Tecnología y competitividad como reto venezolano

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Resumen
La competitividad entendida como un fenómeno socioeconómico busca alcanzar estándares superiores de calidad de vida, que dependen de múltiples factores, como parte de la responsabilidad compartida de todos los actores sociales, el sostenimiento de la misma esta sujeto a niveles de productividad elevados.

La tecnología es un factor determinante para alcanzar la competitividad y productividad, su uso adecuado es aun más importante cuando está ligado a una ventaja competitiva. Venezuela es un país con abundancia de recursos naturales y humanos, pero eso no ha bastado para asegurar su prosperidad y competitividad. En este sentido, es importante presentar a discusión los resultados de una investigación teórica que tiene como objetivo profundizar sobre los aspectos más relevantes del concepto de competitividad, tecnología y competencia; así como realizar una breve reseña sobre el entorno económico y competitivo en Venezuela. Con la finalidad de generar algunas reflexiones y consideraciones al respecto.

Introducción

El reto de gran parte de los países subdesarrollados del mundo, incluyendo Venezuela, es desenvolverse en un contexto que exige crecimientos exponenciales como resultado de los desarrollos no alcanzados por buena parte de esas naciones durante el siglo XX.

La realidad apremiante del ambiente global es la era de la competencia y de la información, el desafió de los negocios es la necesidad de mejorar significativamente la productividad; tal como lo predijo Drucker (1993), la productividad dominará el ambiente gerencial durante décadas, determinado el desempeño competitivo de las empresas, la calidad de vida en cada país y la verdadera estructura de la sociedad.

Desde esta perspectiva, el problema central del desarrollo económico de estos tiempos ha sido cómo crear las condiciones para el crecimiento rápido y sostenido de la productividad. Instituciones políticas y legales estables y políticas macroeconómicas sólidas crean el potencial para mejorar la prosperidad nacional. Sin embargo, la riqueza se crea, de hecho, a nivel microeconómico; en la capacidad de las empresas de crear bienes y servicios valiosos utilizando métodos productivos.

Dentro de este contexto, la tecnología es determinante en la productividad y competitividad empresarial. Como es sabido el desarrollo de la tecnología abarca todas las actividades para diseñar un producto (herramientas, procesos, materiales, etc.), así como para idear y mejorar la forma de llevar a cabo las diversas actividades de la cadena de valor; cada una de las actividades realizadas por una empresa requiere una tecnología o tecnologías, que pueden ser sofisticadas o banales, y cada empresa posee un determinado know-how sobre la forma de ejecutar cada actividad (Porter, 2006).

La teoría económica considera la tecnología factor determinante para entender por qué crecen o no las economías, los sectores económicos y las empresas. Argumentos y estadísticas permiten comprender y sopesar la significación económica de la tecnología. Ha quedado asentado que la economía es una actividad intensiva en la tecnología o, para decirlo de manera general, intensiva en conocimiento (Viana y Cervialla, 1998).

En el estudio Costo Venezuela, publicado por el Consejo Nacional de Promoción de Inversiones (CONAPRI), conjuntamente con la Corporación Andina de Fomento (CAF), expresan al respecto que “la capacidad económica de un país radica en la competitividad de sus empresas y en la capacidad de éstas para desarrollar nuevos productos e incorporar nuevas tecnologías que permanentemente aumenten la eficacia de sus procesos productivos, dependiendo esta capacidad de la calidad del capital humano y de las decisiones de inversión de sus empresarios” (Citado por Fuenmayor, 2004).

Con es sabido la abundancia de recursos naturales y humanos no ha bastado para asegurar la prosperidad y competitividad del país, son otros elementos que entran en juego, tales como: gestionar y dinamizar de los factores productivos. Aunque se han hecho avances en muchos frentes, existen diversas condiciones que han frenado el crecimiento y desarrollo sostenido.

En este orden de ideas, el objetivo de este trabajo es analizar a partir de la investigación teórica los aspectos más relevantes del concepto de competitividad, tecnología y competencia; así como realizar una breve reseña sobre el entorno económico y competitivo en Venezuela, con el objeto de esbozar algunas consideraciones al respecto.

Definición de Competitividad

La competitividad es la capacidad de competir con otros y superarlos con el logro de resultados exitosos, manteniendo ventajas comparativas que permitan alcanzar, sostener y mejorar una determinada posición en el entorno socioeconómico. Dentro de este contexto, a continuación se distinguen la competitividad de una empresa y la competitividad de un país.

La competitividad de una empresa, es su capacidad para suministrar bienes y servicios iguales o más eficaces y eficientes que sus competidores; por lo general se refiere a las ventajas basadas en una mayor productividad (rentabilidad, cociente de exportación, participación de mercado) (Enright y Otros, 1994). Para una empresa del sector transable de la economía esto significa lograr el éxito sostenido en los mercados internacionales sin contar con protecciones o subsidios. Por su parte en el sector no transable, la competitividad se refiere a su capacidad para alcanzar o superar las mejores empresas del mundo, en costos y calidad de bienes y servicios.

