Hasta ahora la televisión había sido un ámbito muy restringido. Los poderes, primero del Estado, y después de las autonomías, nunca han estado por la labor de repartir.
La llegada de las televisiones privadas forzó la entrada de otros
tres en este club reservado, pero poco más. Además el alto coste de los
equipamientos evitó una rebelión desde la base como había sucedido con
la radio.
Sin embargo a estas alturas de siglo y de tecnología ya no se puede
seguir poniendo puertas al campo. Es el momento del pistoletazo de las
televisiones locales.
El PP se ha encontrado con una ley aprobada casi en el último segundo por el Gobierno socialista y sus entonces aliados de Convergència i Unió.
Una norma que favorece la creación de canales municipales y que
prima a los que no tienen finalidades de lucro. Y antes que el Gobierno
Aznar pueda repensárselo no hay que dejar pasar la ocasión.
De la misma forma que hay publicaciones y radios grandes, medianas y
pequeñas, el sistema ecológico de la información requiere que estos tres
ámbitos también existan en el caso de la televisión.
De discursos hipócritas
Después de años en los que desde opciones progresistas se defendía una
comunicación pública y centralizada como doctrina oficial, los avatares
del mundo nos han permitido comprender que sólo la diversificación de la
oferta, la descentralización, es una garantía de pluralismo y de
tolerancia, y sin estos dos ingredientes no hay democracia.
Pero aquí también hay que ir con cuidado, hacen falta normas, porque a
la menor oportunidad los peces grandes intentarán comerse a los más
pequeños. Es ley de vida que los grandes grupos de comunicación siempre
quieran ser más grandes.
El discurso hipócrita que nos lleva a defender lo que luego no se
aplica, hace que en dos décadas de democracia no se hayan puesto los
medios para establecer las reglas de juego que separen el poder
político, y también al económico, de la información. Tras las elecciones
del 3 de marzo los sectores progresistas están pagando con su medicina
el no haber hecho nada antes.
Las puertas de la televisión se han cerrado. TVE ha cambiado su
oficialismo de izquierdas por otro de derechas, biológicamente incapaz
de ofrecer cualquier porosidad de debate, TV3 sigue donde estaba, es
decir donde el gobierno de la Generalitat quiere que esté, y las
privadas se las ven y se las desean para conseguir ser más chabacanas
que las públicas.
No obsesionarse con las leyes
Es pues el momento de la televisión local, pero hay que pensar bien las
cosas. El modelo que ahora se imponga condicionará la vida comunicativa
de varias décadas.
Hay que aprovechar la actual ley que favorece una alternativa
municipalista, pero no hay que obsesionarse con el marco legal ya que en
el campo de la comunicación la legislación siempre ha ido por detrás de
la realidad.
Trece años tardaron las radios municipales en disponer de una ley que
las regulara. La Corporación Catalana de Ràdio i Televisió o la COM
Radio todavía están intentando conseguir la legalización plena de sus
emisiones.
Además, la tecnología va tan deprisa que las regulaciones en este campo
quedan rápidamente desfasadas.
Catalunya ha desarrollado en los últimos 30 años un denso y rico tejido
de comunicación local. Primero fue la prensa comarcal y local, que a
pesar de su carácter popular se ha mantenido en el ámbito privado y de
las entidades.
El caso de la radio fue muy diferente. Nacieron al mismo tiempo que lo
hacían los ayuntamientos democráticos y se apoyaron en éstos, marcando
su carácter público y municipalista.
A pesar de la gran labor realizada, su gestión ha sido muy
conflictiva en los municipios más habitados, donde los presupuestos no
permitían mantener unas estructuras que se hinchaban demasiado. Además,
han chocado con la evidencia de que siempre casa mal el estatuto de
funcionario con el trabajo periodístico.
Pocas pero variadas experiencias
Hasta ahora la televisión local en Catalunya sólo ha vivido experiencias
muy localizadas y de poca continuidad. No pasan de una docena los
canales que se pueden considerar consolidados.
Hay que destacar casos como el de Cardedeu, con una televisión fruto de la iniciativa popular y con una gran participación que ya lleva 15 años funcionando, el de Granollers con un importante grado de eficacia y profesionalidad, iniciativas municipales como la de Canal Blau en Vilanova, experiencias ligadas a la formación como la Layret Televisió de Vilafranca o canales privados sin finalidad de lucro como el de Mataró.
La experiencia de Barcelona, aún que con muchas contradicciones, ha
intentado unir la profesionalización con la experiencia de
descentralización que representaban las televisiones de distrito.
Ahora es el momento de la televisión local, pero es muy importante que
saque las lecciones de todo lo que se ha vivido hasta ahora.
