1. Introducción
Si bien los libros de texto de Economía suelen eludir el tema, y pese a
que los signos de los tiempos actuales nos sugieren que los economistas
habrán de marcar el paso firmemente en el siglo XXI, existe un
generalizado reconocimiento de que la ciencia económica está en crisis
(Barceló, 1992; Fernandez, 1994; Cobb y Daly,1993).
La Economía no sólo comparte muchas de las dificultades y ambiguedades
reconocidas en las ciencias sociales sino que además, en su afán por
erigirse en la "física de las ciencias sociales", se ha acotado en un
reducido espacio que le ha hecho perder la perspectiva de su lugar en el
mundo y limitado sus alcances. Para colmo, en su afán por vestirse de
ciencia, ha terminado siendo acusada no sólo de "... apoyarse en
premisas inadecuadas y en categorías ilusorias, ... rehuir las
contrastaciones empíricas y ... dar la espalda a las disciplinas
vecinas" (Barceló, 1992: 12), sino también de falta de unidad, tendencia
al desintegracionismo, al determinismo, al reduccionismo y falta de
operatividad ante las crisis modernas (Fernandez, 1996).
Esto no hace sino expresar uno de los problemas más serios que afectan a
la Economía como disciplina científica: mientras sus cultores -los
economistas- se precian de haber elaborado importantes precisiones
conceptuales y metodológicas, y de haber logrado grandes avances en la
formalización de las reflexiones y la investigación económica, todavía
la Economía aparece exhibiendo profundas limitaciones para explicar los
verdaderos problemas económicos que aquejan a la humanidad y guiar los
esfuerzos que permitan enfrentarlos. La Economía sufre lo que algunos
llaman "una aguda falta de relevancia ante los problemas del ser humano
de nuestro tiempo" (Cobb y Daly, 1993).
Es cierto. Los hombres han logrado en los últimos años los más
importantes avances tecnológicos que conozcamos y multiplicado en mucho
sus capacidades de creación de riqueza material; sin embargo los grandes
problemas que les aquejan no han sido aún resueltos y muchos parecen
haberse agudizado. Los niveles materiales de vida de que algunos
disfrutan están muy lejos del alcance de la gran mayoría, la pobreza en
el mundo se extiende y agudiza; países virtualmente marginados de los
procesos de globalización no parecen tener perspectiva futura; la
biósfera se deteriora crecientemente; los problemas de empleo y
marginalidad se traducen en el aumento de los conflictos y la violencia;
ciertas actividades económicas funcionales al sistema económico
imperante pero nocivas para las personas por sus negativos efectos
económicos, sociales, políticos e individuales crecen aceleradamente
(especulación financiera, tráfico de armas y estupefacientes). La
enajenación hace perder de vista el sentido de la vida humana y sumerge
a las personas en tensiones difíciles de manejar, la aparición de
profundos desequilibrios psicológicos y biosomáticos deterioran la
calidad de la vida independientemente del bienestar material alcanzado;
la humanidad se debate cuestionando aún inconscientemente el sentido de
la vida y ante la falta de respuestas se aferra desesperadamente al
consumo desenfrenado de bienes, creencias, mitos, separatismos, odios
ancestrales o a pseudo respuestas que embotan su conciencia. Los avances
científicos y tecnológicos han tomado una velocidad tal que se nos hace
difícil tomar plena conciencia de los alcances, las implicaciones y las
consecuencias de las transformaciones en curso, y parecería que apenas
podemos aspirar a no perder el siguiente trufi que tendría que llevarnos
al próximo milenio.
La falta de relevancia de la Economía no se refiere a cuán útil pueda
ser para ayudarnos a correr hacia el futuro portando las claves del
éxito de la época -globalización, libre mercado, competitividad,
reformas estructurales, sostenibilidad, especilización flexible,
información, bloques regionales, estrategias de liderazgo, calidad
total, innovación, cultura del cliente, etc.-, sino más bien a lo
alejada que ella pueda estar de las reales necesidades del ser humano.
