Libro. Trabajo para todos en tiempos de crisis

Autor: Antonio Fernández Benayas

Pensamiento económico | Otros conceptos de economía

07-09-2011

La tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no su codicia. Gandhi

Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. 1Cor 12, 4-7

Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan. 2Ts 3, 10-12

Introducción

Se dice que la crisis que sufre el mundo en la primera década del siglo XXI es más grave que la del “Gran Crack” o “Crisis del 29". Sin duda que aquella y ésta tuvieron su origen en los desafueros de un capitalismo salvaje; pero la del siglo XXI, sobre todo para los españoles, está resultando más amplia, prolongada e intensa.

Por demás, mucho nos tememos que ciertas medidas paliativas, más que para resolver el problema, lo alargan en el tiempo: para el que se queda sin trabajo es perentorio presentarle nuevas oportunidades de empleo más o menos consecuentes con sus capacidades; cierto que, mientras tanto, es de justicia no abandonarle a su suerte, pero también lo es que la provisional ayuda no se convierta en caldo de cultivo de cierto regodeo en lo que podemos calificar de ocio semi-voluntario subvencionado. En situaciones de desempleo no caben mejores soluciones que oportunidades y más oportunidades de trabajo, trabajo y más trabajo.

Para la “sociedad opulenta”, ésa presente en España y países afines hasta los primeros años del siglo XXI, será muy difícil recuperar viejas y harto desequilibradas posiciones, sobre todo si ignora que la Tierra es de todos y para todos: no cabe situarse en Jauja para ignorar que, como dijo San Bernardo, “el pan, que no comes, pertenece a los que tienen hambre”, máxime cuando está demostrado que una más equitativa distribución de riqueza no deja de hacer más ricos a los que yo lo eran antes en buena medida; necesitan, eso sí, preocuparse más del beneficio a largo plazo que del corto a cualquier precio. Esto es principio esencial de lo que se llama Economía Social de Mercado, fórmula que funcionó en Europa a raíz de la guerra desatada por Hitler.

Bueno es recordar que de aquella crisis, considerablemente más amplia y dramática que cualquier otra de los últimos tiempos, algunos países, en especial la Alemania de Adenauer y Erhard, principal víctima de la guerra a la que le llevó un loco desaforadamente ambicioso, lograron remontar el vuelo del progreso político y económico con enormes sacrificios y gracias a lo que, con toda propiedad, se llama Economía Social de Mercado, “infraestructura de producción” que, con todas sus limitaciones, resulta ser el Sistema más idóneo y propicio para conjugar buenas voluntades, recursos económicos y capacidades personales: es, por demás, perfectamente compatible e, incluso, complementaria con la Doctrina del amor al prójimo.

Ciertamente, crisis de desarrollo, más o menos sostenido y sostenible en función de los respectivos medios y modos de producción, han sucedido en cualquier época de la historia conocida, tanto que podemos atrevernos a sostener que, desde el principio de la aparición del Hombre sobre la Tierra, a una crisis le ha sucedido otra, tal como si se viviera en perpetua crisis: grandes guerreros e insolidarios especuladores con su secuela de embaucadores, según las circunstancias de tiempo y lugar, han roto o encauzado hacia su ego y el de sus esclavos-satélites los escasos períodos de progreso económico, paz social o relativa libertad.

Claro que la nuestra (la de la Aldea Global), es la crisis que, en la primera década del siglo XXI, han desencadenado unos cuantos ególatras y los manipuladores del dinero fácil, que juegan con los números como con alfileres sobre las personas, mientras que los titulares del servicio público o “se duermen en los laureles” o disimulan con grandes frases su falta de interés e incompetencia, cuando no una culpable connivencia.

Probado está que las crisis de las sociedades modernas se hacen tanto más llevaderas cuanto más se vive en clima de participación comunitaria a la hora de solventar los problemas de que se alimentan tales crisis. Quiere ello decir que cuanto más acuciante sea una crisis tanto más se requiere la “universalización” de las oportunidades de colaboración para todos y cada uno de los ciudadanos a quienes afecta: consecuentemente, trabajo para todos, más que la fórmula ideal, nacida de un pío deseo, es un necesario objetivo a cubrir con el esfuerzo de todos y cada uno de los miembros de una sociedad; tanto mejor si las ocasionales ayudas se traducen en oportunidades de trabajo y no en adormecedores subsidios para un ocio más o menos voluntario.

El Trabajo para todos en tiempos de crisis dejará de ser una simple proclama si acierta con las pautas de acción para orientar a la realidad social hacia la justa correspondencia entre derechos y deberes del ser inteligente que vive en sociedad y, por lo mismo, permite a todos y a cada uno de esos seres inteligentes acercarse a lo que él mismo puede ser en base a traducir en acción la responsabilidad que le corresponde en la resolución de los problemas del mundo en que vive.

Dificilísimo empeño que requiere no apartarse de la realidad del Hombre y de su circunstancia. A ti, paciente lector, corresponde juzgar si, en ese empeño por salir de la crisis en la que nos ha tocado vivir, te han servido de ayuda los siguientes apuntes y reflexiones, que, por activa y por pasiva, no quieren apartarse de nuestra realidad, que, ni más ni menos, es la realidad del ser humano y su circunstancia.

Lo que sí quisiéramos dejar claro es que, según nuestro criterio, para las personas de buena voluntad, máxime en tiempos de crisis, nada hay más perentorio que lo de empeñar las propias capacidades en asumir la responsabilidad que a todos y a cada unos nos corresponde en la obligación por facilitar Trabajo para todos.

Primera Parte

El Trabajo, un deber y un derecho natural

1. NECESARIA SINTONÍA CON LA REALIDAD

Tú, el otro, yo... somos mucho menos de lo que podemos ser y conquistaremos progresivas parcelas de Libertad, si acertamos a sintonizar con la Realidad: Intentar escapar de la Realidad es la más estúpida de las posibles aventuras humanas.

Por respeto a la Realidad no reniego de mi persona ni tampoco de la circunstancia histórico geográfica en que me ha tocado vivir. Mi persona representa un conjunto de virtualidades y de carencias a cuyo desarrollo, satisfacción o dominio puedo yo mismo aplicar mi iniciativa.

La circunstancia histórico geográfica en que me ha tocado vivir es una comunidad de personas y pueblos que se llama España. No es ella misma persona y, por lo tanto, carece de conciencia y de libre iniciativa; pero sí que ofrece un conjunto de peculiaridades irrepetibles en el concierto de las naciones.

El catálogo de tales peculiaridades va desde la impronta “espiritual” en su círculo de influencia hasta lo que produce su tierra o transforma su industria, pasando, claro está, por los medios y modos de relación entre sus habitantes y de éstos con los habitantes del resto del ancho mundo. Son peculiaridades con posible proyección universal, pero a la directa y disciplinada disposición de los españoles. Pertinentemente desarrolladas, resultarán una muy positiva aportación al bien de todos a la par que ayudarán a cada uno de nosotros al propio progreso personal en todos los órdenes.

Es obvio reconocer que soy distinto de todos los otros hombres del mismo modo que España es distinta de todas las otras comunidades de pueblos: tiene España una irrepetida trayectoria histórica y tiene su propia cultura y sus propios sistemas y modos de vida y de relación.

En el supuesto de que la armonía universal dependa del buen hacer de cada uno, cuenta la acción celular o comunitaria, entroncada, claro está, tanto con las actuales disponibilidades como con el legado de las precedentes generaciones.

La marcha hacia la armonía universal será tanto más fácil cuanto más complementaria sea la aportación de cada persona y, por lo mismo, de cada equipo de personas con sus pertrechos culturales, con sus herramientas y bagajes, que tal son los pueblos.

Al reconocerme distinto y a España distinta, no pretendo emitir un juicio de valor: es una forma de apuntar lo que me parece una positiva sugerencia: España, por ser distinta y, probablemente, complementaria, es parte necesaria de la armonía universal de la misma forma que tú, que el otro y que yo, con nuestras limitaciones pero tambien con nuestras particularidades irrepetibles, somos necesarios para un posible y deseable mejoramiento de la inmediata Realidad.

Sin románticas añoranzas o estúpidos afanes de segregacionismo, pero, también, sin complejos de inferioridad respecto a otros pueblos, centrémonos en el hecho de ser españoles o ciudadanos de una parte del mundo con algo peculiar que ofrecer o presentar a todos los demás.

Obviamente, el hecho de ser español no implica una diferencia substancial con el hecho de ser pakistaní o alemán. Pero sucede, reiteramos, que en la forja de nuestra personalidad hay una historia, una cultura e, incluso una geografía.... factores que moldean actitudes e imprimen carácter.

Pero antes que ciudadanos de un país, con sus peculiaridades materiales y espirituales, somos hombres o seres sometidos a acuciantes interrogantes: ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Qué he de hacer? Entre hilván e hilván de sucesivas respuestas, que, siempre, debieran surgir a la luz de la Realidad, caben matices dictados por el hecho de ser español, fortuita circunstancia, a su vez, influenciada por el más directo entorno: seremos, pues, más latinos que germánicos, más meridionales que nórdicos, aunque, eso sí, siempre hombres y mujeres al lado de otros hombres y mujeres, todos interdependientes y, probablemente, complementarios; todos embarcados en ese fantástico crucero de la existencia terrenal.

2. LA MATERIA Y EL ESPÍRITU

Desde el respeto a la Realidad vemos cómo un ser evoluciona, progresa, cuando responde positivamente a las potencias del Amor. Se da ya un remedo de amor en la partícula más elemental que “se adapta” al Plan General de Cosmogénesis y “participa” en la formación de una realidad material superior; esta “participación” ha requerido la superación de un aislamiento minimizador, algo así como volcar hacia lo otro la propia energía interior.

Sabemos que la partícula más elemental es una entidad material animada por una energía interna que, según y cómo, puede responder a una dirección precisa de la Energía Exterior: la positiva respuesta obedece a la universal tendencia hacia lo más perfecto por caminos de “unión que diferencia”.

Es una unión que no implica confusión ni tampoco difuminación de las virtualidades de cada entidad material: cuando se observa en detalle a un átomo se descubre que, en la unión, siguen individualizados los elementos que lo integran: diferentes y necesitados los unos de los otros, demuestran que, solamente unidos, realizan la función que les es propia.

Este es un fenómeno verificable en las relaciones del Todo con cada una de sus partes y de éstas entre sí. Cada nueva individualidad no anula las singularidades de los elementos que la integran: esto es demostrable en la molécula, en la célula, en cada uno de los individuos de las distintas especies vegetales y animales y, tambien, en cualquier tipo de colectividad auténticamente progresista.

En los animales irracionales el instinto sexual, que les lleva a la unión y multiplicación, responde simplemente a las leyes de la especie y no motiva ni diferenciación ni progreso. La respuesta a todos sus instintos se realiza de forma refleja, no libre. Cuando los instintos tropiezan con el filtro de la Libertad la reacción o el comportamiento puede traducirse en prueba de Amor: incluso acuciado dramáticamente por el hombre puedo compartir con el prójimo lo poco de que dispongo; en cualquier momento, puedo canalizar las apetencias sexuales hacia un fin trascendente cual puede ser el respeto por la libertad de otro o la renuncia por un fin superior; puedo responder con paciencia o sentido de la oportunidad a las asechanzas del fuerte o a las impaciencias e incomprensiones del débil....

Hasta el Hombre, es de forma involuntaria como las distintas realidades materiales participan en el Plan General de Cosmogénesis. Es el Hombre el primer ser del reino animal capaz de alterarlo. Lo hace en la medida y en el modo con que utiliza su capacidad de amor.

Si se nos pide que, en una sola frase, definamos al Amor, responderemos: Es la ofrenda voluntaria de lo mejor de uno mismo al Otro.

Fuera del marco familiar, el amor ha de traducirse en “vuelco de lo personal a lo social”. Este vuelco de lo personal a lo social es una de las condiciones que ha de respetar la especie humana para avanzar en el dominio o amaestramiento (humanización) de la Naturaleza. Ha de ser un avance en equipo y tanto más eficaz cuanto las respectivas funciones respondan a las específicas facultades de cada uno.

Puede que parte de los miembros del equipo participe de manera egoísta y que ello abra una brecha en el camino hacia el progreso... Sucede esto porque, en uso de su libertad, juega el hombre a situar a su conciencia como árbitro absoluto de lo real, “se toma a sí mismo como principio” (San Agustín) y aplica sus capacidades a la satisfacción de un capricho o aspiración egoísta. Aun en estos casos, la obra de ese hombre o grupo de hombres puede traducirse en humanización de la naturaleza y subsiguiente bien social si no falta quien ejerza un mayor vuelco de lo personal a lo social: de ello hay sobradas pruebas en el desarrollo de cualquier cultura, muy particularmente, de la llamada cultura capitalista.

La Historia nos ha dejado infinitos ejemplos de la regresión que significa la práctica del des-Amor: no otro origen tienen tantas tropelías, baños de sangre, inhibiciones egocentristas, caprichosas destrucciones de bienes sociales, ignorancia de los derechos elementales del Otro, descaradas prácticas de la ley del embudo...: Refiriéndose a este rosario de hechos y de comportamientos, no falta quien simplifique la visión de la historia presentándola como un campo en que, sin tregua ni cuartel, el “hombre obra como

3. PARTICIPACIÓN EN LA INACABADA OBRA DE LA CREACIÓN

Para la Ciencia más actual, la Energía es de un carácter tal que, estando en el trasfondo (o “corazón”) de toda Realidad material, sugiere como necesaria una dependencia extramaterial. En tal premisa se basa Teilhard de Chardin para sostener que es en el corazón de la propia Materia en donde se encuentra una evidente prueba de la existencia de Dios para luego mostrar como, sin Dios, no es posible explicar una apreciable marcha hacia la convergencia universal de cuanto existe en un clarísimo proceso de evolución o de largo y apasionante camino entre el Principio y el Fin de Todo.

Principio y Fin que son como los polos de la Esfera que todo lo envuelve y de la que formamos parte pudiendo percibir como, sin principio ni fin, existe un Ser capaz de concebir, impulsar y desarrollar la progresiva Evolución de cuanto existe, cuya “sustancia” y permanente impulso, viene de Él y despierta en Él un “natural amor” que requiere ser correspondido en libertad..

Dentro de esa fantástica Esfera cabe la Eternidad y cabe el Tiempo. También cabe la lógica que muestra como necesaria una “hominización” del mundo en el que vive una criatura con inteligencia y capacidad de decisión para forjar convenientemente su propio futuro.

Superando viejos prejuicios de la larga historia de la Humanidad, podemos hoy admitir la identidad entre la “Creation ex nihilo” y la Evolución en un proceso que va desde lo simple y múltiple hasta lo complejo y convergente mediante la Unión que diferencia (Teilhard) a través de los caminos que abre el Amor en directa participación del Hombre.

Es así, como, a la luz de muy razonadas aportaciones de la Ciencia actual, la fe en un ser muy por encima de todo lo creado, presta sentido a lo que leemos en el Génesis: “En principio, el Universo era expectante y vacío; las tinieblas cubrían todo lo imaginable mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de lo Inmenso”. La misma fe nos dice que Dios, el Ser que es Amor y, por lo mismo, ama sin medida, proyecta amorosamente su “saber hacer” desde la Eternidad a través del Tiempo y del Espacio. Desde esta óptica cuesta poco trabajo creer que producto de un tal amor en acción fue la materia primigenia expandida por el Universo entre raudales de Energía: “Dijo Dios: haya Luz y hubo Luz” (Gn. 1, 3); ello es algo que puede ser aceptado como el inicial “Acto de la Creación”, por el que se abre un largo, largísimo proceso de Creación-Evolución según el cual las elementales partículas de la materia primigenia movidas por una indescriptible energía, con siglos y siglos por delante, van desde lo ínfimo y múltiple hasta millones de formas precisas y consecuentes.

Es así como, para los que identifican (identificamos) Creación con Evolución, paralelamente a la historia de la Tierra, se acusa el efecto de una Voluntad empeñada en que los hijos de la misma Tierra aprendan a valerse por sí mismos en un irreversible camino de autorrealización, de progresivo caminar hacia el poder ser o de libre participación en la obra de la creación mediante “la unión que diferencia” (Teilhard de Chardin).

Los científicos modernos dicen que tal proceso de autorrealización se hace ya evidente en los fenómenos de pura química o “constructiva” reacción entre éste y aquel otro elemento. El carácter de un verificable proceso se hace más notorio en la tendencia que a cumplir un preciso destino manifiestan los seres vivos, ya protagonistas de una fantástica y coherente intercomunicación planetaria.

Hasta el momento en que apareció el “homo sapiens” (con personalizado uso de su capacidad de acción) los otros hijos de la Tierra (animales y plantas) vivían y actuaban en radical uniformidad con los determinantes de la propia especie, mientras que, entre las distintas especies existía una evidente complementariedad que se tradujo en evolutiva armonía: unas especies para otras y todas ellas como elementos de un complejo organismo que vive y se desarrolla bajo el imperativo de superarse cada día a sí mismo en la línea de un más que probable Plan de Cosmogénesis: más que probable (evidente, puede decirse) Plan de Cosmogénesis reflejado en los millones de años de Evolución de las especies y en el cambio de calidad de vida sobre la Tierra.

Y resultó que el Hombre apareció como una especie animal capaz tanto de acelerar la mecánica de la progresiva evolución como de, en actos de descabellada regresión, proceder contra natura: nació libre. Claro que, en uso de esa Libertad, el hombre ha matado y mata por matar, come sin hambre, derrocha por que sí, acapara con desatinada esperanza de crecerse en los despojos, destruye al hilo de un capricho, envilece a su propio instinto... pero, también, se muestra capaz de mirar más allá de su inmediata circunstancia; puede reflexionar sobre las consecuencias de sus propios actos. Puede embridar al instinto, elaborar proyectos para una mejor aplicación de sus propias energías, amaestrar a algunas de las fuerzas naturales, sintonizar con los más nobles pensamientos de sus semejantes, dominar a cualquier otro animal, sacrificarse por un semejante, extraer consecuencias prácticas de la propia y de la ajena experiencia, educar a sus manos para que se conviertan en el cerebro de la herramienta... Por sus particularidades, el Hombre es el único animal capaz de responder libre y constructivamente, al desafío que lanza a sus hijos la madre Tierra.

Por que así entraba en los pormenores de ese evidente Plan de Cosmogénesis los más evolucionados de los hijos de la Tierra nacieron con la particularidad de gustar las hieles y las mieles de la libertad: eran reyes con capacidad de destruir o construir; eran invitados al festín de la Creación sin otras galas que sus facultades personales, sea para promover la fecundidad de la tierra, para descubrir los secretos y virtualidades de las cosas o para organizar cualquier núcleo de vida social.

Y sucede que la Tierra, gracias al Hombre, cobra una nueva dimensión: cuenta con un semejante al Creador, con alguien que ya puede co-laborar con el propio Creador en algo que ella “siente” necesario: su propia amorización o natural ejercicio de madre providente.

El TRABAJO, llamada o imposición de la naturaleza a los seres inteligentes, es el medio por el cual el Hombre descubre una genuina facultad de transformar la circunstancia de la propia vida y de entrar en libre y gratificante solidaridad con sus semejantes.

Siendo el producto del Trabajo el sello del Hombre sobre la Tierra, el Trabajo Solidario ( en línea con el evidente Plan de Cosmogénesis) puede muy bien ser reconocido Amor en Acción.

4. HOMO FABER, REY DEL UNIVERSO.

Una muy razonable hipótesis de la Ciencia más actual nos habla de que el Hombre, entidad físico-inteligente capaz de señorear la Tierra, es el producto de un complejo y larguísimo proceso de evolución.

Sucede como si, miles de millones de años atrás, una ínfima parte de polvo cósmico (?) ya tuviera vocación de excepcionalidad para, animada por la “Energía Exterior”, a través del desarrollo de íntimas afinidades y con todo el tiempo necesario por delante, colaborar voluntariamente en la marcha hacia el Progreso. Así es como han resultado positivas, variadas y numerosas uniones entre los elementos afines o complementarios hasta llegar a las realidades actuales frente a las cuales el Hombre ocupa una privilegiada parcela responsabilidad respecto a la “necesaria amorización” de la Tierra.

Diríase que cuanto existe se mueve en la esperanza por evolucionar hacia un más ser y que, para ello, necesita sumergirse en el mar de la complementariedad en el cual solamente existe una libre iniciativa para orientar lo que sobra o está “a la expectativa” hacia una determinada carencia. Obviamente, esta libre iniciativa es privilegio y deber del Hombre, único habitante de la tierra con capacidad de responder libremente al “hambre de ser más” que parece latir en el trasfondo o “corazón” de las cosas, lo que es tanto como hacerse solidario con el provenir del Universo. Diríase entonces que ese “mar de la complementariedad”, en cuanto requiere unión de capacidades y voluntades, es una continua invitación a la solidaridad

Esto de la solidaridad es una virtualidad que sufre infinitos altibajos en la marcha de la historia y, tal vez, en el probado autoperfeccionamiento de la Madre Tierra: Las partículas elementales cobran realidad más compleja en cuanto casan sus respectivas afinidades: es el camino que, merced a su “energía interior”, siguen elementos y seres vivos en su marcha hacia lo que Teilhard llamó Convergencia Universal.

Lógico capítulo de esa marcha o proceso parece ser la suficiencia en recursos para el desarrollo de las respectivas vocaciones (de lo que llamamos elementos y seres vivos), todo ello dentro de la previsora armonía por la que muestra regirse la Madre Tierra, cuyos hijos, hasta cierto momento y mientras no existió “cosa alguna inteligente”, eran lo que tenían que ser en una extensión solidaria: unos para otros y todos como elementos de un complejo organismo, que, respondiendo a una más que probable Ley de Finalidad, vive y desarrolla la función de superarse cada día a sí mismo “mecánicamente” hasta el momento en que, en uso de su Libertad, hija natural de la Inteligencia, aparezca un animal inteligente, el Hombre, capaz de implantar una ansiada dosis de voluntarismo en un proceso al que, diríase, consume la impaciencia.

Y resulta que el Hombre se ha mostrado capaz de desacelerar o acelerar e, incluso, de empeorar o mejorar el proceso de autoperfeccionamiento que se acusa en todo el mundo material. Sucede que, en uso de una genuina libertad, el Hombre se ha mostrado capaz de favorecer terribles regresiones o palmarios procederes contra natura. Destino comprometedor el del Hombre: porque dispone de manos y de cerebro, porque goza del uso de la reflexión, del movimiento disciplinado y de la palabra, porque vive y desarrolla acciones y pasiones... crea y alimenta novedades y, también, abre baches de degradación natural, se pierde en laberintos de infra-animalidad, y vuelve atrás en lo que podía y debía ser una progresiva historia...

Es así cómo el hombre ha matado y mata por matar, come sin hambre, derrocha por que sí, acapara o destruye al hilo de su capricho u obliga a la Tierra a abortar monstruosos cataclismos.

Claro que la genuina vocación del Hombre es mirar más allá de su inmediata circunstancia, embridar el instinto, elaborar y materializar proyectos para un mayor rendimiento de sus propias energías, amaestrar a casi todas las fuerzas naturales, deliberar en comunidad, dominar a cualquier otro animal, sacrificarse por un igual, extraer consecuencias de la propia y de la ajena experiencia, educar a sus manos para que sean capaces de convertirse en cerebro de su herramienta: Nace y crece libre para amar y trabajar.

Es en el campo del Amor y del Trabajo en donde el Hombre encuentra su personal camino de ser-más, de autorealización. Amor directo y comprometido, trabajo de variadísimas facetas, con la cabeza o con las manos, a pleno sol o desde la mesa de un despacho, pariendo ideas o desarrollándolas. En uso de herramientas tan variadas como la rama de un árbol, una complicada máquina o dinero en cualquiera de sus históricas o actuales variedades.

Gran cosa para el Hombre la de vivir en TRABAJO SOLIDARIO. Una posibilidad al alcance de cualquiera: hombre o mujer, de cualquier color, pobre o rico... empresario o trabajador por cuenta ajena, sea en el Campo, en la Industria o en los Servicios, canales necesarios para amigarse con la Tierra y facilitar el desarrollo físico y espiritual de toda la Comunidad Humana.

Es cierto que la Tierra no sería la misma sin la presencia del Hombre: la Tierra se muestra tanto más pródiga o más tiránica cuanto más o menos el hombre aplica su innata libertad a discurrir sobre la propia utilidad social y, consecuentemente, aplica sus facultades personales a desarrollar tal o cual tarea que requiere el bien (o el mal) de sus semejantes. Ello nos invita a reconocer que la Tierra es tal cual para que el hombre desarrolle en ella su capacidad de Trabajo Solidario, es decir, vea en ella frecuentes ocasiones de ejercitar una forma de amor tratando de ser útil al prójimo a través de la acción sobre las cosas.

Por las enseñanzas de la Historia vemos que es incontrovertible el hecho del Progreso hacia mayor libertad y bienestar, a pesar mismo del afán de desbordado acaparamiento de unos pocos que entorpecen el camino hacia un más rápido y equitativo reparto de bienes y oportunidades.

Obviamente, ese camino estará á entorpecido con más o menos profundos baches y será tanto más lento cuanto mayor sea la ausencia de libertad responsabilizante en las relaciones entre personas y pueblos. Esta libertad responsabilizante, tenemos infinitas ocasiones de comprobarlo, nace y se alimenta de un reflexivo entronque con la Realidad en todas sus dimensiones.

Pero, precisamente, dada la autonomía operativa del Hombre y de su facultad de elección entre favorecer o entorpecer el bien de sus semejantes, no se puede decir que, en la Historia, está definitivamente descartado el peligro de una dramática regresión que, muy probablemente, azotaría también a cuantos ahora se tienen por privilegiados. Sabemos que algo así ha sucedido, repetidas veces, en el Pasado: recordemos, sino, el ejemplo de civilizaciones al estilo de la maya, egipcia, griega, romana o, más cerca de nosotros, hitleriana o soviética. La tragedia de la “ciudad alegre y confiada” puede repetirse una y otra vez... Ello cuando nunca, como ahora, se vislumbra la viabilidad de solución a los grandes problemas, ello cuando se ven tan cerca de nuestra capacidad de acción los medios para resolver las carencias más acuciantes: sea para erradicar enfermedades endémicas en ciertas latitudes, para colonizar una buena parte del litoral marítimo, fecundizar amplias superficies de desierto o multiplicar por diez la producción ganadera...

¿Por qué no se hace? Simplemente, por la escasez de libertad responsabilizante y, también, por la poderosa inercia de bloques de intereses desarrollados y consolidados a lo largo de la Historia. Por tales bloques de intereses se mantienen al pairo o en oposición las voluntades que habrían de poner en marcha la nave de una elemental equidad.

El propio interés económico se encuentra negativamente afectado por tal actitud: ya es demostrable que los medios de producción, que constituyen el alma de las empresas modernas, han de mantenerse al pleno de su actividad si no se quiere que resulten anti-rentables las necesarias inversiones.

Otro tanto sucede con las entidades nacionales, cuya infraestructura, producto de mucho dinero y de muchos años de esfuerzo, precisa de nuevas y más amplias proyecciones. Demostrado está á que, a medio plazo, una sociedad se condena a sí misma si frena o estrangula sus posibilidades de expansión. Son posibilidades de expansión a desarrollar ¿quién lo duda? Allí donde sea posible, es decir, en cualquier lugar del mundo en que vivan potenciales consumidores o clientes. Mal negocio es, pues, cortar vuelos a la máquina productiva.

Otra cosa es que, al amparo de la más progresiva ciencia, proyectos y voluntades se orienten hacia donde las carencias resulten más evidentes. Se abren así nuevos campos en los que desarrollar las conquistas del Trabajo y de la Técnica, lo que, sin duda, pronto arrastrará motivantes beneficios para inversores y protagonistas. Para que se multipliquen en la medida de lo necesario tales soluciones bueno será á que cuantos tienen poder para ello se apliquen a establecer las bases de una mayor “sincronización” (acuerdo en el tiempo y en el espacio) entre las virtualidades de la Tierra y la capacidad de iniciativa y de acción del Hombre.

La Tierra y su puente con lo Universal, el Hombre. La Tierra madre, despensa y desafío. El Hombre, protagonista del Trabajo solidario y creador y, como tal, padre y usuario de una Técnica que deberá estar al servicio de la Suficiencia, siempre liberándose de los enmarañados efectos de la “perpetua crisis”

5. SUFICIENTES OPORTUNIDADES DE EMPLEO, UN DESAFÍO PARA TODOS.

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la “irreversible marcha hacia el Progreso”. El Progreso en todas sus dimensiones es difícil de catalogar o definir: se vive y cobra fuerza cuando la libertad de cada uno se expresa en pocas palabras y en un trabajo solidario y consecuente con todas las posibilidades que brinda la Tierra, la necesaria y progresiva continuidad en los niveles de bienestar social y los condicionantes (la “circunstancia”) del momento en que se vive.

Es una Sociedad gravemente enferma aquella que es incapaz de ofrecer motivaciones al pleno desarrollo de la iniciativa personal de todos y cada uno de sus ciudadanos, sean estos ricos o pobres, empresarios o asalariados.

Para una Sociedad que aspira al progresivo desarrollo de sus posibilidades el pleno Empleo es una natural exigencia y, para sus gobernantes, es igualmente natural exigencia el asumir responsabilidades respecto a una “equilibrada disponibilidad de estímulos” tanto hacia el mundo del Capital como del Trabajo.

Acaparar posibilidades y desaprovechar las diversas fuentes de estímulos constituyen un grave atentado a la Libertad y, por lo mismo, actúan como enconados enemigos del Progreso. Acaparar o despilfarrar bienes privándoles de su jugo social es un tropelía que se traduce en una traba para la felicidad del propio inductor o protagonista (el poder político o los títulos de propiedad se legitiman y consolidan cuando se proyectan hacia el perfeccionamiento, multiplicación y difusión de los bienes potencialmente asequibles a la mayoría).

Es gravísima desgracia nacional ignorar o, mucho peor aún, neutralizar el libre desarrollo del caudal de energías que las personas, distintas unas de otras y con capacidades complementarias, están en el derecho de aplicar a la cobertura de las carencias de su entorno.

Consecuentemente, Progreso en vías de consolidación, será aquel que, por caminos de libertad, incrementa las responsabilizaciones precisas para la necesaria multiplicación, mejor distribución y máxima proyección de los bienes naturales, lo que, por LEY NATURAL, se traduce en suficientes oportunidades de empleo.

Reniega, pues de su principal responsabilidad un Poder público que no se fija como esencial preocupación el total aprovechamiento de bienes y energías disponibles. Cuando ese Poder público asuma a conciencia su principal responsabilidad, el TRABAJO PARA TODOS resultará un ineludible OBJETIVO UNIVERSAL.

No estar juntos por que así lo determina la inercia de los tiempos: ESTAR JUNTOS PARA HACER JUNTOS ALGO: sugerente y realizable tarea, un proyecto incitador de voluntades “¿Para qué, con qué fin y bajo qué ideas ondeadas como banderas incitantes?”. La unión se hace para lanzar la energía personal y comuniutaria a los cuatro vientos, para inundar el planeta de nuevas ideas y de nuevos modos de cubrir ancestrales necesidades.

En el éxito de las empresas una buena parte depende del sentido de la oportunidad: ¿qué mejor resquicio para el desarrollo que el romper tanta manía de manipulación por parte de la Sociedad Opulenta y ocasionales portavoces.

La Weltpolitik de los españoles debe y puede pasar por un “ambicioso afán de personalización” sin atropellos de ningún estilo, con la explotación y puesta sobre el “mosaico” universal de las más ricas peculiaridades... dentro de un claro objetivo unitario: esto último es la pieza fundamental del Proyecto de tal forma que, cuando falla, los buenos propósitos se desvanecen en pura retórica cuando no se traducen en retrógrado egocentrismo.

Sin duda que el seguimiento de la idea de grandes cosas por hacer, que el empeño por cubrir las sucesivas etapas de ese más que necesario sugestivo proyecto de acción en común dará al traste con no pocos falaces argumentos que alimentan la peligrosa obsesión de ir cada uno por su lado.

¿Qué mejor “sugestivo proyecto de acción en común” que el de volcar cuanto tenemos y valemos hacia la cobertura de tantas carencias de millones y millones de potenciales clientes nuestros en respeto a las “Leyes del Mercado” sí, pero no a tantas hipócritas consignas de los países más poderosos cuyo afán de colonialismo universal es tan evidente? Con evidente mayor generosidad ¿no se podría aminorar el cerco torpemente pactado con la Unión Europea y seguir el ejemplo de países cuya actividad económica no le hace remilgo alguno a cualquier posible proyección universal?

Por lo tanto, la Idea-fuerza de ese sugestivo proyecto de acción en común puede y debe responder a la simultánea cobertura de dos acuciantes y dramáticas carencias: la de sufuciente trabajo en España y la de suficientes recursos vitales para tantos pueblos. Ello en generoso uso de la Libertad Responsabilizante, al margen de los avatares políticos y en una línea de reciprocidad que, muy seguramente, no garantizan la Sociedad Opulenta y sus más devotos adoradores.

Obvio es reconocer que la Comunidad Humana está compuesta de varios miles de millones de personas. El concepto persona corresponde en exclusiva al Hombre a diferencia del concepto “individuo” que ampara al miembro de cualquier especie animal. Cada hombre es singular, es persona, respecto a los otros hombres: dispone de peculiaridades exclusivas y es en buena parte responsable del uso que haga de ellas.

Diríase que la Humanidad es como un mosaico en que las diversas piezas gozan de capacidad de maniobra dentro del marco de su “circunstancia”. La lucha por la supervivencia de la Especie Humana (ese “afán por encontrar el sitio”) ha producido muy diversos efectos a tenor de los condicionamientos de tiempo y lugar y, sin duda alguna, en razón de los diversos grados de voluntad y poder de las personas.

