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Sinigaglia.- Polanyi no es un pensador muy conocido más allá de los
adeptos a sus investigaciones. ¿Eso depende de su adscripción herética
respecto a la ortodoxia neoclásica y a la marxista?
Calafati.- Es verdad, su pensamiento no entra en el paradigma neoclásico
ni tampoco en el marxista. Ello no ha facilitado la difusión del
conocimiento de sus obras, por lo menos aquí.
Son unas obras que, sin embargo, se han traducido ampliamente en nuestro país, incluso con prólogos o introducciones de tan diversa interpretación que hacían pensar, en más de una ocasión, que se trataba de un autor distinto.
Creo también que su itinerario profesional, anómalo y un tanto “difícil”, no facilitaba la difusión de los resultados de su trabajo. Polanyi se pudo dedicar a la investigación solamente después de sus cincuenta años, en 1947, cuando era profesor de la Columbia University de Nueva York.
Tras haber dejado Hungría, fue periodista durante muchos años en Viena y posteriormente enseñante en Inglaterra. Cuando ingresa en la Columbia University -había escrito ya “La gran transformación” (1) , publicada en 1944- crea el grupo de investigación del que nacerá su libro más ambicioso “Tráficos y mercados en los antiguos imperios”, que salió a la luz en 1957.
Es una investigación que duró diez años: recoge los escritos de
Polanyi y de sus colaboradores.
Polanyi muere en 1964 y sus obras más notables (“El comercio de esclavos
en Dahomey”, 1964, y “La subsistencia del hombre”, 1977) fueron
póstumas, a cargo de sus discípulos.
No obstante, creo que la principal razón de las dificultades que hay
en la utilización del pensamiento del autor, desde el plano analítico,
están en el carácter transdisciplinar de su obra. Es un factor que puede
explicar la relativa difusión del pensamiento de otros científicos
sociales del siglo XX.
¿Y lo de su pensamiento herético…?
No estoy seguro de que sea verdaderamente un autor herético. Creo que
Polanyi pertenece a una línea de pensamiento muy visible en el siglo XX,
que va desde Veblen a Commons, de Myrdal a Hirsch, de Hirschman a
Amartya Sen, por sólo citar algunos nombres muy conocidos entre
nosotros.
La idea central de Polanyi (esto es, que el proceso económico
está incrustado en el sistema social, que la economía es un producto de
las relaciones sociales) no es herético en mi opinión. Al contrario, se
puede decir que está en la base del pensamiento de los autores que he
citado antes. Es más, se trata de una idea que ha sido dominante en las
políticas públicas.
En el campo de las políticas públicas, de manera evidente a partir de
los años treinta, fue central la regulación social del proceso
económico.
Por ejemplo, la insostenibilidad social de un mercado competitivo del trabajo -tal vez el punto central de toda la crítica de Polanyi a la economía de mercado- era una tesis ampliamente compartida y de ninguna de las maneras es herética.
Sugiriendo un paralelismo que hubo desarrollado (en absoluto singular) parecería suficiente recordar que antes de la definitiva afirmación del Estado de bienestar, el trabajo como mercancía había perdido relevancia teórica. En la obra de Keynes los salarios eran fijos y debían mantenerse así, fijos: en su “teoría” no era un mercado de trabajo verdadero y propio.
Los salarios “fijos”, según Keynes, son importantes como para
Keynes lo es la socialización parcial de las inversiones. Si
consideramos herético a Polanyi, entonces debemos pensar que es herético
el pensamiento social del siglo XX. No creo que ese sea el camino justo
para entendernos.
¿Qué influencia ha tenido la perspectiva metodológica de Polanyi en el
estudio del proceso económico?
La ampliación del sistema de categorías que propone Polanyi para el
estudio del proceso económico es de un interés extraordinario.
La utilización integrada de las categorías del “intercambio”, de la “redistribución” y de la “reciprocidad”, así como de su contraposición entre “economía formal” y “economía sustancial” han permitido facilitar los nuevos vínculos causales y sugerir nuevas interpretaciones. Y ello ha permitido al autor proponer una sugerente lectura del surgimiento del capitalismo, tal como lo expone en “La gran transformación”. Al mismo tiempo, pone a Polanyi en sintonía con un relevante y fascinante filón del pensamiento económico y social del siglo XX.