Uno de los peligros es levantar expectativas desmesuradas. No todos los pueblos y ciudades pueden tener una televisión, se requiere o recursos económicos o una fuerte base de voluntariado, sin ninguna de estas condiciones no hay que perder el tiempo.
La televisión favorece la comunicación y da cohesión a una comunidad, pero también requiere una organización y unas inversiones complejas que hacen que no en todas las localidades sea la mejor alternativa.
En muchos lugares será más efectivo hacer una buena radio o una buena
revista que embarcarse en un mal canal televisivo. La televisión es un
derecho, no una obligación.
Un modelo por municipio
Habrá tantos modelos de televisión local como localidades decidan
tenerla. En cada municipio deberá adaptarse a su realidad. Pero es fácil
prever tres grandes tendencias. La de las localidades de menos de 25 ó
30 mil habitantes, muy basados en fórmulas voluntaristas; el modelo más
profesionalizado de las ciudades que superan estos habitantes y
Barcelona que, por sus características, es un caso aparte.
Sea como sea la televisión local ha de serlo de verdad. No debe ser la
excusa para crear los repetidores de nuevas redes. Aunque tampoco deben
excluirse las formas federalizantes y que desde la libertad de cada uno
se decida participar en proyectos de ámbito superior.
La información, la creatividad y la participación han de ser la base de
estos canales. Una programación muy ligada a la localidad pero con
mentalidad abierta al mundo y al debate. Ha de ser una televisión para
ser vista, no una plataforma sociocultural. Es mejor producir poco y de
buena calidad, que mucho y malo.
Ser diferentes
La garantía de supervivencia de estos canales está en que consigan ser
diferentes. Concursos, reality shows y películas hay en todas las
cadenas e, inevitablemente, mejor hechos. Sin embargo en información de
calidad de la localidad nadie más podrá competir. Es este el elemento
que ha de marcar la identidad.
La originalidad de la televisión municipal ha de ser que sólo habla de
la ciudad y de todo aquello que afecta a sus habitantes, que también son
los temas de Catalunya, España, Europa y el mundo, pero siempre desde el
punto de vista local.
Con la gente
La información no hay que entenderla sólo como las noticias puntuales
del día o las convocatorias de actos, detrás de la actualidad muchas
veces no se puede distinguir la realidad.
La televisión ha de ser una ventana de las actividades artísticas, culturales, políticas, sociales y deportivas que nacen en la población, así como el punto de debate y de acceso fácil para los ciudadanos.
Ha de recoger la vida cotidiana, el transporte, las escuelas,
el trabajo, los mercados, la sanidad o la meteorología, y todo desde una
visión humanizadora y solidaria de la información.
En los reportajes se ha de recoger la voz y la imagen de muchos
ciudadanos, no sólo de aquellos que tienen un grado de representatividad
política o social, sino también de la gente que nunca sería protagonista
en ninguna otra televisión.
Se han de buscar los vínculos afectivos entre la televisión y la ciudad.
Tanto por la presencia constante en la calle como por su participación
en campañas cívicas.
Ha de promover todas las iniciativas que permitan la interactividad y la bidireccionalidad. Dar la voz a los ciudadanos siempre que sea posible, que hagan preguntas, que puedan visitar los estudios y participar en los programas.
La gente ha de hacerse suya la televisión, que también ha de ser un
instrumento de promoción de la ciudad, así como de sus actividades
comerciales y empresariales.
Proximidad y calidad
Además de proximidad, esta televisión también ha de ofrecer calidad
periodística y técnica. Se ha de conseguir un estilo propio de contar
las cosas, con unos contenidos nunca sectarios, y respetuosos con todas
las opiniones, pero beligerantes en la denuncia de las injusticias.
Su sonido y su imagen ha de estar estandarizado con el de las otras
cadenas. Si técnicamente el audio y el video no son iguales a los demás,
los espectadores se cansarán una vez pasada la curiosidad inicial.
La audiencia no ha de ser una obsesión, pero no hay ningún medio de
comunicación que no busque el máximo de lectores, oyentes o
espectadores. Por tanto hay que pensar en quién estará mirando, en sus
intereses, y en el mejor lenguaje para que pueda entendernos.
Con una fuerte competencia entre cadenas de televisión, donde se juegan
miles de millones, sería un objetivo suicida plantearse conseguir
espectadores que sólo vean la televisión local.
Es la cultura del zapping la que permitirá subsistir a estos canales
que tendrán que aprovechar todos los resquicios que deja el panorama
audiovisual y, sin duda, el principal es el de la especialización en
cuestiones locales. Ha de ser, por tanto, una televisión temática que se
plantea como complementaria.
