Entorno económico de México

Autor: Ernesto Sepúlveda Villareal

Microeconomía

10-04-2008

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Existe mucha inquietud por los efectos económicos que puede tener la participación de los Estados Unidos en un conflicto armado. Como es bien sabido por quienes estudian las cifras macroeconómicas en nuestro país, el ciclo económico de México se encuentra ligado al del vecino del norte.

Por lo tanto, es de esperarse que los efectos que tendría la guerra sobre la economía norteamericana sean muy similares a los que tendría sobre la economía nacional.

Hay muchos economistas y analistas políticos que afirman que las guerras son una manera de estimular la economía de un país en crisis. Con base en este tipo de argumento, se podría pensar entonces que la reacción norteamericana a los atentados terroristas de Septiembre es, al menos en parte, motivada por la desaceleración de la economía norteamericana. Vale la pena revisar la experiencia de la guerra más reciente para cotejar el argumento contra las cifras.

La última guerra en la que participó Estados Unidos es la del Golfo Pérsico.

De acuerdo con la versión norteamericana, el conflicto se inició con la invasión de Irak a Kuwait en Agosto de 1990. Se conformó entonces una fuerza militar multinacional comandada por los Estados Unidos, irónicamente Afganistán formó parte de esa alianza, para iniciar los ataques a Irak a mediados de Enero en 1991. La guerra terminó cuando Irak aceptó las condiciones impuestas por la alianza a finales de Febrero del mismo año.

Las cifras sobre el crecimiento económico de los Estados Unidos, en la etapa que circunda a la guerra del golfo, sugieren refutar la hipótesis sobre el efecto estimulador que tienen las guerras en la economía de un país. En los dos años anteriores al conflicto, el crecimiento anual de los Estados Unidos había alcanzado tasas cercanas al 4%.

Sin embargo, en los primeros dos trimestres de 1990, justo antes del conflicto, la economía norteamericana comenzaba a desacelerarse. Una vez invadido Kuwait, la economía norteamericana registró tasas de crecimiento más bajas e incluso negativas; tocando fondo justo durante el primer trimestre de 1991, etapa correspondiente a la intervención armada norteamericana y su desenlace. Sin embargo, la economía continuó con tasas de crecimiento negativas todavía medio año después de la solución del conflicto.

Los conflictos armados parecen coincidir con las etapas en que la economía sufre una desaceleración. Se puede argumentar que un país estaría más dispuesto a participar en una guerra al inicio de una crisis económica, cuando aparentemente tiene menos que perder. Sin embargo, la evidencia más reciente parece indicar que una guerra no ayudaría a encontrar la salida de una crisis económica, por el contrario alargaría su duración.

La privatización de una industria, por sí misma, no garantiza eficiencia. Al menos esa parece ser una de las lecciones derivadas de la experiencia de la industria azucarera en México.

Después de un largo y difícil proceso de privatización, el Gobierno desincorporó más de 44 ingenios a finales de 1990, no sin antes otorgar fuertes concesiones para concretar las ventas: permitió la integración vertical de ingenios con empresas de otros sectores, otorgó financiamiento a los compradores compartiendo riesgos con ellos, y en algunos casos, vendió por debajo del precio de referencia.

En su momento dichas concesiones parecían justificarse fácilmente en términos de ganancias esperadas de eficiencia. Por una parte, el Gobierno contribuiría con su plan de estabilización económica, que se basaba en mantener un presupuesto equilibrado a fin de combatir la inflación, y por otra, induciría al sector privado a invertir recursos en una industria cuya modernización resultaba impostergable ante la inminente apertura comercial.

Para procurar dichos objetivos, el Gobierno llevó a cabo un proceso de desregulación de la industria azucarera de manera simultánea a la privatización de la misma1. Éste proceso consistió principalmente en liberalizar el mercado nacional del azúcar: se eliminaron cuotas de producción, se permitió que los precios del endulzante se determinaran más conforme a mercado, y se retiraron los subsidios que durante años se habían otorgado a este sector.

Quizá pocos economistas hubieran dudado que estas medidas, instrumentadas con oportunidad, apuntarían en la dirección correcta.

Finalmente, la modernidad y el desarrollo eficiente de la industria azucarera mexicana debería darse en un marco económico de apertura y competencia bajo la administración del sector privado. ¿Porqué entonces el Gobierno se ve en la necesidad de expropiar más de la mitad de los ingenios a poco más de una década de haberlos privatizado?

¿Rápida apertura?

Para entender los problemas actuales de la industria azucarera mexicana se debe destacar que esta industria se desarrolló tradicionalmente como resultado del control y la protección otorgada por el Estado.