En primer lugar, y desde una perspectiva histórica, se podría
decir que nuestro autor desarrolló el proyecto de Thorstein Veblen
quien, a finales del siglo XIX, defiende a las claras que la
“perspectiva antropológica” habría revolucionado la economía política,
empujándola a modificar radicalmente el mismo sistema de categorías.
Polanyi no es un antropólogo. Pero la perspectiva antropológica que
efectivamente introduce en la investigación histórica y en el análisis
económico (lo que Veblen no consiguió hacer) permitió un radical avance
del conocimiento de movimientos evolutivos de la economía.
Ahora bien, ya en John R. Commons (un gran intérprete del institucionalismo americano de entre guerras) se substituye el más amplio concepto de “transacción” y es substituido por “intercambio”. Polanyi hace más complejo el sistema de categorías y no contempla lo económico como la esfera en la cual domina el intercambio.
Para nuestro autor, el proceso económico es dado por la
producción y circulación de “materia organizada”, de mercancías, en el
interior de un sistema humano. Polanyi sostiene que es sencillamente
falsa la tesis según la cual sólo el intercambio (y peor aún, el
intercambio competitivo) sería el único principio organizativo del
proceso económico; una tesis falsa desde una perspectiva histórica. La
distinción entre “economía substancial” y “economía formal” es muy
importante.
Volvamos a la relación entre el pensamiento de Polanyi y las políticas
públicas. ¿Podemos afirmar que Polanyi es uno de los padres fundadores
del Estado de bienestar (welfare state)?
No sabría decir hasta qué punto “La gran transformación” ha influenciado
la definitiva consolidación del Estado de bienestar después de la
Segunda guerra mundial.
Ciertamente, nuestro hombre fue un extraordinario intérprete del proceso que condujo a la afirmación del Estado de bienestar, de las primeras legislaciones en defensa de los trabajadores de las últimas décadas del siglo XX, incluida la introducción de los sistemas de salud nacional. Polanyi interpreta el Estado de bienestar como una respuesta al deseo de reducir y compensar los costes sociales de la expansión del mercado.
En el centro de su obra está la tesis de que los mercados (sobre todo
los del trabajo, la tierra y la moneda) determinan costes sociales
insostenibles.
Polanyi ve los fascismos de los años veinte y treinta como una respuesta
a las demandas sociales de control de los mercados. Se puede decir que,
en su análisis, el Estado de bienestar es una alternativa a las
dictaduras fascistas del periodo de entreguerras, porque los fascismos
son vistos como una forma de respuesta al deseo de compensar los costes
sociales del mercado. Polanyi muere cuando el moderno Estado de
bienestar se encontraba en su fase inicial.
Creo que se puede afirmar, no obstante, que su análisis no se
limita a una dicotomía entre Estado y mercado. En Polanyi es la sociedad
la que se contrapone al mercado, no el Estado, y sería a favor de
políticas públicas basadas en esta distinción.
Su concepción del “welfare state”, pues, no es -utilizando una palabra
gastada- “estatalista”, pues Polanyi parece darle un mayor papel a la
sociedad...
Cierto, en su obra se da mucha importancia a la articulación territorial
del Estado. Se podría decir que, en Polanyi, la unidad de análisis es
“la ciudad”, la “municipalidad”; en términos modernos y más generales se
podría decir que es el “sistema local”, cerrado o semicerrado.
Aunque el proceso de integración política y económica entre sistemas locales ha conducido al nacimiento del Estado, se mantienen muchos niveles territoriales (y de regulación) con los que se puede reaccionar contra la “invasión” del mercado, es decir: allí se pueden mantener “esferas de interacción de no-mercado”.
Por ejemplo, la “redistribución” -una de las modalidades elementales de transferencia de mercancías (materia organizada) de un individuo a otro, intermediada por una autoridad- no se expresa, y no se debería expresar, solamente a nivel de Estado.