Enemigo de la voluntad o rémora del compromiso es lo que se llama pereza mental o instintiva renuncia a ejercer como “animal racional”. La pereza mental puede llegar a hacerse crónica: es entonces cuando el hombre llega a renegar de esa personal responsabilidad de “sacarle jugo” a sus peculiaridades. Es un mal que, fácilmente, llega a contagiar al entorno.

Ciertos hombres aprovechan esa situación para encumbrarse a situaciones de privilegio: es como si trazaran una “línea roja” en torno a sí mismos. Fácilmente, se otorgan la categoría de hombres excepcionales relegando a los otros hombres de su entorno al papel de comparsas, simples individuos o elementos de una indiferenciada masa.

Para afianzar su posición y no ser aplastados por el número de potenciales oponentes, esos hombres, pretendidamente excepcionales, se afanan por canalizar hacia el propio interés el “orden establecido”, institucionalizar sus privilegios, alterar la escala de valores en uso, monopolizar la fuerza, alimentar el espíritu corporativo.

Logrado, al menos en parte, su propósito, muchos de ellos se apoltronan en la ociosidad y se resisten a reconocer su crasa indiferencia ante la siempre presente posibilidad de desarrollar sus específicas facultades.

A lo largo de la Historia, tal situación se ha repetido con distintos colores: castas, razas, clases, culturas... ropajes ocasionales que se han tomado como soporte de privilegios y, con harta frecuencia, cómodo disfraz de incompetencias.

Y resulta que el posicionamiento social está por encima del esfuerzo personal. Consecuentemente, pesa más el “espíritu” corporativo, de clase o casta que el esfuerzo personal: se prefiere el ESTAR al SER (bendito idioma el nuestro que lo diferencia tan claramente).

No faltarán las justificaciones ideológicas al estilo de “la esclavitud ha sido impuesta por la economía doméstica”, “la salvación está en la guerra santa contra el infiel”, “un kilo de algodón bien vale la sangre de un pobre diablo”, “los favores en este mundo son prueba de predestinación”...etc., etc...

Tras ríos y ríos de palabras, el afán de prestar raiz natural al privilegio de casta o situación “liberó” de responsabilidad personal el propio comportamiento: es la conciencia colectiva, se dijo y, en consecuencia, cada ser en particular era inocente de las tropelías realizadas en uso de sus privilegios.

Durante los últimos doscientos años, de arriba a abajo, de abajo arriba, de izquierda a derecha y viceversa, se ha extendido por el ancho mundo el contagio de la colectivización de conciencias.

Ya, para hacer frente a los problemas del día a día, solamente se habla de conciencia colectiva y no de responsabilidad personal. Claro que no todos se resignan a tan deprimente simplificación: desde cualquier posicionamiento social, siempre hubo personas que bucearon con prioridad en la propia conciencia para traducir en factor de progreso sus personales virtualidades (dinero, capacidad de gestión, afán de saber, habilidad manual...)

Habrá quien diga que la conciencia colectiva es producto de los “modos de producción” de la época. Esto, obviamente, es una evidente exageración.

Ello no obstante, la prédica ha surtido efecto tanto en los que cultivan la ociosidad insolidaria como en los que se han dejado dominar por afanes de revancha o por simple pereza mental: entre éstos, no pocos que no cuentan con otro capital que el de su capacidad de trabajo. Obviamente, son los que han pagado un más alto precio por su poltronería o por su ingenua fe.

Preciso es reconocer que frente al impulso de compromiso personal se alza la gigantesca ola materialista de la colectivización de responsabilidades, cuya más directa consecuencia ha sido el desperdicio de valiosísimas energías necesarias para mejorar la circunstancia en que nos ha tocado vivir.

Tiempo es ya de volver al íntimo reducto en que se forja la personalidad para descubrir todo lo que cada uno de nosotros puede hacer en uso de las propias facultades, en libertad de juicio y con voluntad de corresponder al hecho de vivir y de tener la ocasión de cumplir un irrepetible destino.

Previamente, habremos de renegar de anquilosantes tópicos y responder a una apasionante invitación: la de asentarnos firme y generosamente en la Realidad, algo que implica asumir una específica responsabilidad sin rodeos ni borreguiles recursos.

Obviamente, lo positivo de ese compromiso precisa el aliño de una Libertad Responsabilizante, que habrá de ser alimentada por el Poder Político, éste, a su vez, nacido de la suma de votos, tanto más certeros cuanto más vengan inspirados por la conciencia personal de lo que realmente conviene a España.

Todo ello resulta imposible desde una antinatural “socialización de responsabilidades”, la más clara consecuencia de no reconocer a cada ciudadano la categoría de persona con capacidades e intenciones irrepetibles o, lo que es igual, de situarle en el pobrísimo nivel de simple elemento de una masa moldeable por una bien urdida retórica.

La estudiada despersonalización de millones de ciudadanos no requiere más que el aliño de una demagogia pertinentemente institucionalizada para resultar el ideal caldo de cultivo para lo que puede convertirse en un eterno soporte de un poder sin responsabilidad social: a ese soporte se le puede considerar DEMOCRACIA INORGÁNICA, es decir, simplemente formal y sin “músculo” de abajo arriba.

Obviamente, la réplica de lo que podemos llamar democracia desvertebrada o inorgánica no es lo que se llamó “democracia orgánica”: es, simplemente, una Democracia que, por que está viva, alimenta los soportes de la responsabilidad pública (la independencia de poderes, entre otros) y despierta libertad de juicio y compromisos personales, es capaz de eliminar o neutralizar los “instintos salvajes” de la propia DEMOCRACIA.

Es la Política el imprescindible marco para el desarrollo de cualquier actividad humana. Siendo además, soporte de múltiples ambiciones cuyo ejercicio siembra atropellos y desigualdades, se hace perentorio situar a la Política en su justa dimensión: sirve, fundamentalmente, para garantizar el libre desarrollo de las diversas personalidades y, también, para velar por la correcta administración, adecuado uso y adaptación de los bienes que constituyen el patrimonio histórico y natural de los pueblos.

Los representantes del Poder Político no son “vox populi” ni, mucho menos, “vox Dei”: Son, y ya es bastante, celadores de libertades y administradores de bienes y servicios.

Frecuente tentación a la que sucumben no pocos de los encumbrados por las urnas es la de creerse amparados por una investidura que les inmuniza contra la vulgaridad. Desde ahí ya pueden abrir el camino a muchos de sus caprichos.

Hace ya más de ciento cincuenta años, Tocqueville criticaba el hecho de “abandonar la Democracia a sus instintos salvajes”. Cuando esto sucede, las leyes suelen ser pisoteadas por los privilegios, los acaparadores se afanan por monopolizar las libertades públicas, el ahorro se agazapa en el pobrísimo refugio que le ofrecen los malos administradores, la demagogia engendra fantasiosos dogmatismos, los liberticidas se erigen en redentores, el pueblo llano sufre de una u otra forma de tiranía o de su natural engendro, la anarquía...

Es algo que sucedía entonces y sucede ahora cuando los políticos no quieren o no aciertan a prevenir la acechante degradación de todo lo humano, que no se alimenta de preocupante reflexión, de trabajo y de generosidad.

Crece la Libertad y, por lo mismo, consolida la Democracia cuando aliña el resultado de unas elecciones con inmediatas enmiendas a los vacíos legales, con transparencia en la actuación de los poderosos, con efectiva preocupación por avanzar en la igualdad de oportunidades, con escrupuloso respeto a los dictados de la Realidad, en especial el cultivo de los valores necesarios para realzar la condición humana.

Las libertades públicas anejas a la Democracia han de ser capaces de despertar el ansia de responsabilidad que late en la conciencia de una buena parte de los ciudadanos, probablemente, esos mismos que se dejan arrastrar por la preocupación de llenar su existencia con positivos servicios a la comunidad. Naturalmente que ello ha de ser resultado de valentía, generosidad e incondicional respeto a la realidad, justo lo contrario de perderse en estériles fantasías y ocios insolidarios.

Gran cosa de la Democracia es abrir el camino de la participación política a todos los ciudadanos revestidos de un equitativo poder: en buena democracia, se otorga el mismo valor al voto del pobre que al voto del rico, al del iletrado que al del intelectual... Pero ese voto no puede ser un reflejo o determinación de los “salvajes instintos” de la Democracia. Fundamentalmente, habrá de seguir la orientación que más conviene al momento histórico de la Patria.

La Democracia, por sí sola, no consolida las libertades que previamente ha introducido en la vida pública; lo que sí hace es presentar un específico trampolín para el desarrollo de la libertad responsabilizante, poderoso factor de progreso en todos los órdenes.

En épocas de tiranía o de dictadura paternalista el organigrama social es una inamovible pirámide en que las decisiones vienen de arriba abajo por la gracia del tirano, dictador, patriarca o caudillo. Otro tanto sucede en una democracia en la que los poderosos propicien sus instintos salvajes. Ese pobre remedo de participación popular termina siendo juguete de la propaganda interesada y de la demagogia, recibida por la masa como el menos trabajoso alimento intelectual.

Pero hay una diferencia substancial entre una y otra situación: en Democracia, a cada ciudadano cabe la responsabilidad de alterar con su voto el orden de las cosas, cabe la responsabilidad de introducir en la vida pública a la libertad responsabilizante, “herramienta” democrática muy capaz de amaestrar a la propia Democracia, cuyos instintos salvajes podrán convertirse en otros tantos canales de positivo desarrollo de tantas y tantas fecundas personalidades.

Ello será tanto más fácil cuanto la función política se aparte menos de sus justos términos: velar por las libertades ciudadanos y por el “buen orden” de los diversos factores económicos. No cabe buscar otras razones al poder político. Sobran los redentorismos y las escapadas por fantasismos idealistas (sabemos muy bien que en la tierra no hay otro posible paraíso que el derivado del trabajo solidario; estúpida renuncia a la propia inteligencia es confiar en una utopía nacida gracias a los automatismos de la historia o a baños de sangre).

El político profesional ni es el gurú de una secta, ni es un dechado de virtudes, ni es un profeta: es un funcionario por vocación o por interés; es un hombre sin grandes diferencias respecto a los otros hombres pero que aspira a un puesto desde el cual incidirá sobre nuestros bienes y sobre nuestra libertad: ni más ni menos que eso.

Desde su posicionamiento, usará o abusará de las leyes cuya principal razón de ser es el Bien Común

Deseaba Tocqueville que a los caprichos del tirano y a las veleidades de los políticos corruptos sucediera “la majestad de las leyes”. Es un deseo que la “razón democrática” nos obliga a compartir pero que cobrará efectividad en cuanto electores y elegidos comprendan y acepten que el poder de los unos sobre los otros es un servicio o PODER POR DELEGACIÓN de los últimos sobre los primeros.

El primero y principal desafío a que habrá de hacer frente un político es la más insultante y antinatural tara de una sociedad en desarrollo: el Paro no deseado. Desde la simple óptica del utilitarismo materialista ya el paro es una aberración en cuanto resulta de una torpe infrautilización de los “recursos productivos” más eficaces, directos y maleables.

En otro tiempo, a los parados se les llamó “ejército industrial de reserva”. Hoy, con tantos campos abiertos a la posible aplicación de todos los recursos humanos y sin salir de la cruda apreciación eco nómica, es más propio hablar de inoportuno y estúpido despilfarro de los más valiosos factores de progreso: porque evidente es que cada persona, en edad de trabajar, por estricto imperativo de la Realidad, es el único ser que traduce en ENERGÍA INTELIGENTE el uso de sus capacidades.

En una sociedad humana como la nuestra, con tantos millones de parados, se quiebra lo que los clásicos llamaron Ley de Finalidad: si nada existe sin un objeto preciso... ¿dónde está la justificación del antinatural desaprovechamiento de tal caudal de ideas, voluntades y capacidades de creación?

¿Qué pasa? ¿Que no hay posible aplicación concreta de cuanto cada uno de esos ciudadanos en paro forzoso es capaz de hacer por el progreso y buen orden social?

Si eso cree usted, político teóricamente responsable, debo considerarle romo y falto de imaginación. ¿O, tal vez, sí que tiene en su mano un montón de soluciones que no aplica por culpable desidia, por indiferencia ante los elementales derechos de millones de ciudadanos o por simple contemporización con la vieja idea de que la economía se rige por ciegos automatismos en que poco o nada tiene que hacer la voluntad de los hombres?

El tratamiento del paro traspasa los límites del absurdo cuando la fuerza creativa que reposa en todos esos millones de personas, que buscan y ansían una oportunidad de manifestarse como artífices de progreso, sufre la deliberada degradación que nace de una estratégica aplicación de la filosofía del pesebre: estrangulo tus nobles y naturales aspiraciones a ser más útil presentándote como la mejor de tus vitales perspectivas una voluntaria ociosidad, garantizada, claro está, por el producto de tu voto.

¿Repara el poderoso político en la eventualidad de que el gasto global de las subvenciones a los parados forzosos (no incluimos a los parados voluntarios cuyo parasitismo requiere un especial tratamiento) cubriría el costo de la creación de otros tantos puestos de trabajo? ¿Acaso los millones y millones no alcanzan progresión geométrica dentro del cauce de una iniciativa privada suficientemente motivada?

En una sociedad mínimamente democrática y civilizada, la eventual picaresca de los agazapados especuladores que se presentan como dinámicos empresarios es fácilmente neutralizada desde el oportuno aparato legal.

Cierto que es utópico pensar que en el mundo empresarial no surjan abusos y torcidas aplicaciones de los incentivos. Pero tal probable realidad debe contar y de hecho cuenta con la réplica legal.... Frente a tales excepciones hay un amplio cauce abierto al desarrollo de los cientos de miles de vocaciones empresariales.

El asunto del pleno empleo debiera ser objetivo irrenunciable del Gestor Público. Las evidentes dificultades para cubrir las sucesivas etapas no le exime de la obligación de comprometerse en ello sin retó ricas evasivas cual pueden ser “la difícil coyuntura internacional”, los condicionantes del medio económico en que nos desenvolvemos, la neutralizante inflación, el retraimiento de la iniciativa privada, la escasa o nula colaboración de los sindicatos...

Inoportunas evasivas que mal disimulan la incapacidad o falta de voluntad de los profesionales de la Política, esos mismos a los que una Democracia Renovada habrá de situar en el lugar que les corresponde (no tiene por que ser distinto al actual, pero con su sentido de la responsabilidad plenamente activo).

Muchas medidas de emergencia caben en un realista propósito de eliminar o reducir a la mínima proporción esa costosísima lacra social que es el Paro: abrir nuevos mercados, canalizar el ahorro, desarrollar las tecnologías intermedias, abandonar el monetarismo puro y duro, cerrar ministerios y un sinnúmero de despachos y ventanillas inoperantes... pero, sobre todo, que el máximo responsable tome con ciencia de que no están los tiempos para juegos florales o ciega devoción a los interesados conjuros de los G8, G20 o bancas de amplitud universal.

Para la acción política de los ciudadanos no hay nada más perentorio que el facilitar más y más oportunidades de empleo. Y ya resulta vana e insultante palabrería esgrimir una “escala de prioridades macroeconómicas” en cuya definición ni siquiera los grandes maestros de la Economía se ponen de acuerdo cuando más los mercenarios y acaparadores de cualquier estilo

Es ocioso hablar de Progreso y de otros tan etéreos objetivos si aquí y ahora no se sitúa al Trabajo como primerísima necesidad ante la cual habrán de inclinarse acuerdos internacionales, inflación, oropeles de poder, particularismos, Gasto Público, monstruosidades burocráticas... etc., etc.

Caben muchas y nuevas oportunidades de Trabajo, nacidas de la Libertad Responsabilizante de los ciudadanos puesta al “rojo vivo” por la imaginación y sentido del deber de los políticos que hacen bandera de la Economía Social de Mercado con su inmenso caudal de libertades y motivaciones.

Segunda Parte

Aportaciones de la Razón Histórica

1. RAZÓN Y RELIGIÓN

Para los “ilustrados” de diversas épocas y latitudes el hecho de sentirse religioso ha sido presentado como una forma de servidumbre tontorrona y fuera de época: se ha hablado mucho y aun se habla de la “alienación religiosa”. El término “alienación” es aceptado como contrario a la Libertad: una especie de encadenamiento de la razón soberana. Referida a la Religión, la alienación expresa el fenómeno por el cual la vida y los actos de los hombres siguen las directrices de una indemostrada idea de trascendencia.

Claro que el carácter de la propia reflexión, que sitúa al hombre muy por encima de cualquiera entidad simplemente material y le infiltra hambre de sintonizar con el Principio y Fin del Universo, presta sólidos argumentos a la creencia de que esa irrenunciable aspiración a la trascendencia, que late en el ser de todos los hombres, es una exigencia de la Realidad.

El hambre por sintonizar con el principio y fin del Universo es una de las posibles definiciones de la Religión. Hambre existencial que se ajusta a los dictados de la Realidad y, por lo mismo, resulta lógico y racional.

2. DIOS VIVO E HIJO DEL HOMBRE

Antes que sucediera ya estaba escrito: “Serán benditas en Ti todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3). “Fue suyo el señorío de la Gloria y del Imperio; todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es eterno, que no acabará nunca y su Imperio, imperio que nunca desaparecerá” (Dan.7-14).

Son innumerables las citas que, en el Libro, hablan de la “próxima” Venida:

“Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre las familias de Judá, de tí saldrá quien señoreará de Israel y se afirmará con la fortaleza de Yavé... Habrá seguridad porque su prestigio se extenderá hasta los confines de la Tierra” (Miq.5,2)

“Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raices un vástago sobre el que reposará el espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yavé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la Tierra” (Is. 11,1-5).

“Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).

Nació en Belén, durante la llamada Pax Augusta, y “fue condenado a muerte por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio”. Tácito, historiador romano del siglo II) da fé ello y lo hacen otros escritores de la época, como Luciano, que se refiere al “sofista crucificado empeñado en demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos”. Pero sobre todo... está el testimonio de cuantos lo conocieron, pudieron decir “Todo lo hizo bien” y comprobaron su Resurrección. A muchos de ellos tal testimonio les costó la vida..

Claro que su prestigio ha llegado ya hasta los confines de la Tierra. Y todo lo hizo bien por que, efectivamente, sobre El reposa el Espíritu de Sabiduría y de Inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Dios. No se guía por las apariencias, sabe leer en el fondo de los corazones y, por lo tanto, juzga en justicia a todos los hombres. Coeterno con el Padre, nació de mujer y, con este natural acto, su normal pertenencia a la sociedad de la época, de cuyos problemas se hizo partícipe, su apasionada práctica del Bien y una Muerte absolutamente inmerecida pero ofrecida al Padre por todos los crímenes y malevolencias de la Humanidad, presentó a todos los hombres el Camino, la Verdad y la Vida en que lograr la culminación del propio ser de cada uno.

Gracias a su Vida, Muerte y Resurrección, proyecta sobre cuanto existe la Personalidad de un Dios que se hizo Hombre. Desde entonces, todos podemos incorporarnos a su equipo para responder cumplidamente al apasionante desafío de “amorizar la Tierra”. Habremos de hacerlo en personal y continua expresión de Trabajo Solidario y Enamorado; será nuestra personal forma de co-laborar en la divina tarea de culminar la Evolución, de participar en la obra de la Creación en marcha.

3. LUZ Y SAL DE LA TIERRA

Nos lo recuerda un antiguo documento: “Los buenos cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. No habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás..., sino que, habitando ciudades de cualquier punto, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente...

“Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”

“El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen lo mismo que los buenos cristianos aman también a los que les odian. El alma está encerrada en el cuerpo al que mantiene vivo; del mismo modo, los buenos cristianos están detenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo”.

Son párrafos (tomados del Discurso a Diogneto) redactados por un predicador anónimo del Siglo II. Siguen de actualidad ¿verdad? como lo sigue su inspiración fundamental: “Sois la sal de la Tierra, sois la luz del Mundo” y “puesto que sois la luz del Mundo... si no se puede ocultar la ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín sino sobre un candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa, vuestra luz ha de iluminar a los hombres” (Mt 5, 13-16).

4. REFLEXIÓN Y LIBERTAD

La reflexión, peculiaridad genuinamente humana, representa una clara superación del instinto. Por la reflexión, el ser evolucionado reacciona de forma “personal” frente a situaciones o acosos de la realidad dirigidos en la misma medida a distintos individuos de su especie. Cuando, por virtud de la Evolución, la presión de la circunstancia motiva una respuesta no mimética, el individuo ha de reflexionar y, al punto, ha dejado de ser elemento-masa para convertirse en alguien, es decir, en persona.

La comunidad humana se diferencia de las otras sociedades animales, básicamente, por la capacidad de reflexión de todos y de cada uno de cuantos la integran. Por este hecho es posible la Historia como fenómeno que singulariza cada época, a cada grupo social y a cada proyección de las facultades individuales.

En el acto reflexivo, algo de uno mismo se proyecta hacia el exterior de forma absolutamente inmaterial y con la intención de captar cosas y fenómenos en su justa medida para luego, en acto también absolutamente inmaterial, analizar y decidir. Para el hombre, ello es tanto como manifestarse “ser que reflexiona” o ser que, sin dejar de ser él mismo, posee la virtud de sobrepasar el estricto ámbito del propio ser para reflejar en sí mismo lo otro, fenómeno que, en idea de los maestros más respetables, “ es una forma de incluir en sí mismo a todas las cosas”.

Contrariamente a lo que sostienen los autoproclamados materialistas, el conocimiento o “inclusión en sí mismo de todas las cosas” no es del carácter de la imagen proyectada por un espejo: las cosas, vistas o intuidas, despiertan o presionan a la conciencia del ser que reflexiona el cual, en razón de tal reflexión, posee la facultad de obrar de una u otra forma sobre las mismas cosas o de no obrar, si, en el uso de la libertad, así lo decide el supremo árbitro de su conciencia, es decir, ese ser con capacidad de pronunciarse sobre el sí o el no ante cualquier sugerencia de la realidad.

Vemos cómo, acuciado por el hambre, el animal no racional percibe y ataca a su presa, o, en respuesta a un elemental instinto, corteja y posee a su hembra, se defiende de las inclemencias de su entorno.... de un modo general y de acuerdo con el orden natural de las especies.

No sucede lo mismo en el caso del homínido evolucionado: éste es capaz de superar cualquier llamada del instinto merced al acto reflexivo: la realidad inmediata, el análisis de anteriores experiencias, el recuerdo de un ser querido, la percepción de la debilidad o fuerza del enemigo, el conocimiento analítico de los propios recursos... le permiten la elección entre varias alternativas o, lo que es lo mismo, trazar un plan susceptible de reducir riesgos e incrementar ventajas.

Gracias, pues, a su poder de reflexión, el hombre usa de libertad para elegir entre varias alternativas de actuación concreta. Por supuesto que la elección más adecuada a su condición de hombre será aquella que mejor responda a las exigencias de la Realidad. Y la más positiva historia de los hombres será aquella jalonada por capítulos que hayan respondido más cumplidamente a su genuina vocación.

5. AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Pero, también y sobre todo, a Dios lo que es de Dios. El César, al que nos referimos, es el más poderoso de este mundo: el Dinero, naturalmente, que casi todo lo invade y casi todo lo interrelaciona: no existe un solo foco de la actividad humana en el cual no intervenga el dinero en cualquiera de sus muy diversas formas y como representante de la intencionalidad de todas las partes o de alguna de las partes.

No todos los que manejan dinero son acaparadores obsesivos: hay quien utiliza al dinero como medio de acercamiento al prójimo, lo que, reconozcámoslo, es uno de tantos medios para dar a Dios lo que es de Dios. Desde esta premisa pretendemos aportar nuestro grano de arena a un mejor orden social, empezando por dirigirnos a ti, joven empresario o asalariado que sueña con abordar un sugestivo proyecto empresarial.

Sientes necesidad de ir a algún sitio con un dinero que te han dejado tus padres a Plazo Fijo o (tú, que todavía vives de un salario) con el crédito que algún día te concederán). Respecto a la rentabilidad pura y dura del “dinero estático” no te satisface lo de ese X % y, muy probablemente, ni siquiera un hipotético 2X %, pero es algo más que esto lo que te convierte en Emprendedor: Para ti el dinero es hacer cosas y, también, PODER. En tu equipaje entran también las ideas. Las ideas han de ser muy claras y aplicables a una evidente demanda del Mercado. El dinero (o el Crédito) ha de ser suficiente hasta tanto las ideas no se “materialicen” en mercancías capaces de proporcionarte algo más que la autosuficiencia. Esa materialización de las ideas ha requerido el soporte de una infraestructura: locales, organización, red comercial, producto... La meta es lo que se llama objeto social de la empresa, algo destinado a cubrir una parcela de las necesidades o apetencias de tu entorno: debe sintonizar con una inequívoca aspiración tuya e ir respaldada por lo que se llama viabilidad económico-financiera.

Son los compañeros de viaje, el factor humano, lo más importante con que cuentas. Todo lo demás, debes reconocerlo, son medios o instrumentos

El factor humano debe ser reconocido por tí algo en paralelo con tu propia realización personal y, por lo mismo, condición primordial de tu éxito. El factor humano no es, pues, un medio sino un fin. El factor humano es variopinto, inestable y complejo; pero es también susceptible de certera motivación. En gran parte, de pende de ti su grado de colaboración. Sin duda que tus empleados te obedecerán puesto que eres tú el que firma los cheques; pero ¿estás seguro de que sintonizan con tus proyectos, de que hacen suyos los objetivos de tu empresa? Esto de la plena integración de tu gente, más que como el principal problema, tómatelo como un apasionante desafío.

Si tienes las ideas claras, un proyecto que responde a una necesidad social, una capital que facilite el despegue y has acertado a despertar la voluntad de colaboración en tus compañeros de viaje, estás ya en el camino del éxito. Deberás, eso sí, ejercer el arte de dirigir, aplicar las técnicas de la Organización, mantener los gastos en su justa proporción y acertar a sacarle partido a las modernas herramientas de gestión: Podrás promover y desarrollar una Comunidad de Trabajo.

Por Comunidad de Trabajo se entiende, ya lo hemos dicho, a la Empresa, esa importante unidad social compuesta de materia gris, brazos, dinero y herramientas.

Si eres empresario de rebote o porque tu padre ya era empresario, cabe que pienses otra cosa: ¿qué sé yo? que la Empresa es algo así como una generosísima vaca lechera con sus ubres siempre dispuestas para tu individual apetito o una escalera por donde tú, solito, puedes alcanzar la luna... Desde esas imaginadas cimas ¿serás capaz de pensar que puedes hacer lo que te venga en gana con las posibilidades de la obra que administras (lo que llamas “mi empresa”), que el manejo del dinero te coloca en una privilegiada posición para jugar a rey Midas o que el mejor obrero es un mono amaestrado? Cuidado, Taylor no lo quiso reconocer; pero te aseguro que un mono amaestrado sale carísimo. Y, a nada que discurras, habrás de compadecer al pobre rey Midas que murió por hambre al convertir en oro todo lo que tocaba.

Como la de cualquier otro hombre, la principal obligación de un empresario es la de ser realista; obviamente, la primera realidad con que tropiezas eres tú mismo: lo de quien eres, qué puedes y hacia donde vas está y estará siempre pegado a ti. No puedes pensar, como aquel famoso Hegel, eso tan inconsecuente de que “si la realidad no es como yo pienso, es problema de la Realidad”.

Para muchos empresarios eso de que la realidad ha de ser estrictamente como yo pienso no es tan raro como, a primera vista, pudiera parecer: son muchos los hombres de negocio que niegan lo que no quieren ver, que se hacen particulares ideas sobre la organización, las relaciones humanas o el poder del dinero... Por favor, querido amigo, ése no puede ser tu caso: esfuérzate en encuadrar todo lo que te rodea en una estricta realidad en que, por supuesto que sí, hay cosas que tienen infinitamente más valor que el dinero o, lo que es igual, esa cosa a la que se llama ciego materialismo, tan progresivamente desprestigiado por la Realidad.

Tu Realidad y la Realidad de los otros. Mucho tienes que ver con la realidad de los otros, voluntades o variadísimas fuerzas en perenne flujo y reflujo. Seres libres con ansia de saber por dónde y hacia dónde van. En lo que toca a la relación con sus compañeros de Trabajo o al tratamiento de lo que realmente constituye la base sólida de una Empresa son muchos los empresarios que se dejan conquistar por la clásica tentación del Aprendiz de Brujo y, como no puede ser por menos, caen en la trampa del pedante y atrevido muchacho: terminan siendo juguetes de lo que no han acertado a encuadrar en los objetivos de su Empresa.

Te lo digo a ti, empresario pegado al pie del cañón, no simple especulador o rentista. Eres genuino empresario en tanto en cuanto estás en la Empresa con un dinero (no te pregunto de dónde viene) y con tu saber dirigir y hacer. Eres un trabajador, no puedes negarlo, y tu Empresa, ya lo dije al principio, es una Comunidad de Trabajo.

No es empresario, lo sabes bien, todo el que tiene dinero y, entre muchas de las cosas que puede hacer, opta por montar una empresa de cuya trayectoria se siente simple espectador con la mano puesta en el grifo de se chequera para cerrarla o abrirla en función de su capricho o de cualquiera nueva tentación del Mercado.

Genuinamente, empresario es la persona que aplica un dinero y todo su saber hacer a un proyecto concreto, la Empresa. Este nuestro empresario ignora o no quiere saber que, en circunstancias equis, los bonos del Estado, cualquier toma y daca ocasional o el “dolce farniente” de flotar sobre las mil favorables corrientes del dinero centrípeto y fácil... son más propicios a su patrimonio que el ilusionante riesgo de una Empresa.

El capitalista no-empresario cultiva su propia escala de valores, entre los cuales no cuenta el trabajo disciplinado ni la obsesiva preocupación por PERSONALIZARSE en el seguimiento de un proyecto a largo plazo. Es, por demás, un “mass-media” que ni siquiera acierta a sacarle buen jugo a su dinero, esa creación histórico-social (trabajo cristalizado, que diría un tal Carlos Marx).

El dinero sirve para bastante más que para apabullar a los otros o para proporcionar lo que se llaman placeres materiales: sirve para facilitar una de las más acuciantes exigencias de la condición humana, la exigencia de perseguir una parte de felicidad, esa misma que gira en torno a una muy realista convicción: para ser medianamente feliz debo “mascar” la utilidad social de mi propia vida y de sus raíces con la Realidad. Pobre del adinerado que así no lo comprende: está condenado a la definitiva mediocridad hasta ser sorprendido por una muerte en radical soledad

Nuestro Empresario, por el contrario, es un ser para quien cuentan los demás; por que ama la vida, simpatiza con su entorno; por que no está muy seguro de merecer esa parcela de poder que da el dinero, lo utiliza como una herramienta, lo que le convierte en un trabajador más con reconocidos derechos por parte de los otros trabajadores.

Como trabajador consciente del valor y certera aplicación de su herramienta, el empresario está obligado a vigilar su cuenta de explotación: no será, pues, buen empresario quien carece de preocupación por un beneficio que no se ha de confundir, ni mucho menos, con el simple interés: el beneficio es una necesidad funcional de la empresa y el fertilizante de un futuro sin sorpresas traumáticas.

Los otros trabajadores, tus compañeros, ponen en juego diversas cosas: su tiempo, su experiencia, su fantasía, su capacidad de reflexión, sus piernas y sus brazos... valores muy entrañables suyos y que a ti te interesa resulten lo más fecundos posible: de esa fecundidad, ni más ni menos, depende el éxito de tu Empresa.

Estudia, pues, la realidad de tus compañeros y pégate a ella: te aseguro que todos y cada uno de ellos son personas y son distintos, pero todos con un particular resorte que tú no tendrás más remedio que pulsar para que, en la justa medida, sintonicen con los objetivos de tu Empresa. Por tu parte, de forma especial, has de aprender a manejar de forma magistral una herramienta hoy por hoy imprescindible en el buen orden empresarial: el dinero.

Al dinero le corresponde una perogrullesca significación: la de representar en todo momento y en todo lugar el “seguro” valor de intercambio de las cosas y de los servicios.

Es la moneda una muy concreta proyección de esa abstracción que se llama dinero, a su vez, expresión del “trabajo cristalizado”, que dirían los economistas de la vieja escuela.

Aunque todo el mundo le concede una “representatividad” en directa relación con el estado general de la Economía, la Moneda es, fundamentalmente una mercancía que, como tal y al igual que todas las otras mercancías en circulación, sufre las oscilaciones de la oferta y de la demanda, los efectos de acaparamientos o especulaciones interesadas y los “costes de distribución y comisiones” (identificables con los tipos de interés que inciden en el trasiego de dinero) y, como “herramienta funcional”, es factor de primer orden en la vida de las empresas, tanto que el empresario, que resta valor a los objetivos de buen uso y rentabilidad del dinero, en el mejor de los casos, resulta un simple soñador y en el peor de los casos un pobre diablo, un burgués que ha despilfarrado miserablemente su patrimonio (el dinero y todo lo demás) y que, probablemente, morirá sin haber comprendido el auténtico sentido de su propia vida.

Sin duda que tú, joven empresario, que toma al dinero como insustituible herramienta de trabajo, eres alguien muy distinto: estás en la línea de los que sirven a los que más lo necesitan por que el pan que no comes lo destinas a los que tienen hambre, el vestido que no usas a los que tienen frío, la casa que no habitas.....

6. DESDE EL SUPONER Y NO SABER AL VIVIR

Aristóteles, a pesar de la palmaria ausencia de medios de investigación, apuntó la hipótesis de la evolución animal hasta el advenimiento de la razón humana, en que se muestra la estrecha relación entre el alma y el cuerpo. También apuntó Aristóteles la necesidad de una primera Fuente de Energía, capaz de animar el proceso de “humanización” de la Realidad, pero, sobre todo, el poder creador de la acción humana. Claro que, desde una pagana visión de las relaciones humanas, consideró Aristóteles a la esclavitud como una imposición de la infraestructura económica y, en razón de ello, llegó a decir que algunos hombres eran “naturalmente” esclavos, “situación inevitable hasta tanto las lanzaderas y otras herramientas se muevan por sí solas”.

