Mercado de trabajo en Tucumán Argentina 1800 – 1870

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La conformación del mercado de trabajo en Tucumán
(1800-1870)
En otros trabajos he formulado una serie de hipótesis intentando explicar la formación y el funcionamiento del
mercado de trabajo en Tucumán en la segunda mitad del siglo XIX (Campi, 1991a, 1993a, 1993b). En ellos se
sugiere que la revitalización de arcaicos mecanismos de represión social (persecución a “vagos” y
“malentretenidos”) y de captación y retención coercitiva de la mano de obra (instrumentación de la papeleta de
conchabo y del peonaje por deudas) que se observa desde la segunda mitad de la década de 1850 perseguía el
objetivo de disciplinar y acelerar la proletarización de las masas rurales, crear un flujo estable de trabajadores
acorde con la creciente demanda de trabajo –generada, básicamente, por el incremento sostenido de
plantaciones de caña de azúcar e ingenios– y evitar el alza de los salarios.
Se señala en esas contribuciones, asimismo, que los objetivos del Estado y de la élite tucumana no fueron
coronados totalmente por el éxito, ya que se enfrentaron a diversas modalidades de resistencia de los
trabajadores, en particular a través de las fugas de sus lugares de trabajo, alentados por la competencia entre
los mismos patrones, quienes no dudaban en contratar de manera ilegal peones prófugos.
Como resultado de esas conductas transgresoras de los reglamentos de policíai[1] y –a partir de 1888– de la ley
de conchabos, el mercado de trabajo se desarrolló de un modo muy dinámico, desbordando las rígidas pautas
con las que dichos instrumentos legales pretendían encorsetar las relaciones entre patrones y trabajadores.ii[2]
Así, junto a los segmentos legales del mercado laboral en formación (el de trabajadores calificados, que no
estaban obligados a contratarse bajo el régimen de la papeleta de conchabo; el de los conchabados con
papeleta y el de los licenciados temporalmente por patrones que tenían “derechos” sobre ellos), se desarrolló un
segmento de trabajadores “prófugos”, en un buen porcentaje con fuertes deudas por anticipos de salarios, que
se contrataban con nombres supuestos o cuyas contrataciones no eran denunciadas por los patrones. En ese
marco, los costos derivados de las fugas de peones endeudados (costo privado) y del sistema represivo (costo
estatal y privado), como un aceptable nivel alcanzado en el disciplinamiento de la mano de obra, apuraron la
derogación del sistema coactivo, que decidió la legislatura tucumana por unanimidad a mediados de 1896.iii[3]
Como se ha dicho, en este proceso jugó un papel decisivo la demanda de trabajadores por la expansión del
cultivo de la caña de azúcar, observable ya en las décadas de 1860 y 1870, pero que se tornó explosiva entre
1880 y 1895, años en los que aparece constituido en la provincia un importante segmento de peones y
jornaleros de acuerdo a las fuentes (censos nacionales de 1869 y 1895, padrones varios –electorales, de la
Guardia Nacional–, documentación policial, etc.).iv[4]
Con relación a la formación de este sector asalariado, la historiografía ha señalado insuficientemente los
diferentes niveles y etapas de implantación de la actividad cañera desde el punto de vista espacial. v[5] En sus
orígenes, las plantaciones y los primeros ingenios se localizaron en los alrededores de la ciudad, en el Bajo (en
lo que fue luego el Parque 9 de Julio), El Alto (el Oeste) y en La Banda (el margen oriental del Río Salí),
instalándose también algunos en las tierras de piedemonte que rodeaban la villa de Lules.vi[6] Es la Capital,
entonces, el departamento clave a observar si se pretende estudiar el desenvolvimiento del mercado de trabajo
en las décadas de 1860 y 1870.
Pero las carencias más notorias de los estudios sobre los trabajadores y el mercado de trabajo en el siglo XIX
tucumano radican en tres cuestiones que están entre las grandes asignaturas pendientes de la historiografía
regional: a) el origen (socio-ocupacional y geográfico) de los trabajadores que se conchababan en ingenios y
plantaciones de caña de azúcar en las décadas de 1860, 1870 y 1880; b) la función desempeñada por las
pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas en el proceso; c) la incidencia en el mismo de la dimensión
cultural (representaciones y conductas; adaptaciones y resistencias). Estas notas tienen por objeto realizar sólo
una primera aproximación a tales cuestiones con el propósito de reflexionar sobre algunos problemas
pendientes antes que ofrecer respuestas a los mismos.
Se ha caracterizado a la formación social tucumana previa al “despegue” azucarero como propia de un
“capitalismo incipiente” (León, 1993).vii[7] Se trataba, como se desprende de las fuentes y del relato de
contemporáneos, de una sociedad con una economía fuertemente mercantilizada, con una sólida implantación
de actividades manufactureras de base agrícola y ganadera. El cuadro de Maeso, reelaborado por Giménez
Zapiola (1975: 89), sobre producción, consumo y exportaciones tucumanas hacia 1853, da cuenta de una
economía que exporta (al Litoral, a las provincias vecinas, a Cuyo y Chile y a Bolivia) el 51,5 % del valor total de
su producción. El tema que surge aquí es la relación existente entre la esfera comercial y la productiva. Como lo
había señalado ya a principios de siglo Denis (y esto también es retomado por Giménez Zapiola), el papel
desempeñado por la ciudad de Tucumán como bisagra que articulaba los mercados del Norte, los del Litoral y
los de Cuyo y Chile, brindaba excelentes oportunidades para el desarrollo de ciertas actividades
manufactureras, las que podían aprovechar las tropas de mulas y carretas que atravesaban la geografía
provincial para abastecer mercados distantes.
