Estratificación social y desigualdad en el trabajo en Santiago del Estero Argentina

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Si la vieja imagen de las pautas de desigualdad era la de estratos geológicos con una capa superpuesta a otra, con una «falla estructural» entre la clase obrera y la clase media, la nueva imagen es más bien un mosaico, en el cual los colores reaparecen en lugares diferentes.
En este nuevo contexto las estadísticas nacionales acostumbran ser positivamente erróneas, porque suprimen variaciones reales a favor de una uniformidad irreal. Estudios detallados basados en mercados locales de trabajo, que muestren la distribución de las formas de trabajo e indiquen los procesos económicos y sociales subyacentes, nos ayudarán a fomentar nuestra comprensión del mosaico.

Ray E Pahl, Divisions in Western Capitalism and State Socialism, Georg Allen, 1989.

INTRODUCCIÓN

En este artículo se consideran algunas de las manifestaciones características del trabajo o, más precisamente, de las relaciones de trabajo, en la conformación de la estructura social. Las articulaciones entre la matriz ocupacional y el sistema de posiciones sociales son examinadas de dos maneras: a través de un ejercicio descriptivo de las clases sociales, y por medio del análisis de los estratos socio ocupacionales.

Sobre las clases no se realiza un abordaje cuantitativo, sino que se esboza un conjunto de imágenes basadas en su fisonomía laboral, en la apreciación y valoración social de ciertas actividades y ocupaciones, en sus procesos de constitución histórica, y en la ponderación de aspectos de sus comportamientos socio culturales y políticos.

En cambio, los estratos ocupacionales son considerados en base a datos provenientes de fuentes estadísticas, entre los cuales posee particular relevancia los referidos a la «condición socio ocupacional» (CSO), que es estudiada a partir de un indicador compuesto(1) que constituye un intento de operacionalización del concepto teórico de clase social.

El estudio se realiza sobre la provincia de Santiago del Estero, situada en el noroeste de Argentina, y que es una jurisdicción sobre la que se manifiestan numerosas evidencias de un marcado rezago social y productivo(2).

  1. IMPLICANCIAS CONCEPTUALES DEL TRABAJO Y LA ESTRATIFICACIÓN

Clases sociales, grupos de status y trabajo

Las relaciones sociales que se establecen a partir del trabajo han sido utilizadas como concepto estructurante del sistema social en distintas formulaciones teóricas y reconstrucciones empíricas, ya sea desempeñando una función clave como en el modelo marxista o dotándolas de una significación relevante en otros desarrollos sociológicos, económicos y antropológicos.

La «situación de trabajo»(3) es un espacio de significación inclusivo, ya que convergen en él diversas dimensiones de la personalidad y de la acción social (dimensiones demográficas, económicas, políticas, socio culturales): resulta claro que el trabajo «implica la persona entera»(4) (Castillo, 1997, pág. 410).

El trabajo define la posición social y el ingreso de las personas, y confiere legitimidad social. Trabajar es también un derecho esencial, pues es la condición para la posibilidad de ejercicio de otros derechos sociales, económicos y políticos, y no trabajar -no conseguir trabajo o haberlo perdido- no sólo priva a la persona de ingresos, sino también de roles individuales básicos, de pertenencia colectiva y legitimación (Díaz, 1995, pág. 85).

El empleo es el supuesto sociológico de las relaciones de trabajo, del derecho laboral y del salario; el empleo en tanto «situación social» en el esfuerzo colectivo determina la «posición» relativa en la estructura social. La dimensión posicional del actor en el sistema es el «status» y la dimensión procesual de relación es el «rol». La economía analiza el empleo como un rol¸ el de proveer de un factor en el proceso productivo: los roles en tanto función de prestación tienden a la disponibilidad y requieren flexibilidad, en cambio, el status en tanto función de situación tiende a la institucionalidad y requiere estabilidad(5) (Ibid., pág. 86)

La forma dominante de estratificación que se encuentra en las sociedades capitalistas se interpreta «como un entrecruzamiento de diferenciación de clases y de status, con predominio de la clase social» (Watson, 1995, pág. 145). La posición de clase de un individuo depende del papel que desempeña en las divisiones del trabajo de una sociedad y lo que ello implica en el acceso que tiene a experiencias, bienes y servicios que son escasos en esa sociedad. Weber afirma que una clase se constituye cuando un conjunto de actores comparten «oportunidades de vida» en el mercado, considerando a dichas oportunidades como la capacidad de acceder a bienes y servicios limitados y valiosos, y estimando que esa capacidad se deriva de la cantidad y tipo de poder, o falta de él, para disponer bienes y habilidades que generen ingresos(6) (Ibid., págs. 160-162).

Además de la manifestación objetiva de la desigualdad social encarnada en las clases, Weber señalaba componentes subjetivos de la jerarquización social en términos de prestigio o status; las posiciones de clase y status suelen coincidir, pero no se trata de una correspondencia sistemática, ni necesariamente natural.

Al respecto, como ha sido advertido por Nisbet (1977) en su reputado análisis sobre la constitución de la tradición sociológica, una de las «ideas-elementos» básicos de la sociología es, junto a las típicas distinciones de comunidad-sociedad, autoridad-poder, sacro-secular y alienación-progreso, la de «status-clase», o, más bien, status versus clases, que es decir la perspectiva de Weber (y Tocqueville) versus la perspectiva de Marx. De todos modos, parece existir suficiente consenso en la actualidad sobre la fecundidad analítica de ambos enfoques, con la especificación de que: i) el análisis en términos de status deposita el énfasis en las «continuidades» del orden social, en las jerarquías de los grupos de status, ii) en tanto que el enfoque de las clases resalta las «discontinuidades» del sistema social, y ya no las jerarquías sino las «discontinuidades», los quiebres en la sociedad.

Estratos socio ocupacionales

La diferenciación social que generan distintas situaciones de trabajo pueden ser examinadas no sólo en términos de clases y de grupos de status, sino, también, mediante estimaciones empíricas de la conformación de los estratos socio ocupacionales. En esta perspectiva se desarrollaron, entre otros, los trabajos de Germani (1954 y 1960) y diversos aportes de la CEPAL, desde los análisis de Filgueira y Gemeletti (1981) hasta los más recientes de Baño (1993).

En Argentina, resulta reveladora y exhaustiva la contribución de Torrado (1992), quien advierte que en su análisis del país, caracterizado por la articulación del modo de capitalista de producción con formas de producción mercantil simple, la noción de clases sociales es usada como sinónimo de estructura social. En virtud de la significación del aporte de Torrado, en los siguientes párrafos se presenta algunas de la especificaciones básicas que realiza en su obra (particularmente, págs. 23-29).

El contenido de la definición de «clase social» está condicionado al nivel en que se sitúe la conceptualización: puede ser en el más abstracto de «modo de producción» o en el más concreto de «formación social»; pero en ambos niveles la definición deberá tomar en cuenta los condicionamientos estructurales -las prácticas económicas- y los superestructurales -las prácticas políticas, jurídicas e ideológicas-(7).

El conjunto de los individuos portadores de los procesos sociales define a los agentes sociales, y la distribución de ellos según sus prácticas económicas constituye el objeto de análisis de la estructura de clases sociales, que remite al estudio de la «división social del trabajo». La división social considera las «posiciones» sociales que determinan las prácticas sociales y, sobre todo, las «relaciones de producción» vigentes. Estas proporcionan un criterio para discriminar agregados de agentes sociales que ocupan una posición semejante -i.e. las clases sociales- Estos agregados se subdividen en «fracciones de clases» -diferenciación horizontal- y en «capas sociales» -diferencias verticales-.

Para que la reconstrucción empírica del sistema de posiciones sociales no sea cuestionada como una mera reificación de categorías estadísticas en grupos sociales, la autora juzga necesario advertir que su análisis no hace referencia a posiciones de clase en general, sino a posiciones sociales en la población económicamente activa (PEA), no tanto de trabajadores individuales sino de familias, es decir en unidades en las que se da el proceso de reproducción cotidiana e intergeneracional de la fuerza de trabajo. De todos modos, define a las clases sociales como subconjuntos de agentes que ocupan una posición social análoga en el proceso de producción económica (ibid., pág. 35), y señala que el concepto de clases se operacionaliza a través de la variable «condición socio ocupacional», que es utilizada también en otros estudios (CFI, 1988 y 1989), y que se elabora a partir de la convergencia de las siguientes dimensiones: condición de actividad, grupo de ocupación, categoría ocupacional, rama de actividad y sector productivo; la jerarquía -distinción entre capas- se realiza a partir del tamaño del establecimiento y del nivel de calificación(8)

  1. IMÁGENES SOBRE LAS CLASES SOCIALES EN SANTIAGO DEL ESTERO

Las sociedades provinciales o regionales no suelen necesariamente constituir una reproducción a pequeña escala de la sociedad nacional en la que se hallan insertas. Particularidades intrínsecas de diversa naturaleza -condicionantes históricos, sociales yy productivos, pero también físicos y ecológicos- muchas veces impiden que sea posible encontrar en los marcos provinciales algunas de las dimensiones institucionales de la realidad social y ciertas configuraciones materiales y simbólicas que poseen vigencia en el nivel nacional.