Es Aristóteles un personaje comprometido con el estudio de las cosas, las cuales, mediante la capacidad reflexiva del ser humano, pueden convertirse en ideas; nunca al revés, como fuera el caso de Parménides o Platón. También, frente a Heráclito, defiende Aristóteles la dependencia o complementariedad armónica de todo lo existente frente a la eterna confrontación (la “guerra es la madre de todas las cosas”) que suponía Heráclito. De ahí se deduce la especial atención que dedica Aristóteles a cuanto pueda facilitar la solidaridad entre los hombres y de éstos con todo el Universo espiritual y material.

Frente a la doctrina del “complementario punto de equilibrio” representado por Aristóteles, surgen en la Grecia clásica otras dos posiciones enfrentadas entre sí (lo de Heráclito fue un radicalismo prácticamente ignorado hasta ser resucitado por Hegel en el siglo XIX): la de los epicúreos (de Epicuro de Samos) y la de los estoicos (de la “estoa” o pórtico ateniense).

Los primeros, desde una concepción del mundo ramplonamente materialista, basan la realización personal en perseguir el placer de los sentidos; sus obligaciones sociales se reducían al buen parecer, según el patrón que marcó el propio Epicuro, personaje cultivado, de suave trato y amigo de sus amigos. Resultó ser una doctrina ampliamente cultivada en el patriciado romano: Incondicional devoto de Epicuro fué Lucrecio Caro (96-55 a.C), el más celebrado panegirista del buen vivir de la dorada época romana en que seguirán su doctrina y ejemplo la “beautiful people” de la época con Augusto, Virgilio, Horacio, Mecenas... como principales mentores. Era la de aquella época una economía del acaparamiento y del privilegio a la sombra de una religión estrictamente formal en torno a divinidades, supuestamente necesarias para poner en marcha la máquina del Universo (cada cual con su “especialidad”) pero a las que ahora se supone habitando un trasmundo ajeno a las vulgares incidencias de la historia de los humanos, entre los cuales el “más sabio” será el que “acierta a vivir como un dios”.

Para los estoicos, en cambio, que cultivan una serena (semi-comprometida) religiosidad y el dominio de las pasiones, el auténtico saber no es, ni más ni menos, que la ciencia de las cosas divinas y humanas. En sus creencias van más allá de la cosmogonía oficial y adoran a un dios “por el cual tiene el todo su existencia viva y es santo, inconmensurable, jamás nacido, jamás muerto...”). El moderno evolucionismo encuentra en la Estoa un precedente: son lo que llamaron “rationes seminales”, ínfimas porciones de materia a las que suponen en el principio y origen de todas las cosas hasta confluir en el Todo puesto que “Zeus crece hasta consumar de nuevo en sí todas las cosas”. Según ello, el hombre es de “linaje divino” y está comprometido en la inacaba obra de la Creación. Esa perspectiva de la Estoa es celebrada por el propio San Pablo: “Por que así han dicho algunos de vuestros poetas, que somos de su linaje”, dice el Apóstol en Act. 17,28.

Frente al epicureismo que zanganeaba en el privilegio, el estoicismo se declaró abiertamente beligerante. Su más cruda batalla tuvo lugar en Roma en que, vilipendiada por unos, fue recibida calurosamente por los personajes reputados como más austeros al estilo del general Escipión el Africano, del “pontífice máximo” Mucio Escévola o de intelectuales como Cicerón y nuestro Séneca.

Lucio Anneo Séneca, probablemente, el más comprometido de los intelectuales de la Roma Imperial, resultó ser el más ilustre representante español de la Escuela Estoica. Proclama que sabio es el que sabe conducir su vida conforme a razón. Su filosofía o forma de pensar ha de traducirse en acción directa sobre el día a día: es una forma de vida más que un método de especulación teórica. Crítico de la corrompida corte de los sucesivos emperadores Calígula, Claudio y Nerón, sufrirá enconadas represalias hasta ser condenado a abrirse las venas por parte del último, de quien había sido preceptor.

Para Séneca vivir conforme a razón era tanto una exigencia de la propia naturaleza como la mayor prueba de heroísmo (“al igual que el fuego prueba al oro las vicisitudes de la vida forjan a los hombres fuertes”). En el centro de la Naturaleza (“Corazón de la Materia”, dirá Teilhard) coloca al mismo Dios: “Qué otra cosa es la naturaleza sino Dios y la razón divina inserta en todo el mundo y en cada una de sus partes? ni se da la naturaleza sin Dios ni Dios sin la naturaleza...”

Las limitaciones de la condición humana, que señala Séneca, son las limitaciones de todo el que percibe en sí mismo el hueco de Dios y no ha gozado de su cercanía por la gracia de Jesucristo.

No es verdad que Séneca llegara a tener trato directo con San Pablo, el cual, sin duda, le habría hablado del Dios Vivo, que adoraban los primeros cristianos; habría mostrado San Pablo a Séneca las esenciales diferencias entre Dios y sus criaturas y, también, las posibilidades que abría la Buena Nueva a una Libertad forjada en un diario Trabajo proyectado hacia el bien del Otro desde la correcta administración de las cosas.

7. LA TRAMPA DEL “FUNDAMENTALISMO” RACIONALISTA

En Renato Descartes (1.596-1.650) se consuma la distorsión entre el monolítico dogmatismo de una Escolástica que ya no es la de Santo Tomás de Aquino y una nueva (o vieja pero revitalizada) serie de dogmatismos antropocéntricos en que priva más la fantasía que la razón, pese a que los cartesianos porfíen sobre que lo suyo es genuinamente racional.

Repite el cartesianismo el fenómeno ocurrido cuando la aparición y el desarrollo del Comercio, esta vez en los dominios del pensamiento: si en los albores del comercio medieval, la redescubierta posibilidad del libre desarrollo de las facultades personales abrió nuevos caminos al progreso económico, ahora el pensamiento humano toma vuelo propio y parece poseer la fuerza suficiente para elevar al hombre hasta los confines del Universo.

Descartes no fue un investigador altruista: fue un pensador profesional, que supo sacar partido a los nuevos caminos que le dictaba su imaginación. Rompe el marco de la filosofía tradicional, en que ha sido educado, y se lanza a la aventura de encontrar nuevos derroteros al pensamiento.

El mundo de Aristóteles, cristianizado por Santo Tomás de Aquino y vulgarizado por la subsiguiente legión de profesionales del pensamiento, constituía un universo inamovible y minuciosamente jerarquizado en torno a un eje que, en ocasiones, no podría decirse si era Dios o la defensa de las posiciones sociales conquistadas a lo largo de los últimos siglos. Tal repele a Descartes, que quiere respirar una muy distinta atmósfera: quiere dejarse ganar por la ilusión de que es posible alcanzar la verdad desde las propias y exclusivas luces.

Esa era su situación de ánimo cuando, alrededor de sus veinte años, “resuelve no buscar más ciencia que la que pudiera encontrar en sí mismo y en el gran libro del mundo. Para ello, empleará el resto de su juventud en viajar, en visitar cortes y conocer ejércitos, en frecuentar el trato con gentes de diversos humores y condiciones, en coleccionar diversas experiencias... siempre con un extraordinario deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, de ver claro en sus acciones y marchar con seguridad en la vida”.

En 1.619, junto al Danubio, “brilla para mí, dice, la luz de una admirable revelación”: es el momento del “cogito ergo sum”, padre de tantos sistemas y contrasistemas. Ante la “admirable revelación”, Descartes abandona su ajetreada vida de soldado y decide retirarse a saborear el “bene vixit qui bene latuit”. A renglón seguido, Descartes reglamenta su vida interior deforma tal que cree haber logrado desasociar su fe de sus ejercicios de reflexión, su condición de católico fiel a la Iglesia de la preocupación por encontrar raíces materiales a la moral. Practica el triple oficio de matemático, pensador y moralista.

De Dios no ve otra prueba que la “idea de la Perfección ”nacida en la propia mente: lo ve menos Persona que Idea y lo presenta como prácticamente ajeno a los destinos del mundo material.

El punto de partida de la reflexión cartesiana es la “duda metódica”: ¿no podría ocurrir que “un Dios, que todo lo puede, haya obrado de modo que no exista ni tierra, ni cielo, ni cuerpo, ni magnitud alguna, ni lugar... y que, sin embargo, todo esto me parezca existir exactamente como me lo parece ahora?”... “Ante esa duda sobre la posibilidad de que todo fuera falso era necesario de que yo, que lo pensaba, fuera algo....” .."la verdad de que pienso luego existo (“cogito ergo sum”) era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de conmoverla; en consecuencia, juzgué que podía recibirla como el principio de la filosofía que buscaba".

Estudiando a Descartes, pronto se verá que el “cogito” es bastante más que el principio de la filosofía que buscaba: es toda una concepción del mundo y, si se apura un poco, la razón misma de que las cosas existan. Diríase que con él la funciónde pensar para obrar en consecuencia deja de ser un trabajo para convertirse en diverttimento.

Por ello, se abre con Descartes un inquietante camino hacia la distorsión de la Verdad. Es un camino muy distinto del que persigue “la adecuación de la inteligencia al objeto”. Cartesianos habrá que defenderán la aberración de que la “verdad es cuestión exclusiva de la mente, sin necesaria vinculación con el ser”. El orden “matemático-geométrico” del Universo brinda a Descartes la guía para no “desvariar por corrientes de pura suposición”. Por tal orden se desliza el “cogito” desde lo experimentable hasta lo más etéreo e inasequible, excepción hecha de Dios, Ente que encarna la Idea de la Plenitud y de la Perfección.

En el resto de seres y fenómenos, el “cogito” desarrolla el papel del elemento simple que se acompleja hasta abarcar todas las realidades, a su vez, susceptibles de reducción a sus más simples elementos no de distinta forma a como sucede con cualquier proposición de la geometría analítica: “estas largas series de razones, dice, de que los geómetras acostumbran a servirse para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión de imaginar que se entrelazan de la misma manera todas las cosas que entran en el conocimiento de los hombres”.

El sistema de Descartes abarca o pretende abarcar todo el humano saber y discurrir que, para él, tiene carácter unitario bajo el factor común del orden geométrico-matemático: la Ciencia será como “un árbol cuyas raíces están formadas por la Metafísica, el tronco por la Física y sus tres ramas por la Mecánica, la Medicina y la Moral”.

Anteriormente a Descartes, hubo sistemas no menos elaborados y, también, no menos ingeniosos. Una de las particularidades del método cartesiano es su facilidad de popularización: ayudó a que el llamado razonamiento filosófico, aunque, incubado en las academias, se proyectara a todos los niveles de la sociedad. Podrá, por ello, pensarse que fue Descartes un gran publicista que “trabajó” adecuadamente una serie de ideas aptas para el consumo masivo.

Fueron ideas convertibles en materia de laboratorio por parte de numerosos teorizantes que, a su vez, las tradujeron en piedras angulares de proposiciones, con frecuencia, contradictorias entre sí.

Cartesiano habrá que cargará las tintas en el carácter abstracto de Dios con el apunte de que la máquina del universo lo hace innecesario; otro defenderá la radical autosuficiencia de la razón desligada de toda contingencia material; otro se hará fuerte en el carácter mecánico de los cuerpos animales (“animal machina”), de entre los cuales no cabe excluir al hombre; otro se centrará en el supuesto de las ideas innatas que pueden, incluso, llegar a ser madres de las cosas; no faltará quien, con Descartes, verá en la medicina una más fuerte relación con la moral que en el propio compromiso cristiano.

El cartesianismo es tan audaz y tan ambiguo que puede cubrir infinidad de inquietudes intelectuales más o menos divergentes. En razón de ello, no es de extrañar que, a la sombra del “cogito” se hayan prodigado los sistemas con la pretensión de ser la más palmaria muestra de la “razón suficiente”: sean ellas clasificables en subjetivismos o pragmatismos, en materialismos o idealismos... ven en la herencia de Descartes cumplido alimento.

Si Descartes aportó algo nuevo a la capacidad reflexiva del hombre tambien alejó a ésta de su función principal: la de poner las cosas más elementales al alcance de quien más lo necesita. Por demás, con este profesional de la simple y placentera especulación (reminiscencias de su formación burguesa) el oficio de pensador, que, por el simple vuelo de su fantasía, podrá erigirse en dictador de la Realidad, queda situado por encima de los oficios que se enfrentan a la solución de lo cotidiano: Si San Agustín se hizo fuerte en aquello socialmente tan positivo del “Dillige et fac quod vis” una consigna coherente con la aportación histórica de Descartes podía haber sido: “Cogita et fac quod vis”, lo que, evidentemente, abre el camino a los caprichos del que se cree en el derecho de soñar para no mover un dedo por nadie.

8. LA “CONCIENCIA COLECTIVA” EN EL MUN- DILLO DE LA ILUSTRACIÓN.

El “Derecho Natural” había sido definido por Spinoza como “las reglas que apoyan lo que acontece por la fuerza de la Naturaleza”. La fuerza de la Naturaleza o Ley Natural, en Aristóteles, es respetada cuando cada hombre particular es y obra conforme a la idea y esencia de hombre, único animal dotado de razón.

Sobre cual sea el más adecuado uso de la razón, que, lógicamente, habría de corresponder con su “natural finalidad”, se han elaborado multitud de suposiciones. Para los cristianos la “ratio recta” es la conciencia moral o “participación de la ley divina en la criatura racional” (S.Tomás, S.th. I-II, 91,2)

No pocos cartesianos han discrepado ostensiblemente sobre el entronque realista de una conciencia personal capaz de diferenciar el bien del mal e inspirador de un Derecho encauzado hacia el Bien Común: Un Hobbes (antecesor de Spengler) dirá que la Naturaleza “ha dado a cada uno derecho a todo, lo que significa que, en el más puro estado natural, antes que los hombres concertaron unos con otros cualquier clase de tratados, le era a cada uno permitido hacer cuanto quisiera y contra quien quisiera, acaparar, usar y gozar lo que quisiera y pudiera... de donde se deduce que, en el estado primitivo natural, la utilidad es la medida de todo derecho.”

Se observa cómo en tal definición del “Derecho Natural” no tiene cabida Dios ni su sello sobre la conciencia humana: es, simplemente, lo que se puede calificar como “brutalidad consciente” en que el hombre incurre ejerciendo el papel de fiera al acecho (“homo homini lupus”, dirá el propio Hobbes).

Los evidentes desmanes de tal “brutalidad consciente” llevan a Hobbes a considerar que “el puro ejercicio del Derecho Natural” puede conducir al aniquilamiento de la especie. Es en razón de la necesidad de supervivencia que se ha de establecer y, de hecho, se ha establecido con mejor o peor fortuna, un “Contrato social y político”, que implica la cesión irreversible al Estado de una parte de los derechos individuales.

Por esa “cesión irreversible”, para Hobbes, el Estado se convierte en la única fuente de Derecho, de Moral y de Religión, cuestiones que ya no serán valores por su propia razón de ser sino porque la sociedad civil ha hecho de ellas “razón de estado”: “Otorgo al poder supremo del Estado, dice Hobbes, el derecho a decidir si determinadas doctrinas son incompatibles con la obligada obediencia de los ciudadanos, en cuyo caso el propio Estado habrá de prohibir su difusión”.

Es así como, para los seguidores de Hobbes, el Estado es cabeza y corazón de un hombre nuevo, el hombre especie, cuyo derecho sigue la medida de su astucia y fortaleza y solamente es frenado por la fuerza de una ley que regula su supervivencia. Según ello, prototipo de buen estado será aquel que ejerza su papel como un indiscutido patriarca que proporciona seguridad y oportunidad para la práctica de la especulación y de los “placeres naturales”.

Ya están asentadas las bases de dos fuentes de “equilibrio social”: El “Derecho Natural” y el “Despotismo Ilustrado” o punto de encuentro entre el poder absoluto y las nuevas corrientes contestatarias. Es este Hobbes el autor del famosísimo Leviatán, escrito en homenaje al “protector” Cronwell y como medio para acabar con el propio destierro y regresar a Inglaterra. El “Leviatán”, descarnada reedición de “El Príncipe”, fue ampliamente celebrado en todos los círculos de poder de la época: En él encontraron inspiración desde el propio Cronwell hasta Catalina I de Rusia, pasando por Luis XIV.

A pesar de apoyarse en tan despiadados esquemas o, precisamente, por ello, las teorías de Hobbes no chocaron demasiado con los círculos intelectuales de la época ni, mucho menos, con las inquietudes de los situados. Por demás, ya en Inglaterra se reconocía amplia libertad de expresión en el terreno de las ideas y puesto que el autor no atacaba frontalmente a la Religión, “simple cuestión de fé”...

Frente a Hobbes se situó J. Locke (1.632-1.704), aceptado como el padre del “empirismo inglés”. Para Locke el “Derecho Natural” es el factor de la “bondad natural” y de la solidaridad : “los hombres, sociables y generosos por Ley Natural, aspiran a la felicidad guiados por las elementales sensaciones del dolor y del placer; pero la meta de tal felicidad está ahora alejada por la artificial introducción de la propiedad privada y del lujo”.

También Locke apela al “contrato social”: aunque naturalmente buenos, los hombres no proceden como tal porque han sido víctimas de las torpes fuerzas de la historia; la nueva vía será consecuencia de un “contrato” que implica la renuncia de una parte de la libertad de cada uno para que sea posible un Estado que vele por la libertad de la mayoría. A diferencia del de Hobbes, éste no será un estado coactivo: su inspiración fundamental será la moral natural y sus dos puntos de apoyo los poderes legislativo y ejecutivo.

Hobbes y Locke, desde dos apreciaciones extremas, se presentan como cartesianos atentos a las determinaciones de la propia Naturaleza y del momento histórico: de hecho, someten a la doctrina de Descartes a una profunda remodelación según una óptica que pretende ser posibilista. Para muchos, ya el cartesianismo aparecerá como una ciencia natural proyectada, fundamentalmente, hacia la gestión política. La reflexión se vuelca hacia los problemas de relación entre los hombres, se hace pragmática. Ello había sido facilitado por la corriente llamada empirista cultivada, fundamentalmente, por una parte influyente de la intelectualidad inglesa.

La referencia principal seguía siendo Descartes, pero un Descartes considerablemente menos especulativo que el original. Este nuevo Descartes es reintroducido en Francia por dos teorizantes que, desde apreciaciones extremas, marcarán una larga época: Voltaire y Rousseau.

En la Francia de entonces el Rey, “por la gracia de Dios”, encarna al poder absoluto; respeta a los intelectuales en tanto que no pongan en tela de juicio su incondicionada facultad de dirigir, controlar e interpretar. Para encontrarle un igual habrá que remontar hasta el propio Dios. Por el momento, el Rey ve muy bien que los profesionales del pensamiento no salgan del terreno de la pura especulación.

No sucede lo mismo en Inglaterra en donde la teoría política parece ser el punto de partida de la Filosofía, de la Moral e, incluso, de la propia Religión (no olvidemos que allí es el Rey el cabeza de la Iglesia).

En Francia los servidores del Régimen pretenden que sea al revés: una religión a la altura de los tiempos inspirará todo lo demás. Ello cuando la propia religión, a nivel de poder, apenas excede lo estrictamente ritual, las costumbres de la aristocracia y alta burguesía son desaforadamente licenciosas (son los tiempos de la “nobleza de alcoba”) y, apoyándose en un fuerte y bien pagado ejército, se hacen guerras por puro “divertimento”. La aparente mayor tolerancia respecto a la libertad de pensamiento se torna en agresión cuando el censor de turno estima que se entra inoportunamente “en el fondo de la cuestión”

Este fondo de la cuestión era la meta apetecida de algunos intelectuales franceses para quienes “el sol nacía en Inglaterra”. A este grupo pertenecieron los citados Rousseau, Voltaire y, también, Montesquieu (éste último, sin duda, el más realista, sincero y, tal vez también, el más generoso de los tres).

Del maridaje entre el cartesianismo y el empirismo inglés nació un movimiento que hacía ostentación de la llamada ilustración, cuyo sistematizador más celebrado fue Voltaire.

Francisco María Arouet, Voltaire, en sus “Cartas sobre los ingleses” (1.734) abre el camino a la crítica metódica contra el Trono y el Altar, las dos columnas en que se apoyaba el que, más tarde, se llamó Antiguo Régimen.

Brilla Voltaire en unos tiempos en que pululan los “filósofos de salón”, personajes y personajillos, que no escriben propiamente libros: son panfletos, proclamas y recortes sobre lo superficial en Religión, Ciencias, Política, Economía...

Tales escarceos especulativo-literarios encuentran eco entre los “parvenus”, burgueses de segunda o enésima generación que distraen sus ocios en el juego de las ideas. Algunos de ellos ya controlan los resortes del vivir diario, pero no dejan de pertenecer al llamado Tercer Estado cuya frontera es la corte del Capeto.

Ese Tercer Estado no es el Pueblo. Tampoco Voltaire se siente perteneciente al Pueblo (vil canalla, que gustaba de considerar). Soberbia aberración es pues incluir a Voltaire entre los “clásicos populares”.

Cínico con sus amigos, implacable y frío con sus enemigos, Voltaire nunca disimuló su desmedido afán por erigirse en dueño de la situación. Zarandeador de su tiempo, hace ostentación de su filiación burguesa: hace ver Voltaire que en el saber hacer de su clase están las raíces del futuro.

No se retrae de reconocer que cuenta con un rival a abatir: Aquel a quien cataloga de “Infame”, el propio Jesucristo que predicaba aquello de que “los últimos serán los primeros”. Para Voltaire los últimos serán siempre los últimos mientras que los primeros pueden ser los segundos de ahora por gentileza del poderoso entre los poderosos de este mundo.

Sucede que los poderosos de la época se entusiasman por el “alimento espiritual” que les brinda Voltaire. Ejemplo de ello nos dan “déspotas ilustrados” como Catalina de Rusia, Federico II de Prusia o satélites ministros ilustrados como Choiseul en Francia, Aranda en España, Pombal en Portugal, Tanucci en Nápoles...

Es, pues, Voltaire el principal promotor del “Despotismo ilustrado”, “gente guapa” de la época que pueden y deben ejercer la autoridad por imperativo de la estética que rodea al poder no por hacer más llevadera la vida a los súbditos que, cuanto más anclados estén en sus limitaciones, más serviciales habrán de resultar.

Meta de la predicamenta volteriana es el utilitarismo individualista, que servirá de pedestal a una élite “ilustrada” movida por la colectiva conciencia mantener los privilegios de la propia “clase”. Desde una óptica también utilitarista, Rousseau apela a otra conciencia colectiva, la de la mayoría.

Juan Jacobo Rousseau, durante su estancia en Inglaterra, bebió en Locke una socializante, optimista e impersonal acepción del “Derecho Natural”.

Rousseau se dejaba embargar por las emociones elementales: el candor de la infancia, el amor sencillo y fiel, la amistad heroica, el amparo de los débiles... Porque renegaba de la Sociedad en que vivía, predicó la “vuelta a la Naturaleza”. Identificando al saber con la pedantesca ilustración, formula dogmas al estilo de: “ten presente siempre que la ignorancia jamás ha causado mal alguno”... “la única garantía de verdad es la sinceridad de nuestro corazón”. Se dice religioso pero, al igual que Lutero, Descartes, Hobbes, Locke, Voltaire... soslayó la trascendencia social del Hecho de la Redención: no supo o no quiso ver que la presencia del Hombre-Dios en la historia es, fundamentalmente, una llamada a la responsabilidad del hombre quien, en libre derroche de amor y de trabajo, ha de AMORIZAR la Tierra en beneficio de todos los demás hombres, empezando por los más próximos para, de esa forma, abrirles paso en el camino hacia el progreso, horizonte que coincide con la realización personal o, lo que es lo mismo, con la ascendente marcha hacia la conquista del propio ser.

Puesto que Rousseau no tiene en cuenta la trascendencia social del Hecho de la Redención (la vida de Cristo era para él, simplemente, un bello y aleccionador ejemplo de conducta), se escandaliza por el aparente sin-sentido de la Historia, añora la animalesca libertad del hombre primitivo, reniega de la libre iniciativa personal, cuyo premio tangible puede ser la propiedad (o administración) sobre las cosas, condena en bloque a la Civilización a la par que aboga por una instintiva e irracional vuelta a la naturaleza en solidaria despersonalización o. lo que es lo mismo, “una voluntaria extrapolación de los propios derechos hacia los derechos de la Comunidad”.

Desde esa premisa, Rousseau defiende lo que, generosamente, se puede calificar de romántica ilusión:: “en cuanto el individuo aislado somete su persona y su poder a la suprema dirección de la voluntad general entra en la más segura vía de su propia libertad”.... Es un sometimiento tanto más grato cuanto es más espontáneo pero que debe ser aplicado a todos los hombres sin excepción; en consecuencia, aquel que se resiste a someter su persona y su poder a la encarnación de la voluntad general “deberá ser presionado, dice Rousseau, por todo el cuerpo social lo que significa que se le obligará a ser libre”.

En la utopía rusoniana Razón, Libertad y Responsabilización dependen de la “voluntad general” que podrá alterar, incluso, los principios más elementales de la convivencia. A eso se ha llamado “Totalitarismo democrático”, por cuyo ejercicio se podrá alterar la escala de valores, justificar sangrientas represalias, poner en tela de juicio los pilares de la Justicia, etc, etc.... ridiculizar a la Familia, a la Patria, al Amor...

Para Rousseau las eventuales desviaciones serán compensadas con la educación, disciplina que, para Rousseau no se apoya en verdades eternas ni en dictados de la experiencia: para la pertinente educación del joven será suficiente el desarrollo de la sensibilidad de hombre de la naturaleza. Si el joven se abre sin prejuicios a cuanto le entra por los ojos podrá reaccionar de la forma más conveniente ante cualquier problema... El papel del educador o “ministro de la naturaleza” es el de sugerir puesto que “no es pensando por él como le enseñaremos a pensar”. Transcurridos más de dos siglos desde entonces, hemos de reconocer como muy simples suposiciones todo eso de que el “hombre es naturalmente bueno”, de que “la mayoría acierta siempre”, de que “la espontaneidad sea el principio de toda justicia”...

Por demás, es forzoso reconocer la imposibilidad de una sociedad sin estructura jerárquica. Nunca se ha dado en la Historia: los pretendidos intérpretes de la voluntad colectiva han resultado ser tiránicos egocentristas.

Si, para Voltaire, el Pueblo era algo así como un gallinero, Rousseau lo presentaba como un rebaño que no necesitara pastor.

Más pegado a la realidad de su tiempo, menos cartesiano y también influenciado por el empirismo inglés, fué el barón de Montesquieu, cuyo “Espíritu de las Leyes”, sin duda que constituye la más positiva aportación de los dos últimos siglos a la relatividad del poder político (no le cuadra el mismo sistema a una sociedad agraria que a una sociedad industrial, no puede ser el parlamento persa igual al parlamento inglés....).

En otra ocasión habremos de volver a Montesquieu. Por ahora bástenos reconocer en él tanto al analista de la relatividad en los regímenes políticos como al precursor de las más consolidadas democracias modernas: Para Montesquieu el equilibrio político descansa en la independencia y complementariedad de los Tres Poderes: el ejecutivo, el parlamentario y el judicial.

La libertad resulta seriamente dañada cuando tales poderes se enfrentan corporativamente entre sí o, más grave aun, obran al dictado del líder supremo, aunque el poder de éste haya sido “legitimado” por las urnas (el voto responsabiliza, no otorga “patente de corso”).

Tras las precedentes referencias históricas y reflexiones, vemos como el posible, deseable, justo y útil “despertar del Pueblo”, siempre lento y, en ocasiones, despistado e irregular, no depende de orquestadas rebeldías o interesadas masificaciones: Nace y crece en el fecundo uso de la libertad personal, ese bien tanto más inasequible cuanto las conciencias se muestran más “colectivizadas” y más vacías están de generosa preocupación por facilitar el bienestar del prójimo.

9. LA SANGRIENTA REVOLUCIÓN BURGUESA DE 1789

El 14 de julio de 1789, una parte del pueblo de París asaltó y tomó la Bastilla, todo un símbolo de viejas opresiones. Cuentan que, al enterarse, Luis XVI exclamó: “¡Vaya por Dios, un nuevo motín!”. “No, señor, le replicó el duque de Rochefoucauld; esto es una Revolución”. El simple y orondo Luis Capeto no dejó de creer que asistía a una sucesión de injustos y pasajeros motines hasta el 21 de enero de 1.893 en que era guillotinado a la vista de todo el pueblo en la Plaza de la Revolución, hoy llamada Plaza de la Concordia.

Efectivamente, aquel movimiento fue bastante más que un motín o sucesión de motines. En primer lugar, fue la culminación de un cambio en la escala jerárquica social (la oligarquía sucedió a la aristocracia); fue un subsiguiente río de sangre (murieron más de 50.000 franceses bajo el Reino del Terror) fue una larga sucesión de guerras que llevó el expolio y la muerte a Italia, Egipto, España, Rusia, Paises Bajos, etc., etc.... primero protagonizada por los autoproclamados cruzados de la libertad, enseguida por Napoleón, el “petit caporal” que, en oleadas de ambición, astucia y suerte, llegó a creerse una ilustrada reedición de Julio César; fue la reconstrucción para peor de muchas cosas previamente destruidas, algunas de ellas logradas a precio de amor, sudor y sangre... Fue o debía de ser una formidable lección de la Historia.

Muchos consideran o dicen considerar a la Revolución Francesa el “hito más glorioso de la Historia”, “la más positiva explosión de racionalismo”, “la culminación del siglo de las luces”, “el fin de la clase de los parásitos”, “el principio de la era de la Libertad”....

Marginamos tales juicios de valor, sin duda alguna, exagerados y vamos a intentar situar el fenómeno en la dimensión que conviene al objeto del presente ensayo.

No fueron “la voluntad del hombre colectivo” o “la conciencia burguesa” o el “cambio en los modos de producción” los principales factores de la Revolución: la historia nos permite descubrir todo un cúmulo de otras causas determinantes: la presión del grupo social que aspiraba a ensanchar su riqueza, su poder y su bagaje de privilegios (el Tercer Estado o Burguesía) junto con un odio visceral hacia los mejor situados en la escala social... habrían chocado inútilmente con la energía de otro que no hubiera sido ese abúlico personaje que presidía los destinos de Francia, cuya defensa, en los momentos críticos, fue una crasa ignorancia de la realidad o lo que se llama una huida hacia adelante cuando no una torpe cobardía.

Lo que llamamos Revolución Francesa fue una sucesión de hechos históricos con probadas raices en otros acontecimientos de épocas anteriores acelerados o entorpecidos por ambiciones personales, condicionamientos económicos, sentimentales o religiosos... lo que formó un revuelto batiburrillo en que se alimentaron multitud de odios e ingenuidades. En suma, algo que, en mayor o menor medida, acontece en cualquier época de la Historia con incidencia más o menos decisiva para la Posteridad.

Algún profesor de Historia querrá ver en la Revolución Francesa la consumación de un proceso similar al que para el egocentrista Hegel “seguía la Idea con necesidad de lograr la conciencia de sí”. Este sería un proceso que, a lo largo de dieciocho siglos, podría expresarse así: la desaparición de la esclavitud como consecuencia de la difusión del Cristianismo, la formación y desarrollo de las conciencias nacionales europeas, la réplica “humanista” a la “estructuración teocrática de la Sociedad”, el “libre examen” promovido por la Reforma, el principio de la autosuficiencia de la razón anejo al cartesianismo, el carácter arbitral de los sentidos respecto a la Realidad tal como enseñaran los empiristas, la desmitificación de los valores tradicionales por parte de los “ilustrados”... todo ello mascado y digerido por una sociedad que fue cubriendo etapas de libertad a caballo del “individualismo burgués”.

Son conceptos que hemos ido tocando a lo largo de los últimos capítulos pero sin prestarles ese carácter orgánico y determinante: la Historia es hecha por los hombres en libre ejercicio de su responsabilidad y en uso de los medios que pone a su alcance una específica circunstancia, a su vez influenciada por el ejercicio de la responsabilidad de otro hombres o generaciones.

Para nosotros los fenómenos, que han despertado otros tantos temas de análisis, son puntos de referencia que nos han ayudado a comprender la realidad de un esfuerzo de secularización (o paganización) por parte de personas con poder decisorio, sectores sociales y medios académicos cuyos líderes, como las dinastías, tienen siempre sus admiradores y continuadores.

Ha sido un afán y una corriente de secularización (o paganización) que, lentamente y en sucesivas generaciones, ha condicionado el comportamiento de personas, familias y sociedades. Pero, a la recíproca y en no menor medida, ha despertado en la Comunidad Cristiana afanes de profundización en una Realidad que, como tal, no puede ser condicionada por prejuicios y simplificaciones arbitrarias: consecuencia de ello y oportuna reacción a esos probados afanes de secularización (o paganización) se han despertado serias preocupaciones en los servidores y estudiosos de la Verdad por recristianizar las vivencias personales y las relaciones entre hombres y pueblos.

Hemos, pues, de reconocer que la Cultura no es unicéfala y que es grave y atrevida suposición el apuntar que son la forma de ser o las fuerzas ocultas de la materia el único poder determinante de la Historia. Tampoco lo son las probadas bajas pasiones de muchos hombres, por muy poderosos que éstos sean. Para defender esta postura de equilibrio se hace preciso bucear en la intencionalidad de cuantos juegan a trampear con la Realidad: está claro que “por sus obras les conoceréis”.

Puesto que entendemos que al hombre comprometido en hallarle sentido a su vida corresponde filtrar serena y personalmente toda oleada de mentalización proselitista que le haría esclavo del interesado juicio de otros, el tal hombre debe recordar la proclama magistral de Pablo de Tarso: “Habéis sido comprados a un alto precio, no seáis esclavos de los hombres”.

Bueno es sacar a colación todo ello al hablar de esa expresión de agonía del “Viejo Mundo” cual es la Revolución Francesa, fenómeno histórico que, con toda la fuerza de un MITO de primer orden, afecta a la sensibilidad y consiguiente comportamiento de gran número de personas.

