La familia en el derecho mexicano

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LA FAMILIA EN EL DERECHO MEXICANO
Introducción:
I. La Familia
"La familia existe siempre que existe el hombre.
La atracción sexual y el amor, origen del vínculo matrimonial, encuentran en la familia el
cauce institucional por el que los individuos se integran en la sociedad. La procreación,
dentro de la estructura familiar, adquiere un carácter afectivo que hace posible la crianza y
el desarrollo intelectual de los seres humanos.
Lo conocido es que se inicia con una familia claramente patriarcal en el Oriente Medio, con
menos autoridad para el padre de familia en Grecia y Roma, y con menos aún en los
pueblos de América, sin que en ningún pueblo de los conocidos, el padre deje de ser el jefe
de la familia. El matiz del patriarcado exagerado o disminuido viene dado por la mayor o
menor consideración que se le da la mujer y por tanto, por la mayor o menor importancia
que se le da al matrimonio monogámico.
Esto confirma lo que nos dice la razón: que la familia y el matrimonio son dos instituciones
naturales, en el sentido que se derivan de la naturaleza humana y por tanto han estado
presentes desde que existe el ser humano sobre la tierra y seguirá existiendo mientras haya
individuos que participen de nuestra naturaleza.
Esta familia histórica primitiva, es muy amplia por que en alguna forma realiza las
funciones que poco más tarde van a realizar las autoridades de la ciudad y después las
autoridades del Estado; porque es con frecuencia en misma una unidad completa de
producción agrícola y ganadera; porque necesita autodefenderse de otros grupos rivales,
etc. Se entra en la familia por los mismos procedimientos que después se usan para entrar a
formar parte de la comunidad política: por nacimiento, por admisión expresa en el grupo o
por matrimonio.
La familia, cedió por tanto, sus funciones políticas a las autoridades municipales, las cuales
fueron sustituyendo paulatinamente algunas de las que realizaba originalmente. Esto
contribuyó a ir reduciendo paulatinamente el numero de personas integrantes de la familia
para dar cada vez más importancia al parentesco consanguíneo.
Un tipo común de familia doméstica consta de un hombre adulto, de su esposa y de los
hijos no casados. Esta familia "nuclear" no puede ser, sin embargo, considerada universal,
pues no hay sociedad en la que sólo haya familias de este tipo. Por una parte, muchos
hogares cuentan con elementos ajenos a ese esquema, como abuelos, viudas, huérfanos y
madres solteras; por otra parte, puede haber hijos casados que formen parte de la familia
con sus padres, de tal manera que coexistan en el mismo hogar tres o cuatro generaciones,
cuando los sucesivos matrimonios han tenido lugar a edad temprana. Por consiguiente, la
composición familiar está ampliamente determinada por el hecho de que un nuevo
matrimonio se establezca en un hogar nuevo o continúe siendo miembro del ya existente,
ocupado por los parientes de uno de los nuevos esposos.
Para designar los diferentes tipos de familia no nuclear se utilizan denominaciones también
diversas. Una familia "vástago" es la generada por la regla de que solamente un hijo
permanezca en el hogar paterno después del matrimonio; este tipo familiar se da en algunas
regiones rurales de Europa y en Japón, y su función consiste en que exista en el seno del
hogar una familia que pueda sostener a sus padres y a sus hijos, pero no a un grupo mayor,
en consonancia con las posibilidades del medio agrícola en que viven.
Otro tipo de familia es la "extensa", que permite que varios hijos o todos ellos puedan
seguir residiendo en la casa paterna después de contraer matrimonio. En las sociedades
primitivas, la organización familiar predominante es la denominada "gran familia", grupo
parental amplio que habita bajo un mismo techo, generalmente vinculado por relaciones
patrilineales (la herencia se transmite a través de la línea paterna)."1
Antecedentes y características de la familia moderna
“La proporción cada vez mayor de mujeres que trabajan fuera del hogar ha hecho que desde
muy temprana edad los hijos permanezcan gran parte del tiempo al cuidado de guarderías u
otros familiares. Desde otro ángulo, la laxitud de las tradicionales normas morales, con la
1Alberto Pacheco E. La Familia en el Derecho Civil Mexicano. Panorama. 1998.
permisividad del aborto, la generalización del divorcio o de la simple separación de hecho,
ha contribuido también a debilitar la concepción tradicional de la institución familiar. La
doctrina católica, según la cual la familia es una institución de derecho natural, ha sido
puesta reiteradamente en tela de juicio por quienes preconizan un nuevo tipo de relación
familiar.
No obstante, pese a la transformación real y profunda de los esquemas familiares, la
estructura esencial de la familia sigue manteniendo vigencia, por cuanto constituye, en sus
diferentes formas, el fundamento de toda sociedad humana y es en su seno donde se crean
los lazos afectivos imprescindibles para transmitir la cultura y los valores ideológicos y
morales de unas generaciones a otras.”
"En el transcurso de los siglos, y según las distintas culturas y civilizaciones, ha
predominado la familia patriarcal, dirigida por el varón más anciano del grupo. La familia
de la Roma clásica era de este tipo, y en ella se distinguían dos grupos domésticos: el más
amplio, la gens, compuesta por diversas ramas independientes, y la familia en sentido
propio. En ella, el padre ejercía un poder absoluto, aunque limitado en alguna medida según
fuera ejercido sobre la esposa, sobre los hijos -la "patria potestad"-, sobre los esclavos o
sobre los siervos. El derecho germánico distinguía asimismo, entre la familia propiamente
dicha y el círculo familiar más amplio, la estirpe, la pertenencia a la familia estaba más
determinada por la autoridad a que se hallaba sometida que por los lazos de sangre.”2
La familia como institución natural
"La familia legítima es una sociedad natural, o sea que no es una institución creada por el
hombre ni por el Estado; es anterior a todo el orden jurídico y es una institución que da
razón de ser al Derecho. Estado y Familia son las dos instituciones naturales necesarias
para la ordenada convivencia humana".
2Pacheco. Op. cit.
A este respecto existen dos corrientes principales, los que piensan que la familia es el
antecedente del estado y los que piensan que el estado y la familia son dos instituciones
naturales, las cuales son independientes entre ellas en cuanto a su nacimiento.
"La familia se formó con la primera pareja humana y acompaña a la Humanidad mientras
exista."
II. El parentesco3
Tipos y grados de parentesco
"Es la relación que existe entre los miembros de una misma Familia.
El matrimonio origina en principio una relación conyugal entre los contrayentes, una
relación de parentesco entre los descendientes y una relación de afinidad entre los
consanguíneos de un cónyuge con el otro.
En el derecho civil mexicano, existen los tres tipos de parentesco tradicionales:
Consanguinidad
Afinidad
Civil
El artículo 293 define correctamente el parentesco de consanguinidad al establecer que es el
que existe entre personas que descienden del mismo progenitor. Puede medirse en línea
recta ascendente o descendente y en línea colateral. Cada generación forma un grado.
El parentesco por afinidad es el que se establece entre el cónyuge y los consanguíneos de su
cónyuge. Admite los mismos grados y se mide de la misma forma que el consanguíneo.
El parentesco civil, como le llama el Código, es el que nace de la adopción y solo existe
entre el adoptante y el adoptado."
III. El Derecho de los Alimentos en la Familia
3 Parentesco: vínculo de consanguinidad o afinidad entre las personas. Encarta 2000.
"El derecho de alimentos se deriva del parentesco, y su fundamento es el derecho a la vida
que tiene toda persona necesitada. Para que exista este derecho se deben dar tres requisitos:
en primer lugar debe de haber una necesidad en el acreedor; en segundo lugar una
posibilidad en el deudor que debe darlos, y por último un parentesco entre ambos. De tal
forma que si no existe necesidad, posibilidad o parentesco no puede nacer el derecho de los
alimentos.
La finalidad del derecho de los alimentos es asegurar al pariente necesitado cuanto precisa
para su mantenimiento o subsistencia.
Es un derecho condicional y variable. Es condicional, ya que sólo se debe si existe y
subsiste la necesidad en el acreedor, y si existe y subsiste la posibilidad del deudor; termina
también cuando el deudor alimentista deja de estar en posibilidad de proveer alimentos.
Es una obligación alternativa. Según el artículo 309 del Código Civil "el obligado a dar
alimentos cumple la obligación asignado una pensión competente al acreedor alimentario o
incorporándolo a la familia".
Es un derecho y una obligación recíproca. O sea, "El que los da a su vez tiene derecho a
pedirlos".
Es una obligación personal e intransmisible.
No cabe la compensación.
No caben transacciones.
Requiere de una declaración judicial.
No se extingue por cumplirse si es que subsiste la necesidad.
Las pensiones pasadas caducan.
El derecho de alimentos comprende "la comida, el vestido, la habitación y la asistencia en
casos de enfermedad".
La obligación de dar alimentos termina al acabar la necesidad del acreedor o la posibilidad
del deudor o por conducta indebida del acreedor.
También acaba, en el caso de los hijos, cuando estos cumplen la mayoría de edad."4
4 Pacheco. Op. cit
IV. El Matrimonio
"Es el atributo exclusivo de las personas físicas (porque la persona moral no puede
engendrar, estar casada, etc.) el cual define los derechos y obligaciones que se dan en la
familia y en las relaciones de parentesco.
Por el estado civil se determina si una persona es casada o soltera, si tiene obligación para
alimentar a otros, etc. Cuando se produce una ruptura del vínculo matrimonial por el
divorcio, no se puede decir que el estado civil de las dos personas sea de "divorciados" sino
simplemente solteros, por que la disolución del vínculo matrimonial los ha colocado en
aptitud de contraer nuevo matrimonio.
El estado civil se comprueba con el acta de nacimiento respectiva o bien con la de
matrimonio o con la sentencia de divorcio que termine en vínculo matrimonial."
Derecho matrimonial
El Derecho de familia, integrado por el conjunto de normas que se ocupa del matrimonio
como fenómeno jurídico e institución en todas sus vertientes. Los principales asuntos sobre
los que trata son: matrimonio —requisitos, forma de celebración, clases—, derechos y
deberes de los cónyuges —respeto, ayuda mutua, fidelidad, convivencia—, nulidad,
separación y disolución del matrimonio; régimen económico conyugal: normas generales,
clases de regímenes matrimoniales, gestión y administración de los mismos, bienes que los
integran, cargas y obligaciones y disolución.
Matrimonio
Es la unión estable entre hombre y mujer, convenida de acuerdo con la ley, regulada y
ordenada a la creación de una familia. No se trata de una creación técnica del Derecho, sino
de una institución natural que el ordenamiento regula en interés de la sociedad.
Son caracteres del matrimonio según la concepción corriente en los países civilizados: a)
constituir un vínculo habitual con vocación de permanencia, dirigido, por su propia
finalidad, a la convivencia y colaboración de los cónyuges en un hogar, formando una
familia en cuyo seno nacerán y se criarán los hijos si los hubiere, y b) resultar de un acto
jurídico bilateral celebrado en un concreto momento: la boda. Este acto se halla regulado,
con carácter solemne, por la ley como creador exclusivo del vínculo reconocido por el
Estado.
Hay en la disciplina del matrimonio, muy influida por el aporte del cristianismo a la
cultura jurídica, un doble aspecto: el de la celebración como acto (intercambio de
consentimientos en forma legal) por causa del cual nace el estado de cónyuge; y el del
estado civil creado, situación de duración indefinida producida por la manifestación de tal
voluntad.
El modelo actual de matrimonio, en el cual el vínculo procede de un acuerdo de voluntades,
no puede disolverse sin causa legal establecida por vía judicial.
A fin de acreditar que reúnen las condiciones para el matrimonio los contrayentes deben
instar ante el juzgado u autoridad eclesiástica reconocida, en los sistemas en que se aceptan
varias formas de celebración con eficacia civil, con jurisdicción a este efecto, la formación
del expediente que proceda, en el curso del cual se publica su intención de casarse.
El matrimonio civil se autoriza por el juez encargado del Registro civil del domicilio de
cualquiera de los contrayentes, o por el alcalde en presencia de dos testigos mayores de
edad.
Lo fundamental de la celebración del matrimonio es la manifestación del recíproco
consentimiento de los contrayentes. Dicha manifestación puede hacerse por medio de un
representante (matrimonio 'por poder') pero siempre que el poder se otorgue para contraer
con persona concreta, de modo que el representante se limita a ser portavoz 5de una
voluntad ajena plenamente formada.
Se considera nulo, cualquiera que sea la forma de su celebración, el matrimonio celebrado
sin consentimiento matrimonial, expresión con la que se alude al matrimonio simulado por
acuerdo de ambas partes: por ejemplo, para adquirir la nacionalidad por concesión o un
derecho arrendatario, o para rebajar el impuesto sucesorio. También son nulos los
5Portavoz: el que habla por otro. Diccionario pequeño Larousse
matrimonios que se celebren entre personas para las que existe impedimento no
dispensable.
Aunque el matrimonio produce efectos civiles desde su celebración, sin embargo para el
pleno reconocimiento de los mismos será necesaria su inscripción en el Registro civil, sea
la practicada por el juez en el propio libro al autorizar el matrimonio, sea transcribiendo un
documento intermedio: el acta o certificación correspondiente.
"Se considera como matrimonio el contrato entre un hombre y una mujer por el que los
hijos que ésta tenga son reconocidos como la descendencia legítima de la pareja. Esta
definición, aun siendo sumamente general, tiene, sin embargo, algunas excepciones
dictadas por consideraciones antropológicas, históricas, legales, etc. El matrimonio es un
fenómeno social que se ha dado prácticamente en todas las culturas y en todas las épocas
históricas conocidas. Su explicación concierne primordialmente a la antropología cultural,
pues incluso en la época contemporánea sus modalidades, sus interpretaciones y su
relevancia en el cuerpo social son múltiples.
El matrimonio es un fenómeno que siempre se halla vinculado a una cultura determinada.
Aunque a lo largo de la historia ha adoptado formas muy diversas, en las sociedades
modernas predomina una determinada modalidad, caracterizada por la unión de una pareja
formada por libre elección, tendente a ser estable, cerrada, reconocida y protegida
legalmente.
En todas sus formas, podemos identificar en el matrimonio diversos componentes: su
formación o constitución, su relación con el tabú del incesto y con las reglas exogámicas,
su carácter monogámico o poligámico, la relación entre patrimonio y propiedad de bienes,
la consideración del adulterio, la legitimación de los hijos y la disolución del vínculo
matrimonial."
"En prácticamente todas las sociedades, el establecimiento del vínculo matrimonial adopta
la forma de un acuerdo de convivencia, sancionado por la comunidad, según el cual la
pareja se obliga a respetar determinados derechos y a cumplir con diversos deberes. En
algunas sociedades, el acuerdo matrimonial obliga no sólo a la pareja, sino a la familia en
sentido amplio.
En las sociedades en las que a los individuos -especialmente a la mujer- se le reconoce la
posibilidad de elegir libremente a su pareja, el matrimonio va precedido de diversas
actividades de cortejo, cuyas normas no escritas se respetan escrupulosamente. Sin
embargo, esta libertad individual no ha sido reconocida en todas las épocas. En la península
indostánica y en algunos países del cercano oriente los matrimonios se conciertan entre las
familias durante la infancia y es frecuente que los novios se conozcan el día de la boda. En
todas las culturas, este día se considera como una fiesta importante, cuya celebración
acarrea gastos considerables. Suele incluir alguna ceremonia especial, de carácter religioso
o civil, que señala el cambio de estado legal de los contrayentes."
Elementos del matrimonio
Para que exista el matrimonio se necesita en primer lugar un hombre y una mujer o sean
unos sujetos. Todos los hombres tienen derecho a contraer matrimonio y son capaces de
contraerlo desde el punto de vista natural desde que han pasado la pubertad y tienen
discernimiento suficiente para contraerlo.
La voluntad de los contrayentes que forma el consentimiento matrimonial deben estar
exentas de vicios.
Los sujetos son todos los hombres y mujeres desde el momento que pueden engendrar
hijos, lo cual es posible desde la pubertad
El consentimiento. El matrimonio solo puede ser formado por la libre voluntad de los
contrayentes. Es de derecho natural el derecho al matrimonio y el derecho a elegir
libremente al cónyuge.