Pero aun con estas salvedades, se puede admitir que existen determinados procesos que están lo suficientemente generalizados y difundidos en la vida societal como para que resulte posible encontrar sus manifestaciones en configuraciones sociales con muy diversos grados de desarrollo. Uno de esos procesos es la dinámica de la diferenciación, -los mecanismos operantes en la asignación de posiciones sociales-, cuyos resultados son, siempre, la conformación de un sistema de jerarquías, usualmente denominado sistema de estratificación.

En la tradición sociológica latinoamericana los estudios sobre estratificación social han adquirido una envergadura, sino tanto empírica, por lo menos teórica, destacable. Baste con recordar que quienes a menudo son considerados como los padres fundadores de la moderna disciplina, -Gino Germani, José Medina Echavarría y Florestán Fernándes- dedicaron a la cuestión una parte sustantiva de sus obras, y algunas de sus conceptualizaciones hoy se encuentran incorporadas al instrumental analítico básico de los científicos sociales de la región. Es lo que acontece, entre otras, con nociones como las referidas a la «permeabilidad y flexibilidad distorsionadora de las elites» (Medina), a los «no poseedores excluidos del sistema de clases» (Fernandes) o a la clasificación cuatripartita de clases altas, medias, bajas estructuradas y no estructuradas, y a la conceptualización sobre las «oligarquías modernizadoras» (Germani)(9).

En Argentina, signada por los aportes de Germani, se pueden mencionar, a título ilustrativo, una diversidad de enfoques, ya sea sociológicos, como los de José Luis de Imaz (1962 y 1966), Jorge Graciarena (1967) y Juan Carlos Agulla (1975); socio demográficos como los de Susana Torrado (1992); socio históricos como diversos trabajos de Sergio Bagú (1961), Waldo Ansaldi (1985) y Ricardo Rodríguez Molas (1988); de una vertiente más abierta como los de Juan José Sebrelli (1963); o una constelación de emprendimientos históricos y ensayísticos, algunos de ellos referidos a elites regionales, como los de Gregorio Caro Figueroa (1972). Un caso de estudio sobre una sociedad provincial, Santa Fe, es el realizado por Amadasi y Rosas (1987).

El sistema de estratificación de Santiago del Estero es, simultáneamente, semejante y diverso del modelo genérico imperante en la Argentina. Las semejanzas se concentran, sobre todo, en la significación cuantitativa de los sectores medios, lo que a menudo se señala como un matiz distintivo del país con respecto a otras sociedades latinoamericanas(10); en tanto que las diferencias se localizan en la magnitud, composición y diferencias en la significación de los estratos altos, y en los orígenes y bases socio ocupacionales de las capas medias. En cuanto a los sectores populares santiagueños lo primero que se puede postular es que en su conformación adoptan una pauta más latinoamericana que argentina, con claro predominio campesino en el medio rural, y de trabajadores informales y precarios en la ciudad(11).

Los sectores altos

A pesar de ser Santiago del Estero una jurisdicción en la que el peso económico se deposita en lo agropecuario y el énfasis social en lo tradicional, no se advierte en los sectores altos la presencia de una fracción de clase que de alguna manera posea los rasgos típicos de esa suerte de aristocracia hispanoamericana, cuyas notas emblemáticas han sido indicadas por Bourricaud (1969), y que aún se la encuentra, no sólo en la mayoría de los países de la región sino, nítidamente, en otras jurisdicciones argentinas tradicionales con predominio agrario: en casi todo el NOA -paradigmáticamente en Salta-, y también, por ejemplo, en Corrientes. La falta o exigüidad de esa fracción en una provincia como el Chaco, similar a Santiago en términos geológicos y productivos(12), podría ser explicada, quizás, por el hecho de que siendo el área chaqueña una zona de poblamiento relativamente reciente, no ha transcurrido el tiempo suficiente para que opere en ella una de las dimensiones de validación esenciales de la aristocracia, esto es, la «maduración» histórica.

Cabría preguntarse entonces, por las razones de la deslegitimación de los estratos altos tradicionales santiagueños, que al menos hasta principios del presente siglo, la época del gobernador conservador Antenor Alvarez, parecían estar dotadas de predicamento social y político.

Dos atributos se asocian a la fuente de legitimación de los estratos altos tradicionales: el poder y el prestigio. Sólo en instancias muy particulares -aunque decisivos para la conformación y consolidación del estrato- ambos son totalmente coetáneos; en realidad, en la instancias del capitalismo tardío suelen poseer cierta secuencialidad. Pero nunca la falta de una de las dimensiones puede ser totalmente suplida por la otra. La mera posesión de poder es expresiva no de la aristocracia sino de la «burguesía», en el caso del poder económico, o de los «grupos hegemónicos», en el caso del poder político. Y la pérdida de poder, si bien durante un tiempo puede ser reemplazada por la fuerza del prestigio mientras la clase se recompone y reconvierte hasta volver a adquirir poder -que fue lo que aconteció con la oligaarquía pampeana entre 1930 y 1940-, si se prolonga demasiado termina erosionando la legitimidad de esa clase.

A las notas anteriores, válidas para estudiar el funcionamiento de los sectores altos en diversos contextos y especialmente en el nivel nacional, habría que añadir un componente de particular relevancia para la constitución y perduración de esos mismos sectores en Argentina en el nivel provincial: el poder de interlocución. Esencialmente, se trata de la interlocución «en nombre de la provincia» ante las instancias del poder nacional, y que se constituye en una instancia de representación que le es reconocida por el conjunto de los sectores sociales(13). Se podría decir que, en las sociedades provinciales, la interlocución sería el contenido de rol, el desempeño exigido a la posición de poder socialmente asignada a los estratos altos tradicionales.

¿Y cuándo y en virtud de qué proceso agotaron su legitimidad los estratos altos tradicionales santiagueños? Básicamente, el eclipse de la aristocracia santiagueña -como aconteció con la mayoría, aunque no con todas, las aristocracias tradicionales- se vincula con la modernización del país. Demasiadas veces han sido mencionados los efectos de los cambios que acontecieron en la Argentina a partir de 1880 como para que se vuelva a insistir sobre ellos; tan sólo recordemos que, cuando en virtud de la división internacional del trabajo, el país se incorpora al sistema de comercio mundial como región económica complementaria productora de materias primas, toda la estructura productiva puesta en tensión con el fin de servir a la producción de alimentos para los trabajadores europeos, ocasiona la ruptura de los equilibrios interregionales preexistentes y la marginación de aquellas zonas -como Santiago – que no aportaban al nuevo esquema ecconómico que se había constituido. Al no poseer la producción agraria santiagueña inserción en ese nuevo modelo pierde dinamismo económico, y su crisis resiente el patrimonio material y la dotación simbólica de los sectores sociales a ella vinculada.

El impacto de la nueva situación -un ajuste de consecuencias y de significación mucho mayor que el que se vive en la actualidad -significó el colapso de toda una estructura agraria tradicional que por diversos motivos (climáticos, edafológicos, pero, también, socio políticos) no fue capaz de encontrar alternativas de inclusión en la nueva situación. Otras economías y sociedades tradicionales como Santiago, sin embargo, lograron adecuarse a las nuevas circunstancias, y al principio subsistieron y luego se desarrollaron en actividades vinculadas, sobre todo, a necesidades del mercado interno; comandaron ese proceso elites preexistentes como la tucumana (azúcar), cuyana (viñedos) y aun pertinazmente tradicionales, como la correntina.

Las clases altas tradicionales santiagueñas, en cambio, no pudieron o no supieron encontrar su inserción y colapsaron económica y socialmente: esto hizo que perdieran su poder de interlocución, es decir, de representantes sociopolíticos del conjunto de la sociedad provincial frente a los poderes centrales. Así, de la cúspide del sistema de jerarquías sociales fueron desplazadas y reemplazadas sucesivamente por sectores vinculados a la actividad forestal, a actividades financieras y de intermediación, y, en años más recientes, por una alianza de sectores políticos y contratistas del estado. La aristocracia vernácula abandonó o resignó un espacio de poder que fue -y es- ocupado por una constelación de elites cambiantes.