La competitividad influye en la forma de plantear y desarrollar cualquier iniciativa de negocios dirigida a generar una evolución positiva en la organización. Existen dos tipos de ventajas competitivas: una por costos relativamente más bajos, otra por diferenciación de su capacidad para realizar actividades de su cadena de valor a un costo menor que sus competidores o de un modo original diferente de ellos (Porter, 2006).

La ventaja competitiva de una empresa, según Datos Information Resources (2004) se basa en sus habilidades, recursos, atributos y conocimientos del mercado y competidores; no es un producto ni surge de manera espontánea, es necesario crearla, mediante un proceso de aprendizaje que involucra a todos los miembros de la organización: accionistas, directivos, empleados, clientes y proveedores. Para ello debe considerar que existen dos niveles de competitividad, el interno y el externo.

El nivel de competitividad interno se refiere a la capacidad de la organización para lograr un máximo rendimiento con los recursos que tiene disponibles como personal, capital e inventario. En pocas palabras, la empresa debe competir con ella misma, con un continuo esfuerzo de superación. La competitividad externa se refiere a los logros de la organización en el contexto del mercado en que compite. En ésta se deben considerar variables exógenas como el nivel de innovación y de tecnología, el dinamismo del sector y la estabilidad económica.

Una vez alcanzado el grado de competitividad externa deseado, se debe mantener la competitividad futura con la generación de nuevas ideas y servicios que faciliten la búsqueda de nuevas oportunidades de mercado.

Para un país, la competitividad se traduce en la posibilidad que tienen sus ciudadanos para alcanzar un nivel de vida elevado y creciente. En la mayoría de los países, el nivel de vida está determinado por la productividad con la cual se utilizan los recursos nacionales, el producto por unidad de trabajo o capital utilizado. Un nivel de vida elevado y creciente para todos los ciudadanos de un país puede sostenerse, únicamente, por medio de mejoras continuas en la productividad en los negocios existentes o incursionando exitosamente en negocios de mayor productividad (Enright y Otros, 1994).

El nivel de vida de un país depende cada vez más de la competitividad de sus empresas. Los países tienen éxito, según Porter (1990) en industrias en las cuales los factores involucrados (capacitación, capacitación tecnológica, infraestructura física y de negocios, tierra, mano de obra, recursos naturales, capital, conocimiento y pericia) brinden incentivos, presiones y capacidades necesarias para innovar y mejorar las ventajas competitivas de una empresa.

En este sentido, Fuenmayor (2004) plantea que la competitividad es más que un concepto económico, es un proceso social que depende de las interrelaciones de un entorno determinado, donde equilibrios macroeconómicos, estabilidad política, políticas públicas, educación, cultura, oportunidades, iniciativas, infraestructura, salubridad, recursos naturales y ubicación geográfica conforman una unidad que debe ser optimizada y armonizada, por ello las condiciones de competitividad de un país son una responsabilidad compartida que debe ser asumida por todos los actores sociales.

A pesar de las controversias existentes con relación a la globalización, y sus consecuencias, dicho proceso ha incentivado un creciente interés por determinar cuáles son los factores que hacen que un país sea competitivo a nivel internacional. Si bien han surgido múltiples explicaciones para responder la interrogante de por qué los países son más o menos competitivos, el problema es que, en general, sólo resultan válidas para situaciones particulares y no existe una visión única aceptada en términos amplios. Un parámetro importante del éxito contemporáneo ha pasado a ser el desempeño relativo de otras economías, especialmente las que se encuentran en niveles comparables de desarrollo económico y las que comparten fronteras geográficas.

Tradicionalmente se ha visto la competitividad como un fenómeno básicamente de orden macroeconómico y de dotación de recursos naturales, que se relaciona principalmente con la existencia de un tipo de cambio razonablemente alto, una tasa de interés baja, disponibilidad de mano de obra a bajo costo, disponibilidad de recursos naturales y una política industrial estratégica entre otros posibles elementos.

Desafortunadamente, hoy en el mundo existen países con niveles crecientes de competitividad que no cumplen con ninguno de los atributos señalados.

En virtud de la realidad descrita, hoy se reconoce cada vez más que la reforma macroeconómica, y la disponibilidad de recursos naturales, es una condición necesaria pero no suficiente para que un determinado país sea competitivo, ya que tienen igual o mayor importancia los fundamentos microeconómicos del desarrollo representados en el refinamiento de las estrategias de las organizaciones, disponibilidad de recursos (educación, infraestructura, salud, tecnología) y políticas que constituyen el entorno en el que se desempeña la actividad económica de los países. En definitiva, la calidad del ambiente nacional de negocios y la disposición al cambio de los agentes económicos son los elementos claves de éxito.