“[...] más que de la ganadería –decía Denis–, Tucumán vivía de la gran ruta del Perú, en la cual constituía la
etapa principal, por ser el punto de contacto entre la planicie y la montaña [...] Sus principales industrias, como
la fabricación de arneses para los arrieros de la montaña, y la construcción de carretas para los troperos del
llano, se vinculaban estrechamente con las actividades de esa ruta comercial. El camino del Perú y las gentes
que por ella circulaban constituían el mercado para su agricultura, sus trigos y su harina. Gran parte de Bolivia
bajaba para aprovisionarse en las tiendas de Tucumán, y los comerciantes de la ciudad aceptaban en
consignación los minerales bolivianos, cuyo destino era la exportación. El Tucumán antiguo es, por lo tanto, un
excelente ejemplo de ciudad caminera; a semejanza de ciertas regiones de Europa como Flandes y Picardía,
donde la activa circulación comercial fuera la causa determinante del desarrollo de una gran industria, la
influencia de ese factor no fue menor aquí en el nacimiento y localización de la industria azucarera.” (Denis,
1992: 14-15).
La ciudad capital, a su vez, constituía un mercado importante que debía ser abastecido de hacienda y otros
alimentos. Allí se concentraban las tiendas y almacenes, la confección de cigarros, de pellones y de calzado y,
en sus suburbios y alrededores, los ingenios-destilerías y la mayor parte de las curtiembres, lo que implicaba
también una gran demanda de insumos.viii[8]
Las pequeñas y medianas explotaciones se insertaban en esta economía mercantil, particularmente a través del
tabaco y los cueros, en tanto estos productos (el tabaco en hoja o en cigarros; el cuero curtido) constituían
rubros de primera importancia en las exportaciones provinciales. Con relación al tabaco, los padrones de
contribuyentes dan cuenta que su producción se llevaba a cabo en explotaciones que llegaban
excepcionalmente a dos cuadras cuadradas. La producción ganadera, a su vez, era encarada por un gran
número de pequeños y medianos “criadores” (4.828 en 1874, Terán, 1875), siendo escaso el número de
grandes hacendados.ix[9]
No se ha estudiado la relación de estos pequeños productores agrícolas y ganaderos con los comerciantes-
acopiadores (seguramente de subordinación, como lo era la relación de los últimos con las grandes casas
mayoristas de Buenos Aires),x[10] ni tampoco tenemos elementos para determinar el grado de integración a la
economía mercantil del segmento más pobre de los pequeños productores agrícolas. Según el informe de Juan
M. Terán,
“La labranza de trigo, cebada, maíz, alberjas [sic], porotos, papas, batatas y maní, la practican generalmente las
gentes pobres, en mayor o menor escala, según el número de personas hábiles de ambos sexos que componen
la familia, en terreno propio, la generalidad, o adquirido de otros propietarios con el cargo de prestar a estos su
servicio personal por uno o dos meses anuales en la época que designan convencionalmente en las labores de
aquellos.” (Terán, 1875)
La categoría “labrador-peón” que aparece en las planillas del censo del departamento de Monteros –no así en el
resumen editado–, quizás haga referencia a esos labradores pobres que pagaban el arriendo con servicios
personales.xi[11] Por otra parte, es muy probable –considerando los datos del censo de 1869, de los que se
desprende la presencia de un alto porcentaje de mujeres dedicadas a las actividades textiles y a la costura en
las áreas rurales– que la producción de bienes para el consumo se combinara en estas pequeñas unidades de
producción campesinas con la venta al mercado de excedentes y de producción artesanal, además de la de
fuerza de trabajo. Al respecto, cabría hacer dos consideraciones. Tales productores se integraban a la economía
mercantil por lo menos vendiendo de un modo sui generis su fuerza laboral. En cuanto a los artesanos y
artesanas, siendo las caracterizaciones del censo de 1869 más profesionales que sociales, no sabemos si se
trataban de trabajadores independientes o asalariados, o –inclusive– si se había desarrollado en Tucumán un
sistema de producción doméstico controlado por comerciantes-manufactureros. En ese sentido no está claro en
qué medida en el área rural de Tucumán, en los años previos al auge azucarero, se combinaban –como
agentes económicos– el individuo y el grupo doméstico, el trabajo asalariado y la mano de obra familiar, la
producción para el mercado y el autoconsumo.
Sin embargo, la definición de los rasgos capitalistas de la economía tucumana, el paso del “capitalismo
incipiente” a un estadio más desarrollado, tiene que ver con el desarrollo de una actividad cuyas unidades de
producción exigían una inversión en factores (tierra, capital y trabajo) en magnitudes notoriamente superiores a
las que se requerían para el cultivo de cereales y tabaco o la explotación ganadera. Nos referimos, obviamente,
al cultivo y procesamiento de la caña de azúcar, que fue acompañada por a) la constitución de una clase
empresaria decididamente implantada en la producción agrícola y manufacturera; b) la mayor concentración de
capitales invertidos en los emprendimientos productivos; c) la expansión de las relaciones laborales bajo la
forma salario.
La comparación entre el cuadro agrícola de los departamentos de Río Chico y Graneros y de la localidad de
Yerba Buena con un padrón de patentes de la Capital, da una idea de las diferencias de escala y de la
naturaleza de los modos de producción, del fundado en la inversión de capitales en tierras, útiles y mano de
obra asalariada y de aquel en el que la fuerza de trabajo la constituía esencialmente el grupo familiar del
productor– que ya se presentaban entre la producción cerealera y tabacalera y el ascendente cultivo de la caña
de azúcar.xii[12]
Cuadro Nº 1: Esquema de la estructura agrícola del departamento de Río Chico (1861) (*)
Cultivo
Cuadras
cuadradas bajo
cultivo
Número de
productores (**)
Promedio de cuadras
cuadradas por
productor (***)
Maíz 143,00 168 0,85
Arroz 17,00 13 1,31
Trigo 10,50 5 2,10
Tabaco 30,75 75 0,41
Total 201,25 190 1,06
(*) Para 1863 De Moussy (1864, III: 248) esti en 9.000 los habitantes del departamento. En 1869 el censo
nacional contabilizó 8.687.