La aplicación de precios de garantía para la caña de azúcar, el establecimiento de aranceles y cuotas a la importación de azúcar y sus substitutos, la administración del precio de venta del endulzante, y subsidios directos a la operación de ingenios propiciaron un crecimiento desproporcionado y deficiente del sector.

Por lo anterior, una hipótesis atractiva para explicar los actuales problemas financieros de más de la mitad de los ingenios azucareros es que la apertura comercial del mercado del azúcar y sus substitutos fue demasiado rápida para permitir la reconversión industrial y laboral que necesitaba el sector para poder competir internacionalmente.

Veamos esta hipótesis con mayor detalle.

Al momento de ser privatizados, los ingenios requerían fuertes inversiones para modernizarse y poder competir en condiciones de libre mercado: por una parte necesitaban reemplazar su capital físico obsoleto por nueva tecnología de punta, y por otra, debían adecuar sus relaciones productivas-laborales a las nuevas condiciones de competencia.

Ambos cambios implicaban un largo y complejo proceso de transformación del sector en su conjunto que requería de una apertura gradual del sector.

Sin embargo, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) trajo consigo una reducción inmediata de los aranceles y de las cuotas correspondientes al comercio del azúcar de caña y sus substitutos, de manera que la industria azucarera mexicana no tuvo oportunidad de efectuar los cambios mencionados.

Un vistazo rápido a los saldos de la balanza comercial de México con Estados Unidos en los renglones correspondientes a la industria azucarera sugiere que no fue la apertura comercial en sí, sino medidas proteccionistas instrumentadas posteriormente a la misma, las que contribuyeron a los problemas financieros de los ingenios.

La figura 1 muestra que poco después de la apertura comercial México comenzó a exportar enormes cantidades de azúcar a los Estados Unidos.

A diciembre de 1994, año en que entró en vigor el TLCAN, México presentaba un déficit comercial con Estados Unidos en la balanza azucarera por 12.1 millones de dólares.

Sin embargo, un año después el panorama era completamente distinto: a diciembre de 1995 el déficit se había convertido en un superávit por 64 millones de dólares.

Si bien la devaluación del peso contribuyó al notable aumento de las exportaciones mexicanas de azúcar a los Estados Unidos en 1995, no cabe duda que la tendencia continuó a la alza una vez que este efecto se había asimilado.

A diciembre de 1998 México se beneficiaba de un superávit comercial por 122.5 millones de dólares, es decir, casi el doble del superávit observado a diciembre 1995.

Sin embargo, la imposición de cuotas a la importación de azúcar proveniente de México en Estados Unidos produciría el desplome de las ventas a partir de 1998.

A diciembre de 1999 y 2000 los superávit comerciales fueron de 27 y 29.7 millones de dólares, respectivamente, mientras que a agosto del presente año el superávit comercial apenas llegó a 7.8 millones de dólares.

Las cifras anteriores parecen indicar que la azúcar mexicana había sido muy bien recibida por el mercado estadounidense.

Se debe evitar caer en la interpretación, no obstante, de que la bonanza de las exportaciones de azúcar mexicana a los Estados Unidos necesariamente se tradujo en una ampliación del mercado de la misma magnitud.

La figura 2 muestra que en México la importaciones de otros azúcares, entre los cuáles destaca el jarabe de maíz con alta concentración de fructuosa, crecieron substancialmente durante la década de los años 90.

Desde 1991 se observa un déficit comercial por 10.4 millones de dólares en este renglón, el cual llegó a 43.8 millones de dólares en 1994, y rebasó los 96 millones de dólares en 1997.

A partir de entonces el déficit revirtió su tendencia alcista, de manera que a agosto de presente año se registra un déficit comercial por 65.4 millones de dólares.

Según la SECOFI (ahora Secretaría de Economía), las importaciones crecientes de jarabe de maíz con alta concentración de fructuosa se desarrollaron en condiciones de prácticas desleales de comercio internacional y ocasionaban daño a la industria azucarera nacional.

Por ello, a partir del 23 de enero de 1998, esta dependencia impuso cuotas compensatoria definitivas entre 55.37 y 175.50 dólares por tonelada métrica a las importaciones de este endulzante.

Esta medida explica la disminución de la magnitud del déficit comercial de México con Estados Unidos en el renglón de otros azúcares desde entonces.

¿Fue entonces esta rápida apertura comercial causante de los problemas financieros que actualmente enfrenta la industria azucarera en México? La información de balanza comercial presentada sugiere que la apertura comercial propició inicialmente un aumento de las exportaciones de azúcar mexicana a los Estados Unidos, pero al mismo tiempo, redujo las ventas en el tamaño del mercado interno, al darse la sustitución del azúcar por el jarabe de maíz con alto contenido de fructuosa en los proceso productivos de diversas industrias.