Si no se cumple con estos requisitos no podrá celebrarse el matrimonio y si por alguna
razón no se realiza, será nulo ya que eran impedimentos para su celebración.6
v. EL DIVORCIO7
6Alberto Pacheco. Op. cit
Antecedentes históricos y fundamentación
El divorcio fue introducido en la legislación civil mexicana, por decreto de 29 de diciembre
de 1914 publicado el 2 de enero de 1915 en El Constitucionalista, periódico oficial de la
federación que se editaba en Veracruz, sede entonces del Primer Jefe del Ejército
Constitucionalista. En ese decreto, se modificó la fracción IX del Art. 23 de la Ley de 14 de
diciembre de 1874 reglamentaria de las adiciones y reformas de la Constitución Federal
decretadas el 25 de diciembre de 1873.
El divorcio remedio se extiende a hipótesis de abandono de hogar, de malos tratos o de
otros semejantes, en los cuales ya no es una falta grave la que está originando o causando el
divorcio, sino son situaciones más o menos permanentes, que han vuelto difícil la vida
conyugal o han disuelto de hecho la comunidad de vida armoniosa y feliz que debía existir
en todo matrimonio.
El divorcio por mutuo consentimiento es uno de los principios de la doctrina liberal, basada
en las tésis de los enciclopedistas del siglo xviii. Estos pensadores en su prurito laicista, de
rescatar, según decían, para el Estado y para la sociedad todas las instituciones que la
Iglesia Católica había absorbido dentro de su jurisdicción eclesiástica, afirmaban que el
matrimonio no es más que un contrato civil y que por tanto siendo un contrato civil, puede
terminarse por voluntad de quienes lo contrajeron.
Al divorcio por mutuo consentimiento, se le ha llamado también divorcio capricho, ya que
no es necesario exponer cuál es la causa o razón del divorcio sino única y exclusivamente la
voluntad, el capricho de los cónyuges, que no quieren seguir manteniendo la vida común.
La evolución, puede continuar hacia el repudio, o sea el divorcio unilateral en el cual una
de las partes puede pedir el divorcio sin que la otra se entere.
7
”Por virtud del divorcio queda disuelto el vínculo matrimonial, quedando ambos divorciados en aptitud de contraer nuevo matrimonio.
Ricardo Soto Pérez. Nociones de Derecho Positivo Mexicano. Pág. 147.
Nuestra sociedad moderna sólo debe comprobar que el matrimonio ha fracasado para
declararlo disuelto, y esa prueba no requiere que sean ambos cónyuges quienes lo acepten
(divorcio por mutuo consentimiento), basta que uno solo manifieste que la armonía se ha
roto.
El divorcio en el Código Civil vigente
Nuestro país como ya hemos indicado, no siguió el proceso histórico que ha sido frecuente
en otras naciones. Entró de lleno, con sorpresa, sin previo aviso, en una legislación
plenamente divorcista que admitió de golpe el divorcio sanción, el divorcio remedio y el
divorcio por mutuo consentimiento. Nuestra legislación divorcista fue desde el primer
momento especialmente amplia y liberal para las causas de divorcio.
Podemos dividir los diferentes divorcios que admite la legislación civil mexicana según
diversos criterios; desde el punto de vista de la autoridad ante la cual se tramitan, puede
haber divorcio judicial o divorcio administrativo; desde el punto de vista de las causas que
lo originan, puede haber divorcio necesario o divorcio voluntario. Como el divorcio
administrativo siempre es voluntario, éste podemos a su vez subdividirlo en judicial y
administrativo, siendo siempre judicial el necesario.
El domicilio de ambos durante el proceso (Frac.III), pues desde la presentación de la
demanda, no quedan obligados a vivir juntos;
La forma en que cubrirán la pensión alimenticia a uno de ellos, si procede (Frac. IV); y
La administración de la sociedad conyugal y su liquidación si llega a obtenerse el divorcio.
Si no hay acuerdo sobre todos estos puntos, no procede el divorcio voluntario.
Este tipo de divorcio, llamado también divorcio sin causa, pues ninguna debe aducirse para
solicitarlo, no puede pedirse sino transcurrido un año de celebrado el matrimonio. Curiosa
disposición, pues todos los argumentos dados para la aceptación del divorcio pueden operar
tanto en el primer año del matrimonio como en los subsecuentes.
Efectos del divorcio en relación con los hijos
Durante el procedimiento del divorcio, los hijos quedan bajo la custodia de la persona que
los divorciantes hayan acordado (Art. 273, Frac. I, para los divorcios voluntarios y Frac. VI
del 282 para los causases) o de quien señale el Juez (Art. 282 Frac. VI in fine). Si los hijos
son menores de siete años quedarán al cuidado de la madre, salvo peligro grave para los
hijos, según señala el segundo párrafo de la Frac. VI del Art. 282, añadido recientemente y
que rectifica actitudes falsamente feministas de las reformas de 1972.
La sentencia de divorcio fijará la situación de los hijos conforme a lo que indica el Art. 283,
el cual, en la nueva redacción de 1984, otorga facultades al Juez para resolver todo lo
relativo a la situación jurídica de los hijos: puede condenarse a uno o ambos de los
divorciantes a perder la patria potestad, o quedar esta suspendida, sin que ello implique que
se les dispensa de la obligación de alimentarlos, pues ésta deriva de la filiación, y no del
matrimonio que ya no existe.
La obligación alimentarla termina con la mayoría de edad del hijo, a menos que éste se
encuentre en estado de necesidad (Arts. 287 in fine y 311 ).
El llamado derecho de visita es objeto de estudio en la dogmática jurídica reciente. Si bien,
no se restringe sólo a los hijos de divorciados, es en relación con éstos como se presenta
con mayor frecuencia y en sus formas más agudas y problemáticas y por eso, parece
correcta su inclusión en este apartado.
La expresión derecho de visita, no es del todo adecuada por insuficiente, pero ha tomado
carta de naturaleza y es como en la actualidad se conoce a esa serie de relaciones jurídicas
que la jurisprudencia extranjera -sobre todo francesa ha ido extendiendo cada vez a
hipótesis más diversas, pero relacionadas siempre con el deseo de un progenitor o un
pariente cercano de relacionarse con su hijo o pariente menor de edad, con el cual, por
cualquier circunstancia, no convive.
Efectos del divorcio en relación con los cónyuges.
La condena al pago de una pensión, a cargo del culpable, puede por tanto, no producirse si
el Juez no lo considera conveniente y también puede condenarse al culpable "al pago de
alimentos", aunque el inocente no se encuentre en estado de necesidad, pues esa pensión no
se debe para subsistir, sino que es más bien una sanción por su culpabilidad en el divorcio,
que el juez puede reducir o hasta suprimir en virtud del amplio margen de decisión que le
concede el primer párrafo del Art. 288.
En aquellos divorcios con causa en los que no hay culpables ni por tanto inocentes, no
puede condenarse a ningún cónyuge al pago de pensiones. Es el supuesto de las causases en
que la voluntad divorcista es de cualquiera de los cónyuges mediando una causa objetiva o
sin causa objetiva, que hemos clasificado anteriormente en los dos últimos grupos de las
causases de divorcio.
Tanto en el abandono del domicilio conyugal sin causa justificada por más de seis meses,
como cuando la causa se funda en la separación justificada por más de un año, en ambas
situaciones, si la separación fue motivada por acuerdo mutuo entre los cónyuges para vivir
separados, y posteriormente no se ha requerido al culpable para reintegrarse al domicilio
conyugal, no existe abandono de hogar y ninguna de las dos causases puede configurarse.
La separación de cuerpos sin romper el vínculo
El Código actual, siguiendo en esto a la Ley de Relaciones Familiares de 1917, que a su vez
se inspiró en el Decreto de Carranza de 1915 que introdujo el divorcio en México, no
legisla sobre la posible separación temporal o definitiva de los cónyuges, sin romper el
vínculo. La Ley de Relaciones Familiares toma casi toda la legislación de¡ Código de 1884
relativa al divorcio (mera separación en aquel Código) dando a éste el efecto de disolver el
vínculo y con ello no deja lugar para la sola separación, pues ésta, en la nueva legislación
ha sido sustituida por el divorcio.
Así lo entendió en un principio la jurisprudencia que no otorgaba ningún efecto al acuerdo
de separación temporal que hicieran los cónyuges, considerando que un pacto tal violaba el
Art. 182 del Cod. Civ. por ir contra los "naturales fines de¡ matrimonio" y en consecuencia
obligaba a los cónyuges a convivir o a divorciarse. La separación del hogar conyugal,
aunque fuera en virtud de un pacto entre los esposos, al ser éste contrario a la ley, daba
lugar a pedir el divorcio a los seis meses por parte del cónyuge que permanecía en el hogar,
conforme a la Fracción VIII del Art. 267, o al año, por parte del cónyuge que salió
de¡ hogar, conforme a la Frac. IX del mismo artículo.
Los argumentos que se adujeron para excluir el instituto de la separación aparecen
claramente de la exposición de motivos del Decreto de Carranza y se concretan en éstos:
a) La simple separación crea una situación irregular peor que la desavenencia conyugal ya
que fomenta la discordia en la familia, lastima los afectos paterno-filiales y extiende la
desmoralización de la sociedad.
b) La sola separación es contraria a la naturaleza por condenar a los cónyuges a un celibato
no querido.
c) La separación lesiona el derecho que tiene todo ser humano a buscar su bienestar y a
satisfacer sus necesidades.
d) Así mismo viola el derecho de todo hombre a tener hijos. 8
VI. LA FILIACIÓN9
8 Pacheco. Op. cit.
9Filiación: descendencia, lazos de parentesco entre padres e hijos. Diccionario Larousse
La filiación es una situación jurídica que se deriva de¡ hecho natural de la procreación. No
coincide, y en ocasiones es hasta deseable que no coincida, la filiación biológica con la
filiación jurídica; conforme a la primera, todo ser humano tiene padre y madre, aunque no
se sepa quiénes son. La filiación biológica puede definirse como el vínculo que liga al
generado con sus generantes y tiene importantes manifestaciones en los caracteres
hereditarios. Para el Derecho la filiación es más bien el vínculo o relación jurídica que
existe entre dos personas a las cuales la ley atribuye el carácter de procreante y procreado.
Claro está que la filiación jurídica debe basarse en la filiación biológica, y tomar de ella las
presunciones e indicios para establecer esa peculiar relación de filiación, pero en ocasiones
la misma biología no puede establecer con certeza la relación biológica de filiación.
Conforme a la naturaleza, no hay hijos sin padre y madre; conforme al Derecho puede
haber hijos sin padre ni madre, ya sea porque se desconozcan o porque sabiéndose su
identidad, no se hayan llenado las formalidades o cumplido los requisitos para que nazca la
relación jurídica de filiación.
Aún cuando biológicamente la filiación y los caracteres hereditarios se reciben de todos los
ascendientes, para el Derecho, la filiación se concreta solamente a la relación del hijo con
su padre y su madre y por tanto se reduce a paternidad y maternidad, y a través de ellos con
los demás ascendientes.
Por la misma naturaleza, la maternidad se establece por el hecho del parto y por la
identidad del producto. Se es hijo de la madre si se prueba el parto y que la persona que
alega esa filiación maternal es el producto de aquél parto.
La incertidumbre de la paternidad no es biológica sino social pues sólo una célula
masculina puede engendrar al producto en la madre. Esa incertidumbre la despeja el
derecho por medio de presunciones, que si bien se basan en elementos biológicos, hacen
otro tipo de atribuciones basadas en la integridad de la familia, la paz social, etc., que
rebasan el campo biológico y en ocasiones de hecho lo contradicen.
La filiación de los hijos legítimos
Son legítimos los hijos nacidos de legítimo matrimonio. También lo son los nacidos de
matrimonio putativo, aun cuando, haya habido mala fe en uno o en ambos cónyuges (Arts.
256 y 344).
Se entiende que son hijos del matrimonio los nacidos después de 180 días de celebrado éste
o antes de 300 de terminado, o de haberse separado los cónyuges. (Art. 324). Esta es la
regla general que atribuye por tanto al marido, todos los hijos que nazcan de su esposa
durante ese periodo. Es esta una presunción que sin embargo admite prueba en contrario,
pues habrá ocasiones en que esté claro que los hijos no pueden ser de¡ marido y habrá otras
hipótesis en que sí sean del marido aún cuando nazcan fuera de ese periodo. La presunción
de legitimidad no admite más prueba en contrario que la imposibilidad física de haber sido
engendrados por el marido, Art. 325).
La presunción de legitimidad de los hijos opera mientras no se contradiga por parte del
marido, el cual sólo puede negar la paternidad demostrando que durante "los diez meses
que precedieron al nacimiento no tuvo acceso carnal con su esposa" o que el nacimiento se
le ocultó (Art. 326). Con un tiempo tan amplio como el indicado, el Código está
demostrando su deseo de dificultar la acción del marido para contradecir la paternidad
sobre los hijos de su esposa.
Además, el texto legal niega toda validez a la confesión de la esposa que pretendiera
contradecir la paternidad de su marido atribuyéndola a otro hombre. Con esto, se pretende
proteger a la familia haciendo legítimos a todos aquello hijos de la esposa sobre los cuales
el marido no haya contradicho la paternidad y restringiendo esta acción de contradicción
por parte del esposo a los dos únicos supuestos que hemos mencionado.
La presunción legal de paternidad del marido sigue reglas diferentes para el caso de que la
mujer no respete el plazo de 300 días que le impone el Art. 158 y contraiga nuevo
matrimonio antes de cumplirse ese plazo, que debe contarse desde la terminación del
matrimonio o la cohabitación anterior. En este supuesto, el Art. 334 atribuye al primer
matrimonio el hijo que nace dentro de los 300 días de terminado el primero y antes de los
180 días de celebrado el segundo y atribuye al segundo marido la paternidad del hijo que
nace después de los 180 días de celebrado el segundo, aunque no hayan vencido aún los
300 días de terminado el primero.
La filiación de los hijos naturales
Nuestro código habla también de hijos legitimados que son aquellos, que habiendo nacido
como naturales, por el subsecuente matrimonio de sus padres, se les tiene, para todos los
efectos legales como hijos del matrimonio desde la fecha de éste (Arts. 354 y 357). Al no
distinguir la ley, pueden ser legitimados cualquier tipo de hijos naturales, con excepción de
aquellos que, como los incestuosos, o algunos casos de adulterinos, han nacido de padres
que no pueden contraer matrimonio entre sí (Cfr. Art. 156 Fracs. III y V). El hijo legitimado
tiene todos los derechos del legítimo desde la fecha del matrimonio de sus padres.
A) El reconocimiento voluntario
Tiene las siguientes características:
I. Unilateral:
II. Declarativo.
III. Personalísimo.
IV. Individual.
V. Irrev10ocable.
VI. Solemne.
B) La filiación por declaración judicial.
El hijo y sus descendientes son los únicos titulares de estas acciones, las cuales sólo pueden
ejercitarse en relación con la madre, cuando no tengan por objeto imputar la maternidad a
10 Es irrevocable pues una vez hecho puede ser contradicho por quien para ello esté legitimado, pero no puede
ser revocado por quien lo hizo. Pacheco Op. cit. pág 195.
una mujer casada (Art. 385) a menos que ésta se deduzca de una sentencia judicial (Art.
386).
La maternidad puede acreditarse por cualquier medio de prueba, pues lo que se trata de
establecer es el hecho del parto y la identidad del producto.
En cambio, la paternidad sólo puede investigarse en los casos y con los medios que la ley
restrictivamente señala. Esto es lógico, y no puede interpretarse como una medida
antifeminista, pues se deriva de la propia naturaleza. Es muy difícil atribuir falsas
maternidades; en cambio, si la ley no restringe la investigación de la paternidad, sería muy
fácil atribuir falsas paternidades que servirían de base de chantajes y problemas familiares y
patrimoniales de consideración.
Efectos de la filiación
También aquí es necesario distinguir entre los hijos legítimos y los extramatrimoniales.
1. Para los hijos legítimos.
Tienen derecho a llevar los apellidos de sus padres. Aunque nada diga el Código Civil, por
mayoría de razón afirmamos lo anterior, pues los naturales reconocidos lo tienen (Art. 389,
Frac. l). No están obligados a llevar estos apellidos, pues la ley no dice cómo debe formarse
el nombre de la persona. Se concreta a exigir que todo ser humano tenga un nombre.
Tienen derecho a ser alimentados por sus padres, los cuales, como cónyuges, determinarán
sobre quién recae esta carga económica (Art. 164), pudiendo los hijos pedir el
aseguramiento de este derecho en virtud del derecho preferente que les concede el Art. 165.