El aumento de la competitividad internacional de un país constituye actualmente una preocupación central en el diseño de las políticas nacionales de desarrollo productivo. Sin embargo, si bien existe un aparente consenso en cuanto a la importancia de la competitividad internacional, bastante divergentes son las opiniones en cuanto al modo de lograr esta mejoría y, particularmente, en cuanto a los indicadores que la dimensionan. Por otra parte, a los efectos prácticos la misma para ser útil debe ser mensurable.

Un punto en que existe relativo consenso es en el hecho de que un país no puede ser competitivo en todas las actividades económicas. Esta realidad impone un doble desafío, en la medida que invita a realizar esfuerzos para obtener indicaciones de cuáles son las actividades económicas en que ese país podría desarrollarse más, pero, a la vez hace necesario aceptar la realidad de que hay actividades que deben disminuir su tamaño relativo o en algunos casos simplemente desaparecer.

Tecnología y Competencia

La nueva versión del Índice de la Competitividad del Crecimiento usada en el Reporte Global de Competitividad, publicado por el Foro Económico Mundial (citado por Clemente, 2001) en su edición del año 2000, comprende tres índices o indicadores para determinar el nivel de competitividad, a saber: el Índice de Creatividad Económica (ICE), el cual refleja la innovación económicamente efectiva o la transferencia efectiva de tecnología; el Índice Financiero, el cual evalúa el desempeño del sistema financiero y de capital en su contribución al crecimiento a mediano plazo; y el Índice Internacional, el cual considera el mayor grado de integración económica del país con el resto del mundo.

Esta versión destaca el Índice de Creatividad Económica (ICE) donde se avanza en la vinculación de la tecnología con la competitividad, a través de este índice se intenta reunir bajo una sola medida, varios aspectos importantes de la innovación, la transferencia de tecnología y difusión, con las instituciones que facilitan la creación de nuevas empresas ó negocios.

Según Clemente (2001), la experiencia en relación al crecimiento del PIB real per cápita durante los años noventa indica que hay varios caminos que conducen al éxito económico. En relación al tema de la tecnología se tiene que los países pueden vincularse con el motor tecnológico mundial al ser ellos mismos centros de innovación, o también al facilitar la transferencia de tecnología y mediante una difusión rápida de la innovación.

Ambos tipos de países, los innovadores como aquellos países que participan en la transferencia de tecnología han sido exitosos durante la década de los noventa. Adicionalmente, hay evidencias empíricas que sustentan el criterio que un clima favorable a la creación de nuevas empresas, tanto en términos de la disponibilidad de capital de riesgo como de mercados financieros y la falta de barreras administrativas, facilita la innovación y la difusión de innovaciones.

El ICE ha sido diseñado de manera que las economías que son en sí mismas innovadoras, o que procuran activamente atraer transferencias de tecnología tienen niveles superiores del índice en relación a aquellos países que no se especializan en esas opciones de apropiación del conocimiento. Las economías reciben además el crédito por tener instituciones que facilitan el surgimiento de nuevas empresas, ya que a menudo éstas son portadoras de las nuevas tecnologías. Este índice guarda relación con el crecimiento durante los años noventa, antes y después de tomar en cuenta un número de determinantes adicionales del crecimiento.

Al comparar los niveles del ICE con las tasas de crecimiento del PIB real per cápita 1992-1999 se observa que los países de crecimiento más rápido han tendido a ser los que registran puntajes más elevados en el índice de creatividad económica. Si observamos con mayor detenimiento a países con elevados niveles de creatividad económica surge el caso de Irlanda y Singapur los cuales son ejemplos de países que participan en la transferencia de tecnología, mientras que también se encuentran Estados Unidos y Finlandia ejemplos de economías innovadoras. Ambos tipos de países pueden registrar puntajes elevados en el índice.

En el caso de los países andinos el nivel del ICE es muy bajo, ya que estos se encuentran ubicados entre los últimos diez (10) países de la muestra del año 2000 correspondiente a 59 países. Es decir, que en promedio el 83% de los países encuestados estaban por encima de la región aún en los dos sub-índices que componen el ICE. De acuerdo a Sachs (2000) este grupo de países se encuentra entre los excluidos tecnológicos.

Indiscutiblemente, todas las actividades que realiza una empresa están relacionadas con varias formas de tecnología, a pesar que visualmente sea algún tipo de tecnología la que prevalezca en los procesos de producción. La trascendencia de una tecnología a efectos de la competencia incide cuando está ligada a la ventaja competitiva de la empresa o la estructura del sector. En otras palabras, la tecnología influye en la ventaja competitiva si tiene una función importante en la reducción de costos o de la diferenciación.

