una y otra vez, esos patrones que
terminamos aceptándolos como verdades absolutas y los asumimos como etiqueta
ideal de presentación ante los y las demás, patrones que nos hacen caer en un estado
hipnótico social, en un estado de sometimiento social al entorno que nos rodea, en un
estado de ansiedad que nos angustia y nos arrastra a pretender quedar bien con los y
las demás, o al menos con las personas más cercanas a nosotros, en cada una de
nuestras acciones, aún a costo de nuestra propia salud y bienestar emocional y mental.
Por eso, al comenzar esta conversa escrita, me viene a la mente un dicho popular que
mucho repetía mi madre: “hagás bien o hagás mal, perro negro te has de llamar”.
Y es que la señora tenía claro que con la gente nunca se queda bien, si uno se porta
recatado, es mojigatería, si se porta bacanal, es putería.
O sea, si te corrés, te mato, y si te quedás, también te mato.
Entonces, Dios mío, ¿qué hacer para quedar bien con Raymundo y medio mundo, para
que la gente piense bien de uno?
En mis ti tantos años primaverales, he aprendido que la respuesta a esta pregunta es:
NADA...sí, un rotundo NADA.
No se puede hacer nada, nada de nada. Siempre habrá personas que te pondrán en un
altar con tantos elogios, así como otras que te despellejarán vivo, sin asco y sin
anestesia, te harán ver como un aborto del infierno, como un engendro del mal.
Y, ni modo, no hay nada que hacer, a es la sociedad en la que nos toca aprender a
vivir y convivir, en la que tenemos que acomodarnos mientras dure nuestra travesía
terrenal. Es más, ni siquiera podemos pretender cambiar el mundo, a lo más que
14 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
podemos aspirar es a contribuir en cambiar un poco nuestro entorno. Pero no crean que
todo es así de negativo, porque sí hay algo que podemos hacer: mejorar nuestra
interacción con la vida y las personas, mejorar nuestra forma de ser con nosotros y
nosotras mismas, y con los y las demás.
Pero la cosa no es tan simple, porque nosotros mismos, hombres y mujeres, nos
esclavizamos a esa sociedad disfuncional y nos negamos a vivir nuestra propia historia,
nuestras propias experiencias, nuestra propia vida.
Barajémosla más despacio.
Comencemos por poner los puntos sobre las íes para desenredar esta telaraña y ver en
qué momento es que nos convertimos en “esclavos y esclavas sociales”, en qué
momento dejamos de ser nosotros y nosotras mismas.
Desde chatelitos (chigüines, cipotes, chavalos, escuincles, gardeles,...), cuando alguien
de la familia, que a criterio de nuestros padres y/o madres u otra persona mayor, tiene
un comportamiento que pone en riesgo el prestigio familiar“, la frase de cajón que
escuchamos es: “¿Qué va a decir la gente de nosotros?”.
Y ese ¿qué va a decir la gente de
nosotros? nos lo repiten y repiten y
repiten y repiten y repiten tanto, hasta
que se nos clava en la cabeza y lo
asumimos como criterio de conducta
social y, por qué no, también como
criterio de conducta personal y familiar,
tanto así que también comenzamos a
decir: “¿qué va a decir la gente de
mí?”, ¿qué va a decir mi familia de
mí?”.
Y es ahí donde se nos arma el
zaperoco existencial. Es ahí donde comenzamos a perder nuestro libre albedrío y a
convertirnos en esclavos de la opinión ajena, pues todos o casi todos nuestros actos,
nuestras ideas, nuestros comportamientos, los dejamos subordinados al “qué dirán”.
Y no es que nos deba importar un comino partido en su millonésima parte la opinión de
nuestra familia o amigos, NO, lo malo, lo espantoso del caso es que nos deje de
importar nuestra propia opinión, nuestras propias ideas, y nos sometamos a las ideas, a
las opiniones de los y las demás, que cuanto hagamos sólo sea para dar gusto a los y
las demás.
Pero, antes que lo sepa el diablo, aclaremos eso de libre albedrío.
Dice una cita bíblica que todas las cosas me son lícitas [permitidas], mas no todas
convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1
Corintios, 6:12).
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 15
¿Qué quiere decir esto?
Muy simple, cada uno de nosotros tiene la potestad de elegir lo que quiere hacer de y
con su vida, pero debe y tiene que reflexionar bien sobre lo que le conviene o no, es
decir, decidir por mismo su qué hacer o no hacer, pero no dejarse dominar por nada
y, por ende, por nadie,
Y eso, señoras y señores, es libre albedrío, o sea, actuar con propia reflexión y por
propia elección.
Ahora, si bien es cierto que una buena opinión sobre nuestra persona nos llena de
satisfacción y nos levanta la autoestima, también es cierto que no podemos ser fieles
réplicas de lo que los y las demás quieren y/o piensan que debe ser nuestra vida, no
podemos dejar de ser nosotros o nosotras mismas, no podemos perder nuestra propia
identidad. En pocas palabras, no podemos ser fotocopia ni hechura de nadie.
Por eso, repito, una de las principales cualidades que caracterizan al ser humano es su
libre albedrío, es decir, su derecho a elegir, decidir y construir su propia historia, su
propia vida, su propio destino, y, lo que es más importante, ser protagonista de ella.
Antes de continuar y para que no nos hagamos un colocho después, es necesario que
tomemos en cuenta dos aspectos importantes de la vida.
El primero y el s importante es que somos seres imperfectos y, por tanto, sujetos a
equivocarnos, a meter las patas, a regarla toda, a embarrarla. Caso contrario, seríamos
perfectos, nunca nos equivocaríamos y todo nos saldría de rechupete, a pedir de boca.
Y perfecto, dicen nuestros viejos, sólo Dios.
O sea, que el equivocarse no
debe considerarse como una
anormalidad humana, como
un sinónimo de que no
servimos para nada o de que
llegamos tarde a la
repartición de cerebros.
No, y mil veces NO.
El equivocarse es una
cualidad propia, inherente,
inseparable e irrenunciable
del ser humano. Es la
cualidad que nos permite
crecer, madurar y aprender a hacer las cosas cada vez mejor hasta llegar a un nivel de
aceptabilidad, no de perfección, pues en la vida nunca se acaba de aprender ni de
mejorar cada cosa, cada componente de nuestra existencia.
Además, nos viven diciendo que de los errores se aprende.
AUNQUE NO TENGAMOS
EL PODER DE ELEGIR DE
DÓNDE VENIMOS, SI
PODEMOS ELEGIR HACIA
DÓNDE VAMOS.
16 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y dale que sí, pues en esta vida nadie nace aprendido, todo tenemos que aprenderlo: a
caminar, a hablar, a comer, a realizar quehaceres, incluso hasta a amar, etcétera,
etcétera, etcétera.
Si eso es así, entonces, y con mucha más razón, tenemos que aprender a vivir y
convivir con los y las demás, llámese familiar, amigo, amiga, vecino, vecina o pareja.
Ningún ser humano puede alardear de ser perfecto, de no equivocarse, pues nadie,
nadie, nadie, nadie puede capearse de cometer errores. Todos y todas la embarramos
en algún momento de nuestra vida, qué digo algún, en muchos momentos y durante
toda nuestra existencia terrenal.
Es más, equivocarse es un derecho humano
inseparable de la vida, del cual nadie puede
librarse de errar, y debe vivir con eso hasta que
le llegue el turno de entregar el equipo, de estirar
la pata.
Pero eso no significa que vamos hacer de los
errores un pasatiempo, un hobby, un deporte,
NO, podemos, debemos y tenemos que luchar
por mejorar día tras día, por cometer la menor
cantidad posible de errores en la medida que
nuestras experiencias y estudios nos vayan
dando los conocimientos y destrezas necesarios
para hacer mejor las cosas.
Para eso se vive, para eso se estudia, para aprender a hacer mejor las cosas, para
aprender a vivir y convivir, pero, por favor, también para aprender a dejar vivir a los y las
demás, para aprender a respetar, tolerar y perdonar los errores de los y las demás.
Pero cuidado, damas y caballeros, no hay que confundir los animales del Señor.
Una cosa es que nos equivoquemos por falta de conocimientos o experiencia, y otra es
que repitamos seguido los mismos errores, que nos resbalemos siempre con la misma
cáscara, aún sabiendo que está allí y que si la pisamos nos vamos a dar un tremendo
chimbazo.
A como nos decía Confucio: Si ya sabés lo que tenés que hacer y no lo hacés, estás
peor que antes”.
Y ya esto, por favor, ya esto es…, por favor.
Dicen que el que comete un error, lo reconoce y trata de enmendarlo, comete medio
error. Pero el que comete un error, lo reconoce y no trata de enmendarlo, comete dos
errores.
Pero, ojo, fijémonos bien que se dice tratar de enmendarlo”, pues es lo único que
podemos hacer con los errores, ya que los errores son irreversibles y en la vida lo
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 17
hecho, hecho está y nadie puede retroceder el tiempo para deshacer su error o, tan
siquiera, borrar el efecto, la herida o huella que ese error haya dejado.
Entonces, ¿qué nos queda?, simplemente aprender a disculparnos con sinceridad si
fuimos nosotros quienes la embarramos, y a tolerar y perdonar si fueron los otros u
otras los o las que se embarraron en nosotros o nosotras.
Pero también hay que aprender a cortar por lo sano.
Claro que sí, pues si otra persona nos está haciendo demasiado daño, si nos está
haciendo ver la vida de cuadritos y nuestra existencia en pedazos, por favor, no
pequemos de masoquistas, está bien que perdonemos, pero también hay que saber
decir adiós, goodbye, arriverdeci, à bientôt, sayonara, hasta la vista, cuando,
inevitablemente, es necesario hacerlo para poner un alto a cualquier situación insana y
nociva que nos lastime o nos degrade.
Y ¿qué significa esto?, pues muy simple, que hay personas dañinas, personas nefastas
para nuestra vida, personas que tenemos que verlas de larguito, y mientras más largo
mejor, y es que no con todas las personas podemos ser yunta, uña y mugre.
Recordemos que no somos moneditas de oro para que todo mundo nos quiera,
congeniamos con unos y chocamos con otros, esa es la selección natural de la vida y
de la sociedad.
No siempre nos va a ser posible cambiar la actitud negativa de algunas personas hacia
nosotros o nosotras, por mucho que lo intentemos. Lo que es peor, ni siquiera vamos a
saber siempre el porqué de esas actitudes negativas, algunas hasta son a título gratuito
y sólo nos damos cuenta que les caemos en las meras patas.
Por otra parte, si bien es cierto que hay que aprender a aceptar a los y las demás tal
cual son, con sus cualidades y defectos, y ayudarles a levantarse de sus errores, de sus
caídas (si nos lo permiten, pues no se puede ayudar a quien no quiere que se le
ayude), también es cierto que tenemos que aprender a exigir que se nos acepte tal cual
somos, con nuestras cualidades y defectos, es un derecho que tenemos.
Por tanto, la vida se trata de ayudar y compartir, de no pretender imponer nuestro
criterio o nuestras ideas como verdades absolutas, mucho menos de restregar a los y
las demás sus fallas, peor si este restriegue se hace de forma vitalicia.
18 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Recuerden que en la vida siempre
es una de cal y otra de arena para
lograr la mezcla correcta.
Además, tenemos que considerar,
en primer lugar, que la vida es una
aventura, y, en segundo, que es
totalmente impredecible, llena de
constantes riesgos y obstáculos,
llena de éxitos y fracasos, de
alegrías y sufrimientos.
Sí, en todo lo que hagamos
siempre estará en primera fila el
riesgo a equivocarnos, porque no
tenemos una bolita de cristal para
predecir el futuro ni recetas
mágicas para que todo nos salga
al cien.
Por donde la busquemos, casi
siempre (o la mayoría de veces)
en nuestro camino encontraremos
obstáculos y limitaciones que nos
dificultarán o impedirán el logro de
nuestras metas, de nuestros
propósitos, de nuestros sueños. Y
de esos obstáculos, unos serán
simples, otros complejos, unos
chiches de resolver, otros nos
harán ver la venada careta, nos
harán sudar la gota gorda.
Si a eso le agregamos que todo...
todo cuanto hagamos en esta vida
tiene su precio, y que nada es a
título gratuito, que siempre habrá
un costo que tendremos que
pagar, sea material, sentimental o
emocional, un costo que podrá ser
agradable o desagradable, pero un
costo al fin.
Nadie está obligado u obligada a
hacer lo que no quiere, pero
tampoco está impedido o impedida
para hacer lo que desea, pero lo
que se vaya hacer que se haga
Por eso…
Antes de hacer algo, antes
de tomar una decisión,
pensémosla bien y
hagámonos la pregunta del
millón de pesos: 󰜝¿
estoy
dispuesto o dispuesta a
pagar su precio
?󰜞. Si la
respuesta es un 󰜝
SI
󰜞
rotundo, hagámoslo,
atrevámonos a correr el
riesgo. Pero si la respuesta
es 󰜝
NO
󰜞 o dudamos, 󰜝
ALTO
󰜞,
mejor no lo hagamos y
sentémonos a meditar, a
pensar bien el asunto, no
olvidemos que la prudencia
es la madre de la sabiduría,
y es mejor esperar un
minuto que lamentarnos un
siglo.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 19
siempre y cuando no violente la integridad física, psíquica o social de los y las demás,
dicho en español, que no jodamos la existencia de los y las demás.
En resumen, se quiera o no, nos guste o no, tenemos que enfrentar y aprender a
enfrentar los riesgos y obstáculos que nos depara nuestro, sí, nuestro destino.
Pongámosle un poquito más de candela a esta conversa.
La llamada “sociedad moderna” nos enseña, o nos induce, a vivir en una permanente y
constante competencia con los y las demás, y en todos los niveles (niños, jóvenes,
adultos y viejos). Siempre se está compitiendo con alguien por ser el mejor, por ganar
un espacio, un lugar, ya sea dentro de la familia, o en el vecindario, o en la escuela, o
en el trabajo, o en nuestra vida amorosa, etcétera, etcétera, etcétera.
Y no es que competir sea malo, no, siempre y cuando, al final, aprendamos a
reconocer, aceptar y respetar las capacidades de los y las demás. Competir puede
ayudar a superarnos, a aprender a hacer mejor las cosas, a ser mejores personas, a no
quedarnos atrás y, por qué no decirlo, a que los y las demás no se nos vayan arriba.
Pero el competir no puede ser nuestra razón de vida, no puede convertirse en una
obsesión, no puede acaparar nuestra total atención. O sea, no podemos vivir en una
eterna competencia con los y las demás, tenemos que aprender y reconocer que
siempre habrá personas con mejor y mayor capacidad que nosotros o nosotras, y
personas con menor capacidad que nosotros y nosotras.
Para resumir, a lo largo de toda nuestra existencia, siempre nos vamos a ver enredados
en alguna competencia con alguien, sea por calificaciones escolares, por puestos de
20 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
trabajo, por el amor de alguien, por... etcétera, etcétera, etcétera, y esa competencia la
podremos propiciar nosotros o nosotras mismas, a como nos pueden involucrar en ella
otra u otras personas.
Pero... ¡Cuidado!... no pequemos de ingenuos (por no decir otra cosa), pensando y
creyendo que toda competencia es honesta y limpia. Creer que en toda competencia
siempre “ganará el mejor”, sería como pretender creer en santos que orinan.
Tampoco hay que ser ilusos pensando que la o las personas con quienes competimos
no nos van a dar batalla, que no van a poner su mejor esfuerzo para evitar que les
ganemos. O que no va haber alguien que nos meta zancadillas, que nos haga trampas,
que nos difame, que nos haga ver la vida por un hoyito, etcétera, etcétera, etcétera.
No, mis muchachitos y muchachitas, las cosas no son así.
Por eso, cuidado, mucho cuidado. Si no nos preocupamos por aprender, por mejorar,
por desarrollar nuestras propias habilidades de vida sana, vamos a ser presas fáciles de
los y las demás y nos convertirán en sus títeres o monigotes humanos, nos degradarán
a tal punto que nos harán asumir posturas sumisas y dependientes.
Y es que, desgraciadamente, en nuestras vidas siempre habrá alguien que se nos
acerque, brindándonos, supuestamente, amistad, afecto, compañerismo, amor,...;
dándonos la con dulce, pero con una única intención: hacernos daño, aprovecharse de
nuestra nobleza.
Es decir, tenemos que estar claros que de todo da la viña del Señor, gente buena como
gente mala, gente noble como gente envidiosa, gente amable como gente invivible,
gente honesta como gente dañina.
Y ¿qué tiene que ver todo esto con lo del qué dirán?
Ahí está el detalle, volvemos a caer en lo que decíamos al principio: tenemos que
aprender a reflexionar por nosotros mismos para saber con qué tipo de personas nos
estamos relacionando y poder elegir en quienes vamos a confiar y a quienes les vamos
a dar nuestra amistad o nuestros sentimientos.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 21
Y, para eso, tenemos que desarrollar y tener nuestro propio criterio de valoración y
selección de las personas y las cosas.
Pero ¿cómo lograrlo si
vivimos esclavos del qué
dirán? ¿Si nos sometemos a
la forma de pensar y vivir de
los y las demás?
Dicho de otra manera, soy, y
tengo que aprender a ser, el
actor principal de mi propia
vida, el principal responsable
de mis actos y decisiones, el
constructor de mi historia.
Indiscutiblemente, la
principal responsabilidad de
lo que hemos sido, lo que
somos y lo que seremos, la
responsabilidad de lo que ha
pasado, nos pasa y nos
pasará, recaerá siempre en
nosotros y nosotras mismas, aunque vivamos esclavizados al qué dirán, aunque
vivamos haciendo lo que los y las demás nos digan que hagamos.
¿Por qué?
Muy simple, porque las personas nos hacen y nos harán lo que les permitamos que
nos hagan, nos dicen y nos dirán lo que estemos dispuestos o dispuestas a
escucharles, nos obligan y nos obligarán a lo que estemos dispuestos o dispuestas a
someternos. Aunque gritemos a los cuatro vientos que no estamos de acuerdo, si al
final terminamos sometiéndonos, lo que digamos no serán más que tapazos matinales.
Algo que no debemos olvidar nunca es que cada persona es un ser único, dueño o
dueña de su propia vida, de su propia historia, y él o ella, y nadie s que él o ella, es
responsable de lo que le suceda.
Por eso, nuestra primera responsabilidad es aprender a valorarnos y respetarnos como
persona que piensa, siente, desea y actúa. Como persona que tiene derecho a vivir y
construir su propia vida, su propio destino, aunque en el ejercicio de ese derecho se
equivoque, una y otra vez.
Bueno, después de este interludio filosófico, volvamos a nuestro asunto.
Algo que la vida me ha enseñado es que ningún camino es fácil ni llano, que no hay
garantía de triunfo en ninguna de las cosas que hagamos, pero tampoco de fracaso,
que se debe luchar por nuestros sueños, por nuestras metas, que no nos inquiete y
detenga el pensar cuál será el resultado final que podemos lograr, pues será nuestro
Esto me trae a la memoria algo que
aprendí en mis años de chatel:
debemos aprender a vivir la vida
plenamente como si hoy fuera el
último día de nuestra existencia,
pero debemos construir como si
fuéramos a vivir para siempre, no
importa cuántas veces caigamos en
nuestro intento, debemos estar
listos para levantarnos una y otra
vez, y continuar nuestro camino
hasta alcanzar nuestra meta, pero
haciendo las cosas de manera que
otros u otras puedan continuarlas, y
eso, eso, precisamente, será
nuestra inmortalidad”.
22 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
triunfo o fracaso, porque, al menos, aprenderemos a qué no hacer para lograr lo que
estamos intentando.