2. La construccion de la economia
La Economía, como hoy la conocemos, se fue desarrollando en el contexto
científico de los últimos siglos que estuvo dominado por el determinismo
mecanicista newtoniano y el dualismo cartesiano, inspirada en los
avances de las ciencias naturales y aspirando a ser reconocida como
ciencia. En este proceso la Economía fue definiendo sus bases
científicas entre las que podemos señalar: la idea de la existencia de
leyes objetivas que gobiernan la vida económica más allá del tiempo y el
espacio, la idea de progreso como fuerza fundamental de la vida
económica y un enfoque analítico parcelario que agrega y desagrega
lógica y linealmente. El resultado de estos esfuerzos debió ser una
ciencia objetiva, ética y políticamente neutral, completamente libre de
juicios de valor.
En la construcción científica de la economía se debió recurrir a los
artificios lógicos necesarios para encarar con éxito el desafío
planteado. Por un lado fue preciso asumir una proposición básica sobre
la naturaleza humana que dio vida al célebre homo economicus, siempre
racional, egoísta y maximizador, independientemente del contexto y de
las condiciones en que se forma y actúa. Por otro lado fue preciso
expurgar cuidadosamente los aspectos no económicos de las relaciones
económicas y desechar lo que se suponía no era relevante para las
cuestiones económicas. Adicionalmente, dado que buena parte de las
relaciones económicas se realizaban a través de intercambios con dinero,
surgió la necesidad de prestar particular atención a los valores
monetarios, y fue justamente en torno a ellos que las reflexiones
económicas terminaron de tomar forma.
Así, a medida que se construía, la ciencia económica fue revelando una
inclinación a reducir las necesidades y acciones económicas a las
observables en el comportamiento de los individuos en los intercambios
mercantiles, por lo cual no resultó extraño definir el bienestar tan
sólo en términos de la satisfacción de las necesidades atendibles
mediante el mercado. Y los economistas, fascinados con lo que parecía
ser un gran sistema mecánico funcionando objetivamente, se fueron
enredando con los mecanismos que surgieron para facilitar los
intercambios económicos generalizados, para terminar atrapados en la
afanosa búsqueda de cómo manipular los recursos con la finalidad de
maximizar la ganancia monetaria en el corto plazo en pro del provecho
individual, mientras se dejaba a las fuerzas de la gran máquina
económica la tarea de transmutar el provecho individual en el máximo
beneficio social posible.
De esta manera la Economía se concentró cada vez más en aspectos
parciales del comportamiento económico humano a un grado tal que, cuando
se aplicaron sus hallazgos a situaciones concretas olvidándose el nivel
de abstracción de donde provenían, la complejidad de las relaciones
económicas fue reducida a sus componentes estrictamente
monetario-mercantiles.
Lo que los economistas han hecho hasta ahora ha sido por cierto
meritorio. Con no poca razón muchos sostienen que la economía ha logrado
explicar y resolver la mayor parte de los problemas teóricos y prácticos
que los economistas se han propuesto; sin embargo, cuando se constata
que los grandes problemas que aquejan a la humanidad no parecen tener
posibilidades de un correcto tratamiento ni dirección a su solución en
el marco de las tendencias predominantes en la disciplina de la
Economía, puede valer la pena detenerse un momento y reflexionar en qué
medida la racionalización que la Economía ha construido con respecto al
individuo y la sociedad corresponde a lo que el ser humano
verdaderamente es, a lo que necesita y a sus reales posibilidades. En
ese entendido las páginas que siguen lanzan, sin mayor pretensión,
algunas ideas preliminares que esperamos puedan motivar al lector a la
exploración de nuevas maneras de ver y entender la economía como
actividad humana desde una perspectiva que los economistas por lo
general no utilizan: la del ser humano como individualidad consciente en
proceso de desenvolvimiento.
3. Relaciones Y Relaciones
Una de las proposiciones básicas de las ciencias sociales, que toda
persona aprende más tarde o más temprano, es que el ser humano es un ser
social. Por cierto, nosotros somos en relación, vivimos en relación,
somos parte de una totalidad que constituimos, que nos afecta y a la que
afectamos consciente e inconscientemente, para bien o para mal. Por ello
el mundo en que vivimos no es sino una infinita trama de relaciones que
se crean, recrean y destruyen sin cesar, y nuestra vida un interminable
establecimiento de relaciones. Esto no implica empero que seamos
conscientes de ello; bastante a menudo vivimos sin plena conciencia de
nuestra naturaleza eminentemente relacional por lo cual tendemos a
actuar sin darnos cuenta de los efectos de lo que hacemos en los demás,
en el medio y aún en nosotros mismos.