Al margen de las limitaciones subjetivas que puedan haber tenido los sectores altos tradicionales santiagueños, limitaciones que se manifestaron como queda señalado hacia 1880, existieron restricciones de naturaleza agroecológica, resaltadas por Forni (1992), que signaron la marginación de la estructura económica provincial.

Finalmente, una nota acerca de la diferenciación y «visibilidad» de los estratos sociales. El área urbana de Santiago del Estero comprende una superficie considerable y una población de 300.000 habitantes, sin embargo no se advierte la existencia de estratos residenciales claramente diferenciados, entre los cuales resulte notoria una zona característica de concentración de viviendas y servicios típicos de los estratos más acomodados. No hay, estrictamente hablando, ni «barrios caros»(14), ni un segmento de arquitectura señorial, sino, más bien, relativa exigüidad de viviendas de lujo e imbricamiento de las pocas existentes en muchos barrios de la ciudad: podría llegar a decirse, como juicio de categorización social que muchas veces ha sido pronunciado, que en Santiago «está todo mezclado». Y algo de razón habría en dicho juicio, en la medida que la sociedad santiagueña es, al mismo tiempo, desigual y homogénea: hay distancias sociales, pero, también, difusión de similitudes en restricciones, sobre todo, económicas(15). El ingreso per cápita en Santiago del Estero, al menos desde 1960 hasta la actualidad, se sitúa normalmente en un tercio del promedio nacional (en 1997 alrededor de 7.800 dólares para el país, y cerca de 2.400 para la provincia), pero si se considera la distribución del ingreso de la población urbana ocupada(16) y se toma en cuenta los dos deciles correspondientes a los mayores perceptores, se observa que la proporción de los ingresos de las familias mas ricas de la provincia ya no equivale a un tercio, sino un quinto de los ingresos de las mismas familias de, por ejemplo, Córdoba, Mendoza o el Gran Buenos Aires.

La conclusión provisional sería, entonces, que en Santiago del Estero, un área insuficientemente desarrollada de la Argentina, existirían diferencias sociales, pero que ellas no resultarían tan «visibles» -en términos, sobre todo, residenciales y edilicios, pero también de ingresos- a diferencia de lo que acontece en jurisdicciones más desarrolladas del país. Quizás una parte de la explicación de este fenómeno resulte posible entenderla a partir de la formulación de Kuznets (1971) acerca de las vinculaciones entre la evolución de la desigualdad social y el desarrollo económico, que grafica bajo la forma de una curva en «U» invertida. Según esta concepción, la diferenciación social se incrementa en las primeras fases del desarrollo, como si ascendiera por la pata izquierda de la «U» invertida. Luego tiende a nivelarse en el «lomo» de la «U» invertida, y finalmente, cuando el crecimiento ha alcanzado plena madurez, desciende por la segunda pata hasta arribar a la baja diferenciación de la que se había partido, pero ahora en un nuevo nivel de prosperidad más alto para todos.

¿Santiago del Estero, se encontraría en el segmento izquierdo de la curva de Kuznets, y es el escaso desarrollo el que explicaría la menor segmentación social existente en la provincia? ¿La menor visibilidad de los sectores altos se debe, acaso, a que ellos también, en términos comparativos con otros contextos, son también «pobres», como los otros estratos de la sociedad santiagueña?

Los sectores medios

A menudo se han señalado las dificultades que para el análisis de los sectores medios plantean diversas limitaciones empíricas, más que nada, la insuficiente disponibilidad de datos cuantitativos específicos para estudiarlos. Sin dejar de reconocer tales obstáculos verdaderamente serios, tanto o más importantes son, a nuestro juicio, los problemas que se derivan de las restricciones conceptuales y definicionales que se manifiestan en diversos aspectos, pero que resultan notorias en la falta de univocidad en cuanto a la extensión y compresión de los términos implicados. De tal manera, existen pocos campos de la sociología y de las ciencias sociales en general donde resulte más vasto el territorio de la indeterminación, donde resulten menos visibles los consensos como en el referido a la entidad y características de las «clases medias»(17).

Los estratos medios son vastos, multiformes y cambiantes; pueden poseer cierta nitidez, sobre todo ocupacional, pero en el fondo constituyen siempre -como acontece en distintos contextos- una clasificación de naturaleza residual, una larga enumeración de categorías, actividades y formas productivas que no pueden ser incorporadas a los dos extremos del sistema de estratificación: salvo las claramente vinculadas a la órbita estatal, el resto de las características de las clases medias en Santiago del Estero en general son atribuidas, más que por pertenencia, por exclusión

La exigüidad de los sectores medios en el nivel rural en Santiago del Estero resulta marcada: la estructura productiva agraria tradicional dicotomiza el medio social, y de tal forma hay un claro predominio de la gran propiedad, por una parte, y de una considerable masa de campesinos y trabajadores precarios y/o sin tierras, por otra. No se advierte la existencia de un estrato consolidado de productores de tipo «farmer», que tenga la relevancia cuantitativa y social que posee ese segmento en otras regiones de la Argentina, si bien cabe señalar que su presencia ha comenzado a insinuarse a partir de la década del 70, particularmente en el área de riego del Río Dulce.

En el nivel urbano es, en cambio, cuantiosa y polifacética la presencia de los sectores medios, en los que quizás un criterio de diferenciación interna podría ser establecido según los distintos tiempos o momentos históricos de consolidación: así podríamos encontrar, sobre todo en la ciudad de Santiago del Estero, antiguas y nuevas clases medias.

Las primeras estarían conformadas, entre otros componentes, por restos de familias aristocráticas que han padecido un procesos de erosión patrimonial tanto física como social, por ciertos profesionales (v. g. dinastías judiciales), por antiguas familias vinculadas al comercio y la intermediación, y -hasta la década del 70- por estratos superiores de la conducción del estado (dinastías burocráticas). La vieja clase media que, ante la extrema exigüidad ya señalada de la clase alta tradicional, actúa y es reconocida a menudo como el estrato superior visible de la pirámide social, tuvo pautas de localización espacial indiscutibles -siempre «dentro de las cuatro avenidas»-(18), posee distantes -reales o imaginarios- parientes que hhayan actuado en episodios institucionales del siglo pasado, algún recuerdo de veraneos pasados en algo como así como una estancia en el interior de la provincia, practica dentro de lo que es posible -que es poco- pautas de matrimonio socialmente endogámicas, e interacciona en determinados ámbitos de articulación de intereses: el Jockey Club, el Golf Club, el poder judicial, la Facultad de Derecho de la Universidad Católica.

La «nueva clase media», cuantitativamente mucho más significativa que la anterior, es el resultado de diversos procesos acontecidos en los últimos cuarenta años y, a diferencia de los sectores medios tradicionales en cuya conformación también intervienen diversos tramos de actividades vinculadas al sector privado, su surgimiento está de un modo determinante sustentado en la expansión del sector público originada en un complejo de causas demográficas, económicas y sociopolíticas.

Cuando en la década del 70 comienzan a clausurarse las opciones ocupacionales en el Gran Buenos Aires y en otras zonas que habían sido tradicionalmente receptoras de la migración rural santiagueña, la presión demográfica comienza a conducir las corrientes migratorias hacia ciudades de la provincia, especialmente a la Capital; crece considerablemente la población de esa ciudad y una importante vía de incorporación a la vida económica en ella es la generación de empleo público(19). Pero la creación de puestos en la administración no sólo es un acto de gestión económica sino, sobre todo, un gesto de constitución política, de fundamentación de una nueva base de clientelismo en el estado moderno. Sin abandonar del todo su originaria base campesina, el patronazgo se desplaza hacia los sectores medios, y se podría decir que en cierta medida los configura.

La nueva clase media está, entonces, conformada primordialmente por la masa de empleados públicos, alrededor de un tercio de la población económicamente activa (PEA) urbana, directamente insertos en la administración estatal o en actividades conexas en la educación, la salud y la seguridad.

En cuanto a sus actitudes y valores, ambas fracciones en que hemos dividido las clases medias en algunos aspectos exhiben homogeneidad y, en otros, notorias diferencias. Similares son, por ejemplo, sus comportamientos reproductivos y su valoración de la educación: en ambos casos el tamaño medio de los hogares se contrae, sea por internalización de pautas urbanas, sea por adentramiento de imágenes de estilos familiares, y también, en los dos casos, se pondera la significación de la instrucción formal como mecanismo favorecedor de la movilidad social. Pero divergen los sectores medios antiguo y moderno en su comportamiento político: el primero es visiblemente radical -o, más precisamente, antiperonista- y el segundo acoge también componentes justicialistas. En este sentido, merece destacarse que la penetración de caudillos radicales urbanos (Zavalía en Santiago del Estero y Ruiz en La Banda) en estratos medios inferiores y en sectores populares ha estado asociado a la apelación de imágenes culturales y prácticas de movilización, que antes habían sido patrimonio casi exclusivo del peronismo.