Es por esto que su programación se ha de repetir muchas veces para hacer
posible que los ciudadanos puedan seguirla en diferentes momentos de la
jornada o de la semana. Una fórmula que hace que la audiencia no se
concentre en un horario determinado, pero los programas la van
acumulando gracias a la multidifusión.
Queda poca publicidad
La televisión es más cara que la radio o la prensa. En estos momentos se
hace difícil pensar en lugares de Catalunya con mercado suficiente como
para que un canal local pueda ser un negocio, si alguien tiene interés
en invertir en televisiones locales es porque está pensando en una red.
Todas las programaciones que quieran realmente ser locales serán
deficitarias porque no hay recursos suficientes para financiar esta
nueva alternativa, ya que el tejido industrial y comercial catalán ha
sido muy explotado por la publicidad. Para cualquier empresario será
difícil participar en un proyecto privado, porque es una aventura con
muy pocas garantías.
Sin embargo la televisión es muy golosa y es posible que lleve a la
ruina a unos cuantos atrevidos. Algunos serán aspirantes a Berlusconi,
incluso puede triunfar algún proyecto populista o realizado con
productos de segunda mano o fórmulas de teletienda, difícilmente lo
conseguirán con una programación local.
Por todas estas cosas hay que plantearse la televisión local como un
producto público o, como máximo, semipúblico. Quienes quieran
aventurarse han de pensar que será muy difícil pasar de un 30 ó 40 por
ciento de financiación publicitaria y que el resto deberá ser subvención
a fondo perdido.
Será más sencillo mancomunar servicios entre diferentes municipios que
lanzar proyectos de televisiones comarcales.
Ni la ley favorece el ámbito supramunicipal, ni será fácil poner de
acuerdo a las diferentes localidades para hacer una televisión conjunta.
Aquí las diputaciones y la Generalitat deben jugar un papel en el
asesoramiento y coordinación de los proyectos locales.
Primero, austeridad
En el caso de las localidades con más recursos, que siempre serán
escasos, conseguir una buena gestión quiere decir profesionalizar la
estructura básica. Y aunque el servicio sea de titularidad municipal se
puede dejar parcelas a la gestión privada.
Sea cual sea la fórmula conviene trabajar sobre bases de austeridad y de
gran aprovechamiento de los recursos. Conviene desarrollar proyectos muy
gradualistas, garantizando la viabilidad y por tanto la continuidad.
No se trata de hacerlo todo de golpe. Hay que ir construyendo. Primero
es muy importante mantener e impulsar una campaña para que se sintonice
el canal en el televisor.
No se ha de olvidar nunca que se trata de una televisión local para no
caer en planteamientos faraónicos.
Se ha de pensar en una estructura ligera y flexible que permita un
replanteamiento en cualquier momento. Así pues, hay que establecer las
bases de un proyecto ampliable, que en un período de cuatro o cinco años
llegue a su pleno desarrollo.
Una de las bases de la estructura organizativa es la polivalencia de los
que han de trabajar. Un trabajo en el que intervienen funciones muy
diferentes y que requiere que todos estén dispuestos a realizar las que
saben hacer y a aprender las que todavía no conocen.
La confusión del cable
El cable está provocando mucha confusión: No es más que un sistema de
transmisión, como lo es también el satélite. Lo importante es disponer
de una programación para hacerla llegar al máximo de personas y después
buscar los sistemas que favorezcan una mayor penetración.
Por el momento la vía hertziana es la única que nos garantiza llegar a
todas las casas. Si tenemos una programación que llegue por las
tradicionales antenas no habrá ningún problema para pasarla por cable,
ni tampoco ninguna incompatibilidad para simultanear los dos sistemas.
El problema del cable es que se trata de un sistema de pago y lo que
nunca consiguen las cosas que se han de pagar es llegar a todo el mundo.
Ciudades que tienen cable desde hace más de 10 años no han conseguido
superar un 30 por ciento de abonados.
De lo que no hay duda es que la apuesta del Gobierno del Partido Popular
de dar prioridad a la televisión digital por satélite , sacrificando al
cable, no favorecerá el desarrollo del ámbito local.
Internet contra Zeus
Pero la alternativa prometeica tiene otros recursos. Internet es la gran
esperanza. En la medida en la que esta red de redes se haga masiva puede
ser el mejor aliado de lo local.
Se trata de un sistema barato de transmisión de textos, imágenes y
sonidos y que se está convirtiendo en el cuarto medio de comunicación, y
que además permite la mayor interactividad y personalización de los
contenidos que nunca se haya conseguido antes.
Nos lo dice la mitología: Prometeo es el símbolo de la rebelión de los
hombres contra los dioses. Consigue engañar a Zeus y aportar a la
humanidad beneficios que los dioses le niegan.
Antoni Esteve - http://www.lafactoriaweb.com
Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría*
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