La manera cómo establecemos nuestras relaciones no sólo expresa lo que
somos y el medio en que nos movemos, sino que además define el alcance
de lo que hacemos, el tipo de efectos que provocamos con nuestro
accionar y la conciencia que asumimos de ello. Por eso el alcance y la
calidad de las relaciones están permanentemente cambiando y redefiniendo
aquello con lo cual interactuamos y que constituye lo que llamamos
nuestra "realidad".
En este trabajo denominamos estado de conciencia a la manera cómo se
establecen las relaciones y se participa de ellas (Waxember, 1994). Un
estado de conciencia es una forma de ser en el mundo que comprende las
acciones concretas que se realizan en el medio en que se vive, lo que se
piensa y se siente, el sentido que se da a la propia existencia y cómo
se lo plasma en la vida concreta. Si bien el estado de conciencia es
fundamentalmente individual, es posible encontrar estados de conciencia
comunes en grupos de personas a partir de los cuales se establecen
criterios básicos de lo que es admisible, normal y deseable en las
interrelaciones humanas.
Los estados de conciencia están sujetos a dinámicos procesos de cambio
que no hacen sino expresar las transformaciones que sufren el alcance y
la calidad de las relaciones a lo largo de un proceso que, según Jorge
Waxemberg, comprende cuatro fases:
La primera fase, el estado de conciencia de apropiación, está
caracterizada por el afán de posesión asentado en la idea de lo "mio".
Es la fase de la conquista y el logro, del poseer, retener, acumular.
Ser es tener. El anhelo de poseer impulsa a superar la inercia y la
pasividad, fomenta la actividad y contribuye al desarrollo del
conocimiento racional, de la iniciativa y del intelecto. La relación con
los demás es fundamentalmente competitiva; la ganancia de unos es
pérdida para otros, y si bien la cooperación es posible sólo emerge en
la medida en que se muestra benéfica para el afán individual de lograr y
poseer. El eje del mundo para cada quien es el interés por uno mismo.
La segunda fase es denominada de la tolerancia. Todavía es importante el
afán de posesión, pero ya se descubre a los demás con posibilidades y
derechos. Surge el reconocimiento de que la cooperación es necesaria y
posible, y que ceder puede permitir mejorar las condiciones en las que
uno se mueve. Si bien se reconoce la existencia y los derechos de otros
no se asume responsabilidad por ellos. Se respeta, y si bien aún no se
da, ya no se quita. El otro es aceptado como similar.
La tercera fase es la de la solidaridad. La relación cambia en la medida
en que se descubre a los otros, se los re-conoce, se simpatiza con
ellos, se está dispuesto a ayudarlos, se comparte. Se comienza a dar,
aunque todavía está sólidamente presente la separatividad ya que el otro
sigue siendo "el otro". Por ello se da esperando recibir. Es la fase del
altruismo, de la primacía de la inclinación hacia el prójimo, del
interés por los demás, el compromiso con ellos. El estado de conciencia
de solidaridad se expresa en asumir responsabilidad por lo que ocurre
con los demás, por el futuro de la humanidad, por el uso de los recursos
y sus efectos en el ser humano y los ecosistemas.
La cuarta fase es la de participación. Es el establecimiento consciente
de relaciones con todo lo existente dando lugar a la emergencia de un
estado de conciencia de unidad. Uno se reconoce parte de una totalidad
que incluye a todo lo existente quebrándose toda separatividad mientras
se desenvuelve una conciencia de ser en totalidad. Se asume una
responsabilidad ilimitada con base en la cual ya no simplemente se da,
sino que se da sin limites -es darse. La relación incluye los contextos
social, cultural, económico, natural y espiritual.
