Familia, trabajo y sociedad

  • Economía
  • 24 minutos de lectura

El objetivo principal de este libro ha sido analizar las interrelaciones existentes entre las formas de trabajo y las fuentes de trabajo.

En la Primera Parte, mostré la forma en que éstas han cambiado, y en la Segunda parte, mi interés estuvo centrado en la economía política local de la isla Sheppey como el contexto de los detallados análisis empíricos de las estrategias de trabajo en las familias.

El análisis de la Primera Parte demostraba lo erróneo de la afirmación de que algo sin precedentes ha afectado a la naturaleza del trabajo en los años ochenta: el periodo sin precedentes, en los términos de los modelos de los últimos doscientos cincuenta años, fue el período de auge del pleno empleo para los varones en las décadas de 1950 y 1960.

Aquel periodo de elevación de los salarios de demanda de mano de obra joven e inmigrante y de expansión del gasto estatal en sanidad, servicios sociales y educación ha constituido el nivel básico, la concepción de lo que es normal para los políticos, los analistas de los medios de comunicación y muchos académicos.

La consideración de todas las formas de trabajo sugiere que, mientras la cantidad total de trabajo realizado está probablemente aumentando más que disminuyendo en la mayoría de los hogares, están surgiendo nuevas divisiones del trabajo.

Parece claro que la distribución de todas las formas de trabajo está siendo cada vez más desequilibrada. Se produce un proceso de polarización en el que las familias de un polo se hallan plenamente integradas en todas las formas de trabajo, y las del otro polo, las familias incapaces de realizar una amplia gama de trabajo. (1) Además las divisiones del trabajo dentro y entre las familias están cambiando al igual que lo están las divisiones del trabajo entre las familias y otras instancias tales como el Estado y, finalmente, entre los propios Estados.

Estas nuevas divisiones del trabajo que están surgiendo, o que están siendo renegociadas (2), sugieren que gran parte del análisis convencional necesita ser reconsiderado. La suposición de que la ocupación del cabeza de familia varón es el determinante más importante de la conciencia social y política de la familia, está sujeta a serias dudas.

La división entre las familias propietarias de sus casas y con mayores recursos dentro de la gente trabajadora normal y las familias más desventajadas de clase baja está cobrando mayor importancia que las divisiones convencionales basadas en la distinción manual/no manual.

La familia con su peculiar sistema de valores basado en la domesticidad posee una fuerza política que no puede reducirse a la experiencia del empleo comunitario de uno de sus miembros.

En este capítulo final me alejo de la consideración de los procesos sociales que subyacen a aquellos modelos de formas de trabajo y fuentes de trabajo. ¿Por qué se comportan las familias de la forma en que lo hacen? ¿Avanzan las familias hacia una mayor liberación, o por el contrario se hallan cada vez más constreñidas? Si los procesos subyacentes no están directa o indirectamente insertos en las condiciones materiales básicas, ¿dónde habría que centrar la atención? Y si están vinculados, ¿cuáles son los mecanismos que conectan las condiciones al comportamiento?

Se han presentado tres importantes líneas de pensamiento como la base para una reconsideración de las amplias conexiones que existen entre las familias, el trabajo y la sociedad.

La primera enfatiza las fuerzas benignas que dentro del capitalismo generan la innovación social, en particular los avances en tecnología.

La segunda resalta el desarrollo desigual del capitalismo, y contempla el desarrollo de otras formas de trabajo dentro de la familia como regresivo y maligno. El tercer enfoque enfatiza el paso de la esfera de la producción a la esfera del consumo como la principal fuente de la conciencia de la gente y de los logros sociales.

Cada una de estas tres líneas de pensamiento ha contribuido de alguna forma a mi postura, y antes de seguir adelante las presentaré de una forma crítica.

Familia, trabajo y sociedad: lineas alternativas de pensamiento

l. La innovación social en el capitalismo

Esta postura está basada en la asunción de que una combinación de innovación tecnológica en la industria manufacturera y de innovación social en el comportamiento de las familias, particularmente en la forma en que son producidos los bienes y servicios dentro del hogar, genera tendencias que dan lugar a un tipo de sociedad cualitativamente diferente.

A medida que los miembros de la familia utilizan su propia fuerza de trabajo y sus propios equipos de capital para producir bienes y servicios para sí mismos, se realiza cada vez más trabajo dentro del hogar.

La lógica del desarrollo económico, que se aleja de la producción primaria a través de la manufactura hasta la provisión de servicios, se ve interrumpida.