Tienen derecho a vivir en el hogar conyugal, y para eso el Código les marca como
domicilio legal el de sus padres (Art. 32, Frac. 1) y les obliga a vivir con ellos (Art. 421).
Tienen derecho a ser educados por sus padres quienes no sólo han de proporcionar los
medios económicos para adquirir cultura, sino sobre todo creando y manteniendo el
ambiente familiar propicio para el desarrollo armónico del hijo. En el caso de los hijos
legítimos, este derecho se ve fortalecido por el compromiso matrimonial de sus padres que
incluye necesariamente la educación de la prole como fin del matrimonio.
Tiene derecho a la porción de hijo en la herencia legítima y a una pensión testamentaria en
caso de necesidad.
II. Para los hijos nacidos fuera de matrimonio los efectos de la filiación son los mismos,
con la excepción del derecho a vivir en el hogar de sus padres, pues ni aún en el caso de
concubinas existe ese derecho, pues las concubinas no tienen obligación de vivir juntos y
por tanto terminan la vida en común cuando cualquiera de ellos lo decida. El derecho a ser
educados por sus padres también sufre demérito en el caso de estos hijos, pues los padres
que no viven con él, no pueden realizar esta obligación con toda plenitud.
En todo lo demás, el hijo natural reconocido se iguala al legítimo, lo cual es de justicia,
pues su condición le ha sido impuesta sin consultarle y sin su culpa. Es más, en materia
patrimonial, la ley podría ir más allá exigiendo a los padres del hijo natural que aseguren,
dentro de sus posibilidades, el futuro económico de sus hijos, sin detrimento de la familia
legítima, cuando ésta exista. 11
vII. LA ADOPCIÓN
Es este un instituto novedoso dentro de nuestro derecho civil, pues ni el Código de 1870 ni
el de 1884 la consideraron dentro de sus disposiciones. Fue el Código vigente de 1928 el
que restituyó el viejo instituto de la adopción.
En virtud de la adopción se crea una relación de filiación legal entre adoptante y adoptado,
sin ningún fundamento biológico. Es s, si este existiera, la adopción no procedería, pues
nadie puede adoptar a su propio hijo.
11 Pacheco Op. cit.
La finalidad de la adopción es proteger la persona y bienes del adoptado por lo cual sólo
debe autorizarse cuando beneficie a éste y no sólo por satisfacer deseos del adoptante. Lo
primordial en la adopción es el interés del adoptado.
Podemos dividir en dos grandes grupos a las legislaciones que admiten la adopción:
1. Aquellas en que el adoptado queda desvinculado de sus parientes consanguíneos. En
ellas, la adopción rompe el parentesco anterior si es que existía, o impide que nazca cuando
no lo había, prohibiendo cualquier acción que pretenda investigar la paternidad o la
maternidad del adoptado tanto por parte de éste como de sus presuntos padres y ordenando
la destrucción previa a la adopción de cualquier indicio (actas de nacimiento o cualquier
otro escrito) que pueda establecer en el futuro la filiación biológica.
Sólo si la adopción terminara, se permitiría investigar la paternidad o la maternidad.
Este sistema mira más bien al interés del adoptante, que desea verse libre en el futuro de
cualquier interferencia producida por los padres o parientes consanguíneos, e impide al
propio adoptado llegar a identificar a su familia de sangre.
2. Aquellos en que el adoptado conserva sus parientes consanguíneos, aunque la filiación
adoptiva, mientras exista, se ejerce con preferencia a aquella. La patria potestad de los
consanguíneos queda en suspenso y volverá a ejercerse si la adopción termina en la minoría
de edad del adoptado. También subsisten todas las demás obligaciones y derechos de los
parientes consanguíneos, bien que subsidiarias a las del adoptante.
Este sistema mira más a los intereses del adoptado, el cual queda protegido en caso de que
termine la adopción, puede ser alimentado por sus consanguíneos y llegar a heredarlos,
pero a su vez, puede llegar a tener obligaciones en relación con ellos, que indirectamente
cargarán quizá sobre el adoptante. El adoptado conoce o puede llegar a saber quiénes son
sus padres.
Este segundo sistema es el que acepta nuestro código según el cual "los derechos y
obligaciones que resultan del parentesco natural, no se extinguen por la adopción, excepto
la patria potestad que será transferida al adoptante" (Art. 403).
Es difícil llegar a compaginar los diversos intereses que se entrecruzan en el acto de la
adopción, pues se encuentran padre o madre natural, adoptante y adoptado. El adoptante
casi siempre deseará terminar con la filiación natural para que ésta no interfiera en la nueva
filiación adoptiva, pues en otra forma no hace la adopción, lo cual en último término es en
perjuicio de¡ adoptado. El conservar vivo el parentesco natural puede prestarse a chantajes
o abusos por parte de los padres sin escrúpulos contra el adoptante, lo cual retrae a éste de
llevar adelante la adopción. El hijo adoptivo también puede sufrir perjuicios al quedar
totalmente en manos del adoptante que quizá con el tiempo se arrepienta de la adopción. 12
VIII. EL CONCUBINATO
La unión libre niega el derecho de los hijos al hogar y supone. la total desmoralización de
las costumbres al destruir a la familia; no creo. en conclusión, que la unión libre constituya
la unión del futuro, pues sería contraria al progreso y a la marcha incesante de la
humanidad hacia un ideal de justicia y de libertad".
Se insiste por tanto en la inmoralidad y como consecuencia, en la ilicitud del concubinato.
Este va contra las buenas costumbres y constituye siempre una falta consigo mismo
(egoísmo que no desea comprometerse) con la otra parte (perdida de la honra) para con los
hijos (se viola su derecho, inherente a toda persona humana, a venir al mundo y ser
educados en una familia) y con la sociedad (mal ejemplo que todos debemos evitar). La
moral que nunca puede ser ajena al derecho, reprueba claramente el concubinato, y lo
considera como una circunstancia agravante de la simple fornicación, siempre ¡lícita fuera
del matrimonio. Hay sin embargo, un punto que conviene destacar, cuando se habla del
aspecto moral del concubinato.
Por otra parte, el reconocimiento por parte del derecho va en contra de la voluntad de los
mismos concubinas, los cuales precisamente desean que su unión no sea reconocida. Al
menos en los concubinatos establecidos entre personas que no tienen entre sí impedimentos
12 Pacheco Op. cit.
matrimoniales, algunos autores han llegado a afirmar la existencia de un verdadero pacto
de concubinato, que da origen a un estado de concubina, pues no hacen lo que podrían
legalmente hacer. Se mantienen por propia voluntad fuera de la ley.
El caso de las parejas que sólo contraen matrimonio ante el ministro de su religión pero no
acuden al Registro Civil y que sigue siendo un sector importante, pues según el mismo
Censo de Población antes citado, por cada 1,000 matrimonios contraídos en 1980, 222 lo
fueron sólo por lo civil, 728 por lo civil y por lo religioso y 50 solamente ante el ministro
religioso. Es el caso también de muchas parejas que por ignorancia extrema o desidia, no
reúnen los requisitos que se les exigen en el Registro Civil (actas de nacimiento, convenio
sobre los bienes, certificados médicos, etc.) y comienzan a hacer vida marital sin ninguna
otra formalidad; son estos, verdaderos matrimonios naturales, que al formarse por un
verdadero consentimiento matrimonial no pueden considerarse como concubinatos, aunque
el formalismo legal los coloque en esa categoría.
El Código Civil admite y da efectos jurídicos a otro tipo de uniones extra matrimoniales
que no reúnen las características del concubinato, y así, por ejemplo, permite la
investigación de la paternidad "cuando el hijo haya sido concebido durante el tiempo en
que la madre habitaba bajo el mismo techo con el pretendido padre, viviendo maritalmente"
(Art. 382, Frac. 111). La acción que nace para investigar la paternidad en este caso, no tiene
como origen un concubinato, pues la presunción en relación con éste, se contiene en el
artículo siguiente. (Art. 383).
El concubinato se nos presenta siempre como la situación de hecho en que se encuentran un
hombre y una mujer, que sin estar casados, hacen vida marital.
El concubinato requiere de estabilidad y permanencia, con lo cual se diferencia de las
uniones sexuales pasajeras o esporádicas (no hay estabilidad) o de aquellas relaciones
sexuales habituales, pero que no van acompañadas de cohabitación (no hay permanencia).
Son cuatro por tanto los elementos del concubinato:
1) situación de hecho extramatrimonial;
2) relaciones sexuales;
3) comunidad de habitación;
4) cierta duración de esa unión.
Nuestra ley agrega además otros elementos necesarios para que esa unión de hecho pueda
producir efectos como concubinato. En el Art. 1635 se encuentran esos elementos y así,
podemos decir que para nuestro código el concubinato es la unión que reúne los siguientes
elementos:
1) Unión de hombre y mujer para hacer vida semejante a la de los cónyuges. No hay por
tanto concubinatos entre personas del mismo sexo. La ley habla, siempre que es el caso, de
concubina y concubinario.
2) Unión de hecho entre personas no casadas, ni entre sí ni con otra persona -ninguna de
ellas. Si estuvieran casados entre sería matrimonio, y si cualquiera de ellos lo fuera con
otro, sería adulterio. El concubinato no es una unión adulterina según lo requiere
expresamente el citado Art. 1635 al indicar que "ambos hayan permanecido libres de
matrimonio durante el concubinato".
3) Unión estable, que haya durado al menos cinco años o que hubiera provocado el
nacimiento de dos hijos por lo menos. Esos hijos deben ser producto del concubinato, pues
si alguno de los nacidos es declarado hijo de otro o es reconocido válidamente por otro, no
se configura el concubinato.
4) Unión permanente, o sea cohabitando a la manera de cónyuges, no a ratos o por
temporadas, de tal forma que pueda decirse, por ejemplo, que ha existido un domicilio
común de los concubinas.
5) Unión de personas que no tengan entre sí un impedimento matrimonial natural. Aunque
la ley no indica nada al respecto, nos parece que este requisito está de acuerdo a la finalidad
que el legislador busca al dar efectos legales a estas uniones de hecho. Puede darse el caso
que hagan vida marital dos personas que tengan entre un impedimento dispensable. En
este caso, aunque los impedimentos matrimoniales son de interés público, y no un capricho
deL legislador, puede ser más importante la protección de los hijos o aún del otro concubina
que en ocasiones por ignorancia o por miseria, no han reparado en este tipo de
impedimentos y han vivido su unión de hecho sin saberlos o sin darles la importancia que la
ley quiso darles.
6) Unión de un solo concubinario con una sola concubina', pues si existieran varios, no hay
concubinato (Art. 1635, in fine). Esto no quiere decir que los concubinos tienen obligación
de fidelidad., ni que el concubinato es monógamo, sino que cuando existan varias uniones
de hecho simultáneas, ninguna es legalmente concubinato.
Los efectos del concubinato en el derecho civil mexicano
El concubinato produce:
a) Un derecho a la sucesión legítima (Art. 1635).
b) Una pensión alimenticia post-mortem a favor del sobreviviente necesitado (Art. 1368,
Frac. V).
c) Una presunción de filiación (Art. 383).
d) Una pensión alimenticia entre vivos mientras subsista el concubinato (Art. 302, in fine).
e) La terminación de las pensiones de alimentos decretadas a favor de los divorciados
(Art. 288). 13
Derecho civil, conjunto de normas e instituciones destinadas a la protección y defensa de la
persona y de los fines que son propios de ésta. Consta de las siguientes grandes ramas:
derecho de la persona —capacidad, estados civiles, derechos de la personalidad,
nacimiento, muerte y domicilio, entre otras materias. Derecho de obligaciones y contratos
—teoría general de las obligaciones y de los contratos, contratos en particular
13 Pacheco Op. cit.
(compraventa, permuta, donación, arrendamientos, entre otros supuestos) y responsabilidad
civil. Derechos reales —posesión, propiedad, Registro de la propiedad, derechos reales
sobre cosas ajenas. Derecho de familia —parentesco, matrimonio, filiación, patria potestad,
tutela. Derecho de sucesiones —testamento, herencia, legados, sucesión intestada. El
Derecho civil, que se ocupa de la persona, sin más, es derecho privado general,
contrapuesto a los derechos privados especiales —mercantil, del trabajo—, que se ocupan
de categorías concretas de personas o sectores profesionales definidos —comerciantes,
empresarios, trabajadores. Por estas razones, por la importancia de sus instituciones, por su
coherencia y tradición milenaria, el Derecho civil tiene un valor paraconstitucional y es
considerado, con frecuencia, como Derecho común, complementario de otros derechos y
leyes, cuyas lagunas llena. El Derecho civil se contiene, en muchos países, en códigos que
llevan el mismo nombre, inspirados —en mayor o menor medida— en el Código de los
Franceses o Código de Napoleón (el primero de todos fue redactado a comienzos del siglo
XIX), cuyo desarrollo actual se produce, sobre todo, mediante la promulgación de leyes
especiales relativas a las más variadas materias.
Impedimentos matrimoniales, para contraer matrimonio la generalidad de las
legislaciones exige: heterosexualidad, libertad o ausencia de vínculo y un determinado
grado de exogamia, denominándose impedimentos matrimoniales a las circunstancias
personales o de relación entre ambas que entran en contradicción con aquellas notas
caracterizantes de la institución matrimonial.
Cónyuges, aquellos cuya relación personal está basada en el matrimonio existente entre
ellos y que da lugar a un tejido de derechos y deberes recíprocos que en las sociedades
modernas están presididos por el principio de plena igualdad y subordinado su ejercicio al
actuar en interés de la familia. Los cónyuges están obligados a vivir juntos. Esto no quiere
decir que por específicas necesidades familiares no puedan tener distintos domicilios
cuando así lo requieran sus concretas necesidades. La convivencia, como obligación
recíproca de los cónyuges, presupone voluntad de vida en común y ausencia de libertad
para establecer de forma unilateral domicilio individual separado, no un dato de hecho que
debe darse en cualquier caso y circunstancia. Deben guardarse fidelidad, constituyendo su
contrario, el adulterio, causa de separación y de divorcio. También se deben ayuda y
socorro mutuos. Estos deberes no pueden ser hoy objeto de un tratamiento abstracto a partir
de un modelo predeterminado que se toma como paradigmático, sino que deben integrarse a
partir de una estrecha colaboración que, tan sólo para verificar su ausencia o su grave
defecto, podrá valorarse por el comportamiento que el común de las gentes estima
apropiado una vez que han sido apreciadas las circunstancias económicas, sociales y
profesionales de los cónyuges y las del medio en que se desenvuelven. No obstante, las
legislaciones modernas obligan a ambos cónyuges a contribuir de forma material, de
acuerdo con sus posibilidades económicas y profesionales, al levantamiento de las cargas
familiares y del matrimonio conforme a su régimen económico-matrimonial y a sus propios
acuerdos.
Parentesco (derecho), es la relación que media entre personas que tienen un ascendiente
común a todas ellas: en el parentesco en línea recta, además, una o varias descienden de
otra, mientras que en la línea colateral se es pariente sólo por existir una persona que, a la
vez, es ascendiente de todos los unidos por esta clase de parentesco. Puede ser el parentesco
matrimonial y extramatrimonial, según que la generación de los parientes se haya
producido dentro del matrimonio o fuera de él.
Los hermanos, son de doble vínculo cuando proceden del mismo padre y madre, y de
vínculo sencillo cuando tienen en común un solo progenitor y no el otro.
Hasta aquí el parentesco llamado de consanguinidad. Hay otro parentesco de alcance y
efectos mucho más limitados, el que la gente llama parentesco político y los legisladores
denominan de afinidad, que une a todos los parientes consanguíneos de una persona con el
cónyuge de éste (por ejemplo, los cuñados).
Cuando el Código civil habla de hijos, padres o hermanos sin hacer especificación alguna,
se refiere en exclusiva al parentesco por consanguinidad.
Los cónyuges no son parientes entre sí: tan sólo son cónyuges.
La ley obliga a los ascendientes y descendientes y a los cónyuges no separados a
suministrarse alimentos entre sí, en caso de necesidad. Éstos comprenden, además de la
alimentación en si misma, los cuidados más elementales para la salud y la formación del
alimentista.
La obligación de alimentos es recíproca. Esto es, el que los suministra hoy al pariente
necesitado, podrá pedírselos mañana si éste último ha mejorado de fortuna y el primero
empeora hasta hallarse en una situación de necesidad que le lleve a reclamarlos.