(**) 76 individuos tributaron como productores ganaderos.
(***) El mínimo y el máximo de cuadras cuadradas por productor era de 0,25 y 3 para el maíz; 0,5 y 2 para el
arroz; 0,5 y 6 para el trigo y 0,25 y 2 para el tabaco. Considerando el conjunto de productores, la superficie
mínima bajo producción registrada era de 0,25 cuadras y la máxima de 8. De los padrones se desprende que la
explotación de la caña de azúcar era muy incipiente en el departamento.
Fuente: elaboración propia a partir de Chalfon et al, 1995.
Cuadro Nº 2: Esquema de la estructura agrícola del departamento de Graneros (1869) (*)
Cultivo
Cuadras
cuadradas bajo
cultivo
Número de
productores (**)
Promedio de cuadras
cuadradas por
productor (***)
Maíz 125,50 144 0,87
Trigo 10,00 11 0,91
Tabaco 2,00 4 0,50
Total 137,50 159 0,86
(*) El departamento contaba, según el censo nacional de ese año, con 8.534 habitantes.
(**) 187 individuos tributaron como productores ganaderos.
(***) El mínimo y el máximo de cuadras cuadradas por productor era de 0,5 y 3 para el maíz y 0,5 y 1,5 para el
trigo; los cuatro productores de tabaco tributaban por media cuadra cada uno.
Fuente: elaboración propia a partir de Avila et al, 1996.
Cuadro 3: Esquema de la estructura agrícola de la localidad de Yerba Buena, departamento La Capital
(1874) (*)
Cultivo
Cuadras
cuadradas bajo
cultivo
Número de
productores (**)
Promedio de cuadras
cuadradas por
productor (***)
Maíz 122,50 121 1,01
Tabaco 12,25 30 0,41
Arroz 1,00 2 0,50
Total 135,75 153 0,89
(*) Yerba Buena se situaba a unos diez kilómetros al oeste de San Miguel, al pie del cerro San Javier.
(**) El mínimo y el máximo de cuadras cuadradas por productor era de 1/4 y 4 para el maíz y 1/4 y una para el
tabaco; los dos productores de arroz tributaban por media cuadra cada uno.
Fuente: elaboración propia a partir de un padrón de contribuyentes al impuesto a los cereales. Archivo Histórico
de Tucumán, Comprobantes de Contaduría, Vol. 185, ff. 52-55.
Cuadro Nº 4: Esquema de la producción cañera del departamento La Capital (1865)
Cuadras cuadradas bajo
cultivo
Número de
productores
Promedio de cuadras cuadradas
por productor (*)
439,5 40 11
(*) De los cuarenta productores que pagan patente por “fábricas de destilación”,lo ocho tienen plantaciones
cañeras menores a cinco cuadras cuadradas. El mayor productor, Wenceslao Posse, era propietario de una
plantación de 38 cuadras cuadradas. No están incluidos los productores cañeros que no poseen trapiches y
demás equipamiento para la producción de aguardiente y/o azúcar.
Fuente: Elaboración propia a partir de un padrón de patentes de La Capital. Archivo Histórico de Tucumán,
Comprobantes de Contaduría, Vol. 164, f. 429.
Es suficientemente conocido como, primero lentamente y luego de un modo vertiginoso, la azucarera se
constituyó en la principal actividad económica de la provincia. A fines de siglo, los cañaverales y las chimeneas
de los ingenios eran el signo distintivo del paisaje rural tucumano, aunque no habían desaparecido las otras
actividades que a mediados de la década de 1870 otorgaban a su perfil productivo un carácter diversificado
(Terán: 1875).
Sobre el proceso de acumulación de los capitales que se invirtieron en el “despegue azucarero” y la formación
de la clase empresaria que aparecerá como la gran protagonista de la expansión económica tucumana se han
formulado sólidas hipótesis, aunque falta desarrollar todavía muchas investigaciones de base para corroborarlas
suficientemente (Cf., Giménez Zapiola, 1975; Balán, 1978; Guy, 1981; Pucci, 1988; Campi, 1996). Al contrario,
la constitución de la masa de peones y jornaleros que ocuparon sus brazos en plantaciones e ingenios no ha
merecido mayor atención por parte de los historiadores, echándose de menos –para los años previos al
“despegue”– aproximaciones sobre la demanda y la oferta de trabajo, sobre el nivel y evolución de los salarios,
etc.xiii[13]
Siendo la azucarera una actividad que conjugaba diversas tareas durante la zafra –el corte, la recolección, el
transporte y el procesamiento de la caña en los ingenios–, se distinguía de las otras producciones por el uso
intensivo que hacía de la mano de obra. Según Kaerger, hasta los “pequeños campesinos” debían contratar por
lo menos dos trabajadores por cuadra cuadrada durante la cosecha (Kaerger, 1901: 361). Por lo tanto, uno de
los prerequisitos para el desarrollo de la actividad era disponer de un sector de la población que careciera de
medios alternativos de subsistencia, que los mismos fuesen lo suficientemente precarios como para impulsarlo
a vender su fuerza de trabajo, o contar con una zona expulsora de población en la cual proveerse de
trabajadores a costos asequibles.