Esta debería ser nuestra lección de vida: aprender y atrevernos a vivir nuestros triunfos
y fracasos, a vivir nuestros propios aciertos y errores, pero no vivir los aciertos o errores
ajenos, y, ¿cuál será nuestra ganancia?, pues que no tendremos que reprocharnos en
el futuro con el ¿qué hubiera pasado si…? pues el “hubiera” siempre llega tarde, y, lo
peor del caso, es que no existe.
La verdadera emoción, pasión y razón de la vida es vivir nuestra propia vida sin temor al
fracaso, aunque llegue; es correr nuestros propios riesgos aún en la incertidumbre del
después.
Y esto no quiere decir que no necesitemos de apoyo o de alguna orientación o consejo.
NO.
Tampoco quiere decir que en algún momento las demás personas no tengan razón
sobre algo que nos adviertan o aconsejen.
NO.
Lo que quiere decir es que debemos aprender a escuchar y reflexionar sobre lo que nos
dicen, y si consideramos que es adecuado y conveniente aplicarlo en nuestra vida,
hagámoslo, pero por decisión propia, no por imposición, ni porque nos lo haya dicho
fulanito o fulanita tal.
Recordemos que es bueno y saludable intercambiar puntos de vista sobre las cosas de
la vida y de nuestras vidas, pero no encadenarnos a lo que los demás nos dicen.
No debemos tomar las cosas por quien las dice, sino por el efecto que puedan tener en
nuestras vidas.
Es decir, cada vez que alguien nos su opinión o nos aconseje sobre algo, debemos
analizar y valorar el efecto que pueda tener en nuestra vida, si lo consideramos positivo,
aceptemos la opinión o consejo; caso contrario, se rechaza, así de simple. Pero el
aceptar o rechazar debe ser nuestra decisión, nuestra elección.
El error más grande y grave que podemos cometer es que aceptemos algo sólo para
que no se moleste quien nos lo dice o porque hay que evitar las habladurías de la
gente.
Debemos ser auténticos y auténticas, y, a la vez, autocríticos. No podemos pretender
ser y comportarnos de la misma manera que otra persona, pues entonces perdemos
nuestra propia identidad, nuestra autenticidad.
Muchas veces vamos a escuchar: deberías ser como fulano”, pero es que fulano es
fulano y yo soy yo, dos personas distintas con modos de vida y destinos distintos.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 23
Por tanto, no pretendamos ser fotocopia de nadie, por mucho éxito o por muy buena
persona que sea. Lo que funciona para uno, no necesariamente funciona para otro.
Bueno, paremos ya con esta verborrea y saquemos alguna conclusión de todo esto.
¿Qué he tratado de decir con toda esta retahíla?
Pues que debemos actuar por reflexión y elección propia, sin estar bajo el dominio de
otro ni del qué dirán, sin comprometer ni subordinar nuestra libertad y nuestro derecho a
ser nosotros mismos: dueños y constructores de nuestro propio destino.
Que la vida es linda, aunque relativamente corta, y
que tenemos que aprender a vivirla, pero como
algo propio, para eso nos la han dado.
Que tenemos que aprender a avanzar un paso a la
vez, pero con firmeza y propia convicción, no
importa cuántos baches encontremos en el
camino, no importa cuántas críticas nos hagan los
demás.
VIVE Y DEJA VIVIR, ese debería ser nuestro lema.
Que no permitamos que otros nos quiten nuestro propio protagonismo existencial, que
invadan nuestro espacio, que roben nuestra autenticidad.
Es decir, y ya para rematar, que tengamos voluntad y criterio propios, que aprendamos
y nos atrevamos a decidir por nosotros mismos y a exigir de los demás el debido
respeto a nuestras decisiones, aunque nos equivoquemos.
Es bonito saber que contamos con alguien para orientarnos cuando vamos por camino
equivocado, a prestarnos su hombro para llorar nuestras cuitas, pero mucho mejor es
saber que contamos con una mano sincera e incondicional para ayudarnos a levantar
en nuestras caídas, pues serán muchas las veces que caeremos, es inevitable y son
gajes del oficio de vivir.
Por eso, la próxima vez que tengás que tomar una decisión, de elegir una alternativa en
tu vida, no te preguntés: ¿qué va a decir la gente de ? o ¿qva decir mi familia de
?, preguntate ¿qué querés vos realmente?, ¿qué vas a pensar vos de vos mismo o
de vos misma?
Si te salen bien las cosas, ¡Eureka!, pero si te sale el tiro por la culata, al menos te
quedará, además de la experiencia y enseñanza de vida adquirida, la satisfacción de
poder decir y enrostrar: “LO HICE”.
Para remachar mejor lo anterior, recordemos siempre lo que decía Theodore Roosevelt:
Es duro fracasar, pero es todavía peor no haber intentado nunca triunfar.
24 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Ya que, cuando las cosas nos salen mal, cuando caemos en la vida, ¿qué nos queda?,
pues simplemente levantarnos, sacudirnos el polvo, curarnos los chimones y seguir
adelante. Mañana será otro día, otro día para comenzar una nueva oportunidad.
Por eso, jóvenes ilustres beneméritos de la patria, si quieren ser dueños y dueñas de su
vida, comiencen por sentir que la están creando ustedes por ustedes mismos y mismas
y no otros ni otras por ustedes, y no olviden nunca que no hay creación sin imaginación
ni sueños.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 25
Segunda Conversa
Embutidos en un mismo
MOLDE SOCIAL
Lo que es razonable en una cultura puede no serlo en otra.
Si quieres conocerte a ti mismo debes ir más allá de la razón,
de los prejuicios y limitaciones de tu sociedad.
Descúbrete más allá de tus pensamientos…
Carlos González Pérez
¿Han escuchado decir que “ni los dedos de las manos son iguales”?
¿Sí?
Seguramente ya se habrán dado cuenta que así como no hay dos dedos totalmente
iguales, de igual manera, no existen dos personas totalmente iguales, aunque sean de
la misma madre y del mismo padre, aunque sean, incluso, gemelos, trillizos o
quíntuples.
Así es.
Una persona puede parecerse a alguien, tener algunos rasgos o características
similares, pero jamás, jamás será totalmente igual a ese alguien. Por mucho que se
quiera, nunca se va a lograr ser idéntica o idéntico a esa o ese alguien, nunca se va a
lograr ser una copia fiel de esa o ese alguien.
¿Por qué?
Simple, porque son dos personas distintas, únicas e independientes, con destinos,
condiciones y aspiraciones de vida diferentes.
Traduzcámoslo al español, todo hombre y toda mujer, sin distingo alguno, tiene y
desarrolla capacidades, cualidades y habilidades propias que le permite diferenciarse
de los y las demás, y son estas diferencias las que le dan su propia identidad, su propia
originalidad, su propia autenticidad.
Ese cuento que son como dos gotas de agua”, no es más que una simple expresión y
nada más que eso: “una simple expresión que utilizamos para decir que alguien se
parece mucho a otra persona, pero de eso a ser idénticos hay mucha distancia y mucha
diferencia.
Además, lo de iguales”, no sólo debe enmarcarse en lo físico, también tiene que ver
con el carácter, el comportamiento social, las preferencias, las ideas, etcétera, etcétera,
etcétera.
26 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
No porque mamá o papá cante, yo soy o tengo que ser cantante. O porque a ellos, o a
uno de ellos, les gusta el ballet, a mi me tenga que gustar.
Dicen por ahí que hijo de tigre nace rayado”, pero, si nos fijamos bien, vamos a notar
que entre las mismas rayas hay muchas diferencias.
En conclusión, las personas somos diferentes unas de otras, tal vez con similitudes,
parecidos, pero diferentes al fin.
Imagínense un mundo de personas iguales, ¡ni quiera la araña!
Sería de lo más aburrido e insípido.
Lo que intento es dejar claro que entre las personas siempre habrán diferencias: físicas,
económicas, culturales, artísticas, de preferencias, de aptitudes, de estatura, de peso,
de fuerza, de habilidades, y de un enorme etcétera, aunque pertenezcan a una
misma familia.
Y, precisamente, son esas diferencias entre las personas lo que le da sabor y gusto a la
vida, lo que hace que las personas interactúen y se agrupen, no con todos y con todas,
sino con algunas y algunos en su lucha existencial. Es lo que genera una determinada
interdependencia social entre los diferentes miembros de un grupo de personas
determinado, es la razón que da origen a las parejas, a los círculos de amigos y amigas,
a las organizaciones, a los clubes, etcétera.
¡Ojo!, dije in-ter-de-pen-den-cia, no dependencia, no nos enredemos ni nos
confundamos.
Por eso, no en vano se dice que en la variedad está el gusto.
Pero, como siempre, nunca falta un pelo en la sopa, porque esto de las diferencias
entre personas trasciende más allá de una simple caracterización particularizada para
distinguir a hombres y mujeres entre sí.
Y aqes donde esto se hace un solo chacuatol, una sola mescolanza, porque, a esas
diferencias propias de cada persona, se le agregan otras distinciones sociales, como la
capacidad económica de vida, el poder político y/o social conquistado, el nivel
académico o laboral alcanzado, el sexo, la edad, la etnia, la procedencia, etcétera..., lo
que genera, desgraciadamente, niveles de desigualdad social en nuestra ubicación
Sos lo que sos
independientemente de
lo que creás que sos.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 27
dentro de la sociedad, comunidad, familia, o cualquier grupo al que pertenezcamos. O
sea, se establecen categorías y jerarquías entre hombres y mujeres.
Veamos algunos brochazos de historia para que entendamos mejor este asunto.
Una buena parte del desarrollo histórico social de la humanidad (por lo menos el que
nosotros conocemos) se ha basado en la propiedad privada y la acumulación de
riquezas (léase: money, plata, billis, reales, dinero...bueno, como quieran) en manos de
unos pocos, pero no es suficiente con que acumulen estos pocos la riqueza social, sino
que se les coloca como ejemplos, como modelos de esfuerzo y éxito social, a quienes
hay que imitar o seguir sus pasos.
Esto, por desgracia, hace que algunas personas se desubiquen socialmente y crean (o
les han hecho creer) que esa desigualdad es un sello de superioridad y de privilegios, y,
por tanto, que todo se lo merecen, y que los demás deben subordinarse a sus caprichos
y deseos.
Pues se olvidan que esa desigualdad es sólo en la apariencia y modo de vida, porque
como seres vivos funcionamos de igual manera, nos enfermamos de igual manera,
sufrimos ante nuestras frustraciones de igual manera y morimos de igual manera, sin
llevarnos nada.
Y así como nadie lo sabe todo, así también nadie ignora todo (dicho en cristiano, no
existe ni sabelotodo ni cabeza hueca repleta de aserrín).
Estemos claros y claras que nadie
educa a nadie, pero también nadie se
educa solo, entendamos que nos
educamos en la interacción de los
unos y unas con los otros y otras,
que nos educamos de manera
colectiva, de manera social, bajo la
mediación de la vida, de la
humanidad, de la sociedad y, por
supuesto, del contexto histórico
social en que nos toca vivir.
En buen español, todos aprendemos
de todos, el grande aprende del
pequeño y el pequeño del grande, el
"estudiado" del "ignorante" y el "ignorante" del "estudiado", el padre y la madre de sus
hijos e hijas y los hijos e hijas de su padre y madres, el joven del viejo y el viejo del
joven, el hombre de la mujer y la mujer del hombre, y así sucesivamente.
Lo peor del caso, es que hay sus cuatro tarados que creen, permiten, apoyan y hasta le
dan la razón a ese tipo de acomplejados sociales, que se creen la mamacita de tarzán
porque tienen billetes, o un puesto político, o grandes títulos académicos.
28 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y esto, amigas y amigos, da inicio a las élites
sociales, políticas, económicas, religiosas, y su
respectivo etcétera; y de estas élites, obviamente,
se derivan las desigualdades de derechos y de
oportunidades, las discriminaciones y exclusiones
sociales entre grupos y personas, la explotación
entre las clases sociales....más en concreto, la
explotación de hombres y mujeres (aquí se
incluyen también a niños, niñas, adolescentes,
jóvenes, adultos, adultas, viejos y viejas) por otros
hombres y otras mujeres.
¡Madre santa!, parece que la fumé verde y me
elevé demasiado.
Y eso que en este grupito de nariz respingada,
que les encanta ver a los y las demás por encima
del hombro, no incluyo a otros y otras que también
creen que todo se lo merecen, aunque
pertenezcan al nivel de los acomodados, o de los
palmados, de los comen-cuando-hay, de los que
viven arráncame la vida, o sea, que no tienen
posición social copetona, de los crema y nata de
la sociedad. Y no los incluyo porque estos
prójimos y prójimas son producto de una mala
educación, de una educación distorsionada y
deformante, por parte de sus progenitores, que los
han mimado y sobreprotegido, que les han
complacido todos sus caprichos aunque deban
hasta el alma, que les han fomentado su boluditis
aguda (léase pereza, haraganería), en fin, que los
han convertido en personas malcriadas,
caprichosas, engreídas, vanidosas, egoístas,
tufosas, creídas, tiranos y tiranas contra sus
propios padres y madres, en fin, son personas que
casi nadie las soportan (lo peor que, a veces, ni
ellos mismos se soportan....porque se gastan un
carácter..."líbrame Dios"...)
Pero... como les decía... voy a bajar el gas y tratar
de aterrizar de la estratósfera.
A ver cómo le hacemos... queda claro, verdad,
que es un hecho natural que hombres y mujeres
se agrupen socialmente, es decir, formen grupos,
ya sea para constituir una sociedad o intercambiar
ideas o hacer negocios o ayudarse mutuamente o
simplemente para despellejar al vecino o a la
Principios y convicciones
inflexibles pueden ser un
gran peso para nuestras
vidas, pues muchas veces
evitan nuestro crecimiento
y nuestra búsqueda de la
felicidad y armonía
convivencial.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 29
vecina..., el asunto es que siempre forman parte de un grupo social.
Pero esto no es tan simple como parece, porque... todo grupo social (llámese familia,
bróderes, tribu, comunidad, pandilla, colectivo de trabajo o como quiera llamársele),
para que pueda funcionar, establece, de manera formal o informal, de manera
silenciosa o manifiesta, ciertos principios, normas o ideas básicas que sirven de guía
para su accionar y proyección social. Principios, normas o ideas que moldean y
mediatizan la conducta y comportamiento de sus integrantes, y no sólo eso, sino que,
muchas veces, hasta su forma de pensar.
Barajémosla más despacio.
Si nos fijamos bien cómo funcionan los grupos sociales, nos vamos a dar cuenta que
estos principios, normas o ideas, en la práctica no se aplican de igual manera en y para
cada uno de los integrantes del grupo, lo que hace, obviamente, que el grupo se
polarice entre los privilegiados (quienes los interpretan, se apropian de ellos y aplican a
su manera y conveniencia personal) y los subordinados (a quienes sí se les aplica estos
principios en toda su extensión y rigor), lo que provoca el desarrollo de
comportamientos individualistas y elitistas, según sea el rol que se asuma dentro del
grupo, es decir: de liderazgo, de lacayo (lameplatos, servil, sapo, etcétera) o de
conformista.
Aunque las cosas son así (pues así han funcionado y seguirán funcionando por mucho
tiempo), es preciso aclarar, sí, que la decisión de cómo actuar dentro del grupo, de
cómo enfrentar cada una de las situaciones que se presenten, es una determinación
particular de cada integrante del mismo, independiente de su contexto de vida, del
tiempo y del lugar. O sea, cada quien, haciendo uso de su libre albedrío como mejor le
parece, define (por elección o sumisión) su propio rol, su lugar e identidad grupal.
Es que... hasta el depender de otros u otras para definir y enrumbar nuestra existencia
es una decisión propia, ya que, aunque nos parezca mentira, nadie nos impone ni
obliga a ser dependientes, son nuestras inseguridades, nuestras negaciones, nuestras
incompetencias, y, muchas veces, hasta nuestras propias conveniencias lo que nos
induce a la dependencia.
Esperen un momento que ya me perdí, ya me hice una melcocha con todo esto.
Mejor la paro hasta aquí, pues esto del comportamiento humano es amplio y complejo,
es algo de no acabar, y no me quiero enredar ni enredarlos (además que este libro no
es un tratado de psicología ni sociología).
Así que lo me voy a limitar a decir que, sin importar cuál sea nuestro comportamiento
social, la realidad es que éste, al final de cuentas, es asumido por voluntad propia,
independiente de la influencia que las demás personas ejerzan sobre nosotros, porque
es nuestra responsabilidad y nuestra elección el aceptar o rechazar cualquier rol que se
nos asigne o se nos quiera imponer.
Lo bueno es que la opción de transformación y de cambio siempre es factible y posible,
todo es que tengamos voluntad y decisión para ello.
30 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Además, tenemos que tomar en cuenta que las
épocas cambian, las condiciones de vida cambian
y, con ello, las personas también tienen que
cambiar, es lo más lógico y lo más prudente. Ni
más ni menos a es la cosa, es una necesidad
social e individual adaptarse a los cambios que los
avances sociales traen consigo.
Pero... ¡cuidado!... no sólo se trata de cambios,
también cabe suponer que, en cada época, en
cada contexto social, aparecen nuevas normas de
comportamiento, nuevos principios, nuevos
valores.
Y, ¿qué pasa con los viejos valores?
Obvio, algunos se conservan, otros sólo cambian
de nombre y otros simplemente desaparecen, lo
que, sin lugar a dudas, da lugar al surgimiento de
un nuevo orden de valores sociales, con
categorías e importancias diferentes.
¡Uf!, espero que hasta aquí no se me hayan
perdido y que esté más claro que el agua de un
charco. Pero, por si acaso, recapitulemos un poco.
Cada grupo social establece principios,
normas o ideas que moldean y mediatizan
la conducta de las personas que lo
integran.
Cada persona define y asume sus propios
valores de comportamiento social por
conciencia propia (consciente o
inconscientemente, pero lo hace).
Obviamente, nuestro comportamiento social
también es moldeado y mediatizado según el
contexto cultural en que vivimos y la educación
que recibimos, pero esto es otro rollo y ahorita no
me quiero meter en él, así que mejor dejémoslo
para más adelante.
Por lo pronto, lo importante de todo esto, y que me
interesa recalcar, es que, a pesar que en los
discursos sociales mucho se habla de libertad e
igualdad social en los grupos humanos, la
armonía y equidad social siguen siendo simples
tapazos matinales, mera ficción, pues aún, en
Éramos todos humanos
hasta que󰜧
Creamos las clases
sociales󰜧
Y las religiones nos
separaron󰜧
Y la política nos
dividiera󰜧
Y el dinero nos
clasificara󰜧
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 31
pleno siglo XXI, continúan prácticas de
desigualdad, discriminación y exclusión social,
unas en forma abierta y otras de manera solapada.
Por eso, la pregunta del millón de pesos es: ¿por
qué, a pesar de todos los avances del
conocimiento humano, todavía existe desigualdad
en y entre los grupos sociales?
A ver cómo desmenuzamos todo esto.
Un hecho innegable e histórico es que la
existencia de la humanidad siempre se ha
caracterizado por la presencia de niveles sociales,
unos que mandan y otros que son mandados,
unos que tienen y otros que son “palmados”
("comen-cuando-hay" que a veces no tienen ni en
qué caerse muertos).
Esto me recuerda aquellos dichos que decían los
amantes del pragmatismo: unos nacieron para
mandar y otros para ser mandados”, “unos nacen
con estrellas y otros estrellados” (parece
mentira…, pero todavía hay quienes los asumen
como verdades absolutas y los defienden a capa y
espada).
Pero, bueno, sigamos.