Aún no se dispone de la perspectiva necesaria para analizar, en profundidad y con la objetividad que sólo proporciona el paso de los años, los efectos sobre la estructura social de la política económica aplicada en el periodo reciente, pero existen diversas evidencias de un proceso de concentración de ingresos que ha aumentado la desigualdad social en niveles antes no conocidos en le país. Dicho proceso implicó, entre otros resultados, la aparición de una nueva categoría social de finales de siglo: los «nuevos pobres», también conocidos como los «pobres por ingresos», esto es, importantes segmentos de las clases medias afectados en sus condiciones de vida por el desempleo y la precarización laboral. Una acabada presentación de este fenómeno puede encontrarse en los aportes compilados por Minujin (1993), especialmente, por su significación sociológica, el texto de Murmis y Feldman. En el caso de Santiago del Estero las evidencias empíricas las proporcionan los numerosos casos de empleados públicos despedidos o acogidos a planes de «retiro voluntario», quienes junto a otros sectores participaron en las jornadas del «santiagazo» del 16 de diciembre de 1993, un instructivo y singular «estallido social» con una muy alta participación de sectores medios.

Ya señalamos el rol que juega la educación como factor de capilaridad social; en realidad, en una sociedad de escaso dinamismo económico como la santiagueña, ella posee una gran incidencia para la movilidad ascendente, especialmente la participación en la instrucción universitaria, que si bien no asegura el desplazamiento automático en la pirámide social lo favorece ostensiblemente.

En Santiago del Estero existen dos Universidades: la Nacional (UNSE), con predominio de ingenierías y carreras técnicas, y en la que también se cursan ciencias sociales y humanidades, y la Católica (UCSE), donde se forman abogados y contadores. Pero las distinciones entre ambas que aquí interesan establecer no pertenecen al ámbito de lo disciplinar, sino de lo social; la UNSE es gratuita, en cambio la UCSE es rentada y por ello, socialmente, selectiva. De todos modos, las familias supervivientes de los estratos altos y de la clase media antigua, así como aquellos hogares en los que hay al menos una segunda generación de universitarios, normalmente envían a sus hijos a estudiar en Universidades públicas y privadas de fuera de la provincia, especialmente Córdoba y Buenos Aires.

Los sectores populares

La exánime clase alta santiagueña ha ido perdiendo espesor social a lo largo del tiempo hasta tornarse casi invisible(20). En tanto que en los sectores medios, cuya entidad clasificatoria posee diversos elementos de naturaleza residual, en su segmento cuantitativamente más significativo -el que ha sido denominando como «nuevo»- se encuentra claramente imbricado con el sector estatal, ya sea directamente a través del empleo público o en actividades vinculadas a la circulación de fondos públicos

Por su parte, el perfil de los sectores populares puede ser trazado -o sombreado- en líneas gruesas: la pobreza y la precariedad ofrecen referencias indiscutibles sobre ellos. Si se toma en cuenta el perfil laboral y las formas de actividad predominantes se justificaría postular que dichos sectores en gran medida se corresponden con lo que se conceptualiza(21) como sector informal urbano (SIU) y sector tradicional rural (STR).

La primera nota podría consistir en señalar que en Santiago del Estero, un área de exigua industrialización y con escaso peso del sector privado en actividades económicas dinámicas, una alta proporción de los estratos bajos, está conformada por una constelación de segmentos sociales que no lograron insertarse en el sector público o que lo hicieron muy precariamente(22).

Esto implica postular que en una provincia en que la economía formal -y la sociedad formal- está en gran medida definida por el Estado, el estrato bajo de las ciudades coincide en una medida considerable con el sector informal urbano(23). Similares motivos pero, sobre todo, la pervivencia hegemónica en el medio rural de una estructura productiva y social sumamente tradicional podría llevar a identificar casi totalmente a los estratos populares de la campaña con el sector tradicional rural.

Si se tiene en cuenta la ya acotada debilidad de la industria manufacturera, una visión de los sectores populares urbanos en Santiago del Estero desde la perspectiva de la estructura ocupacional, señalaría que ellos cuantitativamente se concentran, sobre todo, en dos ramas de actividad del terciario: el Comercio y los Servicios; en menor medida, aporta contingentes la Construcción.

Pero, en términos estrictos, los sectores populares urbanos no sólo están integrados por los grupos ocupacionales bajos; a ellos hay que añadir una franja que en Santiago del Estero se encuentra en las márgenes y fuera de la estructura ocupacional: básicamente, una fracción, sobre todo la femenina y la que posee menores niveles de educación, de aquellos inactivos que, en realidad, son desempleados ocultos. Una estimación de Zurita (1997, pág. 551) señalaba que hacia 1994 había en la provincia 36.000 desempleados ocultos(24); los desocupados abiertos eran 12.300 personas, pero cabe aclarar que esta última cifra corresponde a un momento en que todavía no se habían disparado los niveles de desempleo.

Por su parte, los sectores populares rurales resultan más nítidos o, al menos, más estables. A diferencia de los estratos bajos urbanos sometidos -sobre todo en la última década- a diversos procesos de expansión, mutación y recomposición, los localizados en el nivel rural se presentan como dotados de una mayor, por así decir, rigidez, con pocos o escasos cambios productivos a lo largo del tiempo(25). Esto también implicaría señalar que la pobreza en el campo ha dejado pocas áreas sin cubrir, y se ha extendido tempranamente por diversas categorías conformando un mundo social con muchas características de dualismo. En este sentido, quizás, se podría afirmar que el fenómeno de los «nuevos pobres» es casi exclusivamente urbano: en el campo quedarían muy pocos contingentes que reclutar para el ámbito de la pobreza(26).

Estamos pretendiendo discurrir acerca de las clases sociales, y he aquí que nos encontramos ya no con las habituales perplejidades sociológicas en torno a los límites y naturaleza de las capas medias, sino con el sabor de una inquietud menos documentada: ¿cuáles deberían ser los criterios para acotar los sectores populares en una sociedad, en su conjunto, «popular»; en una sociedad en la que están ausentes o muy atenuadas las fracturas sociales de la modernidad?(27) Porque en una estructura social en la que no se constata, estrictamente hablando, la existencia de un estrato alto tradicional o convencional -al menos con los atributos que normalmente se predican de él- y en la que es notoria la exigüidad cuantitativa y social de la clase obrera asalariada, resultan borrosos los perfiles conceptuales de los sectores populares. Pasa con ellos lo que acontecía con el mentado dilema de San Agustín acerca del concepto del tiempo. De todos modos, menos costoso que explicarlos, puede resultar describirlos; no lo haremos en detalle aquí, pero sí sugeriremos algunas líneas gruesas de esbozo.

En la ciudad ellos son, entre otros, los albañiles, los vendedores ambulantes, los peones de todo tipo -privados y públicos-, los trabajadores de pequeños talleres, multitud de asalariados y cuentapropistas del comercio y los servicios (pequeños comerciantes de los barrios periféricos; la legión de enfermeros, policías, reparadores y artesanos de todo tipo de cosas, etc.; trabajadores domiciliarios intermitentes, modistas, reposteras, lavanderas, etc.) y, claro está, el servicio doméstico.

Y en el vasto territorio rural santiagueño son las familias de los campesinos minifundistas, de los arrendatarios, los trabajadores golondrinas, los asalariados sin tierras, y de la multitud de trabajadores en actividades rurales agropecuarias y no agropecuarias de subsistencia.

Pero tanto en la ciudad como en el campo, y más allá de la estructura ocupacional, más allá de los oficios y las diversas formas de actividad laboral, los sectores populares santiagueños están también conformados por todos aquellos que no han logrado incorporarse al mercado de trabajo. No son tan sólo a quienes las encuestas de empleo detectan como desocupados o subempleados, sino, también, aquéllos que se pueden caracterizar como desempleados ocultos.

  1. LOS ESTRATOS SOCIO OCUPACIONALES

Los menores niveles de autonomía y la fragilidad económico de la provincia se manifiestan en la magnitud del sector público y, marcadamente, en la composición de su sector privado «formal»(28).

En Santiago del Estero es mayor que en la media nacional la incidencia del empleo estatal(29) y se registra una apreciable menor significación del segmento privado formal. En este segmento, las actividades en establecimientos «empresariales» -unidades con más de cinco ocupados- es mucho más importante (46,6 %) en el contexto nacional, en tanto que en Santiago poseen mayor relevancia las actividades microempresariales -unidades con hasta cinco ocupados-. Refuerza esta imagen de precariedad laboral de la provincia la mayor incidencia que posee en ella el cuentapropismo y, visiblemente, el trabajo familiar, que es considerada como la más tradicional de las categorías ocupacionales. (Cuadro 1)

Cuadro 1
PEA por sector de actividad. Santiago del Estero y total del país, 1980 y 1991.
En porcentajes.

