Éstos deberían ser los mejores momentos para un profesional de la
Consultoría en Gerencia de Riesgos. Soy un asesor profesional
especializado en gerencia de riesgos, profesión que está rápidamente
adquiriendo gran importancia en todo el mundo, particularmente en el más
desarrollado. Una de las razones que apuntalan la importancia de la
creciente demanda de profesionales en riesgos tiene que ver, en gran
medida, con la naturaleza de los riesgos de la salud y el siempre
cambiante medio ambiente que, hoy por hoy, confrontamos.
Antes, no necesitábamos realizar evaluaciones de riesgos previas, con un
consecuente plan de acción para remediar situaciones adversas como las
especificadas, cuando los ríos estaban sumidos en llamas. La nueva
generación de amenazas ambientales, por lo general clasificadas como "no
muy serias", son mucho más difíciles de medir y eliminar. Cuando los
químicos tóxicos son dispersados en un campo abierto durante varias
décadas y algunos de dichos químicos parecen permear a la tierra hasta
alcanzar las fuentes subterráneas de agua potable, surgen las preguntas
de rigor.
En primer lugar, ¿debería limpiarse el campo contaminado? Y, en segundo
término, y si así fuere, ¿hasta dónde deberían llegar las acciones de
recuperación ambiental de la zona afectada? Cuando el aire de una
fábrica contiene carcinógenos potenciales, ¿se verían los empresarios en
la posibilidad de reestructurar drásticamente a sus Empresas y a un
mayor costo?
La Evaluación Cuantitativa de los Riesgos intenta proveer de información
a los legisladores, en especial a los estadounidenses --- ésto no es
excluyente a nación alguna, para que éstos respondan, racionalmente, a
las interrogantes antes formuladas.
La Evaluación Cuantitativa de los Riesgos, pretende determinar el número
de personas que pueden enfermarse o fallecer como consecuencia de un
riesgo en particular. Esta metodología también pretende determinar
cuántos ahorros, en términos de recursos humanos y económicos, se
podrían producir con su implementación.
La "ECR" es una disciplina joven, que data desde hace unos 17 años.
En sus comienzos, los asesores de riesgos recibimos un sinnúmero de
críticas de la izquierda del espectro político. A lo largo del tiempo,
la noción del valor de salvar vidas humanas podría ser, en alguna
medida, cuantificado y comparado con los costos de regulación oficial,
lo que representaba un anatema para muchos interesados en el interés
público. En años más recientes, esta actitud ha cambiado y se ha llegado
a pensar que el establecimiento de estos valores, relativamente nuevos,
no son inmorales (aun cuando estableciéndoles un costo muy bajo, sí
podría serlo).
El más increíble y reciente acontecimiento ha sido la importancia que la
derecha le ha conferido a la Estimación Cuantitativa de Riesgos ("ECR")
en los Estados Unidos y, en especial, por la llamada "Reforma
Reguladora", cuyas provisiones centrales estaban contempladas en el
"Contrato Republicano con América". Por las legislaciones pasadas por la
Casa de Representantes, el Senado habrá de imprimirle una importancia de
gran escala y sin precedentes a la evaluación de los riesgos. De hecho,
cada nueva regulación relativa a la salud o ambiente, en esa nación,
deberá contar con la certificación del "ECR". Estoy a favor de crear una
mayor demanda de los asesores de riesgos, siempre y cuando las
previsiones presupuestarias necesarias y correspondientes se realicen en
cualquiera que sea el país del mundo.
¿Por qué, entonces, pienso que éste es el peor momento para ser un
asesor de riesgo en los Estados Unidos como ejemplo? La respuesta es que
el Congreso de ese país está tratando de reducir los presupuestos de las
agencias gubernamentales que practican la "ECR", tales como la Ley de
Seguridad y Salud Ocupacional, conocida en inglés con la denominación y
siglas < > ("OSHA"), respectivamente, y la Agencia de Protección
Ambiental ("EPA"). No obstante, aún tiene mayor relevancia el gran
repudio que, a su manera, el Congreso, las Academias y los medios de
comunicación han dispensado a la "ECR" . Algunas reformas se basan sobre
el mito de que la actual evaluación de riesgos utiliza métodos qué
exageran los riesgos, con un alto costo para la sociedad. En mi opinión,
la evaluación de los riesgos corre el peligro que se le omita el
otorgamiento de certificación de disciplina científica. A veces, los
asesores en gerencia de riesgos se sienten como químicos que consideran
que su campo profesional finalmente iba a ser formalmente reconocido
para luego descubrir, en la práctica, que el gobierno, en realidad, se
estaba preparando para imponer a la alquimia como una ciencia de estado.