Esta situación, desde una perspectiva social
indolente, se pudiera considerar normal si se parte
del principio que, en todo sistema social, no todos
pueden mandar ni todos pueden tener por igual, a
menos que reiniciáramos la historia de la
humanidad si se pudiera!.., pero todavía no se
inventa un botoncito de "reset" para retroceder el
ciclo de la vida).
O sea, a estas alturas del campeonato, de la
historia humana, está como medio difícil cambiar
algunas realidades sociales, tales como el de la
propiedad privada, la acumulación de poder, las
diferencias socioeconómicas, etcétera.
Muy al contrario, la dinámica social reafirma e
impone la existencia de dos tipos de grupos: los
dominantes y los no dominantes (o dominados), y,
como es de esperar, los primeros extralimitan, se
aprovechan de sus ventajas sobre los segundos.
Era ese tipo de persona
que se pasa su vida
haciendo cosas que
detesta para conseguir
dinero que no necesita y
comprar cosas que no
quiere para impresionar a
gente que odia.
Emile Henry Gauvreay
32 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Nos aplican aquello de que "todo mundo sabe... tanto tienes, tanto vales", o si no "el
que tiene plata platica, el que no se calla". Y yo me pregunto por qué no aquello de
"el que tiene y el que no tiene, el mismo valor humano mantiene".
Por otro lado, un hecho innegable es que los grupos dominantes, para lograr imponerse
dentro del régimen imperante en cualquier sociedad humana, necesitan deteriorar y
antagonizar la armonía, la subsistencia, la autoestima y la importancia social de los
integrantes de los diferentes grupos no dominantes (en español, las grandes mayorías).
Dicho en cristiano, tienen que institucionalizar y fortalecer la desigualdad y las
diferencias sociales.
Pero, ¿cómo logran esto?
Pues de la manera más simple, aplicando aquel principio que dice: divide y vencerás”,
es decir, dividiendo a los grupos sociales entre y dentro de a través de status,
privilegios, modelos de vida y torciendo la conciencia social.
Y muchos dirán: ¿cómo van a torcer la conciencia social si no es un trapo?
Ay, amigos y amigas, es más flexible que eso.
Y, para que les quede más claro, aquí les va un cuentecito (aunque no es de princesas,
ni príncipes encantados, ni hadas madrinas mágicas):
“Hubo tres señores, uno llamado Iván Pávlov que descubrió el principio del
comportamiento reflejo utilizado para condicionar la conducta animal, el otro John
Watson quien aplicó los principios del condicionamiento animal a los seres humanos, y
un último llamado Joseph Wolpe quien aplicó la técnica del entrenamiento asertivo para
eliminar la ansiedad y moldear la conducta humana, y las conclusiones de estos tres
señores dieron origen a un conjunto de métodos y técnicas psicológicas (muy utilizados
en los medios de comunicación social para estimular el consumismo) que inducen y
mediatizan la conducta de las personas, de manera éstas se adapten, acepten y
contribuyan al sistema social imperante y eliminen aquellas "malas costumbres" que
puedan desestabilizarlo (y les cuento que esas cnicas son rechazadas por muchos
psicólogos)”.
Pues bien, con la ayuda de esas técnicas se han creado estereotipos sociales (ideas,
imágenes o creencias aceptadas comúnmente, casi de manera inmutable, por unos
cuantos por allí) hacia los cuales las personas deben aspirar como modelo de vida,
según sus condiciones, posibilidades y posición social.
Si a lo anterior le sumamos que para adquirir o acceder a cualquier bien o servicio
necesitamos religiosamente del “vénganos en tu reino” (“poderoso caballero es don
dinero”) y le agregamos la crisis económica y social en que vivimos y nos obstaculizan
el alcanzar libremente condiciones de vida digna y estable
¿Qué tenemos?
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 33
Ni más ni menos un “sálvese quien pueda”.
Por eso, para las clases dominantes es imprescindible inculcar valores de competencia,
individualidad, indolencia, mercantilismo, consumismo, fachadismo, etcétera, etcétera,
etcétera, que promuevan en muchos y muchas la desconfianza hacia las demás
personas, y, a la vez, les induzca a luchar por sus propios intereses “a cualquier precio”.
¡Et voila!
La mesa está servida para la división, desigualdad, menosprecio, exclusión y
discriminación social.
Alto, alto, alto. Rebobinemos, por favor.
Déjenme encarrilarme de nuevo y volver a nuestra conversa, porque ya me salí por la
tangente.
Se suponía que esta conversa iba a tratar sobre por qué estamos apachurrados en un
mismo molde social y mírenme aquí locureando sobre lucha de clases sociales (¡clase
de gas éste!).
Bueno, tampoco es tan loco, lo que pasa es que cuando se trata de conductas
humanas todo se relaciona con todo, no podemos particularizar sus causas ni
encasillarlas a un solo fenómeno aislado.
Aclaremos esto con tan sólo un pequeño caso, no es cierto que una pandilla (o mara)
surja porque hay personas que nacieron malas por mismas y se agruparon para
dañar a los demás. Nada más distorsionante ni más cil para librar de toda culpa al
sistema social.
¿Por qué asumir que estos grupos surgen como una forma de sobrevivencia de estas
personas para suplir y satisfacer sus ansias de consumo y status de vida que tanto
pregonan e inculcan los sistemas sociales?
Penosamente así es… por eso, ante tanta disfunción social existente en nuestro países,
la primer pregunta que cabe es ¿y el sistema social qué papel juega en todo este rollo?,
obvio que la respuesta inmediata para las clases dominantes es que ninguno, porque
ése está muy bien, gracias.
Ya… basta de patinar y sigamos.
En la sociedad se establecen estereotipos ideales para todo y para todos y todas, hay
estereotipos para la belleza, para la salud, para ser persona de éxito (o “de bien” como
dicen por ahí), para ser persona “cool”, para cada tipo de profesión (hasta para ser
“buena” ama de casa), para ser mamá, para ser papá, etcétera.
Pero, para alcanzar esos estereotipos ideales hay que consumir, para consumir hay que
tener dinero y para tener dinero hay que tener una buena chamba (léase: trabajo en el
34 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
que se gane bien), o ser miembro o heredero de una familia adinerada. Y volvemos con
poderoso caballero es don dinero”.
Y…como podrán imaginarse, no todos ni todas pueden alcanzar esos estereotipos, lo
que, consecuentemente, acentúa más las diferencias sociales y, lógicamente, la
disconformidad entre los grupos. Y, ¿a qué nos lleva esa disconformidad?, la respuesta
es obvia, a la rivalidad, a la división, al “quítate tú pa’ ponerme yo”.
Uff… al fin voy a poder encarrilarme al tema de esta conversa…
Como la vida no entiende de nuestras locuraciones humanas, por ley tenemos que
comunicarnos, de una u otra manera, con los y las demás personas, aunque
pertenezcan a un estrato o grupo social diferente al nuestro.
Pero, en medio de esa comunicación, nunca falta: “la radio quijada”, “la sin hueso”, “la
viperina”, bueno, hablemos más decente, los chismes que hacen el deleite (de manera
nefasta y letal) de nuestras tertulias, de nuestras "reuniones sociales".
Es un hecho sine qua non (que no necesita demostrarse) que, en esas “reuniones
sociales”, hay muchas personas (por no decir “casi todas”) que son dadas a propagar
opiniones, cuentos, chismes, puntos de vista, etc. sobre grupos sociales, personas
específicas o cosas.
Y, en ese intercambio mortífero, muchas de esas opiniones, principalmente las
negativas, se establecen como si fueran verdades absolutas e irrefutables y se
propagan peor que pólvora, embarrando con ellas, sin remordimientos y sin reflexionar
si es bueno o malo, a Raymundo y medio mundo.
¡Hasta dicen por ahí que el chisme es malo, pero divierte!
Cosa más absurda, pero, lamentablemente, una pésima costumbre social muy
difundida.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 35
Una cosa muy cierta y que hay que tener mucho cuidado siempre para que no nos
agarren movidos o movidas, es que la intención de una persona que te lleva o cuenta
un chisme, no es el de hacerte un bien (aunque, supuestamente, se argumenta que es
para que uno se dé cuenta de lo que realmente pasa a nuestro alrededor y no hagamos
el papel de pendejo o pendeja), sino la de dañar, deteriorar o destruir tu armonía y
estabilidad emocional, en mejor castellano, para joderte la vida, porque, obvio, ya con la
sangre enchichada, viene el pleito, el bochinche (la discusión) y hasta la separación de
los y/o las involucradas en el chisme.
No en vano la mismísima Biblia señala en
Proverbios que hay 6 cosas que Dios aborrece:
los ojos altivos, la lengua mentirosa, las
manos derramadoras de sangre inocente, el
corazón que maquina pensamientos inicuos
(perversos, malignos), los pies presurosos para
correr al mal, el testigo falso que habla
mentiras, y el que siembra discordia entre
hermanos (Proverbios 6:16-19).
¡Qué tal…eh!...
Ni el mismo Colochón está de acuerdo ni
acepta el chisme.
Es más…y para dejar bien asentado este rechazo… en el salmo 15 se establece que
quien morará con Dios será aquel y aquella ”…que no calumnia con su lengua, ni hace
mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino…” más claro no puede
cantar un gallo… ¿verdad?
Pero… a pesar que en nuestras culturas predomina como fe religiosa la cristiana, hay
quienes todavía siguen sacándole filo a su lengua a costilla de los y las demás, y ay de
aquel o aquella que caiga en las redes (léase: lenguas) de los chismosos: te fuiste tiste
y ni adiós dijiste. Y esto vale tanto para el o la que esté embarrada con el chisme como
para el o la destinataria del mismo.
Y lo más trágico no es sólo eso, sino que, basta con que uno se relacione con alguien
que haya caído en esas redes para que se lo lleven en la balastra también.
No está demás insistir en que esta práctica venenosa, aparte de ser negativa y
excluyente, es discriminante, desvalorizante y desarmonizante en las personas y, con
mucha más razón, en los grupos sociales.
Y no vayamos muy largo, allí mismo en nuestro vecindario, si, por suerte o por
desgracia, alguien encaja dentro de las patrañas de un chisme o en las extravagancias
de una opinión generalizada, ¡zas!, más rápido que veloz, lo acusan, lo juzgan, lo
condenan y lo ejecutan automáticamente, sin reflexionar, ni siquiera un poquito, si con
ello están haciendo daño o no, lo marcan con esa “verdad omnipotente” peor que si
fuera ganado.
36 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y para rematar, legitiman esta mala costumbre,
aplicando aquel hermoso refrán que dice: al que
le caiga el guante, que se lo plante”, o el que se
sienta chimado, que se pandee”.
Y para que más arda, cuando alguien reclama, lo
primero que le encaran es “se las quiere dar de
delicado y, simplemente, se libran de todo clavo
diciendo: “dime con quién andas y te diré quién
eres”, o “el que con lobos anda, a aullar aprende”.
Y, como si no fuera suficiente, terminan de
apachurrar añadiendo aquello de “si son zorros
del mismo piñal”.
¿Qué tal?
Y para muestra un botón.
Si un barrio se caracteriza porque en él viven
muchos drogos (drogadictos), pobre del bien
portado que viva allí, porque, por sólo el hecho de
vivir en ese barrio, no hay vuelta de hoja… seguro
que también es drogo.
Y es que estas generalizaciones se vuelven como
un sello, como una marca, independiente que la
persona lo sea o no, independiente de si la
opinión es objetiva o subjetiva, si es cierta o falsa.
Si es que dan ganas de…, dan ganas de…, pero
mejor sigámonos aclarando con otros ejemplitos.
Si un hombre pertenece a un grupo de danza, ¡ay,
mamita linda!, seguro que es gay.
Y si una mujer es alegre, fiestera y le gusta salir
mucho con varones, no hay dudas, es calzón flojo.
Y así sucesivamente.
¡Cosas veredes, Sancho Panza!
¿Ya agarraron la onda?
Entonces, sigamos, y preguntémonos… ¿qué
tenemos aquí?
Lo que de una
persona se dice,
verdadero o falso,
ocupa tanto lugar
en su destino, y
sobre todo en su
vida, como lo que
hace.
Victor Hugo
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 37
Chapiollamente, la expresión más simple y sencilla de los prejuicios sociales, en la que
se trata de medir a grupos enteros con la misma vara, dicho en cristiano, meterlos a
todos en el mismo saco.
Desmenucémoslo más al suave.
Por definición sabemos que un prejuicio es una actitud social desfavorable, intolerante,
injusta e irracional hacia un grupo social o hacia determinadas personas.
Basta con revisar las noticias de los medios de comunicación o simplemente escuchar
las conversaciones informales para encontrar expresiones claras, en vivo y a todo color,
de los prejuicios sociales.
A propósito de esto, la vez pasada vi un afiche que decía Dios odia a los maricas”. Y
me pregunté, ¿será o no será prejuicio?
Bueno, no me voy a martirizar la cabeza con eso, ahí se los dejo de tarea.
Y es que los prejuicios juegan un papel relevante para
justificar la desigualdad entre los grupos sociales y, por ende,
entre las personas.
Cuando los grupos dominantes perciben amenazas a su
propio status social, a sus propios intereses, nada mejor que
recurrir a la creación y propagación de un prejuicio.
Pero… ¿por qué caer tan bajo?..., quizás porque esa es la
forma que encuentran para sentirse mejor consigo mismos, y
porque no disponen de otros medios para autoafirmarse, para
justificar sus atropellos contra los grupos no dominantes.
Y, obviamente, siempre van a encontrar lacayos (léase
serviles) prestos a hacerles el juego de propagar, asentar y
reafirmar esos prejuicios dentro de los grupos e institucionalizarlos a nivel de toda la
sociedad.
Hagamos un reprís.
El prejuicio social no es más que una actitud desfavorable de un grupo de personas en
contra de otras. Es una actitud injusta, falseada e infundada.
Pero no surge así por así, ni porque sí, tiene su proceso, su génesis social.
Veamos cómo se desenrolla esta película social…
Primero, se establece y difunde una creencia sobre determinado grupo social o persona
(dicho en lenguaje culto, se establece un estereotipo).
38 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Luego, se manifiesta, se decreta, se promueve un estado de opinión social hacia ese
grupo o persona (esto es, el prejuicio propiamente dicho), que, generalmente, suele ser
negativo, nefasto, venenoso, dañino… y, por supuesto, de rechazo, discriminante y
marginante.
Finalmente, se dispersa y generaliza algún tipo de actitud o comportamiento contra el
grupo o contra cualquiera de sus integrantes o contra la persona específica
(generalmente se trata de una actitud discriminatoria y excluyente).
Y así, tan sencillo como eso, en un dos por tres, se crean prejuicios racistas, sexistas,
clasistas, religiosos, políticos, étnicos, etcétera, etcétera, etcétera.
Ahorita se me viene a la mente un famoso dicho que se utiliza mucho en los trabajos y
entre las “clases sociales”: es lo peor poner a un indio a repartir chicha”. Y yo les
pregunto, ¿será o no será un prejuicio?
A mí que me registren.
Pero, sigamos.
Decíamos que los prejuicios (al igual que los mitos) surgen por conveniencia, para
discriminar, anular o dominar a otras personas o (poco, poquísimo frecuente) para
aceptarlas con favoritismos.
O sea, el prejuicio es una idea u opinión preconcebida acerca del grupo o persona que
se basa en información de algo que sucedió en el pasado o en alguna experiencia que
se tuvo con alguien en particular, o, simplemente, en un cuento inventado para difamar
o degradar a una o más personas.
Dicen que para muestra un botón.
Un hombre o una mujer que haya tenido mala racha en sus relaciones sexamentales,
puede desarrollar un prejuicio contra ese sexo, y asumir que todos los del mismo sexo
son iguales y que cualquier relación sexamental que tenga la va ir mal o le va a causar
daño.
O, si alguien crece o vive con la idea de que las personas que integran un grupo son
dañinos y nefastos, sea por una experiencia amarga o por una mala impresión de o con
alguien de ese grupo, puede llegar a catalogar que todas las personas de ese grupo
son iguales y tratarlos en función de esa idea.
Pero no todos los prejuicios son por experiencias traumáticas o ideas generalizadas, no,
también los hay de tipo cultural, si no me creen, chequen los siguientes:
Pensar que las mujeres son para la casa y los hombres para la calle.
O no brindar asistencia médica a alguien sólo por el hecho de que es afro-descendiente
(término que muchos consideran políticamente apropiado para evitar utilizar el término
negro).
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 39
O considerar que los obreros son vagos, vulgares, pirucas (borrachos) y pendencieros
(pleitistas), a fin de justificar el carácter exclusivo (VIP dicen ahora) del círculo social de
los empresarios y ejecutivos de una empresa, y explotar y marginar a los obreros sin
remordimiento alguno.
Y podríamos llenar páginas tras páginas con ejemplos, pues, como decía
anteriormente, en materia de prejuicios hay de todo tipo y de todos los colores:
religiosos, sexuales, políticos, étnicos, sociales, etcétera.
Desgraciadamente, los prejuicios son útiles para mantener el poder en manos de unos
pocos y el dominio de una clase social sobre otra, pues les permite garantizar y justificar
la acumulación de recursos y propiedades en ellos y hacerle frente a su supervivencia
social.
Bueno, creo que ya estuvo suave con esta verborrea, así que mejor tratemos de
exprimir algunas conclusiones de toda esta conversa.
En primera instancia, y antes que el diablo lo sepa, estemos claros que los prejuicios
son la base social de la desigualdad y discriminación en contra de la dignidad humana.
Que los prejuicios son causas de que algunas personas sean excluidas injustamente de
trabajos, barrios, préstamos bancarios, oportunidades educativas, eventos sociales y
organizaciones (sociales, políticas, gremiales, religiosas o de cualquier índole).
Que por prejuicios hay personas que reciben insultos muy hirientes o son excluidas de
participar en eventos.
Que por prejuicios a algunas personas se les paga arbitrariamente menos aunque
hagan el mismo trabajo. Las mujeres son las principales testigas de este atropello.
Que los prejuicios enfrentan a grupos contra
grupos, personas contra personas.
Que los prejuicios etiquetan a las personas
basándose en supuestos y no en un
conocimiento honesto o una experiencia
evidente de su realidad social o personal.
Que los prejuicios se agudizan por el
ambiente o medio social en que se vive y
convive.
Que muchos comportamientos prejuiciosos se forman en la infancia al imitar la forma de
pensar y hablar de los mayores, sin intención maliciosa por parte del niño.
40 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
¿Y qué quiere decir todo esto?
Pues que es urgente y de vital importancia que desarrollemos e impulsemos en
nosotros mismos (sin poner de excusa ni esperar que los demás lo hagan) valores
éticos que nos perfeccionen como personas, como seres humanos, en nuestra
voluntad, en nuestra libertad, en nuestra razón, y, por ende, en nuestras relaciones con
las demás personas o grupos sociales. Indiscutiblemente, tenemos que comenzar en
nuestro hogar, con nuestra familia.
Sí, valores que nos enseñen a no sentirnos superiores a los demás sólo por el hecho de
vivir en condiciones materiales mejores que las de otros, pues estas condiciones son
meramente circunstanciales y momentáneas, sí, circunstanciales y momentáneas, pues
lo material a como se obtiene también se puede perder.
Es necesario detenernos a reflexionar en cuanto a los efectos, al impacto que tiene en
las otras personas, en la sociedad o en nuestro medio social en general, lo que
hacemos o decimos.
Por eso, antes de emitir un juicio u opinión, debemos estar conscientes que no se trata
de una creencia o de una idea preconcebida, producto de algo que escuchamos o
vimos o vivimos en el pasado, que no se trata de un sentimiento que ha sido
generalizado a todo un grupo por una experiencia o vivencia con alguien en particular.