Según Porter (2006), la tecnología está incorporada en todas las actividades de valor de la empresa (principal y auxiliar) de forma interconectada, así como en las relaciones con los proveedores y compradores; el cambio tecnológico puede afectar la competencia a través de su repercusión sobre casi cualquier actividad. En este sentido, el desarrollo tecnológico puede aumentar o reducir las economías de escala, hacer posible interacciones donde antes no existían, crear la oportunidad de ventajas en materia de oportunidad, e influir casi todos los demás inductores de los costes o la singularidad. Por lo tanto una empresa puede utilizar desarrollo tecnológico para alterar factores de manera que la favorezcan, o para ser la primera y quizás la única empresa en sacar provecho de un inductor concreto.

De acuerdo con el autor antes citado, la relación entre cambio tecnológico y la competencia se suele mal interpretar. En muchos casos se tiene la impresión que competir en sectores de alta tecnología es un pasaporte a la rentabilidad, mientras se mira con desdén otros sectores de baja tecnología. No todos los cambios tecnológicos son estratégicamente beneficiosos; algunos pueden empeorar la posición competitiva de una empresa y el atractivo de un sector. Por lo general, se tiene la impresión que el cambio tecnológico es valioso por sí mismo; se cree que cualquier modificación tecnológica de la cual puede ser pionera la empresa es buena.

La alta tecnología no garantiza rentabilidad, de hecho muchos sectores de alta tecnología son mucho menos rentables que los sectores de baja tecnología.

En Venezuela, algunos expertos indican que las actividades de gestión del conocimiento y la tecnología en el sector empresarial es incipiente, según un estudio realizado por Genatios y Lafuente (2004), sólo el 8% de las firmas consultadas expresó realizar algún tipo de actividad en ese sentido, lo cual significa que son escasas las acciones en este ámbito y su tendencia es hacia la disminución. Situación por demás preocupante, en razón que el país se encuentra en vías de desarrollo y este elemento puede influir significativamente el Índice de Creatividad Económica (ICE).

Según Genatios y Lafuente (2004), en Venezuela las actividades de I + D + I se realizan, principalmente, en las universidades y en algunas instituciones de forma dispersa y sin coordinación; la demanda es nula de los sectores productivos por las actividades de I+D+I y existe una conexión baja con las universidades e instituciones especializadas; es bajo el índice de exportación de productos tecnológicos (3%), lo que denota una deficiente capacitación empresarial para innovar y de interés en incorporar nuevas tecnologías productivas; se presenta una escasa inversión financiera por parte del sector público (<0,5% del PIB) y casi inexistente por parte del sector privado (estamos por debajo de la media regional); es escaso el capital humano altamente capacitado (50% fuerza productiva tiene nivel de instrucción primara).

Igualmente, de acuerdo con los autores antes mencionados, en Venezuela hay ausencia de sistemas de información con indicadores confiables para evaluar la capacidad y productividad de I+D+I; limitaciones de sistemas de apoyo (legales, financieros e institucionales) que promuevan la innovación; es débil el impacto de los resultados de I+D+I en los sectores productivos por la dependencia externa; son pocos investigadores activos (4.000) según los estándares internacionales per capital el recomendado es de 20.000 y escaso nivel de publicaciones científicas (<0,2 por científico anual); hay ausencia de una política que rija los acuerdos de cooperación internacionales; y existe una escasa valoración de la innovación tecnológica por parte de la comunidad académica y el colectivo.

Las empresas venezolanas se han caracterizado, según diversos estudios, en centrar sus actividades de innovación principalmente en la continua mejora de sus procesos. Según Viana y Gomes (2006) esto resulta importante con el fin de reducir costos, pero resulta más importante centrarse en cómo desarrollar esquemas innovadores en el manejo de la demanda, pues las empresas venezolanas tienen más conocimientos y oportunidades en esa área que sus potenciales competidores. De acuerdo con los autores, las innovaciones tendrán que ser necesariamente de naturaleza radical, debido a las características particulares de la demanda y las profundas dificultades que enfrentan las empresas para acceder a los consumidores de escasos recursos, el cual representa un mercado inmenso. Las innovaciones en ambientes empobrecidos pueden mejorar la competitividad de los países del tercer mundo frente a competidores de otras economías.

Contrariamente a lo descrito anteriormente en Venezuela existe un gran potencial para el desarrollo de ideas emprendedoras, especialmente en los estratos más empobrecidos, el informe del Monitor Mundial de Emprendimiento (citado por Fuenmayor, 2004) ubica al país como el segundo más emprendedor, dentro de un grupo de treinta y uno, con el añadido que esta frecuencia se presenta aun más en los estratos D y E de la población. Este fenómeno es de gran importancia para la economía y sociedad, debido a que los emprendedores elaboran nuevas combinaciones de medios productivos para crear productos, penetrar mercados, alcanzar fuentes de suministro o diseñar modelos de organización (Vainrub, 2006).

