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Pero el concepto actual de ciudadano está ligado a la constitución
del Estado moderno. Es el Estado el que vincula ciudadanía con
nacionalidad. El ciudadano es el sujeto político. El poseedor de un
estatuto que le confiere, además de derechos civiles y sociales, los
derechos de participación política. Se es ciudadano de un país, no de
una ciudad. Se es ciudadano porque se posee una nacionalidad, regulada
por un Estado y solamente vale este estatuto en el ámbito de ese Estado.
En la actualidad este concepto de ciudadanía no parece suficiente para
integrar las nuevas demandas democráticas. Porque precisamente el
concepto de ciudadano se refiere a una realidad dinámica. La ciudadanía
se ha ido ampliando como resultado del desarrollo social y civil del
Estado democrático. El estatuto de ciudadano en la segunda mitad del
siglo XX es a la vez resultado del progreso civil (extensión hacia las
mujeres y los jóvenes), social (Estado del Bienestar) y político
(mecanismos de participación y representación más amplios y eficientes).
Pero parece evidente que este progreso ha entrado en crisis. Por una
parte, en el ámbito del Estado-nación se produce la dificultad de
mantener el Estado del Bienestar o de completarlo si existe sólo a
medias. Se constata la falta de credibilidad y de capacidad de
representación de los partidos políticos, la burocratización de las
instituciones públicas, la multiplicación de las exclusiones. Por otra
parte se crean nuevas uniones políticas y económicas supraestatales, más
o menos intergubernamentales, la globalización económica genera
situaciones asimétricas en la conflictividad social, que deviene poco
productora de ciudadanía en tanto que la revolución informacional induce
procesos dualizadores de los "in" y los "out".
En consecuencia, en la medida que la ciudadanía es para la gente lo que
la democracia es para la organización política, no es posible separar
progreso democrático de desarrollo de la ciudadanía, el cual tiene dos
frentes abiertos.
El marco estatal en el que hay que defender los derechos adquiridos,
ampliarlos a nuevos ámbitos y extenderlos al conjunto de la población. Y
el marco supraestatal, en el cual hay que definir nuevas dimensiones de
la ciudadanía, tanto por lo que se refiere a las uniones políticas y
económicas "regionales" como al sistema económico e informacional
mundial.
El funcionamiento del sistema financiero, la Organización
mundial del comercio y el Acuerdo multilateral de las inversiones son
ejemplos de una mundialización sin democracia. Como lo son el mundo de
las telecomunicaciones y el de las alianzas político-militares. En tanto
que la inmensa mayoría de la humanidad tiene derechos restringidos para
circular, informarse o trabajar. Y posibilidades cuasi nulas de
controlar, estar representado o participar en los procesos
característicos de la globalización.
En este artículo no nos referimos al conjunto de cuestiones planteadas
en esta Introducción, sino únicamente al devenir de la ciudadanía en el
marco de la Unión Europea. Aunque sean un ámbito y una perspectiva
parciales, tienen la doble ventaja de referirse al "montaje"
supraestatal posiblemente más desarrollado y permiten, en consecuencia,
avanzar propuestas relativas a una ciudadanía supranacional, o, mejor
dicho, a la dimensión supranacional de la ciudadanía, sin que estas
propuestas sean utópicas.
Por otra parte el marco europeo es aquel en el que se manifiesta con más
claridad una de las aparentes paradojas de la globalización: la
importancia adquirida nuevamente por lo local tanto desde su dimensión
institucional, como desde la sociedad civil.
Las ciudades no tienen competencia para transformar la ciudadanía,
ligada al Estado y a la nacionalidad, y ahora también a la Unión
Europea. No obstante, existen tres razones que justifican su implicación
en el proceso de configuración de la ciudadanía europea:
Una razón histórica: la ciudad europea se encuentra en el origen de
nuestra cultura política, democrática, de una concepción igualitaria de
sus habitantes, del derecho como base de la autoridad y de la
coexistencia de la sociedad como comunidad de hombres y mujeres libres.
Una razón social: la ciudadanía europea se concreta en un conjunto de
derechos cívicos y sociales, que requieren instituciones y políticas
públicas que las materialicen y las hagan realidad en la proximidad y,
por tanto, en las ciudades y las regiones.