JurisdiccionesTotalSector privadoSector
público
Sector privado «formal»Cuenta propiaTrabaj. famailiraServ. doméstico
SubtotalEmpresa-
rial (a)
Microempre-
sarial (b)
Santiago del Estero
1980100,037,212,524,720,58,66,227,5
1991100,030,513,517,027,612,47,721,5
Total del país
1980100,051,216,734,519,43,35,520,7
1991100,046,618,827,822,95,47,218,0

(a) Asalariados y patrones en establecimientos con más de cinco ocupados.
(b) Asalariados y patrones en establecimientos con hasta cinco ocupados.
Fuente: Elaborado en base a Torrado (1992, TEB VII) y CFI (1988 y 1989; Cuadros 2.1.2.).

Como se puede comprobar, entre 1980 y 1991, tanto en la provincia como en el conjunto del país, se produjo, simultáneamente, la aparición de rasgos de un proceso de concentración económica y el aumento de los niveles de precariedad. Si bien entre los asalariados creció levemente el sector empresarial, fue acentuada la disminución del trabajo dependiente en los pequeños establecimientos y el incremento del cuentapropismo y el trabajo familiar. Resulta posible conjeturar que se produjo un desplazamiento de asalariados de microempresas hacia el autoempleo y el trabajo autónomo.

El panorama anterior, válido para los niveles provincial y nacional, se acentúa cuando se considera sólo el nivel urbano. Si se confronta el aglomerado Santiago del Estero-La Banda con el Gran Buenos Aires se comprueba que en el primero es más apreciable el peso del empleo público, el cuentapropismo y, reiteradamente, el trabajo familiar.

Composición interna de los estratos socio ocupacionales

Una apreciación global del sistema de estratificación de Santiago del Estero permite captar ciertas disimilitudes con el vigente en el total del país, en principio referidas a los volúmenes relativos de los diferentes estratos y al peso e incidencia de cada uno de ellos. También posibilita apreciar semejanzas en la magnitud de determinados estratos pero que, se podrá ver, encubren muy significativas diferencias.

A continuación inspeccionaremos los datos desagregados que constan en el Cuadro 2 que posibilitan avanzar en el estudio de atributos y características específicas al interior de cada clase y estrato.

En este punto es necesario formular dos aclaraciones, una conceptual y la otra técnica. La primera se refiere a la presentación de los datos sobre los estratos socio ocupacionales a los que se agrupa en «clases sociales»(30): ello es así porque se ha optado por respetar la clasificación que se realiza en las fuentes de origen (CFI 1988 y 1989). La segunda aclaración se vincula a la fecha de los datos: se trata de información proveniente del Censo de 1980, en razón de que no se dispone de un procesamiento similar para el Censo de 1991.

Cuadro 2
Estratos socio ocupacionales en la población económicamente activa.
Santiago del Estero y total del país.
En porcentajes.

Santiago del EsteroTotal país
TOTAL100,0100,0
Clase alta0,1(100)0,4(100)
Directivos sector empresarial (a)
Asalariados área privada sector empresarial
18,7
81,2
18,1
81,3
Clase media autónoma10,0(100)13,7(100)
Profesionales
Empleadores sector empresarial
Empleadores sector empresarial
Cuenta propia
Propietarios de pequeñas empresas
Pequeños productores autónomos
Empleadores del sect.microempresarial(b)
Cuenta propia
5,5

11,1
83,4

(100)
8,7
14,7
76,6(100)
21,2
78,8
9,2

11,5
79,2

(100)
8,5
16,2
75,8(100)
33,4
66,6
Clase media asalariada23,8(100)29,0(100)
Profesionales3,1(100)5,5(100)
Asalariados área privada sect. empresarial10,835,8
Asalariados área privada sect. microempresarial6,85,3
Asalariados sector público82,358,8
Técnicos38,8(100)28,6(100)
Asalariados área privada sect. empresarial13,334,8
Asalariados área privada sect. microempresar.3,66,9
Asalariados sector público83,158,2
Empleados, administrativos y vendedores58,0(100)65,8(100)
Asalariados área privada sect. empresarial24,044,4
Asalariados área privada sect. microempresar.17,119,1
Asalariados sector público58,936,4
Clase obrera autónoma
Trabajadores especializados autónomos
14,6(100)11,5(100)
Clase obrera asalariada34,2(100)34,5(100)
Obreros calificados50,9(100)71,6(100)
Asalariados área privada sect. empresarial50,261,0
Asalariados área privada sect. microempresar.18,919,4
Asalariados sector público30,919,6
Obreros no calificados49,1(100)28.2(100)
Asalariados área privada sect. empresarial54,748,5
Asalariados área privada sect. microempresarial24,633,6
Asalariados sector público20,717,9
Trabajadores marginales12,7(100)8,1(100)
Peón29,628.3
Domesticas70.471,7
Sin especificar4,62,8

(a) En todos los casos, sector empresarial implica establecimientos de más de cinco ocupados
(b) En todos los casos, sector microempresarial implica establecimientos con hasta cinco ocupados
Ver Referencias en Anexo
Fuente: Elaborado a partir de CFI (!988 y !989, Cuadros 2.1.3. A) y Torrado (1992, TEB-1)

Estratos altos

Los valores que se presentan, extraídos de CFI (1988 y 1989)(31), mas allá de la escasez de frecuencias que se registran para el estrato alto, ofrecen en principio similitudes para el nivel nacional y provincial en cuanto a la incidencia global de los estratos altos en el total de población activa y en referencia a la composición interna del grupo.

Sin embargo, también se dispone de otros valores (Zurita, 1995) distintos a los consignados en el Cuadro 2 en relación al peso del estrato alto y su conformación. Tales cifras resultan congruentes con diversas apreciaciones sobre la estructura social del país y de Santiago del Estero. Según dichos valores, en la constitución de los estratos altos en el nivel nacional predominan los empresarios directivos (62,7%), en tanto que muy acentuadamente en Santiago hay un peso hegemónico de los asalariados (79.8%), lo que, acaso, estaría reflejando, como ya se señaló oportunamente, además de la endeblez del estrato empresarial santiagueño su carácter «dependiente», en dos sentidos. Por un lado, en cuanto a que dichos asalariados son directivos en establecimientos en los que existe separación entre la propiedad y el control de los procesos. Además de su carácter social, la dependencia posee también una raigambre geográfica o regional, como permite corroborarlo diversos datos del CFI (1989, pág. 56, Cuadro 2.1.6.): de acuerdo con ellos un tercio (32,9) del total de miembros de las clases altas de Santiago del Estero son nacidos en otras provincias.

Estratos medios

En su conjunto la clase media -que, como se advirtió, aquí es considerada como sinónimo de estratos socio ocupacionales medios- representa en el promedio nacional un valor más alto (42,7 %) que en Santiago del Estero ( 33,8 %).

En el «estrato autónomo» de la clase media, el peso en el total del país de los profesionales es casi el doble que en Santiago del Estero, reproduciéndose al interior de la categoría proporciones semejantes en los estratos empresarial, microempresarial y cuenta propia; es similar la incidencia de los Pequeños propietarios de empresas (PPE); y superior la incidencia en Santiago del Estero de los Pequeños propietarios autónomos (PPA) En este último caso, resultan reveladores los mayores valores de los microempresarios en el contexto nacional, como el de los cuentapropistas en Santiago. La mayor incidencia de la categoría cuenta propia estarían expresando que el estrato autónomo de la clase media en Santiago concentra situaciones sociales de mayor vulnerabilidad económica que en el conjunto de la nación.

El «estrato asalariado» de la clase media, por su parte, globalmente es inferior en una proporción significativa en Santiago del Estero con respecto al total nacional; asimismo, se advierte en la provincia el menor peso de los profesionales, empleados administrativos y vendedores (EAV), y la mayor magnitud del grupo de técnicos. Pero el examen de la configuración interna de las categorías es el que permite extraer evidencias más esclarecedoras: entre los profesionales en Santiago es muy baja la captación por parte del sector privado y muy alta la del sector publico; asimismo, de los empleados en el sector privado en Santiago posee mucha mayor relevancia la proporción de profesionales en el nivel microempresarial, que en establecimientos de mayores dimensiones. También es manifiesta la mayor captación de técnicos en la provincia por parte del sector público y por parte del sector privado en la nación.

