Cuenta la leyenda que un antiguo y poderoso gobernante reunió a lo
más selecto de su corte para recabar la solución a un problema. Había
planes de futuro que atajar y se necesita encontrar vías rápidas que
atajaran las circunstancias. Tras el consejo deliberado, la única
posibilidad hallada fue la de acudir al mago de la región. Él, sin duda
sabría como poder solventar esas inquietudes. Y así se hizo. Se le mandó
llamar con carácter de urgencia.
Cuando llegó, se le expuso la diatriba. Tras eso, se sentó y sin pensar
un solo instante y mirando al rey le dijo:
- Todo es posible de solucionar, pero supongo que su majestad querrá el
método más rápido ¿verdad?
- Así es. Lo quiero lo más rápido posible. ¿Cual es la solución
entonces?
- Eso es fácil, Señor. Sólo has de aplicar el miedo. Infunde el miedo a
tus súbditos.
Miedo a no tener refugio. Miedo a ser perseguido por cualquier motivo.
Miedo a no tener trabajo. Miedo a ser encarcelado. Miedo a retirarle sus
propiedades. Miedo a perder su mujer e hijos siendo esclavos de vos.
Miedo a poder morir en cualquier momento. Miedo a no tener que llevarse
a la boca. Si hacer eso, inmediatamente conseguirás que paguen todos
los tributos que exijas así como cualquier otra cosa que se te antoje.
Si ellos, tus ciudadanos, te tienen miedo, pánico y terror, literalmente
responderán a cualquiera de tus peticiones, sean las que sean.
Y así se hizo. Se promulgaron nuevas normas tremendamente duras. Leyes
injustas. Decretos desproporcionados. La amenaza velada reinaba en cada
uno de sus artículos. Lo peor, sería las consecuencias de no responder a
esas imposiciones tal y como se exigían.
De ese modo, el gobernante cada día atesoraba más bienes de todo tipo.
Sus almacenes estaban a rebosar, y las mazmorras por primera vez estaban
vacías. El rey estaba satisfecho de su personal y miserable conquista.
Cada día era más rico y teóricamente más poderoso. Pero un día, el
recaudador de impuestos llegó asustado con una noticia poco afortunada y
nada agradable. Sólo decirla podría provocarle la muerte.
- ¿Cómo dices? – requirió espetando como un trueno queriendo no escuchar
de nuevo lo ya anunciado
- Majestad, las aldeas y los poblados están vacíos. Hemos recorrido la
ruta norte, la sur y todas las demás. Tras dos semanas el resultado es
el mismo. Su reino está despoblado no queda nadie. Ni siquiera los
animales. Las casas están desiertas, los mesones y albergues con las
puertas de par en par. No hemos encontrado a ninguno de sus moradores.
Es como si pareciera que la tierra se los hubiera tragado.
No se lo podía creer. Su reino no tenía habitantes. No tenía sobre quien
gobernar, y menos sobre quien recaudar. Pero lo peor estaba por llegar.
El capitán de la guardia presidencial entro en las estancias como una
exhalación. La soldadesca había desertado antes los rumores de las
nuevas noticias. De pronto el rey se había quedado con un recaudador de
impuesto y un mercenario a sueldo. Ni siquiera su esposa fue encontrada
en las estancias de palacio. Entonces, ante tal desolación y angustia
sólo tuvo una única idea.
- Tráeme al mago inmediatamente – ordeno a su único guerrero quien
inmediatamente obedeció sin rechistar.
Al poco, el mentor de la idea de todo aquel despropósito estaba sentado
frente al rico rey apesadumbrado.
- Tú eres el culpable de todo esto. Por tu culpa he perdido todo cuanto
poseía. Ya no tengo hombres en mis dominios, ni soldados que me
protejan, y de nada me sirven mis tesoros que no puedo emplear en nada
productivo. Por tanto, la única solución es acabar con tu vida, ya que
eres el responsable de todo lo que ha pasado. Tú me engañaste. Tú eres
un traidor y debes morir. Mátalo – ordenó al capitán de ningún ejército.
- Señor, si acabáis con mi vida no tendréis la solución a este problema,
pues la otra vez os dije que todo lo tiene. ¿Queréis conocerla, o
preferís que me entierren con ella?
- Si te vuelves a precipitar en tus palabras ten por seguro que seré yo
mismo quien aplique la pena capital al momento.
- Majestad, anteriormente os pregunté que seguramente queríais la
solución más rápida ¿verdad?
- Así es. ¿Por qué preguntas algo que ya sé?
- Porque es mejor aplicar la fórmula duradera aunque más lenta, y
conociéndoos es de suponer que queríais lo rápido y frágil a lo lento y
definitivo.
El poderoso gobernante se quedó algo confuso, pero no le quedaba más
opción que escuchar lo que al parecer era más práctico y útil, frente a
lo urgente y necesario.
- Mago. Decid que es. Pero hacedlo antes de que mi paciencia se agote.
- Precisamente eso es lo que hay que hacer mi señor, aplicar la
paciencia del Amor.
La paz del Amor, la libertad del Amor. Aplicadlo y veréis los
resultados.
- ¿Y como se hace eso? – respondió sumiso el rey
- Sencillo Señor. Compartid lo que tengáis, hacedlo son generosidad, dad
sin esperar a recibir, ofrecer lo mejor de vos, y en esa medida, aunque
al principio vuestras arcas empiecen a quedarse sin nada, os aseguro que
al poco tiempo tendrán un tesoro mayor que nadie os podrá quitar y para
el que no necesitaréis guardia que lo custodie. Hacedlo, y vuestro reino
será duradero y el más rico de cuantos existan.
El rey se aplicó al principio con cierto desagrado; pero sus nuevos
edictos y promulgaciones llenas de Amor, hicieron que poco a poco su
territorio fuera el más nutrido y espléndido conocido hasta el momento.
La prosperidad reinaba en cada rincón. Y en efecto su tesoro personal
fue cada vez mayor. Fue tan grande que no le cabía en su corazón. Un
corazón que estaba tan lleno de felicidad que un buen día estalló; tras
ello, su vida fue recordada con aprecio, admiración y respeto por siglos
y siglos hasta llegar hasta estás páginas en el recuerdo que no se
olvida.
José Luis Marín Almellones Conferencista Motivacional http://www.especialistas.de/marin.htm
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