Una razón política: las autoridades locales, doblemente legitimadas por
su representatividad política y por su proximidad con las problemáticas
sociales, culturales y con los ciudadanos en particular, son más capaces
y sensibles para contemplar el conjunto de derechos y de deberes que
podrían formar parte de un concepto ambicioso de ciudadanía europea.
¿Qué es la ciudadanía?
En la década de los noventa se ha puesto de actualidad un viejo y nuevo
concepto como es el de "ciudadanía". ¿Qué razones explican la
sorprendente actualidad de dicho concepto?
Sin duda son varias las razones que probablemente se podrían presentar
para explicar este fenómeno. Sin embargo, una parece constituir el
elemento fundamental entorno a la que giran las demás: la necesidad, en
las sociedades postindustriales, de generar entre sus miembros un tipo
de "identidad" en la que se reconozcan y que les haga sentirse
pertenecientes a ellas, porqué este tipo de sociedades muestran
claramente síntomas de un déficit de adhesión por parte de los
ciudadanos al conjunto de la comunidad, y sin ésta adhesión resulta
imposible responder conjuntamente a los retos que a todos se plantean.
Entre las distintas posiciones de debate de las últimas décadas
(liberales vs. comunitarios, universalistas vs. contextualistas...)
surge, entre la teoría y la práctica, una tercera opción, que es la del
concepto de ciudadanía.
En principio parece claro que la realidad de la ciudadanía, el hecho de
saberse y sentirse ciudadano de una comunidad, puede motivar a los
individuos a trabajar por ella.
Así, podemos ver que en el concepto de ciudadanía se encuentran dos
cuestiones clave: un aspecto racional, según el cuál una sociedad debe
ser justa para que sus miembros perciban su legitimidad, y un aspecto de
sentimiento en tanto que la ciudadanía refuerza los lazos de
pertenencia, de identidad.
Parece pues, que la racionalidad de la justicia y el sentimiento de
pertenencia a una comunidad concreta deben ir unidos si queremos
asegurar ciudadanos plenos y a la vez una democracia sostenible.
De acuerdo con lo expuesto, la ciudadanía es un concepto mediador porque
integra exigencias de justicia (derechos y deberes) a la vez que hace
referencia a los que son miembros de la comunidad. Sin embargo la
ciudadanía es un concepto complejo que abarca diversos aspectos.
Podríamos acordar varias dimensiones: la ciudadanía política, la
ciudadanía social, ciudadanía cívica, ciudadanía intercultural, etc.
Ciudadanía política
La ciudadanía es, en primer lugar, una "relación política" entre un
individuo y una comunidad política, en virtud de la cual es miembro de
pleno derecho de esa comunidad y le debe lealtad mientras disfruta de
ella. En la actualidad, la ciudadanía supone un estatuto jurídico que
atribuye un conjunto de derechos políticos, civiles y sociales a los
sujetos que la disfrutan, ya sea por nacimiento o por la adquisición
posterior de esta ciudadanía. Así, la ciudadanía permite ejecutar, al
menos teóricamente, el conjunto de roles sociales que permiten a los
"ciudadanos" intervenir en los asuntos públicos (votar o ser elegido,
participar en organizaciones políticas y sociales, ejercer plenamente
las libertades y los derechos reconocidos por la ley).
La ciudadanía se basa, por un lado, en un atributo que reconoce o
concede el Estado. Por otro, parte dl supuesto que los ciudadanos
comparten unos valores y una pautas de comportamiento que permiten la
convivencia entre ellos y les dota de una identidad colectiva
específica.
Este concepto de ciudadanía se ha forjado entre el siglo XVIII y XX
mediante un proceso acumulativo. En una primera etapa, los ciudadanos
son aquellos a los que se les reconoce un conjunto de derechos y
libertades individuales, de naturaleza civil (especialmente de carácter
económico).
En el siglo XIX la ciudadanía adquirió un carácter predominantemente
político. Los ciudadanos eran aquellos que gozaban de la plenitud de
derechos políticos.
La construcción de la ciudadanía por lo tanto ha sido un proceso
vinculado a la consolidación del denominado Estado-nación y al
progresivo establecimiento, en este marco, de la democracia
representativa.