Desde el punto de vista de las relaciones, el desenvolvimiento humano
consiste en expandir la capacidad de participar, es decir transitar de
una etapa a otra a través de un proceso de ampliación del contexto
mediante el cual se va pasando de lo individual a lo cultural, de lo
cultural a lo humano, de lo humano a lo universal:
"Cada ser humano es parte de un todo que llamamos "universo"; una parte
limitada en el tiempo y en el espacio. Por eso nos experimentamos a
nosotros mismos, a nuestros pensamientos y sentimientos como algo
separado del resto, en una especie de ilusión óptica de nuestra
conciencia. Esta ilusión es como una prisión que nos reduce a deseos
personales y a sentir afecto por unas pocas personas que nos rodean.
Nuestra tarea es liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de
compasión para que abarque a todas las criaturas vivas y a la naturaleza
entera en su belleza." (Einstein, 1980: 45).
El proceso de ampliación del estado de conciencia no es lineal ni
progresivo, es de expansión, y conduce no a una adición -suma- sino a
una creciente simplificación donde la totalidad y la individualidad
hacen una unidad de participación.
4. Acerca de eternidades, egoismos, cosas y el afan de posesion
La etapa de la posesividad, necesaria en el desenvolvimiento humano, es
la afirmación positiva de la individualidad en el mundo y suele
predominar cuando la persona comienza a consolidar su identidad por
diferencia y exclusión. El estado de conciencia posesivo se ha plasmado
en formas de ver y vivir la vida para las cuales ser es poseer;
propiedad es posesión, condición de ser. Quien no tiene no es. De ahí el
afán de poseer las cosas, los recursos, el tiempo, la naturaleza, a los
demás, a uno mismo. La posesión ha sido una poderosa fuerza que ha
jalado el desenvolvimiento humano perfeccionando la voluntad,
desarrollando la mente racional y dando lugar a un gran desarrollo
exterior que sin embargo ha resultado excluyente; la otra cara de la
medalla del afán de posesión destruye a la naturaleza, margina a los más
débiles y hace surgir formas de dominación y subordinación que han
llenado de dolor la existencia humana.
En el marco del estado de conciencia posesivo, a medida que se
generalizaban las relaciones mercantiles y se creaban las condiciones
económicas, sociales, políticas, culturales y espirituales para el
surgimiento del capitalismo, surgió y comenzó su desarrollo la
disciplina llamada Economía tal como la conocemos en nuestros días. La
posesión como estado de conciencia ha llevado a plantear -desde el campo
de la Economía- un modelo de ser humano, de economía y de sociedad que
define el sentido de la vida en función de la cantidad y la calidad de
los bienes y servicios que se anhela poseer para alcanzar el bienestar.
El homo economicus es la criatura que racionaliza su estado de
conciencia posesivo para actuar basado tan sólo en el interés por sí
mismo y no tiene mayor preocupación por los efectos de su accionar en
los demás y en el medio que le rodea, a no ser que ello le reporte
específica ventaja o desventaja, y no es sino el ser humano que siente,
piensa y actúa en función de las circunstancias en las que su
satisfacción personal se maximiza. La apelación a los sentidos es la
forma fundamental de su motivación en una existencia cuya sucesión de
eventos expresa la interminable búsqueda de sensaciones agradables y
satisfacciones personales. Incluso se ha llegado a sostener -y ello ha
permitido la formulación de consistentes teorías económicas- que este
modelo de individuo constituye la más precisa expresión de una
naturaleza humana, inmutable en el tiempo y el espacio, para cuyo
florecimiento las actuales formas de organización política, social y
económica -el capitalismo de inicios del siglo XXI- configurarían el más
adecuado ambiente.