Debemos aprender a respetar y aceptar las diferencias sociales que existen en cada
uno de los que integramos la sociedad, llámese barrio, comunidad, municipio, país. Por
eso, en lugar de decir que “Juan Pérez” es diferente a mí, por qué no invertir la oración
y decir “yo soy diferente a Juan Pérez”, o, mejor aún, que ambos somos diferentes, uno
del otro.
Muchas veces, por no decir casi siempre, quien mal opina de uno es por envidia
encubierta o por un complejo de inferioridad no superado, pues no tolera el que
tengamos mejores cualidades o mejores condiciones afectivas de vida.
Tenemos que asumir que la verdadera igualdad social no radica en que todos seamos
idénticos unos con otros, como si fuéramos fotocopia humana, como si fuéramos una
sociedad robótica, además de imposible, sería una anormalidad, pues con ello no sólo
nos negaríamos el derecho a ser uno mismo, sino también nuestro derecho a la
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 41
libertad, nuestro derecho al libre albedrío y, lo que sería peor, a nuestra esencia
humana.
La igualdad social está en que todos gocemos y tengamos acceso a los mismos
derechos en equidad e igualdad de oportunidades, independiente que seamos blancos,
mestizos o negros; independiente de nuestra preferencia e inclinación sexual, o de
nuestra práctica religiosa o política; independiente de nuestra condición económica o de
nuestras influencias sociales o políticas; independiente de nuestras capacidades físicas,
independiente de cualquier condición social que nos diferencie de otras personas.
Quitémonos esa mala costumbre, esa actitud negativa de querer medir a todos los
integrantes de un grupo social con la misma vara, de meterlos en el mismo saco.
Dejemos de disfrazar los prejuicios tras valores que a simple vista parecen inofensivos y
lógicos, como hay que trabajar duro para alcanzar el éxito”, o sea, dejarse explotar
dócilmente, o “con disciplina se logra todo”, en cristiano, ser sumiso, no rebelarse contra
el orden establecido, o una persona sin ambiciones no triunfa en la vida”, es decir,
debe competir, ser el mejor y lo mejor, cueste lo que cueste, y un largo etcétera.
Recordemos que todo estereotipo es simplemente un molde para nuestra afirmación,
nuestra aceptación sociocultural y que todo prejuicio no es más que una actitud de
rechazo, solapada o no, en la mente de las personas, aunque no haya sido creado por
ellas.
Los prejuicios no son más que una forma
de ocultar nuestra cobardía para aceptar
y reconocer nuestros propios errores y
limitaciones, una forma cómoda de
trasladar nuestras culpas,
irresponsabilidades o frustraciones a
otras personas s vulnerables social o
familiarmente.
No olvidemos que no somos ni objetos ni
máquinas producidos con un mismo
molde, somos personas con diferentes
características y diferentes historias, y
esa es la belleza de la vida, pues, a como comentamos antes, es gracia a nuestras
diferencias que surge la necesidad de interacción, de interdependencia, y, con ello, la
necesidad de amar.
Somos y siempre seremos diferentes unos de otros, pero con el derecho a un trato
social justo, digno y equitativo, y esto debe ser así por siempre, por los siglos de los
siglos, amén.
42 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 43
Tercera Conversa
Y llegó el
LLANERO SOLITARIO
Aprovecha los malos momentos para descubrir qué te hace temblar.
Aprovecha los buenos momentos para encontrar el camino
que ha de llevarte a la paz interior.
Paulo Coelho
Incluyo esta conversa pues hay quienes aseguran por ahí que el buey solo bien se
lame
Y otros que dicen que es probable.
Pero yo… negras… a mí permítanme el margen de la duda.
Pues, de algo estoy seguro es que… no somos como los bueyes… somos seres
humanos… y el ser humano necesita de otras y otros seres humanos para vivir y
sobrevivir, para definirse e identificarse como persona.
¿Por qué?
Porque, por muy competentes que seamos, por muy biles que seamos, no podemos
hacerlo todo, no tenemos la capacidad de saberlo todo, no podemos alcanzar nuestras
metas solos… siempre necesitamos el apoyo de alguien; es más, no podemos valorar
con imparcialidad nuestras acciones si no conocemos otros puntos de vista y
valoraciones.
Esto equivale a decir que el agruparnos socialmente es una necesidad humana y un
interés social, y, como ya he repetido varias veces, es en la agrupación social que surge
la interdependencia e interacción colectiva, la colaboración y solidaridad entre unos y
unas con otros y otras, también aparece el trabajo y el desarrollo social, tan necesario
e ineludible para nuestra sobrevivencia y existencia individual y social.
Bien decía don Aristóteles: “somos animales sociales”.
No nacimos para la individualidad ni para el aislamiento ni para la soledad, nacimos
para la interacción, la colectividad y la colaboración, pues siempre vamos a necesitar de
alguien que nos eche una manita, de alguien que nos haga un cariñito, de alguien a
quien contarle nuestras cuitas.
Pero como nunca faltan sus estrellas por ahí, hay sus cuatro ilustres que les encanta
aislarse, y, por tanto, se auto excluyen de la vida social, pues, según ellos y ellas, tratan
de no meterse con los y las demás, de no participar en actividades colectivas, de no
compartir saberes ni experiencias, mucho menos sentimientos con otros y otras,
44 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
poniendo de pretexto que a están bien, que a se sienten mejor y se evitan
problemas.
Lo peor del caso es que, con mucha arrogancia, pregonan a los cuatro vientos: "así soy
yo, y, quien me quiera, así me tiene que aceptar..", porque, según ellos y ellas, no
pueden ni quieren cambiar, y...nada más egoísta que eso, pues es una actitud
egocéntrica en la que pretenden que los y las demás giren a su alrededor y se inclinen
ante ellos y ellas, tienen un complejo peor que el de Julio César, que obligaba a los
gladiadores a decir: "Ave Caesar, murituri te salutant" (en cristiano: "Salve Emperador,
los que van a morir te saludan").
Triste historia, amigas y amigos, pero es real. Y no sólo real, sino también un
desperdicio de vida.
Bueno, vamos a ver cómo hacemos bailar este trompo, porque, si se fijan un poco, ese
tipo de historias siempre están inmersas en círculos y círculos y círculos viciosos de
nunca acabar (y cómo cuesta sacar a esas personas de esos círculos).
Y aquí comenzamos con este rollo.
Una cosa es me corrí” y otra “me corrieron”.
O sea, no es lo mismo que “yo me aísle de las personas” a que las personas me aíslen
de ellas”.
Aunque ambas situaciones son negativas y dañinas.
Pero…cuando una persona trata o se aísla de los y las demás, o sea se autoexcluye,
no sólo estanca su crecimiento humano y social, sino que entorpece (de volverse torpe)
su vida, sus ideas, su entendimiento y sus sentimientos, porque es un ser que sólo
transpira tristeza, aburrimiento, soledad, rencor, resentimiento, y, lo peor de todo,
monotonía en su vida.
No se me confundan ni enreden, ni estén pensando que ya se
me pelaron los cables, si es cierto que hay personas que
están "solas" pero como sinónimo "de no tener pareja", no de
"no tener amigos y amigas", y son alegres, jodedoras, bacanal
en vivo, pero, generalmente, esa es su imagen pública, la que
proyectan a los y las demás, por no decir su máscara social,
porque cuando regresan a su "soledad", o andan con su Dios
(léase: crisis existencial o emocional), su mirada y su rostro se
vuelven apachurrados, tristes, opacos y hasta amargados,
aunque hay quienes se defienden como gatos panza arriba
diciendo "pero si estoy SOLO o SOLA con quien me voy a
reír, ni que estuviera loco o loca".
Me imagino que ahorita muchos estarán pensando: pero "más vale solo que mal
acompañado”.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 45
Sin embargo, no es tan simple como parece…
Cuando una persona no se identifica con un grupo social o con las personas con las
que interactúa, o no se siente satisfecha con lo que le rodea, o se siente hostigada,
lastimada o invadida en su privacidad o integridad personal, o ha sufrido una fuerte
decepción afectiva o sentimental, ¿qué es lo que hace?
Pues, de primas a primera, y lo más probable, es que su reacción, su mecanismo de
autodefensa, sea un rechazo a socializar, a interrelacionarse, con personas que, a su
parecer, puedan repetir la misma (o similar) experiencia que acaba de vivir, es decir,
por lo general, desarrolla un comportamiento de aislamiento, de autoexclusión.
Dicho de otra manera, asume una
conciencia de fracaso y de frustración, una
actitud traumada contra la vida, deja de
luchar por sus derechos, por su vida, por
sus sueños, por su armonía existencial.
Y... ¿qué logra...digo yo...con todo esto?
Nada... nada más que fragmentar su futuro
y ponerse a buscar tablas de salvación que
supuestamente la protejan y la alejen de la
realidad vivida, pero que, en sí, de lo único
que la alejan es de su vida presente, de su ahora, de su realidad personal y social.
No voy a negar que la falta de modelos o apoyos familiares positivos, los traumas de su
existencia o la adversidad de su entorno social son fuertes cómplices de esta decisión
de aislamiento, de autoexclusión, pero tampoco hay que pasar desapercibido que con
esa actitud se niega a la plenitud de la vida, a la construcción de un futuro mejor, a una
vida en armonía con los y las demás. Lastimosamente, lo único que logra es empeorar
su situación, su interacción social, familiar e individual.
Por favor, no me vayan a decir que cuando las cosas se ponen “peludas”, feas y
críticas, la mejor solución es patitas pa’ que te quiero”, y que más vale aquí corrió que
aquí quedó”.
¡Jamás de los jamases!
Se podría justificar una retirada, pero... ¡ojo!... una retirada es válida únicamente cuando
se trata de una estrategia de lucha, sea para reflexionar o para recuperar fuerzas y
volver a la pelea por superar o mejorar la situación.
Huir por huir, no es más que un acto de cobardía y de derrota, no es más que dejarse
vencer por el miedo y la desesperación, no es más que aceptar nuestra impotencia e
incompetencia para afrontar y resolver una situación por muy caótica que sea, peor si
para ello nos volvemos "carnales" y clientes consuetudinarios del licor o las drogas, o
sea, nos volvemos pirucas o drogos, pues ningún licor ni ninguna droga han sido nunca,
nunca, nunca solucionadores de problemas o crisis existenciales, pueden adormecer la
46 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
razón y provocar un pseudo-relax, pero, pasado el efecto, vuelven de nuevo todos los
problema o recuerdos.
¡Híjole! Ya esto me huele a sermón.
Ommmmmm, Ommmmmm, Ommmmmm, a ver si así la tomo con más calma,
Ommmmmm, Ommmmmm, Ommmmmm.
Bueno, sigamos.
Así como existen muchas causas para la autoexclusión, también existen muchos tipos
de autoexclusión: familiar, social, sentimental, sexual, profesional, escolar, política,
cultural, etcétera, etcétera, etcétera.
Es decir, la autoexclusión es una realidad social difícil de delimitar en cuanto a su
definición y manifestaciones, pues en ella influyen la época en que se vive, el contexto
en que se interactúa y el espacio geográfico en que uno se desplaza, a como la
percepción y creencias que sobre la vida se tenga, o que tan fácil uno se deja
influenciar por los y las demás.
Lo que se puede afirmar es que una persona que se autoexcluye es una persona
marginada, y marginada dos veces: primero por ella misma, pues se aleja y se niega a
la vida por sí misma, se niega a interactuar con ciertos tipos de personas o de
actividades sociales. Segundo, por las demás personas, pues al ver éstas su apatía o
alejamiento social, también optan por alejarse de ella, por excluirla poco a poco del
grupo o actividad social.
Pero... ¡cuidado!... la autoexclusión no significa que la persona haga operación cusuco
todo el tiempo ni que se vuelva ermitaña (aunque siempre hay sus cuatro inteligentes
por ahí), no, la autoexclusión puede manifestarse en uno o varios espacios sociales de
una persona, no necesariamente en todas las esferas de su vida.
Aclaro un poco con algunos ejemplitos.
Algunas personas se acomplejan por no saber bailar o no bailar muy bien, ¿solución?,
dejan de ir a las fiestas, en lugar de esforzarse por aprender a mover el esqueleto.
Dicho de otra forma, se autoexcluyen de las fiestas.
Otras, por al qué dirán, se privan de vivir su propia vida,
de construir su propia historia, de expresar sus propias
ideas, o sea, se autoexcluyen como sujetos sociales
activos y se tornan pasivos, conformistas, dependientes,
sumisos y subordinados.
Otras, puede ser que no le atinen a ninguna pareja, que
siempre les salga el tiro por la culata, ¿solución?, no
volverse a enredar sentimental ni sexualmente con
nadie, en vez de reflexionar sobre sus necesidades
afectivas y el tipo de pareja que necesitan para
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 47
satisfacerlas. A veces olvidamos que una mujer no se complementa con todo hombre,
así como un hombre no se complementa con toda mujer, aunque en apariencia lo que
se haga sea lo mismo. O sea, hay que estar claro que una mujer no es para todo tipo de
hombre, así como un hombre no es para todo tipo de mujer, ley de la vida, ¿qué le
vamos hacer?
El problema con la autoexclusión (y con la soledad) es que
comenzamos a decir y repetir que así nos sentimos bien,
que “nunca” habíamos estado “mejor”, y lo decimos y
repetimos tanto que al final terminamos creyéndolo y
justificándolo como una verdad absoluta y lo reafirmamos
como un modelo “pijudo” de vida personal.
Hay personas, incluso, que, por miedo a volver a caer en la
situación que la empujó a su autoexclusión, toman la religión
como tabla de salvación, volviéndose creyentes fanáticos y radicales, y, lo peor del
caso, hasta se olvidan de sus compromisos y vínculos afectivos y sociales con quienes
las rodean.
Otras, las peores del paquete, asumen el chisme, la crítica destructiva, la injerencia
social (se vuelven metiches de la vida ajena) como práctica social cotidiana, unas “en
nombre del Señor y su santo evangelio”, otras “en nombre de las buenas costumbres” y
otras “porque son "carnales", "broderazos" y no quieren que a su uña y mugre lo o la
vean como idiota”.
Es decir, la autoexclusión no sólo es dañina para quien la asume como forma de vida,
sino también para las personas que la rodean o se interrelacionan con ella, pues no
sólo es soportar su forma de vida fragmentada, sino, muchas veces, su carácter
amargo, sus cuechos y sus depresiones.
¡Huy!, de sólo pensarlo ya me dio cosa.
Para concluir, recordemos que tanto el aislamiento como la soledad son prácticas
sociales nefastas en la vida de toda persona, porque al final, si nos descuidamos, nos
llega a contagiar con el cáncer de la envidia, nos puede llevar a la intolerancia de la
felicidad ajena, nos puede inducir a clavar el colmillo ponzoñoso del chisme y la
calumnia. Dicho en cristiano, nos puede convertir en personas indeseables, invivibles,
en engendros del mal.
Pero, lo más triste, es que, aún conscientes que nuestra estadía terrenal es corta,
dejamos de vivir a plenitud, dejamos de disfrutar las cosas bellas y placenteras que la
vida tiene, nos enterramos en vida. Nos volvemos zombis, "muertos vivientes", de
nuestra propia historia social.
Y cuando digo cosas placenteras, no estoy hablando de orgías desenfrenadas, ni de
derroches bacanaleros, no, me refiero a esos detalles simples que nos brindan las
demás personas, principalmente las que nos tienen o a las que les tenemos afecto, y
que nos llenan de gozo, de autorrealización, de sentir que para algo vinimos a este
mundo y que nuestro paso por él vale la pena.
48 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Habíamos dicho que no hay mal que por bien no vengay que cuando un diablo nos
bota, un ángel nos recoge”, pero si le cerramos las puertas (y hasta las ventanas),
¿cómo jodido va poder entrar ese pobre ángel?, ¿cómo diablos va poder llegar hasta
nosotros?
Traduciendo, si le cerramos nuestras puertas a la vida, ¿cómo vamos a vivirla?, ¿cómo
vamos a poder disfrutarla?, y vivir por vivir, esperando sólo a que nos llegue a recoger
la pelona, es mala onda.
Bueno, hasta aquí creo que es suficiente hablar de la autoexclusión, conste que se
puede decir chorrocientos de cosas sobre ella, pero con esto suficiente, porque, para
muestra un botón, además que a la par de la autoexclusión, también está la exclusión,
que es otra forma de marginación tan fea como una araña peluda y tan dañina como la
autoexclusión.
A ver, ¿cómo les explico?
Lo ideal, en las relaciones sociales interpersonales, sería que, cuando una persona se
acerca a otra o a un grupo, lo primero que hiciera, antes de acercarse (a como lo
explica la psicología), sería dedicar un tiempito a observar y comprender qué sucede en
la vida o en ese instante de la persona o del grupo, para luego hacer su ingreso triunfal
de manera coherente a la situación, y así lograr una aceptación y un status ante ella o
el grupo.
Si traducimos lo anterior, nos vamos a percatar que el nivel de aceptación de una
persona por otra o por un grupo está determinado por su capacidad para comprender
qué cosas son aceptables o no para esa persona o grupo, y qué actitudes o
comportamientos se hallan fuera de lugar, fuera de contexto, o sea, que no encajan con
la persona o con el grupo.
Por ejemplo, si en una conversa o reunión social pretendemos llamar la atención de una
persona o de un grupo cambiando bruscamente o demasiado pronto el tema que le o
les interesa en ese momento, o expresamos, de manera precipitada, una opinión de
desacuerdo a lo que se esté tratando, lo que podemos ganar es que seamos, implícita o
explícitamente, ignorados o rechazados, que nos hagan sentir que estamos de más,
que estamos sobrando, en pocas palabras, que no seamos aceptados.
A simple vista esto nos podría parecer un comportamiento normal con reacciones
normales.
Pero, no es así...
Porque, aunque se reconozca y acepte que entre las personas existen diferencias”
muy marcadas en sus habilidades sociales y personales, tanto en su tacto para hacer
amigos y amigas como para ligar con alguien o interactuar en una reunión, esto no
justifica que sean etiquetadas en tres status sociales: personas populares, personas
impopulares y personas “corrientes”.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 49
Repito, nada justifica que una persona sea rechazada, ignorada o aislada en ningún
ámbito social.
Menos si esta persona tiene alguna discapacidad o padece
alguna enfermedad, o porque es gay o lesbiana, o porque
es “come-cuando-hay”, o por su tendencia política o
religiosa, o por el color de su piel, o por su raza, o por su
vínculo familiar, o por su nivel académico o cultural, o por
su pertenencia a algún grupo social, o por su falta de tacto
social, o por… … … … …,
A este tipo de actitud social nefasta se le llama
discriminación, marginación social, exclusión social.
Además, porque un prójimo o prójima meta las patricias, meta las de andar en sus
relaciones sociales, o porque no sepa cómo abordar a otras personas o grupos, no
vamos a etiquetarlo o etiquetarla de impopular. y dejarlo o dejarla fuera de un círculo
social.
NO.
Pues esa práctica excluyente ya es por prejuicios, por intolerancia social, por arrogancia
social, por una absurda concepción binomial de dividir a las personas o grupos en
superiores e inferiores.
Dicho a lo crudo, es una vulneración y negación a los derechos de equidad e igualdad
social, al respeto a la dignidad humana. Peor aún, es una fuerte y seria limitación a las
posibilidades de involucramiento y desarrollo integral en igualdad de condiciones.
Resumiendo, es un trato diferencial (por favor no lo confundan con preferencial) en
cuanto a las consideraciones sociales que toda persona merece y tiene derecho, es un
trato cuya única pretensión es hacer sentir inferior a la persona o grupo que cae en esta
etiqueta social.