Entre las raíces de la Revolución Francesa cabe situar las limitaciones del Erario Público abusivamente esquilmado por las fantasías, lujos y guerras que iniciara el Rey Sol y secundaran sus sucesores; fue una calamidad agigantada por la torpe administración del Regente y las nuevas fantasías, lujos y guerras de Luis XV, cuya corte se llevaba la tercera parte del presupuesto nacional mientras que el propio monarca presumía de libertino, de un etéreo sentido del deber y de contar con el entorno más viciado y abúlico de la época. El coto a tales desmanes correspondía a Luis XVI, un corpulento y obeso joven de veinte años, sin grandes luces ni otras pasiones que no fuera la caza.

El “pauvre homme” que diría María Antonieta, su mujer, se dejaba fácilmente impresionar por las tendencias intelectuales en boga. Tal le sucedió respecto a los fisiócratas.

La biblia de los fisiócratas era el llamado “Tableau économique” en que Francisco Quesnay propugnaba el pleno acuerdo entre “naturaleza pródiga y hombre bueno”.

El único valor renovable y, por lo mismo, producto neto es el derivado del cultivo del campo; la mayor garantía de progreso es la libre circulación de cereales y la libre iniciativa en siembras y previsiones; si los poderes del Estado se limitan a proteger esa libertad, el reino de la prosperidad se extenderá sobre todo el mundo... La clase “productiva” es la de los ganaderos y directos cultivadores de los campos; en la “clase propietaria” se incluye al rey, a los terratenientes y a los recaudadores; la “clase estéril” engloba a industriales y comerciantes...

Como telón de fondo de todo ello “ha de promoverse la total libertad de comercio puesto que la vigilancia de comercio interior y exterior más segura, más exacta y más provechosa a la nación y al estado es la plena libertad de competencia” (Quesnay)

Discípulo aventajado de Quesnay fue Turgot y a éste encargó Luis XVI el encauzamiento de las maltrechas finanzas. Pegado a sus principios y con más entusiasmo que realismo, Turgot logró, efectivamente traducir en “producto neto” los excedentes agrícolas..., conquista que se tradujo en catástrofe cuando sobrevino el previsible tiempo de malas cosechas...

Para paliar la subsiguiente miseria de los campesinos Turgot creó lo que Voltaire llamaría “lit de bienfaisance” y que, en cambio, haría exclamar al ingenuo rey: “el señor Turgot y yo somos los únicos que amamos al pueblo”. Esto lo decía en 1.776, poco antes de sustituirle por Nécker, ilustre banquero, prototipo del burgués bien situado, puritano y calvinista.

Menos teórico que su antecesor, Necker pretendió abolir abusivas exenciones fiscales a que se acogían los grandes terratenientes, algunos de los cuales tenían por feudos regiones enteras de Francia y, más que contribuyentes, eran grandes acreedores del estado.

Tambien Nécker fracasó en el empeño de encauzar la economía y fue sustituido por Colonne quien, en 1.786, se propuso “reformar lo vicioso en la constitución del reino, empezando por los cimientos (la nobleza) para evitar la ruina total del edificio del Estado”: ello implicaba impuestos para todos los posibles contribuyentes, desde el rey para abajo...

El Consejo de Notables puso el grito en el cielo lo que despertó la indignación de Colonne para quien “el objeto de la reunión no era aprobar o rechazar las leyes; sino discutir la forma de aplicarlas”. La pasividad del rey, en tan trascendental momento fue aprovechada por los Notables quienes apelaron a los llamados Estados Generales como único poder capaz de abolir lo que defendían como privilegios inamovibles. Y fueron convocados los Estados Generales, circunstancia que no se daba en Francia desde hacía casi dos siglos (1.614).

Corría mayo de 1.789 cuando se reunieron 300 representantes de la Nobleza, otros 300 del Clero y 600 del llamado Tercer Estado (burgueses y agricultores emancipados). Cuestiones de protocolo desencadenaron desacuerdos viscerales en la propia sesión inaugural. El discriminado Tercer Estado, de decepción en decepción, de resentimiento en resentimiento... se siente obligado a formar cámara aparte y lo logra el 22 de junio de 1.789 (el Juego de Pelota) en que se alza como Asamblea Nacional abierta a los representantes de los otros dos “estados” que habrán de plegarse a las exigencias de la mayoría.

Días más tarde, el propio rey reconoce como representación exclusiva de Francia a la Asamblea, que se erige en Constituyente y acomete una elemental reforma fiscal y, tambien y a la luz de ancestrales rivalidades, la tarea de eliminar las históricas desigualdades, más formales que reales entre los dos primeros y el Tercer Estado. En correspondencia, la Asamblea nombra a Luis XVI “Restaurador de la Libertad” y celebra el evento con un solemne Te Deum en Nôtre Dame.

La convulsión revolucionaria había comenzado el 14 de julio de1.789 con la toma la Bastilla, todo un símbolo de persecución política.

La disolución de la Asamblea Constituyente y subsiguiente inhabilitación de sus miembros para presentarse como candidatos a la llamada Asamblea Legislativa, alimentó el rencor de personajes como Dantón y Robespierre, en la ocasión impelidos a utilizar la Comuna de París como trampolín de sus ambiciones.

Una primera ocasión surgió para Dantón el 20 de junio de1.792, “fiesta del árbol de la libertad”, que se celebró en el propio jardín de las Tullerías, residencia del Rey. La provocación no surtió efecto: Luis XVI se caló un gorro frigio y departió campechanamente con los revoltosos.

Mes y medio más tarde, Dantón organizó una segunda “manifestación popular”, esta vez “animada” por los jacobinos más subversivos de París y Provincias, ambientada con el toque a rebato de las campanas de las iglesias y con la consigna de abatir al “Capeto”, quien se refugió en lo que creyó un lugar seguro, la Asamblea Nacional, mientras que los alborotadores invadían las Tullerías y degollaban a cuantos encontraban al paso. Los padres de la patria o diputados, por pura y simple cobardía, renunciaron a sus escaños luego de haber decretado la abolición de la Monarquía.

A la Asamblea sucedió la llamada Convención, entidad que para algún teorizante ha representado “una borrachera de método cartesiano y paso previo a la edificación de la sociedad predicada por Rousseau”.

De hecho, la cuestión fue más descorazonadora y elemental: habían logrado escaño por París personajes como los “marginados” Robespierre, Dantón, Marat, Saint-Just... quienes se apresuraron a presentar a Luis Capeto como el responsable de todas las miserias, hambres e injusticias de los últimos años: surtió efecto eso de que BASTA CRITICAR PARA TENER RAZÓN... Fueron muchos los ingenuos que siguieron a tan siniestros personajes y, vacíos como estaban de generosidad y planes concretos de reorganización, optaron por lo más fácil y espectacular: juzgar y condenar al rey, que fue guillotinado el 21 de enero de 1.793.

En paralelo a ríos de sangre y apropiaciones de envidiados privilegios (la guillotina segó miles de “nobles” cabezas, la de María Antonieta entre ellas), suceden los ajustes de cuentas que se llevan por delante a Marat, Dantón... y permiten a Robespierre erigirse en poder supremo.

El llamado “Incorruptible” es frío, ambicioso, puritano, sanguinario e hipócrita: como sucedáneo de la bobalicona diosa Razón impone el culto a un dios vengativo y abstracto al que llama Ser Supremo y de quien se autoproclama brazo armado. Es el reconocido como “Reino del Terror”, cuyo censo de muertes supera los 60.000.

El 28 de julio de 1.794 es guillotinado Robespierre y sus amigos de la Comuna de París. Es la época del llamado Terror Blanco que, dirigido por Saint Just y en cordial alianza con madame Guillotina, pretende liberar a Francia de radicales. En pura fiebre cartesiana, se reinstaura el culto a la diosa Razón y se inaugura la etapa imperial persiguiendo lo que el Rey Sol llamara “sus fronteras naturales” a costa de sus vecinos y con la hipócrita justificación de una “Cruzada por la Libertad”.

Fueron guerras de radical e incondicionado expolio con una figura principal, Napoleón Bonaparte, que animaba a sus soldados con arengas como ésta: “Soldados, estáis desnudos y mal alimentados! Voy a conduciros a las llanuras más fértiles del mundo. Provincias riquísimas y grandes ciudades caerán en vuestras manos. Allí encontrareis honor, gloria y riqueza”.

Nuevos ríos de sangre en torno a las fantasías de criminales pobres hombres cuya razón primordial fue y es, en todos los casos, el acceder a envidiados animalescos goces o privilegios y a quienes, tambien siempre, sorprende la ruina o la muerte.

A la vista de esta larga exposición, creemos harto simple calificar a la Revolución Francesa como la Gran Revolución Burguesa. Lo que, en principio, fue una simple expresión de la ambición o resentimiento de unos pocos pronto fue arrastrado por la corriente de lo imponderable. Es soberbia majadería aceptarlo como una “determinación de la Libertad, ansiosa por manifestarse”. Con toda su trascendencia histórica, no pasó de una hecho político en que jugó la capacidad maniobrera de unos pocos líderes de desatada ambición, la inhibición del responsable o responsables de turno, lo artificioso y etéreo de la ley, pero, sobre todo, la cobarde ausencia de generosidad y de laboriosa aplicación a resolver los problemas del día a día por cuantos estaban en situación de hacerlo.

Tales circunstancias se han dado y se seguirán dando en multitud de ocasiones históricas. Por ello es torpe ingenuidad creer que una revolución o baño de sangre, por sí mismo, engendre nada positivo: en el caso que nos ocupa, a los abusos siguieron torrentes de abusos, a la autoridad de los ineptos sucedió la autoridad de los criminales o de los, incluso, más ineptos, a ésta la anarquía en que priva la falta de escrúpulos, a ésta la dictadura con nuevas guerras e infinitos atropellos...

El 18 de julio de 1.815, a la caida de Napoleón, otra vez vuelta a empezar... ahora ya en paralelo con un factor infinitamente más influyente que la revolución francesa: el radical cambio en los modos de producción que ha triado la lenta marcha del progreso técnico, ese precioso cauce que ha de facilitar la multiplicación y conservación de los bienes naturales lo que, en definitiva, es una paso más hacia la amorización de la Tierra, principal obligación de cuantos aspiran a la conquista de nuevos escalones del ser.

10. FRACASADO INVENTO DE "NUEVOS VALORES"

A caballo de la corriente de despersonalización que propiciaron las revoluciones de los siglos XIX y XX, asistimos a una sistemática ridiculización de los valores que la libre reflexión considera en radical sintonía con la Realidad y que, con toda evidencia, han acompañado a las más productivas y generosas acciones humanas.

Ello significa un gratuito enfrentamiento con la genuina realidad del HOMBRE, ser que, para avanzar hacia su plenitud, necesita la forja en el trabajo solidario y en la sublimación de sus instintos, tarea imposible sin el aliño de una fe en el sentido trascendente de la propia vida. No es una fe prendida en el vacío: su primera referencia está en la propia Naturaleza Humana, su demostración experimental es presentada por la Historia (resulta infinito el rosario de fracasos de cuantos hombres y sociedades han pretendido edificar algo consistente desde cualquier especie de idealismo irracional), su más contundente aval viene del claro testimonio del propio Hijo de Dios.

La ridiculización de lo que llamamos “sagrados y perennes valores” (la libertad, el trabajo solidario, la generosidad, la conciencia de las propias limitaciones...) se da de bruces con la necesidad de la proyección social de las facultades personales. Mal se puede hacer sin sentido del sacrificio y del carácter positivo de todas y de cada una de las otras vidas humanas.

Obviamente, de la complementariedad entre unas y otras actividades y vocaciones, sin freno irracional para su posible desarrollo, se alimenta un Progreso, cuya meta habrá de ser la consecuente conquista de la Tierra.

Son muchos los que contrapesan a los valores constructivos algo que podríamos identificar con la añoranza de la selva. El simple animal aun no ha captado el sentido trascendente ni de la generosidad ni del sacrificio consciente y voluntario en razón del propio progreso... ¿Por qué envidiar su posición, que tal parece significar esa tan cantada añoranza de la selva?

Pero, según parece, la estudiada deshumanización (o animalización) de la vida personal, familiar y comunitaria favorece el adocenamiento general con la consiguiente oportunidad para los avispados comerciantes de voluntades: si yo te convenzo de que es progreso DECIR NO a viejos valores como la libertad responsable o el amor a la vida de los indefensos, el dejarte esclavizar por el pequeño o monstruoso bruto que llevas dentro... si elimino de tu conciencia cualquier idea de trascendencia espiritual... tu capacidad de juicio no irá más allá de lo breve e inmediato; insistiré en que las posibles decepciones no son más que ocasionales baches que jalonan el camino hacia esa abotergante y placentera utopía en que todo está permitido. Para que me consideres un genio y me aceptes como guía, necesito embotar tu razón con inquietudes de simple animal.

Pertinaz propósito de algunas aplaudidas democracias europeas es romper no pocas de las viejas ataduras morales. Para cubrir el hueco acuden a monstruosas falacias que “justifiquen” bárbaros comportamientos. Ideólogos no faltan que “mezclan churras con merinas” y confunden al Progreso con cínicas formas de matar a los que aun no han visto la luz (el aborto) o “ya la han visto demasiado” (la eutanasia o “legal” forma de eliminar a enfermos deshauciados y ancianos).

Otra “expresión” de Progreso quiere verse en la ridiculización de la familia estable, del pudor o del sentido trascendente del sexo. Se configura así un nuevo catálogo de “valores” del que puede desprenderse como heroicidad adorar lo intrascendente, incurrir en cualquier exceso animal o saltarse todas las barreras naturales.

Obviamente, la razón se resiste a convalidar tales inhumanas simplificaciones; es cuando los pretendidos ideólogos, con mal disimulada hipocresía, acuden en defensa de lo antinatural esgrimiendo pretendidos derechos de tal o cual parte. Tal hipócrita actitud está en los antípodas del ejercicio de una Libertad Responsable y por lo mismo resulta seguro enemigo de un Progreso a la medida del Hombre.

Insistiendo sobre lo que, en esa línea de aberraciones, resulta más inhumano, habremos de proclamar como sagrado el derecho a la Vida de todo ser humano, incluso no nacido.

Al terrible pisotón que se infringe al primer derecho de todo ser concebido dentro de la familia humana se añade un evidente atentado al Bien Común puesto que todos y cada uno de nosotros, por el simple hecho de disponer de razón y de irrepetibles virtualidades, representamos un positivo eslabón para el Progreso.

No hay, pues, ninguna razón para castrar las posibilidades de expansión de la Humanidad, cuyo desarrollo ha encontrado siempre positivo eco en la respuesta de tal o cual virtualidad de nuestro Planeta; solamente el torpe acaparamiento, la inhibición o la mala voluntad de los poderosos (vicios que se alimentan del desprecio a las más elementales gritos de la propia conciencia) es responsable de la destrucción o mal uso de los bienes que la naturaleza brinda a todos los hombres y, también, de la pervivencia de tantas calamidades y de tantas miserias que acosan a nuestra humana sensibilidad.

Sabemos ya que es mentira aquello que predicó Malthus de la progresión aritmética de los recursos naturales en paralelo con la progresión geométrica del incremento de la Población. Sabemos que la Tierra nos reserva aun muy sorprendentes pruebas de su prodigalidad, que una certera aplicación de las herramientas que facilitan el progreso técnico sitúa tal prodigalidad a la medida de las necesidades de toda la Humanidad... ¿En dónde, pues, radica el problema? En un pagano, torpe y estéril entendimiento del propio bien.

Ante una breve consideración sobre los condicionantes del progreso económico ininterrumpido, vemos ya como seria amenaza para la supervivencia de las economías más desarrolladas tanto la apática inhibición personal (visceral zanganería) que nace de la ridiculización de los valores que la historia y la experiencia de múltiples auténticos héroes ha mostrado como más positivos, como de la ignorancia de tantas posibilidades de expansión universal para las propias capacidades: ello implica justas contrapartidas que consolidarían nuestra actual posición a la par que una forma de cubrir tantas y tantas carencias de otros hombres.

En los planes de expansión de las economías nacionales debe figurar como prioridad esencial el no contravenir algo que puede entrar en el llamado equilibrio ecológico de que da sobradas pruebas la Naturaleza: según ello es discutible esa teoría tan enraizada en la sociedad de bienestar: se dice que ésta resulta seriamente amenazada sino se ponen cotos artificiales a la expansión de la Natalidad o que pone en conflicto el disfrute de la vida con el número de hijos lo que, evidentemente, se da de bruces con una elemental apreciación de nuestro entorno y, en el mejor de los casos, resulta una solemne majadería.

Habría una razón para el voluntario estrangulamiento de la futura proyección de la pareja (noble y natural consecuencia del amor) si ello facilitara una más placentera vida... ¿Quien puede afirmarlo desde la estricta racionalidad? ¿Por qué, entonces, desde las esferas del Poder, se desarrolla la cultura de la “ideal esterilidad del amor”? ¿Por qué, lo que es aun más grave, se facilita la degradación de las madres invitándolas a la pura y simple eliminación del fruto de sus entrañas? ¿Que esto nada tiene que ver con la Política? Por supuesto que sí.

La cabal actitud de un gobernante depende de su escala de valores. Existen valores, repetimos, que la Realidad muestra como imprescindibles al auténtico Progreso y que constituyen un todo compacto de forma que la falta o adulteración de uno de ellos resiente la viabilidad del conjunto.

El desprecio a un derecho elemental facilita el camino al desprecio del resto de los derechos...

Si ya el día a día brinda múltiples ocasiones para la ruptura del compromiso con los dictados de la propia conciencia... Ayúdame, señor gobernante, a recorrer más airosamente el camino que me corresponde. No enturbie usted con su verborrea las luces que alimentan mi libertad.

Tercera Parte

Artificial e inestable pirámide social.

1. LOS CRISTIANOS Y LA PROPIEDAD PRIVADA

Meollo de la actividad económica, es el llamado DERECHO DE PROPIEDAD. De tal pretendido derecho ya encontramos los españoles una definición “jurídica” en las célebres Partidas del rey Alfonso X el Sabio: es el “poder que home ha en su cosa de face della e en ella lo que quisiere segund Dios e segund fuero”.

Si ahí se ve una clara referencia a la moral natural o ley de Dios, no así en el código inspirador de toda la jurisprudencia actual; se trata del Código Napoleón cuyo artículo 544 dictamina: “La propiedad es el derecho de gozar y de disponer de las cosas de la manera más absoluta dentro de los límites que marquen las leyes o reglamentos”. Algo así ya se decía en el viejo Código Romano que ve en la Propiedad el “ius utendi atque abutendi re sua quatenus iuris ratio patitur” (es el derecho de usar y de abusar de lo propio hasta el límite de la Ley).

Sin el claro matiz recordado oportunamente por el Rey Sabio y dadas las abundantes situaciones no previstas por la Ley, es evidente que el Derecho de Propiedad ha resultado y resulta un autorizado sistema de acaparamiento.

Ello debe preocupar a cuantos creen en la necesidad de que cada hombre disponga de lo necesario para cumplir el fin que le es propio: desarrollar sus facultades personales en Libertad, Trabajo y Generosidad. En esa línea se han movido los promotores de la enseñanza cristiana: “Si la Naturaleza ha creado el derecho a la propiedad común, es la violencia la que ha creado el derecho a la propiedad privada”. Tal enseñaba San Ambrosio, Arzobispo de Milán. Siguiendo esa línea, dice San Agustín:

“Los propietarios deben tener en cuenta que han sido la iniquidad humana, sucesivos atropellos y miserias... lo que ha privado a los pobres de los bienes que Dios ha concedido a todos. En consecuencia, se han de convertir en proveedores de los menos favorecidos”.

Estos llamados Padres de la Iglesia, promotores de la enseñanza cristiana, encontraron ilustrativas referencias al tema en el Libro Sagrado, cuyas son las siguientes categóricas precisiones:

“Yavé vendrá a juicio contra los ancianos y los jefes de su pueblo porque habéis devorado la viña y los despojos del pobre llenan vuestras casas. Porque habéis aplastado a mi Pueblo y habéis machacado el rostro de los pobres, dice el Señor” (Is.3,14)

“¡Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan campos y campos hasta acabar el término, siendo los únicos propietarios en medio de la tierra!” (Is.5,8)

“Ved como se tienden en marfileños divanes e, indolentes, se tumban en sus lechos. Comen corderos escogidos del rebaño y terneros criados en el establo... Gustan del vino generoso, se ungen con óleo fino y no sienten preocupación alguna por la ruina de José” (Am.6,4)

“Codician heredades y las roban, casas y se apoderan de ellas. Y violan el derecho del dueño y el de la casa, el del amo y el de la heredad” (Miq.2,2)

Es el propio Jesucristo quien ilustra el tema con la siguiente parábola:

“Había un hombre rico, cuyas tierras le dieron una gran cosecha. Comenzó él a pensar dentro de sí diciendo: ¿Qué haré pues no tengo en donde encerrar mis cosechas? Ya sé lo que voy a hacer: demoleré mis graneros y los haré más grandes, almacenaré en ellos todo mi grano y mis bienes y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes alamacenados para muchos años: descansa, come, bebe, regálate... Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te pedirán el alma y todo lo que has acaparado ¿para quien será? Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc. 12,16)

De algunos de los ricos de su época, Jesucristo arrancó el siguiente compromiso: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres. Y, si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc. 19,8) A sí se expresó Zaqueo y demostró cómo una privilegiada situación económica puede traducirse en bendición social.

La función social del derecho de propiedad era una de las principales preocupaciones de San Pablo, quien recomendaba a sus discípulos:

“A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios quien, abundantemente, nos provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos en buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para el futuro con que alcanzar la verdadera vida” (I Tim.6,14)

El rico de este mundo no siempre tiene relación con el nivel de su fortuna: recordemos que no son pocos los pobres obsesionados por vivir del trabajo ajeno y, envidiosos hasta el paroxismo, aspiran a “explotar a quienes les explotan”. Estos y aquellos otros, que “nada en la abundancia” dan argumentos al apóstol Santiago para fulminar:

“Vosotros, ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan. Vuestra riqueza está podrida. Vuestros vestidos consumidos por la polilla, vuestro oro y vuestra plata comidos por el orín. Y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestra carne como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. El jornal de los obreros, defraudados por vosotros, clama y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres: os habéis cebado para el día de la matanza” (Sn.5,6)

Sucede que lo que yo considero mío, incluso cuando sobre ello me reconozca la ley el derecho exclusivo al uso y al abuso, no es más que una condición para la realización personal, vocación truncada si al mundo que me rodea le pongo el límite de mi propio ombligo.

Pero hemos hablado de Trabajo y de Libertad. Para que, en libertad, el Trabajo alcance un buen grado de fecundidad necesita suficiente motivación. Claro que tenemos al Amor como la más noble y la más fuerte de las posibles motivaciones; pero si el Amor como fuerza creadora y de proyección social nace de la voluntaria entrega al servicio de los demás, hemos de reconocer que no es una facultad suficientemente generalizada.

Para que la Libertad y el Trabajo sean continuos factores de desarrollo económico y social (es inconcebible el último sin el primero) debe ofrecerse a los actores un amplio abanico de motivaciones. Y sin duda que no es la menos efectiva de las motivaciones ésta que late en el derecho de propiedad. Así es y así ha de ser reconocido por imperativo de la Realidad.

La estabilidad y desarrollo de la economía, en gran medida, se apoya en el afán y preocupación de los hombres de industria y de negocio por alcanzar esas cotas de poder social que da el uso y disfrute de determinados bienes o posiciones. Tambien se apoya en la solidez jurídica de los logros personales, desde donde, a la par que desarrollar determinados caprichos, es posible abrir nuevos cauces a la explotación de recursos naturales y subsiguiente creación de empresas, sin lo cual es impensable la organización y consolidación de la vida económica.

Es deseable que la energía que dimana de la Libertad Responsabilizante esté presente en los actos y pensamientos de todos los hombres y mujeres; el camino está iniciado desde hace más de dos mil años, pero (reconozcámoslo sin paliativos) progresa con agobiante lentitud y con muy frecuentes desniveles. Mientras la pertinente convicción se abre camino en las conciencias, bueno será prestar la consideración que les corresponde a menos nobles motivaciones, entre las cuales ¿quién lo duda? el ansia de poseer o apasionado cultivo del derecho de propiedad tiene su sitio en el orden social; ojalá que tales motivaciones no rompan el marco de las respectivas conciencias, aunque, en tales casos, es la Ley con su aparato fiscal la que debe procurar que todo se ajuste al cauce del Bien Común.

De ahí se deduce que, si el Trabajo y la Libertad, se muestran como imprescindibles condicionamientos del desarrollo económico y es el espíritu generoso (o Amor) la mejor vía para que los “regalos de la fortuna” no se conviertan en la principal trabazón del desarrollo personal (“alcanzar la verdadera Vida”, según está escrito y testimoniado) resultan socialmente aprovechables otras pasiones humanas que no deriven en puro e indiscriminado atropello.

Caben ahí las puntualizaciones de Santo Tomás de Aquino:

“Si se le concede al hombre el privilegio de usar de los bienes que posee, se le señala que no debe guardarlos exclusivamente para sí: se considerará un administrador con la voluntad de poner el producto de sus bienes al servicio de los demás... porque nada de cuanto corresponde al derecho humano debe contradecir al derecho natural o divino; según el orden natural, las realidades inferiores están subordinadas al hombre a fin de que éste las utilice para cubrir sus necesidades. En consecuencia, parte de los bienes que algunos poseen con exceso deben llegar a los que carecen de ellos y sobre los que detentan un derecho natural”.

Hay en esta acepción del derecho de Propiedad profundo conocimiento de la naturaleza humana y de los precisos resortes en que se apoya la voluntad de acción al tiempo que una preocupación por la universalización de los bienes naturales, cuyo descubrimiento y optimización, lo sabemos muy bien, depende, en gran medida, de la acción manual y reflexiva del hombre. Por ello, se ha de tomar como rigurosamente realista.

No tan realista es la pretendida colectivización irracional que, defendida apasionadamente por los utopistas de estos dos últimos siglos, suponía a un hombre cómodo y “socialmente productivo” desde la total irrelevancia dentro de la masa. Lo aventurado de tal suposición viene avalado por la más reciente historia: sin libertad, la generosidad es sustituida por la apatía y el trabajo se convierte en una carga sin sentido. De una forma u otra, el hombre, para resultar como tal, ha de aspirar a manifestarse como persona, es decir, como ser perfectamente diferenciado de sus congéneres: cuando no lo sea por su derroche de generosidad, pretenderá serlo desde el libre ascenso hasta algo que su entorno celebre.

Tampoco es realista el descorazonador sueño calvinista de que el poder y la riqueza son muestra de predestinación divina o que el derecho a usar y abusar de las cosas es una imposición de la moral natural, mensaje subliminal que parece latir en el meollo de la llamada Economía Clásica, alguno de cuyos teorizantes se han atrevido a presentarse como voceros de la voluntad de Dios: “Digitus Dei est hic”, escribió Bastiat al principio de sus “Armonías Económicas”, libro presentado como pauta de una cruzada hacia la verdad y la justicia por el camino de la propiedad sin freno social alguno puesto que “el interés exclusivamente personal de los privilegiados es el instrumento de una Providencia infinitamente previsora y sabia”.

El propio Adam Smith gustaba ser considerado como moralista: defendía el acaparamiento sin medida como un camino hacia un mundo en que habría abundancia para todos; los insultantes atropellos son presentados como lógica consecuencia de la marcha hacia el progreso y no como obra de la mala voluntad o crasa falta de preocupación por los derechos del Otro.

Pero sí que es realista asumir la circunstancia con ánimo de humanizarla. Hubo en el pasado artífices de progreso cuya obra fue hija de un "razonable" egoísmo: abundan los empresarios que dan trabajo sin la mínima preocupación por cuantos rezan en su nómina... En la historia de la tecnología, han surgido descubrimientos geniales, fruto exclusivo de la vanidad de su autor...

Entre los obreros del progreso, hemos de reconocerlo, son pocos, poquísimos, los que cultivan el trabajo enamorado y muchos, muchísimos, que cumplen una función social (desarrollan un trabajo trascendente) desde la sed de fama, poder o dinero, en suma, desde el crudo egocentrismo. Para éstos como para los más generosos, una realista visión del Progreso pide Libertad, por supuesto que dentro de un Ley preocupada por zanjar ancestrales discriminaciones.

Al margen de la generosa e incondicionada preocupación por el prójimo (eso que estamos llamando Amor) el entorno social brinda otras motivaciones a la participación en el Progreso: una de las más fuertes es la aspiración tanto a disponer caprichosamente del resultado del propio esfuerzo como a dejar constancia de ello. Por eso resulta socialmente positiva la institucionalización del derecho de propiedad sobre las cosas que va más allá del simple uso y facilita la libre disposición de ellas en operaciones de compra, venta, donación, herencia... etc. Y habremos de dar la razón a Comte para quien

“la propiedad privada debe ser considerada una indispensable función social destinada a formar y administrar los capitales que permiten a cada generación preparar los trabajos de la siguiente”.

Tomados así, los títulos de propiedad y el dinero son positivas herramienta de trabajo. Desde la óptica cristiana, el derecho de propiedad implica la administración sobre las cosas de forma que éstas puedan beneficiar al mayor número posible de personas. Ello obliga al “propietario” a ser riguroso en el tratamiento de los modos y medios de producción, a desarrollar la libertad y el amor al trabajo, a valorarse y a valorar en la justa medida a todos sus compañeros de empresa, a procurar que ésta se ajuste a la línea de progreso que permiten las técnicas y sus medios económicos y, por lo mismo, alcance la mayor proyección social posible: el llamado propietario puede y debe estar gallardamente en ese mundo sin ser de ese mundo.

Como conclusión recordamos que, para los cristianos, el derecho de propiedad no es, propiamente, un derecho natural pero sí una especie de imposición de las realidades que facilitan el equilibrio y el progreso social: es para ellos un derecho ocasional o, si se prefiere, un privilegio consagrado por la Ley. Privilegio que, como apuntaba Bardiaef, puede enriquecerle espiritualmente si le empuja a procurar el bien material de los otros hombres.

2. PUJANTE DESPERTAR DEL “GENIO” COMERCIAL

Entre los siglos X y XIII, la sociedad europea medieval es testigo de la revitalización del afán de lucro, principio inspirador del comercio clásico. Llamamos comercio clásico al que, sin duda, ya existió en los primeros grandes núcleos urbanos (Babilonia, Nínive, Tiro, Sidón, Alejandría...) que implicaba una cierta institucionalización del beneficio en la actividad económica.

De aquellas sociedades existen evidencias de una elemental libertad de iniciativa, profesionalización, oficialización de las unidades de valor, cargas fiscales... Se han encontrado monedas en yacimientos arqueológicos con más de treinta siglos de antigüedad; pero, desde mucho antes y tal como se observa en las sociedades más primitivas, ya existían convencionales valores de cambio o trueque (cabezas de ganado, medidas de cereales, piedras o conchas raras, minerales, sal...).

Se sabe que asirios y fenicios empleaban documentos similares a los actuales pagarés o letras de cambio; que los templos griegos tenían el carácter adicional de depósitos de valores; que los romanos, a medida que impusieron su hegemonía a una buena parte del mundo antiguo, establecieron un sistema bancario muy similar al de los tiempos modernos...

Ese, llamémosle comercio clásico, fue herido de muerte en Europa a raíz de los radicales cambios sociales producidos por las invasiones bárbaras. Tras la “feudalización” de territorios y el forzado repliegue sobre sí mismas, las sociedades hubieron de atenerse a la explotación y distribución de sus propios recursos según la pauta que marcaba una muy continuista jerarquía social.

Era aquella una economía fundamentalmente agraria que se apoyaba en la “necesidad de compensación” entre lo que falta o sobra a cada familia, clan o grupo social en un clima de mutuo entendimiento más o menos forzado por un lado u otro y a merced de los avatares históricos e imprevistos fenómenos naturales.

Cobra allí cierto arraigo una doctrina que se llamó de la “justicia conmutativa” que decía apoyarse en la obligación de dar el equivalente exacto de lo que se recibe (lo que, obviamente, requería una previa y difícil evaluación de uno y otro bien). En tal situación se comprende la fuerza que había de tener la doctrina católica como “único experimentado criterio de referencia”. Gracias a ello, cobraban consideración social conceptos como “justo precio”, “justo salario”, “protección”, “vasallaje”, “trabajo”, “compensación”...

La continua predicación y la generosidad como ocasional respuesta, moneda no muy abundante, eran los principales factores de equilibrio. Por eso, en los frecuentes periodos de extrema escasez, los pobres se hacían más pobres mientras que los poderosos podían impunemente ejercer el acaparamiento y, por lo mismo, hacerse aun más ricos.

Moralistas había que preconizaban como primer valor el equilibrio social lo que, obviamente y con harta frecuencia, era utilizado por los situados en los resortes del poder como medio de consagrar privilegios. En situaciones como la feudal, en que las mutuas dependencias están rígidamente reglamentadas, la libertad de iniciativa no puede discurrir más que por caminos de magnanimidad, devoción, amor al trabajo..., virtudes, por desgracia, harto escasas.

Aunque decían bien los maestros de entonces que condicionaban la “realización personal” al ejercicio de la responsabilidad social (“la libertad de un hombre se mide por su grado de participación en el bien común”, dejó escrito Santo Tomás de Aquino), había de ser ésta una responsabilidad social en todas las direcciones y a partir de la superación de multitud de egoísmos. Por el contrario, era una responsabilidad social canalizada por los poderosos de abajo arriba, con soporte principal en la sumisión. Lógicamente, ello neutralizaba el potencial personal de los súbditos a la par que hacía imposible otra libertad de iniciativa que no fuese la de los privilegiados.

El nunca muerto afán de lucro, que, no nos engañemos y ante la escasa positiva solidaridad entre los hombres, resulta respetable como “revulsivo social”, se expresaba en un comercio semi-clandestino y ramplón, de vecino a vecino, sin apreciable proyección exterior y siempre traumatizado por la inseguridad ambiental.