La idea de que la evaluación de riesgos sea exageradamente conservadora
apareció por primera vez, hace una década, en algunos artículos
académicos, con títulos como los siguientes: "Los Peligros de la
Prudencia: ¿Cómo las Estimaciones Conservadoras Distorsionan a las
Regulaciones Legales?". Muchas figuras públicas han adoptado esta
posición. Stephen Breyer, ahora Juez de la Corte Suprema de Estados
Unidos, en su libro "Rompiendo al Círculo Vicioso", editado en 1993,
argumenta que hay un deseo público irracional de temerle a lo peor y que
los estimadores de riesgos aúpan a ese temor. Él concluye su obra
señalando que muchos de los riesgos grandes, conforme a las estimaciones
del gobierno, son en realidad "risiblemente pequeños". En otro pasaje de
su obra, como ejemplo, Breyer narra la historia de una compañía de New
Hampshire que ha sido ordenada, por instrucciones directas de la "EPA",
a desembolsar 9 millones de dólares para limpiar un "sitio de desechos",
a objeto de que los niños puedan "comer, ahí, tierra por 245 días al
año", aún cuando el lugar referido es, por definición práctica, un
pantano.
Muchos en el Congreso estadounidense creen que anécdotas como éstas son
correctas e ilustrativas. En respaldo a la reforma legal de la ley que
el Sr. Breyer, Senador Bob Dole, Senador J. Bennett Johnston (demócrata
por Louisiana) arguyen que "las agencias federales del presente no están
usando una "buena ciencia" y que sus regulaciones son desastrosas". La
Ley Dole-Jonhston, al igual que la sancionada con anterioridad por el
Congreso, resolvería los problemas planteados, a través del
establecimiento de un marco de trabajo para los asesores de riesgos
sobre como estimar dichos riesgos. Los procedimientos "conservadores"
antes aludidos, que hoy día utilizamos, serán reemplazados por aquellos
que coadyuven a alcanzar el "mejor estimado". Consecuentemente, ésto
implica que los reguladores sólo se concentrarán en los riesgos a los
que una "persona promedio" está expuesta. Según la modificación a la ley
ya explicada, de igual modo habría que calibrar diferentes teorías en
cuanto a la evaluación de los riesgos, procurando promediar los
resultados en conjunto (no obstante, que la Ley tiene como mandato
escoger a la teoría más "plausible", sin importar que los resultados
obtenidos estén, en la realidad, por debajo del promedio).
La generación del "mejor" o del más "plausible" estimado de riesgo
aparenta ser, en principio, el resultado del sentido común que todos
debemos proponernos seguir.
¿Es éste realmente el propósito? Para decidirse, Ud. necesita contestar
dos preguntas que los críticos de la actual "ECR" se harían. Primero,
¿cuál es la evidencia a evaluar, aparte de la anécdota del Juez Breyer,
de que los estimados de los riesgos de hoy se sesgan hacia una
metodología excesivamente conservadora? En segundo plano, si los
estimados de riesgos están realmente sesgados hacia una metodología
conservadora, la difícil solución al serio problema social que se
requiere es compatible con el estimado verdaderamente "mejor"?