Esta vocación emprendedora, debe ser estratégicamente canalizada ya que representa una gran oportunidad de inversión y de desarrollo tecnológico empresarial para satisfacer las necesidades de la mayor parte de la población y mejorar su calidad de vida. Estos modelos pueden ser exportados a economías con características similares de la región y sirven de barrera de entrada a los competidores internacionales.

El entorno económico y competitivo en Venezuela

A continuación se presenta de forma general el comportamiento de la industria venezolana durante los últimos 30 años (70-80 y 90) respecto a la economía del país y su competitividad, gracias a los datos aportados por Enright y Otros (1994), Cervilla y otros (2001) y Santos (2006).

Durante los años setenta y ochenta, la política industrial y comercial prevaleciente en la Venezuela en los setenta y ochenta, puede resumirse en inversiones en industrias pesadas controladas por el Estado y de protección a las iniciativas manufactureras de sustitución de importaciones por parte del sector privado. Tal combinación permitió el desarrollo relativamente rápido de una base industrial en los setenta. No obstante la ausencia de presiones competitivas y la politización en el manejo de las empresas estatales, degeneró en una base industrial más bien ineficiente que requería de protección y subsidios para asegurar su viabilidad.

Dentro de este contexto, el desempeño económico durante estas dos décadas se caracterizó por la puesta en marcha de diversos regímenes económicos en el país, que siguieron la política de tipos de cambios fijos, tasas de interés fijas, proteccionismo; y sustentaron el 80% de las divisas del país en la renta petrolera. Cuando en 1980 cayeron bruscamente los ingresos petroleros, las inversiones se restringieron, los gastos en mantenimiento de infraestructura y propiedades estatales se redujeron, así como los gastos en suministros. Obviamente se hizo insostenible las políticas macroeconómicas desempeñadas hasta el momento.

En escasos cinco años, la inversión privada pasó de 30% del producto interno bruto (PIB) en 1978 a sólo 7% en 1983. Después de esa fuerte ciada el país no se ha recuperado desde entonces. Desde 1978 los gobiernos fueron incapaces de atraer inversión y de aprovechar las bonanzas generadas por los precios del petróleo.

En este sentido, Venezuela experimentó una crisis de productividad. En efecto, según, la producción anual promedio por trabajador de la industria nacional bajó a una tasa del 1,9% anual entre 1965 y 1988. Durante este periodo, la producción por trabajador en la industria aumento 2,5% anual en los países de América Latina y el Caribe. La productividad en los sectores industriales dominado por la empresas estatales fue el peor, al caer 9,2% anual a finales de los años setenta y 1,4% anual entre 1983 y 1988.

En 1989, el país emprendió un programa de reformas económicas orientadas hacia el mercado que liberaron los precios, el tipo de cambio y las tasas de interés. Se privatizaron algunas empresas estatales, se abrieron las puertas a la competencia extranjera y se dio una mayor importancia a las exportaciones como propulsoras de crecimientos. El colapso del antiguo sistema económico venezolano y el choque producido por los ajustes provocaron un descenso del 8,3% del PIB. El PIB per cápita bajó en un 10%, siendo la ciada más marcada experimentada por el país en las últimas décadas hasta el momento. La producción manufacturera cayó en 14,6% en términos reales. Posteriormente, la economía venezolana inicio un periodo de desempeños admirables en términos económicos, gracias al aumento de los ingresos petroleros en 1990. No obstante, tres años de rápido crecimiento enfrentaron la recesión en 1993, mientras otros los países latinoamericanos registraron un crecimiento impresionante.

Las políticas comerciales e industriales instauradas como parte de la apertura económica generaron un aumento de la competencia en la mayoría de industrias venezolanas. En este sentido, las respuestas fueron divergentes, aunque los indicadores de desempeños durante la etapa de transición de una economía protegida a otra, que abarco el periodo de 1991-1994, es elocuente; antes de la apertura su dinamismo industria manufacturera superaba la economía en su conjunto, pero a partir de 1989 se invierte la tendencia. El valor bruto de la producción cae 2,8% anual.

Sin embargo en algunos sectores la producción crecieron después de la apertura, entre ellas la industria automotriz y mercancías genéricas (alimentarías: azúcar, aceite y grasas vegetales), gracias a la inversión en capacidad tecnológica, el desarrollo del recurso humano y de mercados externos. Pero pesar de las importantes exportaciones de la industria automotriz y alimentaría, el decrecimiento de la balanza comercial se mantuvo negativa.

El fenómeno más destacado para las demás industrias, luego de la apertura de la economía venezolana, fue el proceso de descapitalización, un dato revelador fue la caída de la inversión privada total en maquinaria y equipos que se ubico en una cifra menor al 1% del PIB. Es de destacar que durante ese periodo la incertidumbre política y economía afectaron el comportamiento de las empresas venezolanas altamente golpeadas ya por la apertura, las cuales disminuyeron sus inversiones y recortaron los planes de expansión para poder enfrentar la recesión.