Pensión compensatoria alimenticia, suma de dinero que uno de los cónyuges ha de
satisfacer al otro durante un tiempo limitado o indefinido tras los procesos de separación,
nulidad matrimonial o divorcio, bien sea porque así lo ordena el juez en su sentencia, bien
porque lo acuerdan libremente las partes. Esta pensión tiene como finalidad permitir al
cónyuge que la recibe mantener un nivel de vida semejante al que gozaba con anterioridad.
Según una antigua tradición, el marido debía mantener a su mujer después de la ruptura
matrimonial, costumbre que se explica por el esquema familiar clásico, en el cual el marido
tenía a su cargo el sostenimiento de la familia, siendo la mujer la encargada del hogar y del
cuidado de los hijos. Las normas que los sistemas jurídicos establecían sobre la pensión
tenían presente esta circunstancia.
En las últimas décadas del siglo XX, el aumento del número de divorcios, la cada vez
mayor participación de la mujer en el mercado laboral y los idearios feministas han
contribuido a perfilar un sistema de pensiones diferente, que toma en consideración los
trabajos y salarios de ambos cónyuges, sus necesidades económicas, la custodia de los
hijos, las edades de los separados y su nivel de vida durante el matrimonio, sus capacidades
y discapacidades e incluso sus respectivas conductas.
AGUASCALIENTES
Capítulo I.
Artículo 4to.- La familia constituye la base fundamental de la sociedad. Cualquier
doctrina o credo que en alguna forma, mine sus cimientos, se considerará atentatoria
de la integración misma del Estado.
Por la misma razón, el hogar y particularmente, los niños, serán objeto de especial
protección por parte de las autoridades. Toda medida o disposición protectoras de la
familia y la niñez, se considerarán de orden público.
Cardenal Alfonso López Trujillo
Presidente del
Pontificio Consejo para la Familia
LA FAMILIA: DON Y COMPROMISO, ESPERANZA DE LA HUMANIDAD
Introducción
2. DON Y COMPROMISO
La familia, fundada sobre el matrimonio, comunidad de vida y de amor, (de "toda la
vida"
en la presentación del Código de Derecho Canónico, can. 1055), tiene su "elemento
indispensable", que "hace el matrimonio" en el intercambio de consentimientos (cf.
C.E.C., n. 1626).
El consentimiento, observa el Catecismo de la Iglesia Católica, consiste en un "acto
humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48) (C.E.C.,
n.
1627). Ese otorgarse recíprocamente se hace por medio de la palabra como solemne
promesa, que va acompañada por gestos que subrayan esa voluntad de mutua
entrega.
El don que se ofrece, la misma persona, asume la categoría de don cuando es
acogido
-agrega el Catecismo-. "Yo te recibo como esposa" - "yo te recibo como esposo".
Este
consentimiento que une a los esposos entre si, encuentra su plenitud en el hecho de
que
los dos "vienen a formar una sola carne" (C.E.C., n. 1627).
El consentimiento, como expresión de este don, que hace el matrimonio, "la alianza
matrimonial" y constituye un consorcio de toda la vida" (C.E.C., n. 1601) es un don
en
Dios. En El tiene su fuente y su autor. Cuando los esposos se otorgan el uno al otro,
llegan a ser un regalo de Cristo que dona el hombre a la mujer y la mujer al hombre.
Es
"una íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador… El
mismo
Dios es el autor del matrimonio"(GS 48). En el matrimonio, recuerda el Concilio
Vaticano II, "El Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de
los
esposos cristianos" (GS 48).
Es ese el proyecto de la creación querido por Dios al inicio, que el Señor santifica
solemnemente y eleva a la dignidad de sacramento. Es Dios quien une en el
matrimonio,
en esa comunidad "estructurada con leyes propias", como instituido "establecido por
ordenamiento divino", que no depende del arbitrio humano" (cf. C.E.C., n. 1603).
Son
bien conocidos los pasajes de la teología bíblica que muestran, dentro del marco de
una
definida antropología, cómo está anclada en el corazón del ser humano la llamada a
compartir, a la complementariedad, a una acogida, en la realidad de la primera
pareja.
En esta unión, cuyo autor es Dios, El mismo se compromete y se proyecta en el
horizonte de la Alianza de Dios con la humanidad, de Cristo con la Iglesia. Con
especial
fuerza ha escrito Max Thurian: "No es un simple contrato que se relaciona con una
fidelidad recíproca. Dios en persona realiza este misterio de unión y le da una
seguridad
ante los peligros de desgarramiento. Es la característica primordial del matrimonio
cristiano. El matrimonio es la unión en Dios y por Dios…"7.
El matrimonio cristiano tiene una relación directa con la Alianza de Cristo. En tal
sentido
el consentimiento no es un acto entre dos sino "triangular" (en la expresión de Carlo
Rocchetta), como un "Sí" dicho al interno del "Sí" de Cristo y a la Iglesia. El
consentimiento de los esposos no puede ser separado de la adhesión a Cristo. "El
tradere se ipsum de Cristo a la Iglesia viene a configurar en profundidad el tradere
se
ipsum de los esposos"8.
Lo que Dios ha unido hasta volverse "una sola carne" el hombre no puede someterlo
a
sus caprichos ni invocar arbitrio alguno. El matrimonio no es un consenso, fruto de
cambiantes acuerdos humanos, sino una institución que hunde sus raíces en el
terreno
de lo sagrado: la misma voluntad del Creador. No es gracioso regalo de los
parlamentos, logro de los legisladores en las estratagemas políticas. El pleno señorío
a
Dios pertenece y es El quien sale al paso y ofrece el don. Comenta Joachim Gnilka:
"El
hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt.19,6) es comprensible solamente si se
puede partir del presupuesto que es Dios quien une toda pareja de esposos"9.
El don expresado en el consentimiento "personal e irrevocable", que establece la
Alianza del matrimonio, lleva el sello y la calidad de una donación definitiva y total
de uno
al otro (cf. C.E.C, n. 2364).
La donación hasta formar "una sola carne" es un otorgarse personal, no se ofrecen
cosas, que se articula en la palabra-promesa y se funda en el Señor. Porque es una
donación personal, no entra en juego, en su proyecto original, la dialéctica de la
posesión, del dominio. Por ello no es destrucción de la persona, sino realización de
la
misma en la dialéctica del amor, que no ve en el otro una cosa, un instrumento que
se
posee, se usa, sino el misterio de la persona en cuyo rostro se delinean los perfiles
de la
imagen de Dios. Sólo una adecuada concepción de la "verdad del hombre", de la
antropología que defiende la dignidad del hombre y de la mujer, permite superar
plenamente la tentación de tratar al otro como cosa y de interpretar el amor como
una
empresa de seducción. No es un amor que degrada, elimina, sino que exalta y
realiza.
Solo así se descifra e interpreta esta categoría del don, que libera del egoísmo, de un
amor vacío de contenido, que es insuficiente e instrumentalización, y que liga la
unión
simplemente a un gozo sin responsabilidad, sin continuidad, que es ejercicio de una
libertad que se degrada lejos de la verdad.
Se impone, con toda fuerza la categórica declaración Conciliar: "El hombre que es
en la
tierra la sola creatura que Dios ha querido por sí misma no puede encontrarse
plenamente sino a través del don sincero de mismo" (GS 24). Tiene, pues, la
dignidad
de fin, no de instrumento o cosa, y en su calidad de persona es capaz de darse, no
solo
de dar.
Los esposos en esa entrega recíproca, en la dialéctica de una entrega total, "forman
una
sola carne", una unidad de personas "communio personarum", desde su propio ser,
en
la unidad de cuerpos y espíritus. Se dan con la energía espiritual y de sus propios
cuerpos en la realidad de un amor en el cual el sexo está al servicio de un lenguaje
que
expresa esa entrega. El sexo, como recuerda la Exhortación Apostólica Familiaris
Consortio, es un instrumento y signo de recíproca donación: "la sexualidad
mediante la
cual el hombre y la mujer se dan uno a otro, con los actos propios y exclusivos de
los
esposos, no es en efecto algo de puramente biológico sino que afecta al núcleo
íntimo
de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente
humano,
solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se
comprometen totalmente entre sí hasta la muerte (FC 11).
Es bien difícil abordar toda la riqueza que contiene la expresión "una sola carne", en
el
lenguaje bíblico. En la Carta a las Familias, el Santo Padre profundiza en su
significación
a la luz de los valores de la "persona" y del "don", como lo hará también en relación
con
el acto conyugal, que está ya incluido en esta concepción de la Sagrada Escritura.
Así
escribe el Papa, quien ofrece, en diferentes escritos, un cuidadoso análisis, en la
Gratissimam sane: "El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del
hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal -significada en la expresión
bíblica "una sola carne"-,no puede ser comprendida y explicada plenamente sino
recurriendo a los valores de la "persona" y del "don". Cada hombre y cada mujer se
realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el
momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello.
Es
entonces cuando el hombre y la mujer, en la "verdad" de su masculinidad y de su
feminidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida en el matrimonio es un
don,
pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose
recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos "una sola
carne" (Gen. 2,24). Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad,
incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel
momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de
una nueva existencia humana que después se de-arrollará en el seno de la mujer"
(Grat.
sane, 12)
En esta perspectiva, y comentando el "misterio de la feminidad", en su Catequesis
sobre el amor humano, Juan Pablo II, observa (en relación con Génesis 4,1): "El
misterio
de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad,
como
dice el texto: "la cual concibió y dio a luz". La mujer está de frente al hombre como
madre, sujeto de la nueva vida humana que en ella es concebida y se desarrolla, y de
ella nace al mundo. Así también se revela en profundidad el misterio de la
masculinidad
del hombre, es decir, el significado generador y paterno de su cuerpo". Y luego
subraya:
"La paternidad es uno de los aspectos de la humanidad más sobresalientes en la
Sagrada Escritura"10. Sobre el tema tornaremos al examinar el don del hijo.
A la luz de la teología de la donación, reflexiona el Papa sobre el lenguaje del
cuerpo y
en el conjunto de su expresividad y significación como don personal de la persona
humana. "Como ministros de un sacramento que se constituye a través del
consentimiento, y se perfecciona a través de la unión conyugal, el hombre y la
mujer son
llamados a expresar ese misterioso lenguaje de sus cuerpos en toda la verdad que le
es propia. Por medio de gestos y de reacciones, por medio de todo el dinamismo,
recíprocamente condicionado, de la tensión y del gozo, a través de esto habla el
hombre,
la persona (…). Y, precisamente en el nivel de este "lenguaje del cuerpo" -que es
algo
más de la sola reactividad sexual y que, como auténtico lenguaje de las personas,
está
puesto bajo la exigencia de la verdad, es decir, a normas objetivas-, el hombre y la
mujer
se expresan recíprocamente a ellos mismos en el modo más pleno y profundo, en
cuanto le es consentido por la misma dimensión somática de la masculinidad y
feminidad: el hombre y la mujer se expresan ellos mismos en la medida de toda la
verdad de sus personas"11. Esa relación y dimensión personal, así expresada, en
"una
sola carne", dice relación a Dios mismo, en cuanto la pareja, como tal, es imagen de
Dios. "Podemos deducir que el hombre se ha vuelto imagen y semejanza de Dios,
no
solamente a través de la propia humanidad, sino a través de la comunión de las
personas"12.
Es esta verdad que enaltece y dignifica lo que debiera ser transmitido en un
contenido
digno de tal nombre, en la educación sexual, que señala la grandeza de la
sexualidad, en
su dimensión personal, como un lenguaje de amor: donación aceptación -
compromiso,
que no encierra las personas en mismas, o en un ciclo cerrado de goce, sin
apertura,
sino que se levanta hacia Dios y adquiere nuevas dimensiones de eternidad, es decir,
que no se circunscribe a actos perecederos que el tiempo borra y quizás sufre en la
memoria el desgaste del tiempo, sino que se eleva hasta la fuente misma del amor.
Esa expresión en un lenguaje humano, personal, de totalidad, ¿cómo no ha de
marcar la
existencia, en un sentido de profundo compromiso?. De alguna manera, aún después
de
la muerte de uno de los cónyuges, algo de esa relación permanece. No entramos ni
de
lejos a discutir el derecho que asiste al viudo o a la viuda para casarse de nuevo. Sin
embargo, pensando sobre todo en ciertas oraciones bien significativas de la Liturgia
Oriental, en el caso de nuevas nupcias, en las que no hay propiamente palabras de
encomio, sino como de permisión, de tolerancia, me parece que se abre una pista de
explicación por el tipo de relación asumida y que no es propiamente indiferente para
la
persona que se ha sumergido en la corriente del don.
Es preciso rescatar el sentido de la entrega, liberarlo, de una cultura que atenta
contra la
dignidad del hombre y de la mujer y que destruye la relación personal de los
esposos,
como si el proceso de la entrega no respondiera a resortes profundos de la
personalidad y como si una ciencia, digna de tal nombre, no pudiera venir en ayuda
de la
verdad del hombre.
No es el momento de introducirnos en consideraciones que nuestro Dicasterio ha
hecho
en el Documento que lleva este título, como enunciación de su contenido central:
"Sexualidad Humana: Verdad y Significado". Esta perspectiva es también
reconocida
fundamentalmente por las conquistas de la razón, por los logros de una ciencia que
se
acerca de verdad al ser del hombre. Una proyección que supera el egoísmo y tiende
al
otro, es altruista, no es extraña, v.g., al pensamiento de Freud. Hoy se puede hacer la
denuncia de una tal banalización del sexo que se detiene en estadios y etapas
previas,
en donde el egoísmo encierra y aisla, con la modalidad de una inmadurez que
destruye
el lenguaje del amor, la verdad y cobra su víctima en el mismo hombre y en la
mujer.
Muchas veces acceden al matrimonio con una personalidad severamente lesionada
por
una cultura falseada, que es como una bomba de tiempo para el mismo matrimonio.
El
hecho de que el lenguaje sexual, como comportamiento armónico y articulado, que
está
al inicio de la verdad, no debe reducirse a lo meramente biológico, es, a veces,
traducido por escritores de la calidad de Marguerite Yourcenar en sus "Memorias de
Adriano". Permitidme recoger algunas de sus expresiones que, me parece,
ilustrarían la
verdad que el magisterio quiere transmitir. El lenguaje de los gestos, de los
contactos,
pasa de la periferia de nuestro universo a su centro y se vuelve más indispensable
que
nosotros mismos, y tiene lugar el prodigio admirable, en el que veo más una
asunción
de la carne por el espíritu que un simple juego de la carne, en una especie de
misterio
de la dignidad del otro que consiste en ofrecerme ese punto de apoyo de otro
mundo13.
Hay entonces como una intuición, no exclusiva del universo de la fe, que restituye
al sexo
su grandeza y lo rescata del vaciamiento y de un uso instrumental que en la cultura
del
consumismo se parece mucho a lo desechable: ¡se usa y se bota!. Es la globalidad
de
la persona la que está en juego y sus actos no le son exteriores, como si pudieran ser
atribuibles a otro, en una forma de "irresponsabilidad" básica e infantil. El hombre
que
se siente incapaz o inseguro de responder por sus actos, que asumen el tono de
juegos
provocados por un ser somnoliento.
Retornemos a un pensamiento de M. Yourcenar que transmite bien una impresión
ética:
"Yo no soy de aquéllos que dicen que sus acciones no se les parecen. Deben
parecerse, porque las acciones son la sola medida y el único medio de diseñarme en
la
memoria de los hombres o en la mía propia… No hay entre yo y los actos de los que
soy
hecho, un hiato indefinible, y la prueba, es lo que yo pruebo sin cesar en la
necesidad de
pesarlos, de explicarlos, de dar cuenta de ellos a mi mismo"14.
En el lenguaje sexual se expresa el hombre, de alguna manera se diseña y se
modela, y
configura su destino. El don, la verdad del mismo y su sentido adquieren una
estatura y
proporción dignas del hombre. Por eso la Familiaris Consortio subraya este valor
sin el
cual el sexo se vacía, pierde su verdad, hasta volverse caricatura y mueca que lacera
y
desfigura lo que debe brillar en el misterio de una carne: "el amor conyugal
comporta una
totalidad donde entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del
instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la
voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en
una
sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola alma" (FC 13).