Derechos sociales, de las mujeres y culturales
En el siglo XX la ciudadanía ha adquirido un nuevo contenido: el social.
Ser ciudadano hoy es tener derecho a recibir educación y asistencia,
prestaciones sociales diversas, servicios públicos subvencionados,
salario reglamentario, protección laboral, etc. En suma, los podemos
llamar como derechos humanos, económicos, sociales y culturales.
La ciudadanía moderna es también un resultado del desarrollo económico y
social del siglo XX que ha configurado el Estado del Bienestar.
Hasta aquí hemos visto la dimensión política y social de la ciudadanía,
el ser humano no sólo es sujeto de derechos de las dos primeras
generaciones (ciudadanía política y social). Es sobre todo miembro de la
sociedad civil, parte de un conjunto de asociaciones no políticas ni
económicas, esenciales para su socialización y para el cotidiano
desarrollo de su vida.
Ciertamente, la importancia de la sociedad civil no es poca,
sobre todo si tenemos bien presente que el conjunto de procesos
constitutivos de la ciudadanía no ha sido automático, derivado de un
progreso moral ineludible, o del desarrollo inercial en las
instituciones públicas, o un efecto milagroso del mercado. La
construcción de la ciudadanía ha sido el resultado de múltiples
conflictos. De conflictos sociales, de confrontaciones de valores, de
enfrentamientos políticos. Y también de conflictos entre las propias
instituciones del Estado.
Sobre la ciudadanía, hoy
Hoy, la ciudadanía se enfrenta a un doble desafío. Por una parte, hay
factores que ponen en cuestión los contenidos de la ciudadanía
adquirida. Por otra, nuevos fenómenos plantean la necesidad de ampliar
los contenidos y renovar el concepto de ciudadanía.
Entre los factores que cuestionan la ciudadanía los más importantes son
los que resultan de la crisis de los Estados del Bienestar y del aumento
persistente del desempleo. En los países europeos una parte de la
población (que tiende a crecer) pierde progresivamente sus atributos
ciudadanos: no vota, no tiene trabajo, vive en zonas marginales, se
siente excluida de las instituciones, no está conectada con el progreso
de las redes de comunicación: está "fuera", que es peor que estar abajo.
Esta situación se agrava porque entre los ciudadanos con posibilidad de
ejercer "sus derechos", el temor a quedar fuera les estimula los
comportamientos corporativos e insolidarios; la intolerancia y la
xenofobia.
A lo dicho hay que añadir que una parte significativa de la población no
pierde la ciudadanía porque nunca la ha tenido: son los extranjeros.
Muchos ilegales (total o parcialmente, por ejemplo los que pueden
residir, pero no trabajar). Otros legales, pero con derechos limitados.
Entre los factores que inciden a una ampliación del concepto de
ciudadanía cabe citar:
La necesidad de regular derechos "universales" que garanticen a la
población la protección del medio ambiente, el acceso a las nuevas
tecnologías de comunicación y la posibilidad de utilizar los "servicios
de interés general", pero de gestión privada.
La redefinición "femenina" del concepto de ciudadanía, pues subsisten en
importantes factores de desigualdad jurídica, social, política y
cultural entre los géneros (por ejemplo derechos económicos, de acceso a
determinadas instituciones, etc.)
La expansión de la ciudadanía a los "no nacionales" (es decir "no
comunitarios"), bien a través del acceso a la nacionalidad, de la
multinacionalidad o de la separación entre ciudadanía y nacionalidad.
La identidad cultural como componente de la ciudadanía. El derecho a la
lengua y a la cultura propias del grupo o de la comunidad de origen,
sean de base territorial o étnica, al patrimonio histórico y a la
memoria colectiva, a la educación y a los medios de comunicación
propios, a constituir asociaciones y a participar colectivamente en la
vida política. Es hoy una contraparte ciudadana a la globalización.
El derecho a la ciudad. La suburbanización, el deterioro de zonas
urbanas, la exclusión, niegan hoy derechos básicos ciudadanos: la
integración económica, la participación política, la socialización
cultural, la seguridad personal, el acceso al empleo, la movilidad y el
reconocimiento por parte de los otros. La ciudad incluye viviendas y
servicios, pero es mucho más.
