Las reacciones no se hicieron esperar. Los representantes de organizaciones empresariales reclaman que la revaluación del peso -alrededor de siete por ciento en el primer semestre de 2001- ha restado competitividad a los productos mexicanos en el exterior, generando graves problemas al sector exportador, en especial a las empresas pequeñas y medianas.
Ante la intensa competencia internacional -argumentan los
empresarios- los incrementos del valor del peso frente al dólar se
traducen en reducciones de las utilidades de las empresas exportadoras,
y de persistir el valor actual del peso, muchas de ellas tendrán que
cerrar, ocasionando daños permanentes a la base productiva nacional.
Y el gobierno respondió. Las autoridades monetarias iniciaron la defensa
argumentando que, en el largo plazo, la competitividad del sector
exportador no debe basarse en un peso "débil", sino en niveles de
productividad elevados.
Posteriormente suavizaron su postura, al reconocer que la fortaleza del
peso, efectivamente, ha influenciado la competitividad de los productos
mexicanos en el exterior. Sin embargo, explicaron que el golpe principal
que ha recibido el sector exportador no proviene de la apreciación del
peso, sino de la severa desaceleración de la economía norteamericana,
que ha reducido de manera substancial la demanda de productos mexicanos
en ese país.
Por su parte, las autoridades fiscales señalan que son la baja productividad de las empresas y los incrementos de salarios por encima de la meta de inflación, y no el valor del peso, lo que verdaderamente resta competitividad a las empresas mexicanas en el exterior.
Paridad cambiaria y competitividad
Sin duda, al igual que en los mercados domésticos, es una productividad suficientemente elevada lo que permite a las empresas permanecer en los mercados internacionales a largo plazo.
De poco sirve a un exportador obtener utilidades a consecuencia de un peso subvaluado, si el negocio se desvanecerá una vez que el peso recupere su valor de largo plazo.
De la misma manera, poco debiera perjudicar a un exportador sacrificar temporalmente utilidades debido a un peso sobrevaluado, si el negocio reaparecerá cuando el valor del peso disminuya a su nivel de largo plazo.
En última instancia, las empresas pueden recurrir al mercado de futuros y al uso de otros instrumentos financieros a fin de cubrirse ante cambios inesperados del tipo de cambio, y de esta forma, minimizar los costos esperados de dichas fluctuaciones.
Los reclamos se intensifican, sin embargo, cuando el valor de largo
plazo de una moneda presenta periodos de apreciación o depreciación
constante, como ha sucedido recurrentemente desde 1973, cuando se
desmoronó el sistema monetario internacional de tipos de cambio fijos
acordado en Bretton Woods.
La enorme apreciación del dólar respecto a las monedas de los demás
países industrializados a principios de los años ochenta1 indujo una ola
mundial de proteccionismo, que llevó en septiembre 22 de 1985 al
entonces G-5 (EU, Inglaterra, Francia, Alemania y Japón) a anunciar su
intención de intervenir el mercado cambiario a fin de reducir el valor
del dólar a niveles razonables, con el propósito de reducir las
presiones inflacionarias en los países industrializados y propiciar el
libre comercio internacional.
Y a finales de la década de los años noventa los reclamos en la Gran
Bretaña se hicieron más frecuentes ante la sobrevaluación de la libra
esterlina.
En una nota publicada en el Financial Times el 27 de abril de 2000,
Samuel Brittan argumenta que “las exhortaciones para incrementar
eficiencia no resolverán la sobrevaluación de la libra esterlina ni los
problemas estructurales de la zona europea”, y critica severamente al
Banco de Inglaterra por no intervenir en el mercado cambiario y
continuar con su trillado eslogan de que “el trabajo del Banco es
reducir la inflación y no el valor de la libra”.
Quizá el quid del dilema es determinar hasta dónde son responsables las
autoridades monetarias y fiscales por la existencia de periodos de
apreciación o depreciación constante del tipo de cambio. Esta tarea, sin
embargo, está lejos de ser sencilla.