Si se observan los sistemas sociales en el tiempo y en el espacio, la forma de actuar del principio redistributivo lo encontramos cuando surge un tipo de interacción entre individuos: familia, tribu, comunidad, sociedad. Así pues, el Estado de bienestar es solamente una modalidad en la que se puede expresar el obrar del principio redistributivo.
Es importante recalcar que, en la perspectiva de Polanyi, el Estado de bienestar es la reafirmación en clave moderna del principio de redistribución que limita la esfera del intercambio.
Más todavía, es igualmente importante subrayar que la
redistribución no puede sustituir a la reciprocidad. Robert Walzer, en
“Las esferas de la justicia”, propone una moderna lectura de la
concepción de justicia redistributiva que parece inspirarse en el
análisis de Polany (2).
Por tanto, en Polanyi el intercambio no es el único principio
organizativo del proceso económico. Pero reciprocidad y redistribución
son conceptos clave para entender nuestras economías ¿o son útiles sólo
para el estudio de las economías “arcaicas” o “primitivas”?
Nunca han existido economías totalmente dominadas por el intercambio
competitivo: el sistema de categorías propuesto por Polanyi es, por
tanto, aplicable también a nuestras economías. En primer lugar, es útil
recalcar de qué manera Polanyi distingue entre “intercambio” e
“intercambio competitivo”, también entre “mercados” y “mercados
competitivos”.
Se trata de una distinción fundamental para Polanyi, pero también es útil para entender cuánta ficción existe en el uso del término “mercado”. Puede haber intercambios -en las relaciones horizontales- entre sistemas locales, y el conjunto de estos intercambios darían lugar a un mercado.
La expresión “mercado” puede asumir también (y frecuentemente lo hace) un significado espacial cuando las transacciones se encuentran en el espacio con una cierta frecuencia temporal. Pero el intercambio competitivo es otra cosa: existe solamente cuando el intercambio se da sobre la base de una equivalencia (precio) que se forma espontáneamente mediante la interacción multilateral entre los sujetos que compran y venden.
Los mercados competitivos son mercados que se autorregulan, mercados
en los que el precio se forma a través de la intersección de contratos
bilaterales entre comprador y vendedor.
En segundo lugar, para describir el proceso económico Polanyi introduce
las categorías de la “redistribución” y la “reciprocidad”. Reciprocidad,
redistribución e intercambio son las tres categorías (nuestro autor las
considera preliminares) que él usa para interpretar la circulación de
las mercancías en el interior de los sistemas humanos: familia, ciudad,
municipalidad…
Con la expresión “reciprocidad” Polanyi hace referencia a la circulación
de materia organizada de un individuo a otro, determinada por el status
-por la relación de status- entre los individuos.
En una familia de nuestra sociedad, hoy, el status de mujer o hijo funda el derecho a una parte de la disponibilidad de mercancías del marido o padre. No existe intercambio, no son equivalencias (precios), porque la materia organizada (o la moneda) circula de uno a otro individuo dada la relación de status.
La cultura, con sus valores y normas, determina la circulación de las mercancías en el interior del sistema humano de referencia. La reciprocidad en Polanyi es un principio todavía más elemental que la redistribución.
La redistribución tiene un carácter “político”, en el sentido en que
se funda en un proceso de decisión colectiva. Las transacciones que se
dan sobre la base del principio de reciprocidad, sin embargo, están
directamente conectadas a la cultura de una comunidad concreta.
La economía de mercado sería, por tanto, una innovación reciente,
surgida hace unos doscientos años junto a la Revolución industrial…
… una experiencia según Polanyi que nació con la abolición de la Poor
Laws en 1834 y acabada unos cuarenta años después con la introducción de
los vínculos que se pusieron al funcionamiento del mercado de trabajo y
en particular con el reconocimiento de los sindicatos…
Polanyi interpreta la ascensión del capitalismo como un proceso de
transformación en mercancías. Es decir, de materia-energía contratada en
los mercados competitivos: del trabajo, de la tierra y de la moneda.