Estratos obreros

El «estrato autónomo» de la clase obrera, integrado por los Trabajadores especializados autónomos (TEA) representa en Santiago una proporción levemente superior que en el país, y en el están incluidos una diversa variedad de trabajadores manuales por cuenta propia con ciertos niveles de calificación, aunque en virtud de la clasificación estadística, incluiría también un número indeterminado de trabajadores precarios.

El «estrato asalariado» de la clase obrera exhibe en su conjunto magnitudes exactamente similares (34,3) en Santiago y el total del país. Tras esa semejanza se manifiestan dos notables diferencias: una, referida al grado de calificación, y, la otra, vinculada a la captación de empleo por sector. Así, se puede constatar que en el promedio nacional (71,6) es considerablemente mayor que en Santiago (50,9) el peso de los obreros calificados y, entre éstos, en el nivel nacional predomina la ocupación en establecimientos con más de 5 ocupados. Además, sobre todo entre los trabajadores con calificación, y algo menos entre los no calificados, resulta notoria en Santiago -muy por encima al promedio del país- la considerable inserción en el sector público.

En cuanto al «estrato de trabajadores marginales», en su conjunto es superior la relevancia que posee en Santiago sobre el país. Y cabe señalar que si se establece la relación del servicio doméstico con la PEA urbana casi se duplica la incidencia en Santiago del Estero (12,2 %) con respecto al total nacional urbano (6,6 %).

  1. BALANCE Y PERSPECTIVAS

Este documento ha consistido, sobre todo, en un ejercicio; el espíritu que lo ha guiado ha sido el de explorar las posibilidades y perspectivas de análisis a partir del estudio de categorías y fracciones sociales que, mediados por el trabajo y el empleo, se configuran en la estructura social en un área deprimida de Argentina.

Se esbozaron algunas imágenes de las clases sociales, sustentadas en criterios que se estiman válidos, aunque se los reconoce como controversiales, en la medida que normalmente suelen serlo las apreciaciones sobre el poder, la influencia cultural, el prestigio o el sentido de la precedencia histórica.

Dichas visiones pretendieron ser complementadas con un examen de las características de los estratos socio ocupacionales, delimitados sobre la base de atributos laborales, de las dimensiones de las unidades productivas y del nivel de calificación de la fuerza de trabajo.

La convergencia de ambas perspectivas permite derivar ciertas evidencias, algunos rasgos que presentan recurrencia:

El largo plazo, la evolución histórica ofrece elementos para advertir desplazamientos y modificaciones en la estructura social, tal como acontece con el deterioro del poder de representación social por parte de las clases altas tradicionales hacia fines del siglo XIX y comienzos del presente. También la contextualización histórica permite discriminar diferencias entre antiguas y nuevas clases medias: las primeras originadas en vinculación a roles económicos y funciones político-administrativas propias de una ciudad, como Santiago del Estero, que actuaba como articuladora con la estructura agropecuaria del interior de la provincia, y las segundas sustentadas, en gran medida, en la ampliación de la esfera estatal, en el marco de un importante crecimiento poblacional del aglomerado Santiago del Estero-La Banda en las dos últimas décadas.

Si el periodo de observación se lo acota para el último medio siglo, el lapso comprendido entre 1947 y 1997, se torna ostensible que, en razón del escaso dinamismo económico de la provincia, de la exigüidad relativa del sector productivo privado y la consecuente alta dependencia del financiamiento de la provincia de los aportes del Tesoro nacional y de los fondos de Coparticipación Federal, el Estado se muestra como el gran asignador de posiciones sociales y ocupacionales. Por una parte, se advierte que si bien, en sentido estricto, el Estado no configura clases sociales, sí se puede asegurar que constituye sectores dominantes, ya sea en vinculación al ejercicio directo del poder político o, fundamentalmente, en relación al fortalecimiento de grupos económicos que hegemonizan áreas estratégicas (construcción de obras públicas, privatizaciones, licitaciones de compras, etc.). Por otro lado, es el Estado quien, principalmente, confiere inclusión social: entre los estratos medios y, más que nada, entre los sectores populares, a menudo resulta decisiva la pertenencia a la órbita estatal para la posesión de prestaciones sociales tales como cobertura de salud para el grupo familiar y la pertenencia al sistema jubilatorio. En este sentido se puede postular que la marginación de la estructura de clases -en términos de Florestán Fernándes-, la viabilidad ocupacional sólo a través del SIU y la precarización laboral, es el destino probable para aquellas franjas de población que no logran incorporase al empleo público o al exiguo sector privado santiagueño.

Los datos sobre la evolución de la distribución del ingreso muestran que en Santiago se ha producido un proceso de concentración semejante al acontecido en resto del país, y los perceptores situados en los niveles superiores captan una proporción mayor de la renta provincial. Pero, quizás, debido a una menor complejidad y diferenciación de la estructura social y al hecho que los ingresos medios de la provincia sean tan bajos (2.400 dólares per cápita, frente a los 8.200 del promedio nacional o a los 22.000 de la ciudad de Buenos Aires) no se torna visible la existencia tan marcada de «estilos de vida» diferentes entre clases y estratos. De tal manera, no se registraba, por ejemplo, una ostensible localización de los sectores altos en áreas residenciales excluyentes ni pautas de vivienda o edilicias prototípicas de una arquitectura «señorial».

Asimismo, en las distinciones que pueden establecerse entre estratos, pero especialmente entre los medios y los sectores populares, intervienen distintas dimensiones, entre otras, la localización urbana y rural, el tipo de inserción ocupacional, la valoración de la educación, el comportamiento sociopolítico y las conductas demográficas.

En las ciudades más grandes se concentran especialmente los sectores medios, tanto en su modalidad autónoma como asalariada, pero es este último segmento el que posee mayor relevancia en el nivel urbano y menor en el nivel rural. Por el contrario, la «clase obrera» tanto asalariada como autónoma y los «trabajadores marginales» -éstos incluyen, además del servicio doméstico a los «peones»- incrementan su significación en el medio rural. Pero cabe advertir que, en la clase obrera asalariada, los obreros calificados disminuyen en el nivel rural, a la inversa de lo que acontece con los obreros no calificados que se incrementan en el campo.

Una vez más la mayor presencia de la clase media en las ciudades es en gran parte atribuible a la influencia del empleo estatal, en tanto que el predominio de la clase obrera -particularmente no calificada- y de trabajadores marginales en el contexto rural, puede ser vista como una manifestación de una estructura agropecuaria mixta, en la que existen relativamente pocos, aunque muy grandes, establecimientos productivos capital intensivos -especialmente en la ganadería-, de la creciente incorporación de tecnologías ahorradoras de mano de obra -v. g. la mecanización de la cosecha de algodón- y de la persistencia de una cuantiosa masa de unidades campesinas y de subsistencia. Esto puede verse, desde el punto de vista de las relaciones productivas, en sus componentes extremos: gran incidencia del trabajo asalariado en las ciudades y una muy alta proporción del trabajo familiar en el campo.

Una de las hipótesis que subyace en nuestra argumentación es que en Santiago del Estero el Estado confiere, simultáneamente, inclusión social, tradicionalidad política y vulnerabilidad económica. Dichos aspectos podemos verlos maniféstándose en la conformación de los sectores medios asalariados; por un lado definen un sector social incorporándolo a la economía y a la sociedad formal, y, por otro, lo constriñen a la dependencia clientelística y a la oclusión de posibilidades de progreso.
En Santiago del Estero, la clase media en su segmento autónomo se contrae cuando se pasa de las localidades mayores a las más pequeñas, pero resulta más apreciable la disminución del segmento medio asalariado: este fenómeno seguramente se encuentra vinculado a la mayor incidencia del empleo público en los centros urbanos de mayor tamaño.

Santiago del Estero, parecen sugerirlo los datos, en ciertos aspectos, es una sociedad «obrera no industrial»(32). La primera parte de la afirmación es social y la segunda económica. La connotación obrera es una referencia social y se vincula con la dimensión ocupacional, el componente no industrial alude a una formación productiva tradicional.

Vinculada a los procesos anteriores, se encuentra la dimensión sociopolítica y el comportamiento electoral de los diversos estratos. En las últimas décadas, pero nítidamente a partir de 1983 -si bien se trata de un fenómeno generalizable a casi todo el país- el voto urbano ha sido de un modo dominante radical, mientras que el interior de la provincia y, sobre todo, en el nivel rural, las preferencias electorales han sido marcadamente justicialistas(33). En las elecciones realizadas en 1996 y 1997, en el aglomerado Santiago del Estero-La Banda el voto radical, u «opositor» al gobierno provincial, obtuvo alrededor del 60% del total, pero en el interior de la provincia -en ciudades pequeñas y en el medio rural- los promedios del justicialismo se sitúan en el 65%, proporción que hasta ahora le ha resultado suficiente para disponer de la mayoría en el en el total provincial. Pero un dato de interés es el siguiente: en 1997, en la ciudad de Santiago del Estero, en la primera circunscripción, que comprende la zona céntrica donde hay una residencia predominante de sectores altos y de la «clase media antigua», la proporción favorable a la Alianza opositora fue cercana al 80%, diferencia que menguaba en los barrios periféricos, donde la incidencia de los sectores populares es mayor.