La aceleración de la productividad en la industria manufacturera, en relación a la de la industria de servicios finales, significa que los bienes se abaratan en relación a los servicios finales. Por tanto, las familias compran bienes manufacturados que les permiten producir más servicios para sí mismos.

Esencialmente, dicha línea de pensamiento está basada en la eficacia y la capacidad innovadora del capitalismo y en un sistema de valores que apoya y aprueba los modelos innovadores del consumo doméstico. La forma en que la gente gasta su tiempo y su dinero genera por sí misma una respuesta económica en el equilibrio y el contenido de los bienes y servicios.

Esta línea de pensamiento ha sido desarrollada a lo largo del tiempo por Jonathan Gershuny, y utilizaré su trabajo para explicarla con mayor detalle (3). Gershuny no aborda el capitalismo ni las clases en su análisis del desarrollo de un tipo de economía de autoservicio; él asume que es una prestación social para la mano de obra y algunos de los costes de capital en la provisión de servicios que son traspasados a las familias. Los bienes y servicios son más baratos, mejores y más prácticos.

Tales factores contrarrestan implícitamente los costes en tiempo y cualquier redistribución del trabajo dentro de la familia (4).

La innovación social para Gershuny implica el desarrollo tecnológico del proceso de innovación, tanto en el lugar de trabajo como en el hogar.

El prevé una combinación de una nueva ola de innovación tecnológica -microprocesadores, sistemas de almacenamiento de la información y nuevas infraestructuras de información-transformación- con una nueva demanda de servicios centrados en el hogar:

En servicios domésticos podemos construir sistemas para la gestión y control automatizados y centralizados de una serie de funciones domésticas (calefacción, iluminación, seguridad), y esos sistemas domésticos pueden estar vinculados a su vez a servicios de seguridad locales.

Además podríamos imaginar paquetes de información que dieran un asesoramiento sobre las operaciones familiares (5).

Lamentablemente, como ya he señalado en el capítulo 5 (págs. 153-158) las consecuencias distributivas de esta línea de pensamiento no han sido consideradas por Gershuny.

El afirma simplemente que en el pasado “los pobres se enriquecieron con el tiempo”(6), y defiende que en el futuro, el proceso que él describe como de “innovación social” dará lugar a dos cosas:

Elevará la demanda de mano de obra en la economía formal al establecer nuevos mercados para los nuevos productos utilizados en los «modos innovadores de producción», y también en el sector informal. Y reducirá la oferta de mano de obra para la economía del dinero (7).
Y sigue diciendo:

Debemos reconocer que el desarrollo de los acontecimientos está determinado en parte por una lógica que es interna a nuestras instituciones sociales y al entorno material, y gran parte de nuestro control (sobre el curso del futuro desarrollo) es en cierta forma maleable (8).

Sin embargo, incluso en su concepción más optimista del futuro desarrollo económico y político, Gershuny admite que cualquier nueva demanda de mano de obra será para los cualificados, y no para los descalificados, y que el crecimiento de la producción informal reducirá con mayor probabilidad el trabajo remunerado de las mujeres de forma desproporcionada (9).

A la vista de estas desigualdades, aparentemente inherentes, él se ve incapaz de efectuar ningún cambio.

Por ejemplo, señala que la ausencia de «igualdad sexual» es el resultado de actitudes sociales regresivas:

A pesar de los recientes e importantes cambios en las actitudes públicamente expresadas, el trabajo doméstico todavía es considerado como un trabajo principalmente de mujeres.

El hecho de su evidente responsabilidad para el trabajo doméstico reduce la cantidad de tiempo que las mujeres tienen disponible para el trabajo remunerado, lo cual Ies sitúa en desventaja en el mercado de la mano de obra asalariada.

Y aquí está la desigualdad: precisamente porque tipos similares de hombres y mujeres, porque maridos y esposas deseen trabajar un número de horas similar, mientras las mujeres mantienen su responsabilidad especial en el trabajo doméstico, es por lo que las mujeres son más proclives a aceptar trabajos a tiempo parcial (que son generalmente de un status inferior), tienen menos energías para concentrarse en sus trabajos, menos flexibilidad para trabajar más horas cuando es necesario, con lo cual no pueden competir en términos de igualdad con los hombres(10).

Evidentemente, Gershuny no justifica tales actitudes, pero las describe de tal forma, que implica que éstas son inevitables.