Por ello, no parece correcto responsabilizar a la velocidad de la apertura comercial de los problemas financieros que actualmente enfrentan más de las mitad de los ingenios mexicanos.

Después de todo, la industria azucarera mexicana penetró rápidamente en el mercado estadounidense, de la misma manera que la industria de la fructuosa norteamericana hizo lo propio en los mercados mexicanos.

La medidas proteccionistas instrumentadas posteriormente a la apertura comercial de los actuales parece haber influido mayormente en los actuales problemas financieros de los ingenios.

Si la imposición de cuotas en Estados Unidos a las importaciones de azúcar Mexicana resulta ser más efectiva que la aplicación de impuestos compensatorios en México a las importaciones de jarabe de maíz de alta fructuosa como parece que es el caso3, los excedentes de azúcar mexicana no podrán ser colocados, y no por falta de competitividad, sino por una restricción al comercio.

Impacto laboral

La industria azucarera ha sido por muchos años la agroindustria más grande del País y una fuente muy importante de empleo en el campo. Sin embargo, la modernización de los ingenios requeriría eliminar redundancias y flexibilizar el trabajo.

¿Significa esto que la privatización de ingenios y la apertura comercial necesariamente implican pérdida de empleos en este sector? El cuadro 1 muestra cifras sobre el personal ocupado y las horas-hombre trabajadas en la División de Productos Alimenticios, Bebidas y Tabacos, y en la subdivisión Elaboración de Azúcar y Productos Residuales de la Caña, ambas pertenecientes al sector manufacturero, desde la entrada en vigor del TLCAN a la fecha.

Dos características saltan a la vista en este cuadro.

La primera es que tanto el personal ocupado como el número de horas-hombre trabajadas en la industria azucarera se han reducido constantemente desde la apertura comercial. La segunda es que la importancia relativa de la industria azucarera como generadora de empleo en la División también se ha reducido desde entonces.

De la información anterior, y considerando que las producción de azúcar mexicana ha presentado una tendencia alcista en la década de los años 90, se puede concluir que la industria azucarera se ha redimensionado desde que entró en vigor el TLCAN con el fin de elevar la productividad del trabajo en los ingenios.

Este redimensionamiento, sin embargo, no debe implicar necesariamente pérdidas de empleos en el campo.

Dado que los ingenios son unidades productivas mitad industriales y mitad agrícolas, elevar la eficiencia operativa en la primera no debe ser contraria a promover el funcionamiento de la segunda: ingenios más productivos podrán procesar mayores cantidades de caña en beneficio de los cañeros.

El problema de fondo parece ser la colocación de la producción de azúcar de los ingenios mexicanos que se requiere para sostener el nivel de empleo en los campos cañeros.

Antes de la apertura comercial el mercado nacional era suficiente para comprar esta producción. Con la apertura se dio un cambio en la composición del mercado, pero todavía era posible para México colocar su producción.

Sin embargo, las cuotas impuestas por los Estados Unidos a las importaciones de azúcar proveniente de México dejaron a este País con un excedente que no sólo afecta la solvencia de ingenios, sino que pone en peligro una importante fuente de empleo en el campo.

Por lo anterior, el futuro cercano de la industria azucarera parece depender en buena medida de las condiciones de comercio que prevalezcan para la azúcar de caña y sus substitutos con los Estados Unidos.

Lo difícil no es entrar al juego de libre comercio, sino hacer respectar las reglas para que se juegue de una manera justa, en beneficio de todas las partes involucradas.

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Ernesto Sepúlveda Villareal

Es licenciado en economía por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), maestro en economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en economía por la Universidad de Essex. Ha impartido cátedra en la UANL, donde se desempeñó como profesor-investigador de tiempo completo, y también ha enseñado en el ITAM por asignatura. Trabajó en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (México) cuatro años antes de iniciar sus estudios doctorales en el Reino Unido. Sus principales áreas de investigación son temas de macroeconomía internacional, economía monetaria y desarrollo económico. Actualmente se desempeña como asesor de la Junta de Gobierno en el Banco de México, y también imparte el curso Macroeconomía Abierta y Finanzas Internacionales para estudiantes de postgrado en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE). Desde enero de 2005 es miembro del Comité Técnico del Indicador IMEF del entorno empresarial mexicano (IIEEM).

http://www.esepulveda.net/

esepulvedaarrobaesepulveda.net

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