Vamos a abordar a la primera interrogante. Los insto a que pensemos
acerca de cuál es el significado de proteger a la "persona promedio" del
"riesgo promedio". En lo que a riesgos concierne, la gran mayoría de los
individuos no son el promedio, variando su grado de exposición a los
riesgos notablemente, así como en su susceptibilidad a la contaminación
(tal como podría variarse el peso del cuerpo). ¿Dirían Uds. que una
escalera para una persona de 63 kilogramos es la "mejor", mientras otra
podría soportar a una persona de 90 kilogramos se le consideraría como
un ejemplo fútil y parcializado hacia una actitud de que "es mejor estar
seguro que estar lamentando los imponderados?." La respuesta a ésto es
probablemente "NO". Empero, cuando la OSHA calcula el riesgo de un
trabajador que labora en la misma industria y respira los mismos
contaminantes por un lapso de 40 años, quizá el doble del promedio
nacional de Estados Unidos, entonces se le acusa de aplicar una "mala
ciencia". Por lo tanto la "EPA", cuando evalúa el riesgo de los
pesticidas residuales en los jugos de manzana, bajo la asunción de que
los niños son más vulnerables que los adultos y consideran que éstos
últimos llegan a beber hasta tres vasos de jugo al día (aún cuando el
promedio de la población bebe menos que uno vaso), nosotros diseñamos
regulaciones para proteger a la persona promedio, constituyéndose en
presunta justificación para el asesor de riesgos, nosotros podríamos
dejar de proteger (la salud), adecuadamente, a segmentos numerosos de la
población. ¿Estaría esta práctica, de veras, muy comprometida con la
"buena ciencia"?
Luego, está la pregunta de cuánto costaría determinar el valor de un
"riesgo promedio". Todos los estimados de riesgos involucran a la
incertidumbre.
Por ejemplo, cuando Ud. procura estimar, a partir de estudios de
laboratorio y de epidemiología, cuán potente un carcinógeno puede llegar
a ser, y partiendo de la premisa de que Ud. es honesto consigo mismo,
obtendrá toda una gama de respuestas. Escoger el valor promedio a partir
de una gama de resultados no es más científico que la instrumentación de
otras alternativas. Todas las escogencias son juicios de valor en lo
concerniente a que ellas impactan al equilibrio entre la salud y los
costos económicos, infraestimando al riesgo y a los costos de la
supraestimación. El proceso de la "escogencia imparcial del promedio",
tal como suena, meramente implica que esos costos son exactamente
iguales, lo cual es real y absolutamente una gran parcialidad.
Permítanme explicarme con otra analogía. Suponga que a Ud. le dicen que
la cantidad promedio de tiempo que necesita para llegar al aeropuerto
desde su casa es de 20 minutos, pero, en la realidad, este trayecto
podría tomar de 5 a 80 minutos. Si Ud. prefiriera llegar con 4 minutos
de tardanza a su avión, en vez de arribar al aeropuerto con 5 minutos de
adelanto, entonces Ud. debe guiarse por el tan llamado "promedio
estimado". Pero para aquellas personas que consideran perder el avión (o
permitir que la polución cause decesos innecesarios) como más adverso
que esperar por algunos minutos adicionales (o malgastar algún dinero en
el extremadamente estricto control de la polución), se requiere un
estimado aún más prudente. Los asesores de riesgos tradicionalmente se
concentran en el "razonablemente peor escenario". Ellos procuran darse a
si mismos más que una oportunidad de sobrestimar al riesgo con la
finalidad de estar razonablemente seguros de que los riesgos no serán
subestimados.
Si, en lugar de promediar los variados estimados de riesgos, simplemente
optamos por considerar los estimados "plausibles" entre todos,
estaríamos en peores condiciones. ¿Cómo decidimos cuál de los dos
métodos es el más "plausible"? La respuesta sería, acaso, a través del
conocimiento del voto de varios expertos en el área. Supónganse, si se
me permite compartir con Uds. otra analogía, que un huracán se aproxima
a las costas de Florida, teniendo, por consiguiente, en la balanza dos
teorías sobre las posibilidades y las probabilidades del comportamiento
de tal movimiento eólico. Un cuarenta por ciento de los expertos
reconocidos creen que una tormenta se dirigirá a la costa y desembocaría
en la ciudad de Miami, mientras que el otro sesenta por ciento cree que
se desvanecería en el océano. En consecuencia, deberíamos decidirnos por
la última teoría, ya que es más "plausible", y, por ende, omitir alertar
a la ciudad de Miami.