Los testimonios de los años previos al boom del azúcar son elocuentes. El ritmo de la expansión azucarera –y
la consecuente demanda de trabajadores–, creó pronto un fuerte desequilibrio entre la oferta y la demanda de
mano de obra. La élite atribuyó este desfasaje a la combinación de factores de orden subjetivo con otros
referidos a la estructura de la tenencia de la tierra. Aunque se responsabilizó de la “falta de brazos” por sobre
todo a la “vagancia” y a la “holgazanería” de las masas indigentes (males contra los cuales sólo era posible
perfeccionar los mecanismos coactivos para “moralizarlas”),xiv[14] algunos, como Bousquet, fundaron el
insatisfecho “hambre de brazos” de los grandes propietarios en la extrema fragmentación de la tierra:
“Puede decirse con toda verdad que no hay en la campaña una sola familia que no sea propietaria de un
pedazo de terreno y de unas cuantas cabeza de ganado vacuno o lanar que les asegure la subsistencia. De a
proviene, sin duda alguna, de que nuestras jentes [sic] de campo sean tan aficionadas a sus hogares, lo que
ocasiona a veces perjuicios a nuestros industriales, quienes se ven a menudo privados de brazos para la
atención de sus establecimientos, porque la gente pobre ama tanto su independencia y se contrae a cuidar su
hacienda con tanto esmero, y los trabajos de agricultura que establecen como accesorios.” (Bousquet, 1882:
441)
Sin duda, ambos argumentos son complementarios antes que contradictorios. El primero hacía hincapié en la
resistencia de los sectores populares a renunciar a un sistema de valores y hábitos reñidos con las nuevas
exigencias del capitalismo azucarero, cuyo origen estaba, según la visión de la élite, en la “perversión” y
“corrupción” innatas de los sectores populares;xv[15] Bousquet, por su parte, ponía énfasis en factores de orden
objetivo, en la estructura de tenencia de la tierra, de la que se originaba un fuerte sentimiento de independencia
en la “gente pobre”.xvi[16] Sin embargo, de ningún modo, como demuestran censos y padrones, “todas” las
familias del Tucumán rural poseían un “pedazo de terreno” y “unas cuantas cabezas de ganado”, por lo menos
en una escala que les permitiera subsistir sin tener que vender su fuerza de trabajo de modo permanente o
eventual. Por el contrario, de acuerdo a la información de que disponemos, existía ya a principios de siglo un
incipiente sector de jornaleros –es decir, de productores separados de los medios de producción, que se
distinguían de “labradores”, “agricultores” y “criadores”–, que iría incrementándose con el correr de los años.
El censo de 1812, del que se conservan los registros de dos cuarteles de S. M. de Tucumán, los de Río Chico,
Los Juárez y un curato de Burruyacu, da un 5,7% de “peones” y “gente de servicio” en la campaña y un 6,3 %
de “conchabados”, “peones” y “criados” en la ciudad (si se suman a éstos los “agregados”, los porcentajes de
dependientes se elevan a 14,6 y 9,4 %, respectivamente) (Parolo: 1995).xvii[17] A su vez, un padrón masculino de
dos cuarteles de la ciudad, de 1818, con 453 individuos con oficios declarados, indica que el 11,2 % de estos
eran peones (AHT, SA, Vol. 126, ff. 249-260).xviii[18] Pero en 1834, en un padrón general de población de “Los
Valdeses”, departamento de Burruyacu, la participación en la estructura socio-ocupacional del segmento de los
que se puede presumir asalariados se incrementa de un modo considerable. Con 1.159 registros y 497 oficios
declarados, se contabiliza un 32,6 % de jornaleros (121 varones y 41 mujeres) en la población en edad laboral,
frente a un 35,6 % de labradores y un 15,5 % de criadores.xix[19] Es muy difícil inferir en qué medida estos datos
expresan algo más que una situación muy localizada y hasta qué punto son representativos de un proceso
social a escala más vasta. No obstante, no dejan de ser un indicador de un intenso fenómeno de
“proletarización” (¿no sería más apropiado decir “asalariamiento”?) que se estaría verificando en ciertas áreas
de la provincia.xx[20]
¿Tiene que ver esto con el “notable impulso” de la producción azucarera que se advierte en esa década y que
recibe un decidido apoyo del gobernador Alejandro Heredia, quien dictó medidas para su fomento y protección y
que estimaba en seiscientos los hombres empleados en la actividad en 1833? (Pavoni, 1981: 8).
“En 1838 –afirma esta autora- hay nueve fábricas de destilación de aguardiente y treinta y dos ingenios;
establecimientos que en su mayoría se encuentran en los alrededores de la ciudad capital. En ese año,
también, el azúcar y el aguardiente de caña producidos en la provincia comienzan a figurar en las guías de
exportación. A comienzos de 1839 se calcula que, con la nueva industria, ‘la provincia de Tucumán tiene en el
día cincuenta mil pesos más de producción por año’” (Pavoni, 1981: 10).
Según Heredia, la actividad incentivaba la llegada de inmigrantes y capitales. En su mensaje a la legislatura de
octubre de 1838, decía:
“Con los progresos de la agricultura ofrecemos ocupación lucrativa á los hijos de las provincias hermanas, y á
los estrangeros [sic] medios de ejercer su industria. Asi nuestra población crece y aumenta rapidamente. Un
gran numero de familias de las provincias limitrofes pueblan nuestros campos, y vosotros sabeis que en el
aumento de poblacion consiste la verdadera riqueza y fuerza de un Estado.” (Pavoni: 1981: 11)
Sin embargo, pese a ello, a fines de esa década de 1830 había en la ciudad capital y alrededores una fuerte
demanda insatisfecha de jornaleros, si nos atenemos a lo que alegaba el gobernador Piedrabuena en 1839. En
los considerandos de un proyecto en el que proponía declarar “ciudadano benemérito” al futuro obispo
Colombres afirmaba: “[...] Se echan de menos los brazos de labor agrícola; cuando antes los miserables
jornaleros los tendían en vano en busca de ocupación y alimento [...]” (Schleh, 1921: 31).