Así, estos dos procesos interactivos de innovación en la tecnología y la conducta familiar producen nuevas combinaciones de trabajo para diferentes categorías sociales.

Los trabajos manuales descienden en relación a los trabajadores, y a medida que los miembros de la unidad familiar realizan nuevos trabajos.

Gershuny menciona de pasada un punto que yo considero notablemente importante, y que ya he documentado con detalle en los capítulos 8 y 9, es decir, las familias adquieren cada vez más sus servicios a través de una combinación de trabajo no remunerado con bienes de capital y materiales pagados con el dinero ganado en un empleo remunerado.

Las familias sin un empleo formal pueden considerar, por tanto, que su capacidad para integrarse en actividades productivas informales también se ve afectada. Y cuanto más provee una sociedad concreta sus servicios finales a través de una base informal más que una base formal, más caros son sus servicios formales.

Así, el proceso de «informalización» de la producción no alivia necesariamente la carga del desempleo (11).

Gershuny reconoce estas desigualdades y modelos de polarización, pero no los considera como una parte central de su argumento.

Su análisis de la forma en que actúan el tiempo y el dinero en el desarrollo de una sociedad de autoservicio para producir una utilidad marginal decreciente de los ingresos es importante en la medida en que no se pierde de vista que las familias todavía necesitan grandes cantidades de dinero, a fin de acceder a la actividad de autoservicio.

Aunque el trabajo de Gershuny es imaginativo (12), hay que leer entre líneas su libro para descubrir los nuevos patrones de desigualdad que se están generando y, sin duda, agudizando por los procesos de innovación social que él describe.

Al infravalorar las consecuencias distributivas, y al inferir que lo que la gente hace es lo que realmente quiere hacer, aquellos que adoptan esta línea de pensamiento pueden estar cerrando opciones involuntariamente, e ignorando las reacciones políticas potenciales de tipo convencional o no convencional.

No obstante, esta línea de pensamiento es valiosa y ofrece un enfoque distinto y riguroso de las conexiones entre la familia, el trabajo y la sociedad.

2. El trabajo informal y doméstico como estrategias de supervivencia de los pobres

Los seguidores de esta línea de reflexión parecen hallarse en oposición a aquellos del grupo anterior.

Las consecuencias distributivas son cruciales para su enfoque, y son los efectos malignos de la acumulación capitalista en lugar de los beneficios de la innovación tecnológica los que se subrayan.

La demanda de beneficios crecientes, más que los beneficios de la mayor productividad, es considerada como el principal motor del cambio y la carga que recae sobre la clase obrera tiene una mayor importancia que los beneficios que pueden corresponder a los más desahogados.

La crisis capitalista produce un desempleo creciente, de forma que los trabajadores analizados no pueden mantenerse a sí mismos y a los que dependen de ellos

La única forma que tienen de sobrevivir los trabajadores desventajados es dedicarse al trabajo informal o volver a modelos protoindustriales de trabajo doméstico.

Así pues, los nuevos modelos de trabajo doméstico surgen de una disyunción en las relaciones entre la acumulación de capital y los modelos reproductivos para una sección cada vez mayor de la población.

Los efectos distributivos en términos de los cambios estructurales en la economía han sido bien ilustrados en Italia, y el trabajo de Mingione es un buen ejemplo de un análisis marxista que desarrolla esta línea de reflexión (13). Señala algunos sectores de la población italiana que se “adaptan” a esos procesos más globales de la acumulación de capital combinando varias formas de trabajo doméstico e informal (14).

Para Mingione el capitalismo, como si dijéramos, ha absorbido a los asalariados convirtiéndoles en una mercancía-mano de obra y después, con el crecimiento del desempleo (por las razones que sean), los ha abandonado. Incapaces de afrontar sus necesidades de consumo, los trabajadores desechados se ven obligados a reducir su demanda de bienes y servicios y “trabajar en cambio para el autoconsumo y el consumo informal”(15).

Tales trabajadores y sus familias, “abandonados progresivamente por el ciclo económico formal”(16) se ven abocados al empleo negro e informal y el trabajo no remunerado, y el Estado se ve obligado a elevar los subsidios públicos.

Estos cambios estructurales son considerados por Mingione como irreversibles, dada la lógica del desarrollo capitalista: “descentralización, informalización de ciertos sectores económicos y el crecimiento del trabajo doméstico son, en general, medidas defensivas en el contexto de la gestión capitalista de una crisis muy difícil y prolongada”(17).