Pone su atención, además, en el auge y declive de los mercados de
trabajo y de la moneda. A propósito del mercado de la moneda: la
discusión actual sobre los efectos de los mercados de capitales
competitivos y globalizados le debe mucho a la metodología de Polanyi.
¿Cual ha sido el proceso que ha conducido al nacimiento de la economía
de mercado?
Desde una perspectiva histórica (y analítica) podemos decir que el punto
de partida de Polanyi son los sistemas humanos cerrados o semicerrados.
Nuestro autor interpreta la evolución institucional como un proceso de
integración de sistemas locales. Se puede poner el ejemplo de la
“famiglia appoderata” (3). Esta familia campesina con finca propia es un
sistema abierto en términos de relaciones verticales: la producción se
da sobre la base de la manipulación de materia/energía presente como
consistencia o como flujo en el espacio geográfico de referencia.
Las transacciones horizontales son mínimas, casi en el límite cero. En el interior de la familia, la materia organizada (la producción) se distribuye entre miembros a través de la modalidad de la reciprocidad y la redistribución. La subsistencia del sistema en su totalidad estaba asegurada mediante la tecnología por la materia/energía disponible en el espacio geográfico.
La subsistencia de sus miembros se determinaba por el funcionamiento de los principios de la redistribución y la reciprocidad y desconectada de la posición de cada individuo en el ámbito del proceso de producción.
La aldea funcionaba de la misma manera. Las relaciones horizontales eran mayores y servían para reducir la dependencia de la producción con relación al espacio económico. Pero el hecho que fueran transacciones bilaterales o multilaterales entre aldeas no mermaba la importancia de la reciprocidad y de la redistribución en el interior de la aldea.
En efecto, según la interpretación de Polanyi, la primera fase de
expansión de los mercados afecta a los mercados entre sistemas humanos
(familia, tribu, comunidad) en el interior de los cuales el mercado no
tiene papel alguno: son mercados sin economías locales de mercado. Lo
que equivale a decir que trabajo, tierra y moneda no son mercancías que
se intercambian sobre la base de los precios.
Por tanto, ¿para Polanyi la economía de mercado -la economía con
mercados que se autorregulan- es una construcción artificial?
La utilización de la dicotomía natural/artificial, en referencia a un
proceso económico organizado por mercados competitivos, es un nudo sin
resolver de la ciencia social contemporánea. Las normativas que impedían
la formación de mercados de trabajo, de la tierra y de la moneda fueron
eliminadas durante la Revolución industrial mediante decisiones
políticas.
Así pues, los mercados son artificiales en tanto que han sido
construidos. Sólo que para los economistas ingleses del siglo XIX lo que
era “natural” era el éxito de tales transformaciones. Una economía de
mercado parecía ser el reflejo de la naturaleza humana.
Polanyi propone una perspectiva diferente: la economía de mercado nace
de una determinada idea de sociedad, de políticas públicas influenciadas
por una ideología, por ejemplo el “laissez faire”. El aspecto
interesante de Polanyi es la perspectiva empírica de la que arranca: él
observa (y así interpreta la historia económica y social, también
política) que una economía dominada por mercados que se autorregulan
tiene costes sociales insostenibles.
En cierto sentido, se puede decir que Polanyi no tiene una oposición de principio contra el mercado. Su análisis se dirige a explicar el surgimiento de los costes sociales que en el siglo XIX conducen a la “cuestión social” (4) .
El capitalismo del “laissez faire” es artificial como puede serlo un
experimento. Un experimento que ya en 1870 muestra las señales del
fracaso; aunque, según Polanyi, ocurrirá el auge del fascismo y la
Segunda guerra mundial para convencer a las sociedades europeas que
dicho experimento había fallado realmente. Esta perspectiva empírica
(precisamente basada en los costes sociales) es muy interesante. Y
actual.
Por ejemplo, la encontramos en K.W. Kapp en su obra “Los costes sociales
de la empresa” (1950) y constituye un importante filón para el
ambientalismo moderno (5).