El Consentimiento, el don recíproco, -recordábamos antes- es "personal e
irrevocable";
la donación es "definitiva y total". Su lugar noble, propio, único es el matrimonio.
¡En éste
la donación es verdad!.
Podríamos decir que lo definitivo es una calidad de la totalidad de la donación. Es la
superación de una entrega parcial, a pedazos, por "cómodas cuotas" que son
homenajes al egoísmo, al amor opacado por la realidad del pecado. Un amor así, a
trozos, pierde hondura, espontaneidad y poesía. Entre los novios es otra la tonalidad.
El
amor que se promete o tiene ansias de duración, de "eternidad" o en el fondo no
existe.
La entrega es por toda la vida y sobre todas las circunstancias. Asegura contra lo
provisorio, contra el desgaste, contra la mentira. ¿Qué, decir de quienes, como un
nuevo
paso de "pluralismo" y de actitud complaciente en el campo jurídico, se proponen
ensayar legislaciones de matrimonios ad tempus, de comuniones temporales?.
"Afirmar
que el amor es elemento constitutivo del matrimonio es sostener que de no haber
existido aquella mutua entrega irrevocable, no existiría entre los esposos el "foedus
coniugale". Las leyes, por tanto, de unidad e indisolubilidad no son exigencias
extrínsecas al matrimonio, sino que nacen de su mismo ser. Y así, el amor
constituyente
ha de ser amor conyugal, exclusivo e indisoluble"15.
Matrimonio, es la unión estable entre hombre y mujer, convenida de acuerdo con la ley,
regulada y ordenada a la creación de una familia. No se trata de una creación técnica del
Derecho, sino de una institución natural que el ordenamiento regula en interés de la
sociedad.
Son caracteres del matrimonio según la concepción corriente en los países civilizados: a)
constituir un vínculo habitual con vocación de permanencia, dirigido, por su propia
finalidad, a la convivencia y colaboración de los cónyuges en un hogar, formando una
familia en cuyo seno nacerán y se criarán los hijos si los hubiere, y b) resultar de un acto
jurídico bilateral celebrado en un concreto momento: la boda. Este acto se halla regulado,
con carácter solemne, por la ley como creador exclusivo del vínculo reconocido por el
Estado.
Hay en la disciplina del matrimonio, muy influida por el aporte del cristianismo a la cultura
jurídica, un doble aspecto: el de la celebración como acto (intercambio de consentimientos
en forma legal) por causa del cual nace el estado de cónyuge; y el del estado civil creado,
situación de duración indefinida producida por la manifestación de tal voluntad.
El modelo actual de matrimonio, en el cual el vínculo procede de un acuerdo de voluntades,
no puede disolverse sin causa legal establecida por vía judicial.
El matrimonio requiere aptitud nupcial absoluta y relativa, cada contrayente debe ser apto
para casarse y debe poder casarse con la otra parte. En el primer aspecto exige ser mayor de
edad y tener libertad para casarse. La exigencia de edad puede dispensarse a quienes tengan
edad núbil, que se suele establecer en los 14 años. En el segundo aspecto es impedimento u
obstáculo la existencia de un vínculo matrimonial anterior vigente, así como la existencia
de un próximo parentesco entre los contrayentes. Estos impedimentos son coincidentes en
la práctica en todos los sistemas matrimoniales, si bien en cada uno de éstos podemos
encontrar impedimentos especiales que responden a los fines de la sociedad civil o religiosa
en que se enmarcan.
A fin de acreditar que reúnen las condiciones para el matrimonio los contrayentes deben
instar ante el juzgado u autoridad eclesiástica reconocida, en los sistemas en que se aceptan
varias formas de celebración con eficacia civil, con jurisdicción a este efecto, la formación
del expediente que proceda, en el curso del cual se publica su intención de casarse.
El matrimonio civil se autoriza por el juez encargado del Registro civil del domicilio de
cualquiera de los contrayentes, o por el alcalde en presencia de dos testigos mayores de
edad.
Lo fundamental de la celebración del matrimonio es la manifestación del recíproco
consentimiento de los contrayentes. Dicha manifestación puede hacerse por medio de un
representante (matrimonio 'por poder') pero siempre que el poder se otorgue para contraer
con persona concreta, de modo que el representante se limita a ser portavoz de una voluntad
ajena plenamente formada.
Se considera nulo, cualquiera que sea la forma de su celebración, el matrimonio celebrado
sin consentimiento matrimonial, expresión con la que se alude al matrimonio simulado por
acuerdo de ambas partes: por ejemplo, para adquirir la nacionalidad por concesión o un
derecho arrendatario, o para rebajar el impuesto sucesorio. También son nulos los
matrimonios que se celebren entre personas para las que existe impedimento no
dispensable.
Aunque el matrimonio produce efectos civiles desde su celebración, sin embargo para el
pleno reconocimiento de los mismos será necesaria su inscripción en el Registro civil, sea
la practicada por el juez en el propio libro al autorizar el matrimonio, sea transcribiendo un
documento intermedio: el acta o certificación correspondiente.
Los denominados efectos personales del matrimonio se han visto afectados de un modo
muy profundo respecto de las situaciones y concepciones jurídicas anteriores, pues hoy los
derechos y deberes de los cónyuges son idénticos para ambos y recíprocos, además de
resultar una consecuencia directa de la superación de la interpretación formal de la igualdad
y la introducción de un concepto sustantivo de la igualdad entre los cónyuges. Destacan
entre ellos, aquellos que coadyuvan a la creación, consecución y mantenimiento de una
comunidad de vida. Así, los cónyuges están obligados a vivir juntos en el domicilio que
ambos fijen de común acuerdo; deben respetarse, ayudarse y gobernar de forma conjunta su
hogar; deben guardarse fidelidad; y en consecuencia y a su vez como paradigma de
conducta, deben subordinar sus actuaciones individuales y acomodarlas al interés de la
familia.
Sin perjuicio de la posibilidad lógica de que entre ellos se una especialización de
funciones e incluso una división del trabajo, que varía en función de que la mujer y el
marido trabajen fuera del hogar, ambos o uno solo de ellos, los cónyuges deben prestar su
concurso económico destinado al levantamiento de las cargas familiares, conforme a un
criterio de proporcionalidad para con sus respectivos ingresos y recursos patrimoniales
dentro de las reglas específicas del régimen económico matrimonial que rija entre ellos.
A ambos compete por igual el ejercicio de la patria potestad sobre sus hijos menores o
incapacitados y las funciones específicas de alimentarlos, cuidarlos y educarlos conforme a
su capacidad y recursos económicos, obrando en todo caso y en primer término en interés
del hijo.
Patria potestad, se llama así a la relación paternofilial que tiene por núcleo el deber de los
padres de criar y educar a sus hijos. La potestad sobre los hijos era, en el Derecho romano,
un poder absoluto del padre creado en beneficio de la familia, no de los hijos. Hoy, por el
contrario, es un rasgo constitutivo esencial de la patria potestad su carácter altruista. La
patria potestad se ejercerá en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad.
Corresponde la patria potestad por igual a los progenitores, y esto implica que, viviendo
juntos, las decisiones concernientes a los hijos no emancipados habrán de ser adoptadas de
común acuerdo. En caso de desacuerdo, cualquiera de ellos podrá acudir al juez, quien
atribuirá a uno solo la facultad de decidir. Si se mantienen los desacuerdos, podrá atribuir la
potestad a uno o repartir entre ellos sus funciones. Si los padres se hallan separados, se
ejercerá por aquél que conviva con el hijo, con la participación del otro que fije el juez.
La patria potestad la reciben los padres en el momento de nacer el hijo; si éste es
extramatrimonial, en cuanto lo reconocen.
Se pierde la potestad sobre el menor por incumplir los deberes inherentes a ella, como
consecuencia de una condena penal, o de la separación, disolución o nulidad del
matrimonio. Se extingue por alcanzar el hijo la mayoría de edad o por la emancipación.
Anulación del matrimonio, el matrimonio es nulo cuando faltan, bien el consentimiento o
cuando hay vicio en éste, afecte a la forma o a los presupuestos esenciales para su validez.
El régimen de nulidad, ante la vigencia del matrimonio, es de muy escasa aplicación pues la
declaración de inexistencia del matrimonio, que por lo general se reclama con el fin de
celebrar otro, puede resultar en el aspecto procesal más engorrosa para los litigantes que el
divorcio.
La nulidad del matrimonio tiene que ser declarada por el juez y por ello en los sistemas en
que se admiten diversas formas de celebración del matrimonio (religiosa y civil) el
pronunciamiento suele reservarse a la jurisdicción que se corresponda con el de la forma de
celebración. La nulidad civil se puede pedir por cualquier persona que tenga interés directo
y legítimo en ella, en los supuestos de falta esencial de forma o presencia de impedimentos,
es decir, en aquellos casos en los que el defecto aparece de modo objetivo y desvinculado
de la voluntad de los contrayentes; así también cuando la voluntad falta de modo absoluto,
como en el caso de la simulación. Se restringe la legitimación para pedir la nulidad en los
supuestos de falta de edad (sólo corresponde a los propios contrayentes o los padres, tutores
o guardadores) y en aquellos donde se aprecian vicios de consentimiento. La declaración de
nulidad del matrimonio no invalidará los efectos ya producidos respecto de los hijos y del
contrayente o contrayentes de buena fe. Los primeros se tendrán, en todo caso y a todos los
efectos, como hijos matrimoniales. La declaración de nulidad del matrimonio extingue el
régimen económico matrimonial. Al contrayente de buena fe la ley suele concederle una
posición preferente en materia de liquidación del régimen económico matrimonial, y el
cónyuge de buena fe tiene derecho a una indemnización por haber existido convivencia
conyugal.
Derecho matrimonial, aspecto del Derecho civil y, muy en concreto, del Derecho de
familia, integrado por el conjunto de normas que se ocupa del matrimonio como fenómeno
jurídico e institución en todas sus vertientes. Los principales asuntos sobre los que trata
son: matrimonio —requisitos, forma de celebración, clases—, derechos y deberes de los
cónyuges —respeto, ayuda mutua, fidelidad, convivencia—, nulidad, separación y
disolución del matrimonio; régimen económico conyugal: normas generales, clases de
regímenes matrimoniales, gestión y administración de los mismos, bienes que los integran,
cargas y obligaciones y disolución.
Esponsales, promesa formal de contraer un futuro matrimonio; por lo general esta promesa
se enmarca dentro de un acuerdo jurídico más amplio (capitulaciones matrimoniales) donde
se contempla, entre otros muchos y variados temas, el régimen económico que regirá el
futuro matrimonio y las aportaciones patrimoniales que efectuarán a la futura economía
familiar los parientes de uno y otro esposo. Los esponsales tuvieron una gran importancia
en la edad media por intervenir en la política matrimonial de las casas reales y nobiliarias
europeas, y desde la baja edad media y el renacimiento también fueron un procedimiento
fundamental para la alta burguesía, así como para las relaciones de una clase con la otra de
las contempladas. La celebración de esponsales (salvo en el Derecho canónico medieval:
esponsales de presente) no obligan a los que los contraen a casarse entre sí, ni generan
ningún vínculo que lugar a impedimento matrimonial; tan sólo obligan a resarcir al
incumplidor, en todo caso, de los gastos efectuados con ocasión del matrimonio proyectado
y a indemnizar, cuando proceda, por las obligaciones contraídas con idéntico fin. La acción
que surge de la negativa a contraer matrimonio caduca al año de la manifestación de la
misma.
El matrimonio lleva la garantía de la estabilidad, de lo permanente, de la
perpetuidad.
Podríamos decir que el don recíproco "que liga más fuerte y profundamente que
todo lo
que puede ser adquirido al precio que sea" (Grat. sane, n. 11), se expresa en una
palabra de compromiso. A. Quilici observa: "uno no se da verdaderamente sino
cuando
primero y en verdad da su palabra. Si no eso se parece a una suerte de violación. El
don
del cuerpo no es verdaderamente humano sino en la medida en que cada uno da su
acuerdo, en la medida en que cada uno ha permitido ir más allá en el diálogo, hasta
la
última intimidad"16.
Es una palabra expresiva, que permanece y que compromete profundamente a los
esposos, de tal manera que una donación limitada voluntariamente en el tiempo
desdibuja la misma calidad de un don total. La palabra expresa un profundo que
surge
de la raíz de un amor que quiere ser fiel a lo largo del tiempo. Así caracteriza el
cardenal
Ratzinger ese "Sí": "El hombre, en su totalidad, incluye la dimensión temporal.
Además,
el "sí" de un ser humano supera a la vez este tiempo. En su integralidad, el "sí"
significa:
siempre. El constituye el espacio de la fidelidad … la libertad del "sí" se hace sentir
como una libertad delante de lo definitivo"17. El amor18 no está necesariamente
sometido a la degradación del tiempo, como en las cosas que se desgastan y pierden
paulatinamente su energía. No cae en la órbita de la ley de la entropía. El tiempo
puede
ayudar al crecimiento, a madurar delante de Dios, a hacer del amor un compromiso
más
serio y hondo. Escuché, en Caná una hermosa promesa y expresión de unos esposos
avanzados en años: "te amo más que ayer, pero menos que mañana". La alegría de
la
serenidad, de un testimonio que recibe el espesor de los años, se descubre en tantos
matrimonios de personas ancianas en las cuales se conservan la frescura y la ternura
afianzadas en el tiempo.
En virtud de la donación total se comprende mejor la exigencia de la indisolubilidad
que
libera y protege el amor y que no es su prisión o empobrecimiento. Es falso aquello
de
que el matrimonio es la tumba del amor y que lo definitivo, su indisolubilidad, robe
al
amor su espontaneidad y su dinámica. A ello lleva, sin duda, una cultura de lo
perecedero, en la cual la palabra se vacía y es por tanto liviana hasta la
irresponsabilidad. No lleva el peso de la verdad que no es caprichosa y cambiante
como
lo hace un falso amor, que engaña. "La posible ausencia o debilitamiento de hecho
en
las manifestaciones del amor conyugal no destruyen las propiedades y la tendencia
natural -si bien las pueden obstaculizar-, pues unas y otras reclamarán siempre ser
vivificadas por el amor conyugal"19.
La donación total conduce a la exigencia de la fidelidad. Es una forma concreta de
don,
que empeña y libera. Un amor fiel es también y radicalmente indisoluble. Libera del
temor de traicionar y ser traicionado y suministra a la fuente de la vida, la garantía y
la
transparencia a la que tienen derecho los hijos.
Antonio Miralles escribe: "también la mutua donación personal de los cónyuges
exige la
indisolubilidad del recíproco vínculo que ellos han establecido con tal donación.
Ella es
total y por tanto excluye toda provisoriedad, toda donación temporal. (…) el vínculo
conyugal presenta un carácter definitivo, en cuanto surge de una donación integral
que
comprende también la temporalidad de la persona. El darse con la reserva de poder
desvincular en el futuro, significaría que la donación no es total, al contrario de
aquella
que hace nacer un verdadero matrimonio"20.
Cabe pues decir que la fidelidad, la indisolubilidad, el carácter definitivo, son
esenciales
en la calidad del don. Aquí radica el compromiso, el empeñar del don, empeño que
se
abre también y esencialmente al don de la vida y que se vuelve testimonio público
en la
Iglesia y en la sociedad. Es luz, llama puesta sobre el candelero.
Es San Juan Crisóstomo quien comenta hermosamente el estilo de esta donación en
este consejo a la pareja: "Te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi
vida.
Porque la vida presente no es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal
manera que estemos seguros de no estar separados en la vida que nos está
reservada… pongo tu amor por encima de todo…"21. La duración, el carácter
definitivo
de la donación, en virtud de su totalidad, conduce a la indisolubilidad que es
atribuible al
matrimonio natural y que asume una dimensión más honda y expresiva en el
matrimonio
cristiano, delante y bajo la mirada del Señor.
Ya el matrimonio natural tenía "una cierta sacramentalidad", en sentido amplio,
como
signo preanunciador del misterio de tal unión esponsal, en la íntima unidad de una
sola
carne, inserta (de alguna manera) en el misterio de la Alianza de Dios con la
humanidad,
en el lenguaje de la creación, de Dios con su pueblo (cf. Os., 1-3), de Cristo con la
Iglesia22. "Maridos, amad a vuestras mujeres como el Mesías amó a la Iglesia y se
entregó por ella … Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su
mujer y serán los dos una sola carne, (un solo ser). Este misterio es grande; lo digo
en
referencia a Cristo y a la Iglesia" (Ef. 5, 25. 31-33).