Las teorías elaboradas en el marco de la disciplina económica han
contribuido al desenvolvimiento individual y colectivo del ser humano en
la fase de la relación posesiva; por eso las elaboraciones de la
economía han tendido a unilateralizar su interés en cierto tipo de
necesidades y comportamientos que están directamente relacionados al
sentido de apropiación y cuyo referente fundamental ha sido el disfrute
individualista de carácter material. Desde esta perspectiva la economía
convencional ha concentrado su reflexión de manera casi exclusiva en las
necesidades de subsistencia física y cuando ha incursionado en la
consideración de otro tipo de necesidades, como las psicológicas y
sociales, ha tendido a tratarlas sin trascender los supuestos básicos,
la lógica y el alcance con los que tradicionalmente trabaja. Así
McKenzie y Tullock -en una compliación de artículos en los que se
estudian con los supuestos, la lógica y el instrumental de la economía
convencional temas como las relaciones políticas, el crimen, la
deshonestidad, los afectos, las relaciones románticas, el tener hijos,
etc. - sostienen con plena seguridad:
"Los economistas a menudo son criticados por asumir que el individuo es
completamente materialista -interesado nada más que en las cosas
materiales. Lo que nosotros asumimos es que los individuos tienen deseos
que pueden materializarse en objetos materiales, ...pero también
reconocemos que los seres humanos quieren lo estético, lo intelectual y
lo espiritual. ... Sin embargo debemos enfatizar que lo que decimos para
las cosas materiales es mayormente aplicable también para lo que no es
material. Podemos hablar en términos de bienes, pero nos estamos
refiriendo a aquello que las personas desean, sea o no material." (McKenzie
y Tullock, 1981: 10).
Esta visión que resalta al interés por uno mismo y reduce todos los
aspectos de la vida a un tratamiento "mayormente" materialista, no está
en condiciones no sólo de incorporar los aspectos no específicamente
materiales de las relaciones humanas en su real dimensión no material,
sino que tampoco puede capturar -ya que de hecho la niega- la permanente
transformación del ser humano y de las formas de su interrelación
resultantes de complejos procesos naturales, sociales, mentales y
espirituales muy dinámicos en el tiempo y el espacio.
Puesto que es lícito sospechar que el ser humano -cada uno de nosotros-
no encaja a plenitud en la imagen del hedonista homo economicus atrapado
en la eterna cárcel de su inmutable egoísmo rodeado de objetos
materiales y de aspectos no materiales -que están empero cosificados-, y
cuya búsqueda y posesión dan sentido a su vida y a su cotidianidad, no
parece del todo descabellado repensar algunos de los elementos básicos
sobre los que se nos ha habituado a entender la economía.
5. Repensando algunos elementos acerca de individualidad y las
necesidades del ser humano
Una primera mirada a la individualidad y las necesidades.
La individualidad está referida a lo que constituye el individuo; la
originalidad propia de una persona o cosa y que le concierne. Con base
en ello el ser humano es, primero que nada, una individualidad.
La preocupación por la individualidad se desarrolló como parte del
proceso histórico del renacimiento y la reforma religiosa. En el siglo
XVII, y fuertemente influenciado por los avances de la física
newtoniana, Hobbes planteó su idea de la sociedad como constituida por
una infinidad de átomos -los individuos- en permanente movimiento y
colisión. En este contexto se hizo necesario avanzar algunas precisiones
en torno al individuo que se orientaron, en la propia tendencia
hobbesiana, a presentarlo como una entidad abocada nada más que a sus
propios asuntos, algo que estuvo ya relacionado con las primeras
proposiciones del utilitarismo, propuestas alrededor del año 1725 por
Francis Hutchison, que terminaron de afirmarse con la elaboración de
Jeremy Bentham acerca de los dos grandes factores que gobiernan la
naturaleza individual: placer y dolor. Con base en ellos se formularon
los dos "grandes principios" de la vida humana, el anhelo de la mayor
felicidad posible y el interés por uno mismo, que constituyeron un
sólido referente para lo que la economía luego tomó como sus fundamentos
metodológicos: la maximización de la satisfacción y la minimización del
sufrimiento para el individuo y para la sociedad. Esto, más la idea de
que el placer proviene del disfrute de determinada cantidad de bienes a
los que se accede a través del mecanismo del mercado, permitió la
construcción de una ciencia económica que resultó en "... una verdadera
mecánica de utilidad y del interés propios" (Naredo, 1987: 49). Tan
ligada estaba la idea del individuo a la de sus satisfacciones
placenteras que J. Mill comentó en alguna ocasión que según estas
concepciones la gran ley que gobierna la naturaleza humana es la
conseguir el poder suficiente para que las personas y sus propiedades
estén al servicio de nuestros placeres.