La situación en Italia descrita por Mingione no es totalmente pesimista. En palabras suyas:

Actualmente es posible una mayor independencia y solidaridad reproductiva en los modernos entornos urbanos…

Es necesario que las nuevas formas de solidaridad social no lleven al desarrollo de grupos competitivos entre sí (para obtener una parte de los escasos recursos públicos), sino a la promoción de cambios radicales en los sistemas de reproducción, contra el consumo de masas y a favor de una mayor cooperación e independencia de la colectividad local (18).

Si dejamos a un lado este utopismo infundado es evidente que la experiencia italiana lleva a Mingione a completar el crecimiento de trabajos más informales en las familias como una respuesta de adaptación regresiva de los pobres y marginales.

Ello no está tan lejos de la postura adoptada por Rose (19), quien ve también la «economía doméstica» como un medio de salir adelante en las turbulentas condiciones económicas del momento.

Rose considera asimismo los beneficios que corresponden a las familias dentro de lo que él denomina el «intercambio altruista y afectuoso de servicios fuera de la economía del dinero» (20).

El obligado crecimiento del trabajo informal que describe Mingione para Italia puede presentarse apropiadamente desde una perspectiva marxista, pero existe, de hecho, una notable congruencia entre este enfoque y las ideas de algunos economistas de derechas británicos.

Ellos consideran también el trabajo informal como una estrategia de supervivencia de los pobres, aunque adoptan perspectivas políticas bastante diferentes.

Patricia Minford ha señalado que la gente desempleada «puede hacer cosas útiles en casa y ganar incluso algún dinero legalmente a la vez que reclaman prestaciones» (21) y propone que las prestaciones por desempleo sean reducidas a fin de animar a los trabajadores a aceptar empleos de baja remuneración.

Aunque la suposición de Minford es empíricamente inválida, existe cierta congruencia entre las perspectivas de Mingione y Minford acerca de que los pobres y los más desventajados realizan otras formas de trabajo en casa, y que la forma de reducirlo es fomentar un mayor empleo (bien que por métodos muy diferentes y con supuestos muy diferentes).

Evidentemente es algo estrafalario presentar conjuntamente un análisis del trabajo doméstico ilegal y la fabricación incontrolada y explotadora en Italia con una discusión de lo que hace con su tiempo la gente desempleada de Liverpool, sean o no propietarios de sus casas.

Son formas diferentes de trabajo informal. Las estrategias de adaptación de los pobres evidentemente variarán enormemente entre las diferentes sociedades industriales, sean capitalistas o socialistas. En la Unión Soviética se ha demostrado que las familias más pobres en las ciudades son las más propensas a cultivar hortalizas en jardines privados (22).

Las formas oportunistas de salir adelante ofrecían un elemento esencial en la historia de todas las formas de trabajo (véase el capítulo 2).

En la medida en que existe actualmente un desempleo estructural se está creando una forma específica de pobreza en el proceso de desarrollo capitalista. Además probablemente las oportunidades de trabajo informal entre los desempleados se hallan en declive, y aquellos que tienen un empleo están mejor situados para participar en todas las demás formas de trabajo (véase el capítulo 4).

3. El paso de la producción al consumo en la formación de la conciencia

Este enfoque enfatiza la convergencia de objetivos y aspiraciones de una gran parte de la sociedad, la cual ha pasado a ser mayoría en la mayor parte de las sociedades occidentales.

Los hogares resultantes más privatizados, introvertidos, centrados en la casa y autónomos están orientados hacia el consumo y consideran que pueden lograr sus objetivos individuales con mayor rapidez a través de planes privados que a través de la acción colectiva.

Esta amplia «clase media» comprende entre el 55 y el 65 por 100 de todos los hogares en Gran Bretaña, con una clase baja desposeída de entre un 20-25 por 100 por debajo de ella, y una burguesía adinerada o con elevados salarios de un 12-15 por 100 por encima.

La mayoría de estas familias de clase media son propietarias de sus viviendas y, a juzgar por el estudio de Sheppey, se sienten satisfechas de crear un estilo de vida basado en la domesticidad a pequeña escala.

Quizá el exponente más destacado de esta línea de reflexión es André Gorz, quien considera que el continuo desarrollo tecnológico conduce a la eliminación del productor social.

La razón de la decreciente importancia de la producción para los trabajadores -tanto manuales como no manuales- es simplemente que para ellos es innecesario dedicar al empleo muchas horas al día, a la semana o en toda su vida.