Bajo esta óptica, la evaluación de los riesgos refleja más que el simple
"promedio del riesgo" para "la persona promedio" y que son resultados
tanto conservadores como también plausibles, comenzando a procurarse el
indispensable sentido común. De hecho, son las bondades del sentido
común que nuestra sociedad ha aplicado cuando está confrontada con otros
problemas, logrando o el éxito o una gran aproximación a él. Tratamos
con amenazas inciertas apoyándonos en la prudencia. Ésta es una de las
razones por la cual no había un clamor de condición automática de "ser
acertados" en cuanto a la exacta probabilidad de una agresión soviética
durante la guerra fría. En cambio, se actuó basados en la posibilidad
razonable de que la amenaza sería suficientemente seria para merecer una
respuesta realmente onerosa. Reconocemos que los individuos, cada día,
varían con respecto a las expectativas del promedio cuando construimos
puertas lo suficientemente grandes para personas cada vez más altas y
escaleras para personas cada vez más pesadas (sin embargo, no es éste el
caso de polarizarnos al otro extremo y, por ejemplo, construir puertas y
escaleras para personas de 2,5 metros y 180 kilogramos,
respectivamente).
Se le ha dado mucha importancia a la idea de que el "mejor estimado" nos
guiará al camino natural de regulaciones "objetivas" o propias al
sentido común. Sin embargo, la gran ironía del actual debate es la
sorprendente falta de evidencia confiable sobre la cual las evaluaciones
de riesgos de hoy día se sesgan hacia una tendencia altamente
conservadora. Se ha convertido en un diario quehacer la subestimación de
los experimentos con animales, por parte de los asesores de riesgos
especializados, a la hora de evaluar carcinógenos presuntivos. Los
críticos de los asesores de riesgos dicen que: "se incrementen las dosis
de químicos en los ratones de laboratorio" y, por su puesto, veremos
cómo la ocurrencia del cáncer es sobrestimada en personas cuyas
exposición a tales químicos es mínima.
¿Pero cuál es la realidad fáctica? En 1988, un equipo de científicos en
Louisiana trató de investigar, mediante la comparación sistemática de
los resultados en los animales estudiados con los mejores análisis
disponibles de epidemiología del cáncer, concentrándose ellos en la
exposición a carcinógenos en el lugar de trabajo. Los investigadores
consideraron a todos los 23 carcinógenos conocidos, incluyendo al
benzeno, clorhidrato de vinil y asbestos, análisis para el cual se
utilizó una matriz cuantitativa de comparaciones. Estos investigadores
concluyeron que, en promedio, el número de decesos humanos pronosticados
en función a los estudios practicados a los animales sólo excedía, muy
levemente, al nivel real de fallecimientos. Adicionalmente, por el orden
de 23 estudios practicados a animales subestimaban los daños
perjudiciales, en general, para las personas.
Recientemente, un estudio de 24 casos ha dramáticamente ilustrado lo
absurdo de descartar los resultados en las pruebas realizas con
animales. En 1990, la OSHA estaba preparada para regular un gas tóxico
en una medida al 1,3, para la producción de gomas sintéticas. Los
estudios con animales han predicho que los humanos expuestos a este gas
tienen 8 probabilidades entre 1.000 de desarrollar cáncer por esta causa
(la derivada a la exposición al gas tóxico en cuestión). La OSHA deseaba
reducir el límite permitido del gas tóxico de la referencia de 1.000 a 2
unidades de medida. Luego, a comienzos de los noventa, una serie de
artículos académicos y editoriales aparecieron denunciando a esta
iniciativa gubernamental como excesiva, en base de que los resultados
obtenidos con ratones de laboratorios eran irrelevantes para los seres
humanos. Para salvaguardar su credibilidad, la industria del plástico
continuo los estudios epidemiológicos con sus propios trabajadores,
expuestos al gas tóxico antes aludido. Hace algunos meses, los
resultados preliminares de los estudios, por cuenta de los industriales,
parecen sugerir que su fuerza laboral había desarrollado un nivel de
cáncer que era cónsono con los resultados y las predicciones obtenidos a
partir de los estudios con animales. Ahora, la industria del plástico,
los sindicatos respectivos y la OSHA están exigiendo, con carácter de
urgencia, que se decrete una regulación inmediatamente, que permita
reducir el nivel del explicado gas tóxico a un 50% menos de la cantidad
sugerida en el mejor escenario, representando a la mitad de lo que
originalmente fue propuesto. Si se hubieran considerando, hace seis
años, los estudios practicados a animales, se hubieran prevenido algunos
casos de cáncer.