Y… esto no son locuraciones, ni una realidad ajena a nosotros, ni algo que lo practican
otras personas (pero no nosotros), ni que constituya una excepción social poco
frecuente...
NO.
Es una práctica que está instalada en el continuo quehacer de nuestra existencia, en
nuestra cultura cotidiana, está Incorporada a nuestro lenguaje, en nuestras relaciones y,
desafortunadamente, se ejerce a diario de manera consciente e inconsciente.
Lógico, en una sociedad donde la competencia es un valor central para el éxito de las
personas, los mecanismos de exclusión constituyen una regla de juego necesaria,
elemental y fundamental. Dicho en cristiano, la competencia social a la que nos induce
el consumismo, el servilismo, el mercantilismo, la veamos por donde la veamos, es por
naturaleza excluyente.
50 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Nos guste o no, desgraciadamente, así es.
Por eso es muy pertinente tener siempre presente las palabras de Gabriel García
Marqués: "el hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando va ayudarle a
levantarse".
La discriminación es un fenómeno amplio que se presenta de muchísimas maneras,
pero lo más descomunal es que es un comportamiento social dirigido contra las
personas en las que recae uno o más prejuicios y reproducido por aquellos que
presumen ser superiores a las y los demás.
Ahora, si la autoexclusión es dañina porque automargina a una persona, la exclusión es
peor porque se ensaña contra la dignidad de las personas, sin mayor delito que no
encajar en el estereotipo reconocido, establecido y bendecido por el sistema social
imperante.
Esta situación de exclusión nos lleva a la indiferencia moral y, en su grado extremo, al
odio hacia la otra persona, a la que es diferente, a la desconocida, a la marginal, a la
que viene de otra parte, a la que padece de algo, a la que no piensa o actúa como el
sistema lo demanda.
Y, asústense, la exclusión afecta, aunque de diferentes formas, a la inmensa mayoría
de la población mundial.
Y es de esperarse, imagínense ustedes que hubo un señor de apellido Touraine que en
1998 se atrevió a decir que la integración social no se realiza más a través de la
participación de todos en valores y reglas institucionales comunes, sino más bien de
manera opuesta, a través de la individualización de cada actor social y de su capacidad
de combinar sus fines culturales y personales con los medios instrumentales de la
sociedad de masas”. ¡Qué tal, eh!
¡Híjole!, sin querer queriendo me estoy metiendo en política.
A ver cómo me zafo de esto, pero es que a mí, sinceramente, se me hace muy difícil
evitarlo en este tipo de tema, ya que he aprendido que hay tres elementos
determinantes para que se dé la exclusión social: los prejuicios, la alienación y la
pobreza, entonces…, que alguien me explique cómo separar la política de esta
conversa, porque yo... yo no puedo.
Así que ni modo, ahí se va.
Siguiendo con la conversa, creo que sobre los prejuicios ya he hablado hasta por los
codos.
Y, en cuanto a la alienación, voy a dar por entendido que todos y todas saben que ésta
es el resultado de la praxis de dominación que predomina en cualquier sistema social
cuyo eje central es la propiedad privada y la acumulación de las riquezas en manos de
unos pocos, como nuestros actuales sistemas capitalistas.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 51
A ver cómo lo explico...
En este tipo de sistemas, las relaciones persona-persona coloca a unos al servicio de
los dueños de las riquezas y el poder, a favor de sus mecanismos de opresión, pero,
como nada es gratis en esta vida, están expuestos al desprecio y la exclusión
permanente de esta élite, si no coaccionan a otros para que acepten, se amolden,
participen y se subordinen al sistema social dominante.
Triste realidad, pero es la realidad, realidad que implica someter a las grandes mayorías
a condiciones de pobreza perpetua, que deben reproducirse y renovarse de manera
mantengan el dominio y control social en manos de unos pocos.
Y esta pobreza, obviamente, es el elemento social por excelencia para marginar a
algunas personas (por no decir a las grandes mayorías) de los beneficios del progreso
social, la cual no lo contribuye, sino que favorece la exclusión social de amplios
sectores de la población, y, por ende, quebranta su dignidad y derechos.
Y... como es de esperarse, mientras no eliminemos y erradiquemos esas prácticas
discriminatorias arraigadas en el quehacer de nuestras vidas cotidianas, no será nada
simple (ni fácil) avanzar en la lucha para hacer de los derechos humanos una realidad
verdadera en nuestras sociedades.
Por tanto, lo primero por hacer es no permitir ni aceptar ni asumir prácticas que
promuevan la exclusión de las personas, tenemos que desprendernos de toda postura
indiferente y conformista al orden social impuesto y comenzar a fomentar el respeto y
reconocimiento hacia la diversidad humana que, por ley natural, existe y tiene que
existir aquí y en la Conchinchina.
“Sea cual fuere el motivo, […] todo atentado contra la persona es un crimen contra la
humanidad”, nos decía Gandhi, y tenía razón el señor.
Porque cualquier negación en hombres y mujeres de su realidad personal y social,
mediante mecanismos de exclusión, lo que hace es reducirlos a simples recursos
mercantiles capaces de ser administrados y manipulados en base a una ridícula
distinción entre una persona y otra, bajo el engaño permanente de la ilusión de un falso
progreso que está atado a un destino incierto de esclavitud social solapada.
Lo más triste de esta historia es que es unos y unas contra otros y otras, a través de
una violencia fría, que, al final de cuentas, es la forma más radical con la que la
humanidad ha forjado su historia.
Porque, señores y señoras, bróderes y sísteres, la discriminación, en un sentido directo
y sin tapujos, no es otra cosa más que una actitud de violencia que se comete contra
otra persona por ser diferente, por poseer un status inferior.
Y, como dice el Libro Verde sobre política social europea: “el problema no reside tan
sólo en las disparidades entre los más favorecidos y los más desfavorecidos de la
52 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
escala social, sino también en las que existen entre quienes tienen un lugar en la
sociedad y los que están excluidos de ella".
Por eso, el fundamento de toda lucha contra la discriminación debe ser volver la mirada
de forma directa hacia el rostro de la otra persona, mirarla cara a cara para constatar y
reafirmar nuestra igualdad y nuestro respeto mutuo, y, sobre todo, para hacerle frente al
diálogo y la comunicación franca y honesta con los demás.
Mantengamos siempre presente que estamos ante una realidad histórica, ante una
realidad humana que ha causado daños muy profundos entre las personas, entre los
grupos sociales y, lo más triste de todo, entre las mismas familias.
Basta ya de seguir sustentando aquel dicho romano del homo homini lupus” (el hombre
es lobo del hombre), de disfrazar y justificar los mecanismos sociales de violencia, pues
lo único que pretenden es el dominio social a costa de todo y por encima de todo,
llegando incluso a vociferarse que es en beneficio del progreso y para “bien” de la
humanidad.
Eso, véase a como se vea, es pura artimaña de los grupos dominantes para manipular
y someter a los no dominantes, aunque, desgraciadamente, hay quienes se prestan a
ese juego.
Por eso, jóvenes ilustres, no sigan siendo cómplices ni le hagan el juego a los que
promueven la discriminación social y, por ende, la exclusión, quedemos claros y claras
que la exclusión no sólo es un fenómeno social, sino también una cuestión política:
"económicamente mala, socialmente corrosiva y políticamente explosiva".
Tomemos conciencia que para erradicar la exclusión de nuestras sociedades habrá que
revertir la historia, recobrar el sentido de la vida, superar el vacío existencial y, sobre
todo, a como dice doña Carmen Bel Adell: “…liberar los mil cuatrocientos centímetros
cúbicos de nuestro propio cerebro, esas cien mil millones de neuronas sobre las que
tenemos nosotros el control si queremos tenerlo".
Y mejor la paro aquí, no vaya a ser y me salga la venada careta por tapas alastes.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 53
Cuarta Conversa
Hombres versus Mujeres󰜧
¿UN HECHO NATURAL?
Si sigues haciendo lo que estás haciendo,
seguirás consiguiendo lo que estás consiguiendo.
Stephen Covey
Nuestros abuelos y abuelas decían que hombres y mujeres viven como perros y gatos,
peleándose toda una vida, pero durmiendo en la misma cama y comiendo en el mismo
plato, y lo miraban natural.
Por eso nos aconsejaban que en pleitos de
pareja nunca había que meterse, porque
siempre es uno el que sale mal parado.
Y siempre me he preguntado si es natural que
hombres y mujeres vivan en eterna rivalidad, en
constante confrontación. Si es un hecho
irreversible que la armonía y el buen
entendimiento no pueda ser siempre el pan
nuestro de cada día entre ellos y ellas.
Y… ¡zas!... me acordé de aquel señor francés
que de todo dudaba, hasta de él mismo, René... René Descarte se llamaba... y,
tratando de imitarle, he quemado algunas neuronas queriendo entender esto, y vaya lío
en el que me he metido.
Sin embargo, de tanto cranear, pude llegar a las siguientes locuraciones:
Que es un hecho natural e indiscutible que hombres y mujeres son, ante todo,
personas, seres humanos, seres pensantes y vivientes, aunque, muchas veces,
lo olvidamos e insistimos en colocar barreras que establezcan dos polos
contrarios (antagónicos, decía Carlos Marx) en
su protagonismo como sujetos de la realidad
social y del contexto histórico en que viven.
Que, de acuerdo a lo anterior, también es
100% natural que hombres y mujeres tengan
las mismas capacidades, intelecto y
sentimientos, y que, como nos decía el
Profesor Santamaría, en lo único que difieren
es en lo fisiológico… que uno tiene un “palito”
(tradúzcase: pene) y la otra tiene un “hoyito”
(tradúzcase: vagina), ella puede parir y
amamantar y él no, y punto.
54 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y, aunque nos cueste aceptarlo, también es natural que hombres y mujeres se
necesiten el uno a la otra y la otra al uno, para poder realizarse como hombres y
como mujeres, tanto desde el punto de vista individual como social, familiar,
sexual, y un enorme etcétera, pues cada quien es complemento y excitación del
otro.
Y... fíjense bien cómo son las cosas cuando son del alma, que hasta en las relaciones
homosexuales alguien asume el rol de hombre y alguien el de mujer, lo que demuestra
claramente que este binomio hombre-mujer no desparece ni con la homosexualidad.
Pero… como nunca falta un pero en la historia de la humanidad... durante siglos, ¡qué
siglos!... milenios, se ha pretendido imponer la absurda idea del sexo fuerte (los
machos) y el sexo débil (las hembras), el sexo dominante (el hombre autoritario) y el
sexo sometido (la mujer domesticada).
Suena feo, verdad, pero así es...
Y es que, durante mucho tiempo, se ha impuesto a hombres y mujeres roles sociales
diferentes y diferenciados (…y ya vieron cómo lo escribo: hombres y mujeres, y ¿por
qué no: mujeres y hombres?, ¡ah, verdad…!, secuelas, amigas y amigos, nada más que
secuelas de esos viejos patrones sociales).
¿Y qué con esto?
Pues, que por un lado tenemos a las mujeres (aunque no todas) que, con esa forma
polarizada de educarlas, crecen y se desenvuelven con sus típicas inseguridades y falta
de confianza en mismas, dependiendo para todo del marido o de su familia, dudando
de misma y de sus capacidades, buscando la atención y aprobación en todo del
marido, del padre, del hermano, del jefe, etcétera, teniendo siempre miedo al qué dirán
y aceptando sin chistar (dicen que para “no buscarse problemas”) las reglas de juego
que le impone la sociedad, su grupo social y hasta su familia.
Por el otro lado, están los
hombres (aunque no todos), a
quienes se les inculca una
consagrada pretensión de
dominio sobre las mujeres (y
sobre otros hombres que
considera inferiores),
fomentándose una rivalidad
competitiva con los otros
hombres, justificándose la
búsqueda de múltiples
conquistas sexuales para probar
su virilidad, exteriorizando una
necesidad constante de exhibir
rasgos supuestamente
masculinos, como la fuerza, la valentía, la violencia, la indiferencia al dolor, y un abierto
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 55
desprecio a todo aquello que se considere femenino (el llanto, la sensibilidad, el
sentimentalismo, etcétera).
Pero, cuidado, eh, hay que tener claro que ambas posturas, ambos comportamientos,
tanto el de los hombres como el de las mujeres, no son innatos, o sea, no nacen con
ellos y ellas, sino que son aprendidos, son inculcados por la familia e impuestos por la
sociedad a través de todas sus estructuras y mecanismos de control y mediatización.
O sea, son posturas culturales transmitidas de una generación a otra como verdades
absolutas e irrefutables (aunque esto no quita que cada generación le vaya agregando
su puchito, a veces para mejorar y otras veces para embarrarla, pues de guatemala se
pasa a guatepeor).
Dicho más cristianamente, tanto mujeres como hombres son víctimas de toda una
constelación de prejuicios (sociales, religiosos, etcétera) impuestos, cuyo propósito es
impedir que tengan una visión clara de lo que debe ser su verdadero comportamiento y
rol, tanto con ellos y ellas mismas como con el sexo opuesto, sobre lo que debe ser una
verdadera relación e interacción entre los sexos, o, a como dicen ahora los sociólogos y
sociólogas: una relación e interacción intergénero.
Y, lo irónico de esto, es que PaDios (según el Libro de Génesis) lo que pretendió, al
crear a la mujer, fue aliviar la soledad del hombre con un ser que fuera totalmente igual
al hombre y que estuviera totalmente a la altura del hombre, o sea, su «ezer kenegdo»
("su otro igual"), y no como se ha mal pretendido concebir a la mujer: como una sierva
sometida al hombre y que vive a costillas del hombre.
No obstante, y hay que mencionarlo, en las últimas décadas, después de tantos siglos,
se ha comenzado a reconocer y valorar el incalculable aporte que la mujer da a la
familia, a la sociedad, a la humanidad por entero, en todos los terrenos: social,
intelectual, político, económico, histórico, y un rosario de etcéteras más.
Y era de esperarse, porque a ambos... lean bien... a ambos se les confirió y ambos
tienen igual responsabilidad social con la Gaia, con la Madre Tierra. Desgraciadamente,
la marginación, el enajenamiento, la exclusión, incluyendo también el distorsionamiento
de las cosas y de los aprendizajes, la invisibilización de nuestras realidades sociales,
políticas, económicas e históricas, ha sido, precisamente, el empaque con que nos han
envuelto y manipulado durante mucho tiempo, durante muchos siglos.
Y es que en este rollo de mujeres y hombres, de hombres y mujeres, lamentablemente,
muchos nos trabamos para hablar con libertad y franqueza sobre temas que son parte
inherentes y determinantes de y en nuestras experiencias, de y en nuestras
convivencias, de y en nuestras relaciones personales y sociales, no sólo como
individuos, sino también como parte integrante y determinante de una relación social o,
por qué no, de una relación de pareja.
Pero, ¿por qué?...
56 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Ah... porque nos da pena, porque no sabemos cómo lo va a tomar la otra persona,
porque son cosas íntimas y/o personales, y un etcétera de justificaciones nada que ver,
pues no tienen ni son ni ton.
Dicho de una manera más simpe, mutilamos
nuestra comunicación, hacemos de nuestra vida
personal y de nuestras relaciones un colocho, pues
al no expresarnos, al no exteriorizar lo que
realmente sentimos, pensamos y deseamos,
¿cómo diablos nos vamos hacer entender y nos
van a entender?
Se acuerdan que les dije que todo tiene que ver
con todo, pues ya ven, volvimos a tocar el tema de los prejuicios, y si hablamos de
prejuicios, también tendremos que hablar de estereotipos, y de discriminación, y de
exclusión, y del qué dirán, etcétera, etcétera, etcétera.
Bueno, sigamos en lo que estábamos, pero antes hagamos un corte de chaleco y
rebobinemos el cassette para que podamos seguirle el hilo a esta conversa.
Decíamos que un hecho natural es que la humanidad está conformada por mujeres y
hombres, pero (y ahí va el “pero” ineludible) en las sociedades, principalmente en las
latinas, se establecen políticas, formas de relación, comportamientos, actitudes y
acciones para y entre las personas (así como de las instituciones hacia las personas),
que obstaculizan un trato en equidad e igualdad de oportunidades y dignidades para y
entre ambos géneros.
A esto, las ciencias sociales lo ha bautizado como sexismo y se manifiesta en nuestras
culturas (en algunas ocasiones de manera sutil e imperceptible, y, en otras, de manera
explícita, contundente e innegable) en tres actitudes o comportamientos nefastos y
dañinos: el machismo, la misoginia y la homofobia.
Y, obviamente, el guante le cae al dominio masculino patriarcal que viene prevaleciendo
desde hace miles y miles de años en la historia de la humanidad.
Hagamos un poquito de historia para desenredarnos más despacio.
Desde los años 60 se ha venido promoviendo, con más fuerza y beligerancia, la teoría
de género, una teoría cuyo principal enfoque es la lucha por la equidad e igualdad de
derechos y oportunidades entre mujeres y hombres.
No obstante, por esas vicisitudes de la vida, algo se entromet y desbarajustó toda esta
insurrección femenina que provocó que hombres y mujeres se vieran enfrentados y
expuestos a una “disputa de poder”. Bueno, era algo de esperarse, pues, por un lado,
las mujeres luchaban por conquistar espacios y cuotas de poder social sobre los
hombres y, por otro, los hombres luchando por no perder su hegemonía y dominio
sobre las mujeres.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 57
Es decir, cada quien creyó y pretendió ser el
centro del universo, lo que originó un
zangoloteo social entre el “mujerismo o
“hembrismo” (que, desafortunadamente,
muchos y muchas lo confunden con el
feminismo) contra el machismo, y el
machismo contra el mujerismo.
¿Qué pasó con la película?
Simple, algunos movimientos o grupos
feministas, promotores del enfoque de género, consideraron que su línea principal eran
las mujeres, y, por tanto, orientaron el quehacer de su gestión exclusivamente a y con
mujeres, ¿y los varones?, ¡nada que ver!, brillaron por su ausencia, fueron excluidos,
aún más, las acciones desarrolladas estaban vinculadas a las necesidades de las
mujeres, ¿y las necesidades de los hombres?, ¡vay’usted a saber!
Esto, obviamente, ocasionó un resultado no deseado: una mayor polarización del
sexismo, pues las actitudes entre ambos sexos se endurecieron más y se tornaron más
radicales.
Entonces… ¿en qué paró el impacto de las acciones de estos movimientos?..., obvio,
no tuvieron la necesaria transversalización de género en las políticas, planes y acciones
sociales e institucionales, por tanto, una insuficiente incidencia en la reivindicación de
verdaderos derechos igualitarios entre mujeres y hombres.
El asunto es que esta postura egocéntrica, se convirtió en un obstáculo para el avance
a la equidad e igualdad de género y una incitación para desarrollar implícitamente
actitudes y comportamientos machistas aún dentro de los mismos movimientos
feministas, pues, sin querer queriendo, repetían y consolidaban los mismos esquemas
machistas contra los cuales luchaban.
¡Epa, epa, epa!... no quiero decir con esto que los movimientos, grupos u
organizaciones feministas no sirvan o no hayan hecho nada, NO, al contrario, han
contribuido enormemente a sacudir toda esta escoria actitudinal de nuestras
sociedades, pues han puesto sobre el tapete de lucha social la exclusión, desigualdad,
marginación y explotación contra las mujeres y, además, puesto en remojo el abuso y
monopolio de los espacios sociales por parte de los hombres.
Pero sí tenemos que estar claros y claras que aún falta mucho camino por recorrer, que
es necesario enderezar este barco para que su enfoque no continúe cayendo en el
parcialismo ni en el sexismo, pues que debe conjugarse y empoderarse en ambos
sexos, pues, si bien es cierto es necesario conquistar la inclusión social de las mujeres
en equidad e igualdad de oportunidades, trato y dignidad, también es cierto que es
imperioso lograr un cambio de actitudes en los hombres (como usuarios empedernidos)
y las mujeres (como cómplices reproductoras del machismo, la misoginia y la
homofobia).