En consecuencia, el número de jornaleros no crecía al ritmo que demandaban las actividades económicas de la
provincia, la que atravesaba una coyuntura económica muy favorable por el bloqueo francés al puerto de
Buenos Aires,xxi[21] o –por circunstancias sobre las cuales hoy sólo podemos especular– la simple existencia de
una masa de asalariados no se correspondía con la demanda de mano de obra. No creemos que el origen de
esta situación pueda relacionarse con la escasa calificación laboral de los trabajadores. Es más probable que
este problema tuviera que ver con su “indisciplina”, lo que podría haber dificultado la provisión regular de
trabajo.xxii[22] Quizás esto explique que en la década de 1830 los gobiernos y las legislaturas pusieran mayor
empeño (con relación a las década de 1820 y de 1840) por reformular y poner en vigencia las normativas
sociolaborales coercitivas (Cf. Campi, 1993a). Obviamente, son estas simples conjeturas que oportunamente
habrá que intentar verificar si se supera el obstáculo de la carencia de datos para indagar sobre esta materia.
Sobre que la extendida presencia de las pequeñas unidades de producción tenía una relación directa con la
“independencia” (no sólo económica, sino también en valores y conductas) de la población rural que tanto
desvelaba a las clases propietarias, tenemos menos dudas.
Como vimos, hay suficientes pruebas de que esa debilidad en la oferta local de trabajo fue compensada
recurriendo a trabajadores de provincias vecinas. De acuerdo a una información oficial de fines de diciembre de
1845, sólo en ese año se habrían “establecido” en la provincia 650 individuos, 44 “extranjeros” (todos franceses
con oficio) y 606 “americanos”, 548 de los cuales, el 90,4%, fueron registrados como “gente de servicio”.xxiii[23] No
olvidemos que en las fuentes se denomina al mismo segmento de la población, indistintamente, “gente de
servicio”, “gente de proletaria”, “gente de conchabo”, “jornaleros”.
Aunque debemos ser cautelosos por el carácter fragmentario de estos datos, a partir de los mismos podemos
sugerir algunas hipótesis, a corroborar en futuras investigaciones:
1) Muchos años antes del “despegue” azucarero se habría estado formando en Tucumán el sector social
caracterizado por la élite como “gente jornalera”, “gente proletaria” o “gente de servicio” (y paralelamente,
desarrollándose una demanda de trabajo que absorbía e incentivaba su crecimiento) a la que se apelará en los
70 y los 80 para satisfacer las necesidades de mano de obra de plantaciones e ingenios y para la construcción
de canales de riego, obras civiles, caminos y vías férreas.
2) El crecimiento natural de la población no fue condición suficiente para satisfacer la demanda de trabajo de
una economía en expansión.xxiv[24]
3) Siendo Tucumán la provincia más densamente poblada del país (con valores diez veces superiores a la
media del conjunto que luego sería la Argentina en 1801 y cinco veces a la del litoral a comienzos del despegue
azucarero) (Pucci, 1992: 10), podría atribuirse esa insuficiencia no a la “carencia de brazos”, sino a la
resistencia de un sector de la población a aceptar la radical transformación de hábitos de vida y pautas
culturales que demandaba el trabajo asalariado en ingenios, curtiembres, plantaciones, etc.xxv[25]
4) Aunque un buen porcentaje de la población se encontrara imposibilitada de atender su subsistencia como
productores independientes (o sólo como productores independientes), la fuerte presencia en el paisaje social
tucumano de pequeñas unidades de producción agrícolas y/o ganaderas, habría hecho más difícil la
erradicación o rápida moderación de los hábitos de libertad e independencia de la población rural, los que
fueron asimilados por la élite como manifestaciones de “indisciplina”, “ociosidad”, “vagancia”, “vicios”,
“inmoralidad”, “desorden”, etc., rayanos con el delito.
5) En consecuencia, hubo que apelar a migrantes de provincias vecinas (los “americanos” del informe de 1845),
por lo que el sostenido crecimiento demográfico tucumano de los dos primeros tercios del siglo XIX no habría
sido “esencialmente, producto del crecimiento natural”, como afirma Pucci (1992: 14), sino que se habrían
sumado a éste importantes aportes migratorios. Porque los componentes que determinan el crecimiento natural
(tasas de fecundidad, natalidad y mortalidad) no pueden responder a corto plazo a las coyunturas económicas
favorables (aumento de la demanda de trabajo y de salarios), a diferencia de las migraciones, que sí lo hacen.
6) La explicación del “máximo nivel” en el crecimiento demográfico tucumano, que se habría verificado entre
1845 y 1858, con una tasa anual del 28,6 por mil, encontraría así una explicación más coherente, al asociárselo
“con la coyuntura global de idéntico signo [favorable] que vivía la provincia”. (Pucci, 1992: 14)
7) Por último, el apego a la “independencia” de la población rural, conjugado con una demanda intermitente de
mano de obra, sometida a la estacionalidad propia de la agricultura y la ganadería, hizo que la provisión de
trabajo adquiriera algunas formas particulares, aunque no privativas del caso tucumano. Por ejemplo, el
usufructo de parte de un fundo para criar unas cuantas cabezas de ganado y cultivar una chacra a cambio de
prestaciones personales durante determinados períodos del año (lo que todavía hoy se practica en algunos
puntos de la montaña tucumana y se denomina “obligación”). Modalidad que, además, ofrece la ventaja al
propietario de tener que atender la alimentación del trabajador durante un pequeño período anual y descargar
sobre los mismos los costos de la reproducción social.