Para estar seguros en sus prácticas, la mayoría de los asesores de
riesgos hacen asunciones que tienden a exagerar los riesgos Por ejemplo,
estas personas acostumbran asumir que las unidades expuestas (personas,
animales, etc.) están confrontadas con el riesgo de los carcinógenos las
24 horas del día en vez de considerar 8 horas al día. La legislación
pendiente permitiría que los tribunales desafíen a cualquier regulación
que se fundamente en las asunciones aquí explicadas, con base en que
estas asunciones introducen sobre-estimaciones de exposición al riesgo.
No obstante, docenas de asunciones están asociadas a la evaluación de
riesgos y los críticos tienden a ignorar aquellas asunciones que nos son
adversas, sino por el contrario favorables. Por ejemplo, los toxicólogos
rutinariamente sacrifican ratones de laboratorio con una edad de 24
meses. Esta edad en los animales a prueba no es compatible (o
equivalente) con un ser humano de unos 70 años de edad. El estadístico
británico, Richard Peto, ha demostrado que, si ellos esperaran que los
animales murieran por causas naturales, llevando la cuenta de todos los
tumores producidos por sustancias de prueba, sus estimados de generación
de carcinógenos podría crecer exponencialmente.
Después de todo, nadie todavía ha tenido éxito en detectar una
parcialidad sistemática en los actuales procedimientos de evaluación de
riesgos, salvedad hecha del deseo, no siempre satisfecho, de proteger a
las gentes que no están dentro de las aristas de los promedios. Vale
decir que estas gentes representan a la gran mayoría de los casos, como
ya lo explicara con anterioridad. Algunos de las historias más
llamativas acerca de riesgos absurdamente exagerados son, sin duda,
ciertas. La evaluación de riesgos es difícil e, incluso, lo es para
profesionales maduros y con muy buenas intenciones, que, de vez en
cuando, también podrían ser sorprendidos por los resultados obtenidos.
En todo caso, la gran mayoría de las anécdotas no arrojan, en la
práctica, elementos de información que sirvan para arbitrar fórmulas de
precaución. Como ilustración, veamos el caso de "Alar", el regulador de
crecimiento utilizado por los productores de manzanas, quienes se
retiraron del mercado en 1989 cuando la Agencia de Protección Ambiental
("EPA") los sometió a una prohibición. Este caso, en particular, se ha
convertido en una acción muy notoria como muestra de lo que representa
la sobre-celosa regulación citada. En 1991, un estudio practicado en
animales por "Alar", detectaba que ésta causaba tantos tumores como la "EPA"
había asumido y con dosis aún menores.
Asimismo, podría considerarse la fábula de "los niños que no comen
tierra en el patio" en New Hampshire De hecho, el sitio de desechos
tóxicos no estaba propiamente en el pantano, estaba, más bien, en una
tierra al aire libre y suburbanizada. No obstante, la tierra estaba
zonificada para ser urbanizada en su momento. Tampoco la "EPA" asumió,
como el Sr. Breyer lo implicaba, que "los niños llevaran tierra a sus
bocas 245 días al año" cuando entonces terminó ordenando un trabajo
especial de rescate ambiental. Se estaba asumiendo que las cantidades de
contaminantes encontrarían, inevitablemente, una forma de permear a los
niños con sustancias tóxicas contenidas en la tierra con la que estarían
jugando. Los estudios de toxicidad sugieren que las cantidades de
sustancias nocivas detectadas serían suficiente para poner a los niños
en cuestión ante un nivel inaceptable de riesgo. ¿Valió la pena el
trabajo de recuperación ecológica con un costo por el orden de 9
millones de dólares, considerando cuán difícil es procurar fondos, hoy
día, para un sinnúmero de problemas sociales? No estoy seguro, pero la
responsabilidad, si alguna existiere, reposa en las capacidad de
respuesta con que nos provea la evaluación de riesgos, y no la respuesta
genérica que la ciencia per se nos pueda facilitar.