Hay diversas cuestiones y problemas metodológicos y conceptuales que apenas han sido esbozados en este artículo pero que deberían constituirse en temas centrales a elucidar en los estudios que pretendan desarrollar las relaciones entre el trabajo y la estructura social, y que, en verdad, se vinculan con la constitución de la Sociología del Trabajo como perspectiva disciplinar autónoma(34).

Una primera cuestión es la del análisis de las diferencias -y correspondencias- entre las nociones de trabajo y empleo. Sobre la noción de trabajo, diversos autores coinciden en que se requiere una reconceptualización de sus implicancias sociológicas, con el fin de depurarla de una acentuación economicista y etnocéntrica que la asimila sólo con el trabajo asalariado tal como se verifica en las sociedades occidentales más adelantadas(35). De tal manera el concepto de trabajo debería resultar más inclusivo que el concepto de empleo, ya que comprende tanto actividades que se dan en el mercado como «formas de trabajo» que no pasan obligatoriamente por el mercado, y que pueden estar vinculadas a la esfera productiva y al ámbito de la reproducción, tanto cotidiana como intergeneracional.

En cambio la noción de empleo enfatiza en actividades que sólo se manifiestan a través del mercado. El trabajo, además, implica al espacio familiar, lo que no acontece necesariamente con el empleo(36). Así, se podría decir que el empleo, en tanto rol, en tanto factor de producción, es un concepto clave de la economía; mientras que el trabajo, en tanto status, en tanto proceso de interacción, resulta central en la sociología.
Pero, en razón de las características de las fuentes disponibles, la mayoría de los estudios sobre estratificación -especialmente en el nivel de los estratos socio ocupacionales- se sustenta en la dimensión empleo. Una restricción adicional proviene del hecho de que el sistema de estratificación que se estudia es el vigente para la PEA o, más precisamente, para la población ocupada.

Finalmente, en términos conjeturales, se señalan posibles alternativas de evolución.

La hipótesis del mantenimiento de los rasgos principales de la estructura social y del sistema de estratificación de Santiago del Estero sólo resulta compatible con la preservación del comportamiento expansivo del empleo público y del relativo aislamiento de la economía provincial.

Pero en los dos casos dichas previsiones parecen no cumplirse: la generación de plazas de trabajo por parte del Estado ha comenzado a contraerse y, para bien o para mal, se ha iniciado la integración a los marcos económicos nacionales (se han privatizado empresas y servicios públicos y, por ejemplo, se han instalado hipermercados en Santiago-La Banda).

El nuevo modo de acumulación emergido entre 1973 y 1996 y sus implicancias sobre las relaciones laborales y el sistema social (Zapata, 1997, págs. 438 y ss.) también se ha manifestado en Santiago fragmentando y desconcentrando diversos sistemas y unidades productivas tradicionales y, simultáneamente, incrementando la polarización social.

Es esperable, entonces, que en los próximos años el perfil de estratificación social en la provincia acentúe su mayor semejanza al estilo latinoamericano de estratificación con el angostamiento de los sectores medios y el incremento de los estratos ocupacionales bajos y marginales.