¿Qué cosas trae la vida, verdad?
58 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
¡Híjole!, estoy comenzando a hablar de machismo, misoginia y homofobia, y ni siquiera
he tratado de explicarles lo que es. Hay me disculpan la falta de ortografía y
retrocedamos un poco para aclarar estas tres formas con que se expresa el sexismo:
machismo, misoginia y homofobia.
Bueno, cuando consideramos, valoramos y apoyamos socialmente la idea que los
hombres y lo masculino son superiores, mejores, más adecuados, s capaces y más
útiles que las mujeres, estamos ante el llamado sexismo patriarcal.
Y este tipo de actitud, para empeorar las cosas, tiene una visión del mundo y de las
relaciones sociales centrada en el punto de vista masculino, que justifica que los
hombres tengan el monopolio del poder, del dominio y de la violencia social. O sea,
para que hablemos con más elegancia académica, este punto de vista nos conduce a
promover y sustentar una actitud androcéntrica.
¿Y cómo se expresa este androcentrismo?, a ver si le son familiares estas frasecitas:
El hombre para la calle y la mujer para la casa
“La mujer es el pilar de la familia y, por tanto, debe estar dispuesta a hacer
cualquier tipo de sacrificio para defender la unidad y felicidad de su grupo
familiar”
El honor de las mujeres es como el cristal, una vez que se quiebra no se
repone
Las mujeres son débiles y los hombres fuertes
Los hombres nacieron para mandar y las mujeres para obedecer
Sólo los cristales se rompen, los hombres mueren de pie
El hombre es el jefe del hogar
A las mujeres les gusta que las maltraten
Las mujeres no están bien hasta que están mal
La mujer siempre lleva las de perder, porque es la que provoca al hombre
Ay, hija, hacete la desentendida y no le contestés, que así son los hombres
Y como éstas hay chorrocientas de frasecitas más, pero… ¿a qué me quiero referir con
todo esto? ¿a dónde quiero llegar?
Pues... ¿a qmás?... al machismo, a esa absurda manía de pretender imponer como
superior la condición de ser hombre, a engrandecer y justificar ciertas características de
los hombres, principalmente la virilidad y su actitud dominante, controladora y
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 59
avasallante sobre la mujer, y hacer de estas creencias una mezcla de agresión, de
fuerza dañina y depredadora, y de dominación sexual.
Y... como ya saben, las principales víctimas del machismo son las mujeres: nuestras
madres, nuestras compañeras (llámense esposas, amantes, “amigas con derecho, etc.),
nuestras hijas, nuestras amigas
Así mismo es, son las que lo sufren en vivo y a todo color de una u otra manera.
Aunque muchas prefieren creer que se trata de un problema personal de sus parejas,
padres, hermanos, colegas o jefes y hasta tratan de justificarlo: “es un poco brusco”, “es
muy exigente”, “tiene un carácter muy fuerte”.
Otras se ponen el sombrero de psicólogas: “es que su papá lo abandonó”, “es que su
mamá fue muy dura con él”, “ha tenido malas experiencias y por eso desconfía de las
mujeres”, “es que tiene problemas de comunicación”.
Y otras le dan un toque de humor y resignación: “es que así son los hombres”.
Y es que, en esta actitud androcéntrica, no basta con sobrevalorar a los hombres y a lo
masculino, sino que también hay que subvalorar a las mujeres y a lo femenino.
¿Cómo?
Simple, poniendo condiciones sociales de
subordinación a las mujeres, haciéndolas invisibles: no
ver ni identificar ni reconocer sus características y
aportes, negar y anular sus verdaderos atributos como
mujeres (el atributo que más se les asigna es el de
objeto sexual, como elemento de placer para el hombre
y como estrategia de mercadeo para el capital), tan así,
que incluso es común el tomar sus bienes y
aprovecharse de sus acciones y logros sin ningún asco
y sin que quede huellas de ello.
Y esto... tiene nombre y apellido... se llama misoginia… y se expresa cuando se cree
que las mujeres son inferiores por sí misma, porque esa es su naturaleza innata;
cuando se afirma de antemano que las mujeres son incompetentes porque su
incapacidad ya es un atributo natural en ellas, y, sobre todo, cuando se les hostiga,
agrede y somete haciendo uso de un derecho patriarcal absurdo, sin siquiera detenerse
a pensar un poquito que esa dominación genérica contra las mujeres es injusta, dañina
y éticamente reprobable.
En pocas palabras, la misoginia es un recurso de poder aceptado y permitido que hace
que las mujeres sean oprimidas y reprimidas antes de actuar o manifestarse sólo por su
condición de ser mujer.
Y las peores expresiones de esta opresión y represión son la violencia intrafamiliar, el
acoso, el abuso sexual y la violación, pues no sólo es la forma oprobiosa con que se
60 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
realizan, sino las secuelas traumáticas que quedan en la mujer, secuelas que, en la
mayoría de los casos, la marcan negativa y vergonzosamente para toda la vida; lo peor
de estos casos es que muchas de esta mujeres pasan, gran parte de su vida,
autoculpándose por lo sucedido, pues se meten en la cabeza que ellas fueron las que
provocaron que el hombre les hiciera lo que les hizo.
¿Acaso esto no es una muestra y prueba de lo efectiva que ha sido esta cultura de
alienación, marginación y desvaloración en contra de la mujer?
La respuesta se las dejo de tarea.
Mejor cerremos este rosario actitudinal, dedicando, en esta conversa, unas cuantas
palabritas sobre la homofobia, o sea, esa sarta de actitudes y acciones hostiles contra
las personas homosexuales, pues, de manera absurda, se considera que la
heterosexualidad es la tendencia sexual única, natural, superior, positiva y aceptable
por mandato divino y social.
La homofobia la podemos contemplar de manera clarísima cuando a alguien le aterra
relacionarse con homosexuales, o que alguien en su familia pueda ser homosexual;
incluso, hay quienes creen que la homosexualidad es una enfermedad o algún tipo de
perversión.
También se es homofóbico cuando se desvaloriza, ridiculiza y avergüenza socialmente
a las personas homosexuales, o cuando se les discrimina y agrede, o cuando se les
nombra con calificativos despectivos como marica, mariposa, cochón, mano caída,
marimacha, cochona, etcétera, etcétera.
Y, aunque usted no lo crea, hasta cuando hacemos chistes (por muy inocentes que
parezcan) y nos burlamos de manera estereotipada de las personas homosexuales,
somos homofóbicos. Peor, si a eso le agregamos posturas de inquisidores sexuales y
castigamos, hostigamos y dañamos a las personas por su homosexualidad.
Y, para no perder la costumbre, la violencia contra la homosexualidad, igual como
sucede con las otras formas de sexismo, se considera también legítima, incuestionable
y justificada.
Y para cerrar con un rayito de luz en la oscuridad con esto de la homofobia, no
olvidemos que a nadie se le puede obligar a ser lo que no quiere ser, ni a que le guste
lo que no le gusta, por tanto, no podemos obligar a nadie que tenga determinada
preferencia sexual si no es ese su “feeling”, si no es esa su manera de sentir y pensar.
No se trata de si el o la homosexual nace o se hace (eso es para los científicos), lo
cierto, la realidad, es que los y las homosexuales existen y son personas reales, seres
humanos de carne y huesos, por tanto, tenemos que aprender a respetarles y a convivir
con ellos y ellas, por muy extravagantes que nos parezcan, son parte de la vida, de la
sociedad y de la diversidad humana.
Pero... ¿qué creen?... la cosa no para allí.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 61
Así como lo leen.
Lamentablemente, hemos sido educados y educadas de manera sexista.
Si nos fijamos bien, nos vamos a percatar que, en muchas situaciones, pensamos,
sentimos y nos comportamos de manera sexista, sin que nos haga corroncha, o sea, no
nos incomoda, más bien, sentimos que es preciso hacerlo porque así ha sido siempre
por los siglos de los siglos, amén.
Aclaremos:
Una mujer es sexista cuando se subordina de antemano al hombre, cuando en
lugar de apreciarlo, amarlo y colaborar con él, le sirve, se somete a y justifica su
dominio y, peor aún, le teme. Y es machista cuando se desvaloriza a misma y
se da por vencida, y se subordina a él.
Un hombre es machista cuando se posiciona como ser superior y magnífico,
cuando, sin conmoverse, usa a las mujeres, se apoya en ellas y se apropia de su
trabajo, su capacidad creadora y su imaginación. Cuando margina, aparta,
discrimina y desvaloriza, cuando sobreprotege a las mujeres, y, desde luego,
cuando las hostiga, maltrata, atemoriza, acosa y violenta, aunque lo haga con
buenos modales y galantería.
¡Ojo!, el machismo también se da hasta entre los hombres, ¿cuándo?, cuando un
hombre actúa contra otros hombres para ejercer un dominio sobre ellos y ponerlos bajo
su poder.
De igual manera, la misoginia también existe entre las mujeres, cuando entre ellas se
descalifican y enjuician con la misma vara sexista, cuando se someten a dominio unas a
otras, cuando aprovechan su poder de opresión para usar, abusar, explotar, someter o
excluir a otra mujer a fin de lograr el beneplácito de los hombres o de quienes ejercen el
poder. Dicho chapiollamente, cuando se hacen trizas entre ellas mismas.
Y, como ipegüe, el sexismo alcanza su perfección cuando cada persona, de remate, es
sexista consigo misma.
¿Qué tal?
¡Como que nos dio en el matado, ah!
Pero el clavo está... jóvenes ilustres beneméritos y beneméritas de la patria... en que,
además de ser víctimas y/o victimarios del sexismo, también somos reproductores de
él.
Recuerden que habíamos dicho que todo esto era una concepción social y cultural, que
comienzan con la asignación de tareas y roles específicos a hombres y mujeres. A las
mujeres el cuidado de los niños y las niñas (sean hijos, hijas, hermanos, hermanas,
etc.) y la realización de las tareas domésticas. Los hombres son los que tienen que
62 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
proveer y representar el hogar, así que les toca trabajar, salir a la calle, meterse en
política, etc.
Pero… y… ¿aquellas mujeres que trabajan para contribuir a la manutención del
hogar?..., están bien, gracias…, pero... ¡atentas!... éstas no pueden ni deben descuidar
a los niños y niñas ni dejar de hacer los quehaceres domésticos, en pocas palabras, no
deben descuidar ni a su hogar ni a su marido¿qué cómo le van hacer?... eso no
importa, porque su naturaleza es de sacrificio, de entrega a su familia, y no importa que
no le quede tiempo para su crecimiento personal…¿verdad?...nadie las mandó a
meterse a camisa de once varas…¿les resulta familiar esta postura?... de seguro que
sí, injusta… pero se da.
Y… si una pareja se divorcia…, está bien, no hay problema, están en su derecho, nadie
está obligado a mantener una relación donde ya no hay armonía, donde ya no hay
química, donde ya no hay entendimiento ni tolerancia, y, peor aún, donde ya no hay
amor. ¡¡Ahhhh!!, pero... ¡¡ojo...mucho ojo!!... a la mujer le toca cargar con los hijos e
hijas, porque ella sabe cuidarlos mejor, porque es su atributo social, atributo que queda
súper justificado cuando nos dicen como sabia enseñanza una madre para cien, un
padre para ninguno”.
Y estos valores, y chorrocientos de valores más, los inculcamos a nuestros hijos e hijas,
a las nuevas generaciones, perpetuando así la desigualdad social entre hombres y
mujeres, rivalizando la relación entre ambos.
¿No me digan que todavía quieren s ejemplitos?
Pues, a petición dedocrática, ahí les va:
Los hombres no lloran, sólo las mujeres lloran por todo
Los niños varones no deben jugar con muñecas
Aguante como los machos, el muy pendejo
Como vos sos la mujercita de la casa, a vos te toca atender a tus hermanos
Sos peor que una mujer para andar metiendo cuentos
Las niñas deben ser delicadas y bien portadas
Sos una marimacha jugando con varones, ¿qué va a pensar la gente de vos?
Bueno, creo que para muestra un botón, ¿verdad?... Mejor sigamos.
Pero, antes que nada, es necesario aclarar, y que quedemos claros y claras, que el
machismo no implica únicamente que el hombre golpee a la mujer, o que la encierre en
la casa bajo cuatro candados, o que la ande como llavero, o que la tenga a mecate
corto, ¡¡NO!!, y mil veces no, el machismo puede manifestarse a través de la mirada, los
gestos o la falta de atención, basta con que la persona que está del otro lado lo perciba
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 63
con toda claridad, en vivo y a todo color, y que se sienta disminuida, humillada o
ignorada, así de simple, sin violencia, sin regaño, sin discusión, para qué, con que sea
una relación de desigualdad en la que alguien queda arriba y alguien abajo, en la que
alguien someta y alguien sea sometido, es más que suficiente.
También hay que dejar claro que no es necesario ser hombre para ser machista:
muchas mujeres también lo son, como madres, hermanas, hijas, amigas, jefas y
colegas, pues, sin darse cuenta, promueven y alimentan el machismo con sus acciones,
creencias y transmisión de valores.
Más aún, el machismo y la misoginia se da también entre los y las homosexuales, así
como lo leen, se da tanto en el que asume el rol masculino como en el que asume el rol
femenino, en ambos se manifiestan actitudes y comportamientos machistas y
misóginos, lo que demuestra que estas distorsiones sociales son producto de la cultura
social, que no son inherentes a la persona humana.
Por tanto, se trata, entonces, de un mal social cuya responsabilidad de existencia,
reproducción y perpetuación es compartida, pues, en una sociedad donde prevalece
una cultura machista y misógina, es obvio pensar que la mayoría de sus integrantes, de
cierta manera, es machista y misógino, ya que es la forma, es la cultura que todos y
todas aprendemos, desde la infancia, para relacionarnos, es la moneda social que nos
dan para todo intercambio interpersonal.
¿Adónde quiero llegar?
Pues que no se trata de transformar solamente las actitudes de los hombres, sino
también las de las mujeres. Es decir, ambos deben dejar de ser sexistas, ambos deben
dejar de ser machistas, ambos deben dejar de ser misóginos, ambos deben dejar de ser
homofóbicos.
Dicho en otras palabras, el sexismo es un problema social, no individual ni de grupos.
Me imagino que ahorita mismo hay quienes estarán pensando y sosteniendo que, con
tantos movimientos feministas y de la nueva masculinidad, el sexismo se está
superando, que las mujeres están logrando autonomía e igualdad en sus relaciones,
que los hombres están dejando de ser machistas, mas, sin embargo, todavía hay
mujeres que les temen a sus esposos, mujeres que se topan con actitudes
intransigentes y discriminatorias en la interacción con sus padres, hermanos, parejas,
colegas o patrones, aún prevalece desconocimiento y desconfianza entre los sexos.
No se trata de confrontar a los sexos, sino de reeducarlos, que desaprendan todo ese
montón de barrabasadas que se les ha inculcado con respecto al significado y roles que
debe jugar cada uno de ellos en la sociedad y que obstaculizan sus relaciones
sexuales, amorosas, familiares, laborales y sociales.
Sí, hay que desaprender para poder transformar nuestras actitudes, nuestros valores,
nuestras maneras de relacionarnos. Ni pro-mujer ni anti-hombre, la lucha debe ser por
la equidad y el respeto, por la aceptación y la tolerancia, por la convivencia en la
diversidad.
64 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Comprendamos que no se trata de que las mujeres sean iguales, en toda la extensión
de la palabra, a los hombres, es algo que nunca será ni tendrá razón de ser, se trata
que ambos tengan igual tratamiento ante la ley, que ambos tengan acceso a las mismas
oportunidades y derechos, que ambos sean valorados con dignidad y respeto, que
ambos sean visibles y escuchados en cualquier escenario social, político, laboral e
intelectual.
Resumiendo, tanto hombres como mujeres, tanto mujeres como hombres somos
responsables de esta situación de desigualdad en la relación y tratamiento entre los
sexos, y es a “ambos dos” que nos corresponde hacer cambios sociales profundos si
deseamos realmente ser verdaderos aliados en la vida y, sobre todo, frenar la
reproducción y perpetuación de estos flagelos sociales, principalmente en las nuevas
generaciones, en los niños y niñas.
Bueno... ya... suficiente..., tratemos de poner punto a esta conversa.
Y vamos a concluir diciendo que... con que la mujer trabaje o tenga mayor participación
social y política o se tecnifique el hogar para que haga menos tareas domésticas o
cueste menos hacerlas, no basta, no es suficiente para cambiar esta situación.
Es necesario cuestionar, y cuestionarnos, las bases culturales y sociales con que se ha
edificado nuestra identidad como hombres y mujeres, como mujeres y hombres, pues
sólo cambiando nuestro propio yo interior, nuestras relaciones íntimas (no me refiero
sólo a lo sexual), podremos cambiar y transformar las relaciones sociales para un
desarrollo s armónico, justo y equitativo en el que ambos sexos puedan vivir,
convivir, crecer y desarrollarse de tú a tú.
No olvidemos que la inclusión social, el respeto a la diversidad, el debate abierto y el
análisis crítico dependen de relaciones sociales basadas en la equidad no en la
subordinación.
Tampoco olvidemos que lo que está en juego va mucho más allá de una simple
concesión de derechos y oportunidades para y entre ambos sexos, pues, mientras no
se acabe esto del sexismo, las sociedades y los sexos seguirán siendo y estando
polarizados.
Luchemos por terminar de una vez por todas con esta cultura social del “UNO
TODOPODEROSO” y sustituyámosla por la de “NOSOTROS SOLIDARIOS”, una
cultura que promueva la relación intersubjetiva como base del diálogo franco,
respetuoso, crítico, solidario, colaborativo, y, sobre todo, de madurez ética.
En nuestras manos está esa gran posibilidad de ser sujetos activos para la
transformación de nuestra realidad social, y no es nada complejo ni difícil que requiera
de la física cuántica o de cálculos infinitesimales, basta con que partamos e iniciemos
con lo más simple y cotidiano, con nuestra propia naturaleza, con nuestra propia
persona, con ese contacto básico que establecemos día a día con las demás personas.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 65
Sí, lo necesitamos, aparte de nuestra voluntad, mirar a los demás con respeto y
valoración, independiente de su sexo y de su preferencia sexual, de sus condiciones
físicas, mentales y socioculturales, de su posición económica, laboral o académica,
para subsanar este antagonismo social que por siglos hemos venido arrastrando
hombres y mujeres.
Aprendamos de una vez por todas que tanto el hombre necesita de la mujer, como la
mujer del hombre, porque ambos formamos una unidad social necesaria para la
perpetuación y estabilidad de nuestra naturaleza y conciencia humana.
¡Uff!... bueno... hasta aquí me dieron las neuronas... pasemos mejor a la siguiente
conversa.
66 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 67
Quinta Conversa
A propósito del
AMOR
El amor es como la sal: el exceso o la falta
puede echar a perder el sabor de un plato.
Sor Juana Inés de la Cruz
¡Aaaaah, el amor... dulce amor!
¿Cuántas cosas bellas... (y feas)... suceden en nombre de este gran señor?
Sí…
¿Cuántas personas viven una felicidad indescriptible al amar y sentirse amadas?
¿Cuántas personas hacen cosas increíbles y maravillosas por amor?
Pero, también…
¿Cuántas personas se echan a perder en nombre de este sentimiento?
¿Cuántas personas se vuelven dependientes y se someten al maltrato por no perderlo?
¿Cuánta violencia y crímenes han sido cometidos en su nombre?