Dado que el desarrollo inicial de la noción de individuo estuvo
íntimamente ligado a las ideas que asimilaban la individualidad a la
búsqueda del mayor goce posible, se tendió a pensar al hombre como una
máquina de placer que busca llevar este al máximo. Esta relación de
placer y comportamiento del individuo se reforzó notablemente cuando se
la articuló al disfrute de mercancías obtenibles en el mercado a cambio
de dinero. Así la relación individuo-goce tuvo una connotación
esencialmente egoísta; -¿de qué otro goce podía ocuparse el individuo
sino del suyo propio? Siendo este el caso, no sólo resultaba obvia la
naturaleza de las preferencias individuales, sino que además ellas no
tendrían por qué cambiar ni verse afectadas por el entorno en el que el
individuo existía.
Esta aproximación al individuo que mezcló la individualidad con el
disfrute en su sentido material, fue la que -paradójicamente- condujo a
olvidar al individuo en proporción directa a la invocación que se hacía
de él, imputándosele los atributos de una relación de mercado en la cual
aparecía expresando ciertos determinantes que se atribuían a su
naturaleza humana. Con base en esta noción de individuo se racionalizó
un modelo de sociedad que, lejos de promover el verdadero
desenvolvimiento de la individualidad, la sumergió en los turbios
torrentes de las relaciones de mercado que terminaron haciendo de la
persona,
"... un apéndice de la máquina, regido por el solo ritmo y exigencias de
ésta, ...(transformando al hombre)... en Homo consumens, el consumidor
total, cuya única finalidad es tener más y usar más. (...) El hombre, en
tanto mero diente de un engranaje de la máquina de producción, se vuelve
una cosa y cesa de ser humano." (Fromm, 1987: 47).
Nótese, empero, que esta manera de concebir al individuo, si bien
predominante, no ha sido la única. Por ejemplo, ya en el siglo pasado
John S. Mill y Karl Marx se referian en algunos de sus trabajos a un
desenvolvimiento de la individualidad humana con todas sus
potencialidades, proponiendo no reducirla al interés por uno mismo e
invitando a trascender la visión de un individuo que se mueve nada más
que a lo largo de la básica relación de placeres y dolores. Esto nos
sugiere que una reflexión sobre la economía que apunte en otra dirección
que la de la economía convencional no necesariamente se diferencia de
ella por abandonar la idea del individuo como eje fundamental de la vida
económica, sino más bien por ubicar a este con todos sus aspectos y
posibilidades como fundamento, sujeto y objeto de la misma.
En este trabajo nos esforzaremos por explorar esta forma de entender al
individuo y su individualidad. En este empeño nos concentraremos en
algunos aspectos de la relación del individuo con sus necesidades.
Entendemos por necesidad una carencia de aquello que genera inquietud
suficiente como para dar lugar a una respuesta. Si bien en una primera
aproximación se suele relacionar las necesidades nada más que con la
supervivencia físico-biológica, ha sido preciso reconocer que las
necesidades del ser humano trascienden con mucho las que se refieren al
aspecto físico-material de su existencia. Puesto que el ser humanos
multidimensional también lo son sus necesidades, demandando un
tratamiento lo suficientemente amplio que debería también alcanzar a la
disciplina económica. La tendencia a reducir las necesidades a su
componente físico-biológico está conectada a conveniencias metodológicas
que han llevado a tomar las necesidades como algo dado, sin considerar
su naturaleza y las características de los procesos mediante los cuales
ellas se forman. Las mismas razones de simplificación metodológica han
llevado cuando no a olvidar a las necesidades que no salen al mercado a
enfrentarse con objetos útiles que tienen un precio, al menos a
encajarlas a un patrón básico construido sobre las necesidades
físico-materiales, con el que se ha querido dar el mismo tratamiento a
todas las necesidades. Esto ha signado el estudio y la reflexión sobre
los aspectos económicos de la existencia humana, orientando su dirección
y limitando sus alcances y posibilidades.