Por ejemplo, hoy en día pocos economistas dudan que la gran fortaleza
que el dólar adquirió en la primera mitad de los años ochenta respondió
al déficit público norteamericano, el cual fue inducido por lo que se ha
denominado el “experimento Reagan”.
En contraste, la sobrevaluación de la libra esterlina en la década de
los años noventa parece más difícil de diagnosticar. En este caso,
factores externos como la recesión de Japón, la crisis asiática de 1997
y la adopción de una moneda única europea parecen haber un jugado un
papel muy importante.
¿Es el Banco de México responsable de la fortaleza del peso?
Diversas medidas de política monetaria, instrumentadas fuera y dentro de
México, han contribuido a la fortaleza actual del peso.
La continua reducción de las tasas de interés inducida por la Reserva
Federal para enfrentar la desaceleración de la economía norteamericana
en los últimos meses, y la instrumentación de una política monetaria más
restrictiva por parte del Banco de México a principios de año sin duda
contribuyeron a que el peso alcanzara su valor actual.
Por ejemplo, la inversión extranjera de cartera pasó de un saldo
negativo de cuatro mil 338 millones de dólares en el cuarto trimestre de
2000, a un saldo de positivo de mil 719 millones de dólares en el primer
trimestre de 2001, lo que sugiere una rápida entrada de capital
preferentemente de corto y mediano plazo. Sin embargo, difícilmente esta
entrada de capital, por sí sola, puede justificar el nivel alcanzado por
el peso.
Al parecer, el aumento de la inversión extranjera directa en México,
observada o esperada, ha tenido el papel estelar en la producción del
superpeso.
Al primer trimestre de 2001 la inversión extranjera directa sumó tres
mil 596 millones de dólares, cifra que representa un aumento de ocho por
ciento respecto al trimestre anterior, y más que duplica a la inversión
extranjera de cartera.
No obstante, fue el anuncio de la adquisición de Banamex por parte de
Citigroup del pasado 17 de mayo lo que indujo al mercado a revisar a sus
expectativas sobre el valor del peso.
Esta sola operación, que ascendió a 12.5 mil millones de dólares,
representa casi cien por ciento del total de inversión extranjera que
ingresó al país en el año pasado.
Aunque sólo la mitad de estos recursos se liquidarían en efectivo una
vez que se realice la operación, la señal fue muy clara: México se ha
convertido en un mejor destino para la inversión extranjera de largo
plazo, y por tanto, el peso se debe fortalecer.
Ante esta situación, difícilmente se puede responsabilizar al Banco de
México por la revaluación del peso. De hecho, diversas medidas adoptadas
por la autoridad monetaria desde finales de enero pasado han contribuido
para evitar una mayor apreciación de nuestra moneda.
En primer lugar destaca su mecanismo para acumular reservas
internacionales. En el primer semestre de 2001 el nivel de los activos
internacionales aumentó constantemente, al pasar de 33 mil 927 millones
de dólares del 5 de enero a 39 mil 018 millones de dólares al 8 de
junio, lo que representa un incremento de 15 por ciento (ver figura 1).
Esta cifra contrasta drásticamente con el aumento de reservas
internacionales
experimentado durante el primer semestre del año anterior, que ascendió
a 3.8 por ciento.
De no haber aumentado el Banco de México su velocidad de adquisición de
activos internacionales, el valor del peso seguramente habría alcanzado
niveles mucho mayores.
En segundo lugar aparece la adopción de una política monetaria menos
restrictiva.
El pasado 18 de mayo -un día después del anuncio de la adquisición de
Banamex por Citigroup- el Banco de México hizo pública su decisión de
reducir el “corto” de 400 a 350 millones de pesos, lo que permitió una
caída inmediata de las tasas de interés -que venían ya disminuyendo a
consecuencia de la reducción de las tasas de interés en los Estados
Unidos (ver figura 2). La tasa de interés anual de Cetes a 28 días
alcanzó un mínimo histórico el pasado 21 de junio, al ubicarse en 8.91
por ciento.