En este texto central de la Carta a los Efesios, en el versículo 25, el modelo es la
entrega
de Cristo, en el lenguaje del sacrificio en el que se expresa el mayor amor, sin
límites:
¡amor crucificado!. Ese "traditit semetipsum", donación total y radical, que es el
modelo,
es el misterio fundamental que abarca la alianza conyugal. El misterio (cf. v. 32), es
referido al proceso que tiene su "tipo", su modelo en Cristo y la Iglesia. Hay que
advertir
que al hablar de misterio, grande, (mega), se refiere el autor a la importancia del
mismo,
a su fuerza expresiva, no a la oscuridad. El misterio de la unión esponsal de Cristo y
la
Iglesia es reproducido en el matrimonio del hombre y de la mujer23
Estamos en el ámbito sagrado de una donación y una entrega que adquiere su plena
iluminación en Cristo, en su pasión redentora. Esto es subrayado por el Concilio de
Trento en la sesión XXIV, Denz. 969: "Gratiam vero quae naturalem illum amorem
perficeret, et indissolubilem unitatem confirmaret, coniugesque sanctificaret: ipse
Christus … sua nobis passione promeruit". Max Zerwick, comentando el texto clave
que
nos ocupa, escribe: "Siendo así, el matrimonio humano es algo más que una mera
figura, cuando se realiza entre miembros de Cristo: debe realizar la unión amorosa
de
Cristo con su Iglesia. Así pues, el matrimonio no es meramente figurativo, sino que
es
una participación real en lo que Pablo llama el gran misterio"24.
El "tradere se ipsum" de cada uno de los cónyuges, a semejanza de Cristo, observa
Carlo Rocchetta, "es un acto de naturaleza perpetua un sacramento
permanente"25.
El consenso de los esposos que se dan y se reciben mutuamente es sellado por el
mismo Dios (cf. C.E.C., n. 1639). El vínculo del matrimonio establecido por Dios
es
irrevocable, de tal manera que no está en el poder de la Iglesia pronunciarse contra
esa
disposición de la sabiduría divina (cf. C.E.C., n. 1640). Está por desgracia muy
difundida
la idea de que el Papa y los Obispos podrían, si superaran el rigorismo, introducir
modificaciones y abrir las puertas a soluciones, al menos en casos excepcionales.
Hay
que repetir esta verdad con decisión y amor: eso no está en el poder de la Iglesia.
Por
tanto: ¡non possumus!. Y no podría pensarse que quedara sustraída a la divina
sabiduría
la situación, así fuera excepcional, de una pareja. Retorna la sentencia ligada al
proyecto
original y ratificado por Cristo: "lo que Dios ha unido no lo separe el hombre".
¿Cómo,
pues, introducir modificaciones en nombre del Dios fiel a la Alianza que en su
misericordia tutela y preserva el bien del matrimonio?.
Se cree, por otra parte, que la indisolubilidad es una exigencia ideal, pero
irrealizable.
¿Podría Dios cargar con semejante empeño, con esta carga que por lo irrealizable
sería
un peso inclemente e insoportable, a los esposos?. El, el autor del matrimonio, que
sale
al paso, al encuentro de los esposos cristianos, ofrece su gracia, su fuerza para que
en
la Iglesia doméstica sean capaces de vivir en la dimensión del Reino.
Es preciso reflexionar, llevados de la mano del Catecismo de la Iglesia Católica, en
toda la riqueza del matrimonio en el plan de Dios, a lo largo de las consideraciones
enmarcadas en el matrimonio en el orden de la creación, bajo la esclavitud del
pecado y
el matrimonio en el Señor. El proyecto original de Dios va en este sentido: "la
vocación
al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según
salieron de la mano del Creador" (C.E.C., n. 1603). No es, pues, una institución
meramente humana, al arbitrio del hombre. Dios mismo es el autor del matrimonio
(cf.
C.E.C., n. 1603).
Lo natural en la comunidad de vida y amor conyugal, provista de leyes propias, es
acoger con alegría y confianza la voluntad de Dios. Bajo la esclavitud del pecado, el
matrimonio es amenazado por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad. Es
un
desorden (opuesto al orden original) que "no se origina en la naturaleza del hombre
y de
la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado" (C.E.C, n. 1607).
Se
introducen rupturas, distorsiones, relaciones de dominio y concupiscencia, pero "el
orden de la creación subsiste, aunque gravemente perturbado. Es necesaria la gracia
y
la misericordia de Dios para realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios
los
creó "al comienzo"" (C.E.C., n. 1608). En la pedagogía de la antigua ley, "la
conciencia
moral relativa a la unidad e indisolubilidad se desarrolló". El Señor "enseñó sin
ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer". "La insistencia
en la
indisolubilidad del vínculo matrimonial corresponde al restablecimiento del orden
de la
creación perturbado por
el pecado (cf. C.E.C., nn. 1614, 1615). En el matrimonio en el Señor, los esposos,
"siguiendo a Cristo, renunciando a sí
mismos podrán comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la
ayuda
de Cristo" (C.E.C., n. 1615).
3. EL HIJO: EL DON MAS EXCELENTE
San Agustín enseñaba: "Entre los bienes del matrimonio ocupa el primer puesto la
prole.
Es verdaderamente el mismo Creador del género humano quien en su bondad quiso
servirse de los hombres como ministros para la propagación de la vida…"26 Y la
Exhortación Apostólica Familiaris Consortio señala: "La misión fundamental de la
familia es realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador,
transmitiendo en las generaciones la imagen divina de hombre a hombre" (FC 28).
Son
dos expresiones que es preciso subrayar: los padres son ministros y servidores de la
vida.
La vida debe surgir en el matrimonio, como el lugar adecuado, el más excelente, en
donde la vida es deseada, amada, acogida y en donde se realiza todo un proceso de
formación integral.
El Concilio Vaticano II expresa: "Por su naturaleza la institución misma del
matrimonio y
el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y
con
ellas son coronados como su culminación" (GS 48). En la forma más expresiva
indica
que "los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen
mucho al bien de los mismos padres" (GS 50). Hay que señalar que esta vigorosa
afirmación proviene del deseo personal del Santo Padre Pablo VI, de que fuera
incluida
en el texto. El hijo es un don que surge del don mismo recíproco de los esposos,
como
expresión y plenitud de su mutua entrega. Es una maravillosa concatenación de
dones
que hermosamente hace resaltar el Catecismo de la Iglesia Católica: "La fecundidad
es
un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser
fecundo.
El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos, brota del
corazón
mismo de ese amor recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia,
que
"está en favor de la vida" (FC 30), enseña que "todo acto matrimonial debe quedar
abierto a la transmisión de la vida" (HV 11) (…) el hombre no puede romper por
iniciativa propia, entre los dos significados del amor conyugal: el significado
unitivo y el
significado procreador" (C.E.C., n. 2366). Y cita el Catecismo nuevamente la
Humanae
Vitae: ""salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto
conyugal conserva íntegro el sentido del amor mutuo y verdadero y su ordenación a
la
altísima vocación del hombre a la paternidad" (HV 12)" (C.E.C., n. 2369).
Los hijos son un "un bien común de la futura familia". Las palabras del
consentimiento lo
expresan: "Para mostrarlo con evidencia, la Iglesia les pregunta (a los esposos) si
están
dispuestos a acoger y educar cristianamente a los hijos que Dios quiera darles (…)
La
paternidad y la maternidad representan una tarea de naturaleza no sólo física sino
espiritual" (Grat. sane, 10). Y más adelante enseña: "cuando los esposos transmiten
la
vida a su hijo, un nuevo "tu" humano se inscribe en la órbita de su "nosotros", una
persona que llamaron con un nombre nuevo…" (Grat. sane, 11).
El Santo Padre ubica esta doctrina en el marco de la teología del don de la persona,
y
en la perspectiva del Concilio, del "don más precioso" (GS 50).
La existencia del hijo es un don, el primer don del Creador a la creatura: "El proceso
de
la concepción y del desarrollo en el seno materno, del parto, del nacimiento, de todo
esto, sirve para crear como un espacio apropiado para que la nueva creatura pueda
manifestarse como un don" (Grat. sane, 11). Don para los padres y para la sociedad
y
para los miembros de la familia. "El niño se hace don de sí mismo a sus hermanos y
a
sus padres y a toda la familia. Su vida se vuelve un don para los mismos autores de
la
vida" (Ibid).
Es preciso respetar cuanto entraña el sentido del amor mutuo y verdadero, el
significado de la recíproca donación abierta a la vida. La contracepción opone
objetivamente un lenguaje contradictorio al lenguaje que expresa una donación
recíproca
y total. El lenguaje se torna inexpresivo y, por tanto, mentiroso. Un lenguaje que no
es
vehículo de la verdad, sino de la mentira, en el desorden objetivo que la
anticoncepción
entraña se pone en sentido contrario al amor (en cierta forma no logra siquiera
tutelar el
"significado unitivo" en plenitud). Sólo el amor mutuo y verdadero que expresa sin
recortes la donación total, tiene la fuerza propia del amor conyugal. Cuando la
pareja
libre y conscientemente se deja llevar por otra lógica, y toma la vía sistemática de la
contracepción, ¿no pone una especie de bomba de tiempo a su propia unión
conyugal?
Con particular fuerza y claridad esta verdad es expresada en la Familiaris Consortio:
"Al
lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el
anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el
no
darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo de la apertura a la vida, sino
también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a
entregarse
en la plenitud personal" (FC 32) (Texto integralmente recogido por el C.E.C., n.
2370).
Un análisis penetrante entre la unión de los esposos y la procreación de los hijos,
viene
desarrollada en el libro de S.E. Mons. Francisco Gil Hellín, El matrimonio y la vida
conyugal. Dice así: "Los significados esenciales del acto conyugal, que son el
unitivo y
el procreativo, expresan respectivamente la esencia y el fin del matrimonio. El amor
que
lleva a los esposos a la entrega formando una sola carne cuando se realiza "en la
verdad", "en vez de encerrarlos en mismos, los abre a una nueva vida, a una
nueva
persona" (Grat. sane, 8).
La vida conyugal comporta una lógica de entrega sincera al esposo o esposa y a los
hijos. "La lógica de entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la
procreación" (Ibid, 12). La capacidad de esta entrega, o crece y madura con el
ejercicio
propio de toda la vida conyugal, o queda inhibida por el egoísmo, cuyas insidias
tratan
de amordazar el dinamismo de la verdad inscrita en la propia entrega. Una de las
principales expresiones de este egoísmo -"egoísmo, no sólo a nivel individual sino
también de pareja" (Ibid, 14)- es el que ve la procreación no como exigencia de la
verdad del amor conyugal, sino como fruto gratificante y elección voluntarista
añadida al
amor. "En el concepto de entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa del
sujeto,
sino también la dimensión del deber" (Ibid).
Un amor conyugal que no abraza la dimensión parental propia de su verdad íntima
acaba asemejándose al "llamado amor libre, tanto más peligroso porque es
presentado
frecuentemente como fruto del sentimiento verdadero, mientras de hecho destruye
el
amor" (Ibid). Por esto, el rechazo a la apertura a los hijos contribuye hoy
poderosamente
a minar y destruir la entrega conyugal. No se trata, como siempre ha sucedido por la
flaqueza humana, de actos o de períodos en los cuales los cónyuges han sido débiles
para vivir con coherencia las exigencias de su paternidad o maternidad en
circunstancias difíciles o especialmente heróicas.
Hoy día, muchas uniones conyugales labran su propia destrucción falseando las
coordenadas de su entrega. "En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer
están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho
de
mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del
uno al
otro implica la potencial apertura a la procreación" (Ibid, 12). Cuando se rechaza la
capacidad del esposo o de la esposa a ser padre o madre, aquella entrega no respeta
las exigencias del amor conyugal. Es por ello que el Papa afirma que es esencial a
una
verdadera civilización del amor, "que el hombre sienta la maternidad de la mujer, su
esposa, como entrega" (Ibid, 16)27.
En las catequesis sobre el amor humano, Juan Pablo II habla del "lenguaje de los
cuerpos" que en la unión conyugal expresa la verdad que les es propia. En el
lenguaje
del cuerpo el acto conyugal significa no sólo el amor sino también la potencial
fecundidad y por tanto no puede ser privado en su pleno y adecuado significado.
Como
no es lícito separar artificialmente el significado unitivo y el procreativo, (cf. HV
12), "el
acto conyugal privado de su verdad interior, porque privado de su capacidad
procreativa, deja de ser también un acto de amor"28.
El hijo se introduce en la dimensión de la espiritualidad del matrimonio que se abre
a la
familia. Cabría aquí seguir las pistas de una reflexión que va del amor trinitario al
amor
conyugal. El matrimonio que crece a imagen de la Trinidad, el "nosotros" de la
familia a
imagen del "nosotros" trinitario, incluye el hijo que surge del amor total y fecundo.
Escribe Carlo Rocchetta: "según la afirmación de I Jn. 4,16, "Dios es amor" (agapè),
la
suprema plenitud del amor que dona y acoge; no un "yo" solo, encerrado en
mismo,
sino un "yo" que vive en sí mismo una existencia de amor interpersonal, una eterna
generación que surge del amor y concluye en el amor, donde el intercambio de
don/acogida entre las dos primeras personas alcanza su plenitud en el encuentro con
la
tercera … El vínculo sobrenatural entre los esposos contiene este valor trinitario. La
gracia sacramental representa el don de la ontología trinitaria desplegada en el
corazón
de los esposos como semejanza dinámica que estructura en profundidad la vida de
los
esposos y los hace signos y participación en la comunión tri-personal de Dios"29.
El hijo o los hijos, el "bien de la prole", es razón de ser del matrimonio, hay que
reiterarlo.
Como se sabe para Doms el sentido del matrimonio y el amor de dos que
encuentran su
más profunda expresión, sería la más íntima y preciosa realización en el acto
conyugal,
en sí mismo, hecha abstracción de la ordenación al hijo. La realización de la unidad
conyugal justificaría el instituto matrimonial. En una línea similar se encuentra
Krempel30.
El Concilio arroja una amplia luz para mostrar el sentido pleno del matrimonio y
contrarrestar estas u otras posiciones similares: "El matrimonio y el amor conyugal
están
ordenados por su propia naturaleza ("indole sua") a la procreación y educación de
los
hijos. Desde luego, los hijos son don excelentísimo ("sunt praestantissimum
matrimonii
donum") y contribuyen grandemente al amor de los padres … Por tanto el auténtico
amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que nace de aquél, sin dejar
de
lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar
valerosamente con el amor del Creador y Salvador, quien por medio de ellos
aumenta y
enriquece su familia" (GS 50)31.
La Familiaris Consortio afirma categóricamente que "el cometido fundamental de la
familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición
original del
Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre" (FC
28).
En la familia, Santuario de la vida, señala la Encíclica Evangelium Vitae, "dentro
del
pueblo de la vida y para la vida", es decisiva la responsabilidad de la familia, es una
responsabilidad que brota de su propia naturaleza", y másadelante subraya: "Por
esto el
papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e
insustituible. Como Iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y
servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los
esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del
significado
de la procreación como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la
vida
humana es un don recibido para ser dado" (EV 92).
La familia anuncia el Evangelio de la vida mediante la educación de los hijos (cf.
EV,
92), celebra el Evangelio de la vida con la oración cotidiana, celebración que abarca
también la vida de cada día, y está al servicio por medio de la solidaridad (cf. EV
93).
Todo esto hace parte de una integral pastoral familiar: "Redescubrir y vivir con
alegría su
misión en relación con el Evangelio de la vida" (EV 94).
No puede, pues, ser separada la familia de su servicio esencial de la vida, con tan
clara
raigambre conciliar (cf. GS 50), y confirmada también en el conjunto del magisterio
y en
la pastoral de la familia: "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados -séame
permitido repetirlo- por su propia naturaleza a la procreación y educación de los
hijos"
(GS 50). La relación de la familia con la vida es la más completa, directa e integral.
A la
proclamación y defensa de la vida, en un servicio adecuado, todos están invitados.
"Es
urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético para
poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos
construir una cultura de la vida" (EV 95). Pero, son diversas las formas de
aproximación
al objeto formal. "Todos tienen un papel importante que desempeñar". Alude el
Papa a la
misión de profesores y educadores, de los intelectuales, de los medios de
comunicación. Indica el Santo Padre la creación de la Academia Pontificia para la
Vida,
con sus peculiares funciones (cf. EV 98)32.