En su libro Adiós al proletariado Gorz se refiere a los «proletarios postindustriales desclasados» que ya no tienen que liberarse en el trabajo, sino que han de liberarse del trabajo (del empleo) rechazando su naturaleza, contenido y necesidad.

Esta es una noción confusa, ya que aunque ni el capitalismo ni «los trabajadores» quieren el empleo, existe todavía una necesidad muy fuerte de dinero -por parte de los trabajadores, para comprar los medios de disfrutar su tiempo «libre», y por parte del sistema capitalista, el cual necesita un mercado nacional expansivo para los bienes y servicios.

Gorz trata de describir una nueva esfera de libertad fuera del terreno de la necesidad del empleo, y afirma que esencialmente, la «libertad» que gran parte de la población de las naciones superdesarrolladas trata de proteger frente al «colectivismo» y la amenaza totalitaria es la libertad de crear un nicho privado que proteja la propia vida personal contra todas las presiones y las obligaciones sociales externas.

Este nicho puede estar representado por la vida familiar, una casa propia, un jardín privado, un taller de bricolaje, una barca, una casa de campo, una colección de antigüedades, música, gastronomía, deporte, amor, etc. Su importancia varía inversamente al grado de satisfacción en el trabajo, y en proporción directa con la intensidad de las presiones sociales…

«La vida real» empieza fuera del trabajo, y el trabajo mismo se convierte en un medio hacia la ampliación de la esfera del no-trabajo, una ocupación temporal por la que los individuos adquieren la posibilidad de desarrollar sus actividades principales (23).

De acuerdo con Gorz, este desarrollo de las esferas y estilos de consumo privado invierte las relaciones sociales establecidas por el capitalismo, y puede terminar, en sus palabras, por «eliminar el capitalismo».

Sigue afirmando que paralela a la esfera de producción de bienes se halla «la esfera de producción doméstica, que, en la práctica, ha sido siempre tan importante como la esfera de la producción económica, otorgándole una base material encubierta a través del trabajo doméstico no remunerado y no medido de las mujeres y, en menor medida, de los niños y los abuelos» (24).

El argumento de Gorz es altamente simplista, idealista y, en algunos aspectos, sexista, incorporando una perspectiva polarizada del trabajo que a lo largo de este libro he mostrado como errónea.

No obstante toca un tema que ha sido desarrollado rigurosamente por Patrick Dunleavy y Peter Saunders, es decir, que la propiedad de la vivienda y los estilos en la forma de consumo pueden conllevar implicaciones políticas más amplias (25).

Dunleavy argumenta en contra de una división entre los modelos de consumo basada únicamente en las diferencias ocupacionales entre la clase «media» y la clase «trabajadora».

Los trabajadores manuales están altamente fragmentados en términos de lo que él denomina sus «localizaciones de consumo», relacionadas en gran medida con el papel del Estado en la esfera de la vivienda. Saunders ha llegado más recientemente a la conclusión de que «la clase no es la única razón de la existencia de las divisiones y conflictos sociales» (26).

Hace hincapié en que la propiedad de la vivienda no es la base ni la expresión de la formación de clase, sino «el elemento más importante en las divisiones que se producen en el sector del consumo».

Sería absurdo afirmar que la posesión de la vivienda está ocupando el lugar del trabajo remunerado como el principal determinante de las oportunidades en la vida de mucha gente, y del sentido de la identidad social en la gente media.

Pero sería igualmente absurdo negar la importancia de la propiedad de la vivienda, tanto como una fuente de acumulación de capital como un foco de auto aprovisionamiento (27).

Sin embargo, de la misma forma que sería equivocado defender una simple relación directa entre la ocupación del principal perceptor de ingresos masculino y el comportamiento social y político de todos los miembros de la familia, debemos evitar también un determinismo tosco.

Como he señalado en el capítulo 4 la debilidad de la teoría de la acción de Marx ha sido olvidada continuamente. Se ha supuesto un grado de solidaridad de clase obrera difícil de fundamentar empíricamente (28).

La «tradicional» clase obrera es probablemente la unidad doméstica privatizada y centrada en un hogar basada en la familia nuclear y, como han demostrado los demógrafos históricos, tales familias tienen una larga historia en la Inglaterra preindustrial (29).

En cualquier discusión acerca de la conciencia y la acción colectiva de la «clase trabajadora» es útil recordar la distinción entre el colectivismo instrumental y el afectivo.