Con fines de ordenar las cosas, en una primera aproximación y siguiendo
a Fromm, se pueden distinguir dos tipos de necesidades del ser humano:
las de sobrevivir y las de trans-sobrevivir (Fromm, 1987).Las
necesidades de sobrevivir, que de principio vendrían a expresar un
impulso intrínseco a sobrevivir físicamente y que tienen al instinto
como su más hondo fundamento, comprenden además aquellas que resultan de
la evolución mental, cultural y social del hombre:
"El cuerpo del hombre lo hace querer sobrevivir sin importar las
circunstancias, aun las relacionadas con la felicidad o con la
infelicidad, con la esclavitud o la libertad. (Pero además) ... el
hombre, una vez que ha comenzado el proceso de la civilización, trabaja
no sólo para reunir alimento, sino para vestirse, para construir
refugios y, en las culturas más avanzadas, para producir las variadas
cosas que, sin ser estrictamente necesarias para su supervivencia
física, se han desplegado como necesidades reales formando la base
material de una vida que permite el desarrollo de la cultura." (Fromm,
1987: 74).
Las necesidades de sobrevivir comprenden:
las necesidades biológicas y biopsicológicas de renovación y equilibrio
energético: alimentación, sueño, movimiento, actividad sexual, vestido,
refugio, cuidado y protección del cuerpo y la mente, etc.
las necesidades de orden mental-psicológico como las de recreación,
saber, reconocimiento, afectividad, auto-afirmación, etc.
las necesidades de orden social y cultural, como las de participar en la
vida social, comunicación, seguridad, autonomía, pertenencia, prestigio,
etc.
Las necesidades de trans-sobrevivir están referidas a las de atender las
inquietudes provenientes del hecho de tener conciencia de uno mismo y
del medio natural, humano y universal en que se existe. Estas
necesidades, que denominamos de carácter espiritual y que se podrían
sintetizar en una "necesidad vital de sentido", son las más
específicamente humanas de las necesidades ya que el hombre "... quiere
no sólo saber lo que necesita para sobrevivir, sino comprender qué es la
vida humana" (Fromm, 1987: 75).
Las necesidades de trans-sobrevivir son, además, trans-utilitarias pues:
"El dinamismo de la naturaleza humana, en la medida en que es humano, se
halla arraigado primariamente en esta necesidad del hombre de expresar
sus facultades en relación con el mundo más que en la necesidad de usar
el mundo como un medio para satisfacer sus necesidades fisiológicas. Lo
cual quiere decir: dado que tengo ojos, tengo necesidad de ver; dado que
tengo oídos, tengo necesidad de oír; dado que tengo una mente, tengo la
necesidad de pensar; y dado que tengo corazón, tengo la necesidad de
sentir". (Fromm, 1987: 76).
"Los impulsos del hombre, en cuanto son transutilitarios, expresan una
necesidad fundamental y específicamente humana: la necesidad de
relacionarse con el hombre y con la naturaleza y de afirmarse en esta
relación." (Fromm, 1987: 76).
Por eso el ser humano "... es un ser cuya principal preocupación
consiste en determinar un sentido para su vida y en actualizar ciertos
valores, en lugar de estar empeñado en la mera gratificación y
satisfacción de impulsos e instintos". (Frankl, 1963: 164).
Estas necesidades, intrínsecas como son al ser humano, se manifiestan de
manera distinta en diferentes contextos personales, sociales y
culturales, y fácilmente pueden representar algo formalmente diferente
para unas personas y otras. Pero en todos los casos se revelan como una
necesidad de sentido, que emerge en el ser desde adentro.
Si bien el impulso fundamental de las necesidades nace del ser humano
como tal, éstas son amoldadas y toman formas específicas diferentes de
acuerdo al contexto en el que las personas existen. Es decir, la
formación de necesidades -tal como ellas aparecen-, es un proceso
socialmente condicionado, en conexión con el momento y lugar en el que
la persona concreta su existencia. Por eso esa necesidad de sentido
tiene alcances y características diferentes en diferentes contextos, y
está directamente relacionada con aspectos personales, espirituales,
naturales, culturales, económicos, sociales, etc. que son parte del
mundo en el que las personas viven y se transforman.