La necesidad de la ciudadanía europea
Se ha enfatizado tanto la importancia, incluso la urgencia, de
formalizar la ciudadanía europea que parece casi innecesario argumentar
al respecto.
Resumamos de todas formas algunos de los principales argumentos en favor
de dotar de formalización eficiente y de contenido material a una
"ciudadanía europea" que hoy es más deseo que realidad.
Ante todo el desfase entre el nivel de integración económica y el de
integración política reduce considerablemente el grado de legitimidad y,
por lo tanto, de eficacia de los acuerdo, las normas y las decisiones de
los órganos comunitarios.
El tan citado déficit democrático, o la débil representatividad de las
instituciones europeas agrava el problema de la legitimidad y establece
una distancia casi insalvable entre los ciudadanos de cada país de la
Unión Europea y la Unión Europea.
Por descontado que si la representatividad falla, la dimensión
participativa de la democracia es prácticamente inexistente. Excepto los
referéndum nacionales (en algunos países) los momentos de debate y de
información, de movilización social, sobre la construcción europea, han
sido rarísimos.
La casi inexistencia de un espacio comunicacional europeo, la reducción
a minorías (importantes, pero minorías) del espacio cultural y educativo
y la diversidad ling¸ística acelera la dificultad para construir una
identidad sociocultural europea.
Falta un proyecto político-ideológico movilizador y legitimador y unos
referentes institucionales y jurídicos, algo así como
supraconstitucionales, que proporcionen el ámbito de desarrollo de la
ciudadanía europea.
La dimensión social de la ciudadanía europea no puede quedar por debajo
de los contenidos ya adquiridos en cada país. No solo debe homologarse
por arriba sino añadir un plus social para que la UE sea aceptable para
el conjunto de los europeos.
No es posible mantener por mucho tiempo una distinción política y
jurídica entre "nacionales", "extranjeros comunitarios" y extranjeros no
comunitarios (residentes que a su vez se dividen entre legales e
ilegales). Los valores "universales" constitutivos de la cultura
política europea exigen la igualdad política, jurídica y social de todos
los residentes reales.
El Tratado de la UE (Maastricht 1993, a partir de ahora TUE) establece
una base político-legal de "ciudadanía europea". Pero entendida
únicamente como un complemento de la nacionalidad. Es decir solamente
son "ciudadanos europeos" los nacionales de un Estado de la UE. Y la
ciudadanía consiste en que obtienen algunos de los derechos en el
conjunto de los Estados de la UE, que eran exclusivos de los
"nacionales".
¿Existen las bases politico-legales de la ciudadanía europea?
La ciudadanía europea formal hoy consiste en:
Derecho a circular, residir y trabajar en cualquier país de la UE. En la
práctica es un derecho limitado por el rol del Consejo Europeo y las
legislaciones nacionales, que imponen condiciones de seguros sociales,
disponibilidad de recursos económicos, titulación profesional, etc.
Derecho a votar y a ser elegido en las elecciones locales y en las
elecciones al Parlamento Europeo. Una disposición importante, pero por
ahora poco efectiva. En el Parlamento Europeo es excepcional la
presencia de un diputado elegido en un país distinto al suyo (ahora hay
un holandés residente en Alemania).
En cuanto a las elecciones locales lo menos que puede decirse es que
los gobiernos nacionales no han sido muy diligentes en tomar las medidas
para hacer efectivo este derecho y cuando lo han hecho han impuesto
restricciones (por ejemplo en Francia los extranjeros comunitarios
pueden ser concejales pero no ocupar cargos ejecutivos, ni de Alcalde,
ni de Teniente de Alcalde o "adjoint").
Derecho de petición. Acceso al mediador europeo. Procedimientos poco
conocidos y utilizados actualmente.
Reconocimiento y homologación de la participación política. Se establece
la posibilidad de una regulación uniforme de las elecciones
parlamentarias europeas (actualmente competencia exclusiva de los
Estados), así como el reconocimiento de los partidos políticos de ámbito
europeo (o superestructuras de coordinación de las cúpulas o de
formación de grupos en el Parlamento Europeo).