Cuando la situación económica y política se volvió fuertemente en contra de aquellos que no contaban más que con su capacidad para vender su fuerza de trabajo y evitar así la penuria, la extensión del derecho al voto y el desarrollo de los derechos de los sindicatos eran los principales objetivos a alcanzar.

Las estrategias privadas podían funcionar para los miembros de una aristocracia trabajadora, pero para la mayoría de los trabajadores la única alternativa realista era la respuesta colectiva. Pero este poder colectivo que perseguía la ampliación de la igualdad de derechos para todos los ciudadanos produjo resultados que, o bien fueron breves, o bien fueron menos satisfactorios de lo esperado.

Los sindicatos tienen poder para expandir los sectores, pero no son tan capaces de proteger a sus miembros de la desindustrialización. Cuando las plantas cierran o se trasladan fuera del país es más probable que la militancia contribuya más a favorecer que a obstaculizar el proceso.

El paso en la industria manufacturera hacia el «crecimiento sin empleo» basado en el desarrollo de capital intensivo ha minado el poder colectivo de los trabajadores.

Los sindicatos no pueden garantizar el empleo para sus miembros desempleados. Además, en la arena política, el socialismo municipal ha generado grandes bloques de edificios y los terrenos municipales más sugieren una ciudadanía de segunda clase que una victoria en la campaña de obtener mejores viviendas para la gente corriente.

El Municipio y la Corporación vinieron a «representarlos», quizá con más fuerza que a los empresarios como categoría, excepto en algunos sectores como la minería y la fabricación de automóviles. Sin embargo, aunque enfermeras y asistentes sociales podrían declararse en huelga con frecuencia, para ellos es difícil poder simbolizar al trabajador británico típico en la forma en que lo hacen aparentemente los mineros o los trabajadores de la industria automovilística, ya sea debido al sexismo o a la falta de solidaridad (30).

Ciertamente, los empresarios de Sheppey son considerados por muchos como trabajadores mejor pagados, cuyo trabajo es ofrecer los medios de ganar dinero para otros trabajadores (31).

Entonces, si la «solidaridad de la clase trabajadora» ha sido en gran medida una forma instrumental de colectivismo, cuando no consigue repartir -o reparte terrenos municipales e institutos que no son aparentemente satisfactorios- no sería sorprendente que ese mismo instrumentalismo se hiciera más individualista (32).

Para mucha gente normal es poco lo que puede hacerse en el lugar de trabajo para mejorar sus oportunidades personales.

Pueden conseguir una cierta cantidad de dinero extra a través de las negociaciones, las horas extra o el trabajo a destajo; pero esta actividad es relativamente marginal comparada con el traslado de una vivienda social alquilada a una casa propia en la que pueden trabajar como quieran. Pueden expresarse más creativamente en casas propias que en sus empleos.

La solidaridad más afectiva de la clase trabajadora ha sido considerada por algunos como un elemento esencial en la identidad de clase, con la implicación de que existen consecuencias políticas en la forma del apoyo para el grupo que representa los objetivos colectivos. Son bien conocidas las charangas, los viajes de los aficionados apoyando a sus equipos de fútbol; menos atención se ha prestado a intereses más individuales como la pesca o la jardinería.

De forma similar las formas burguesas de colectivismo afectivo, tales como la caza de zorros, el bullicio que seguía a los diversos acontecimientos de remo y organizaciones como el Rotary Club, los Lions, los desayunos de caridad y demás, han sido quizá menospreciadas. Parece absurdo y más bien estúpido tratar de limitar la acción colectiva afectiva a cualquiera de uno solo de los niveles de la estructura social.

La solidaridad embriagadora de una noche de cena exagerada o el fervor expresado colectivamente en la conferencia anual del Instituto de directores debería de hacernos cautos a la hora de relacionar ese tipo de colectivismo a una posición de clase inferior.

De forma similar, incluso en términos de colectivismo instrumental, el Sindicato Nacional de Agricultores bien pudiera estar realizando un trabajo mejor que la organización paralela de trabajadores agrícolas.

El argumento de que cierto sector de la estructura social tiene un especial acceso privilegiado a la solidaridad afectiva tiene tanta validez como dividir la población en clases basadas en aquellos que cantan en una coral y los que no.

Los cambios en tecnología, el traslado del énfasis del trabajador como productor al trabajador como consumidor, el crecimiento de nuevas formas de trabajo asociadas con el consumo y el paso de la población trabajadora a formas más individuales de acción instrumental están entre los elementos que destruyen la centralidad de una forma de trabajo -el empleo- como el origen de la conciencia y cohesión de clase (en la medida en que siempre ha sido así).