Según señala la autoridad monetaria, la evolución favorable de
diferentes índices de precios, la disminución de las expectativas de
inflación, la mayor desaceleración de la economía de Estados Unidos y la
caída de la demanda interna le permitieron adoptar una postura monetaria
menos restrictiva sin comprometer la meta inflacionaria.
Algunos especialistas sostienen que el Banco de México tardó mucho en
relajar su postura monetaria, mientras que otros opinan que la
institución central ha puesto en peligro la meta de inflación con dicha
estrategia. Y aunque sólo el paso del tiempo permitirá ver si la medida
fue acertada, la adopción de la misma muestra a un banco central atento
y sensible a la evolución del entorno económico, lo cual frenó las
expectativas de apreciación del peso.
¿Cuáles son las perspectivas?
Múltiples variables pueden influir en el valor de una moneda. No
obstante, dos factores seguramente jugarán un papel fundamental en la
determinación del valor del peso en lo que resta del año.
La primera es la evolución de la economía norteamericana y la segunda es
la resolución que tome el Congreso respecto de la reforma fiscal
propuesta por el Ejecutivo Federal en México.
El mejor escenario para el sector exportador parecer ser aquél en que la
economía norteamericana recupera su crecimiento y en México se aprueba
la reforma fiscal en términos muy similares a los planteados
originalmente.
La recuperación de la economía norteamericana no sólo estimularía
directamente el volumen de exportaciones mexicanas, sino que permitiría
a la Reserva Federal detener la caída de sus tasas de interés e incluso
aumentarlas un poco.
Aunado a esto, la aprobación de la reforma fiscal sentaría las bases
para mantener bajas las tasas de interés en México y estimular la
inversión privada doméstica. Bajo este escenario, el valor del peso
podría incluso depreciarse ligeramente y dar un mayor respiro a las
empresas exportadoras.
Desafortunadamente, indicadores en los Estados Unidos y en México
permiten calificar a este escenario como sumamente optimista.
No hay señales claras de que la desaceleración de la economía
norteamericana haya tocado fondo, y muy posiblemente la Reserva Federal
deba recurrir a un sexto recorte de sus tasas de interés.
Por otra parte, cada día parece más difícil la aprobación de la reforma
fiscal propuesta por el Ejecutivo Federal en términos adecuados.
De no aprobarse esta iniciativa, muy posiblemente se presionarán las
tasas de interés domésticas a la alza, lo que no sólo desalentaría la
inversión privada doméstica, sino que incluso podría fortalecer aún más
el peso. Este es sería posiblemente el peor escenario para sector
exportador mexicano.
Es muy poco probable que el Banco de México arriesgue la meta de
inflación para propiciar un tipo de cambio más favorable para los
exportadores mexicanos. Incluso sería erróneo que lo hiciera.
Sin embargo, los reclamos del sector exportador ante la fortaleza del
peso no deben ser ignorados.
Éstos pueden indicar problemas económicos, de carácter más bien
estructural, que amenazan el desarrollo de las empresas mexicanas,
especialmente pequeñas y medianas.
Después de todo, si nuestras empresas tuvieran acceso a mercados laborales más eficientes, a un sistema financiero más desarrollado y competitivo, a un sistema impositivo más simple y menos costoso, y en general a una mejor infraestructura económica y administrativa, estarían en una mejor posición para hacer frente a variaciones inesperadas del tipo de cambio. La experiencia muestra que en cualquier país una moneda fuerte ocasiona dolor de cabeza a sus exportadores. Sin embargo, lo que es un malestar tolerable para un exportador de un país desarrollado, puede convertirse en una verdadera migraña para un exportador de un país como el nuestro.
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