Las cédulas censales de 1869 demuestran la importancia del aporte migratorio interno mucho años antes del
auge azucarero, uno de los elementos en que se fundan estas conjeturas. Según las mismas, en 1869 se
registra como “peones” al 61% de los varones mayores de 16 años de la zona rural del departamento Capital
(inclusive la mayoría de los niños a los que se les consignan ocupaciones figuran como tales). Un 32,5% de
esos peones, además, son nativos de Santiago del Estero o Catamarca. Ello compone un panorama que
contrasta con el del ámbito rural del departamento de Monteros, en el que sólo el 3% de lo que podríamos
asimilar (con obvias precauciones al tratarse de una sociedad latinoamericana del siglo XIX) a la PEA masculina
está compuesto por “peones”, aunque este porcentaje podría elevarse al 22,1 % si se toma en cuenta la
categoría “labrador-peón” (Campi y Bravo, 1995: 149-151). Llama la atención la correspondencia en la Capital
entre el desarrollo del segmento de peones y la presencia de migrantes santiagueños y catamarqueños, lo que
indicaría que la zona azucarera por excelencia de Tucumán ya estaría operando, varios años antes de la
llegada del ferrocarril, como un imán de mano de obra a escala regional. Diez años antes del censo, en 1859,
Burmeister se había percatado del fenómeno:
“La clase más pobre de la población –decía el sabio alemán refiriéndose a Santiago del Estero– vive, en su
mayoría, de las provincias vecinas y especialmente de Tucumán, a donde acuden muchos santiagueños en la
época de la zafra”. (Burmeister, 1944: 119)
No puede deducirse de lo anterior que en la constitución del mercado de trabajo tucumano la presencia de
peones y jornaleros santiagueños fuera cuantitativamente más importante que la de peones y jornaleros
tucumanos a partir de los años 40. que es indudable que –con las dificultades inherentes de una masa
laboral todavía no disciplinada– varias décadas antes del “despegue azucarero” se había desarrollado en la
provincia un sector de la población que en 1869 los censistas denominaron “peones”, “jornaleros”, “sirvientes”, y
que se insertaban en el proceso productivo en el marco de relaciones salariales.xxvi[26] Los orígenes de este
sector se remontan a la colonia y huelga decir que tampoco en este período el proceso ha sido estudiando
suficientemente.
Indígenas, “españoles” pobres (es decir, blancos pobres), mestizos y “castas” componían el pequeño segmento
de “jornaleros” de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX (López de Albornoz, 1993). Si no se ha estudiado el
mundo agrario tucumano, sus estructuras familiares y sus unidades productivas,xxvii[27] menos aún se han
indagado las vías y los mecanismos de la “proletarización”, el surgimiento de un sector de la población que se
veía obligado a vender de forma permanente o eventual su fuerza de trabajo para atender su subsistencia. Los
estudios de estos procesos han hecho referencia a la desestructuración de las economías campesinas. En rigor,
el concepto pone énfasis en la expropiación del producto, a raíz de la cual el productor “deja de poseer los
materiales con que trabaja o el producto acabado de su trabajo y, en realidad, no vende un producto, sino la
fuerza de trabajo” (Rule, 1990: 37). Desconocemos si en Tucumán los asalariados surgían como producto de la
descomposición de unidades de producción campesinas, de su desaparición por efecto de coacciones y
despojos por parte de la élite o si las familias campesinas producían un “excedente” de brazos que engrosaban
el sector de jornaleros. Seguramente no existió sólo una de estas “vías”. Diversas coyunturas históricas en un
proceso que abarcó varias décadas y situaciones locales muy diferenciadas deben haber generado también
una diversidad de necesidades y estrategias por parte de los actores sociales, cuyos resultados seguramente
fueron variados. Lo que es claro es que el campesinado tucumano perduró con mayor éxito que en otras
regiones del país, que en algunas áreas bonaerenses, por ejemplo, donde algunos factores, conjugados, “[...]
conspiraron contra la subsistencia de esa débil clase de agricultores, e impidieron la continuidad de su
participación en los diversos avances hacia el sur de la frontera que tuvieron lugar durante el siglo XIX [...]”
(Míguez, 1993: 192).
Si bien es cierto que a partir de la década de 1830 la élite comercial tucumana desarrolló estrategias de
adquisición de tierras a partir de las cuales diversificaba sus actividades económicas e intereses; y que el monto
de los capitales invertidos en esas operaciones fue en ascenso, el proceso no adquirió intensidad en toda la
primera mitad del siglo XIX (Fandos y Fernández Murga, 1996). Pero también es cierto que la documentación
demuestra que la élite utilizó el poder que recayó en sus manos con la independencia para apropiarse de tierras
de comunidades indígenas, cuyas familias luego de los despojos (aprobados y legalizados por el naciente
Estado republicano) tuvieron que convertirse en arrendatarios de los nuevos propietarios o satisfacer las
necesidades de mano de obra de las haciendas.
Con relación al despojo de las tierras de los pueblos indígenas de la llanura tucumana, hay evidencias de que,
avanzado el siglo XIX, no había concluido. Por ejemplo, luego de la independencia, en la década de 1820, el
gobierno tucumano decide subastar públicamente las tierras del pueblo de Naschi (AHT, SA, Vol. 32, f. 71); a
mediados de siglo, a su vez, los indios de Marapa eran todavía propietarios de esa estancia, aunque desde el
ámbito oficial se maniobraba para forzar su venta a particulares (AHT, SA, Vol. 70, f. 391).xxviii[28]
Hasta el presente no se ha hecho referencia a la “expropiación” de otro tipo de campesinos, aunque la casi
violenta expansión del área bajo cultivo de la caña (1.687 hectáreas en 1872, 6.636 en 1882, 12.768 en 1888 y
40.724 en 1895) (Schleh, 1921: 246-247) puede haber significado la desaparición de pequeñas explotaciones,
cuyos tenedores, campesinos sin títulos, habrían engrosado el ejército de “conchabados”.xxix[29]
Al respecto, no hay dudas de que el “hambre de brazos” de la élite no fue acompañado –por lo menos en
intensidad– por un similar “hambre de tierras”. Quizás la gran disponibilidad de tierras que sucedió a la
expulsión de los jesuitas (propietarios de grandes potreros en las zonas serranas y grandes latifundios en las
mejores tierras de la provincia), y las muy favorables condiciones que se dieron para adquirirlas, hayan
“saciado” ese hambre. Muchas familias de la élite adquirieron ex haciendas jesuitas en los remates llevados a
cabo por la Junta de Temporalidades (o luego de los mismos), dentro de las cuales más tarde se fundarían
ingenios y se extenderían las plantaciones de caña de azúcar.