Obviamente, si la limpieza solamente hubiera costado US$ 9.000, el Juez
Breyer no hubiera, presumiblemente, accionado de la manera que lo hizo
si se hubiera requerido una suma, más bien, de US$ 9 billones y la "EPA"
se hubiera interesado en otros riesgos ambientales. A fin de tomar
decisiones comprometidas con la respectiva costo-efectividad, obviamente
Ud. necesita conocer los costos y los beneficios de la acción que Ud.
está contemplando tomar. El Congreso de los Estados Unidos ahora está
considerando la prescripción de una docena de reglamentaciones atinentes
a la evaluación de riesgos, sin aludir, en forma alguna, los problemas
del análisis del costo propiamente dicho. Sin duda, calcular el costo de
la economía de las regulaciones de salud o ambientales es tan difícil
como pleno de incertidumbres en la evaluación de los propios riesgos.
Por otra parte, la evidencia de que los costos, de facto, son
rutinariamente exagerados mucho más contundentemente que la evidencia
sobre la vigencia de los riesgos propiamente dichos.
Medir el costo directo que una compañía tiene para cumplir con la
regulación es la parte fácil de la evaluación de costos, acción que
muchas veces es equivocada por los asesores de riesgos. Los asesores de
riesgo, por lo general, están obligados a estimar el preció tecnológico
aún antes de que se produzca el requerimiento de instrumentar las
correspondientes tecnologías. Es decir, los oferentes de tecnologías han
encontrado algunas facilidades para reducir sus precios antes de que los
usuarios hayan aprendido a cómo usarla eficientemente o antes de que
cada uno de los grupos haya desarrollado formas enteramente nuevas para
dar el cumplimiento tecnológico. En ciertos casos, bajo peor escenario,
las agencias reguladoras deben, frecuentemente, confiar parcialmente en
ingenieros de las compañías reguladas por ellos mismos en cuanto a lo
que se refiere a los estimados de costos. Esos ingenieros (empleados)
están obviamente contrapuestos a realizar subestimaciones de los costos
para sus compañías. Anecdóticamente, las agencias reguladoras tienen la
misma aversión: si los costos son sobrestimados, ellos serán menos
vulnerables en un tribunal para accionar sobre las bases de haber
incorrectamente declarado una regulación económicamente factible.
Por todas estas razones, los costos directos tienden a ser sobrestimados
cuando son, por primera vez, implementados. Como ejemplo, uno de los más
onerosos programas de la "EPA" involucra el control de emisiones de
óxido de nitrógeno provenientes de fábricas y plantas eléctricas. Los
fabricantes de los equipos de control de emisiones recientemente
reportaron de que ahora cuesta entre un quinto y un medio la cantidad
que los reguladores inicialmente habían estimado. En un estudio
exhaustivo muy reciente, la ahora extinta "Oficina de Evaluación
Tecnológica" de los Estados Unidos examinó los costos de siete programas
medulares de regulación bajo mandato de la OSHA. En ningún caso, las
compañías han erogado cantidades superiores a las predichas por la OSHA
y en cinco de siete casos dichas compañías han gastado sustancialmente
menos.
Además, el costo del cumplimiento de las regulaciones sólo es el
comienzo de la historia. Cuando la OSHA reguló al clorhidrato de vinil,
un carcinógeno utilizado en la producción del plástico, los controles
fueron muy costosos, pero ellos se pagaron por si mismos mediante el
incremento de la cantidad de productos valiosos recuperados. Cuando se
reguló al polvillo de algodón, se controló que existiera una economía de
cientos de miles de trabajadores que padecieran enfermedades en los
pulmones, al mismo tiempo que se ayudaba a modernizar y revitalizar a la
cada vez más declinante industria textil de los Estados Unidos. El caso
de "Alar" es otro ejemplo de una mala presentación de un estimado
subcalculado. Mientras mucho productores de las manzanas, especializados
en dos variedades, dependen al máximo de "Alar", "Red Delicious" y "McIntosh",
sufrió inclemencias económicas por un número de años antes de su retiro.