A esta perspectiva de la unión estrechísima entre familia y vida, ha obedecido, sin
duda,
la creación del Pontificio Consejo para la Familia, en la intuición del Santo Padre
Juan
Pablo II, quien lo erigió el 13 de mayo de 1981 no sólo en relación con la institución
familiar, sino con la misión especial, como Dicasterio de la Santa Sede, indicada en
el
art. 141, 3 de la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus: "Se
esfuerza [el Pontificio Consejo para la Familia], para que sean reconocidos y
defendidos
los derechos de la familia, también en la vida social y política; sostiene y coordina
las
iniciativas para la tutela de la vida humana desde su concepción y en favor de la
procreación responsable".
De la integralidad del servicio a la vida, de la familia y desde la familia, suministra
una
sólida base doctrinal y pastoral la Carta del Santo Padre a las Familias, Gratissimam
sane. Recordemos algunos aspectos más sobresalientes. En el número nueve,
dedicado a la genealogía de la persona, escribe: "La familia está ligada a la
genealogía
de todo hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad
humanas
hunden sus raíces en la biología y al mismo tiempo la superan". Se ubica, pues, en
referencia a Dios: "Dios está presente según un modo diferente en relación con toda
otra generación"sobre la tierra"" (Ibid).
El carácter de don que es el hijo, así sea una forma lacónica, es referido en el texto
bíblico: Adán conoció Eva, su mujer, la cual concibió y dió a luz a Caín, y dijo: "He
adquirido un hombre del Señor" (Gen. 4,1). Es como una ganancia, no obstante el
hijo
que concretamente concibe, que será asesino de su hermano. ¡Es una gozosa
exclamación por un nuevo hombre!. En el Nuevo Testamento, el nacimiento de un
hombre, que un ser humano ha venido al mundo" (Jn 16,21), constituye un signo
Pascual, como el Papa lo recuerda, al contraponer, hablando a sus discípulos antes
de
su pasión y muerte, la tristeza de los discípulos semejante a los dolores de parto, los
cuales se tornan en la alegría de dar a luz un hombre que viene al mundo (gozo y
alegría
de frente a la vida que surge y que, por el contrario, en la cultura de la muerte, en la
desconfianza creciente que de tal cultura emana el mundo de hoy, con sociedades
enfermas, corre el riesgo de ser experimentados cada vez menos). La alegría que en
la
espera y la acogida del nuevo hijo debe llenar de alegría los hogares se vuelve un
proceso gris, a veces indeseado, como si el canto de los ángeles y de los pastores en
Belén no tuviera su eco en cada hogar, con toda la humana "pobreza", como heridas
producidas a la humanidad, que tal actitud comporta y que contrasta con la de
aquellos
que en cambio quieren el hijo a todo precio! Contraste que sin embargo, no debe
conducir a que el don del hijo sea interpretado como un "derecho" que puede ser
invocado incluso con el recurso a actos reñidos con la moral, en última instancia,
porque
no expresan de verdad la donación, en el acto conyugal personal.
Normalmente el hijo concebido, y su nacimiento más que aparecer como un empeño
que
pesa, no obstante la responsabilidad y sacrificio que conlleva, es, de parte del nuevo
ser, una invitación a la fiesta. ¡Hay alegría pascual!. Es la verdad de la expresión de
San
Ireneo: "Gloria Dei vivens homo". Esta atmósfera en nada reduce la fuerza del
compromiso que el don del hijo encarna, como una grande, dignificante e ineludible
responsabilidad (cf. Grat. sane, 12).
En el cumplimiento gozoso de esa responsabilidad, de la capacidad de responder, en
primer lugar a Dios, se juega la propia coherencia y por tanto su felicidad. En el
sacramento de la reconciliación el ejercicio ministerial de la Iglesia que absuelve y
perdona a los hombres de sus pecados es concorde con su misión profética de
anunciar
la verdad. Cuando el Evangelio es proclamado y viene acogido en el corazón,
fructifica
en el dolor saludable que prepara para recibir el perdón. Sólo una conmiseración
que no
nace del amor cristiano puede inducir a desenfocar la verdad que quizá hiere, pero
es
herida saludable que salva, y a paliar las exigencias morales derivantes de la
revelación.
Tal actitud ciertamente no llevará a los creyentes al sufrimiento ante las propias
obras
desordenadas, pero tampoco les conducirá a la alegría del perdón con el que Dios
les
acoge como a hijos que vuelven a la casa paterna. Estas son las características que
han
guiado la redacción del Vademecum para los confesores, preparado por el Pontificio
Consejo para la Familia. En él se presenta la actitud con la que los ministros deben
siempre acoger y ejercer este sacramento, llena de comprensión y de misericordia, y
a
la vez la claridad, verdad y competencia doctrinal con la que deben formar e instruir
a
quienes puedan estar desorientados o en error.
Es un prejuicio y un error difundido querer oponer la verdad y la misericordia. Una
"misericordia" sin verdad sería una caricatura de lo que el Señor confía como
misión a la
Iglesia. La Iglesia no puede en nombre de la "comprensión" (mal entendida), por así
decirlo, "cerrar un ojo", pasar sin ver, sin denunciar, precisamente como exigencia
de
verdadera reconciliación, reencuentro con el Señor en la verdad y en el perdón.
El regalo que es el hijo para la familia que centra su atención en él y sigue de
corazón
todo el proceso, desde la concepción, el nacimiento, la educación, con ternura y
sentido
de reconocimiento, con capacidad de maravillarse, de sorprenderse, de descubrir en
los
diversos momentos el afirmarse de un nuevo ser, exige una pedagogía para que la
rutina
no devore lo hermoso y gratificante de la misión de los esposos y la "carga" no
recorte la
intensidad legítima de la plenitud, de la alegría. Un conocido moralista pone en
labios del
niño estas palabras que gustoso transcribo: "No temáis acogerme, de asumir mi vida
como una tarea!. Esto no será para nosotros una tarea pesada; más aún será una
tarea
tan leve incluso hasta lograr aliviar, (hacer menos pesado) vuestra vida oprimida. Yo
no
soy un patrón despótico (…). Seré capaz de un reconocimiento tal de convertirme
para
vosotros en una recompensa más grande que vuestras fatigas"33.
Es el Señor quien nos enseña con la palabra y con los gestos: toma un niño, lo pone
en
medio de El y los discípulos y dice: "quien acoge a uno de estos niños en mi
nombre, a
mí me acoge, y quien a mí no me acoge, no me acoge a mí sino al Padre que me ha
enviado" (Mc 9,36-37). El signo de la acogida ya lleva el mensaje del don ofrecido
y en
la acogida remite al Dador de todo bien. Los hijos son ante todo una bendición, un
mensaje transmitido en la espontanea ternura que especialmente en el hogar suscita,
y
antes que sean vistos como una carga, son portadores de la "Buena nueva" que en
ellos
se proclama y despunta. Diríamos que el Evangelio de la familia y el Evangelio de
la vida
que resuenan en la Iglesia Doméstica, Santuario de la vida, son el lugar desde el
cual el
hijo mismo proclama su dignidad. "Dios lo ha llamado "por él mismo", y, cuando
viene al
mundo, el hombre comienza en la familia, su "grande aventura", la aventura de la
vida.
"Este hombre", en todo caso, tiene el derecho de afirmarse él mismo en razón de su
dignidad humana. Es precisamente esta dignidad la que debe determinar el lugar de
la
persona en medio de los hombres, y ante todo, en la familia" (Grat. sane, 11).
Este, "ante todo, en la familia", que meramente nos remite a la inseparabilidad entre
familia y vida, soporta la verdadera alegría que palpita en cada vida nueva con
tonalidad
original.
"El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio
de la dignidad de la persona, y el Evangelio de la vida son un único e indivisible
Evangelio" (EV 2). En la familia este Evangelio se vive como una aventura que
sorprende y suscita la capacidad de maravillarse, conservando, como María, todo en
su
corazón. El misterio de Belén y Nazaret es portador de una verdad antropológica, de
la
vida como un don, en la dignidad que el amor de Dios sostiene y alimenta: "El hijo
de
Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre" (GS 22).
Bien ha podido expresar Hans Urs Von Balthasar: "… En todas las culturas no
cristianas
el niño tiene una importancia tan sólo marginal, porque es simplemente un estadio
que
precede al hombre adulto. Se necesita la encarnación de Cristo para que podamos
ver
no solamente la importancia antropológica, sino también aquella teológica y eterna
del
nacer, la bienaventuranza definitiva del ser a partir de un seno que genera y da a
luz"34.
Hay algunos que llegan a presentar la hipótesis de que "el sentimiento de la
infancia"
surgió apenas en la mitad del siglo XVI (Es la posición de Philippe Ariés).
Campanini
comenta: "más allá de la verificabilidad o no de la hipótesis de partida de Ariés
no
hay duda de que se dió en occidente una larga estación en la cual el niño ha estado
en la
periferia, y una más breve, pero igualmente rica y significativa fase (que abraza
cerca de
los tres últimos siglos de la historia de occidente) en la cual el niño ha sido puesto al
centro de la familia y, de alguna manera, al interior de la vida social. Ha sido la
estación
del "puericentrismo", que quizás se está consumando bajo nuestros ojos por efecto
de
un desarrollo tecnológico siempre más avanzado dentro del cual no parece que haya
puesto para el niño"35. El profundo sociólogo de la universidad de Parma, en la
peculiar
claridad y síntesis en sus observaciones, manifiesta su preocupación de que la
técnica
borre las relaciones personales y que, a la postre, cuenta más la tecla que se oprime
en
la que llama "Sociedad digitálica" que el acercamiento a las personas, la
aproximación
al niño.
En la educación se estima más la inteligencia, (diría yo un tipo de inteligencia) que
la
entera personalidad: El encuentro con el "bottone", (la tecla del computador o de los
juegos electrónicos) toma el puesto de las personas. El fenómeno que Campanini
caracteriza como "pérdida del centro", acarrea la pérdida de los puntos de referencia
respecto de valores fundamentales, sobre todo éticos y religiosos, mientras surge
otro
cuadro de "valores". El computador puede ser un campo abierto a la fantasía, a una
fantasía programada y "pre-codificada", pero el niño está en medio a un mundo en
donde su "mundo vital" se reduce. Se erosionan estructuras fundamentales de
mediación. La principal de ellas, la familia, en la cual en la sociedad del pasado se
adquirían la mayor parte de los conocimientos. La misma escuela abre más y más
espacio a la "información" por la máquina. ¿Podrán dejar de ser la familia y la
escuela
núcleos de protección?36. Sobre el tema de las mediaciones sociales y familia
retornaremos más adelante para dar curso, ya en referencia al conjunto social, a las
preocupaciones de Pierpaolo Donati.
Impresiona ver cómo se pierde un terreno en el cual se daban pasos promisorios
para el
reconocimiento del niño en su puesto central, no periférico o marginal. El niño es un
ser
amenazado, ya desde el vientre de la madre, que los parlamentos convierten en el
lugar
de la más injusta de las sentencias de muerte!. Mientras se dan pasos firmes en la
Convención de los Derechos del niño de las Naciones Unidas (sin entrar a
considerar
ahora las relaciones y oscilaciones en algunas partes, justamente sometidas al
tratamiento de las "reservas" por la Delegación de la Santa Sede), y la Iglesia se
bate
para que haya códigos de protección del niño, proliferan los atentados, de toda
índole, y
no se ve que haya siempre la debida coherencia entre lo que se suscribe y promete y
la
conducta concreta. Hay un abismo de separación entre la Convención de Naciones
Unidas y ciertas recomendaciones del Parlamento Europeo… Es bien tímida todavía
la
actitud frente a escándalos que golpean y sacuden saludablemente la conciencia de
los
pueblos, aunque a tales situaciones haya conducido una difusa permisividad. ¡Son
los
niños las principales víctimas!. Esa actitud puede representar un camino de retorno
después de la postración.
En la línea de la Familiaris Consortio, n. 26, sobre los derechos del Niño, el
Pontificio
Consejo para la Familia ha venido desplegando, con medios bien limitados, una
movilización de conciencias, especialmente, en cuanto a la "autoridad" del niño en
la
familia y en la sociedad. Ya el Santo Padre había expresado en la Audiencia general
de
las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: "la solicitud por el niño, incluso antes
de
su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los
años
de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental de la
relación del
hombre con el hombre" (FC 26). El "test" que atestigua acerca del estado de salud
de la
familia y la sociedad es el cuidado amoroso de los niños. Me asalta la duda de si la
excesiva preocupación de los esposos por "sus" problemas (como si el hijo pudiera
quedar al margen) y por la búsqueda de una felicidad que se torna esquiva e
inaccesible, lejos de los puntos de referencia que han de regular toda vida y más de
quienes deciden compartirla, relega a un segundo término las situaciones del hijo.
¿No
es el divorcio una prueba apabullante, en la que el hijo sufre el desamparo
"afectivo"?
La preocupación del hijo imprime, en un proceso normal, un nuevo sentido de
responsabilidad y no puede la pareja resolver "sus problemas" en desventaja, y en
daño
de quien se vuelve testigo de la calidad de su amor y de los quilates de la
personalidad
de quienes le dieron la vida37. El niño puede volverse también una víctima que
reclama
sus derechos, aunque lo haga en el silencio.
Crece la preocupación sobre los costos sociales y destrucción de sus derechos, pero
no
se ve cómo darle cauce en una sociedad que padece un letargo pesado.
Contemplando
el niño como
don, en la trasparencia de una inocencia que invita a volverse a él con un amor
privilegiado, comprometido y tierno, es más penoso el contraste de su negación, de
hecho!. Diríamos que junto al portal de Belén son más sombríos los rasgos de los
propósitos de Herodes, como lo son los de las masacres físicas y morales, que
cobran
víctimas las más inermes.
M. Zundel ofrece un hermoso texto que sirve también para ver el horroroso
contraste:
"¿quién no se ha sentido como transportado en oración delante del espectáculo
maravilloso de un niño que duerme?. Las posibilidades innumerables que él encierra
tienen la pureza original del don"38. ¡Y pensar en las terribles matanzas en curso!.
Visité
una Parroquia en Ruanda: durante el genocido (que con otras modalidades no
termina)
fueron asesinados en el templo e inmediaciones 6000 mujeres y niños. La
humanidad
prosigue en su "autogenocidio", con el alud de abortos que sepulta su mismo
futuro!.
Si es verdad aquello que dice Platón, según el cual "la educación de los niños, la
Paideia, es el principio de que se vale toda comunidad humana para conservarse a sí
misma", observa un periodista, hemos de decir que las comunidades que, en lugar
de
educar a los hijos, los usan para el sexo, para la guerra, el mercado, la publicidad,
han
decidido ya su extinción y bien que lo saben.
Ser hijo, por otra parte, exige una manera de vivir, un comportamiento: el hijo, se
enorgullece de su padre y se manifiesta en el gesto de ponerse en sus manos, como
acto que expresa la suprema confianza en que el padre reajustará todo lo que es
erróneo y desordenado. Se reconoce como hijo cuando dialoga con su padre y lo
invoca
en la confiada apelación como Abba!. Es la relación de Jesús con su Padre, que va
desde la infancia hasta la muerte, hasta el último grito del Hijo del Padre
abandonado
sobre la cruz. Jesús entra en una especial relación, en el marco familiar, con su
madre,
de cuyo seno proviene. "Bendito el fruto de tu vientre". Es una relación que va
mucho
más allá de los límites biológicos, y que alcanza las dimensiones insospechadas de
un
diálogo que fructifica en la obediencia pronta, tierna, decidida a cumplir la voluntad
de
Dios. Una mujer levantó la voz en medio de la multitud: "Bienaventurado el vientre
que te
portó y los senos que te amamantaron!". Pero Él dijo: "Bienaventurados más bien
aquellos que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc. 11,27-28). Es un
aforismo
corriente que el Tangum Yeronshami recogió parafraseando la bendición de Juda
sobre
José. Jesús no contradice esta Bienaventuranza, que bien sabe merece plenamente
su
madre, sino que enuncia una bienaventuranza superior39.
Los hijos, que son un don de Dios (salmo 126, 3) tienen la responsabilidad de
configurarse como don a los padres, obedientes a la voluntad de Dios, confiando en
ellos, en la misma corriente que lleva hasta Dios. Jesús "vivía sujeto a ellos" (Lc.