Y... ¿cuántas, cuántas, cuántas y cuántas cosas más…?
Mejor busquemos cómo ahorrar saliva y destapemos de una vez esta caja de Pandora.
¿Ok?
Antes que nada y para evitar enredos, comencemos por tratar de entender qué es el
amor y, obviamente, qué no es el amor.
No crean, me da cosa abordar este tema, porque hay tantas formas de amar y de sentir
el amor, que me resulta peliagudo querer definir, en un solo párrafo, este sentimiento
bipolar (porque tiene dos caras), pues así como nos hace sentir mariposas de felicidad,
así nos puede hacer ver el diablo por un hoyito.
Pero…, no importa, le vamos hacer ganas a esta conversa, y si no los enredo, los
confundo, pero algo va a resultar.
Según mi lengua larga, el amor es un proceso sentimental y emotivo, sí..., para mí… “el
amor es un proceso de identificación, aceptación, intercambio y acoplamiento afectivo,
por elección y decisión propia, entre dos personas, que buscan, en este sentimiento,
68 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
una gratificación emocional, sentimental, pasional y/o material para ambas partes, o, al
menos, para una de ellas”.
¿Sorprendidos? ¿Sorprendidas?
Yo también.
Porque esto implica cachetearme fuerte y despertar de ese romanticismo amoroso
novelesco en el que he creído y el que me han inculcado durante años y años, para
darme cuenta que…
Si es un proceso, quiere decir, obviamente, que necesita tiempo para
manifestarse y consolidarse, por tanto, el famoso “amor a primera vistade las
películas y los cuentos de hadas no existe, puede haber atracción a primera
vista, pero no amor (esto se los explico más adelante, okis), porque para que sea
amor debe sustentarse en cuatro pilares básicos: paciencia, tolerancia, respeto y
bondad.
Si se manifiesta en el tiempo, significa que es temporal, que tiene inicio y tiene
fin, que aquello del “amor eterno”, el “vivieron felices para siempre”, no es una ley
que se cumpla 100% en la vida. O sea, igual que nosotros, nace y muere. Pero,
¿de qué va a depender su tiempo de existencia?, igual que nosotros, de las
circunstancias y condiciones que le rodeen, tan simple como eso, por eso hay
que cuidarlo... para consolidarlo y fortalecerlo (¡qué mala costumbre la mía de
hablar hasta por los codos!, ahí disculpen).
Si bien es cierto se da entre dos personas, no necesariamente tiene que ser
entre un hombre y una mujer, ni tampoco significa que es exclusivo para parejas,
lo que hay que tener siempre presente es que, sin importar quien sea, se ama
a una persona imperfecta.
Si lo que se busca es una gratificación, entonces no es cierto que el amor sea
desinteresado, pero si su interés es material o económico, automáticamente,
deja de ser amor para convertirse en una inversión sexual, porque la gratificación
que busca el amor, por naturaleza propia, siempre es emotiva y/o sentimental.
En tanto que la gratificación puede ser para ambas persona o sólo para una de
ellas, implica que el amor no necesariamente es recíproco, simplemente se
entrega… y punto… no importa si es aceptado o rechazado, porque, en este
sentido, el amor se entrega de manera incondicional.
Lo anterior conlleva entender y digerir bien en la cabeza que el amor no siempre es
compartido ni puede ser impuesto, yo puedo elegir y decidir a quién amar, pero esa
persona elige y decide si quiere ser amada por y si quiere amarme a (que son
dos cosas distintas y que no necesariamente se tengan que dar ambas a la vez, a
veces no se da ninguna), por otro lado, tenemos que percatarnos que no hay ni habrá
dos personas que nos amen, o que amen, de la misma manera y con la misma
intensidad.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 69
Asimismo, que hay tantos tipos de amor como personas en la Tierra, y que cada quien
lo expresa a su manera y de forma distinta (de acuerdo al valor y significado con que
empaqueten cada una de sus relaciones amorosas)-
Pero, a pesar de todo esto, algo inobjetable es que el amor es siempre amor, lo que
cambia es el vínculo, la manera que lo expresamos en cada relación sentimental que
tenemos.
Hay que tener siempre presente lo que palabreamos en la segunda conversa, que ni los
dedos de las manos son iguales, por tanto, tampoco las personas somos iguales,
mucho menos los sentimientos, porque éstos, damas y caballeros, dependen de los
intereses que nos muevan el tapete.
Antes de seguir con esta conversa, recordemos que habíamos mencionado que hay
varios tipos de amor, entonces, para que no nos enredemos, aclaremos primero este
punto.
Para algunos el amor se puede clasificar en amor divino (agápe), o sea el amor a
Dios; amor filial (filia), el que sentimos por los amigos y amigas; amor conyugal
(eros), el que sentimos por nuestra pareja; amor fraternal, o amor entre hermanos y
hermanas; amor maternal y paternal, el amor de una madre o de un padre hacia sus
hijos e hijas; amor pasional (pazos), o sea la atracción ardiente e impetuosa hacia una
persona (el que nos lleva hasta el infinito y más allá sexamentalmente), y amor
material, o sea, esa codicia desmedida por la posesión sea de riquezas materiales
(efitimia) (que nos puede llevar incluso a la avaricia) o de las personas mismas
(störgue), y un etcétera, etcétera, etcétera.
Para otros el amor se clasifica en amor compartido, aquel que se manifiesta en una
relación de pareja, pero en igualdad de derechos y oportunidades para ambas partes;
amor altruista, el que se brinda de manera solidaria al o a los prójimos y prójimas;
amor posesivo, aquel que se exterioriza de manera dominante y absorbente hacia otra
u otras personas (no necesariamente una relación de pareja); amor narcisista, o sea,
el que se refleja como un excesivo endiosamiento de nuestras propias cualidades,
facultades u obras, dicho de otra manera, como un inmoderado y excesivo amor por
uno mismo; y amor egoísta, aquel que nos hace atender desmedidamente nuestro
propio interés, sin importarnos ni cuidar el de los y las demás, dicho de buena manera,
nos vale un comino lo que puedan sentir los y las demás.
Y podríamos llenar listas y listas de tipos de amor, y no se asusten, que esto de
establecer tipos de amor es más complejo y enredado que una telaraña, porque,
muchas veces, estos tipos de amor se entremezclan, se confunden o se centran en una
misma persona, más aún, todo cuanto se pueda decir sobre el amor es relativo y
circunstancial, o sea, lo que para unos y unas es válido, para otros y otras no, ya que
esto depende de sus experiencias y vivencias.
¿Qué tal, eh?
Bueno, ya que calentamos motores, ahora creo que podemos comenzar esta
conversa acerca del amor.
70 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Hasta donde yo entiendo y la sapiencia me dice, este proceso afectivo, que llamamos
amor, nos lleva a mostrar inclinación o preferencia por una determinada persona, a
como decía, de acuerdo al nivel de significación que esa persona tenga para mismo
o misma, y no por lo que representemos para dicha persona.
Pero... ¿cuáles son esas razones, emotivas o existenciales, tan fuertes que te hacen
preferir a una persona en lugar de otra?
Ni me lo pregunten, que en eso todavía sigo más perdido que perro en procesión, pues
el amor no es algo material que pueda ser observable y medible de manera directa,
más bien es algo íntimo y personal, es una realidad que sólo puede ser percibida,
deducida y/o compartida.
Por eso, muchos y muchas prefieren llamar a esas razones “química”, tal como lo leen,
cuando alguien no nos cuadra amorosamente, o sea, no es jocote que nos dentera,
simplemente se le dice, así sin asco, “es que no hay química entre nosotros”.
Y es que cuando no le cuadramos a alguien, ni que le ofrezcamos el sol, la luna, las
estrellas,…el universo entero a sus pies…no hay de piña ni la hora nos dan, por
mucho que amemos a esa persona, por mucho que nos babiemos por ella.
Hay quienes se limitan a decir que el amor es una ironía inexplicable y contradictoria,
pues, en muchos casos, nos desvivimos por quienes nos quieren para mal y
rechazamos a quienes nos quieren para bien.
Aún más, muchas veces una persona puede amar a otra y no demostrarlo, quedarse
pitón pitillo, por miedo al rechazo, porque presiente que le van a dejar ir un no sin
anestesia.
¿Por qué?
Existen mil razones para explicar esa postura, pero explicarla implicaría meternos en
unas honduras que no nos bastaría toda esta conversa, por eso, lo importante es que
comprendamos que el amor es una realidad que no puede ser medida ni, por tanto,
comparada.
Lamentablemente todavía no han inventado algún aparatito por allí que nos sirva para
medir la temperatura amorosa de las demás personas.
Y, para echarle más leña a este asunto, habría que decir que el amor no puede ser
planificado, no es me voy a enamorar mañana, o dentro de quince días o el próximo
año” (¡ya quisiéramos!), NO, y un rotundo NO. Podemos planificar la compra de algo,
nuestros estudios, hasta un embarazo, pero el amor… ¡nelfis!..., y aquí cae como anillo
al dedo aquel dicho que dice: donde menos se piensa, salta la liebre”, y es que el amor
es así: impredecible.
Pero, a pesar de todo eso, el amor nos sacude hasta lo más recóndito de nuestro ser,
hasta lo más profundo de nuestra médula.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 71
El amor es el sentimiento que nos hace delimitar nuestro propio vínculo y círculo social,
que aceptemos a unas personas y rechacemos a otras, que establezcamos valores
diferenciadores entre las personas que nos rodean y las califiquemos como familia,
amigo o amiga, pipito o pipita del alma, “me caés bien”, conocido o conocida, simple
ligue o afinque, novio o novia, pareja, querinovio o querinovia, etcétera.
Incluso, entre cada tipo de relación, hasta llegamos a establecer niveles de confiabilidad
y favoritismo diferenciados, no es cierto que amemos a dos personas de la misma
manera y con la misma intensidad, aunque tengan la misma etiqueta amorosa para
nosotros, ello depende, repito, del significado, valor e importancia que demos a esa
persona en nuestra vida. Dicho más sencillo, de la fuerza con que nos muevan el piso,
con que nos sacudan las fibras más profundas de nuestro ser.
¡Ah!, pero cuidado, no hay que confundir el amor con la atracción o admiración o con el
“me cae bien” o con la gratitud. Esto es como combinar gasolina con fuego. Y esto no
sólo es válido para las relaciones de pareja, no, es para cualquier tipo de amor.
Y ya aquí la cosa se pone más peluda.
¡A ver cómo salgo de esto!
Lo primero que se me ocurre es comenzar diciendo
que el amor no es sinónimo ni de felicidad ni de
sufrimiento.
Nadie nos hace feliz ni nadie nos hace sufrir.
Somos nosotros quienes nos sentimos felices o
nos sentimos desdichados, pues esto depende del
valor que demos a las actuaciones de las personas
con las que nos relacionamos.
No crean, esto de las relaciones humanas ya de
por son difíciles de entender y explicar, peor si
nos encajonamos en ideas rígidas o prejuiciadas, aunque estén solapadas de
romanticismo, que nos arrastren a obsesionarnos o apegarnos demasiado a alguien,
pues cualquier desengaño, fracaso o frustración puede ser catastrófico.
Recordemos que el sufrimiento y la frustración son productos de nuestra propia
sensibilidad y resultan cuando la armonía, la estabilidad emocional y todas las otras
cosas que esperábamos de la persona con la que nos relacionamos no se dan.
Esto me recuerda un consejo que me dio un "loco" cuando yo era chavalo, me dijo así:
mirá, no existe ni la buena ni la mala suerte, tu vida depende de lo que genere tu
mente, si tu mente genera cosas positivas, tu vida será positiva, si tu mente genera
cosas negativas, tu vida será negativa”.
Nunca supe ni entendí por qué decían que estaba loco
72 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y para cerrar con broche de oro, nunca olvidemos que la felicidad, al igual que cualquier
emoción o sentimiento, es transitoria y temporal; no es un estado final y duradero al que
llegamos y no va a cambiar nunca, no,
amigas y amigos, forzosa y necesariamente
cambia, es parte ineludible e inevitable del
ciclo de la vida, pero mientras dura,
disfrutémosla a plenitud y en cada momento
de su existencia, no la desperdiciemos con
tantas patrañas de dudas, celos,
resentimientos, chismes, caprichos,
etcétera.
Dicen que el señor Benjamín Franklin
escribió una vez que la felicidad humana
no es producida tanto por grandes
momentos de gran éxito, que rara vez
ocurren, sino por pequeños avances que
ocurren cada día”, y su paisano Abraham Lincoln le echó segunda afirmando que la
mayoría de los individuos son tan felices como sus mentes se lo permiten”.
Interesante, verdad, pero…, mejor volvamos a nuestra conversa.
Muchas personas cometen la enorme equivocación de pensar que su felicidad está en
manos de los o las demás personas, y crean una fuerte dependencia hacia el amor de
esas personas para poder sentirse bien (o, irónicamente, para vivir el calvario más cruel
y despiadado de sus vidas).
Otras y otros, creen ilusamente que, por el hecho de amar, encontraron y conquistaron
la felicidad eterna, mas no se da cuentan que la felicidad no tiene historia ni el amor es
eterno, desgraciadamente, amigas y amigos, todo lo humano es temporal, ni siquiera
tenemos la certeza que nos vamos a unir o encontrar con la persona o las personas
amadas en el más allá.
¿Por qué?
A ver, nganse a hacer memoria y díganse... ¿cuándo han leído un cuento sobre la
vida feliz de una persona?... podría apostar que nunca, pues lo que abunda son
historias de intriga, traición, maldad, violencia, codicia.
Y es que, parafraseando aquel dicho de “no pueden ver a un indio bien acomodado”, en
nuestra realidad social, hay muchos y muchas que no pueden ver a dos personas
felices porque ya comienzan a sembrarles cizañas para echarles a perder esa armonía,
ley de la vida mis carnales, desgraciadamente, la felicidad ajena siempre provoca
envidia.
Ni más ni menos, señores y señoras, señoritas y señoritos, la envidia prevalece casi
siempre, y la persona envidiosa busca como empañar la felicidad de otros y otras para
que se sientan iguales o peores que ella.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 73
Y no se necesita andar con un letrero en la frente que diga Yo te envidio”, muchas
veces esa envidia se solapa con la amistad, con el afecto o cariño supuesto que nos
tienen.
Pero, aún con estos baches existenciales, no significa que vamos a renegar del y
renunciar al amor... vociferando a los cuatro vientos que el amor no existe.
NO, y mil veces NO.
Si bien es cierto que la vida no se acaba cuando se termina el amor que nos profesa
una persona, también es cierto que el amor es parte esencial de la vida misma, pues de
él depende la armonía convivencial, la solidaridad, la tolerancia, el respeto, el perdón, la
fe, la confianza y un largo etcétera.
Por algo el Colochón nos dejó como enseñanza de vida: "Amaos los unos [y las unas] a
los otros [y a las otras]".
Y... a como nos dice María Jesús Álava Reyes: …el amor es la mejor oportunidad para
aprender a vivir nuestra vida; para integrar nuestras experiencias, para mejorar nuestros
sentimientos, para crecer como personas”.
Por eso, el apóstol Pablo nos enfatiza que: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y
el amor, estos tres, pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).
Entonces, ¿en qué quedamos o hacia dónde vamos con toda esta letanía?
Je, je, je, me agarraron movido.
Pero bueno, ahí se va, lo que intento decir con todo este zaperoco, es que, con toda la
importancia y belleza del amor en y para nuestras vidas, el amor no lo justifica todo, el
amor no puede implicar la autodestrucción de nuestra propia esencia ni excluir de raíz
nuestros proyectos de vida.
Una madre o un padre, aún con todo el amor que sienta por sus hijos e hijas, no debe
esclavizarse a ellos y ellas y dejar de vivir su vida, esto es suicidio social. Debe
amarlos, cuidarlos, protegerlos y apoyarlos, esto es indiscutible y una responsabilidad
social, pero no auto-engañarse que ellos y ellas deben ser su todo, no, los hijos e hijos
jamás podrán satisfacer todas sus necesidades y expectativas de vida como personas,
es imposible, le busquen por donde le busquen, aunque esto no desdice el que
representen su principal aliciente de vida.
Una persona, por mucho amor que sienta por su pareja, no puede someterse a sus
caprichos ni chantajes, no puede, como dicen los románticos, “ver, oír, oler y sentir” a
través de sus sentidos ni “pensar” con su mente, porque esto es perder su propia
identidad, es negarse a misma, es renunciar a su propia vida, es destruir su propio
destino.
Y, sin querer queriendo, nos complicamos la vida y se nos hace todo un rollo
existencial, cuando nos obstinamos en maximizar una relación de amor, sea del tipo
74 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
que sea, cuando nos obsesionamos en creer que es lo máximo que nos ha podido
ocurrir, que es el gran logro de nuestra vida, y hacemos cualquier cosa para mantenerlo
y retenerlo haciendo caso omiso a cualquier trauma, dolor, desengaño o frustración que
nos pueda ocasionar, y esto nos coloca en una situación vulnerable e irracional, hasta
el punto de no poder vivir sin él o sin ella, de depender de y someternos a esa persona
amada.
Podría ser que muchos y muchas ven en una relación de amor la medicina mágica-
religiosa para hacer frente a este mundo lleno de desigualdad, cargado de guerras,
injusticias, hambre y abusos de poder, quizás ven en su pareja el refugio para olvidarse
de esta sociedad cruel e imperfecta, ya que encuentran en ella la fuente de
sensaciones agradables y placenteras constantes para sobrellevar mejor su carga
existencial.
¿Y nadie quita que así sea?
¡A la gran churi!, sin querer queriendo ya me metí en el rollo del amor de pareja.
Bueno, de aquí en adelante me voy a referir específicamente a ese tipo de amor: al
amor de pareja, aunque..., ¡ojo!..., algunas de las cosas que diga también van a ser
válidas para los otros tipos de amor.
Continuemos.
El ideal, que a todos y a todas nos gustaría alcanzar, es “amar y ser amados o
amadas”, encontrar ese amor idealizado que llene nuestras ansias de afecto y
compañía, que nos salve del horror al vacío y a la soledad.
Pero, muchas veces, nos
olvidamos que la realidad
humana está llena de
imperfección y que cada
persona es un ser único y
diferente, por tanto, es muy
difícil que encontremos a
alguien 100% a nuestra
medida, 100% a nuestros
deseos, 100% a nuestras
necesidades.
Y aquí comienzan los
bemoles…
Una relación de pareja requiere adaptaciones y readaptaciones (esto es muy diferente
al “esfuerzo” y a las “buenas intenciones”) para poder sobrevivir como pareja por mucho
tiempo. Lógico, las personas cambian, las situaciones cambian, las expectativas
cambian, las necesidades cambian, por tanto, las parejas también tienen que cambiar,
tienen que adecuarse a sus realidades, y, créanme, que esto es muy difícil, es más fácil
y cómodo mantener una postura individualista que ceder al cambio.
NO EXCLUYAS DE TU VIDA AL
AMOR DICIENDO QUE NO
PUEDES ENCONTRARLO.
BÚSCALO Y, CUANDO LLEGUE A
TU VIDA, SÍGUELO... AUNQUE
SUS CAMINOS SEAN ARDUOS
Y PENOSOS.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 75
Si a esto le agregamos que el mayor miedo que experimenta una persona, lo que más
le asusta en la vida, es el cambio, comprenderemos, entonces, por qué muchos y
muchas prefieren auto-consolarse diciéndose más vale lo viejo conocido que lo nuevo
por conocer”.
Pero, lo que no se percatan, es que el miedo es el camino directo hacia el lado oscuro
de nuestras vidas, porque nos hace ver las cosas distorsionadas de la realidad y nos
deja una sensación de lamento por no haber hecho algo, por no haber cambiado a
tiempo.