Pese a la importancia que tienen las necesidades de trans-sobrevivir, en
las sociedades actuales se tiende a olvidarlas ya que no pueden ser
atendidas a través de los mecanismos de mercado. Por eso, y dado que el
sentido de la vida no emerge de la manera de vivir que las formas
actuales de producción e intercambio han establecido, el ser humano se
consume en la búsqueda desesperada de sentido donde no lo hay, en el
disfrute de bienes de consumo, sean estos materiales o no, que como
formas fantasmagóricas llenan de color y sonido la superficie de la vida
humana mientras crece el inmenso vacío interior. Esta parece ser la
causa fundamental de los desequilibrios que aquejan al ser humano de
nuestro tiempo: neurosis de masas, vacío existencial y pérdida de
significado (vease Frankl, 1957 y Frankl, 1973). Desequilibrios que han
llevado a hablar de una actual era de la depresión que "... del mismo
modo que las depresiones individuales (exógenas) pueden interpretarse
como respuestas a una pérdida de lazos afectivos, la depresión inherente
a nuestra cultura corresponde a la pérdida de relación con el origen,
con la 'realidad'." (Pániker, 1982: 49).
Una pérdida del sentido de la existencia que no solamente no se recupera
en el mercado y sumergiendose en el consumo desenfrenado, sino que más
bien se agudiza. Una necesidad de sentido que no se satisface desde
afuera, ya que su naturaleza es intrínsecamente interior.
Una segunda mirada a las necesidades y la individualidad.
La atención de las necesidades de sobrevivencia es absolutamente
necesaria ya que permite plasmar la existencia concreta de las personas
en el mundo. Sin un mínimo grado de atención de estas necesidades el ser
humano no puede sobrevivir y menos aún trans-sobrevivir. Algunas de
estas necesidades son comunes a todos los individuos, por ejemplo las
necesidades de subsistencia cuya satisfacción permite la supervivencia y
el desarrollo biológico, psicológico y social básico; otras son
diferenciables según las condiciones naturales, sociales y personales en
las que los individuos viven. Diferentes personas en contextos distintos
requieren de diferentes medios para satisfacer sus necesidades
biológicas y biopsicológicas, mental-psicológicas y social-culturales en
diferentes etapas de su vida.
Las necesidades de sobrevivencia obviamente deben ser satisfechas. De
hecho hoy en día las sociedades organizadas reconocen que toda persona
tiene el derecho y debe tener la posibilidad de satisfacerlas, no sólo
por razones de orden ético, sino también debido a que se admite que
personas mejor educadas, con mejor salud, mejores condiciones de vida,
mayor autonomía y participación en la vida social, hacen mejores los
sistemas económicos y sociopolíticos. Así, desde 1990 el PNUD ha
comenzado a trabajar sistemáticamente en la dirección de promover lo que
se ha dado en llamar Desarrollo Humano, entendido como un "... proceso
de ampliación de las opciones de la gente para mejorar sus condiciones a
fin de lograr el ...florecimiento pleno y cabal de la capacidad humana",
"... para los paises industrializados tanto como para los paises en
desarrollo, para los hombres tanto como para las mujeres, para las
generaciones actuales tanto como para las futuras." (PNUD, 1996: 55). Y
se ha comenzado a hacer hincapíe en que las formas de organización de la
producción y la distribución, de aprovechamiento de los recursos, de
organización social y participación, deben hacer posible la satisfacción
de las necesidades biológicas, psicológicas y sociales de todos los
miembros de una sociedad sin excluir a ninguna persona,
independientemente de sus características físicas, sociales o
culturales. Esta es empero una tarea que apenas comienza y la humanidad
todavía se agita entre el reconocimiento de esta necesidad y las formas
de organización socioeconómica que, ancladas en el estado de conciencia
posesivo, dificultan que esta aspiración pueda por ahora hacerse
realidad.
Nota: Es probable que en esta página web no aparezcan todos los elementos del presente documento. Para tenerlo completo y en su formato original recomendamos descargarlo desde el menú en la parte superior
hoskar44arrobayahoo.comAcerca de GestioPolis
Participar en la comunidad
Derechos de Autor
GestioPolis es la primera comunidad de conocimiento en negocios de Hispanoamérica
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web
GestioPolis.com
© 2008 Carlos López
| Hazte miembro de GestioPolis |
|
Y Descarga 11 eBooks
GRATIS |