Por último, se abre una puerta a la extensión de la ciudadanía europea
por medio de acuerdos unánimes del Consejo Europeo, según propuesta de
la Comisión y previo Informe del Parlamento Europeo. El Consejo Europeo
(formado por los representantes de los gobierno nacionales) hasta ahora
es la institución europea menos proclive al desarrollo de la ciudadanía
(recuérdese que no aceptó la propuesta española, más ambiciosa, de 1990
ni de la comisión, de 1991, que se inspiraba y reducía la anterior). El
Tratado de Amsterdam refuerza algunos de los derechos individuales con
nuevas disposiciones:
Derechos fundamentales: "La Unión se basa en los principios de libertad,
democracia, respeto a los derechos humanos y de las libertades
fundamentales, así como del Estado de Derecho".
Desde ahora, los ciudadanos europeos pueden recurrir ante el
Tribunal de Justicia, en Luxemburgo, los actos de las instituciones que
consideren contrarios a los derechos fundamentales. Si el Consejo
Europeo constata la existencia "de una violación grave y continuada" de
dichos principios por parte de un Estado miembro, puede sancionarlo con
la suspensión de algunos de sus derechos, derecho de voto inclusive. Del
mismo modo, la UE puede adoptar medidas necesarias para combatir
"cualquier discriminación basada en razones de sexo, raza, origen
étnico, religioso y creencias, discapacidad, edad u orientación sexual".
Derechos de los consumidores: "Con el fin de promover los intereses de
los consumidores y un nivel elevado de protección de los mismos, la
Comunidad contribuye a la protección de la salud, de la seguridad y de
los intereses económicos de los consumidores". También garantizará un
nivel elevado de protección de la salud humana en la definición y en la
aplicación de todas las políticas y actividades de la Comunidad".
Derecho a la información: "Cualquier ciudadano de la Unión y cualquier
persona física o jurídica que resida o tenga su sede en un Estado
miembro tiene derecho a acceder a los documentos procedentes del
Parlamento Europeo, del Consejo y de la Comisión", sin perjuicio de los
principios y condiciones que rigen este derecho. Cuando actúa en calidad
de legislador, el Consejo también hace públicos los resultados de las
votaciones y las explicaciones de voto. En resumen, por ahora la base
político-jurídica de la ciudadanía europea es muy débil.
El Estado-nación, cuestionado
Hasta ahora el Estado (el Estado-nación) tenía (tiene) el monopolio de
la definición de la ciudadanía. Sin embargo, el Estado-nación sufre hoy
un triple cuestionamiento.
En primer lugar, la globalización económica y la revolución
informacional ha reducido considerablemente los márgenes de las
políticas económico-sociales públicas.
En segundo lugar, los Estados tienden a integrar una unión política y
económica, que asume una parte de las competencias estatales. La Unión
Europea es el caso más avanzado.
En tercer lugar, dentro de los Estados se producen procesos de
diferenciación y de fractura, que afectan no sólo a la sociedad civil
sino también a las instituciones. Dos procesos son especialmente
importantes.
El desarrollo de los "localismos" y "regionalismos", que tienen
substrato cultural y político, reforzado por instituciones (federalismo,
autonomías, descentralización) y el otro proceso es el auge del
multiculturalismo, o la necesidad de articular la existencia de grupos
sociales con elementos fuertes de identidad específica.
Nos encontramos pues ante la paradoja que un Estado debilitado, del cual
se puede discutir su carácter "nacional", que ha perdido competencias
constituyentes de su soberanía y con una capacidad de regulación
económica reducida, es el único que puede consolidar y ampliar la
"ciudadanía".
Sin negar la necesidad de plantear en el ámbito estatal estas exigencias
parece lógico también proponer a los nuevos ámbitos políticos, tanto los
supraestatales (como la Unión Europea) como a los subestatales (regiones
y municipios) la regulación, la protección y la ampliación de la
ciudadanía.
La crisis de representatividad que aqueja hoy al sistema político
estatal y a los partidos no debiera agravarse hoy a nivel europeo. Al
contrario. Es un desafío a la innovación democrática, que tenga en
cuenta los nuevos actores sociales, las nuevas problemáticas y las
nuevas posibilidades de participación.
Jordi Borja - Publicado Originalmente en la revista cuatrimestral la factoría* http://www.lafactoriaweb.com
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