Cualquier estrategia competitiva, incluso una de supervivencia, se
apoya en la explotación de estas ventajas comparativas que, para
frustración de empresarios y emprendedores, son acotadas en el tiempo,
ya que tarde o temprano, alguien desarrollará las mismas capacidades, o
bien el entorno (tecnología, marco regulatorio, etc.) habrá cambiado,
haciendo que las mismas carezcan de valor. Desde el punto de vista
práctico, y aceptando su duración limitada, la energía debe enfocarse en
la obtención temprana de dichas ventajas.
Autores reconocidos en esta materia, sostienen que es la capacidad de
aprender, la única ventaja comparativa sustentable. Sin embargo, esta
capacidad de aprender, no garantiza “per se” la adaptación ni la
supervivencia. Incluso si el aprendizaje se trata de una nueva
estrategia, de poco sirve si falla su comunicación y/o la implementación
de las acciones previstas. Es justamente aquí, y no en la formulación de
la estrategia, donde las empresas encuentran los principales obstáculos.
Por otro lado, la gestión de la productividad de la mano de obra, la
utilización de los activos fijos y otros indicadores emergentes de la
contabilidad tradicional, y ampliamente difundidas por más de un siglo,
poco tienen que ver con los imperativos de la era del conocimiento,
donde la gestión de la marca, la propiedad intelectual, el capital
humano, etc., determinan en gran medida, la competitividad de las
organizaciones.
Desde sus orígenes, la tecnología de la información ha asistido a las
empresas a ser más eficientes permitiendo la automatización de tareas
repetitivas y de bajo valor agregado; más recientemente ha permitido el
intercambio de información entre los miembros de una organización, sus
clientes, proveedores y socios de negocio, en cualquier parte del mundo
y en forma "instantánea"; la integración de los sistemas transaccionales
de la cadena de valor; el trabajo conjunto de diseñadores en locaciones
distantes; la capacitación de la fuerza de distribuida en múltiples
geografías; la determinación de hábitos y preferencias de compra,
permitiendo una oferta individualizada, etc., etc.
Si la tecnología ha contribuido en tantas áreas para hacer que las
organizaciones sean más productivas y mejor orientadas al cliente, cabe
entonces la pregunta: ¿Puede ayudar en la tarea de implementar la
estrategia de negocios y a gestionar en forma eficiente los activos
intangibles? Afortunadamente, la combinación de técnicas de gestión
integral o balanceada con sistemas informáticos que consolidan y
presentan mediciones claves (sistemas de Balanced Score Card), permiten
no sólo la gestión de intangibles sino la articulación con la estrategia
y el día a día.
La técnica conocida como Balanced Score Card fue introducida en la
década pasada por David P. Norton y Robert S. Kaplan de la Harvard
Business School, y básicamente consiste en el uso de indicadores tomados
desde múltiples perspectivas para favorecer la gestión integral de la
organización. Así, sugieren el uso de cuatro "vistas" posibles (bien
podría considerarse otro número y/o otras perspectivas):
Financiera (o tradicional): facturación, márgenes, utilidades, rotación
de inventarios, etc.
Externa (o desde el cliente): participación de mercado, nivel de satisfacción de clientes, retención de marca, etc.
Interna (o de los procesos): utilización de recursos, productividad, indicadores de calidad, motivación de los empleados, etc.
Aprendizaje (o adaptación): desarrollo de competencias claves, nuevos productos, etc.
De este modo, la técnica de Balanced Score Card, integra a la visión
clásica, con alto predominio financiero, indicadores propios de gestión
de conocimiento, de marca, del capital humano y la no menos importante:
capacidad de adaptación.
Sin embargo, la técnica del Balanced Score Card no es un mero Tablero de
Comando al que se le han incorporado elementos "soft". Es en cambio, un
poderoso vehículo para comunicar a todos los niveles de la organización,
la misión, la visión, la estrategia, las metas y los objetivos
encadenándolos unos con otros y amalgamando prioridades de corto plazo (ej.
facturación del mes), con otras de largo alcance (ej. certificación ISO)
vitales para la adaptación y supervivencia de la organización.
La implantación de un Balanced Score Card hace operativa a la
estrategia, que deja de ser un concepto disociado de la gestión diaria,
para integrarse de pleno en ella. A diferencia de los sistemas
transaccionales (mediante los cuales se registran las operaciones), los
sistemas de Balanced Score Card manejan conceptos, tendencias y
eventualmente indicadores numéricos, que presentados en forma simple,
oportuna y homogénea, permiten que toda la organización sincronice sus
esfuerzos en procura de los mismos objetivos.
Cuanto más desestructuradas son las tareas y más cambiante los
contextos, más valioso se torna el poder articular, comunicar e
implantar cambios estratégicos.
Una metodología como la del Balanced Score Card, facilita la gestión
integral y balanceada, y el realineamiento de los recursos para la
rápida obtención de ventajas comparativas en procura de la siempre
deseada competitvidad.
Néstor H. Mazza es un usuario de Competir y nos propuso este artículo. Profesor de Planenamieto de Sistemas, Master en MIS USAL-New York State Univerity; de Administración de Recursos Informáticos,UBA; de Gestión Estratégica de Recursos Humanos, Univ. del Salvador, y Managing Partner de NetMen, empresa especializada en la obtención de ventajas competitivas basadas en TICs.
Publicado por Mujeres de Empresa bajo el título: Caminos hacia la competitividad 28.Agosto.03 y bajo una Licencia Creative Commons.
http://www.mujeresdeempresa.com/management/management030903.shtml
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