¿Por qué se ha ido en esa dirección? ¿Qué empujó hacia los mercados
competitivos en el trabajo, la tierra y la moneda?
La Revolución industrial, el descubrimiento de la máquina. Según la
interpretación de Polanyi, son el nacimiento de la fábrica y el éxito
que la máquina ha mostrado en la capacidad de utilizar la energía con el
fin de incrementar la producción quienes hicieron creíble entre las
clases medias inglesas el experimento de la economía de mercado.
El mercado de trabajo fue creado, según nuestro autor, porque era
considerado funcional para una posterior expansión de la producción de
fábrica, particularmente funcional para el incremento de la producción
en escala y las fluctuaciones de los intercambios determinados por la
tumultuosa dinámica comercial. La acumulación de capital o bien el
crecimiento del papel de la máquina, a través de la fábrica, no debía
encontrar obstáculos, vistos los beneficios que comportaba. Y la
expansión del sistema de la fábrica tenía necesidad de un mercado de
trabajo. Es una cuestión de “flexibilidad”, como se dice hoy…
Pero Polanyi recalca la “resistencia” de la sociedad cuando nace el
mercado de trabajo. ¿La experiencia de la “Speenhamland Law” parece ser
muy importante en su reflexión?
La “Speenhamland Law” introduce en Inglaterra en 1795 un subsidio de
integración del salario. Según Polanyi esta fue la última forma de
resistencia de la sociedad a la formación de un mercado de trabajo. Fue
abolida en 1834 frente a la insostenibilidad de un mecanismo
redistributivo que no incentivaba ni la calidad del trabajo ni la
innovación tecnológica y que, con efectos redistributivos, había llegado
a ser políticamente insostenible.
El “subsidio de integración del salario” es interpretado por Polanyi como el rechazo de una sociedad dominada por el mercado: un rechazo que viene de la élite dominante. En efecto, en los primeros decenios del XIX lo que cambia es la concepción de la sociedad por parte de las clases dominantes. Bajo el trasfondo de este cambio, la “Speenhamland law” pierde su significado.
También en el último decenio fue un periodo de discusión sobre la
forma que debían asumir nuestras sociedades y nuestras economías. La
extensión de los mercados, sobre lo que tanto se discute hoy, tiene una
base ideológica, no técnica. Y su defensa es legítima, como la defensa
de una ideología. No más.
¿Cómo se coloca el pensamiento de Polanyi respecto a la concepción
marxista del cambio social…?
En primer lugar, Polanyi -a diferencia de Marx- no tenía una concepción
lineal (en definitiva, por estadios) de la evolución del sistema social.
Expansión y dominio de los mercados, formación de la clase obrera y
socialismo: ésta no era la secuencia que Polanyi veía. La “gran
transformación” de la que habla nuestro autor no surge del ineluctable
pasaje de un estadio a otro. Polanyi interpreta el cambio institucional
como regulado por un conjunto de mecanismos locales y puntuales de
estabilización.
Los sistemas sociales superan el desequilibrio sobre la base de
mecanismos de retroacciones parciales y de su forma de actuar emerge un
orden institucional general. Las sociedades reaccionan a los costes
sociales del mercado con cambios institucionales difusos, cuyo éxito
global no está predeterminado. Para usar un término moderno, se podría
hablar de “complejidad” en referencia al concepto de “doble movimiento”
de Polanyi. Estos mecanismos “parciales” y “locales” de regulación no
pertenecen al marxismo ortodoxo, ni tampoco al pensamiento
socialdemócrata clásico.
El “doble movimiento” de Polanyi -la expansión de los mercados y la
reacción social que se manifiesta mediante un incremento de la
regulación de la expansión de los mercados- no se expresa mediante
formas de colectivización.
Esta evolución institucional que frena la expansión de los mercados y limita su dominio no tiene nada que ver con la alternativa entre propiedad privada y propiedad colectiva de los medios de producción. En este sentido, entre el pensamiento de Polanyi y el marxismo ortodoxo hay una diferencia radical.