Según un informe de competitividad mundial realizado en 1994, Venezuela se ubico en cuadragésimo lugar, en una muestra de cuarenta y un países, en lo que respecta a la competitividad económica global (citado por Enright y Otros, 1994). Del mismo modo, la inversión extranjera tuvo poca cuantía entre 1989 y 1992, las inversiones extranjeras fueron de importante cuantía hasta que en 1996 el gobierno lanzó la apertura petrolera y Agenda Venezuela.

Como se puede observar, lamentablemente, los cambios esperados con la apertura económica no ocurrieron a la velocidad requerida. El cambio de orientación se efectuó con una industria vulnerable y con el fracaso de un modelo rentista financiado por el petróleo. Los indicadores agregados de la industria no reflejan un desempeño satisfactorio posterior a la apertura. Dentro de este contexto, la década de los noventa fue testigo del auge y desaparición de muchos grupos empresariales. La hiperdivesificación y la sobreprotección tuvieron su precio. La precaria gerencia y capacidad tecnológica, aunado a la carencia de políticas de promoción empresarial, crisis financieras, políticas y económicas desaparecieron muchas pequeñas y medianas empresas. Era evidentemente las empresas venezolanas no eran competitivas ni eficientes en su mayoría. Sólo pequeños grupos empresariales pudieron sobrevivir en negocios específicos.

El balance de los resultados económicos de los últimos años se caracteriza por poco crecimiento, ninguna reacción en cuanto al empleo e informalidad, inflación moderada y relativa estabilidad cambiaria. El crecimiento del PIB es de 1,1% menor, el ingreso promedio por habitante ha descendió un 25%. Las tasas de crecimiento promedio durante los últimos dos gobiernos se ubican en 1,6% para el periodo del presidente Caldera (1994-1998), mientras que para los seis primeros meses del gobierno de Chávez no creció la economía, disminuyendo su tamaño en -0,1%. Las inversión, el trabajo y la productividad, del mismo modo continúan en franco deterioro.

Es de destacar, que Venezuela ha venido apareciendo en el Reporte Global de Competitividad desde su inicio en 1996. Al considerar a Venezuela de manera individual en relación al universo de países en cada año se tiene un mejoramiento relativo, ya que en 1996 el 96% de los países de la muestra estaban por encima, mientras que en 1998-1999 ese número fue de 85%. Sin embargo, para el año 2000 se incrementó el número de países que superaron a Venezuela hasta alcanzar el 92% de la muestra con lo cual la situación regresó prácticamente a los niveles de 1996 (Clemente, 2001).

Teniendo presente que el Índice de Competitividad está compuesto por los ocho (8) factores de competitividad se presenta a continuación se presenta una síntesis de los resultados por factores para los años 1996, 1997 y 1999 expresados en términos absolutos y relativos respectivamente de acuerdo a los datos aportados por Clemente (2001). En ellos se observa que los factores en donde Venezuela ha presentado un desempeño relativo superior a su posición global en los tres años considerados son: Apertura, Gobierno y Gestión Empresarial. Un caso especial es el Mercado Financiero el cual tuvo resultados superiores a la media nacional en 1997 y 1999 respectivamente.

Por otra parte, si se consideran los años 1996 y 1997 se debe incluir el factor Infraestructura; y, en el caso de incorporar el año 1996 habría que incorporar el factor Mercado Laboral. Es importante destacar que en el caso del factor Apertura se observa un mejoramiento relativo creciente, ya que en 1996 el 92% de los países de la muestra estaban por encima de Venezuela y para 1999 ese número fue de 66%. Es decir, que la percepción de los agentes económicos con relación al factor mejoró significativamente en el período.

Una situación similar a la descrita anteriormente existe en el caso del factor Gestión Empresarial donde se tiene una mejora que permitió que el número de países que supera a Venezuela disminuyera del 94% al 80% de la muestra entre 1996 y 1999. Otro caso que conviene destacar, pero por su deterioro es el caso del factor Gobierno el cual pasó de 55% a 63% países de la muestra que superan al país entre 1996 y 1999.

Finalmente, los factores Infraestructura, Tecnología, Mercado Laboral e Instituciones han presentado desempeños más negativos que la media nacional con lo cual constituyen elementos que no colaboran a elevar el nivel de competitividad del país.

Tras una década de devastación, las empresas venezolanas enfrentan en la actualidad a un entorno político mucho más incierto y volátil. La incertidumbre es ahora institucional. La economía ha cambiado poco en esencia. La existencia de restricciones y controles es un hecho inconvertible, su aplicación está más aun eliminando los intermitentes o escasos elementos de competitividad de la economía venezolana. Quizás la más preocupante de todas las malas viejas y nuevas sea la actitud del gobierno hacia el sector privado. Las invasiones, las ocupaciones militares de silos, las discusiones sobre la legalidad de la propiedad privada, las importaciones directas del gobierno, constituyen elementos desalentadores disminuyen la capacidad productiva del país y aceleraran los procesos de desinversión, desarrollo tecnológico y competitividad.

