Observando los avances sociales, y sin desplazarnos a siglos muy
lejanos, se reconocen como grandes innovaciones las introducidas por la
máquina de vapor, el ferrocarril, o, ya en el siglo XX, la electricidad,
el automóvil, el teléfono o la aviación, aunque también hemos celebrado
la llegada de los electrodomésticos, el Tupperware, el pago con tarjeta
o la compra con carrito, por fijarnos en lo cotidiano. Bien mirado, se
diría que unas innovaciones han ido abriendo paso a otras. Por supuesto,
habría que citar al PC, Internet, el móvil..., que parecen encajar más
en la idea de revolución que en la de innovación; pero no hablaremos
esta vez de la revolución informática y comunicacional.
Algunas historias
Les propongo recordar cómo se produjeron algunos inventos o
descubrimientos. He seleccionado unos cuantos que parecen tener algo que
ver con la casualidad, con el empeño de algunas personas, e incluso con
las corazonadas; justamente porque creo que todos deberíamos cultivar
más la observación, la perseverancia y la intuición.
Empecemos con la máquina de coser, que quizá fuera la primera máquina
que se introducía en el ámbito doméstico. Al parecer, tras algunos
intentos meritorios como el del francés Thimmonier, fue el americano
Elias Howe el primero que patentó (1846) una máquina de coser; se había
casado con una costurera, y estuvo obsesionado con la idea de crear una
máquina que cosiera. Parece que la clave estaba en poner el ojo en la
punta de la aguja, y se relata que esta idea le brotó tras un sueño que
tuvo. Soñó, aunque se cuentan varias versiones, que estaba cautivo de
unos salvajes y acosado con lanzas que tenían un agujero en la punta.
Cuando despertó, enseguida vinculó este detalle con el problema
que tenía encarado. La verdad es que fue más tarde Isaac Singer quien
verdaderamente llegó a vender gran número de unidades de una versión
mejorada del invento de Howe, pero esta historia viene a subrayar la
importancia del subconsciente en la generación de ideas.
Otro caso –éste más reciente– que podemos recordar es la aparición del
Walkman de Sony hace unos 25 años, como fruto del afán creador y la
intuición de los fundadores, los legendarios Masaru Ibuka y Akio Morita.
También se cuentan otras versiones, pero me quedo con ésta. Tras
comercializar la compañía una grabadora monoaural de pequeño tamaño para
periodistas (el “Pressman”), intentaron hacerla estereofónica; al
incorporar los nuevos circuitos ya no quedaba espacio en el aparato para
la función de grabación, de modo que el resultado era un reproductor
portátil de cintas de audio, que precisaba de auriculares externos. Los
ingenieros consideraron el proyecto un fracaso, aunque utilizaban el
prototipo en el laboratorio para escuchar música.
Ibuka, ya como presidente honorario, lo escuchó casualmente y pensó que
podía venderse; lo comentó con Morita, que entonces dirigía la compañía,
y éste decidió fabricarlo, a pesar de los informes desfavorables de sus
colaboradores. En julio de 1979 se pusieron en el mercado 30.000
unidades, que se vendieron en apenas dos meses. Diez años después, se
habían vendido 50 millones de unidades; en 1992 se alcanzó la cifra de
100 millones; en 1995, la de 150 millones...
A veces la casualidad parece adquirir todavía mayor protagonismo en la
historia, pero no hay que descartar dosis de serendipidad y
perseverancia... Por ejemplo, en el caso del horno de microondas.
En 1946, un ingeniero de la compañía Raytheon, Percy Spencer,
hacía pruebas con un generador de ondas de alta frecuencia (magnetrón),
cuando observó que se le derretía una chocolatina que llevaba en el
bolsillo; para asegurarse de que se trataba de un efecto de las ondas,
probó con granos de maíz, y efectivamente surgieron las palomitas.
Aunque inicialmente los hornos eran de gran tamaño y elevado coste, en
1967 ya se vendían unidades para uso doméstico. No es que tuvieran mucho
éxito al principio, pero el concepto de la cocina rápida ya se había
creado, y sería irreversible.
Podríamos recordar más ejemplo de sueños reveladores, de descubrimientos
serendipitosos y de intuiciones genuinas, pero tras ellos encontraríamos
seguramente personas empeñadas en ampliar nuestros horizontes: personas
creativas.
Innovadores en la empresa
Deteniéndonos ahora en cómo se vive la innovación en las empresas de la
era del conocimiento, podemos observar cómo se ha recogido el tema en el
modelo de excelencia de la EFQM (European Foundation for Quality
Management), o cómo insiste en ella Peter Drucker, por ejemplo al hablar
del knowledge worker, o cómo constituye un mantra permanente en torno al
que se organizan conferencias y congresos.
En realidad, aunque el propio concepto de trabajador (knowledge
worker) de la era del conocimiento que describe Drucker, destaca el
inexcusable perfil innovador, no puede sorprender que se hayan acuñado
también términos como learning worker (Roy Jacques) o innovation worker
(Jacqui Chaplin), para referirse a las necesidades de esta nueva
economía.
El hecho es que apuntamos a un trabajador ideal que:
1. Ha alcanzado ya un visible grado de desarrollo personal y
profesional.
2. Maneja con soltura las TIC.
3. Posee visibles competencias informacionales y conversacionales.
4. Sabe qué debe aprender, tanto en conocimiento como en habilidades y
fortalezas.
5. Es proactivo y goza de autonomía, en el desempeño y en el
aprendizaje.
6. Aplica convenientemente su saber, su pensar y su sentir, en el actuar
cotidiano.
7. Persigue la mejora y la innovación.
8. Subordina sus intereses particulares a los colectivos.
El lector puede añadir un par de cosas más, y tendríamos quizá el
trabajador “Ten”, o trabajador “10”, sin descartar que falten más
rasgos; pero la contribución a la innovación parece inexcusable. Yo sólo
querría ya invitarles a la reflexión sobre los obstáculos que a veces
genera la propia organización en torno a la creatividad y el afán
innovador de estos trabajadores. Se edifica a veces una barrera de
mediocridad militante en torno a trabajadores capaces e innovadores, y
las organizaciones han de cuidar de que éstos constituyan la norma, y no
la excepción, en prevención de aislamientos o sofocaciones.
Ya Mitchell Ditkoff señalaba, años atrás, que, en la empresa, los
individuos más creativos:
· Suelen cuestionar el statu quo.
· Investigan nuevas posibilidades.
· Se automotivan.
· Se preocupan por el futuro.
· Ven posibilidades en lo imposible.
· Asumen riesgos.
· Tienden al movimiento y la interacción.
· No temen parecer tontos o infantiles.
· Ven conexiones ocultas.
· Se concentran en retos y problemas.
· Se muestran perspicaces.
· Resisten la ambigüedad y la paradoja.
· Aprenden continuamente.
· Concilian la intuición y el análisis.
· Se comunican de forma efectiva.
· No se desalientan fácilmente.
· Su individualismo no les impide trabajar en equipo, si se les deja
espacio.
Ya se ve el riesgo que correrían estos individuos en organizaciones del
pasado, de modo que la economía del conocimiento, además de señalar a
directivos y trabajadores, apunta asimismo a un inteligente
funcionamiento colectivo. De este funcionamiento también se podrían
contar aleccionadoras historias, sin descartar las que contaba Scott
Adams.
Ing. José Enebral Fernández Consultor en Management y Recursos Humanos jenebral1arrobami.madritel.es
Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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