En consecuencia, agricultores de otras variedades de frutas
experimentaron un incremento exponencial en sus ventas. En términos
generales, la demanda de los consumidores de manzana, así como la
rentabilidad de la respectiva industria, prácticamente se ha duplicado
desde que se dejó de utilizar el químico carcinógeno. Las pérdidas
incurridas por agricultores no desaparecieron, ya que ésta no es toda la
historia. Algunos sectores de una industria regulada puede, en la
realidad, beneficiarse de las regulaciones, así como es el caso de otras
industrias como la de equipos de control de la polución, la cual no está
usualmente enfocada hacia métodos económicos para el análisis de costos.
Los economistas tienen más de dos siglos utilizando esos métodos, pero
todavía dichos métodos no son muy prácticos. ¿Por que, entonces, muchos
economistas son tan impacientes y desatinados en sus apreciaciones para
con los asesores de riesgos? El estudio más reciente en evaluación de
riesgos, un esfuerzo realizado por dos expertos a lo largo de tres años,
seleccionados por la Academia Nacional de Ciencias de los Estados
Unidos, arribó a la conclusión de que "los métodos de evaluación de
riesgos son fundamentalmente correctos, no obstante las críticas con
frecuencias presentadas" Si los miembros del Congreso que ahora están
tratando de re-escribir esos métodos por órdenes políticas estuvieren al
tanto del estudio antes mencionado, ni siquiera dichos miembros estarían
impresionados.
La práctica de la evaluación de los riesgos, como lo mencionara al
comienzo, es tan relativamente joven que todavía podría ser severa e
injustificadamente desdeñada por un grupo de calificados profesionales
de visión enconada (sobre-especializada).
Para realizar evaluaciones de riesgos, uno necesita tener un
conocimiento básico acerca de toxicología, química ambiental,
estadísticas, fisiología y otros campos de especialización. Los
especialistas abundan en la mayoría de cada una de las especialidades,
pero ellos tienen graves dificultades comunicándose con sus contrapartes
de otras especialidades, pero estos especialistas también tienen
dificultad en comunicarse con los especialistas de su propia área, y,
entre tanto, los tan necesarios generalistas escasean en demasía. Hay un
punto sobre el cual yo estoy de acuerdo con el Juez Breyer, por ejemplo,
él sugiere la creación de un grupo altamente profesional y de
funcionalidades cruzadas, que se especialice en los riesgos y que se
rote a través de las diferentes oficinas regulatorias, el poder
judicial, las oficinas del congreso, para ayudar a mejorar el campo de
la Evaluación de los Riesgos y que está mejora se compatibilice con las
creciente expectativas de la población.
Mientras tanto, no le podemos requerir a la evaluación de riesgos mayor
cantidad o calidad de las que nos puede ofrecer, particularmente de
caras a la "dinámica de los cambios", a la aceleración de ésta y al
aparentemente súbito arribo del Futuro a nuestro Presente. Sobre todo,
no deberíamos pretender la promoción de la llamada "buena ciencia"
cuando realmente estamos impulsando a la ideología política, llegando a
un punto convergente de que una regulación gubernamental menos,
especialmente en donde estén la salud y el medio ambiente involucrados,
siempre es un avance. No se trata de que exista algún juego pernicioso
con los juicios de valor. En realidad, la evaluación de riesgos puede
prescindir de los juicios de valor. Solamente se trata de que esos
juicios de valor deben ser explícitos y no permitírseles que actúen como
la encubierta de la objetividad. Aquí les ofrezco mis valores, los
primeros que me impulsaron hacia esta actividad profesional desde los
inicios. Creo que la evaluación de riesgos, tal como es hoy día
practicada y continuamente mejorada, puede ayudarnos a proteger nuestra
salud y el ambiente más económica y eficientemente, previniéndonos de
innecesarias lesiones corporales, enfermedades y la muerte. Opino que
cualquier sociedad que se preocupe acerca de cuán importante es salvar
una vida o proteger su ecosistema. La genuina y "mejor" evaluación de
los riesgos es una práctica que incentiva a que los centros decisiorios
sean honestos acerca de las incertidumbres, llevando a efecto medidas
inteligentes y humanas para revertir las incertezas.
Andrés Eloy Agostini Durand - BeyondBoundarylessarrobayahoo.com
Administrador con mención "Gerencia de Seguros" Especialista en “Carreras de Seguros”, graduado en los Estados Unidos.
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