Otra diferencia es lo que determina el valor de las mercancías. Polanyi defiende que la teoría del valor-trabajo no tiene ningún sentido y la rechaza. Para Polanyi no es el trabajo la medida del valor de un objeto producido, no es la cantidad de trabajo incorporado directa e indirectamente. Más bien, el valor de un artefacto depende del significado que tiene en el interior de un sistema cultural, simbólico. La atención que Polanyi ha dedicado a la formación de las equivalencias (y su demostración de que las equivalencias no son precios) es emblemática. La explotación se expresa en términos de una inicua distribución de las mercancías: son explotados si son demasiado pobres (con relación a los estándares de la colectividad de referencia) (6) .
Polanyi pone en el centro la cuestión de la justicia distributiva, al
igual que una gran parte de la reflexión contemporánea: de Rawls a
Walzer y de Dahrendorf a Amartya Sen.
Pero… ¿Qué está en el origen del freno que las sociedades ponen a la
invasión del mercado mediante cambios institucionales locales y difusos?
Polanyi busca en “La gran transformación” la solución de una aparente
paradoja. En los últimos decenios del siglo XIX la reacción contra la
expansión del mercado con la introducción de normas que vinculan los
resultados de la contratación bilateral conduce a sociedades gobernadas
por regímenes políticos muy diferentes (7)
. Por otra parte, sucederá lo mismo para la consolidación del Estado
de bienestar tras la Segunda guerra mundial: entre el “welfare state” de
los laboristas ingleses y el “Sozialstaat” de los liberales alemanes
habían muchas cosas en común.
Polanyi parece dar una respuesta a esta generalización de la reacción
basándola en valores éticos universales, particularmente en la
universalidad del concepto “mínimos existenciales” que es un tema que de
nuevo encontramos en Kapp. Después de todo, en la misma tradición
liberal clásica, la competición y el cambio son valores “in se”, como
parecen pensar muchos liberales de última hora, muy extendidos por aquí.
El sufrimiento determinado por la pobreza y la indigencia viene
reconocido por sistemas de decisión colectiva, independientemente de la
orientación político-general.
Solamente cuando el resultado de los experimentos de ingeniería
social (8) se convierte en una “fé”, (el “laissez faire” era una fé en
la Inglaterra de mediados del siglo XIX) estos valores universales,
entonces, dejan de orientar las decisiones colectivas y los costes
sociales, ya de por sí elevados, son vistos como necesarios para
alcanzar un mayor bienestar social futuro. De nuevo se trata de una
valoración social sobre costes y beneficios de un sistema institucional
concreto.
La sociedad civil, en sus múltiples manifestaciones, reacciona contra
los costes sociales que produce el mercado. En “La gran transformación”
hay páginas muy bellas que describen esta reacción. En el siglo XIX la
“cuestión social” (la pobreza) (9) tenía una relevancia central.
La miseria no afectaba a toda la sociedad, pero sí a algunos sectores concretos de la población: aquellos cuya subsistencia se basaba íntegramente en las relaciones de intercambio (de su propio trabajo) sin ninguna otra posibilidad de abrirse a relaciones verticales.
En efecto, el vínculo entre desempleo y pobreza existe solamente si
las relaciones horizontales (intercambio de materia entre individuos)
están dominadas completamente por el mercado. Si dominan la reciprocidad
y la redistribución no hay tal nexo.
Polanyi está muy atento a la experiencia comunitaria de Owen…
Claro, por lo menos a juzgar por lo que se dice en “La gran
transformación”.
Creo que Polanyi tenía in mente (como, por otra parte, todos nosotros)
su personal utopía. Incluso por su tendencia pragmática, Polanyi no
dedicó mucho tiempo a desarrollar los detalles de esta utopía.
Pero creo que se basaba en la imagen de una sociedad articulada bajo sistemas locales de reducida dimensión y ampliamente autosuficientes basados en relaciones verticales, y que mediante un cierto grado de apertura horizontal era gobernada por decisiones colectivas del mismo sistema local. Desde este punto de vista, el proyecto de Owen (pero no sólo el de Owen) aparecía ante Polanyi como un paso en la dirección justa: como un intento de reactualizar los mecanismos de reciprocidad y redistribución.