En tales circunstancias era lógico que las mentes más despiertas o rebeldes, en función de la llamada de las respectivas conciencias, se dedicaran a la doctrina o a la guerra: no había grandes oportunidades para buscar el realce personal en el industrioso tratamiento de los problemas de abundancia y escasez.

Para la reactualización del comercio clásico era preciso, a la par que una mayor liberalización de actitudes, una real “destraumatización” de la vida de cada día. En la sociedad feudal europea tal empezó a ser posible en la segunda mitad del siglo X: Ya los sarracenos habían sido empujados hacia más acá del Ebro, los normandos se habían estabilizado en el noroeste de Francia, los húngaros, ya medianamente civilizados, habían dejado de hostigar la frontera oriental del Imperio...: gracias a tales substanciales cambios, se vivía una especie de tímida “pax europea” tutelada por los otónidas, en la ocasión titulares del Imperio.

Ya es posible romper el estricto marco de un feudo y recorrer considerables distancias sin tropezar con el invasor de turno o con hordas de criminales. Es cuando aparece en Europa Central un tipo de hombre que, en principio, despierta la conmiseración pública: en contraposición a la segura comodidad que ofrece la rutina diaria, este trotamundos, cargado como una tortuga, está obligado a circular de un dominio a otro, sorteando dificultades de entendimiento, sufriendo al raso las inclemencias del tiempo, los eventuales asaltos en los caminos, las arbitrariedades de los poderosos... las ingratitudes de todos.

Pero, pronto, ese trotamundos (buhonero, se diría hoy), que es el primitivo mercader medieval, sabe hacer imprescindibles sus servicios y, en contrapartida, exige mayor libertad y seguridad en sus desplazamientos, construir en lugares convenientes a su negocio reductos fortificados (“burgos”) expeditivos medios legales para resolver los posibles litigios resultantes de sus operaciones, acceso a la administración pública...

Fueron principales centros comerciales de la Europa medieval las ciudades flamencas que bordeaban los grandes ríos seguidas por Venecia, Milán, Pisa o Génova en Italia; Marsella, Nantes, Orleans o París en Francia; Barcelona en España...

Este tal comercio no era propiamente capitalista: seguía aun privando oficialmente la consigna escolástica de que “las restricciones impuestas a la libertad de cada uno constituyan la garantía de la independencia económica de todos”. Si se permitían discretas plus-valías, “se perseguía implacablemente el fraude, se protegía al trabajador reglamentando su trabajo y su salario, velando por su higiene y seguridad, facilitando su especialización y persiguiendo la explotación de la mujer y del niño” (Pirenne).

Parece evidente que, en aquel entonces, el pragmatismo de los mentores de la legalidad (eclesiásticos, en su mayoría), iba orientado a “proyectar socialmente” las iniciativas personales que despierta el afán de lucro.

La historiadora francesa Regine Pernoud ve en tal época “el esfuerzo de adaptación más notable y mejor coronado por el éxito de que la Historia puede darnos ejemplo”.

Por nuestra parte, nos gusta creer que, en un ambiente de renacida libertad y con la mira puesta en los dictados del afán de superación personal, aquello fue un positivo ejercicio de responsabilidad social por parte de unos profesionales que supieron domesticar al afán de lucro con la doble consecuencia de optimizar sus específicas facultades y aportar nuevos canales para el Progreso Social.

Sucedió ello no sin alterar la mundana escala valores cultivada por la sociedad feudal: privilegios de sangre, de armas o de educación (estos últimos casi exclusivamente ligados al estamento religioso), protección o avasallamiento hacia los de abajo, a quienes se pide pacientísima resignación, religiosidad y moral rigurosamente tradicionales, inamovibles esquemas culturales, prevención contra lo novedoso, etc., etc... Tal alteración tomó forma en diversos fenómenos históricos, de entre los cuales el más destacado es el llamado Humanismo Renacentista, calificado por Maritain de “humanismo antropocéntrico”, en cuanto, a diferencia del humanismo que ve en Dios al principio y fin de todas las cosas, presenta al hombre como muy capaz de alcanzar por sí mismo la cima de la propia realización.

Es así como el tal Humanismo presenta lo universal centrado en el Hombre al que considera “microcosmos o quinta esencia del Universo”. Es éste un hombre que, progresivamente desligado de las trabas dogmáticas, con prisa y ostensible frivolidad, convierte sus viejas fidelidades en simples figuras retóricas.

El Humanismo, en su acepción clásica, fue más una “aspiración estética” que una genuina corriente de renovación ideológica: cultivaba apasionadamente el supuesto de que el hombre se hace tanto más libre y más fuerte cuanto más se abre al saber decir, al saber estar, al saber apreciar.

Al humanista clásico le interesa menos lo que dice que la forma de decirlo: remedando a Platón (Fedro), podría decirse de ellos que sus grandilocuentes discursos sobre lo grande y lo bello no pasan de “bellos laberintos vacíos de todo concepto claro y de toda intención ética”. Para muchos de ellos vale cualquier idea siempre que sea presentada en el marco de un impecable estilo.

Personaje representativo de la época es Pico de la Mirandola (muerto en 1.494 a los 31 años). Educado en la nueva “Academia” de Florencia, se revela pronto como un prodigio de erudición con asombrosa capacidad para entretejer las teorías más encontradas, expresadas en un musical lenguaje muy al gusto de la época. En 900 tesis presentó su idea del “hombre infinito” al que otorga la capacidad de renovarse volviendo eternamente atrás hacia un supuesto crisol que se produciría la síntesis de lo más bello legado por el espíritu griego y las religiones cristiana y judía. Claramente inclinado por lo más vacío de contenido moral, resalta al tipo griego como a la más elocuente expresión de lo humano; apenas disimula su intención de introducir en el martirologio romano a los dioses y héroes de la antigüedad.

La fiebre de esteticismo se contagió a los intelectuales más influyentes en las repúblicas italianas de la época: Ficino, Besarión, Lorenzo Valla, Rodolfo Agrícola... son ejemplos del llamado humanismo renacentista. Todos ellos conceden a la religión respeto pero, también, ostensible nivel de inferioridad respecto al arte o la retórica; se apasionan por “la belleza que entra por los ojos y por los oídos” al tiempo que consideran poco menos que “letra muerta” una expresa referencia a los “viejos” principios morales.

En torno al mito “hombre nuevo” lo aparente achica a lo real: si era bueno romper con un orden nacido de la “jerarquía de sangre” y archivar anquilosados valores de una sociedad cerrada sobre sí misma y, por ello, sometida a la rutina y a los caprichos de una indiscutida autoridad... debió y pudo hacerse en una rigurosa línea de respeto a la Realidad cuyo centro de referencia, lo sabemos bien, es la personal aportación que corresponde a cada hombre en la tarea común de amorizar la tierra.

No resultó así: la historia nos muestra cómo los afanes de los personajes más celebrados eran regidos por simple afán de ser aplaudido o de responder a los requerimientos del propio vientre.

De ahí el que encajen diversas expresiones de materialismo en una buena parte del humanismo renacentista; de ahí el que, frecuentemente, se confunda al humanismo con el halago a la tiranía de príncipes y condotiero, con un artificial retorno al “clasicismo” abúlico y egoísta...

Hecha tal matización, hemos de reconocer que, en los siglos XV y XVI, vive Europa una fresca reapertura a lo bello y a lo sublime según el impulso de no desdeñar lo más valioso del Mundo y desde la óptica de abrir nuevos caminos a la libertad... Ello es evidente aunque sus propios protagonistas no pretendieran más que servir a sus fines particulares.

Sin la corriente humanista no es fácil imaginarse los subsiguientes descubrimientos científicos, nuevas herramientas de que podrá disponer el hombre deseoso de justificar su existencia en eso que podemos llamar AMORIZAR LA TIERRA.

De todas las repúblicas italianas es Florencia el principal foco de la corriente humanista. Era Florencia una “patriarcal” oligarquía que se presentaba como heredera de la antigua Roma, ahora moderna, próspera y pletórica de ciudadanos libres y felices según un mismo espíritu, el espíritu de la burguesía o de una bien sincronizada y epicúrea forma de vivir. Así lo entienden sus próceres y los profesionales del halago: como ejemplo podemos sacar a colación a un tal Coluccio Salutati, un apologista de la tiranía que presume de no perdonar a Cicerón sus “veleidades populistas”.

La etapa más celebrada de la historia de Florencia estará representada por los Médicis, clásico ejemplo de éxito burgués, “príncipes mercaderes” con fortuna suficiente para permitirse todos los caprichos personales, entre los cuales colocaron el mecenazgo o promoción de las artes en torno a su “Academia”.

En la “Academia” había de todo: desde un rebuscado y torpe snobismo en que cualquier espontáneo, en pésimo latín, podía presentar a Cicerón como maestro de Aristóteles (nacido cuatro siglos antes) como soberbios artistas tal que Donatello, Alberti, Piero de la Francesca...

La corriente florentina se hizo enseguida italiana (los papas de la época ayudarían decisivamente a ello) y, muy pronto, invadió triunfalmente Europa, cuyas oligarquías se dejaron prendar por “las artes y las ciencias no oídas y nunca vistas”.

En paralelo y, como teoría política progresista, se desarrolla la devoción al rico y poderoso, se paganizan las costumbres y se acentúa la explotación de los más débiles, que han de soportar los afanes de gloria de los mejor situados, cuyo más encendido amor es el de mantener su posición.

Entre vanidades y devociones por el propio ombligo hubo también leales preocupaciones por hallar nuevas vías hacia lo que no muere: Una parte de los más ilustres de la época han trascendido a su tiempo: su obra ha hecho historia y representa tanto un testimonio de la capacidad humana como positiva aportación al progreso en todos los órdenes.

La ruptura de viejas barreras a la libre investigación y preocupación por acercarse al meollo de la realidad material abrió el camino a la actual poderosísima Técnica. Ello resulta evidente ante la simple consideración de las etapas que fue cubriendo el desarrollo de la Ciencia, del acortamiento de las distancias, de espectaculares descubrimientos de nuevos mundos, de una embrionaria racionalización de la economía.... puntos básicos de un progreso social en cuya consecución estamos comprometidos.

Muchas de las grandezas y miserias de nuestra época tienen su precedente en el llamado Quattrocento, que pretendió situar al Hombre como medida de todas las cosas y exclusivo eje espiritual del Universo, pero que, también, puso de relieve la fuerza de la libre iniciativa personal.

Ya en este punto y aunque echemos en falta abundantes ejemplos de generosidad (Trabajo Solidario), habremos de reconocer como más positiva la ambición responsabilizante (fuerza destacada del Humanismo Renacentista) que la crasa inhibición respecto a las exigencias del entorno social y de la Historia.

3. EL CORPORATIVISMO BURGUÉS

En una "larga marcha" de más de cuatro siglos, el comercio ínter feudal fue ampliando horizontes hasta hacerse mundial desde las organizadas caravanas que cruzaban Europa de Norte a Sur y de Este a Oeste y barcos a remo o a vela, que seguían el curso de los ríos o abrían nuevas rutas marítimas, en muchos casos coincidentes con expediciones de guerra hasta las expeciciones hacia hacia esa lejana China, que Colón quiso encontrar navegando hacia el Oeste.

La organización y equipamiento de caravanas, el fletaje de barcos, la creación y mantenimiento de centros de aprovisionamiento y distribución... requería más amplios recursos que los del mercader itinerante particular. Surge la necesidad de operaciones de crédito a que se aplican los primeros “banqueros”, judíos en principio; florentinos, lombardos, venecianos o flamencos más tarde...

No hay crédito sin interés. Por eso y a tenor de los nuevos requerimientos sociales, la Iglesia revisó un viejo criterio suyo que podía apoyarse en la lógica de la “economía de circuito cerrado” en que es imperativo moral el no capitalizar la miseria ajena pero que ya le venía estrecho a la nueva situación de amplios horizontes comerciales: el tal viejo criterio consistía en identificar a la usura con el interés.

Ya admite la Doctrina la posibilidad de una garantía de continuidad para el dinero prestado de forma que se asegure el concurso de los capitales necesarios al mantenimiento de las empresas comerciales, cuya conveniencia social queda patente en cuanto favorecen la agilidad y oportunidad en la distribución de los bienes materiales.

Claro que, con harta frecuencia, faltó disciplina en la previsión de forma que no pocos “moralistas” iban a remolque de los acontecimientos. De ahí el que, en múltiples casos, la interesada iniciativa de los comerciantes y banqueros colmara el vacío doctrinal que, ya tarde o inoportunamente, algunos obispos se creían obligados a condenar.

Obviamente, ello llevaba a despertar rebeldías o exacerbar voluntades con eco social tanto más amplio cuanto más acusada era la incidencia del problema o de la traumática solución. Así se daba pie para los desvíos y exageraciones, de que es un ejemplo el fenómeno cátaro: los cátaros (o puros) sacralizaban hasta lo inverosímil la continencia mientras que en el incontrolado afán de lucro veían el más noble de los impulsos humanos.

Son los ricos comerciantes y nuevos banqueros los más preocupados porque la letra de la Doctrina no sea interpretada de forma contraria a sus intereses. Para canalizarla según sus afanes, adulan a señores y alto clero, promueven la pompa y vistosidad en las ceremonias religiosas, edifican templos, dicen velar por la “educación moral” de sus hijos, se aficionan a la Teología... al tiempo que confunden a la Providencia con una especie de ángel tutelar de su fortuna, que distraen con limosnas las exigencias de justicia, que someten a la medida de su conveniencia respetabilísimos preceptos. Pero, sobre todo, aspiran a identificarse con los poderes establecidos.

Paso a paso, persistente y pacientemente, los burgos en que se asientan comerciantes y banqueros (unos y otros reconocidos como burgueses) se convierten en centros de poder político, tanto por su privilegiada situación de proveedores de nuevos lujos y comodidades para reyes y nobles como por su natural tendencia a comercializar todo lo imaginable pasando por la “categoría mercantil” más apreciada en aquel tiempo: puestos de relieve en la Administración Pública.

En los primeros tiempos del desarrollo del comercio, privaba el criterio de que, por encima de las “artes pecuniativae”, u oficios de comercio y banca, debían estar situadas las “artes posesivae”, o trabajos y oficios directamente relacionados con la producción (responsabilidad de labradores y artesanos). Fue obsesión de la Burguesía alterar tal orden de apreciación hasta lograr que el comerciante o banquero sea aceptado como lo que se llamó un “príncipe mercader”. Para llegar a ello se empeñan en monopolizar la función fiscal y, a partir de ahí, ajustar las leyes económicas a su medida.

En algunas ciudades e, incluso, estados para los nuevos príncipes mercaderes fue relativamente fácil responsabilizarse de la fiscalidad: para cubrir los créditos que han otorgado a los titulares del poder político solicitan y, en ocasiones, obtienen la patente en el establecimiento y recaudación de impuestos. Hay ejemplos de descarada aplicación del “espíritu de clase” como la que impuso en París el preboste de los mercaderes, Etien Marcel: la base de sus fiscalidad fue un impuesto sobre la renta en razón inversa al grado de fortuna (justo lo contrario de lo que es actualmente y que, lógicamente, debería haber sido entonces): “aquellos cuya renta no llegue a 10 libras anuales pagarán el 10 por ciento; los que gocen de una renta superior a diez libras pero no lleguen a las mil solamente pagarán el 2,2 por ciento; no pagarán nada los que superen las mil libras en renta anual siempre que no sean miembros de la nobleza, en cuyo caso habrán de superar las cinco mil libras para estar exentos de cualquier fiscalidad” (Citado por R.Pernoud).

Es justamente en Francia en donde fructificarán los primeros juristas burgueses. Encontrarán la más propicia de las ocasiones bajo el reinado de Felipe IV que otorgó a los burgueses más ilustrados el título de “caballero en leyes”.

A la recíproca, los “caballeros en leyes” consagran como categoría suprema de la escala de valores el culto al Estado, al tiempo que formulan la necesidad de que todo precepto moral esté supeditado a la razón de estado o ley del más fuerte. No hay para ellos poder espiritual distinto del que emana de la nueva concepción del Estado, el cual está facultado, incluso, para reglamentar los actos de culto, considerar a los clérigos de distintas categorías como funcionarios propios, imponerles el contenido de sus homilías... Tal se expresa en documentos de la época como el titulado “Diálogo entre un clérigo y un caballero” cuyo es el siguiente pasaje: “Poned freno a vuestra lengua, señor clérigo, y reconoced que el Rey está por encima de todas vuestras leyes, costumbres y libertades. Reconoced que tiene derecho a añadir y quitar cuanto le plazca en el momento que lo considere justo y razonable. Cuando constatéis que una parte de vuestra doctrina ha sido modificada porque así lo exige la protección del Reino, aceptadlo como así os lo ordena el Apóstol San Pablo en su epístola a los Romanos: cualquiera que resiste a la autoridad resiste a la voluntad divina”

Ese Felipe IV de Francia, que había logrado del acomodaticio Clemente V que trasladara la corte papal a Avignon, se jactaba de tener como vasallo al propio Vicario de Jesucristo y sucesor de Pedro. Por demás, encuentra el respaldo de sus “soberanas arbitrariedades” en el término “rey por la gracia de Dios” con que le honran sus zalameros juristas. Uno de sus sucesores, Luis XI, luego de hacerse admitir como “hermano y compañero” en la “Gran Cofradía” de los burgueses de París, les concede la exclusiva de cargos administrativos, en ocasiones, objeto de pública subasta, y pone bajos sus órdenes a la Guardia Nacional cuyo cometido principal fué el apoyo en la recaudación de impuestos.

Ya será fácil que prenda en alguno de los burgueses la idea de que son el epicentro de la historia tanto que pueden considerarse “ricos y fuertes por la gracia de Dios”.

Iniciada en Francia, es en Italia, tierra de intereses encontrados, en donde más fuerza cobra la revolución burguesa: en consonancia con la acepción de los nuevos valores sociales y al amparo de las tensiones entre angevinos, aragoneses y papado, que se disputan el dominio teórico del Centro y del Sur de Italia, el efectivo poder se singulariza en las comunas, cuyos ciudadanos más ricos se hacen titular señores para transformarse pronto en príncipes que encabezan sus propias dinastía: de ello son ejemplo los Gonzaga en Mantua, los Este en Módena y Reggio, los Montefeltro en Urbino. los Visconti en Milán, los Médicis en Florencia...

Todos esos principados actuaron como auténticas oligarquías cuya preocupación principal fue la de excluir de las responsabilidades de gobierno a cuantos no formaran parte de la nueva clase de rentistas, comerciantes y banqueros.

4. RAÍCES BURGUESAS DE LA LUCHA DE CLASES

El “moderno” concepto de lucha de clases como motor de la historia fue copiado por Carlos Marx a Francisco Guizot (1787-1874), ministro del Interior francés el año en que se publicó el Manifiesto Comunista (1848).

Sucedió en los últimos meses de la llamada Monarquía de Julio (1830-1848), “parlamentaria y censitaria”, una especie de plutocracia presidida por el llamado “Rey Burgués”, Felipe de Orleans o Philippon cuya consigna de gobierno fue el “enrichessez vous” y cuyos principales ministros fueron los llamados “doctrinarios” con Constant, Royer-Collard y el propio Guizot.

Era aquel un régimen que renegaba tanto del “absolutismo” que representa “la autoridad que se impone por el despotismo” como de la “democracia igualitaria” o “vulgarización del despotismo” cuya “preocupación es dañar los derechos de las minorías industriosas en beneficio de las mayorías” (Constant).

Según los “doctrinarios”, la garantía suprema de la estabilidad política y del progreso económico está basada en el carácter censitario del voto (se precisa un determinado nivel de renta para ejercer como ciudadano) puesto que, tal como asegura el propio Constant, “solamente en el útil ocio se adquieren las luces y certeza de juicio necesarias para que el privilegio de la libertad sea cuidadosamente impartido”.

Para evitar veleidades de la Historia como las recientemente vividas, Royer Collard, el llamado “jefe de los doctrinarios” aboga por una ley a situar por encima de cualquier representación de poder y nacida de un parlamento que resulte el “más eficaz defensor de los intereses de cuantos , por su fortuna y especial disposición, puedan ser aceptados como responsables del orden y de la legalidad”.

Otro de los “doctrinarios”, Guizot, celebrado ensayista (Histoire de la révolution d’Angleterre, Histoire de la civilisation en Europe...) y “doctrinario” fue jefe de Gobierno en los últimos años de la “Monarquía de Julio” (que cayó el 24 de febrero de 1.848, el mismo mes en que se publicó el Manifiesto Comunista).

Este Guizot pasa por ser el primer teorizante de la lucha de clases, referida, en su caso, a la confrontación entre la Nobleza y la Burguesía

“cuya ascensión ha sido gradual y continua y cuyo poder ha de ser definitivo puesto que es una clase animada tanto por el sentido del progreso como por el sentido de la autoridad; son razones que obligan a centrar en los miembros de la burguesía el ejercicio de la libertad política y de la participación en el gobierno” (Guizot).

El llamado mundo de la burguesía (“clase”, según una harto discutible acepción) está formado por intermediarios, banqueros y ricos industriales; es un mundo transcrito con fina ironía y cierto sabor rancio por Balzac o Sthendal. En él pululan y lo parasitan las emperifolladas, ociosas y frágiles damiselas o prostitutas de afición que hacen correr a raudales el dinero de orondos ociosos o fuerzan al suicidio a estúpidos y aburridos petimetres. Todo ello en un París bohemio y dulzón, que rompe prejuicios y vive deprisa.

Al lado de ese mundo se mueve el otro París, el París de “Los Miserables”. Prestan a este París una alucinante imagen su patología pútrida, sus cárceles por nimiedades y sin esperanza, sus barrios colmados de suciedad, promiscuidad y hacinamiento; sus destartaladas casas, sus chabolas y sus cloacas tomadas como hogar... en un círculo de inimaginables miserias y terribles sufrimientos, olímpicamente ignorados por los “de arriba”.

Uno y otro son el París de las revoluciones: no menos de tres en sesenta años: la de 1.789, que acabó (¿?) con el llamado “viejo régimen; la de julio de 1.830 que hizo de los privilegios de la fortuna el primer valor social y dio el poder sobre vidas y haciendas a los que “más tenían que perder” y, por último, la revolución de febrero de 1.848, que se auto titularía popular y resultaría de opereta con el engendro de un régimen colchón en que fue posible un nuevo pretendido árbitro de los destinos de Europa, Luis Napoleón III, sobrino del otro Napoleón.

5. EL “ESPÍRITU” DEL CAPITALISMO

Es de Max Weber de quien copiamos el concepto. A él debemos la siguiente referencia que parece un reproche a la inhibición de la Iglesia sobre los asuntos temporales, que tanto afectan a la generalidad de los seres humanos:

Al renunciar al Mundo, el ascetismo cristiano, que, al principio, huía del mundo y se refugiaba en la soledad, había logrado dominar al mundo desde los claustros; pero quedaba intacto su carácter naturalmente despreocupado de la vida en el mundo. Ahora se produce el fenómeno contrario: se lanza al mercado de la vida, cierra las puertas de los claustros y se dedica a impregnar con su método esa vida, a la que transforma en vida racional en el mundo, pero no de este mundo ni para este mundo".

De ser ello cierto, el “Espíritu del Capitalismo“ tendría un origen ascético, como de sed de trascendencia. Algo así pretendía Calvino con su teoría de la predestinación. Sus fieles, ya imbuidos de los que se llamará darwinismo social, se lanzarán a la ”cruzada" del acaparamiento, exageración en cuya catastrófica trayectoria han prendido sus raíces los más graves conflictos de los últimos siglos, imposibilitando por ello el desarrollo de una sociedad en la que el trabajo y la solidaridad podrían ser principales fundamentos del progresivo bienestar general en cuanto que, tal como preconizaran los Padres de la Iglesia, el buen maestro enseña, el buen director dirige (el buen inversor invierte, apuntamos nosotros)… y todos aplican su voluntad al mejor desarrollo de sus personales capacidades.

Tal aspiración lograría fácil realidad si el amor al prójimo fuera la principal moneda de cambio entre los hombres. Sabemos que no es así: por ello estamos obligados a reconocer como positiva motivación un afán de lucro que, gozando de la libertad que imponen las leyes del Mercado, cuente con apropiadas trabas para no erigirse en factor de incondicionado acaparamiento, aunque sí con suficientes motivaciones para que los emprendedores vocacionales se muevan y trabajen por los cauces en que discurre el buen orden social.

Cuando no existe contrapartida “tangible” al propio esfuerzo y uno no es lo que se llama un altruista, el “espíritu” del capitalismo pierde su razón de ser y los medios y modos de producción languidecen hasta resultar de más en más insuficientes para el buen orden social.

Es en razón de esa consideración nuestra, como apelamos a un capitalismo que acierte a dar el valor que le corresponde a los diversos medios y modos de producción, muy especialmente al “sagrado factor humano”, muy capaz de “hacer milagros” si imparte la precisa y oportuna motivación: por feliz e insustituible circunstancia, contaremos con recursos financieros al uso de las necesidades sociales del momento, lo que viene a significar que el Capitalismo motor de la Economía Social de Mercado cuenta con posibilidades de mayor humanización, tal como si viniera animado por una cierta savia espiritual.

6. DEL SOCIALISMO UTÓPICO AL “SOCIALISMO CIENTÍFICO”

Es en el París de las revoluciones burguesas y de las grandes diferencias sociales en dónde, sin salir del racionalismo cartesiano, hombres como el conde de Saint Simon “se imponen la tarea de dedicar su vida a esclarecer la cuestión de la organización social”; son lo que Marx calificara de “socialistas utópicos”.

Con anterioridad a Saint Simon habían surgido en Francia figuras como las de Morelly, Mably, Babeuf... que se presentaron como apóstoles de la igualdad con más entusiasmo que rigor en los planteamientos y siempre con total ignorancia de la conciencia personal.

Charles Fourier (1.772-1.837) es otro de los “socialistas utópicos” más destacados: pretende resolver todos los problemas sociales con el poder de la “asociación”, que habrá de ser metódica y consecuente con los diversos caracteres que se dan en un grupo social ni mayor ni menor que el formado por mil seiscientas veinte personas; es la estadística al dictado de la conciencia colectiva.

Dice Fourier estar convencido de que cualquier actual forma de estado se disolverá progresivamente en una sociedad- asociación, en la cual, de la forma más natural y espontánea, se habrá excluido cualquier especie de coacción. A renglón seguido, se prodigarán los “falansterios” o “palacios sociales”, en que, en plena armonía, desarrollarán su ciclo vital las “células-base” hasta, en un día no muy lejano, constituir un “único imperio unitario extendido por toda la Tierra”.

Esa es la doctrina del “falansterismo” que como tal es conocido el “socialismo utópico” de Fourier, algo que, por extraño que parezca, aun conserva el favor de ciertos sectores del llamado progresismo racionalista hasta el punto de que, cada cierto tiempo, y con derroche de dinero y energías, se llega a intentar la edificación de tal o cual “falansterio”. Efímeros empeños cultivados por no se sabe qué oculto interés proselitista.

No menos distantes de un elemental realismo, surgen en Francia variadas formas de colectivismo, cuyos profetas olvidan las predicadas intenciones si, por ventura, alcanzan una u otra forma de poder. Tal es el caso de Luis Blanc, que llegó a ser miembro provisional que se constituyó a la caida de Luis Felipe o Philippon; “Queremos, había dicho, que el trabajo esté organizado de tal manera que el alma del pueblo, su alma ¿entendeis bien? no esté comprimida por la tiranía de las cosas”. La desfachatez de este encendido predicador pronto se puso de manifiesto cuando algunos de sus bienintencionados discípulos crearon los llamados “talleres nacionales”: resultó que encontraron el principal enemigo en el propio gobierno al que ahora servía Blanc y que, otrora, cuando lo veía lejos, este mismo Blanc deseaba convertir en “regulador supremo de la producción y banquero de los pobres”.

Otros reniegan de la Realidad y destinan sus propuestas a sociedades en que no existe posibilidad de ambición: tal es el caso de Cabet que presenta su Icaria como mundo en que la libertad ha dejado paso a una igualdad que convierte a los hombres en disciplinado rebaño con todas las necesidades animales cubiertas plenamente. Allí toda crítica o creencia particular será considerada delito: huelgan reglas morales o religión alguna en cuanto un providencial estado velará por que a nadie le falte nada: concentrará, dirigirá y dispondrá de todo; encauzará todas las voluntades y todas las acciones a su regla, orden y disciplina. Así quedará garantizada la felicidad de todos.

Existió otro socialismo francés cuyo impacto aun perdura: se trata del socialismo autogestionario promovido por Pedro José Proudhon.

Era su divisa de combate “justicia y libertad” y el centro de sus ataques la “trinidad fatal”: Religión, Capital y Poder Político a los que opone Revolución, Autogestión y Anarquía. Revolución, porque “las revoluciones son sucesivas manifestaciones de justicia en la humanidad”, autogestión, “porque la historia de los hombres ha de ser obra de los hombres mismos” y lo último, “porque el ideal humano se expresa en la anarquía”.

Más que pasión por la anarquía es odio a todo lo que significa una forma de autoridad que no sea la que nace de su propia idea porque, tal como no podía ser menos, Proudhon hace suyo el subjetivismo idealista de los herederos de Hegel.

Así lo supo entender Moisés Hess, uno de los teorizantes que Marx consideró maestros del “socialismo burgués” aunque sea suya la frase ( o precisamente por serlo) “El comunismo es una necesaria consecuencia de la obra de Hegel”. La había escrito en 1.840, ocho años antes de aparecer el llamado “Manifiesto Comunista” de Marx y Engels (febrero de 1848).

Era Hess el primero de cinco hermanos en una familia judía bien acomodada y respetuosa con la ortodoxia tradicional. Apenas adolescente, hubo de interrumpir sus estudios para integrarse en el negocio familiar; pero siguió con curiosidad las tendencias intelectuales de la época aliñadas con una previa simpatía por la obra de Spinoza y de Rousseau.

Cuando apenas ha cumplido los veinte años, Hess pasa una larga temporada en París que, a la sazón, vive la fiebre de mil ideas sociales en ebullición bajo la displicente tolerancia de la oligarquía en el poder. Muy seguramente contactó con alguno de los citados teorizantes, en particular con Proudhon.

El agotamiento de su recursos obligó a Hess a reintegrarse en los negocios de la familia. Siguió aprovechando el tiempo libre con nuevas lecturas y cursos. De esa forma tuvo cumplido conocimiento de las diversas interpretaciones del omnipresente Hegel.

Inició su actividad en el mundo de las ideas con una pretenciosa “Historia Sagrada de la Humanidad”. Apunta en ella una especie de colectivismo místico de raiz panteista; la ha llamado “Historia Sagrada” “porque en ella se expresa la vida de Dios” en dos grandes etapas, la primera dividida, a su vez, en tres períodos: el primitivo o “estado natural” de que hablara Rousseau, el coincidente con la aparición del Cristianismo, “fuente de discordia”, y el tercero o “revolucionario” que, según Hess, se inicia con el panteismo de Spinoza y culmina con la Revolución Francesa o “gigantesco esfuerzo de la humanidad por retornar a la armonía primitiva”.

La segunda y “principal etapa” de esa “Historia Sagrada de la Humanidad” la ve Hess coincidente con su propio tiempo e, incluso, con su propia persona: ve abierta ante sí una excepcional y brillante perspectiva a cuyo término sitúa la plena libertad e igualdad entre todos los hombres.

Aunque Hess apunta que se llegará a tal beatífica situación por vía pacífica no descarta la eventualidad de una sangrienta revolución promovida por las insultantes diferencias sociales; si tal fuera el caso, habría de ser tomada por un bache, cuya superación brindaría a la humanidad la “consecución de la última meta de la vida social presidida por una igualdad clara y definitiva”.

El aludido bache habrá significado un inevitable enfrentamiento entre dos protagonistas: la “Pobreza” y la “Opulencia”. La primera víctima y la segunda, mentor, de “la discordancia, desigualdad y egoísmo que, en progresivo crecimiento, alcanzarán un nivel tal que aterrarán hasta el más estúpido e insensible de los hombres”. “Son contradicciones que han llevado al conflicto entre Pobreza y Opulencia hasta el punto más álgido en que, necesariamente, ha de resolverse con una síntesis que representará el triunfo de la primera sobre la segunda” (Así lo ve Hess gracias al carácter dialéctico que Hegel enseña como inherente a cualquier conflicto).

Pocos años más tarde, escribe Hess su “Triarquía Europea” (representada por Alemania, Inglaterra y Francia). Comienza su obra con una extensa referencia a Hegel y a sus discípulos que, “aunque han alcanzado, dice, el punto más alto de la filosofía del espíritu, yerran en cuanto proponen a la filosofía como valor esencial: el primer valor de la vida del hombre es la acción por cambiar el mundo.... cuestión , que ha de ser tomada como la perfecta verdad a la que nos ha conducido la obra de Hegel”...” De lo que ahora se trata, continúa Hess, es de construir los puentes que nos permitan volver del cielo a la tierra. Para ello será necesario volver los ojos a Francia en donde se están preocupando seriamente por transformar la vida social”.

Con su obra, Hess rompe moldes en las tendencias de los “jóvenes hegelianos”: apunta la conveniencia de ligar el subjetivismo idealista alemán con el “pragmatismo social” francés”. Ambos fenómenos, explica Hess, han sido consecuencia lógica de la Reforma, la cual, al iniciar el camino de la liberación del hombre, ha facilitado el hecho de la revolución francesa, gracias a la cual esa “liberación ha logrado su expresión jurídica”. “Ahora, desde los dos lados, mediante la Reforma y la Revolución, Alemania y Francia han recibido un poderoso ímpetu. La única labor que queda por hacer es la de unir esas dos tendencias y acabar la obra. Inglaterra parece destinada a ello y, por lo tanto, nuestro siglo debe mirar hacia esa dirección”.