2,51) y
vive en la más perfecta armonía con el mandamiento; "Honra a tu padre y a tu
madre,
para que se prolonguen sus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar"
(Ex.
20,12; Dt. 5, 16). "La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e
imagen de
la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo" (C.E.C., n. 2205).
El hijo es un don que fortalece notablemente el vínculo matrimonial y sirve de
cemento
a la comprensión de los esposos que miran juntos a su proyecto común, que los hace
salir de ellos mismos para encontrarse en su futuro: La vida nueva que de ellos,
aliados
al Dios Creador, ha surgido. Proyectados hacia el hijo, construyen su futuro. En
cierto
modo, ellos que son los primeros evangelizadores de sus hijos, son también por
ellos
evangelizados. El cuidado de los hijos se traduce en confianza, como actitud
humana
fundamental. Escribe Giuseppe Angelini: "Es conocido de todos el grandísimo
valor
que los hijos acuerdan a la comprensión recíproca ("intesa") entre los progenitores.
Más
aún que ese grandísimo valor, es necesario hablar de una incapacidad radical de los
hijos pequeños a imaginar su vida y el mundo entero sin esa "intesa"… También los
hijos muestran ser una bendición … una iluminación del sentido de conjunto de la
vida"40. Es una exigencia para recibir el don de los hijos que compromete, saberse
empeñar: "La verdad en el acto generativo exige que, desde el comienzo, el hombre
y la
mujer se prometen ellos mismos a aquel que debe venir…"41.
Todos estos aspectos, que nos hemos limitado a enunciar y que merecen ser
profundizados en una teología de los valores de la "persona y del don", que
alcanzan tan
altos grados de grandeza para el creyente, no eran propiamente desconocidos por la
sabiduría, en la cultura secular. Oigamos a Aristóteles: "Los progenitores aman en
efecto
los hijos, porque los consideran una parte que de ellos deriva Los progenitores
aman
a los hijos como a ellos mismos, ya que los hijos de ellos nacidos son como ellos
mismos … y los hijos aman a sus padres porque de ellos han tenido su origen … En
fin,
los hijos son estimados un vínculo y por esto los cónyuges sin hijos se separan más
rápidamente; los hijos son un bien común para ambos y lo que es común mantiene
unido"42.
Las relaciones en la familia observa Giorgio Campanini, a la luz del Evangelio
adquieren
otras dimensiones: "Honra el padre y la madre" (Deut. 15,4) puede llevar a formas
variadas de sumisión de los hijos; según diversos contextos el cuidado de los hijos
no
era siempre desinteresado. "El Evangelio introduce en el ámbito de las relaciones
entre
padres e hijos la nueva categoría del "servicio", que no excluye sino que supera
definitivamente aquella de la "autoridad" (Mt.20,26), cambiando la tradicional
relación de
sumisión". Diríamos tal vez que es enriquecida la concepción y enfoque de una
autoridad puesta al servicio del crecimiento de los hijos. Y es esta, me parece, la
perspectiva del autor al recordar: "Entender el ejercicio de la autoridad como
realización
de un servicio implica que aquel que está en alto haga de quien está abajo el centro
de
sus preocupaciones"43. Es una subordinación transitoria, en el Señor, que realiza y
lleva
a madurar. Nuevamente, el amor busca el bien del otro, no su dominio. El amor de
los
padres no debe ser "posesivo", pues le roba oxígeno a los hijos e impide su
crecimiento.
En tal sentido, la autoridad familiar es "ex-céntrica" en cuanto tiene fuera de ella su
centro.
El hijo, centro de las preocupaciones, hace que los padres se inclinen a ese bien
común
en el que se encuentran en personal convergencia, como profunda urgencia vital,
existencial, una forma característica de propósito común que desde su íntima
comunión
se realza hacia el fruto de su amor, fruto bendito en el doble carácter de "servicio"
ya
"promisorio". Proyecto y propósito común que va desde la procreación hasta la
educación consolidada.
En el pensamiento de Santo Tomás, como en un útero integral, "el tipo de relación
de
"sumisión" evangélica, (para no olvidar el "les estaba sujeto" o "les era sumiso") se
torna en valor ejemplar para la misma sociedad y para el ejercicio de la autoridad.
Así
puede ser propuesta como tipo de toda forma de autoridad ejercitada en el espíritu
del
Evangelio"44.
El Catecismo de la Iglesia Católica observa, dentro de esta perspectiva: " … La
estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los
fundamentos de
la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad" (C.E.C., n.
2207).
El compromiso de la educación de los hijos pone en tal perspectiva la autoridad,
superando la tendencia instintiva a transferir o moldear en los hijos la propia
personalidad y las propias expectativas, y requiere que haya un real empeño de
educación en la fe (cf. GS 48).
4. LA FAMILIA, DON PARA LA SOCIEDAD
"La familia "célula original de la vida social", es la sociedad natural en que el
hombre y la
mujer son llamados al don de mismos en el amor… la vida familiar es
fundamento de
la sociedad e iniciación en la misma" (C.E.C., n. 2207).
En esta necesaria dimensión no debo extenderme, ya que ha sido tratado en otros
momentos y reflexiones. Me limitaré tan sólo a algunas consideraciones de carácter
general.
Ya el Concilio subrayaba, al comienzo mismo del capítulo "Dignidad del
matrimonio y la
familia": "El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a una favorable situación de la comunidad conyugal y
familiar" (GS
47). Y más adelante, con términos no menos expresivos, declara: "Pues es el mismo
Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo
cual es
de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho
personal
de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y
prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana" (GS 48).
La familia es un don para la sociedad y exige de ésta un adecuado reconocimiento y
apoyo, lo mismo que para los hogares asumir su misión política.
La exhortación apostólica Familiaris Consortio, dedica el capítulo III, de la tercera
parte,
a la "participación en el desarrollo de la sociedad" (nn. 42 - 48), pues la familia
"célula
primaria y vital de la sociedad", (A.A., 11), posee vínculos vitales y orgánicos,
porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la
vida …
Lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad,
asumiendo su función social" (FC 42).
No son fáciles y trasparentes las relaciones entre la familia y la sociedad, en la
mediación del Estado. Y esto por varios aspectos. El Estado invade campos que
antes
estaban reservados a la familia. Y mientras la democracia despliega la bandera del
respeto y de la participación, la familia se ve cada vez más confinada a un espacio
reducido, en donde difícilmente respira y se siente acosada y hostigada. El poder del
Estado se vuelve omnipotente. De alguna manera el movimiento de privatización,
en el
reducto de la intimidad, que bien puede representar una forma de huida, y de
refugio,
respecto de los compromisos que la familia tiene con la sociedad. Pierpaolo Donati
indica: "La familia se vuelve, en un punto de vista "psicologístico", una forma de
particular convivencia, de comunicación privatizada y "subjetivizada", de pura
manifestación de intimidad y afecto, que no incide -y no debe incidir- en modo
significativo, si no por otras razones de retraso social y cultural"45.
Es este un fenómeno complejo que aborda en una de sus dimensiones Paul Moreau,
siguiendo de cerca a F. Chirpaz: en el mundo de "afuera" hay que producir y luchar
para
vivir. Es el mundo de la competencia económica y de los conflictos políticos. En
cambio
-es la puntualización de Chirpaz-, "el mundo familiar puede aparecer, por
contrapartida, y
en oposición al mundo público, el lugar de lo privado, el de la relación humana
verdadera"46. La intimidad como refugio ante la sociedad amenazante, o ante el
mismo
Estado hostil, ante un mundo público que genera pena, sería el lugar de la
autenticidad
de la verdad y de la paz. Curiosamente la ciudad atrae, pero a la vez produce
desafección, molestias y alimenta y nutre el sueño virgiliano del campo frente a la
ciudad
insoportable, agresiva y desorganizada. Esa concepción de la privatización que
sustrae
a la familia de su función de cara a la sociedad, puede enmascararse con toda clase
de
razones y comportar actitudes individualistas, egoístas de despreocupación. Es la
oportuna denuncia de Moreau: "Huyendo de este mundo, en la deserción de las
gentes
honestas como yo, lo abandono a gentes sin fe ni ley"47. Es objetivamente un acto
de
irresponsabilidad en donde se deserta de la "politeia": "… Huir del peligro no es
afrontarlo y quien se contenta con huir del mundo público, (démissioner de sa
qualitè de
citoyen) (es renuncia intolerable) llega a ser objetivamente cómplice de la
degradación
que afecta al mundo público"48.
Exilarse en el refugio de lo privado y no oponerse, es una tentación que facilita la
ambición de nuevo dominio del Estado, que termina no sólo por no reconocer en la
familia algo "soberano", anterior al mismo Estado, sino por confinarla a la
impotencia de
un reducto sin fuerza.
Es la legítima preocupación de Campanini: "La moral familiar no tiene como
exclusivo
ámbito de ejercicio las paredes domésticas Existe, de parte de la familia, el
preciso
deber de concurrir a la humanización de la humanidad y a la promoción del hombre.
Precisamente porque es, en cuanto estructura, punto de encuentro entre lo público y
lo
privado, la familia no puede aislarse en su propia intimidad (que, entendida como
privatización, sería falseada y deformada), sino que está llamada a hacerse cargo de
los
problemas de la sociedad que la circundan … Sobre todo, la instauración de esta
relación aparece -en las sociedades industriales avanzadas- caracterizadas por una
fuerte incidencia de la esfera pública en la vida familiar - condición casi que
necesaria
para el mismo correcto cumplimiento de la misión educativa"49.
El Santo Padre Juan Pablo II subraya la importancia de la familia, la cual es preciso
sea
reconocida como "sociedad primordial y, en cierto sentido, soberana". Este
concepto,
bien interesante, es explicado por el Papa en la Carta a las Familias, Gratissimam
sane, con sus contornos precisos y sus matices, tratando de la familia y la sociedad
(cf.
Grat. Sane, 17).
La familia es una sociedad soberana, reconocida en su identidad de sujeto social. Es
una soberanía específica y espiritual , como realidad sólidamente arraigada, aunque
sea condicionada por diversos puntos de vista. Los derechos de la familia,
estrechamente ligados a los derechos del hombre, han de ser reconocidos, en su
calidad de sujeto, que realiza el diseño de Dios, y exige derechos particulares y
específicos, consignados en la Carta de los Derechos de la Familia. Recuerda el
Papa
su raigambre en los pueblos, en su cultura (aquí inscribe el concepto de "nación" y
sus
relaciones con el Estado que reviste una estructura menos "familiar" como
estructurada
políticamente y más "burocrática"), pero que tiene como "un alma" en la medida en
que
responde a su naturaleza de comunidad política. Es aquí precisamente donde se
ubica,
en la relación de la familia con el "alma" del Estado, el principio de subsidiaridad,
en el
cuadro de la Doctrina Social de la Iglesia. El Estado no debe ocupar el puesto y la
misión que la familia tiene, hiriendo su autonomía. Es categórica la posición de la
Iglesia, fundada en una experiencia que no le puede ser negada: "una intervención
excesiva del Estado se mostraría no sólo irrespetuosa sino nociva La
intervención se
justifica, dentro de los límites del mencionado principio, cuando ella no es
suficiente para
atender lo que le corresponde" (Grat. Sane, 17).
La familia, bien necesario para la sociedad, cuando no es respetada, ayudada, sino
obstaculizada, deja un vacío inmenso, desastroso para los pueblos (vg. El divorcio,
la
nivelación del matrimonio, "la mera unión que puede ser confirmada como
matrimonio
en la sociedad, la permisividad, etc.). Concluye el Papa: "La familia se sitúa en el
centro
de todos los problemas y de todas las tareas: relegarla a un papel subalterno y
secundario significa causar un gran daño al crecimiento auténtico del cuerpo
social"
(Grat. Sane, 17).
Como aplicación del principio de subsidiaridad en el campo educativo, hay que
acordar
que la Iglesia no puede delegar del todo esta misión!.
Debo contentarme aquí con la simple enunciación del problema de las mediaciones
sociales, que van desalojando la familia de campos en los cuales su presencia era
beneficiosa y requerida.
Pierpaolo Donati reflexiona sobre "las nuevas mediaciones familiares", tras de
proponer
esta pregunta: "¿La familia no media más en lo social?". En algunos campos la
familia
es tratada como un "residuo" llamado en causa sólo en casos problemáticos. Se
difunde
la sensación de que la familia desaparezca de la escena política. Hasta se llega a
calificar de "supervivencias" el empeño matrimonial, la valorización de la
estabilidad50.
Sin embargo, Pierpaolo Donati advierte con razón: "De hecho, ninguna
investigación en
el campo confirma hoy la irrelevancia de la pertenencia familiar en las esferas no
familiares Si por algunos aspectos y en algunos ámbitos, las mediaciones
familiares
disminuyen o se han perdido, por otros aspectos y en otros ámbitos, las mediaciones
aumentan y surgen otras nuevas. En el conjunto, la importancia de la familia en las
esferas no familiares … no solamente continúa, sino que crece sea en los
comportamientos de hecho, sea en las exigencias de legitimación cultural y también
política"51. Hay más bien una configuración del todo nueva. Si la familia no define
el
estado social (y puede ser algo positivo), hay otras formas de mediación imprevista.
Hoy se entiende que el hijo no es un átomo aislado, o una mónada en el esquema de
Leibnitz, una isla, una molécula que fluctúa en el vacío. Resurge la preocupación
por los
derechos de los niños. Se busca el derecho a la identidad biológica del hijo, como
también las raíces culturales, étnicas e históricas. Observa Donati: "En el pasado era
la
sociedad la que imponía a la familia las mediaciones que ésta debía ejercitar; hoy, es
el
individuo el que goza del derecho de valerse de las mediaciones, de hacerlas
emerger y
de valorizarlas"52. Observa además: "Las más diversas investigaciones ponen en
evidencia que la familia media, en modo diverso del pasado, una cantidad de
relaciones
y de posiciones sociales, que lejos de ser menos importantes de un tiempo, son
incluso
más decisivas para el destino social y la calidad de vida"53.
Reconoce este sociólogo campos en donde el desconocimiento se extiende en forma
alarmante, especialmente en el campo político, que debiera tener el mayor interés, a
no
ser en circunstancias en que no pueden ocultarse efectos y reacciones negativas54.
Es
acentuada la separación en el campo educativo55.
Hay nuevas formas de mediación que proceden de un descubrimiento más hondo de
la
familia, como sujeto y esto particularmente en el campo de una visión
humanizadora,
personalizadora, por ejemplo en todo lo que la familia representa necesariamente
para
el crecimiento armónico del hijo: la mediación del amor en el hogar, o el calor
humano en
el acompañamiento del anciano y su rico aporte de experiencia en la familia
concebida
en forma más amplia, en cuanto a la solidaridad entre las generaciones56. La
"subjetividad" de la familia cuenta en gran medida para la formación de la identidad
personal del niño, el cual necesita de un ambiente de familia, como un derecho
fundamental57.
Así las cosas, cabe decir que si se olvida, por algunos aspectos la familia como bien
social, surge el valor de la familia, por otros, como un nuevo bien58.
Todo esto que viene a subrayar aspectos medulares de la mediación de la familia,
quizás puede liberar a la institución familiar de otras mediaciones accidentales que
el
tiempo revela como prescindibles, sin que se afecte ni el núcleo familiar, ni el tejido
social. Puede ser la familia transmisora de unos valores, o centro de mediación que
resulten más decisivos para la calidad de la vida social y para la ética pública.
Coincide
esta perspectiva con lo que señala la Carta de los derechos de la Familia: "La
familia
constituye, más que una unidad jurídica, y económica, una comunidad de amor y
solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de valores culturales,
éticos,
sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desenvolvimiento y bienestar de
sus propios miembros y de la sociedad"59.
Se configura en las nuevas mediaciones una nueva ciudadanía de la familia60. En
tal
sentido la incorporación en la sociedad no se haría desde la familia a la que se
pertenece, (como en el pasado), como una especie de pasaporte o carta de crédito, a
partir de los "apellidos". Esta etapa, en principio parece superada y si fuera así, sería
algo positivo. En cambio, la incorporación se haría desde la identidad, la armonía
del
desarrollo de la personalidad adquiridas sobre todo en la familia. No se daría
aquello de
que hay quienes descansan "mientras sus apellidos trabajan", sino por la calidad
adquirida y lograda de la