En el periodo comprendido entre 1999 y 2003, según el Anuario Mundial de Competitividad de un grupo de 30 países, Venezuela ha descendido dos puntos hasta ubicarse en la última posición, igualmente, se ubica en los últimos lugares, posición 68 dentro de un grupo de 75 países, según del Reporte Global de Competitividad (Fuenmayor, 2004). Estas cifras hablan por sí solas, entre altos y bajos se ha involucionado económica y socialmente en estos últimos 30 años, desaprovechándose múltiples recursos y oportunidades.

Consideraciones Finales

La competitividad es un fenómeno socioeconómico cuyo fin es alcanzar estándares superiores de calidad de vida, el cual está determinado por múltiples factores y es de responsabilidad compartida por todos los actores sociales, su sostenimiento está sujeto a niveles de productividad elevados. Es la superación constante de logros propios y en relación al entorno, a través de mejoras continuas sostenibles. En este sentido, el éxito competitivo de un país o empresa depende de su capacidad para brindar incentivos, presiones y capacidades para la innovación y la mejora continua.

Las reformas macroeconómicas y la disponibilidad de recursos no son condiciones suficientes para que un país sea competitivo, es fundamental los aspectos microeconómicos. Del mismo modo, necesariamente un país debe o puede ser competitivo en todas las actividades económicas. Como se aprecia, el concepto de competitividad es complejo ligado a múltiples condiciones particulares. En este sentido, su medición, análisis y sus propuestas de mejora resultan ser variables para cada caso.

Lo cierto es que la competitividad es un proceso de conocimiento que involucra el uso adecuado de tecnologías. Al respecto, la tecnología es un camino corroborado que conduce al éxito competitivo, tal como se ha demostrado las economías innovadoras guardan un estrecho crecimiento de su PIB y del Índice de Creatividad. Dentro este contexto, la tecnología es un factor determinante para alcanzar la competitividad y productividad, tanto en sectores de baja y como de alta tecnología. Pero su uso adecuado es aun más importante cuando está ligado a una ventaja competitiva de la empresa o del sector (reducción de costos y diferenciación) que genere rentabilidad. En este sentido, es un factor fundamental del crecimiento de los sectores económicos. La tecnología es una actividad intensiva en conocimiento, que abarca la innovación y creatividad y la gestión de actividades productivas.

Los países andinos se encuentran dentro del grupo de países excluidos tecnológicos, ya que presentan el nivel más bajo del Índice de Creatividad. Particularmente, Venezuela presenta altas deficiencias y limitaciones al respecto las cuales han afectado su nivel de competitividad. El desempeño político económico venezolano, en los últimos 30 años se ha caracterizado por la puesta en marcha de diversos regímenes económicos proteccionistas y liberales amparados en la renta petrolera, lo cuales no ha surtido efectos positivos en cuanto a la mejoras tecnológicas, productivas, competitivas de las industrias nacionales. Por el contrario, han ocasionado su debilitamiento y desaparición generalizada por las políticas ineficientes de subsidios, restricciones, controles, de apertura y centralistas.

Aunado a la incertidumbre política y financiera, el proceso de descapitalización industrial ha sido otro factor determinante, el cual se ha traducido en fuga de capitales y desinversión nacional y extranjera; así mismo, como en factor para que el país se ubique en los últimos lugares de competitividad internacional. Como se puede observar, el acceso a tecnologías de punta de las empresas públicas y privadas que ocurrió a finales de los años setenta y principios de los ochenta, en un entorno económico protegido y subsidiado, no genero per se ventajas competitivas, ya que las empresas no fueron productivas ni rentables y ni tampoco existieron presiones para lograrlo. Cuestión que se corrobora una vez adoptadas las políticas de apertura económicas donde un grupo importante de las mismas fueron privatizadas por su ineficiencia y muy pocas pudieron acceder a marcados extranjeros.

Del mismo, modo se aprecia que el marco económico-social en que se desarrollo la apertura económica venezolana no sirvió de estimulo para que gran parte de las industrias nacionales incrementaran sus capacidades a través de la inversión propia o compartida para enfrentar la competencia extranjera en su propio mercado e insertarse con éxito en mercados foráneos de forma diversificada. Por lo tanto, las reformas de primera generación para afianzar las libertades políticas y económicas no resultaron exitosas en Venezuela y en muchos países de Latinoamérica, ya que ocasionaron serios desajustes sociales y económicos (desempleo, caída del poder adquisitivo, inflación, etc.). Las privatizaciones, la liberación del comercio, la apertura de cuentas de capital y la promoción de inversiones extrajeras no fueron suficientes para lograr la estabilidad económica, y el equilibrio social. Dentro de este contexto, el desarrollo tecnológico nacional ha estado y sigue estando ignorado y limitado a la mejora de procesos en ciertos sectores, por lo tanto, se hace inalcanzable que se extienda y generalicen los niveles deseados de productividad y competitividad en el mediano y largo plazo.