De Inglaterra, según Hess, habrá, pues, de venir “la libertad social y política”. Ello es previsible porque es allí donde está más acentuada la oposición entre la Miseria y la Opulencia; “en Alemania, en cambio, no es ni llegará a ser tan marcada como para provocar una ruptura revolucionaria. Solamente en Inglaterra alcanzará nivel de revolución la oposición entre Miseria y Opulencia”.

Apunta tambien Hess a lo que se llamará Dictadura del Proletariado cuando dice “orden y libertad no son tan opuestos como para que el primero, elevado a su más alto nivel, excluya al otro! Solamente, se puede concebir la más alta libertad dentro del más estricto orden”.

En 1.844, Hess promovió la formación de un partido al que llamó “verdadero socialismo” e hizo derivar del “materialismo idealista” que, a su vez, Luis Feuerbach había deducido de las enseñanzas de Hegel.

Por obra de Federico Engels y Carlos Marx, cuatro años más tarde, todos los postulados de ese devorador de libros, que fué Moisés Hess, constituyeron el meollo de lo que se llamó comunismo o, más pretenciosamente, “socialismo científico”.

Proudhonianos, saintsimonianos, marxistas más o menos fervorosos... no en menor medida que los doctrinarios que hacían recaer la responsabilidad del acaparamiento en la totalidad de los miembros de su clase o sociedad, se preocuparon apasionadamente por centrar en la “conciencia colectiva” la responsabilidad de todo lo bueno y de todo lo malo que pudiera ocurrir a los hombres y mujeres del presente y del futuro.

Logra adeptos ese acoso a la sagrada libertad personal porque el animal, que todos llevamos dentro, reniega de su responsabilidad en cuanto se deja conquistar por los “instintos de especie” en que se basa el gregarismo y que, tan arteramente y desde cualquier ángulo, han manejado los “profesionales de la lucha de clases”.

Es así cómo, por muy triste y regresivo que sea, los hombres y mujeres de cualquier época sucumben a la oferta de sumergir su voluntad en el totum revolutum de la conciencia colectiva, algo así como acogerse a los embrutecedores efectos de una dormidera.

7. LOS HIJOS BASTARDOS DEL MATERIALISMO BURGUÉS

Incluso con mucha más fuerza que aquella otra Revolución (la de 1789) que dio paso a Napoleón, la Revolución Industrial traumatizó la vida social de toda Europa. Lo que se llamó el Libre Mercado despertó poderosísimas corrientes de especulación pero también fiebre de investigación y miles de vocaciones empresariales.

Se impuso la sugestión y el poder de las nuevas máquinas capaces de crear nuevos bienes, de dividir entre diez, cien o mil los tiempos de producción y, por lo mismo, de masificar el mundo del trabajo: la pericia artesanal perdió una buena parte de su valor hasta el punto de que, en múltiples ocasiones, producían a la par un niño y un veterano trabajador.

Todo ello, claro está, proporcionó rápidos y elevados beneficios para unos pocos y miseria sin paliativos para muchas familias: al empresario emprendedor sucede el propietario que se regodea no en lo que proyecta o hace sino en lo que “tiene y puede tener”. En su conciencia queda poco espacio para la preocupación por cuantos alimentan su fortuna.

Frente a los abusos del acaparamiento sin medida y del beneficio a cortísimo plazo y sin contrapartida “social”, surgieron fabricantes de sueños que presentaban remedios aun peores que la enfermedad: “que los opresores se conviertan en oprimidos” (Lenin).

La toma del “Palacio de Invierno” (octubre 1917) fue‚á el pistoletazo de salida para estrangular a la tímida y muy desorientada Libertad: odio a muerte a la iniciativa empresarial, abajo la responsabilidad personal; considerado en sí mismo, un hombre no es nada; el movimiento de masa lo es todo; la sociedad entera es un rebaño en el que las ovejas pueden devorar a los pastores; el odio entre unos y otros es el soporte básico del futuro: era el materialismo (la ausencia de esperanza y de libertad responsabilizante) llevado a sus últimas consecuencias.

La experiencia soviética despertó fiebre de homologación en los “movimientos proletarios” de todo el Mundo: una buena parte de los núcleos revolucionarios vieron un ejemplo a seguir en la trayectoria bolchevique.

En buen estratega y con poderosos medios a su alcance, Lenin vio enseguida la ocasión de capitalizar esa fiebre de homologación sobre la base de una infraestructura burocrática y doctrinal promovida y desarrollada desde el Kremlin. Ello implicó una jerarquía de funciones y una ortodoxia que pronto fue aceptada como “marxista-leninista”: inamovible rigidez de los principios del “Materialismo Dialéctico”, del carácter “positivo” de la “lucha de clases”, de la justicia inmanente a la “Dictadura del Proletariado”, de la inmediata y feliz resolución de la Historia en fidelísimo eco de las consignas soviéticas...

El “Marxismo-leninismo” sirvió de base espiritual al imperialismo (Capitalismo de Estado fue llamado) que Lenin y su entorno se propusieron impartir: consolidado el poder bolchevique en el antiguo imperio zarista, urgía establecer la “Unión Mundial de Repúblicas Soviéticas”: la fuerza de cohesión estaría representada por la fe universal en una verdad absoluta según la inequívoca presentación del nuevo jerarca de todas las Rusias.

Esa “verdad absoluta” era doctrina y era estrategia de lucha: como doctrina requería un ejército de exégetas (“obreros del pensamiento”) que, siguiendo la batuta de los oráculos oficiales, interpretara todas las conclusiones de la moderna Ciencia a la luz de las mil veces proclamada autosuficiencia de la Materia y de su incidencia sobre la imparable colectivización del género humano, movido esta vez por el exclusivo afán de romper con cualquier especie de responsabilidad personal.

Como estrategia de lucha, el “marxismo-leninismo” requería el uso de adecuados medios de propaganda para la capitalización de todas las miserias sociales, que, según ellos, acabarían desterradas en razón de la implantación de nuevos medios y modos de producción bajos los auspicios del “Capitalismo de Estado” que habría de surgir tras el triunfo de los bolcheviques. Para la proyección universal de tal triunfo buena era la aplicación de una buena parte de los recursos materiales y humanos de la Unión Soviética; soporte de la organización, una monolítica burocracia que canalizara ciegas obediencias, una vez reducidos al mínimo todos los posibles desviacionismos o críticas a las directrices de la “Vanguardia del Proletariado”, “Soviet Supremo” o voluntad del autócrata de turno...

Aunque todo eso pertenece ya al pasado, del foco de atropellos y de sueños, que fue la Unión Soviética, quedan no pocos reflejos que llegan incluso hasta los países más prósperos y libres: cualquier ideología, que basa su fuerza en la neutralización de la conciencia personal, reniega, a duras penas, del “Capitalismo de Estado”, de la “burocracia del pesebre” o de la inhibición respecto a los problemas del Otro: sigue cómodamente refugiado en el TOTUM REVOLUTUM de la conciencia colectiva.

Ya tenemos ocasión de reflexionar serenamente sobre el alcance de aquel “Capitalismo de Estado” que entronizara Lenin, sobre la Oligarquía Fascista, en que Mussolini cifró todas sus esperanzas para convertirse en ombligo del mundo, o sobre las atrocidades de la experiencia hitleriana: fueron evidentes engendros de un capitalismo sin libertad.

Todos esos “hijos bastardos del capitalismos”, de traumática pero fugaz trayectoria histórica, contaban con un denominador común: la previa neutralización de esa conciencia personal en que nace y se desarrolla el precioso don de la Libertad Responsabilizante

8. LA DESPERSONALIZACIÓN, REBUSCADA IDEOLOGÍA REVOLUCIONARIA

Durante los tres primeros cuartos del siglo XX, la fuerza de la estadística (en la época, se habla de que más de la mitad de la Humanidad es marxista) impuso en los medios académicos más influyentes de Europa una abierta devoción por la herencia intelectual de Marx (a su vez, heredero del racionalismo cartesiano a través de Hegel). Los más desta-cados siguen muy dentro de lo que, en contraposición de la REFLEXION REALISTA, podemos llamar subjetivismo idealista, cuyo precedente principal, lo sabemos muy bien, es el egocentrismo racionalista que predicara el burgués Descartes (burgués porque se veía a sí mismo como principio).

Son muchos los celebrados pensadores marxistas de estos primeros tres cuartos de siglo. De entre todos ellos, elegimos a tres (Sartre, Garaudy y Marcuse) que representan otras tantas corrientes académicas. Estas corrientes, aunque irreconciliables entre sí, estaban y siguen animadas (el marxismo intelectual será el último en desaparecer) por la común obsesión de desligar al hombre de responsabilidad personal frente a su propia historia. Con ello se propone una palmaria regresión a niveles de irracionalidad (la razón es un lujo estéril si no promueve la personalización) a la par que se incurre en una falta de respeto a la más elemental realidad: he nacido como ser con una precisa e intransferible responsabilidad.

Pasemos, pues, al somero recuerdo de estos influyentes pensadores cuales son reconocidos Sartre, Garaudy y Marcuse.

SARTRE

Según propia confesión, la introducción de Juan Pablo Sartre en el mundo de la intelectualidad obedeció a una abierta inclinación por el subjetivismo idealista: “el acto de la imaginación, dice, es un acto mágico: es un conjuro destinado a hacer aparecer las cosas que se desea”. Ya sé que es ahí en donde radica la vena poética; pero es que, en la obra de Sartre poesía y reflexión sistematizada (lo que hoy se entiende por filosofía) vienen indisolublemente unidas. En Sartre, como en ningún otro, toma cuerpo aquello de “sic volo, sic iubeo”.

Se acerca a Marx en la valoración de la dialéctica de Hegel. Hilvana con Hegel a través de Heidegger y Husserl, quienes aplican la dialéctica a una pretendida confluencia del Ser y de la Nada en el campo de la fenomenología y según “la pura intuición del yo” (es decir, según un apasionado idealismo subjetivo). Para un estudioso de Sartre como Stumpf tal significa: “El yo puro, contemplado en la pura intuición del yo, evoca con demasiada fuerza el nirvana de los ascetas indios, quienes, absortos e inmóviles, contemplan su ombligo... Nuestra mirada se hunde en lo obscurio, en la absoluta nada”.

Es, como vemos, la continuación del afán que provocara Hegel: edificar la ciencia del saber partiendo de cero en el sentido más literal es decir, dando poder creador a la Nada, lo que, según ello y en magistral disparate del idealismo subjetivo, resultará infinitamente más consistente que el Ser.

Sartre es más discurseador que sistematizador. Es el divulgador principal del existencialismo ateo al que presenta como reacción materialista contra la “metafísica del Ser”, que arrancara en Aristóteles y fuera defendida por el Realismo tomista.

“La existencia precede a la esencia” o, lo que es igual, existiendo es como uno se encuentra con el propio ser; pero si, al menos, una perte del ser ya estaba allí.... ¿qué sentido tiene eso de “primero existir y luego ser”, algo que nos aproxima a la invencion hegeliana de que lo racional se impone sobre lo real?

Sartre sale al paso de esta seria objeción con un cúmulo de teorías sobre el “en sí” y del “para sí, del “yo que se intuye a sí mismo” y “del infierno de los otros”: el “en sí” será el “ente”, lo más sólido e inmutable del Yo; el “para sí” aunque sea, de hecho, una pura indeterminación, habrá de ser aceptado como la expresión de la libertad, una facultad que se siente, pero que no se razona. El “para sí” es, según Sartre, una extraña fuerza que coincide con la Nada tomada como absoluto y en su sen tido más literal (le Neant), fenómeno que, repitiendo a Hegel, “se expresa” como oposición a “lo que existe” y abre la única posibilidad de “definir al ser”.

A tenor de ello, Sartre proclama que la Nada anida en el hombre como “un gusano” o “un pequeño mar”. “Invadido por la Nada”, el hombre encuentra en ella no una figura sino la fuerza creadora.

Tales conclusiones, que ignoran los más elementales principios del razonamiento (lo que no es no puede ser por el simple efecto de una figura literaria) serían inadmisibles en cualquier reflexión mínimamente rigurosa; ello no obstante, tuvieron y tienen su audiencia merced a la soberbia retórica academicista en que vienen envueltos. La observación que dicta el sentido común sobre la perogrullada de que ALGO INVADIDO POR LA NADA ES NADA no arredra a Sartre, quien porfiará sobre el hecho de que es ahí precisamente adonde quiere llegar como referencia incuestionable para demostrar que la vida humana, cualquier vida humana, es radicalmente inútil.

En Heidegger, el supuesto de la inutilidad de la propia vida se tradujo en “Angustia”; para Sartre la angustia del “ser que sabe que no es” se llama “Náusea”. Con eso de la “Náusea” pretende abrir nuevos caminos de inspiración a la juventud “contestataria” de la posguerra.

Reconozcamos que la producción intelectual de Sartre es coherente con la corriente en que imaginación se confunde con razón, ambas se dejan guiar por el capricho o deseo de redefinir el Absoluto, para, al fin, chocar irremisiblemente contra la insobornable realidad: si para un impenitente idealista como Hegel, lo real encuentra su justificación únicamente como “oposición” a lo ideal (probablemente irreal, en cuanto pensado o imaginado), similar fundamentación asume Sartre para sus teorías: es la “nihilización” o reducción a la Nada lo que da significación a la vida e historia del hombre.

Pero, cuando conviene a su propósito, Sartre se distancia de Hegel: desde muy distinta óptica que Kierkegard, Sartre coincide con Marx (y, esta vez, con el sentido común) cuando, refiriéndose a Hegel, afirma: “no es posible reducir el Ser al puro y simple saber”.

Sartre abraza el “materialismo histórico” marxista desde lo que él llama un “racionalismo dialéctico y riguroso”. A ello se refiere en una carta a Garaudy:

“El marxismo, dice, me fue ganando poco a poco al modo de pensar riguroso y dialéctico, cuando hace ya veinte años (en torno a 1.940) me estaba extraviando en el obscurantismo del no-saber”. Lo acepta “por la fuerza de sus resortes internos y no por la excelencia de su filosofía”.

Pero no es el de Sartre un marxismo “ortodoxo”. Tal como nos explica. “entiende por marxismo al Materialismo Histórico, que supone una dialéctica interna de la Historia y no al Materialismo Dialéctico, si es esto esa ensoñación metafísica que creará descubrir una dialéctica de la Naturaleza: aunque esta dialectica de la naturaleza pudiera existir, aun no nos ha ofrecido el mínimo indicio de prueba”

“Si el materialismo dialéctico, dice tambien Sartre, se reduce a una simple composición literaria, producto del artificio y de la pereza sobre las ciencias físico-químicas y biolégicas, el materialismo histórico, en cambio, es el método constructivo y reconstructivo, que permite concebir a la historia humana como una totalización en curso”.

Desde tal posición, acusada de atrevidamente revisionista, Sartre dogmatiza: “El existencialismo ateo se mantiene porque el marxismo no es una ciencia exacta” . Ello no quiere decir que se haya de revisar: “El marxismo no es una doctrina a revisar; es una tarea histórica a realizar”. Por eso, sigue dogmatizando Sartre, “el pensamiento existencialista, en tanto que se reconoce marxista, es decir, en tanto que no ignora su enraizamiento en el Materialismo Histórico, resulta el único proyecto marxista a la vez coherente y realizable”.

Este peculiar e ideal producto marxista-existencialista, propugnado por Sartre, será un ateismo militante capaz de hacer a la especie humana dueña de su propio destino por los caminos de la “razón dialéctica” o proceso de “nihilización constructiva”.

De hecho, lo que propugna Sartre es aplicar la autoridad moral de Marx tanto a la gratuita ridiculización de cualquier mínimo rastro de fé en un Dios providente y libertador como a la radicalización de una lucha de clases que, para Sartre, debe sacudir su “progresivo aburguesamiento”.

GARAUDY

En sus primeros tiempos de intelectual influyente, Garaudy trazaba una línea directa entre Jesús de Nazareth y Carlos Marx, “quien nos ha demostrado cómo se puede cambiar el mundo”.

Roger Garaudy (nacido en 1.913), hasta 1.970 era considerado el más destacado intelectual del Partido Comunista Francés.

Aunque nacido de padres agnósticos, desde muy niño, sintió viva preocupación por el problema religioso: tiene cataorce años cuando se hace bautizar y se aficiona a la Teología que estudia en Estrasburgo; dedica especial atención a la obra de Kierkegard, padre del “existencialismo cristiano” y a Barth, inspirador de la “Teología Dialéctica”, según la cual Dios es “El totalmente Otro”.

Tales influencias se dejaron sentir en la posterior militancia comunista de Garaudy: el punto fuerte de su crítica a la Religión será la acusación de que está desligada del mundo, aunque el halo de sacrificado amor que inspira infunda un remedo de “socialismo” a los cristianos.

Es a los veinte años cuando Garaudy se afilia al P.C.F. Pronto destaca por su inteligencia despierta, amplia formación teórica y ambición. Perseguido por los alemanes (sufre dos años de cárcel), logra situarse en Argelia, desde donde dirige el semana rio “Liberté” y programas de radio hacia la “Francia Ocupada”. Ya terminada la Guerra, es nombrado miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés, elegido diputado y escuchado como miembro destacado en todos los congresos. Pasa una larga temporada en Moscú, regresa a Francia, es de nuevo elegido diputado y llega a vicepresidente de la Asamblea Francesa (1.956-58).

Su creación del “Centre d’Etudes et de Recherches Marxistes”, su destacada participación en los “Cahiers du Communisme”, sus numerosas publicaciones y, sobre todo, la orientación que imprime a la celebración anual de la “Semaine de la pensée marxiste” hacen de Garaudy uno de los más escuchados pensadores marxistas europeos durante no menos de veinte años.

El “mayo francés” de 1.968 fue un revulsivo para el P.C.F. el cual, prácticamente y en razón de la influencia de intelectuales como Garaudy, se mantuvo al margen de las revueltas estudiantiles. A raíz de ello, se decantan posiciones y Garaudy es apartado progresivamente de los círculos de influencia del Partido.

Garaudy ya no acepta la disciplina que proviene de Moscú y se permite criticar la “restauración del stalinismo evidenciado en la intervención criminal contra Checoslovaquia”.

La definitiva separación de los órganos de decisión del P.C.F. se materializa cuanto su “politburó” reprocha formalmente a Garaudy su “renuncia a la lucha de clases”, su “rechazo a los principios leninistas del P.C.F.”, su “crítica abierta e inadmisible a la Unión Soviética” e. incluso. su “pretendida revisión de los principios del Materialismo Histórico” (Dic. 1.969). Sigue una guerra de comunicados según la cual Garaudy es acusado de entrar en connivencia con la Iglesia Católica, de adulterar los principios del “Materialismo Dialéctico”, de “atacar al centralismo democrático del Partido”, de “intentar convertir los órganos decisorios en un club de charlatanes incansables” (Fajon)... Al final, en mayo de 1,970, Garaudy es expulsado del Partido que, hasta el último momento, él se resistía a abandonar.

A partir de entonces y hasta su conversión a la religión musulmana, Garaudy hace la guerra por su cuenta en el propósito de crear “un nuevo bloque histórico”, que habrán de constituir trabajadores, estudiantes, técnicos, artistas, intelectuales y, sobre todo, “católicos preocupados por la cuestión social”.

“Hermano cristiano, dice a estos últimos, te hemos aclarado la actitud de los marxistas respecto a la religión. como materialistas y ateos que somos, te tendemos lealmente la mano, sin ocultarte nada de nuestra doctrina por que todos nosotros, creyentes o ateos, padecemos la misma miseria, somos esclavizados por los mismos tiranos, nos sublevamos contra las mismas injusticias y anhelamos la misma felicidad” (repárese en lo paternalista del mensaje lanzado desde una, pretendidamente, más "certera" perspectiva intelectual).

Cuando vienen las magistrales precisiones de la “Pacem in terris” de Juan XXIII, Garuady ve la ocasión de profundizar en su política de la mano tendida y llega a asegurar que el Marxismo sería una pobre doctrina si en él no tuvieran cabida, junto con las obras de Pablo, Agustín, Teresa de Avila, Pascal, Claudel... valores como “el sentido cristiano de la trascendencia y del amor”. Ello hace pensar que, durante unos años, el secreto deseo de Garaudy es prestar su sello personal a una doctrina que resultaría de la síntesis entre el Cristianismo y el Marxismo, algo así como un humanismo moralmente cristiano y metafísicamente marxista (ateo) sobre la base de que la Materia es autosuficiente de que el Marxismo con su doctrina de la lucha de clases es la panacea de la Ciencia y del Progreso.

Paro hay algo más en la obsesión revisionista de Garaudy; capitalizar la audiencia que logra entre los jóvenes el existencialismo sartriano, al que reprocha su escasa profundización en el estudio de las “cuatro fundamentales leyes dialécticas” (que actualizara Stalin, no hay que olvidarlo). Porque, tal como ha querido hacer ver, la doctrina de Marx es una especie de cajón de sastre en que cabe lo último del pensamiento:

“No consideramos, dice, la doctrina de Marx de ningún modo como algo cerrado e intocable; al contrario, estamos convencidos de que, solamente, ha suministrado los fundamentos de la Ciencia, que los socialistas han de desarrollar en todos los aspectos”.

Ahora, Garaudy dice haber encontrado su camino en la fidelidad a la doctrina de Mahoma.

MARCUSE

Heriberto Marcuse (1898-1979), judío alemán al igual que Marx y Freud), llega al marxismo por similar camino que Sartre: A través de Heidegger, se acerca a Hegel, en cuya estela encuentra a los marxistas radicales de la primitiva social democracia alemana.

La dictadura de Hitler forzó a Marcuse a emigrar a Estados Unidos, en donde se afincó definitivamente.

La producción intelectual de Marcuse quiere ser una síntesis de los legados de Hegel, Marx y Freud.

Marcuse ha ligado a Marx con Freud gracias a las enseñanzas de otro judío alemán, W.Reich, médico sicoanalista empeñado en demostrar el “absoluto paralelismo” entre la lucha de clases y la sublimación sexual:

“Aunque es ncesario, decía Reich, acabar con la represión sexual de forma que se despliegue todo el potencial biológico del hombre, solamente en la sociedad sin clases, podrá existir el hombre nuevo, libre de cualquier sublimación”.

Reich había venido a Estados Unidos pór “escapar de una doble incomprensión”: de una parte, el Partido le acusaba de obseso sexual mientras que, en los círculos freudianos, no se entendía muy bien esa relación entre las luchas políticas y el sicoanálisis. Ya en Estados Unidos, Reich sigue cultivando su obsesión por la “síntesis entre la lucha de clases y la sublimación represiva”. Apoya su tesis en el descubrimiento de la “Orgonterapia”, el “descubrimiento científico más importante de los tiempos modernos”, capaz, asegura Reich, de curar el cáncer gracias a la aplicación del “orgón” o “mónada sexual”.

Los extraños “tratamientos terapéuticos” de Reich llamaron la atención de la policía americana, quien descubrió que las pretendidas clínicas eran auténticos prostíbulos. Reich murió en la cárcel.Había escrito dos libros que hicieron particular mella en Marcuse: “Análisis del Carácter” y “La Función del Orgasmo”.

La “sociedad industrial avanzada” de Estados Unidos es otro de los fénomenos presentes en la obra de Marcuses, como tambien lo es un crudo “pesimismo existencial”, posiblemente, hijo del resentimiento.

Desde ese conglomerado de influencias y vivencias personales nació la doctrina marcusiana de la “Gran Negativa”, del “Hombre Unidimensional” (sometido al instinto como única fuerza determinante de su comportamiento) y de la “Desublimación”, títulos en que se apoya la relevancia que le concede la “New Left” o Nueva Izquierda. Es éste un producto marcusiano presente de los movimientos de protesta de los señoritos insatisfechos, en el “mayo francés del 68”, en las reivindicaciones de algunos grupos de marginados y, también, en muchas de las ligas abortistas o de “liberación sexual”.

Marcuse es aceptado como una especie de profeta de la “protesta por que sí”, algo que, en cada momento, adoptará la forma que requieran las circunstancias: demagogia de salón, crítica académica, revuelta callejera... o simple afán de destrucción. Con Marcuse se deja atrás el camino de Utopía: se persigue “un más allá de la Utopía”.

Para Marcuse la solución mágica a los problemas de la época parte de una “sublimación no represiva”, elemental “evidencia de la verdadera civilización la cual, como ya decía Baudelaire, no está ni en el gas ni en el vapor, ni en las mesas que giran: se encuentra en la progresiva desaparición del pecado original”.

Para Marcuse el camino que ha de llevar a tal civilización se expresa en el enfrentamiento dialéctico entre el Eros freudiano (simplemente deseo y culminación sexual) y Thanatos, el genio griego de la muerte. Eros y Thanatos son fuerzas que llegarán a la “síntesis” o equilibrio en la solución final.

Es en esa solución final en donde encontrarán su culminación los mitos de Orfeo, pacificador de las fuerzas de la Naturaleza, y de Prometeo, esa marxiana expresión de “odio a los dioses”. En esa solución final, como no era para menos, habrá desaparecido la lucha de clases, la angustia sexual y, gracias a todo ello, se habrá logrado

“la transformación del dolor (trabajo) en juego y de la productividad represiva en productividad libre. Es una transformación que habrá venido precedida por la victoria sobre la necesidad gracias al pleno desarrollo de los factores determinantes de la nueva civilización”

Tal constituye la tesis central de un libro que ha logrado amplísima difusión: “Eros y Civilización”. En tal libro y por la técnica de las antinomias, tan caras a Hegel y a Marx, se hace eco tanto de la corriente más utópica del marxismo como de la euforia erótica de una “juventud liberada”.

Seis años después de la publicación de “Eros y la Civilización” Marcuse parece estar de vuelta de su rosado optimismo y, coincidiendo con el inicio de su decrepitud (cuenta 63 años), escribe:

“Los acontecimientos de los últimos años prohíben todo optimismo. Las posibilidades inmensas de la civilización industrial avanzada se movilizan más y más contra la utilización racional de sus propios recursos, contra la pacificación de la existencia humana”.

En ese tiempo Marcuse ha estudiado al Marxismo Soviético y “comprobado” que, más que suceder al Capitalismo, “coexiste con él”. Critica el que se haya mutilado la “acción espontánea de las masas” hasta sustituir la antigua dominación burguesa por otra en la que el Proletariado sigue alienado, esta vez por estructuras burocráticas todopoderosas, mientras que la difusión del pensamiento marxista se ha convertido en una especie de palabrería vacía. Protesta de cómo en la Unión soviética se utilizan los mismos trucos publicitarios que en las sociedades industriales avanzadas, éstas para hacer entrar por los ojos productos superfluos y aquellas para obligar a digerir la primacía del poder espiritual del Comité Central, la admiración bobalicona por el poderío bélico, la cerrazón intelectual o el servicio incondicional a los caprichos de la burocracia en el poder.

Pero lo que Marcuse critica más acerbamente en el Marxismo Soviético es la forzada identificación entre la “fuerza del estado soviético y el progreso del socialismo”, lo que significa el progresivo anonadamiento de los ciudadanos y, también, la muerte del materialismo naturalista y el torpe uso de la Dialéctica, punto de partida de la “filosofía negativa” a la que, desde ahora, dice servir Marcuse.

La crítica que Marcuse hace al Marxismo Soviético, crítica extensible a cualquier otra aplicación política del marxismo, es una crítica sentimental.

Es desgarradora su imagen del hombre “unidimensional”; pero es más la solución que le dicta su borrachera de idealismo subjetivo en que tanta fuerza presta a la “sublimación represiva” y en que tanta confianza pone en el papel providencial de la espontaneidad.

Ahora el punto de mira de la crítica marcusiana está orientado hacia una sofisticada forma de alienación llamada Neopositivismo o “canonización teórica de la sociedad industrial”. Con su fobia a la socialización de las conquistas materiales del progreso, Marcuse se sitúa en la dirección espiritual de la generación de los señoritos insatisfechos, líderes ocasionales de cualquier posible grupo de marginados. Deliberadamente, Marcuse soslaya la evidencia de que lo trágico no es poseer o soñar con poseer un frigorífico, ni siquiera dos o más frigorífico; es protestar de que ese sea el objetivo fundamental de la vida, lo que no es, ni mucho menos cierto. Una mente discursiva como la de Marcuse, a fuer de sincero, debía reconocer el hecho indiscutible de que se puede estar en una sociedad de consumo sin que, por ello, uno limite su vida al estricto papel de consumir cualquier cosa que el mercado ofrezca.

Marcuse, quien, repetimos, ha logrado una extraordinaria influencia entre las élites de cualquier posible revuelta, nunca fue más allá de la primera apariencia de las cosas ni de una superficial y sentimental apreciación de los fenómenos humanos. Era su preocupación fundamental la de ser reconocido como “maestro de la juventud”: “Me siento hegeliano, dice, y mi más ferviente deseo es ejercer sobre la juventud una influencia similar a la que, en su tiempo, ejerció Guillermo Federico Hegel”.

Por ello, a tenor de las variadas orientaciones de las apetencias juveniles, ora apoya esto ora aquello otro radicalmente distinto a lo anterior.

Aunque certero en algunas de sus críticas, la réplica que presenta suele ser un perfecto galimatías cuyo hilo conductor, al menos aparentemente, parece ser su intención de introducir el materialismo marxista y un grosero idealismo de aspecto freudiano en las sociedades industriales más avanzadas. Mezcla agudas observaciones con desorbitadas exageraciones y un evidente resentimiento diluido en propuestas de exclusión, castración de inquietudes y la crítica por la crítica.... para que sus admiradores cultivaran una militante rebeldía siempre en guardia y contra todo.

Huye de la realidad, eso sí, por el mismo laberinto por el que intentaron escapar sus mentores Hegel, Marx y Freud: prestar a lo particular o contingente (una simple experiencia cuando no apreciación histórica) la categoría de universal. Claro que, muy probablemente, incurrió en ello sin fe y por el único afán de “conservar una clientela”.

Y al fondo, y como hace ya cuatro siglos viene sucediendo frecuentemente en el tratamiento de los problemas humanos, una hiriente desviación: marginar al hombre-persona con peculiar responsabilidad de humanizar su entorno para reducir todo lo humano al “colectivo humano u hombre especie”, que, si n otro asidero que los propios instintos, puede (y debe, dicen ellos) llegar a convencerse a sí mismo de que su paso por el mundo no tiene otro significado que el de dejarse llevar hasta un placentero campo en el que no caben mayores alicientes que el de pastar y retozar.

9. ENTRE COLECTIVISMOS, DEMOCRACIAS FORMALES Y DEMOCRACIAS REALES

Aunque con declarado entronque común, hoy como ayer, entre comunistas y socialistas hay diferencia de matices en la catalogación de los maestros y, también, en la elección del camino hacia la “Utopía Final”: para los primeros es desde el aparato del Estado y en abierta pugna con el “Gran Capital”, para los segundos desde la “democrática confrontación” política, desde las “reformas culturales” (laicismo radical) y a través de presiones fiscales y desmedido crecimiento de la burocracia pasiva. Por demás, en el norte de unos y otros siempre ha estado la sustitución de la responsabilidad personal por la “colectivización de conciencias”.

También a unos y a otros les acerca el magisterio de Marx: para los comunistas como autoridad “espiritual” incuestionable, para los socialistas como “pionero” de las “grandes ideas sociales” en cuya definición hacen destacar a los clásicos Saint Simon o Proudhon; claro que, con frecuencia, sus fidelidades marxistas, están sujetas a las interpretaciones o distorsiones de “revisionistas” como Bernstein, “pacifistas” como Jean Jaures o “activistas” como Jorge Sorel.

Es de rigor reconocer que, en la “Sociedad Opulenta” la reflexión “colectivista” se alimenta más de abstracciones que de concreciones, va más orientada al mantenimiento de las posiciones “conquistadas” que a la serena reflexión sobre las causas de los más palmarios desequilibrios entre personas y pueblos... vive el uso y disfrute inmediato por encima o en lugar de una solidaria preocupación por revitalizar y socializar las fuentes de bienes duraderos...: de hecho, vive ajena al marco de lo social en cuanto conquista el Poder.

No es cierto que el voto de la mayoría justifique el ejercicio de un voluntarismo desaforado: en Democracia, los elegidos lo son para ejercer determinada responsabilidad de administración y gracias, simplemente, a que, en determinado momento, suficientes personas los han preferido a otros... ¿razonaron tal preferencia desde un frío y desapasionado análisis o, desde la perezosa tendencia al mimetismo, se dejaron llevar por una corriente nacida de un subterráneo interés respecto al cual el propio votante no tenía (ni, probablemente, tenga nunca) la menor idea?

El elegido lo es, fundamentalmente, para servir al elector. Este último no siempre acierta, lo que, en definitiva obliga más que exculpa al elegido, esencialmente interesado en perseguir sus subterráneos intereses.

Obviamente, cuando pensamos en Democracia nos referimos a una “democracia de hecho” y se descartan,las oligarquías, las “democracias populares”, las del partído único, las fundamentalistas, etc, etc... hayan sido o no producto de una más o menos amañada consulta popular.

Deseable consecuencia de una “menos mala democracia” es el control del grupo dominante, corruptible en función del poder que ejerce (sobre todo si, de entrada, reniega de claras referencias a la Moral del Compromiso), por parte de la mayoría de los ciudadanos, a los que el número, en cierta forma, inmuniza de la corrupción: una reserva de agua cuanto más abundante mejor conserva su pureza original, habría dicho Aristóteles. De ello se alimenta una más humana economía, el progreso material y la equidad.

Esa eventualidad, positivo fruto de algunas democracias, parece la mejor vacuna contra la tiranía, el peor de los males sociales y del que, desgraciadamente, no están libres muchas “formales” democracias (recuérdese el no tan lejano caso de la República de Weimar, la cual, “democráticamente”, derivó en el fatídico III Reich).

El “preventivo” control por parte de la mayoría de ciudadanos está perennemente amenazado tanto por las técnicas de sugestión de masas, que tan diestramente manejan algunos políticos, como por los rutinarios hábitos de la “ciudad alegre y confiada”.