Ciertamente estas son materias complejas y las pruebas de Sheppey sugieren que Gorz está diciendo adiós a la clase obrera quizá algo prematuramente. No obstante, la tesis de la polarización y una creciente preocupación por las formas de trabajo exteriores al empleo sugieren no un aburguesamiento, sino una creciente clase media

La nueva línea de división de clases se halla hoy entre la masa media y la clase inferior que se halla por debajo.

Estas tres líneas de pensamiento son hasta cierto punto complementarias: es difícil separar el impacto de la tecnología del desarrollo del capitalismo, y la creciente importancia del consumo no puede separarse de las diferencias en el crecimiento de la productividad de los bienes y de los servicios finales.

En el estudio de Sheppey están ejemplificados elementos de cada uno de esos enfoques de los procesos subyacentes que afectan a todas las formas de trabajo.

Notas

(1) Este proceso fue previsto como una posibilidad por W. W. Daniel en enero de 1980 cuando en su declaración ante la Comisión sobre Desempleo de la Cámara de los Lores declaró que veía «el espectro de una nueva estructura social, de una nueva división que surgía en nuestra sociedad y en nuestra economía, en la que hay una creciente proporción de hogares en los que nadie trabaja al mismo tiempo a medida que hay una mayor proporción de perceptores múltiples de sueldos y salarios.

Existen unos nuevos pobres que son realmente pobres y hogares en los que los niños crecen sin que nadie esté empleado. Un panorama muy diferente se obtiene si miramos a la gente como individuos en lugar de contemplar a la gente como miembros de hogares, (16 de junio de 1980, pfo. 119).

(2) Lo que está claro es que la economía informal es una parte integral de la renegociación de la división del trabajo que he esquematizado aquí, y que toda la discusión de la política de bienestar y de distribución social del esfuerzo y recompensa será imprecisa hasta que los científicos sociales produzcan una descripción ajustada de los intercambios económicos, sin limitaciones por parte de las medidas económicas» (A. H. Halsey, «A sociologist’s viewpoint», en The Welfare State in Crisis, OCDE, París, 1981, pág. 26).

(3) Véase el reciente libro de J. Gershuny, Social Innovation and the Division of Labour, Oxford University Press, 1983, para la expresión más elaborada de esta postura.

(4) Los campesinos del este de Kent han trasladado gran parte de los costes de distribución de la fruta al consumidor. No sólo se fomenta que recojamos nuestra propia fruta durante la estación, sino que fuera de la estación nos abastecemos de manzanas en las propias granjas.

El campesino deja una cantidad de manzanas, una balanza y un bote con dinero dentro en su granja. El cliente se sirve la fruta, deja el dinero (cogiendo el cambio si es necesario) y se va con su propio coche.

El granjero repone las manzanas de su cámara fría y coge el dinero periódicamente. Incluso si han robado todas las existencias disponibles -en la práctica es improbable que se produzca sobre una base regular- el granjero saldrá ganando, incluso aunque pudiera contratar a la mano de obra más barata.

(5) Gershuny, Social Innovarion…, pág. 166. 6 Ibid., pág. 14.

(6) Ibid., pág. 14.

(7) Ibid., pág. 177.

(8) Ibid., pág. 177.

(9) Ibid., pág. 183.

(10) Ibid., pág., 153 (cursiva de Gershuny).

(11) Ibid., pág. 48.

(12) Reconozco sinceramente que me he visto continuamente estimulado y ayudado por su trabajo durante los últimos siete años.

(13) E. Mingione, «Informalization, restructuring and the survival strategies of the working class», International Journal of Urban and Regional Research, 7 (3) 1983, págs. 311-39. Véase también «Informalization and survival strategies in Southern Italy», en E. Mingione y N. Redclift (eds.), Beyond Employment, Basil Blackwell, Oxford, 1984, para una justificación empírica más detallada de su argumento y al que yo me refiero.

(14) Ibid., pág. 311.

(15) Ibid., pág. 317.

(16) Ibid., pág. 319.

(17) Ibid., pág. 328.

(18) Ibid., pág. 330.

(19) Capítulo 9, pág. 303.

(20) R. Rose, Cetting By in Three Economies: The Resources of Official, Unofficial and Domestic Economies, Centre for the Study of Public Policies, Universidad de Strathclyde, 1983, pág. 25.