Se puede añadir que, al igual que Owen, Polanyi no estaba contra la innovación tecnológica, aunque afirmaba que la innovación tecnológica debía tener un control social. Una posición que está continuamente inscrita en el ambientalismo y en la legislación de defensa del medioambiente.
La utopía de Polanyi parece resurgir, al menos en parte, también del
“comunitarismo americano”.
La actual situación parece caracterizarse, al igual que en los inicios
del siglo XIX, por un retorno a la fé del “laissez faire” (liberalismo
radical) y por la ilusión de la eficiencia social de los mercados
autorregulados.
Desde este punto de vista, ¿qué hay de actual en el pensamiento de
Karl Polanyi?
El interés por la obra de un autor depende de tantos factores que es
imposible decir hasta qué punto Polanyi puede volver al centro de la
atención.
Claro, su actualidad es extraordinaria. Pero en un debate tan sincopado y superficial sobre las relaciones Estado-mercado como, por ejemplo, el que tenemos por aquí, no veo que su uso pueda utilizar las categorías que emplea Polanyi.
Demasiada complejidad, demasiado “pragmatismo coherente” por parte de
los analistas y comentaristas de estos lugares. Por otra parte, ya que
liberalismo radical (“laissez faire”) y globalización son unas fés tan
compartidas entre los analistas que han ocupado la esfera de la
comunicación, no veo que pueda haber interés en reemprender el tema de
Polanyi.
No obstante, lejos de los reflectores del debate político cotidiano ya
es otro asunto. Creo que Polanyi en las universidades es leído y
estudiado, y posiblemente lo será mucho más en los próximos años.
También porque es verdaderamente interesante. Por otra parte, incluso
nuestro autor nos ha enseñado que la evolución social tiene orígenes
difusos y locales. Las políticas públicas no son solamente el reflejo
del debate político cotidiano…
¿Quiere decirse que la lógica de mercado no es también relevante a la
hora de determinar las políticas públicas…?
Si se mira a los hechos, creo que es difícil afirmar que hayamos entrado
nuevamente en una fase de capitalismo radical, de “laissez faire”. A
pesar de los desesperados intentos de muchos analistas de hacer creer
que éste sería el camino justo, se han dado pasos tímidos (y, en parte,
a escondidas) en esta dirección. Por otra parte, es difícil decir hasta
qué punto las sociedades europeas están dispuestas a ir adelante por ese
camino.
Hay que poner atención a ello, partiendo de nuestra experiencia italiana. En Italia, el Estado de bienestar no ha tenido nunca legitimidad política. Primero la inflación y sucesivamente la generalizada evasión fiscal han permitido la construcción de un Estado de bienestar sin que haya habido deseo de una discusión sobre las implicaciones redistributivas.
Y hoy parece políticamente más simple y técnicamente más
interesante “liberalizar” antes que volver a dar legitimidad política a
los mecanismos de redistribución y dignidad social, a los instrumentos
de reciprocidad. Pero en gran parte de los países europeos las cosas van
de diferente manera, y no parece estar a la vista el “laissez faire”.
Aunque, ciertamente, como nos ha enseñado Hirschman, los tiempos y la
dirección del cambio son imprevisibles.
Por tanto, ¿una relectura de Polanyi?
Creo que los historiadores nunca han dejado de leerle. La exhortación
está quizá más justificada para los economistas.
Por otra parte, el gran interés por los cambios institucionales y por
la relación entre instituciones y proceso económico vuelven a llamarnos
la atención sobre la obra de Polanyi. Pero incluso sobre toda la
tradición del pensamiento económico al que pertenece nuestro autor.
Releer Polanyi, como anclaje para un itinerario del siglo XX poco
frecuentado y todavía tan influyente a la hora de determinar nuestras
instituciones económicas.
Antonio Calafati (Una entrevista a cargo de Sergio Sinigaglia) - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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