Asimismo, no podemos dejar de recordar que, en buena medida, el problema de la insuficiencia de brazos y de
provisión de materia prima se solucionó durante los años del auge azucarero incorporando a la producción
cañera a pequeños productores agrícolas. “Ello posibilitó la expansión del área cultivada de caña para alimentar
las bocas molienda de los ingenios en momentos en que muchos de éstos, poseedores de grandes extensiones
en las mejores tierras de la provincia, no podían extender los cañaverales por falta de trabajadores, como lo
hizo notar Rodríguez Marquina en 1890” (Campi, 1993a: 67).
Sin embargo, también éstas proposiciones deben ser verificadas con un sistemático trabajo sobre fuentes
primarias. El gran obstáculo para avanzar en la dilucidación de estos problemas es la ausencia casi absoluta de
investigaciones sobre historia agraria tucumana de la primera mitad del siglo XIX.xxx[30] Por ejemplo, poco y nada
conocemos sobre cuáles eran las formas jurídicas de tenencia de la tierra de los pequeños productores.
¿Propietarios, arrendatarios, condóminos, medieros, agregados, ocupantes sin títulos? Seguramente coexistían
diversas situaciones y arreglos, aunque no podamos todavía definirlos y determinar su difusión.xxxi[31] Las fuentes
mencionan esporádicamente a los “arrenderos”. Diversa documentación da cuenta de ellos. Sólo a modo de
ejemplos, se podría mencionar un padrón de 1812 de Burruyacu –elaborado para la recaudación de un
empréstito con fines militares–, que contiene un completo listado de propietarios y arrendatarios (AHT, SA, Vol.
23, f. 147 y ss.); otro de 1832, con una lista de arrenderos de Colalao (AHT, SA, Vol. 39, f. 179; hasta llegar al
censo de 1896, que registra 2.361 arrendatarios y 528 medianeros” frente a 7.099 propietarios (Correa y
Lahite, 1898: 12). Se trata, está claro, de una seria carencia que los historiadores debemos intentar superar si
aspiramos a reducir los numerosos conos de sombras que dificultan el buen conocimiento de la historia
tucumana.
Otra cuestión sobre la cual debe indagarse es la relación de las pequeñas explotaciones y la oferta de mano de
obra. Se ha enunciado ya la hipótesis de que, probablemente, las tradiciones de libertad propias de los
productores independientes (¿podríamos indagar sobre la existencia de una cultura agraria relacionada con
esas tradiciones?) dificultaron el “disciplinamiento” y “moralización” de los trabajadores, por lo menos al ritmo y
con las pautas exigidas por una explotación capitalista agroindustrial en expansión, como fue la del azúcar.xxxii[32]
Sin embargo, también se ha advertido sobre la relación funcional que habría existido en Tucumán (y que
todavía pervive) entre el minifundio y la demanda de trabajo de ingenios, fincas y plantaciones.
Siguiendo a Domínguez y Hervás (1970), Pucci intentó sintetizar esta peculiaridad de la producción azucarera
tucumana en relación con otras zonas productoras: “Allí donde impera, la plantación se acompaña de una
constelación de minifundios subordinados, cuya existencia en torno a la gran propiedad se explica porque
funcionalmente le es útil y necesaria: el minifundio constituye la reserva de fuerza de trabajo y la fuente
complementaria de subsistencia de esa misma reserva, que la gran propiedad tiene a su disposición” (Pucci,
1989: 30).
Por supuesto, es necesario determinar el momento en que se establece esta relación entre el minifundio cañero
y la gran plantaciónxxxiii[33] y estudiar en qué medida ese papel de “reservorio” de mano de obra de la pequeña
explotación –y de los ingresos salariales como fuente complementaria de subsistencia de la misma “reserva”–,
era previo al auge azucarero. En otras palabras, en qué medida las pequeñas unidades de producción agrícolas
y ganaderas fueron uno de los factores de retención de una mano de obra a la que podía apelarse en los picos
de la demanda de trabajo presente en la diversificada economía tucumana, mano de obra que –en otras
condiciones de mercado– habría sido expulsada, tal como ocurrió en Santiago del Estero.