En el trasfondo de esa falta de control y consecuente atrofia del Progreso en todos los órdenes caben no pocas responsabilidades, empezando por la responsabilidad de los “tres poderes”, que, cuando no emanan de la misma cabeza decisoria, resultan complementarios y reguladores entre sí.

Sus respectivas prerrogativas e independencia, reales y no simplemente nominales, pueden y deben traducirse en eficacia y cauce para la progresiva responsabilización del resto de ciudadanos.

En particular, la responsabilización del Poder Ejecutivo, en deseable dependencia del Poder Parlamentario o legislativo y con “beligerante respeto” a las leyes, cuya salvaguarda descansa en el Poder Judicial, debe centrarse en la administración de las cosas y el respeto a las personas, cuya libertad, dentro de los límites de la Ley, es el más positivo valor de la Sociedad.

Dentro de lo que llamamos colectivismo para ricos, son muchas las tentaciones que, hacia la extralimitación, sufre un poder ejecutivo nacido de un “corporativismo” tan eficazmente servido por el fundamentalismo ideológico, (“la Idea es válida por sus raíces de clase”), las listas cerradas y por lo que podríamos llamar colectivización de la responsabilidad personal.

10. CAMINOS DE SERVIDUMBRE EN LA ERA INDUSTRIAL

Son muchos los hombres y mujeres que, refugiados en la colectivización de sus respectivas conciencias, vuelcan su tendencia natural a la adoración arrastrados por una o varias de las numerosas corrientes de paganismo que han recobrado actualidad con preferencia a las más directamente orientadas a la pura y simple satisfacción animal. Puesto que están alimentadas por la harto generalizada fiebre materialista, son corrientes que, con cierta colorista singularización, gozaron y gozan de enorme audiencia. A ese nivel de masificación, la lógica de la convivencia requiere un pastor, un guía, un líder algo así como el super-hombre de Nietszche, que tantos argumentos prestó a Hitlher y sigue prestando a los tiranos que se empeñan en desviar hacia el propio beneficio el sentido de la historia.

Todavía, aquí y ahora, son muchos los que ven en la soberbia soledad del héroe de Nietzsche, el “super-hombre” Zaratustra, la grandiosidad de un “sí” a todo el poder-ser del Hombre, “al más atrevido encuentro con la íntima verdad del Hombre”.

Bueno está recordar que Nietzsche situaba su “verdad” “más allá del bien y del mal”, en un mundo que él quiere elemental: de materia y de voluntad, de carne y de sangre, mundo en el que impone su razón el que está en situación de atropellar y de despreciar a cuantos aceptan la moral de la solidaridad o “moral de esclavos”.

En la voluntad de dominio encuentran los fieles de Nietzsche la razón primordial para renegar de los viejos valores, para situar el ansia u obsesión desesperada de poder por encima de la resignación, preferir la guerra a la paz, la astucia a la prudencia... hasta que “perezcan los débiles y los fracasados ante la voluntad de dominio de los fuertes” (Anticristo).

No importa que todo ello se debata en el campo de lo irracional, que la voluntad de dominio destruya las raices anteriores y superiores a uno mismo, enfrentado a la fatalidad o condenado a flotar sobre el vacío de una autosuficiencia simplemente imaginada: a Nietzsche no le importa que el tal super hombre viva y muera como el títere de una absurda tragedia: “solitario, sigues el camino del Creador, quieres hacer un dios de tus siete demonios...” “Yo amo a todo aquel que se propone crear algo superior al hombre y sucumbe en el empeño” (Así hablaba Zaratustra).

Todo ello no es ateismo: es deliberada preocupación por introducir en el pensamiento de los hombres la presencia de un ídolo alimentado por las más obscuras corrientes de la historia: la idea de un hombre sin traba moral alguna y, por lo mismo, capaz de alargar hasta el infinito los horizontes de una vida radicalmente insolidaria de la suerte de todos sus congéneres.

¡Pobre super hombre, diosecillo con pies de barro!

Otra intectualizada forma de paganismo, que sigue cobrando fervor religioso entre no pocos contemporáneos, es la formulada por el padre del llamado positivismo, un tal Augusto Comte, cuya “Ley de los Tres Estados” es una literal coincidencia con una célebre proclama de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, la Razón el segundo y el hombre, mi tercero y último”. Tambien aquí se toma al hombre como especie compartiendo una sola conciencia, solo que en distintos niveles otorgando la plaza de privilegio a los pro-hombres de los negocios (oligarquía o tribu de super-hombres)

Según la “ley de los tres estados” de Comte, pasó el hombre de la creencia en lo divino al razonamiento especulativo y de aquí a la directa experiencia sobre lo positivamente dado. En aventuradísima simplificación Comte hacía coincidir el primer estado con la época medieval, el segundo con la herencia de Descartes y el tercero con su propia época y los siglos venideros. Pretende cerrar el círculo haciendo coincidir su pensamiento con las supuestas primitivas inquietudes religiosas del hombre: el Fetichismo o vuelco religioso hacia lo más palpable.

Punto de apoyo de tal religión es el instinto de simpatía entre los hombres mientras que la pauta para su organización la encuentra en el esquema jerárquico de la Iglesia Católica, cuyo populismo ve animado por la figura de la Virgen María, a la cual sustituirá por el objeto de un amor platónico por el que se obsesionó en una obscura parte de su vida, una tal Clotilde de Vaux.

Para completar los elementos clave de su revolución religiosa, Comte presenta a toda la Humanidad como Grand Etre, convierte en casta sacerdotal a los prohombres de la industria y de los negocios y, en peculiar remembranza del Catolicismo, inventa nueve sacramentos y ochenta y cuatro fiestas religiosas.

El meollo de tal revolución religiosa radica en la pretensión de sustituir al Dios del Amor y de la Libertad por la Organización en función de un Orden Industrial al servicio de los sumos pontífices de la Economía...(¿No era és la principal obsesión burguesa?) ¿Sus adeptos? Cuantos tienen algo que perder si falla el culto al “tanto tienes tanto vales”, lo que requiere una fé incondicional de los simples que muy bien pueden distraer sus inquitudes religiosas con dioses, ritos y devociones pertinentemente alimentadas con una retórica que haya sido útil a lo largo de la historia.

“Muerto Dios”, convertido en literatura el recuerdo del Crucificado, archivado en la trastienda de la historia el compromiso personal con la Redención, ignorados los derechos del más débil o fuera de la propia órbita, condenado el amor por anacrónico e inmaterial.... no debe chocar que la poderosa Superficialidad se empeñe por identificar al Progreso con el culto al Placer, al Desprecio por la Vida, a la Vagancia, a la Envidia, al Animal que goza y no piensa, al Becerro de oro, a la Irresponsabilidad personal, a la Muerte de lo genuinamente humano....

Es impropio hablar de corrientes modernas de ateismo o de humanismo ateo: Lo que pugna por sustituir a la adoración del Dios del Amor y de la Libertad es estricto paganismo con sus dioses, con sus templos y sus escalas de valores, que, si no descubren nada nuevo, al menos sintonizan con la apatía y el cansancio de una sociedad opulenta y rencorosa.

Sabemos que la vivencia de tal paganismo, a la par que es un retroceso en la historia, castra a la vida humana de todo sentido, incluido el utilitarista. Pero, puesto que, en principio, es facilmente asimilable por el animal, ha conquistado millones de voluntades.

No importa que promocione el aburrimiento existencial, el agudo pasotismo, los afincamientos en la nada o desesperadas búsquedas de paraisos artificiales empedrados por continuas y progresivas frustraciones. Tampoco debe importar mucho que faciliten e inspiren ideologías de segregación racial, cultural, confesional o sobre cuestiones sin entronque alguno con la más palmaria realidad del hombre (animal social y racional)... Representan, y ése es su principal atractivo, una huida hacia abajo en que las fantasías animales, tanto para los señores como para los esclavos, no encontrarán otro freno que el hastío en el refugio del “pesebre colectivo” del que todos participan.

En la poco recomendable línea del individualismo insolidario de Ayn Rand (1905-1982) y Ludwig von Mises (1881-1973), Friedrich Hayek (1899-1992), nos habló de un “Camino de Servidumbre” que lleva del socialismo materialista al caos nazi; aun dándole la razón en que ello es, efectivamente un camino de servidumbre, contrariamente a Hayek, no creemos que la solución sea más materialismo por mucho que lo derivemos al campo de lo que algunos de sus partidarios llaman libertad libertaria: son intentos de huir de la realidad sin salir de un viejo paganismo que niega al Hombre su dimensión espiritual. Por librarnos de una servidumbre incurrimos en otra no menos grave: la Crisis de la primera década del siglo XXI resulta una elocuente prueba.

Unas y otras son formas de paganismo farfullero y animalizante que cortan el camino hacia la realización personal a través de asequibles caminos de generosidad y libertad, los mismos que encuentran los hombres y mujeres de buena voluntad para cumplir su vocación y reconquistar nuevas parcelas de libertad, revalorizando así la genuina condición de co-laborador en la inacabada obra de la Creación con sus proyecciones de todos y para todos.

11. EL PODER DE LA TECNICA Y LOS SER- VIDORES MECÁNICOS

El Poder de la Técnica es el título de una obra de Spengler, para el cual la Técnica era “el arte de aplicar la inteligencia a la explotación de Otro”. En la misma línea de razonamiento se podría definir al bisturí como el instrumento con se mata a todo el que se ponga por delante.

Es más certero Teilhard de Chardin cuando ve a la Técnica como un “activo y evolucionante reflejo de la Noosfera sobre las cosas” (Noosfera o mundo ultra físico en que confluyen el saber pensar y el saber hacer de los hombres, de la Experimentación y de la Historia).

Porque es hija de la sabiduría humana, de la experiencia y de la historia, la Técnica, de generación en generación, obra sobre acontecimientos y cosas como un experto y activo Caudal de Pensamiento. Los grandes descubrimientos, las grandes conquistas de la Ciencia, han sido posibles por sus raíces en el pasado: hay todo un cúmulo de postulados, fórmulas, herramientas, teorías, premoniciones... previas al acontecimiento y que han entrado en la motivación, formación y acción del héroe protagonista. Ello ha sido evidente en todas las ramas del humano saber o descubrir, desde los grandes viajes a la complejísima elaboración de un chip.

Es el momento de proclamar que la principal función de algo tan específicamente humano cual es la Técnica, capaz de amaestrar a las fuerzas naturales, ofrece la cobertura de las más perentorias necesidades de todas y de cada una de las personas que pueblan el Planeta.

Toda la parafernalia en torno a la Técnica actual es un monumento al sarcasmo si, sirviendo para calmar el hambre y la sed de todos los habitantes inteligentes del planeta, se aplica a fortalecer las históricas desigualdades entre personas y pueblos cuando no a herir sin remedio a la previsora Tierra. Es evidente que la Tierra y la Técnica dan de sí lo suficiente para que las palmarias e insultantes carencias de la actualidad desaparezcan. Estoy, pues, obligado a reordenar mis ideas sobre cuanto yo necesito, que no puede ser más de lo que tú necesitas. Desde este punto estoy obligado a reflexionar sobre todo lo que yo, con determinadas facultades y medios “heredados”, puedo hacer para que la Tierra y la Técnica evidencien su prodigalidad y la distribución de bienes resulte más equitativa.

Son muchos los que piensan que el camino de la Evolución ha llegado a su cenit. Que las cosas son como son y que estamos en el mejor de los mundos posibles por los siglos de los siglos. Que la Justicia social no depende de mi propia capacidad de entrega, de mi trabajo, de mi voluntad de compartir....

No permitas que caiga en esa trampa: hay mucho por hacer y de ese mucho por hacer hay una parte que depende de mí, hoy muy pequeño en relación con lo grande que puedo ser. ¿No será que yo mismo he de ser promotor de mi propia evolución y que ésta resultará tanto más segura cuanto más me ocupe en resolver tus carencias?

Para resolver tus carencias tengo que potenciar lo personal (he de ser lo que puedo ser) y volcarlo hacia lo social (compartir en lugar de acaparar). Y resultará que la más segura forma para conquistar sucesivas etapas de mi particular “más-ser” es ser útil a los demás desde la progresiva aplicación de mis facultades personales a la racional explotación de los medios materiales que la historia y mi particular circunstancia han situado bajo mi responsabilidad.

Sea, pues, pobre o rico, grande o pequeño, culto o inculto, blanco o de color... a mi alcance habrá siempre una ocasión y una forma de ser más útil a los demás. Ello hace que mi ser y mi capacidad de acción, por muy pequeños que sean, resulten un punto más de apoyo a la prosperidad y armonía universal. Tanto mejor si mi voluntad y saber hacer sintonizan plenamente con los poderosos medios materiales del momento: todo eso que engloba la Técnica.

Nunca, como ahora, han estado disponibles las adecuadas soluciones a no pocos de los grandes problemas que ha sufrido y sufre la Humanidad: sea para combatir gravísimas enfermedades, erradicar el hambre o acortar distancias entre los pueblos.

Ya se ha llegado a la identificación de una buena parte de los “enemigos invisibles” de la Salud; ya es posible dar la vuelta al Mundo en pocas horas, la comunicación instantánea entre los países más alejados, colonizar una buena parte del litoral marítimo, fecundizar amplias superficies de desierto o multiplicar por diez la producción ganadera...

Crimen de lesa humanidad es cortar vuelos a la máquina productiva. Otra cosa es que, al amparo de la más progresiva ciencia, los directores de orquesta orienten proyectos y voluntades hacia donde las carencias resulten má ás evidentes. Se abren así nuevos campos en que desarrollar las conquistas del Trabajo y de la Técnica, lo que, sin duda, pronto arrastrará motivantes beneficios para inversores y protagonistas.

Para que se multipliquen en la medida de lo necesario las perentorias soluciones que reclaman las circunstancias bueno será que cuantos tienen poder para ello se apliquen a establecer las bases de una mayor “sincronización” (acuerdo en el tiempo y en el espacio) entre las virtualidades de la Tierra y la capacidad de iniciativa y de acción del Hombre.

La Tierra y su puente con lo Universal, el Hombre. La Tierra madre, despensa y desafío. El Hombre, protagonista del Trabajo solidario y creador y, como tal, padre y usuario de unos modos y medios de producción al servicio de la Suficiencia.

GÉNESIS DE LA MODERNA TECNOLOGIA

La “divina geometrización”, de que hablara Kepler y que privó en Europa durante el siglo XVIII, correspondía a una creencia de Galileo: la de que la Naturaleza se rige por leyes matemáticas cuya traducción a fórmulas manejables es simple cuestión de tiempo.

Tal posicionamiento favoreció la profundización tanto en las matemáticas abstractas como en la física teórica, punto de apoyo para el vertiginoso progreso científico de épocas posteriores. No faltó quien prefirió la comodidad de la precipitada simplificación y, desde una teoría científica verosímil, aunque no demostrada, se dedicó a elaborar sistemas y contrasistemas pretendidamente apoyados en el carácter irrebatible de esa misma teoría.

En tal terreno cobraron excepcional autoridad nombres como Hobbes, Locke y Hume, a los que se considera precursores del llamado “empirismo inglés”.

En el tal empirismo inglés se quiere hacer ver que ya no existen verdades inmutables y eternas que habrían de regir los apriorismos de toda construcción científica. Ni siquiera se acepta el presupuesto de la Razón como cimiento de todo ulterior discurrir: el máximo apoyo del conocimiento es la experiencia que, para ser realmente válida, requiere la previa destrucción de todos los prejuicios dogmáticos (de los “ídolos de la mente”, que diría Bacón de Verulano) y avanzar por caminos de observación, análisis y selección de los fenómenos.

Se llega a defender que “la experiencia sensible lo es todo” por lo que, en sí misma, incluye la base necesaria para decidir la viabilidad de la Moral, del Derecho, de la Religión... Y, puesto que toda experiencia es susceptible de perfección, nada es acabado y absoluto: todo es a la medida del hombre.

A tenor de las nuevas circunstancias, se altera la escala de prioridades: los sentidos se colocan por encima de la conciencia, lo útil sobre lo noble, lo particular sobre lo universal, el tiempo sobre la eternidad, la parte sobre el todo...

Pero tal posición teórica, insuficiente para cualquier definición satisfactoria de la Realidad y, por lo tanto, puerta abierta para el más desolador de los escepticismos, sí que es apropiada para el estudio de los fenómenos y para las experiencias de laboratorio: el progreso científico se mantiene y desarrolla en base a pasos muy medidos, comprobados e interrelacionados.

Ejemplo de esto último nos lo da Newton para quien el estudio científico ha de ajustarse a tres reglas principales: “No considerar causas naturales más que aquellas que resulten suficientes para explicar los fenómenos; la Naturaleza, que escatima celosamente sus energías, desecha toda superficialidad. Para explicar los mismos efectos, en la medida de lo posible, debemos partir de las mismas causas. Las cualidades comunes a todos los cuerpos que nos es dado observar directamente, pueden ser considerados de carácter universal y, por lo tanto, son extensibles a todos aquellos cuerpos que no nos es posible observar de cerca”.

La Ciencia debe a Newton el descubrimiento de la “Ley de Gravitación Universal” por que se rige la mecánica del Universo. El descubrimiento del cálculo infinitesimal, que habrían de perfeccionar Euler, d’Alembert, Lagrange... hasta dar paso a la mecánica analítica y geometría descriptiva (Monge). Sus estudios de óptica ayudaron al perfeccionamiento del telescopio por parte de Herschel, lo que, a su vez, permitió ampliar considerablemente el catálogo de estrellas, el descubrimiento del planeta Urano y de nuevos satélites de Saturno (Lacaille). También fue obra de Newton el descubrimiento del carácter corpóreo de la luz...

Hay una larga serie de descubrimientos que se suceden correlativamente en base a la aceptación de las nuevas teorías y a la utilización del método de las tres reglas propugnado por Newton: Fahrenheit inventa el termómetro, Lavoisier determina el calor específico de varios elementos, Wat inventa la máquina de vapor que revolucionaría la industria, Fay Walsch, Galvani, Volta, Coulomb... descubren insospechadas propiedades de la electricidad.

En paralelo avanzan las llamadas Ciencias Naturales: Linneo cataloga las distintas familias animales; le sigue Buffon, para quien “la Naturaleza trabaja de acuerdo a un plan eterno que no abandona jamás”. Claro que desde esa suposición el propio Buffon se atreve a dogmatizar sobre la autosuficiencia de la Materia.

En esa pretendida autosuficiencia de la materia (“principio y fin de todo”) se hacen fuertes los “enciclopedistas franceses” con D’Alambert y Diderot a la cabeza.

Remedando la Enciclopedia de Chambers (1.728), D’Alambert y Diderot invitan a Voltaire, Rousseau, Buffon, Helvecio, Holbach, Condillac, Raynal... a recopilar “todo el saber de la época”. Fue una invitación que cuajó en la elaboración de los tres primeros volúmenes de la Enciclopedia Francesa. A partir del cuarto volumen fue Diderot el único redactor.

No se puede pensar que la Enciclopedia fuera una especie de conciencia del siglo: fue, más bien, la expresión de un afán de demolición en nombre de un pretendido Naturalismo en cuyo desarrollo se pretendía demostrar la inutilidad del Dios Providente y de la Redención: a lo sumo, se definía a Dios como Gerente o Arquitecto.

Surge una nueva versión del fetichismo o religión natural progresivamente divergente de la otra Religión, cuyo protagonista es un Dios-Hombre que busca co-laboradores para la “amorización” de la Tierra y amigos para la Eternidad.

Esa nueva “religión natural” decía apoyarse en la experiencia administrada por la razón. El premio que ofrece es la libertad aquí y ahora... Dice ser genuina expresión del progreso y presenta a la Otra, a la Religión del Crucificado, como ejemplo de inmovilismo y de aval de privilegios para un grupo de parásitos que viven y gozan a la sombra de un dios ciego y sordo a los problemas humanos...

“Es antisocial, dicen los nuevos profetas, aferrarse a la defensa de lo ya marchito y ridiculizado por la Ciencia”.Son esos mismos profetas los que hablan de nuevos mundos de libertad y prosperidad sin límites y.... sin otro esfuerzo personal que el de aplaudirles. Dicen estar en lo cierto dado que los que no defienden sus mismas cosas han resultado incapaces de hacer felices a todo el mundo. Su arma más poderosa es el viejísimo truco ya utilizado por los sofistas: BASTA CRITICAR PARA TENER RAZÓN.

En ese mal llamado “Siglo de las Luces” no faltaron soportes intelectuales del equilibrio y fortaleza necesarios para no desvariar por los extremismos. De ello vemos un claro ejemplo en los seguidores de Leibniz.

Godofredo Guillermo Leibniz (1.646-1.716) “fue un espíritu universal, interesado por todos los ramos de la cultura a su alcance, en todos los cuales se mostró activo y creador. En la ciencia matemática descubre el cálculo diferencial, en física formula la ley de conservación de la energía, en psicología descubre el subconsciente, en teología hace ver la activa presencia de la providencia divina, en la ciencia económica desarrolla una larga serie de proyectos prácticos para la explotación de las minas, alumbramiento y canalización de aguas, cultivo del campo...” (Hirschberger) Leibniz cultiva la filosofía en su acepción clásica, “amiga de la sabiduría” y “Theologiae ancilla”. Como tal, se interesa por todo cuanto pueda ser útil al Hombre, en sus dos dimensiones: la espiritual y la material y lo hace con una perspicacia, perseverancia y sencillez admirables.

Desde su excepcional dedicación al estudio de los problemas del hombre y de su entorno, comprende que los extremos son viciosos y dice: “He comprobado que la mayor parte de las sectas tienen razón en una buena parte de lo que afirman, pero ya no tanta en lo que niegan. Los formalistas, sean platónicos o aristotélicos, tienen razón al presentar la fuente de las causas formales y finales; ya no la tienen al soslayar las causas eficientes y materiales... Por otro lado, los materialistas o aquellos que no tienen en cuenta más que una filosofía mecánica, hacen mal al desechar las consideraciones metafísicas y el querer explicarlo todo por principios sensibles. Me satisface el haber captado la armonía de los diferentes reinos y el haber visto que ambas partes tienen razón a condición de que no choquen entre sí: que todo sucede en los fenómenos naturales de un modo mecánico y tambien de un modo metafísico (más allá de lo experimentable en el laboratorio) pero que la propia fuente de la mecánica está en la Metafísica” (que lleva a la Fé en el Principio o Causa Primera).

Por consiguiente, son los científicos y pensadores, que siguen los pasos de Leibniz, claros representantes de una TERCERA VÍA, que persigue un Progreso en que Experiencia y Reflexión, a la par que obligadas por la Realidad a reconocer sus propias limitaciones, se hacen de más en más certeras en cuanto se unen y complementan. Y, muy seguramente, descubrirán el punto flaco de cuantos sistemas dogmatizan sobre la autosuficiencia de la Materia.

Es ésa una autosuficiencia que, en sus “Principios matemáticos de la Filosofía Natural”, el antes citado Newton había puesto en tela de juicio al situar a Dios en la cúspide de su Cosmovisión: el serio y bien hilvanado tratamiento de los fenómenos le había llevado a la NECESIDAD DE LA CAUSA PRIMERA, principio defendido por los grandes pensadores cristianos, desde Tomás de Aquino a Teilhard de Chardin.

LOS SERVIDORES MECÁNICOS

En la jerga informática se llama servidor al soporte principal de toda una “red de gestión”: la computadora madre de toda una familia de “satélites, terminales y periféricos”, que, cumpliendo el sueño de Aristóteles, facilitan el que “las lanzaderas y los plectros se muevan solos” y que, por lo tanto, “el trabajo de los esclavos pueda pasar a la Historia”.

Hace no muchos años, eran muy pocos los que habían captado las proyecciones prácticas de los semiconductores, cuyo material de base es uno de los elementos más abundantes en nuestro Mundo, el Silicio.

En donde, probablemente, se aprecia con más contundencia el gigantesco paso que, en muy pocos años, ha dado la Ciencia Aplicada es en una Informática al uso de nuestra generación con su último “globalizador” paso de Gigante: la “red de redes” o Internet a través de una “ventana” al uso de cualquier economía: la Computadora.

Aunque recién llegada, la Computadora es ya insustituible soporte físico de la viabilidad de un sinnúmero de actividades humanas. Es la más sofisticada, la más poderosa, la más limpia y la más barata de las herramientas que ha inventado el Hombre: apoyado en las sorprendentes propiedades de los semiconductores, eso que se llama el “hardware” (lo físico, eléctrico, electrónico y mecánico) es una muestra de la rápida evolución de la Tecnología que, de forma vertiginosa, ha abaratado costos e incrementado prestaciones hasta lo indecible. Paralelo ha sido el progreso en lo que se llama “software”, o conjunto de sistemas, órdenes y códigos (programas) que empujan, canalizan, depuran y optimizan la información a la medida de nuestras necesidades.

La Computadora no es inteligente (soberbia tontería eso de la inteligencia artificial); pero en sus microscópicos recovecos pueden encontrarse y de hecho se encuentran infinitas pruebas de la inteligencia del hombre quien, en definitiva, puede y debe apoyarse en el artilugio con lo voluntad de tenerle siempre en su “terreno”.

Ha sido tan rápida la evolución (galopante revolución, podría ser considerada) que, diríase, a todos nos ha cogido desprevenidos. En la práctica, son mayoría los potenciales beneficiarios que, pegados a la anquilosada rutina, no aciertan a subirse al tren o, en el mejor de los casos y a duras penas, encuentran un humilde rincón en el vagón de cola.

En rápida sucesión de aplicaciones, la tecnología del “chip” ha desarrollado máquinas, “brazos mecánicos” y “sensores” capaces de sustituir a los sentidos y de desarrollar más rápida y eficazmente una amplia serie de duros trabajos desde remover montañas hasta dirigir un pequeña maravilla mecánica hasta más allá de los límites del Sistema Solar: gracias al conjunto de fuerza y precisión en armonía con los adecuados sensores o “sentidos artificiales”, se pueden desalinizar las aguas del mar, robar energía eléctrica al aire, regular calor y humedad en los invernaderos, incrementar a voluntad la producción de carne o pescado... Son posibles realidades al servicio de la iniciativa de los más emprendedores y generosos: son nuevas posibilidades de acortar distancias entre las distintas formas de trabajo, entre las diversas situaciones de los hombres y también entre los mundos.: inimaginadas cotas de libertad en el desarrollo del trabajo diario.

Exageró el pobre y, posiblemente, mal intencionado Malthus con sus previsiones catastróficas. Cierto que el paso del hombre por la Tierra, en múltiples ocasiones, ha dañado la capacidad previsora de la Naturaleza. Pero también es cierto que al alcance del hombre emprendedor ya está la solución a cualquier carencia. Es cuestión de certera sintonía entre la responsabilización de los administradores, las potenciales vocaciones de los hombres y mujeres en edad de trabajar, la amplitud y carácter de los recursos materiales y las necesidades del Mercado.

Como acuciante desafío hoy tenemos un cúmulo de poderosos medios de acción que esperan ser hilvanados en artilugios adaptables a las más variadas tareas: el justo tratamiento de todas sus posibilidades será la base de esa Tecnología Intermedia al alcance de una economía como la española, abundante en recursos humanos, con amplios horizontes comerciales sin explotar y con escasos recursos financieros.

12. ESTÉRILES PRIVILEGIOS EN LA SOCIEDAD INDUSTRIAL

Por que así entraba en los objetivos de la Creación, los más evolucionados de los hijos de la Tierra nacieron con la particularidad de gustar las hieles y las mieles de la libertad. Eran reyes con capacidad de destruir o construir; eran invitados al festín de la Creación sin otras galas que sus facultades personales, sea para promocionar con su callado y diario esfuerzo la fecundidad de la tierra o virtualidad de tal o cual herramienta, para descubrir los secretos y virtualidades de las cosas o para organizar cualquier núcleo de vida social.

Y sucede que la Tierra, gracias a la acción reflexiva y solidaria de miles de millones de mujeres y de hombres, cobra una nueva dimensión: cuenta con alguien que pueda colaborar con el propio Creador en algo que ella siente necesario: su propia amorización o natural ejercicio de complementarias responsabilidades. A caballo de la libertad y de la ambición, a lo largo de las generaciones, surgen y se consolidan los posicionamientos sociales. Desde posiciones de privilegio es fácil aceptar que, si lo del trabajo es verdad, también lo es la eventualidad de sustituir el esfuerzo propio por el esfuerzo de los otros: si sabes utilizar a los otros sin aplicar la máxima generosidad no necesitas grandes esfuerzos para vivir a tope y realizar un excepcional destino personal. Que esto último es mentira la Historia, la Naturaleza y la Vida lo demuestran continuamente. Cualquiera de nosotros termina siendo la centésima parte de lo que puede ser si se tumba a la bartola en el divertimento o ignora el valor positivo de la solidaridad.

Otra cosa será si has tomado y tomas cada día de tu vida como un paso más hacia una meta que tú mismo te puedes trazar: el perseguir un MAS-SER desde tus íntimas virtualidades: con absoluto realismo, eso sí, pero con una plena conciencia de que los otros, todos los otros, tienen los mismos derechos que tú y son muy capaces de prestar mayor fecundidad a tu esfuerzo. Y no des estériles patadas al pasado: deja a los muertos que entierren a sus muertos. Corre hacia adelante con los pies bien prendidos al suelo, codo con codo con aquellos que te necesitan y a quienes, sin duda alguna, tú también necesitas. No dejes que se funda tu personalidad en la masa de los que te rodean: Si eres capaz de sacarle el máximo partido a tu circunstancia (las cosas y personas próximas a ti), podrás, cordialmente, asumir el compromiso de apurar al máximo la irrepetible aventura de tu propia vida.

En el camino, procurarás distanciarte de los que se consideran exclusivos beneficiarios del patrimonio común y acercarte a los que más te necesitan; algunos de estos últimos viven como animales resignados... si reparas lo suficiente, en cualquiera de ellos encontrarás su particular resorte para la acción y la reflexión. Y te sentirás obligado a reconocerles iguales a ti en dignidad natural en un hilván de complementarias funciones y responsabilidades.

13. EL DESAFÍO DE LOS DESHEREDADOS

En la economía de los países desarrollados se echan en falta dos muy asequibles canales de expansión: El primero a partir de la reorientación de los recursos disponibles y potenciales en línea con la actualidad tecnológica; el segundo en base a una muy posible “marshallización” del ámbito comercial: Aplicar las fantásticas virtualidades de los semiconductores a la promoción de las Tecnologías Intermedias (de fácil y económica aplicación a la pequeña industria, a la agricultura, a la ganadería, a las piscifactorías, a los servicios) e iniciar con los países “en vías de desarrollo” una innovadora política comercial con objetivos a medio y largo plazo. (¿Qué habría sido de la moderna economía americana sin aquel “Plan Marshall”, al que los más timoratos -o, groseramente, egoistas- tildaron de arriesgado y que, de hecho, se reveló como oportunísimo para promotores y beneficiarios, estos últimos totalmente arruinados por una devastadora guerra?).

Tras el estrepitoso fracaso que representa el estrangulamiento del consumo primario y subsiguiente productividad (responsabilidad muy directa para los gurús del Mercado) las circunstancias actuales tientan la fecunda iniciativa de países que, como el nuestro, están a medio camino entre la tiranía de los grandes flujos de capital y la economía de la supervivencia. ¿Quién mejor que nosotros para el desarrollo de las energías alternativas, la explotación racional de modernos cultivos o la distribución hacia los activos y potenciales clientes de los cuatro puntos cardinales? ¿Acaso falta imaginación para convertir en “rentables consumidores” a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre? ¿Puede alguien poner en duda el tirón que ello representaría para una economía a la altura del desafío de los tiempos?

Una nación como la nuestra, tanto por su estratégica situación y trayectoria histórica como por su capacidad productiva y nivel de desarrollo, puede muy bien servir de puente entre las facilidades que brinda a la Suficiencia la nueva industria y la inmensa multitud de países “en vías de desarrollo”, algunos de ellos buenos vecinos con voluntad de entendimiento y otros muchos hermanados por la sangre, la lengua y la cultura.

Por lo mismo, España debe resistirse a entrar en esa trama de antinaturales proteccionismos, cuya positiva viabilidad económica es harto discutible. Sorteando con arte las trabas que opone ese imperialismo de la opulencia y en uso de sus derechos soberanos, debe aplicar su capacidad y entendimiento a lo que demanda una buena parte de la humanidad deshereda, lo que, por feliz reversión que demuestra la experiencia, redundará en beneficio de los españoles.

Nuevas industrias, mayor desarrollo técnico en lo específicamente español, más racionales cultivos (racionales porque se ajustarán al necesario equilibrio entre medios de explotación, recursos naturales y distribución) es lo que parece demandar a gritos nuestra “natural zona de influencia”.

Para abrir o consolidar nuevos canales de expansión, los principales responsables de nuestra Economía habrán de huir de probados excesos de papanatismo tanto respecto a teorías más que desprestigiadas por la ley natural y la experiencia como a dictados de los opulentos que continúan apurando al máximo las posibilidades que para el acaparamiento les ha brindado su insolidaria trayectoria histórica. Mayor libertad y viabilidad de éxito ofrece el desarrollo de iniciativas consecuentes con la demanda de otros países menos celosos de sus privilegios.

Por supuesto que, dado el carácter de los grandes grupos de intereses cual el Mercado Común, el libre desarrollo de la INICIATIVA NACIONAL no implica ruptura alguna de nuestros actuales compromisos internacionales pero sí una continua y extremada cautela ante la posibilidad de que nuestra economía siga la línea que marcan las apetencias de los más poderosos. Es un peligro que saben sortear otras naciones en una situación no tan propicia como la nuestra.

Los condicionamientos del medio económico en que nos desenvolvemos no son tan rígidos que no permitan canalizar lo más significativo de nuestra producción hacia áreas convergentes con las necesidades de los menos favorecidos por el progreso material, lo que, por venturosa ley natural, presenta para nosotros razonables perspectivas de desarrollo en todos los órdenes.

El marco de la "Europa Comunitaria", que aceptan como definitivo algunos de nuestros poderosos economistas, no lo es tanto para países como Inglaterra, Francia, Alemania, Dinamarca....

