Los cuentos gracias a su contenido, a los pensamiento, ideas, conocimientos que encierran han permanecido con el tiempo y han proporcionado a muchos una gran ayuda en su crecimiento, evolución. Se convierten en estímulos que activan al ser a identificarse con todas aquellas acciones que le colaboren en todas las transformaciones en donde la debilidad este manifestada y le permita transformarlas en fortalezas.
Afortunadamente, hay quienes permanecen atento sobre los que otros en pro de su evolución han alcanzado y lo comparten para quienes está interesados en alcanzar un crecimiento que le garantice madurez, felicidad, armonía.
Es muy válido al respeto lo que indica PersonArte sobre la relevancia del crecimiento espiritual, cuando indica, que consideremos el que existen variados caminos y métodos, para encausarnos en nuestra evolución espiritual, algunos se convierten en o un faro o indicativo para quien quiera probarlos y adoptar alguno de ellos si resuenan en su interior. Lo más importante, es abrirnos y reconocer que el anhelo o llamado que sentimos y que a veces se manifiesta como insatisfacción o malestar -a pesar de todos los logros obtenidos- es una voz que emerge desde lo más profundo de nosotros, un recordatorio permanente que impide que nos durmamos por completo y que se apague la llama del Amor que reside en nuestro interior.
En esta oportunidad compartimos algunos cuentos, que consideramos que invitan a ser considerados por su alcance y que de sabérsele interpretar y evaluar su alcance contribuirán en nuestra evolución.
EL CUENTO DE LAS ARENAS
Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:
"El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"
El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"
-¿Pero cómo esto podrá suceder?
"Consintiendo en ser absorbido por el viento".
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?" "El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río".
-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?
"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
-¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?
"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento.
También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad". El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña".
Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida
ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.
(Awad Afifi el Tunecino)
ESPOSAS MENTALES
Un habitante de un pequeño pueblo descubrió un día que sus manos estaban aprisionadas por unas esposas. Cómo llegó a estar esposado es algo que carece de importancia. Tal vez lo esposó un policía, quizás su mujer, tal vez era esa la costumbre en aquella época. Lo importante es que de pronto se dio cuenta de que no podía utilizar libremente sus manos, de que estaba prisionero.
Durante algún tiempo forcejeó con las esposas y la cadena que las
unía intentando liberarse.
Trató de sacar las manos de aquellos aros metálicos, pero todo lo que
logró fueron magulladuras y heridas. Vencido y desesperado salió a las
calles en busca de alguien que pudiese liberarlo. Aunque la mayoría de
los que encontró le dieron consejos y algunos incluso intentaron
soltarle las manos, sus esfuerzos sólo generaron mayores heridas,
agravando su dolor, su pena y su aflicción. Muy pronto sus muñecas
estuvieron tan inflamadas y ensangrentadas que dejó de pedir ayuda,
aunque no podía soportar el constante dolor, ni tampoco su esclavitud.
Recorrió las calles desesperado hasta que, al pasar frente a la fragua de un herrero, observó cómo éste forjaba a martillazos una barra de hierro al rojo. Se detuvo un momento en la puerta mirando. Tal vez aquel hombre podría...
Cuando el herrero terminó el trabajo que estaba haciendo, levantó la vista y viendo sus esposas le dijo: "Ven amigo, yo puedo liberarte". Siguiendo sus instrucciones, el infortunado colocó las manos a ambos lados del yunque, quedando la cadena sobre él.
De un solo golpe, la cadena quedó partida. Dos golpes más y las esposas cayeron al suelo. Estaba libre, libre para caminar hacia el sol y el cielo abierto, libre para hacer todas las cosas que quisiera hacer. Podrá parecer extraño que nuestro hombre decidiese permanecer en aquella herrería, junto al carbón y al ruido. Sin embargo, eso es lo que hizo. Se quedó contemplando a su libertador, sintió hacia él una profunda reverencia y en su interior nació un enorme deseo de servir al hombre que lo había liberado tan fácilmente. Pensó que su misión era permanecer allí y trabajar. Así lo hizo, y se convirtió en un simple ayudante.
Libre de un tipo de cadenas, adoptó otras más profundas y permanentes: puso esposas a su mente. Sin embargo, había llegado allí buscando la libertad.