De acuerdo a lo anterior, la cultura competitiva nacional no fue, ni ha sido, creada ni desarrollada para alcanzar el éxito empresarial y mejorar de la calidad de vida de la población; o al menos nunca estuvieron las condiciones integrales dadas para que evolucionara. Las gestiones de los gobiernos, pasados y presentes, no han logrado alcanzar la estabilidad económica y política para estimular la inversión; no han gestionado eficientemente los recursos; ni han consolidado políticas públicas: de educación, de infraestructura, de capacitación tecnológica y financiera, para el desarrollo tecnológico y la formación de ventajas competitivas. Cuestión queda evidenciada en las evaluaciones internacionales de competitividad donde Venezuela ocupa los últimos lugares, sin variaciones.

Orientar la economía venezolana hacia el terreno de la competitividad es una tarea urgente, los especialistas en la materia tienen opiniones coincidentes sobre un sin número de decisiones que se deben tomar. Los sectores de recursos naturales (químicos, minería, industrias básicas, electricidad y turismo) son los que tienen mayores ventajas competitivas y mayor potencial atractivo para la inversión en Venezuela (alta rentabilidad). Estos sectores tienen un alto impacto en el PIB. La variedad recursos naturales constituyen la base de una porción sustancial de la economía y la vasta mayoría de exportaciones. Igualmente existen altas potencialidades de desarrollo tecnológico en áreas fundamentales que pueden involucrar al grueso de la población de escasos recursos, desarrollado sus capacidades, generado nuevas ideas y oportunidades productivas que mejoren su calidad de vida. El problema central es que esas decisiones exigen una concertación política la cual no pareciera posible dentro del proyecto país vigente.

La concertación política debe motivar al colectivo y a las organizaciones para lograr la excelencia y mejora continua de sus actividades. Entendiendo el éxito como el goce o placer de la misión realizada eficientemente; como condición para incrementar la capacidad de competencia; como una medida de percepción colectiva de desempeño; o como medida para determinar que tiene capacidades para; y no como un perjuicio común porque es un término anglosajón o capitalista.

Indudablemente la cultura venezolana está atada a creencias apoyadas en el papel del Estado como único empresario o como principal interventor del desarrollo económico, las cuales someten a la población a ejercer una actitud de dependencia que en cierta forma limitan la capacidad creadora y emprendedora. Las enormes ventajas que poseen los países andinos en cuanto a recursos naturales, mano de obra barata y suelo fértil, en especial Venezuela, han sustentado su pobreza más que impulsar su desarrollo económico y competitividad a través de la consolidación de siete (7) patrones de comportamiento (Clemente, 2001): Excesiva dependencia en los factores básicos de ventaja (recursos naturales); Conocimiento deficiente de los clientes; Ignorancia acerca de la posición competitiva relativa; Fracaso en la integración hacia delante; Cooperación insuficiente entre empresas; Actitud defensiva; Paternalismo. El reto de la competitividad en los países andinos esta en entender dichos patrones y modificarlos de manera de convertirlos en fuentes de ventaja para la creación de riqueza y prosperidad.

Los distintos autores señalan que uno de los elementos fundamentales para poder aspirar a niveles de competitividad creciente y sostenida pasa por entender los “modelos mentales” existentes en el país. Los latinoamericanos están atados a creencias culturales donde el logro ocupa el último lugar, mientras campean las motivaciones de afiliación y poder. El cambio de paradigma es inminente, la participación de las comunidades organizadas, junto con el sector privado y el Estado, con responsabilidades compartidas, es decisiva en el desarrollo productivo y competitivo del país, y fundamental para la transformación de las creencias arraigadas. Mejorar la educación e incorporar nuevos conceptos es indispensable para fomentar iniciativas sociales que tengan verdadero impacto en la economía y en la calidad de vida.

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Colmenares D. Oscar A.. (2007, julio 5). Tecnología y competitividad como reto venezolano. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/tecnologia-y-competitividad-como-reto-venezolano/
Colmenares D., Oscar A.. "Tecnología y competitividad como reto venezolano". GestioPolis. 5 julio 2007. Web. <https://www.gestiopolis.com/tecnologia-y-competitividad-como-reto-venezolano/>.
Colmenares D., Oscar A.. "Tecnología y competitividad como reto venezolano". GestioPolis. julio 5, 2007. Consultado el 11 de Diciembre de 2019. https://www.gestiopolis.com/tecnologia-y-competitividad-como-reto-venezolano/.
Colmenares D., Oscar A.. Tecnología y competitividad como reto venezolano [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/tecnologia-y-competitividad-como-reto-venezolano/> [Citado el 11 de Diciembre de 2019].
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