Notas

* Un especial reconocimiento merece la minuciosa mirada crítica de Mario F. Navarro de la Universidad de Córdoba, quien advirtió oscuridades e inconsistencias en el texto original que, quizás, no se han disipado en la presente versión. Ramón A. Díaz y Alberto Tasso, colegas de la UNSE, mucho me ayudaron con sus comentarios y la paciente lectura de sucesivos borradores. También agradezco el estímulo y las observaciones de Eduardo Archetti de la Universidad de Oslo y Leopoldo Allub de la Universidad de San Juan. Esta publicación no compromete la responsabilidad académica de los mencionados.
** Programa de Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) del Instituto de Desarrollo Social (INDES) de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), Av. Belgrano sur 1912, CP 4200- Santiago del Estero, Argentina. Fax: (54 85) 22 2595 Particular: * Jujuy 587, CP 4200, Santiagodel Estero, Argentina, (54 385) 21 4098, E-mail czurita@unse.edu.ar
(1) En la elaboración de la «condición socio ocupacional (CSO) se toma en cuenta la condición de actividad, el grupo de ocupación, la categoría ocupacional, la rama de actividad y el sector productivo. Para la distinción entre capas sociales se considera el tamaño del establecimiento y el nivel de calificación (CFI, 1988 y 1989 y Torrado, 1992, pág. 36)
(2) Sobre el «atraso» relativo y el carácter tradicional de la estructura social de Santiago del Estero existen diversas fuentes, entre otras, Tasso y Zurita (1981), Forni et alt. (1982 y 1991). En Zurita (1997) se presenta una síntesis de los principales aportes sobre la cuestión. A título ilustrativo se pueden consignar algunos datos: i) en Santiago del Estero la proporción de hogares afectados por Necesidades Básicas Insatisfechas representan el 36,6% del total, siendo la media nacional de 16,5%; ii) el analfabetismo alcanza al 8,6%, mientras que el promedio del país es de 3,6%; iii) el ingreso per cápita es en la provincia de 2.100 dólares, en tanto que la media nacional es de 8.200, elevándose en Buenos Aires a 22.100 dólares.
(3) Cf. Friedmann y Naville (1963, págs 13 y ss.).
(4) Lo que no acontece con el empleo. En este sentido el concepto de «trabajo» sería más inclusivo que el concepto de «empleo», ya que este ultimo sólo incluye a actividades que se manifiesta en el mercado. En la cuarta sección de este documento se exponen algunas consideraciones sobre la cuestión.
(5) En este punto se debería señalar que la sociología debe dar cuenta del status -la di mensión no abordada por la economía-, pero también la necesidad de que en temas laborales la sociología reconstituya su objeto histórico, para lo cual parece recomendable «reintegrar» las ciencias sociales (Cardoso, 1972) y retomar la tradición de «cuando los economistas eran sociólogos y los sociólogos eran economistas» (Castillo, 1994). Es decir la tradición clásica de la sociología y la economía. Para un examen de cuestiones claves de la sociología del trabajo -un campo epistemológico en busca de identidad- que en la Argentina tuvo pioneros avant la lettre como Bialet Massé y un iniciador sistemático en Floreal Forni, consultar a Rojas y Proietti (1992 y 1996) y Novick y Catalano (1996) y la perspectiva internacional sobre el tema en Pahl (1995) y Castillo (1996 y 1997).
(6) Weber distingue varias configuraciones: una clase que nuclea a personas que viven del capital, clases directivas, clases con funciones de conducción administrativa, profesionales de orden superior o inferior, sectores administrativos, comerciantes y, por último, trabajadores manuales. Asimismo, se debe destacar, al margen de la conformación de clases en vinculación al mercado, las semejanzas (hacia dentro) diferenciadoras (hacia afuera) que se establecen en la estructura de clases a partir de la detección de «estilos de vida».
(7) En el caso del estudio que realiza Torrado la información disponible, de naturaleza cuantitativa, determina que el análisis se circunscriba a las prácticas económicas.
(8) La definición de los estratos socio ocupacionales se expone en la obra citada, en págs. 476 y ss.
(9) No constituye un objetivo de este documento el emprender una revisión acerca de los criterios interpretativos sobre la estratificación social en Latinoamérica. Al respecto se dispone de una obra de referencia insoslayable de Solari, Franco y Jutkowitz (1978) que constituye un vasto y ya clásico balance de las teorías sociales en general y de las teorías de estratificación en particular en la región. Tales teorías son sometidas a un prolijo examen en una contribución más reciente de Faletto (1993). Para una apreciación del estado actual del debate, aunque con énfasis en los enfoques vinculados a perspectivas marxistas y post marxistas, se puede consultar Zona Abierta 59/60 (1992), particularmente las reflexiones de Erik Olin Wright y Val Burris.
(10) Aunque algunos autores, como Rouquié (1990), señalen que Latinoamérica, en años recientes, se ha convertido en una región donde están difundidos los sectores medios, en general las imágenes típicas sobre la estratificación en la región postulan ese rasgo diferenciador para la Argentina y Uruguay. Asimismo, E. Faletto (1993) apunta la influencia que ha tenido el crecimiento del sector público para el incremento de los estratos medios latinoamericanos.
(11) En un trabajo anterior (Tasso y Zurita, 1981) se elaboró una hipótesis sobre la configuración del sistema de estratificación de la provincia a partir de desarrollos propios y distintos aportes – básicamente, Filgueira y Gemeletti (1981)- en los se realizaron asignaciones de posiciones jerárquicas a partir de observaciones puntuales, informes especiales y, fundamentalmente, de valores censales obtenidos del cruce de los grupos de ocupación con las ramas de actividad Este procedimiento, con visibles avances metodológicos, es el básicamente utilizado en CFI (1988 y 1989 ) y Torrado (1992 ). Cabe apuntar, que en un artículo de Jorrat y Acosta (1992), además de ofrecerse un completo examen bibliográfico del estado de la cuestión, se evalúan procedimientos de análisis y jerarquización del status de las ocupaciones, principalmente a partir de escalas sustentadas en la educación y el ingreso, y de índices con puntajes de prestigio de las ocupaciones. Por su parte, Berger (1995), en un estudio centrado en la oferta de trabajo femenino y las dimensiones de género, realiza una estimación de la estructura de clases sociales definidas a partir de los ingresos familiares, y sugiere cuestiones de interés para la discusión, como ser, cuál es la posición de clase de un hogar cuando diversos miembros ocupan un lugar distinto en la estructura productiva: cabe señalar, que la respuesta, quizás resignada, que proporciona la autora es que «en esta sociedad patriarcal la clase social a la que pertenecen los integrantes del hogar es la del jefe de familia» (pág. 15).
(12) Se suele afirmar que, en cierto sentido, Santiago del Estero, históricamente, forma parte del NOA y, geo ambientalmente, del NEA.
(13) Se puede matizar esta afirmación, reconociendo que la representación de la provincia es un rol propio de las elites -en este caso, gobernantes- y que ellaas no se reclutan necesariamente entre los sectores altos, aunque cabe señalar que en el periodo que acontece el deterioro de la interlocución -primera dos décadas del presente sigllo- había una particular inclusión de dichas elites en los sectores altos.
(14) Las pequeñas aglomeraciones de viviendas de lujo no llegan a constituirse en un barrio. A. Tasso coincide en señalar que, estrictamente, no existirían «barrios» de clase alta, sino, más bien, «zonas».
(15) Debe quedar claro que las presunciones que estamos lanzando pretenden ser válidas, sobre todo, para el nivel urbano: en el medio rural, en cambio, hay segmentaciones sociales mucho más marcadas y estructurales, sobre todo, situaciones de insatisfacción de necesidades básicas, entre las más graves y acentuadas del país.
(16) A partir de datos de distribución del ingreso de la EPH, INDEC.
(17) Los referentes obligados sobre la cuestión siguen siendo, entre otros, el Marx del 18 Brumario y los «white collar» de Wright Mills. En tanto que en la década del 90 en Argentina la atención se concentra en la «nueva pobreza» que afecta sobre todo a los sectores medios, no complicados tanto por las NBI sino por la contracción de sus ingresos.
(18) El área de las cuatros avenidas no define a «un barrio» específico ya que incluye a varios. Se trata de una pauta de asentamiento «espacial», aunque no «residencial», ya que, como señalamos, no existen localizaciones residenciales típicas, al menos de viviendas que se puedan asignar a los sectores altos, sino mezcla e imbricamiento residencial. La clara excepción la constituiría los barrios y asentamientos populares donde se verifica una alta homogeneidad en la mala y precaria calidad de las viviendas.
(19) Del cual se beneficia sólo una parte muy pequeña de los migrantes recientes. La incorporación al empleo público se da, fundamentalmente, entre los sectores medios, en tanto que los migrantes rurales pobres se insertan en el mercado urbano a través de diversas formas de subocupación como el sector informal y el servicio doméstico. Pero la migración explica el crecimientos de la ciudad, su mayor complejización y el incremento de la demanda de servicios.
(20) La clase alta tradicional ha sido reemplazada en la apreciación social y, básicamente, en las tareas de gestión administrativa y gubernamental por sectores medios altos.
(21) En términos del Programa Regional del Empleo para América Latina y el Caribe (PREALC-OIT). Sobre la significación del STR y el SIU en Santiago del Estero, cf. Forni et alt. (1983).
(22) Los que están «fuera del sistema de clases» en términos de Florestán Fernandes.
(23) El SIU excluye, por definición, a los asalariados del sector público. No obstante, se debe tener en cuenta la existencia de un segmento «popular», aunque no informal, entre los trabajadores estatales, por ejemplo, el personal de limpieza y servicio de las oficinas y edificios públicos, que constituye un grupo inferior no sólo en la percepción de ingresos, sino en la jerarquía social y cultural del sector público. Esta sería una nota que enfatiza en la heterogeneidad en la ocupación estatal.
(24) Denominaciones alternativas para los desempleados ocultos, son las «trabajadores desalentados» o «activos latentes».
(25) Tasso (1997) presenta una visión de la pobreza rural santiagueña en el largo plazo.
(26) En realidad el fenómeno de los «nuevos pobres» implica básicamente a sectores medios urbanos que ven deteriorar sus niveles de ingreso, sin estar afectados necesariamente por situaciones de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI)
(27) Ver, en páginas anteriores, las referencias a la curva en «U» invertida de Kuznets.
(28) Si bien se trata de una categorización que posee valor aproximativo y es usada habitualmente, puede admitir reparos metodológicos. Se considera al sector privado formal a aquel integrado por las categorías ocupacionales sometidas a relaciones laborales contractuales formales, esto es, los patrones y los asalariados.
(29) En los distintos niveles de empleo público nacional, provincial y municipal.
(30) Clase alta, Clase media autónoma, Clase media asalariada, Clase obrera autónoma, Clase obrera asalariada y Trabajadores marginales.
(31) Los datos del Cuadro 2 los presentamos tal como son registrados por el CFI a los efectos de preservar la compatibilidad de las fuentes para el nivel nacional y provincial.
(32) R. Díaz prefiere designarla como una sociedad «asalariada no industrial» lo que resulta esencialmente correcto. Pero acontece que asimismo puede ser caracterizada como sociedad «obrera no industrial» si se toman en cuenta las evidencias del cuadro 4, donde el conjunto de la clase obrera en sus segmentos autónomo y asalariado significa casi la mitad de la estructura ocupacional, exactamente el 48.8 %.
En el desarrollo de este apartado nos atendremos al esquema argumentativo y al modelo comparativo que prolijamente expone Torrado (1994: págs. 95-111)
(33) Como acontece en otras jurisdicciones «tradicionales» de la Argentina, especialmente en el noroeste, el voto peronista posee -en una proporción indescifrable- componentes de adhesión histórica (voto cautivo) de los sectores populares a la propuesta justicialista y de fuerte adhesión clientelística al caudillo local, en este caso Carlos Juárez, quien desde hace 50 años, a través de gobiernos propios o «acordados», en regímenes civiles y militares, hegemoniza el panorama político de la provincia.
(34) El proyecto científico y la propuesta docente más acabada sobre la Sociología del Trabajo como perspectiva autónoma se encuentra en Castillo (1996).
(35) La propuesta de redefinición del concepto de trabajo desde una perspectiva sociológica se expresa en diversos autores, pero es más explícitamente formulada en Pahl (1988), Castillo (1996 y 1997) y Zapata (1997).
(36) Este se trata de una afirmación genérica de la que debería excluirse a autores que desde la perspectiva del mercado han realizado contribuciones reveladoras al estudio de las familias en relación al mercado laboral y los «retornos» de la educación, especialmente Becker (1969). Con un enfoque similar para el caso argentino se deben señalar los aporte de, v. g., Pessino (1995).

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Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo, la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.

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Trabajo y Sociedad pretende constituirse en un espacio de las ciencias sociales para la publicación de artículos y textos sobre los problemas del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, particularmente los referidos al estudio de las articulaciones del mundo laboral con la estructura social, el sistema productivo y las prácticas culturales y políticas. Esta revista electrónica es publicada por el Programa de Investigaciones sobre Trabajo y Sociedad (PROIT) de la Maestría en Estudios Sociales para América Latina de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) en Argentina. Sus integrantes son académicos que realizan sus tareas en vinculación con la UNSE y con el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). El Programa es financiado por el Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CICYT-UNSE) y participa de las actividades de la Asociación Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) y de la Latin American Studies Association (LASA).

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Virgilio Zurita, Carlos. "Estratificación social y desigualdad en el trabajo en Santiago del Estero Argentina". GestioPolis. enero 24, 2005. Consultado el 20 de Septiembre de 2019. https://www.gestiopolis.com/estratificacion-social-desigualdad-trabajo-santiago-estero-argentina/.
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