(21) P. Minford, Jornal of Economic Affairs, 3 (2), 1983, pág. 97.

(22) Véase el fascinante análisis que aparece en L. Gordon y E. Klopov, Man after Work, Progress Publishers, Moscú, 1975, págs. 44, 91-94.

(23) A. Gorz, Farewell to the Working Class, Pluto Press, Londres, 1982, págs. 80-88.

(24) Ibid., pág. 82.

(25) Véase P. Dunleavy, «The urban bases of political alignment», British Journal of Political Science, 9, 1979, págs. 409-43; y P. Saunders, Beyond Housing Classes: The Sociological significance of Private Property Rights in Means of consumption, Working Paper, 33, Urban and Regional Studies, Universidad de Sussex, 1983. También es importante en este contexto C. Offe, «Alternative strategies in consumer policy», capítulo 10 de su colección de ensayos: Contradictions of the Welfare State, Hutchinson, Londres, pág. 11.

(26) Saunders, Beyond Housing Classes, pág. 11.

(27) R. E. Pahl, Whose City?, Penguin, Harmondsworth, 1974, capítulo 12 y en la pág. 298.

(28) K. Kumar, «Class and political action in nineteenth-century England», European Journal of Sociology, 24, 1983, págs. 3-43; y «Can the workers be revolutionary?» European Journal of Political Research, 6, 1978 págs. 357-79. Para un enfoque alternativo a estos problemas véase G. Stedman-Jones, Language of Class, Cambridge University Press, 1984.

Para un interesante relato del tradicionalismo decimonónico de la clase trabajadora «que incluye un fatalismo considerable», véase P. N. Stearns, «The effort at continuity in working-class culture», Journal of Modern History, 52, 1980, págs. 625-55.

(29) Uno de los mejores relatos de la vida de la clase trabajadora es R. Roberts, The Classic Slum, Penguin, Harmondsworth, 1973. Véase también el vívido y nada indiferente análisis en los capítulos 10 y 11 de F. Mount, The Subversive Family, Jonathan Cape, Londres, 1982.

Esta domesticidad no agrada a todos. «Cuidado con la domesticidad», dicen los autores de The Anti-Social Family. «Para mucha gente el trabajo es tan ingrato que centran su vida en torno al hogar» (pero ¿cuándo ha sido de otra manera?, se pregunta uno). «Decorar la casa, amueblarla, equiparla con…, se convierten en actividades fundamentales.

El ocio familiar y el estilo de vida centrado en los hijos se convierten en las fuentes de su más profunda satisfacción… Como sabe todo socialista, se hace casi imposible atraer a una multitud razonable a una convocatoria pública» (M. Barret y M. McIntosh, The Anti-Social Family, Verso Editions, Londres, 1983, pág. 146).

(30) Ciertamente es extraño y poco convincente que se considere la solidaridad colectiva de los trabajadores de los servicios como una «acción industrial>.

(31) Véase también R. E. Pahl, «The restructuring of capital, the local political economy and household work strategies: All forms of work in context>,, en D. Gregory y J. Urry (eds.), Social Relations and Spatial Structures, Macmillan, Londres, 1984.

(32) Para un análisis de las diferentes formas de acción instrumental en un contexto diferente, véase R. E. Pahl, «Instrumentality and community in the process of urbanization», Sociological Inquiry, 43 (3-4), 1973, págs. 241-60.

Capítulo final de “Divisiones del Trabajo” Ediciones Ministerio de Trabajo y Seguridad Social Madrid, 1991, ISBN84-7434-653-3 Traducción: Elvira Cortés Revisión: Juan José Castillo

Aportado por: Revista Trabajo y Sociedad, Indagaciones sobre el empleo, la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas.

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Pahl Ray E.. (2005, enero 3). Familia, trabajo y sociedad. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/familia-trabajo-sociedad/
Pahl, Ray E.. "Familia, trabajo y sociedad". GestioPolis. 3 enero 2005. Web. <https://www.gestiopolis.com/familia-trabajo-sociedad/>.
Pahl, Ray E.. "Familia, trabajo y sociedad". GestioPolis. enero 3, 2005. Consultado el 16 de Agosto de 2018. https://www.gestiopolis.com/familia-trabajo-sociedad/.
Pahl, Ray E.. Familia, trabajo y sociedad [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/familia-trabajo-sociedad/> [Citado el 16 de Agosto de 2018].
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