REFLEXIONES FINALES
Las condiciones en las que se fue gestando el mercado de trabajo en Tucumán durante el curso del siglo XIX
otorgaron al proceso características muy peculiares, comparadas con las de otras regiones del país. No existía
una frontera abierta y, por consiguiente, disponibilidad de tierras casi ilimitada como en el caso pampeano. Por
otro lado, la expansión económica tucumana no recibió el aporte de mano de obra europea, masivo en el litoral
y significativo en Mendoza, ni tampoco los importantes contingentes de indígenas chaqueños y trabajadores
bolivianos que arribaron a las áreas azucareras de Jujuy y Salta a principios del siglo XX.xxxiv[34]
Como compensación, la provincia tenía una gran dotación demográfica, lo que ha sido destacado por Pucci
como una de las precondiciones del auge azucarero del último cuarto del siglo XIX. Sin embargo, pese a ello,
hay testimonios acerca de que ya en la década de 1830 se presentaba un fuerte desequilibrio entre oferta y la
demanda de jornaleros, el que fue subsanado con migrantes de las provincias vecinas, en particular de
Santiago del Estero, tradicional zona expulsora de población. Mucho podríamos avanzar si se remediara la
ausencia de conocimientos sobre el crecimiento natural de la población tucumana durante el período. Pero, ello
no bastaría, pues la constitución de un ejército de asalariados no es una simple “consecuencia” del crecimiento
demográfico. La “proletarización” es también un proceso cultural, de transformación de representaciones,
conductas y hábitos colectivos a nuevas exigencias, valores y pautas, en el que las condiciones de mercado se
articulan con elementos de orden subjetivo, los que definen una compleja ecuación de imposiciones,
resistencias y adaptaciones.xxxv[35]
En ese sentido, investigaciones sobre la población rural tucumana del siglo XIX desde una perspectiva cultural
nos permitirían introducirnos en un ámbito clave para estudiar la formación del mercado de trabajo. Las diversas
manifestaciones de resistencia, individuales y colectivas, de los trabajadores tucumanos de la segunda mitad
del siglo XIX, que se incrementaron notablemente durante la década del 80 a la par de la expansión azucarera,
el crecimiento de la demanda de trabajo, la maquinización de la industria, la imposición de nuevas modalidades
y ritmos laborales y las presiones de los sectores propietarios y del Estado para “disciplinarlos” y “moralizarlos”,
tienen sobrados antecedentes en las décadas previas, en los 60 y los 70, como consta en la documentación
policial. Nada, o casi nada, sabemos de este juego disciplinamiento-resistencia en las décadas previas; de las
formas con las que los trabajadores enfrentaban (o se adaptaban) al propósito de la élite de acotar –y de
suprimir, si era posible– sus “espacios de libertad”, como caracteriza María Angélica Illanes a los ámbitos de
sociabilidad de las clases populares y a las circunstancias en que daban rienda suelta a sus necesidades
recreativas lejos del control y la vigilancia de los sectores dominantes (Illanes, 1990: 10-11); ni de las diversas
estrategias –más allá de la coacción– utilizadas por la élite para vencer la resistencia y acelerar la adaptación,
entre ellos los incentivos monetarios.xxxvi[36] En fin, sin la más elemental aproximación a este territorio de la
cultura, de las representaciones mentales, el estudio sobre la formación del mercado de trabajo será una
construcción desde una perspectiva que desconoce que todo proceso humano es el resultado de una sumatoria
de percepciones, decisiones, estrategias, esperanzas y temores, más o menos conscientes.
Ahora bien, es indudable que no pueden estudiarse los sistemas de representación y las conductas al margen
de las condiciones materiales de existencia, del nculo de hombres y mujeres con los medios de subsistencia,
etc. En ese sentido, como ya he anticipado, habría que indagar las probables conexiones entre las modalidades
de tenencia de la tierra con esos hábitos de independencia de la población rural que la élite asociaba a la
indolencia, al “vicio” y a la “vagancia”. Pero, ¿cómo estudiar la percepción que sobre sus derechos de
usufructuar los recursos naturales, de disponer libremente de su tiempo, de fijar el precio de su trabajo, de la
propiedad, etc., tenían los pequeños productores y los trabajadores sin tierras del campo tucumano, si poco y
nada sabemos sobre las unidades de producción en las que laboraban?; ¿sobre la productividad de la tierra y
del trabajo?; ¿sobre la tecnología agraria que aplicaban?
Se observará que estas notas son, a la vez que un apretado estado de la cuestión, la justificación de un
programa de trabajo. Se han enunciado muchos problemas, a partir de cuya resolución tendríamos un
panorama de la sociedad tucumana del siglo XIX menos fragmentario y con menos lagunas de conocimiento.
Queda pendiente el problema de las fuentes. Al respecto solo diré que del rico acervo documental del Archivo
Histórico de Tucumán los historiadores se han ocupado básicamente de la Sección Administrativa; menos han
utilizado la Sección Protocolos y casi nada las diferentes series de la Tesorería (Comprobantes, Manuales y
Mayores de Contaduría) y la Sección Judicial. Indagar sobre éstas con una nueva batería de preguntas nos
daría sin duda una visión renovada no sólo de la gestación del mercado de trabajo, sino de todo el siglo XIX
tucumano.
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______________________________
Autor. Daniel Campi
Conicet-Universidad Nacional de Tucumán
Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo, la cultura y las prácticas políticas en
sociedades segmentadas.
http://www.geocities.com/trabajoysociedad/
Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias sociales para la publicación de artículos
y textos sobre los problemas del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los referidos al
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Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de
las actividades de la Asociación Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin
American Studies Association (LASA).
i* Una versión previa de este artículo fue publicado en Poblacion y Sociedad, Revista Regional de Ciencias Sociales, Nº 5,
Octubre de 1998, Fundación Yocavil, Tucumán.
NOTAS
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Campi Conicet Daniel. (2005, febrero 24). Mercado de trabajo en Tucumán Argentina 1800 – 1870. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/mercado-de-trabajo-en-tucuman-argentina-1800-1870/
Campi Conicet, Daniel. "Mercado de trabajo en Tucumán Argentina 1800 – 1870". GestioPolis. 24 febrero 2005. Web. <https://www.gestiopolis.com/mercado-de-trabajo-en-tucuman-argentina-1800-1870/>.
Campi Conicet, Daniel. "Mercado de trabajo en Tucumán Argentina 1800 – 1870". GestioPolis. febrero 24, 2005. Consultado el 19 de Noviembre de 2018. https://www.gestiopolis.com/mercado-de-trabajo-en-tucuman-argentina-1800-1870/.
Campi Conicet, Daniel. Mercado de trabajo en Tucumán Argentina 1800 – 1870 [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/mercado-de-trabajo-en-tucuman-argentina-1800-1870/> [Citado el 19 de Noviembre de 2018].
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