Nos guste o no, una excelente relación de pareja es aquella en la que hay alrededor de
un 75% de actividades compartidas, pero también la suficiente separación, el suficiente
espacio, para permitir el crecimiento individual y la indispensable privacidad.
Una relación de pareja no puede existir si ambas partes no colaboran, de manera
fehaciente y honesta, con algunas cualidades claves para la relación recíproca, tales
como compañerismo, bondad, amabilidad, consideración, comunicación, ajuste
armónico mutuo a los hábitos de cada uno, participación conjunta en varias actividades,
consenso en valores y temas importantes, reciprocidad (en lugar de coerción), y clara
evidencia de respeto mutuo.
Es como nos dice Walter Rizo: Una relación sin ternura, sin mimos ni contemplación,
sin caricias ni sonrisas, sin abrazos ni halagos, sin los “te quiero” y sin besos… es letra
muerta”.
Y, por favor, no nos enredemos.
Aquí no se trata de andar creyendo en santos que orinan, ni en príncipes azules y
princesas rosas.
Si bien es cierto que las razones por las que elegimos o nos enamoramos de una
persona y no de otra, es todavía algo que por el momento no tiene una respuesta clara
(y quizás ni la tendrá por mucho tiempo), también es cierto que eso no significa que
llenemos nuestras relaciones de pareja con cuentos de camino de que el amor todo lo
puede, que si tengo pareja voy a ser completamente feliz y no necesitaré a nadie más,
que no hacen falta las palabras, porque cuando alguien te ama de verdad se da cuenta
de inmediato si algo te preocupa o te irrita sin tener que preguntarlo, que el amor se
presenta cuando se presenta y dura toda la vida, que existe una persona que es tu
complemento perfecto, que es justo todo lo que a vos te hace falta, cuando se ama no
puede gustarte nadie más ni podés sentirte atraído o atraída por otra u otras personas,
que el sexo con la persona amada siempre semaravilloso, etcétera, etcétera y más
etcéteras.
Con sólo mencionarlo ya me dio cosa.
Pongamos s el dedo sobe la llaga, la mayoría de los conflictos en una relación de
pareja resultan de aferrarnos a esas expectativas aceptadas comúnmente por las
personas y grupos sociales como realidades inquebrantables, a esos mitos irracionales
76 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
que nos han metido en la cabeza como verdades absolutas e invariables, a esa
absurda pretensión de exigir a nuestra pareja más allá de los límites de lo que nos
puede dar.
La búsqueda de la pareja adecuada no debe darse desde la desesperación por olvidar
la soledad que nos acompaña o desde la imposición de una heterosexualidad y
monogamia obligatorias, sino a partir del descubrimiento de cualidades dignas de ser
amadas y de una armonía compartida que provea satisfacción y mutuo enriquecimiento,
a partir de una triangulación recíproca de afecto, pasión y compromiso por ambas
partes.
Porque amar es aceptar a una persona tal y
como es, con sus cualidades pero también
con sus defectos, y aceptar no significa que
conozcamos sus cualidades y defectos, ni
pensar que podemos hacerla cambiar, que
podemos moldearla a nuestros gustos e
intereses, pues no se trata de hacer una
escultura o una artesanía, que no se nos
olvide que es una persona de carne y
huesos, única y auténtica, que piensa y
siente. Si podemos apoyarla, si podemos
ayudarla para que crezca, para que sea
mejor cada día, para que alcance sus
sueños, para que brille socialmente con luz
propia.
Pero… ¡CUIDADO!
Y vuelvo a repetir, NO existe el amor a primera vista, podrá existir atracción, agrado o
deseo a primera vista, pero no amor.
Metámonos de una vez por todas en la cabeza que esta compleja emoción, conocida
como amor, requiere de tiempo para su desarrollo y madurez, pues implica respetar la
libertad y espacios sociales de cada uno, implica aflorar la espontaneidad en la
expresión de nuestro afecto, implica el compartir la franqueza y la informalidad como
elementos fundamentales para lograr una relación satisfactoria, implica la práctica del
diálogo como medio para el conocimiento recíproco de la pareja, implica desarrollar
actividades homólogas y superar de manera conjunta los conflictos. Es decir, implica
considerar la vida de pareja como una realidad convivencial del día a día durante los
365 días del año.
No se trata sólo de besos, abrazos, apretoncitos de manos y apapachos, se trata de
aprender a respetar, confiar y admirar a la persona amada, repito, por lo que es; se trata
de aprender a conocer su pasado, sus secretos, sus errores pero sin juzgarla; se trata
de aprender a estar juntos solidariamente en las buenas y las malas, y, lo s
importante, aprender a no rendirnos cuando la vida nos lance con dureza sus retos, se
trata de tener certeza que la relación vale la pena porque sentimos que nuestra vida es
mejor cuando se está y se lucha junto a nuestra pareja.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 77
Pero… también hay que tomar muy en cuenta los
pequeños detalles que endulzan y enaltecen la
convivencia de la pareja, pequeños detalles que
deben ser bidireccionales, es decir, del hombre
hacia la mujer como de la mujer hacia el hombre,
pues ambos deben tener iniciativas y creatividad
en la relación. No olvidemos que con detalles
simples se gana y con detalles simples se pierde.
Pero... y aquí vienen los peros... tenemos que
estar consciente y tener mucho cuidado, en
nuestra relación de amor, de no atacar el sentido
de autoestima y dignidad de nuestra pareja con
bombas incendiarias emocionales (traducción: con
chantajes emocionales), el amor no funciona a
base de chantajes, no niego que muchas veces
logramos con ellos manipular a nuestra pareja,
conseguir lo que queremos, pero eso no es amor.
Pues el amor se basa en la confianza plena, en saber que, suceda lo que suceda,
vamos a estar siempre para la persona amada, pero vamos a estar allí no por
obligación ni costumbre, ni por el qué dirán, ni por demostrar que esa persona nos
pertenece (eso es egoísmo), ni por compasión, vamos a estar allí por compañía, por
solidaridad, porque nos preocupa su bienestar... en pocas palabras, por amor.
Tengamos claro que las rupturas amorosas casi siempre radican en los errores
cometidos tanto en la reciprocidad de la relación como en la elección de nuestra pareja,
elección que muchas veces responde a un mero azar, a un tanteo y error (“voy a probar
que tal me va”).
Peor cuando confundimos el deseo sexual, la atracción, el me siento bien, con el amor.
Tengamos siempre presente que puede haber sexo sin amor, pero no amor sin sexo
(¡ojo!, la sexualidad no sólo implica el ñaca-ñaca, también entra en juego las caricias,
los susurritos al oído, los apapachos,… y mejor no sigo que me voy a erotizar).
Dicen por allí las malas lenguas (junto con la mía) que cuando se sabe por qué se ama,
no se ama.
78 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Y esto implica no confundir ni enredar las cosas, porque cuando sabemos... cuando
estamos claros que lo que nos une a otra persona es su trasero, su pechonalidad, su
carita de porcelana, sus curvas sin freno (léase: su físico o algo físico), eso...damitas y
caballeritos... no es amor... es simple atracción, simple deseo, es simple euforia de un
juguete para lucir y jugar por un tiempo.
También estemos claros y claras que si lo que nos gusta de la persona es su
inteligencia, el que sea cerebrito, eso tampoco es amor, es admiración, admiración que
se irá desvaneciendo con el tiempo cuando nos aburramos de tanta conversaciones y
actuaciones llenas de lógica y cientificidad, y sobre la cotidianeidad de la vida... ah...
ese es un tema para los "descerebrados" y.... zas... se termina el encanto... porque nos
sentimos "descerebrados"...
Por más esdecir que si es por los money, por los vénganos en tu reino, es interés, y
si es por favores recibidos, porque nos han sacado de clavos y de apuros, eso es
gratitud.
Y entonces, ¿qué hacer?
Bueno, lo primero será entender que el amor no puede ser ciego, quizás tuerto, pero no
ciego, pues tenemos que estar claros y claras qué es lo que nos une a una persona
para poder determinar si lo que realmente sentimos es amor o un auto-engaño
amoroso.
Ahorita se me acaba de ocurrir que repitamos lo anterior para que pongamos bien los
puntos sobre las íes y se nos quede bien grabado en la cabeza:
Si lo que nos une a una persona, si lo que nos llama la atención es su atractivo físico,
nos vamos a meter a clavo, porque este atractivo nos llevará a percibir características
en la persona que, en principio, nada tendrán que ver con ella, y, lo peor del caso, les
daremos a esas características un valor positivo exagerado, tanto... que nos hará
sentirnos enamorados o enamoradas de esa persona, que hemos encontrado nuestra
media naranja, nuestro terroncito de azúcar, y que la amamos con locura azul.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 79
Si, empujados o empujadas por nuestras necesidades afectivas o sociales, creemos
sentir amor por alguien sólo por el hecho de experimentar que nos aprecia, que nos
comprende, nos vamos a embarcar, porque esa sensación de amor magnánimo será
mayor cuanto mayor sea nuestra necesidad afectiva o social.
También hay casos de personas que ya se ha establecido un modelo de persona ideal
o tiene un fuerte apego sentimental a aquellas personas con quienes ha pasado sus
mejores momentos o con quienes se ha sentido amada, segura y protegida
(generalmente mamá o papá), y cuando llaga a conocer o relacionarse con alguien que
se adecúa a las características personales o de vida de su modelo ideal o apego
sentimental, romplón, ahí no más se va y de cabeza.
Desgraciadamente, en esto del amor y los modelos amorosos, muchas veces se nos
olvida aquel dicho que diceen la guerra y el amor todo es válidoy con ello también se
nos olvida que muchos y muchas, con tal de poder conquistar a una persona, son
capaces de mostrar y demostrar cualidades que no
tienen.
Por otra parte, hay quienes se dejan ir por una
simple similitud o afinidad de comportamientos o
gustos, o sea, pensar que su relación será más
gratificante si su pareja comparte sus mismas
creencias, actitudes e intereses: es que somos el
uno para el otro, a los dos nos encanta el bacanal”.
Y no menos frecuente son esas relaciones que
sólo buscan solucionar o solventar necesidades a
través de la complementación de intereses, es
decir, remediar una necesidad de la otra persona
con la satisfacción de una necesidad en mi
persona, diciéndolo de una forma más clara es "yo
te doy lo que necesitás a cambio que vos me des
lo que yo necesito". Es como esos casos de
telenovela de él o ella quiere alguien que le
atienda como yo lo hago y a mí me gusta vivir bien pero no tengo el dinero”.
Y ya para rematar, algo que nos debe quedar bien claro es que el amor no puede ni
debe basarse en el romanticismo (eso es para el sexo), sino en el intercambio mutuo y
la equidad, en la adaptación y readaptación de nuestras actitudes y comportamientos
de acuerdo a la dinámica de vida amorosa, en el compartir alternado de roles durante la
convivencia.
Pero para amar no se debe renunciar a lo que se es. Un amor maduro es un amor sin
conflicto de intereses, porque su límite está definido por la integridad, la dignidad y la
felicidad de cada una de las partes, de manera no traspase la vocación y anhelos de
cada cual ni los lleve a un segundo plano, impidiendo así que sean ellos mismos. O
sea, lo que de verdad interesa en una relación de pareja es la conveniencia y la
congruencia interpersonal, es decir, que cada quien sea para bien de la vida del otro y
otra, y concuerde con sus metas, intereses y necesidades.
80 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
A ver... ¿cómo se las barajo?...
Para el amor es imprescindible, en primer
instancia, que ambos dos juntos a la vez, se
formen la conciencia que son pareja, que se
identifiquen como pareja, y que tengan esa
voluntad de compartir y aprender juntos, que
asuman la responsabilidad compartida de
deliberar y tomar decisiones de forma conjunta, de
buscar un sano equilibrio entre sus requerimientos
individuales y los de pareja.
Pero esto no es de la noche a la mañana, ni por
un tiempo determinado, es una tarea permanente,
de todos los días, sin olvidar que así como el amor
hace que el tiempo pase, así también el tiempo
hace que el amor pase, ¿en cuánto tiempo?,
dependerá de la pareja, de nadie más.
Por eso, señoras y señores, señores y señoras,
no hay que confundir los animales del señor, no
hay que confundir el amor “amor” y el amor
“pasional”, este último prójimo cuando mucho dura
de 3 a 4 años, en cambio el otro, el de a de veras
va a durar el tiempo que ambos le echen ganas
para cuidarlo y hacerlo crecer.
Esto me recuerda aquello de que en el noviazgo
se da “el amor a la luz de la luna”, mientras que en
el matrimonio es “el amor a plena luz del día”.
¿Qué significa esto?
Obvio, durante el noviazgo son los besitos por
tonelada, las saliditas a escondidas, el donde te
pongo pa’ que no te quebrés, los apapachos por
aquí apapachos por allá, sin mayor preocupación
que el cuándo te veo de nuevo.
En cambio en el matrimonio se adicionan el
alquiler de la casa, el pago de los servicios de
electricidad, agua, teléfono, los gastos de
alimentación, ropa, calzado, medicamentos,
transporte, y si a esto agregamos después la
llegada de los hijos e hijas, y los salarios que no
aumentan, y el desempleo, y el incremento del
costo de la vida, ¡mama mía!
Hacer el amor󰜞󰜧
¿Quién habrá dado
ese sobrenombre al
acto sexual?
Pues el amor se
hace día a día, con
detalles,
atenciones,
preocupaciones y, a
veces, hasta con
coraje.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 81
Verdad que dan ganas de quedarse solo o sola, pero gracias a Dios y por el bien de
todos y todas, no es ni debe ser así.
Por tanto, si no queremos engrosar las estadísticas de parejas separadas o frustradas,
es tiempo de reflexionar, de meditar, qué estamos haciendo de nuestra vida de pareja,
de nuestra vida amorosa, de poner los puntos sobre las íes sobre el por qué de
nuestras relaciones.
No hagamos de nuestra vida de pareja una hipocresía social, fingiendo que todo está
bien cuando no es así, justificando que lo que buscamos en la calle es porque no lo
encontramos en la casa, culpando a la otra persona de todas las desavenencias,
asumiendo el papel de víctimas incomprendidas.
Ni caigamos en lo que Norvin Norwood advertía a las mujeres (aunque sin querer
queriendo también se aplica a los hombres): Si usted alguna vez se vio obsesionada
por un hombre, quizás haya sospechado que la raíz de esta obsesión no era el amor
sino el miedo. Quienes amamos en forma obsesiva estamos llenas de miedo: miedo a
estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cariño, miedo a ser ignoradas,
abandonadas o destruidas. Damos nuestro amor con la desesperada ilusión de que el
hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos”.
Desgraciadamente… así ocurre la mayoría de veces, pues aún a sabiendas de lo que
ocurre, no hacemos nada, y no hacemos nada porque nos invade el miedo a lo
desconocido, a equivocarnos, a embarrarla, a sentir culpa, a arrepentirnos y, sobre
todo, a la soledad afectiva. El sólo pensar en un porvenir incierto hace que prefiramos lo
malo a lo sensato, a lo correcto para nuestra salud mental y emocional.
Y como ya se me está alterando la adrenalina, quiero concluir esta conversa con esta
reflexión: no se puede recompensar a la pareja como lo haría un extraño, pero se le
puede dañar más que un extraño con la pérdida de afecto”.
No son las relaciones extra-pareja las que separan a dos personas, pues esas ganitas
al aire quizás sólo representen una aventura o un desliz, lo que separa a las personas
es percibir que ya no nos aman, que ya no sienten afecto por nosotros o nosotras, sentir
que otra persona nos ha sustituido afectivamente en nuestra pareja.
El amor pierde su sentido vital en tres situaciones: primero, cuando no te quieren;
segundo, cuando tu realización personal se ve obstaculizada; y, tercero, cuando se
vulneran tus principios.
Pero, cuando esto sucede, la solución no es tirarse por la calle de la amargura, ni
suicidarse, ni perderse en el licor o la droga, ni entregarse a la promiscuidad. Esto es
denigrarse, humillarse, perder su autoestima, el respeto a mismo o misma. Tampoco
significa dejar de vivir, ni someterse a la más radical soledad, mucho menos olvidarse
del amor.
NO y mil veces NO.
82 Sobre el qué dirán y otras barrabasadas
Nunca olvidemos que en esta vida nadie, pero nadie, vale tanto, tanto, tanto, que
amerite el que nos autodestruyamos.
Aquellas frases de que nadie te va amar como yo te amoo de que amores como el
mío no se encuentran a la vuelta de la esquina”, sólo son frases y no dejan de ser
frases, nadie puede predecir lo que depara la vida, pues la vida no está escrita en
piedra, sino en construcción, y el amor, al igual que la vida, es un constante riesgo,
porque no podemos verlo, ni tocarlo, ni medirlo, no es como comprar una camisa o un
par de zapatos, el amor es intangible, es íntimo, es propio de cada quien.
Es decir, lo único que queda es esperar que la otra persona quiera o no compartir su
amor de manera sincera e incondicional y que este amor se adecúe a nuestras
expectativas y necesidades, y que nosotros o nosotras queramos hacer lo mismo con
esa otra persona.
Obviamente, sin olvidar las lecciones aprendidas de nuestras experiencias pasadas, sin
cometer los mismos errores de elección y, sobre todo, sin comparar ni pretender igualar
a esta nueva pareja con las parejas pasadas.
Tengamos siempre presente que si aceptamos a alguien como pareja debe ser por sus
propias y verdaderas características, cualidades y defectos, ni más ni menos. No nos
obsesionemos con la idea de que vamos a hacerla cambiar con el tiempo, esto es
atentar contra su propia dignidad e integridad, además que no existe el cambio en una
persona mientras ésta no tenga conciencia de la necesidad de ese cambio.
Por tanto, no se trata de un “yo para vos y vos para mí”, sino de un “nosotros en
recíproca disponibilidad”, la relación satisfactoria no se logra al comienzo de la vida de
pareja, sino a través del tiempo y requiere tres ingredientes sicos: pasión, afecto y
compromiso.
Aún más, la receta es muy simple: un puñado de sinceridad, confianza, comprensión,
tolerancia y ayuda mutua, sazonados con respeto, libertad y reciprocidad, nos va a dar
un suculento platillo de amor de verdad. Y, como postre, mucha, mucha pasión
renovable.
Sobre el qué dirán y otras barrabasadas 83
Tratemos que no nos agarre fuera de base aquello
de "aprendé amar lo que tenés mientras lo tenés...
antes que la vida te enseñe a amar lo que
perdiste".
Porque... cuando el amor se termina... cuando la
persona con quien hemos establecido una relación
sexamental nos hace corte de chaleco, nos manda
a la cachiporra
Ya no queda NADA por hacer…
Así como está escrito y con sus cuatro letras:
NADA.
Los fracasos en las relaciones amorosas,
generalmente, son como cuando apretamos un
papel…podemos tratar de estirarlo de nuevo, pero
no desarrugarlo totalmente.
Que existe algo que se llama reconciliación… si
existe… pero deberá existir mucha madurez y
determinación en la pareja para que lo pasado no
sea una mancha que empañe su presente y su
futuro, o sea, debe haber mucha disposición y
voluntad para perdonar y cambiar, pues de nada
sirve la reconciliación si, horas o días más tarde,
se van a estar restregando lo sucedido.
Pero, es necesario entender y asimilar que no se
puede ni se debe mendigar el amor de otra
persona… y vuelvo hacer reprís… el amor es un
sentimiento… no es un objeto…se siente o no se
siente…
Y no se puede ni se debe ser mendigo o mendiga
de sentimientos por dignidad y por respeto, no sólo
por mismo o misma, sino también por nuestros
hijos e hijas, por las personas que nos rodean y,
por qué no, por la persona que