Al menos, esa papanatesca tendencia a la homologación, que tanto preocupa a nuestros gobernantes ¿no debería incluir las estratégicas desviaciones que dicte nuestra conveniencia y la acuciante demanda de tantos millones de potenciales clientes?

14. LO ESPAÑOL EN LA “ALDEA GLOBAL”

La trayectoria histórica de cualquier nación, región, pueblo o tribu, obvio es reconocerlo, está entroncada en la propia historia de la Humanidad; hoy más que en tiempos pasados, la opulencia o miseria de éste o de aquel pueblo adquiere resonancia mundial; “a caballo de las ondas”, la noticia tanto de un memorable evento como de una agobiante calamidad, ocurridos en el más remoto rincón del Globo, incide en conciencias y formas de sentir o soslayar...: llegados a lo de la “Aldea Global”, es de rigor reconocer que todos y cada uno de nosotros, por acción u omisión, tiene su parte de responsabilidad en el desarrollo de lo bueno y también en la persistencia de lo malo que ocurre a otras personas y pueblos.

“Puesto que pertenecen a la raza de los ambiciosos, sus amigos piensan que, logradas razonables cotas de prosperidad, los españoles se sentirán ni pobres ni ricos y sí liberados”. Eso ha dicho Perroux de los españoles. Literatura aparte ¿son tales bendiciones rasgos de nuestra personalidad comunitaria?

¿Significará esa libertad disponibilidad de voluntad y de energías? ¿Tal vez el COMPROMISO de poner en juego ALGO MAS que lo practicado y obtenido por otros paises situados en el privilegio y BASTANTE MAS que la teoría y la praxis de aquellos otros paises a los que su circunstancia impide superar una ancestral miseria o una persistente ofuscación sobre el desarrollo de sus posibilidades?

Ese ALGO MÁS, que, desde las carencias de los países pobres, DESAFÍA A LOS ESPAÑOLES, habría de expresarse en una amalgama de generosidad, inventiva y realismo. Tal vez ocurre así y el problema consiste en que el “señor de turno” (“¡Qué buen vasallo si hobiese buen señor!”, se lee en Mío Cid) es esclavo de “otros compromisos” o pasa el tiempo que nos debe en la deleitosa contemplación de su ombligo.

En cualquiera de los casos, falta a los españoles un NORTE para el ejercicio de un elemental compromiso de continua solidaridad. Se hace poco, prácticamente nada, por llevar el PAN, “que no comemos”, al que más lo necesita y que, probablemente, (sobre todo, si “con el pez le ayudamos y enseñamos a pescar”) resulte mejor pagador que nuestros más opulentos clientes.

He ahí un campo en el que cultivar millones de oportunidades de trabajo para tantos españoles que acuciantemente lo necesitan: “Trabajo para nosotros contra el hambre de millones de posibles buenos clientes”, podría ser el revulsivo de nuestra España Invertebrada.

Sin duda que, salvado el actual anquilosamiento de una adocenada y corrupta Administración, con todo su bagaje histórico de pensamiento y cultura, con la herramienta de su capacidad humana, material y técnica... tiene ahora España un papel importante que jugar. Para ello no es necesario “plantarle cara” a la Unión Europea pero sí “humanizar” una buena parte de sus “burocráticos caprichos” o disposiciones que marginan la elemental solidaridad entre los pueblos, lo que implica desestimar abiertamente cuanto representa el sacrificio de una res, el saqueo de nuestras costas o el desaprovechamiento de una sola hectárea de terreno. Solidaridad que, repetimos, puede y debe tener “compensación crematística”, aunque ello sea a largo plazo.

Los pueblos, al igual que los seres humanos, se “personalizan” en tanto en cuanto aciertan a poner de relieve (se podría decir universalizar) su originalidad o trazos especiales, lo que, si se toma como complemento de otras particularidades y no como punto o referencia de confrontación, es semilla de libertad y de prosperidad para los otros pueblos.

Si España es la Europa que se acerca al Continente Africano es, además, toda una historia que, en base a su peculiaridad cultural y económica, se hace experiencia nueva en América y en remotos puntos estratégicos del resto del Mundo. Por todo ello y cuando la Técnica se muestra capaz de garantizar la Suficiencia para todos y cada uno de los Compañeros del Mundo es primordial superar las barreras retóricas para asumir una clarísima responsabilidad: del pleno y disciplinado uso de nuestras capacidades depende una buena parte de la solución al problema del Hambre en tantos y tantos países que se merecen mejor suerte.

Se trata, simplemente, de que nuestros gobernantes y hombres de iniciativa tomen la potencialidad de España (oportunidades, recursos y energías) como necesario cauce de sus decisiones. Con un objetivo de tan amplios horizontes no habrá entonces lugar para el pasotismo de los responsables políticos ni, consecuentemente, para la falta de oportunidades de empleo; en paralelo y ante un objetivo de tan amplios horizontes, seguro que perderán fuerza los anquilosantes e irracionales particularismos “nacionalistas”:

“Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre”, decía Ortega y Gasset en 1922. Tampoco se funda en la unidad de idioma, ni siquiera en la geográfica definición de fronteras. La unidad nacional es el resultado de un largo y a veces dramático proceso de “totalización” personalizante: cada parte de eso que se va haciendo todo es más ella misma cuanto más ha participado en la consolidación de lo comunitario, un mosaico de variadas formas y colores, cada cual con su particular resalte, ubicación y complementariedad.

Desde la perspectiva de lo obvio, sigue diciendo Ortega:

“Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”.

Ese algo que hacer no es, por supuesto, servir de simple caja de resonancia al Poder público:

“Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para él se dé el gusto de existir”, se lamenta el propio Ortega. “Como el pretexto, sigue diciendo, es excesivamente menguado, España se va deshaciendo, deshaciendo...”

En esa agonía de la España, que sigue teniendo voz propia en el concierto de naciones, no es lo más disgregador el particularismo por cuestión de idioma, “Rh” o “barreras naturales”: es, con mucho, la falta de un “sugestivo proyecto de acción en común” que debiera ser perfilado y desarrollado por el Poder Público “Central”. Es el particularismo de éste el que, a la par que alimenta los particularismos centrífugos, es incapaz de señalar norte alguno mientras se regodea en el descomprometido disfrute del momento, a costa de todos los españoles, claro está.

Hubo un tiempo en que la forja de la Democracia unió voluntades y esfuerzos: se rompió con lo “atado y bien atado” y se rindió un justo tributo a la Solidaridad. Ello no era más que el principio o punto de partida para lo que debía de ser un Progreso continuado por caminos de Libertad.

Claro que ha habido Libertad; y, también, Solidaridad en los momentos difíciles... pero el acechante particularismo copó las esferas de poder y ya se marcó como objetivo principal el “mantenerlo y no enmendarlo”: desde entonces, el “templar gaitas” es su ocupación principal. Y se descuidan cosas tan perentorias como las de abrir mercados, compenetrarse con las exigencias de la Realidad diaria, incentivar la creación de empresas, actualizar medios y modos de producción, cortar de forma efectiva la sangría del desempleo, situar a la valiosa pluralidad lingüista en su justa dimensión (sin incurrir, por supuesto, en la discriminación del idioma común o en la “gilipollez” de establecer traducción simultánea para el diálogo entre españoles).

La “vertebración” resulta tanto más fácil cuanto más las energías nacionales encuentren proyección universal: Si “la idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional”, otra vez Ortega, “solo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior”.

“Juntos para hacer algo”, pero ¿qué? ¿No podría ser romper de alguna manera la barrera de privilegios con que intenta protegerse la “Sociedad Opulenta”? ¿Acaso no se ha evidenciado ya que ese cerril posicionamiento de los ricos constituye un serio peligro para la continuidad de su riqueza? ¿Es tan difícil reconocer que un “progreso económico continuado” depende en gran medida de la preocupación por ampliar el círculo de potenciales clientes, tanto más solventes cuanto más participen en la tarea común de humanizar recursos y energías?

¿Por qué nuestra política internacional es tan corta de miras y tan supeditada a lo que se cuece en los más elitistas y centrípetos foros? ¿Dónde está un perentorio afán de personalización (ser lo que podemos ser) a base de proyectar hacia el exterior lo mejor de nosotros mismos?.

No es tiempo de confrontaciones o retóricas sobre elitismo o avasallamiento: es tiempo de mirar hacia fuera para ver lo que podemos hacer dentro. A todos los niveles, claro está: desde la propia casa a la aldea, de ésta a la Comunidad en que nos toca vivir, de aquí hacia todos los rincones de España y, desde España y con todo lo bueno que podamos obtener de la Unión Europea, hacia cualquier lugar en que encuentre positivo eco lo que tenemos, hacemos o proyectamos.

Desde lo concreto y siempre con la mira puesta en la proyección universal de bienes y energías, hemos de reconocerlo, se puede encontrar remedio a la agonía de esta España acosada por los particularismos: ya no será signo de distinción tal o cual acento o una paparruchera interpretación de un trasnochado incidente histórico: será, como en cualquier comunidad realmente progresista, el afán por descollar en generosidad o en “inteligente” proyección social y universal de lo que a cada uno distingue.

Recordemos ahora cómo, en España, las exageradas muestras de particularismo regionalista no son más que “la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo” (esto lo dijo Ortega en 1.921).

Si la “historia de la decadencia de una Nación es la historia de una vasta desintegración”, las razones y medios para superar tal decadencia han de ser buscadas en una progresiva integración. Claro que, para que esa integración pase de las palabras a los hechos, al poder político le corresponde la iniciativa en roturar caminos de orientación universal para, luego delegar, descentralizar, coordinar en respeto a las respectivas libertades de iniciativa.

Quiere ello decir que, para romper la tendencia particularista tan esencial es dosificar la fuerza central como encauzar la fuerza de dispersión. Si es respetable todo lo que distingue o personaliza (idioma, costumbres, historia, modos de pensar y obrar..) no lo es lo ramplonamente particularista como es la pedantesca ilusión de poseer mayor capacidad craneana o una más brillante disposición para los negocios. Ello no obstante, “la actualidad pública de España, sigue recordándonos Ortega, se caracteriza por un imperio casi exclusivo del particularismo: lo negativo de los nacionalismos más acusados no es su fervorosa preocupación por la diferencia, es el poso que les llega del particularismo central, éste, a su vez, alimentado por el terror a perder el poder, que se toma como privilegio y no como posicionamiento para hacer y proyectar”

Pero el particularismo de los pueblos, al igual que el cerrado egoísmo de las personas, pierde razón y fuerza cuando la Invitación Comunitaria presenta argumentos los suficientemente gratificantes para romper las cerriles fronteras de la autocomplacencia.

Falta, pues presentar a los españoles, prometedores campos de acción que pueden ser seguros caminos para una comunitaria integración. Ya entonces estaríamos los españoles, todos los españoles, comprometidos en una Acción Solidaria, no retórica y sí volcada hacia la solución de tantos y tantos problemas de elemental supervivencia de otras personas y de otros pueblos con iguales derechos que nosotros al disfrute de bienes y servicios. Y, desarrollada la potencialidad de nuestra Economía, alcanzaríamos nuevas cotas de Progreso por caminos de estricta racionalidad al tiempo que nuestra agónica Democracia recibe la sacudida de un nuevo impulso vital.

Aunque ya extraordinariamente grave, la de los desenfrenados particularismos (central y periféricos) es una remediable forma de agonía de nuestra España y de nuestra Democracia: una y otra cuentan suficientes reservas de vida y de constructiva ilusión. Son los cauces de desarrollo los que han de ser desbrozados por la capacidad de juicio de los españoles más generosos: de éstos (con su voto) depende que la adecuada forma de gobernar debilite los particularismos (el anquilosante y perverso particularismo centralista, en primer lugar) y sea capaz de presentar con arrolladora claridad un sugestivo proyecto de vida y de acción en común.

España es nuestra inmediata circunstancia de carácter comunitario con indudable vocación de proyectar sus capacidades y energías hacia el bien universal: acuciante (y sugestivo) proyecto de vida y de acción en común es el de asumir como propios los problemas de desarrollo (o supervivencia) de las personas y pueblos “proletarios” (los que, en cuestión material, tienen muy poco que perder). Ello puede encajar perfectamente en la Economía Social de Mercado y, por lo tanto, no implica peligro alguno de recesión económica en cuanto abre nuevos canales para la industria y los servicios.

Cuarta Parte

Hacia una Economía de la Reciprocidad

1. ¿NUEVO MODELO ECONÓMICO?

El “gran desafío del momento”, ha señalado SS Benedicto XVI en un viaje a la República Checa, es comprobar que “la ética no es algo exterior a la economía, que técnicamente podría funcionar por sí misma, sino que es un principio interior de la economía, pues ésta no funciona si no tiene en cuenta los valores humanos de la solidaridad, las responsabilidades recíprocas y si no integra la ética en la edificación de la misma economía".

Respondiendo a ese “desafío”, el mismo Pontífice expone su compromiso de “ayudar para que el sentido de responsabilidad sea más fuerte que la voluntad de lucro, que la responsabilidad con los demás sea más fuerte que el egoísmo".

Con él creemos que, en la racionalidad de una economía boyante, caben las coordenadas del Bien Común para garantizar los buenos resultados a medio y largo plazo, muy por encima del afán depredatorio que caracteriza a las maniobras del “toma y vámonos” de la desaforada especulación o del beneficio inmediato caiga lo que caiga. Los buenos emprendedores hacen bien en aspirar y trabajar por lograr una buena cuenta de resultados: lo contrario sería ir en contra de la propia racionalidad económica. Lo hacen mucho mejor si aciertan con la más acuciante demanda, cual es una progresivo incremento y cabal distribución de los bienes naturales de primera necesidad. En ello pensaba el que fuera compañero de Lenin y luego militante cristiano cuando afirmaba: trabajar por el propio alimento es una necesidad material; hacerlo por el alimento del prójimo es una “exigencia espiritual”.

En ese punto no necesitamos insistir sobre el hecho de que el desaforado individualismo materialista de los grandes especuladores se parece mucho a la bárbara práctica de ir de aquí para allá talando los árboles para disfrutar de forma inmediata de sus frutos ¿no es más consecuente con la realidad hacer lo posible para que el beneficio sea continuado y, de hecho, más abundante en un prometedor futuro con “más árboles y más comensales”? ¿Cuánto bueno no vendrá de la “percepción empresarial” de que el destruir por un inmediato y más efímero beneficio se da de bruces no menos con los gritos propia conciencia que con una satisfactoria cuenta de resultados a medio y largo plazo?

2. GASTO PÚBLICO, MEDIOS DE PRODUCCIÓN Y BIEN COMÚN

Hasta ahora, los políticos en el Poder no han querido reconocer la fenomenal perogrullada de que el crecimiento del funcionariado, agrava el problema del desempleo en cuanto retrotrae del Presupuesto recursos necesarios para el desarrollo de la ECONOMÍA PRODUCTIVA, acompleja las relaciones entre administrados y administradores a la par que resulta una burla de los poderosísimos y nada caros medios de tratamiento de la información.

Puede, incluso, llegar a ser un “criminal despilfarro”, que, por demás, no satisface a nadie: el propio funcionario debe reconocer que un presupuesto, por generoso que sea, tiene un límite, lo que quiere decir que cuantos más sean a menos tocan: pensemos en la eficacia de la gestión y que ésta sea remunerada pertinentemente (¿a cuanto tocarían de incremento en su sueldo los funcionarios fieles si se aplicara a ello un diez por ciento del ahorro de quinientos mil puestos de nula utilidad?).

Bajo un orden democrático el “dirigismo económico” ha de mantenerse reducido a su mínima expresión, pero no menos de lo necesario para que el clásico “laisez faire, laisez passer”, poderoso impulso de la iniciativa privada, genere responsabilidad social a pesar mismo de la habitualmente escasa “buena voluntad” de las personas.

En el capitalismo de la vieja escuela lo que se llamó “libre cambio” era presentado como una sagrada panacea: sin intervención alguna del Estado, con libre rienda al interés contante y sonante, la sociedad en pleno, en progresiva prosperidad y de la mano de la estricta conveniencia de los “propietarios” conquistaría las “Armonías Económicas” (Bastiat).

Históricos y dramáticos desequilibrios han sido el resultado de la “cruzada a cualquier precio” que predicaron los teorizantes de la “Economía Clásica”, a pesar mismo de las insospechadas fuentes de riqueza que han cobrado realidad al hilo del progreso técnico y de la iniciativa empresarial.

Hubiera sido mayor la armonía, si el Estado hubiera cumplido con su “natural papel” de catalizador de energías: factor previsor con medios para mostrar campos en que cultivar complementarias vocaciones, con poder suficiente para garantizar mayores estímulos a las iniciativas empresariales de más positiva proyección social y, también, con la ley en su mano para corregir eventuales desmanes.

La antinatural situación de desempleo que nos toca sufrir en directa relación con la falta de constructivo interés por los problemas de los “países proletarios” clama perentoriamente por un plan de rigurosa viabilidad.

Huelga toda retórica o medias tintas; huelga cualquier intento de poner trabas al desarrollo de viables iniciativas empresariales; huelga traspasar responsabilidades a las pomposas instituciones internacionales; huelga cualquier atisbo de proteccionismo hacia toda actividad económica que no se traduzca en mantenimiento o creación de empleo.

Invitar a conocer lo más positivo que, por expresa preocupación de los gobernantes, habrá de ser lo de más amplia proyección social en bienes y servicios.

¿Con qué medios cuentan los gobernantes? Con posibilidades de rigurosa información sobre la demanda internacional, los recursos del territorio, la probable evolución de los medios técnicos; con autoridad sobre la moneda, los acuerdos internacionales, la normativa laboral; con los Presupuestos Generales y la correspondiente maquinaria fiscal; con directa responsabilidad sobre las infraestructuras... Son muchos y poderosos medios con que cuenta un Gobierno Democrático.

Todos ellos, creando empresa, han de facilitar la contundente respuesta al desempleo actual, ese aberrante engendro de una economía incapaz de sacarle un natural y cumplido provecho a un inmenso caudal de energías.

En el clima de una comunitaria preocupación por hacer de la Economía Social de Mercado el punto de encuentro de emprendedores y colaboradores, cabe a los políticos la responsabilidad de incrementar los estímulos a las positivas iniciativas particulares, prevenir desequilibrios y abrir brecha cuando, donde y cómo haga falta, tal como si todos los miembros de la sociedad civil, en libre y recompensado uso de las respectivas capacidades constituyeran una auténtica Comunidad de Trabajo.

3. MENOS COSTOSA Y MÁS PIRAMIDAL BUROCRACIA PÚBLICA

En cualquier entidad económica, gastar más de lo que se ingresa conduce a la bancarrota si la desproporción no obedece a bien estudiadas inversiones, que, a la larga, habrán de traducirse en superiores ingresos: es así como, a un razonable plazo, se restablece el equilibrio.

Regla de oro de la buena gestión administrativa es marcarle un techo a los gastos “corrientes” de forma que el eventual déficit no tenga otra explicación que la de “necesidad coyuntural para responder a elementales ajustes del aparato productivo”.

Este prudente razonamiento, aplicable ¿cómo no? al entramado financiero de cualquier país más o menos desarrollado, es obviado con excesiva frecuencia por los políticos esencialmente preocupados por no desvelar las flaquezas de su gestión ¿Consecuencias? La Deuda crece y crece con las lógicas consecuencias sobre el nivel de vida de la presente y sucesivas generaciones que han de asumir los pagos con la consiguiente carga de crecidos intereses.

Ése es un lastre difícil de digerir cuando no lleva camino de disminuir ni se traduce en la creación de nuevas fuentes de riqueza o en el desarrollo de elementales servicios sociales (en puestos de simple trámite burocrático se calcula un exceso superior al millón de funcionarios); no menos grave es la ligereza en la adquisición de costosísimos equipos de gestión, cuya aplicación precisa o es desproporcionada o está fuera de lugar.

Un somero análisis de los procedimientos administrativos del Estado lleva a la conclusión de que, a todos los niveles, se incurre en una galopante multiplicación de gastos innecesarios cuya cuantificación bien puede ser superior, incluso, a los intereses anuales de la Deuda.

No es de lugar la borrachera de números y sí el repaso a constructivas conclusiones: elimínense todas las inútiles duplicidades en tramitaciones, considérese a la incisiva advertencia de Cyril Northcote Parkinson (el peligro de aumentar el personal a medida que disminuye el trabajo) como un peligroso cáncer diagnosticable a tiempo, establézcase por Ley y con proyección a las distintas administraciones, tanto incentivos a la “productividad administrativa” como políticas de plantillas en sintonía con los nuevos medios de gestión y los reducidos recursos, considérese grave delito los desajustes presupuestarios y el despilfarro...

Nos guste o no, en no pocas empresas tanto públicas como privadas, logran notoria incidencia las “clásicas” tres Leyes de Parkinson (1957):

1. “El trabajo crece hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización”.

2. “Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos”.

3. “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia”.

Si tal realidad se añade a una inadecuada “política de motivación y participación” ¿podemos extrañarnos de que nuestra maquinaria productiva resulte excesivamente anquilosada para responder a las necesidades del momento actual? ¿no es de lugar un alto en el camino para revisar parasitarios y carísimos procedimientos?

En primer lugar y dada la posible situación de “quiebra técnica” en el aparato financiero del Estado, para orientar recursos financieros públicos hacia la optimización de la máquina productiva se impone una renegociación de la Deuda con el propósito de obtener una estratégica moratoria en el pago con la deseable reducción de una substancial parte de los intereses.

Puesto que las empresas públicas deficitarias inciden muy substancial y negativamente en el incremento del Gasto Público, tiempo es ya de abordar una bien elaborada estrategia de privatización en la que quepan variantes como, por ejemplo, la “gestión privada por concesión” para servicios públicos como los ferrocarriles y otras infraestructuras.

Caben otras medidas concretas: por ejemplo, formular una Ley Orgánica que, con el preciso objetivo de reducir substancialmente el Gasto Público “corriente”, determine la reducción a la mitad de las carteras ministeriales, a la cuarta parte las direcciones generales y, en no menor medida, los altos cargos de las administraciones “periféricas” y los diversos nombramientos discrecionales (cargos impuestos por la clientela política, los cuales, las más de las veces, parasitan la eficacia de experimentados funcionarios y cuya supresión, porque llevan el marchamo de la provisionalidad, no implica la menor dificultad en la marcha de la gestión pública).

Refiriéndonos al caso de España, en un deseable y seguro que posible Compromiso Nacional, habrá de abordarse una drástica reducción e, incluso, eliminación de los condicionamientos “políticos” en la función administrativa de ayuntamientos y comunidades autónomas de forma que, en el marco de las respectivas competencias, los elegidos cumplan, estrictamente, el papel que, en la empresa privada, corresponde al Consejo de Administración y Consejero Delegado; los restantes papeles habrán de ser cubiertos por especialistas y funcionarios de plantilla...: el servicio público saldrá favorecido, se habrá facilitado lo que hoy es una muy problemática y muy lenta coordinación de funciones y, lo que es obvio, perderán su actual cometido substanciales partidas presupuestarias.

Para terminar, forzoso es reconocer que la actual situación exige otras medidas de excepción que, en lo posible, no solivianten los ánimos de los españoles. Ejemplo: una moratoria de, al menos, tres años, a la no desdeñable modernización de las Fuerzas Armadas, algo que, si bien es requerido por el papel de España en el concierto de naciones, la crítica situación en el nivel de empleo aconseja posponer: una previsible mayor liquidez a corto plazo hará menos traumática la costosa inversión.

Sin afectar para nada a las partidas dedicadas a Provisión Social y Educación, vemos abiertas razonables vías para la reorientación de una buena Parte del Gasto Público: a iguales ingresos, reducción de los “gastos corrientes” e incremento de las partidas destinadas a la creación de Empleo: “subvenciones condicionadas” a la creación de empleo, inversión en infraestructuras como, por ejemplo, el desarrollo de las fuentes de energía, incluida la nuclear, el equilibrado abastecimiento de esa materia prima que es el agua, la plena “modernización” de la agricultura, acuicultura y ganadería… etc.

4. UNA FISCALIDAD PROMOTORA DE EMPLEO

Ninguna ley fiscal puede “castigar” el mantenimiento o creación de puestos de trabajo, justamente, lo que ocurre con frecuencia en determinadas imposiciones gubernamentales. En España, tenemos un claro ejemplo de ello en el llamado IAE o Impuesto de Actividades Económicas según el cual el número de empleados representa un agente multiplicador del coeficiente básico para el cálculo de la carga impositiva: cuando se cuenta con otras muy objetivas referencias (superficie, ámbito comercial, carácter de la producción o servicio, máquinas, consumo de energía, derivaciones al Medio Ambiente, etc.) el hecho resulta particularmente inapropiado. Sin duda que así empiezan a comprenderlo algunos legisladores; esperemos que se establezcan las correcciones oportunas.

En esa línea de razonamiento cabe la posibilidad de que en otros impuestos, como el de Sociedades, se introduzca un “factor de compensación” en relación directa con el número de empleados en activo: a la “cuota líquida” podría aplicarse una progresiva reducción en relación inversa con el ratio Activo/Número de Empleados según un elemental baremo de fácil entendimiento y aplicación.

En contrapartida, tales reducciones podrían ser compensadas con paralelos incrementos cuando el referido ratio supere un bien estudiado nivel: en la práctica, se tratará, simplemente, de multiplicar la Cuota Líquida (provisional) por factores que podrían ir de 0,75 a 1,25 según las oportunas tablas incluidas en Ley.

Tales novedosas medidas legales no deben neutralizar las ya establecidas deducciones para promocionar el empleo estable o de “problemática aceptación” por parte del empresario (Contratos indefinidos, de muy jóvenes, también de mayores o de aquejados con alguna discapacidad, etc., etc.).

A tenor de lo expuesto, se comprueba cómo el aparato fiscal puede traducirse en un aliciente más para el mantenimiento y creación de empleo: es algo que encaja con la “razón esencial” que representa el servicio a la Justicia Distributiva, alma mater de lo que venimos llamando Economía Social de Mercado (libertades individuales y equilibrada promoción de motivaciones).

Obviamente, la mayor parte de los recursos de una Nación, deben ser encauzados hacia el desarrollo de toda su potencialidad con la mira puesta en la adecuada motivación de cuantos participan en el proceso productivo.

Dicho esto y reconocido que, sin libertad, no es posible una mínima optimización de los recursos disponibles, al Poder Político, administrador de tales recursos y garante que debe ser del ejercicio de las libertades previas al compromiso social, compete neutralizar y no promocionar la especulación estéril, el acaparamiento abusivo y el despilfarro (criminal por que, normalmente, se alimenta de ahondar las perentorias necesidades de los más débiles).

Puesto que pueden alcanzar el preciso conocimiento de las más perentorias necesidades sociales y cuentan con poderosos medios de acción como son el aparato fiscal, la reglamentación del crédito y el uso de no pocos alicientes para la inversión productiva, los Responsables de la Administración Pública deberán ingeniárselas para que, por ejemplo, el dinero más rentable sea aquel que se aplique a la efectiva creación de riqueza y, por consiguiente, a la multiplicación de los puestos de trabajo, cuya principal y más directa consecuencia habrá de ser una más equitativa distribución de esos mismos recursos y una mayor capacidad de ahorro y consumo con el consiguiente positivo tirón sobre toda la Economía.

5. MAYOR PROYECCIÓN SOCIAL DE LA HACIENDA PÚBLICA.

Toda la Actividad Económica Nacional está á condicionada por la elaboración, aprobación y seguimiento de los Presupuestos Generales del Estado. No es necesario recordar que capítulo preferente en la asignación de recursos públicos requiere la promoción de las oportunidades de empleo.

También es obligado respetar, en su carácter y cuantía, todos los “derechos adquiridos” (nada de barajar torpe e injustamente la eventualidad de “recortar las pensiones”) y las partidas destinadas a Sanidad y Educación.

Todo ello dentro de la obligada necesidad de romper la tendencia a la “progresiva desproporción” entre Presupuestos Generales y P.I.B.: es de elemental sentido común que los gastos se ajusten a los ingresos. En consecuencia, en la estrategia de elaboración de los Presupuestos Generales del Estado cabe:

* Regular a la baja la presión fiscal directa de forma que el total de “Ingresos Corrientes” resulte inferior al 40 % del P.I.B.

* Extremar el rigor en la persecución del Fraude.

* Suprimir duplicidades y trámites administrativos no estrictamente necesarios. Burocracia piramidal al uso de las distintas administraciones es la solución a tanta difuminación y dispersión de procedimientos administrativos.

* Reducir a un tercio los “altos cargos”, cuyas percepciones salariales no pueden ser superiores a 5 veces el salario mínimo.

* Ajustar las prestaciones sociales en función de la evolución del IPC del año en curso.

* Aplazar en la medida de lo posible el pago de los intereses de la Deuda.

* Incrementar hasta el 6 % la Inversión Pública en Infraestructuras.

* Posponer cualquier proyecto de Gasto Público sin incidencia directa en la Creación de Empleo o en el necesario mantenimiento de los servicios básicos del Estado.

* Arbitrar la movilidad de funcionarios de forma que, según las necesidades, puedan ser adscritos a cualquier organismo de las distintas administraciones.

* Intentar cubrir una parte substancial del Déficit con la privatización de empresas públicas de la índole de TVE..

Sin duda que las cifras totales de cada capítulo principal son consecuencia de las que corresponden a la cobertura de las necesidades de cada “unidad administrativa”; pero, a la par que han de ir en consonancia con las posibilidades generales, también son una referencia obligada para no “pasarse” en cada presupuesto parcial.

Por ello es tan importante el recordatorio de la trayectoria que ha seguido el Gasto Público en los últimos años y el extender a cada unidad presupuestaria de las distintas administraciones la obligación de suprimir o restringir gastos que no correspondan de forma directa al mantenimiento de un servicio necesario o a la promoción de oportunidades de empleo.

6. ¿INICIATIVA ESPAÑOLA EN EL ÁREA DE LA SOCIEDAD OPULENTA?

Teórica regla de oro del Comercio es la reciprocidad. En la práctica, la tal reciprocidad viene seriamente condicionada por los intereses o imposiciones de los más fuertes. Tal como resulta habitual en los conciertos comerciales, en el área de influencia de los G8 con sus principales protagonistas, U.S.A., Japón y Alemania, es el “fuerte” el que marca la pauta del intercambio.

El menos fuerte deberá á tener clara conciencia de su posicionamiento para que, por un camino u otro, las “obligadas o circunstanciales cesiones” encuentren un mínimo nivel de compensación. España, obvio es reconocerlo, no “pisa” con suficiente fuerza en el concierto comercial de las naciones europeas; pero, puesto que su adhesión es aceptada por todos los miembros como un valor muy positivo, hora es de “pasar la factura” en uso de las facilidades que brinda la Ley del Libre-Cambio, reconocida por todos.

Con harta ligereza se ha seguido el juego a un cierto proteccionismo suicida del que han hecho gala no pocos “acuerdos de Bruselas”: son insultos no ya a la elemental justicia sino al sentido común, a la Ley Natural y a la propia razón de ser de la vida humana y de su entorno material... el talar á árboles, destruir enteras cosechas de productos de primera necesidad o primar el sacrificio “estratégico” de reses.

Es, por demás, un estrepitoso fracaso comercial: ni siquiera se logra frenar a los precios, “justificación” que se esgrime para esos “criminales” (claro que sí) comportamientos; pero sí que se abren profundos e irreparables baches en algo que impone el propio carácter del Comercio: ampliar los horizontes de la Demanda.

Las políticas de estrangulamiento de la producción en los artículos de primera necesidad es el peor negocio de los países desarrollados, tanto es así que se puede dar por demostrado que la actual recesión en la economía europea tiene mucho que ver con la peregrina e inhumana limitación de productos y mercados. Esto último es tanto más chocante cuanto una moderna economía cuenta con recursos para compensar los asedios de la competencia o mantener la viabilidad de su mercado (la imposición negativa, los intercambios en especie, la agilización de los sistemas de distribución, la elaboración de programas de desarrollo para terceros...)

No es necesario recordar que un deliberado estrangulamiento de la capacidad productiva de artículos de primera necesidad y seguro mercado interior y exterior es uno de los más poderosos medios de destrucción de empleo: así lo acusan sectores tan vitales como la agricultura, la ganadería, la pesca o esa prometedora actividad que se llama la acuicultura.

Claro que persisten obsoletos sistemas de producción; pero su deseable sustitución siempre habrá de ir detrás y no delante de las nuevas y más eficaces herramientas: las llamadas reestructuraciones implican siempre una paralela y prudente sintonía en uso de medios materiales y recursos humanos: nunca una reestructuración puede implicar una previa licencia de trabajadores.

No será hacer el juego a la compleja pugna de intereses de los más fuertes lo que brinde a España una automática salida de la crisis; tampoco lo será una vergonzante confianza en que los problemas se resolverán por sí solos, gracias a nuestros méritos históricos o a la “fe” en que el espíritu del capitalismo es el angel tutelar de una moneda apetecible para los especuladores.

En estricta matemática, el progreso económico requiere un elemental punto de apoyo: creación de riqueza efectiva en base al aprovechamiento de las energías humanas y medios materiales de que se dispone. Esa riqueza efectiva se traduce en bien social cuando sigue el hilo de precisas necesidades humanas y capitaliza al máximo las facilidades que brinda el Libre Mercado.

Es una traición a la propia razón de ser de la vida humana intentar sustituir ese sagrado punto de apoyo con maniobras de divertimento o de especulación, sea porque así nos lo pide una fidelidad a trasnochadas teorías deterministas, sea porque, para combatir la tiranía de un monstruoso déficit, no utilizamos otro medio que el de incrementar la Deuda en base a elevados tipos de interés y de cotización que presenten como apetecible una vapuleada e inconsistente moneda sin referencia directa con el estado real de la Economía.

Capitalizar al máximo las facilidades que brinda el Libre Mercado significa mantener lo positivo de anteriores compromisos con la Unión Europea sin dejar de prestar la oportuna atención a otros muchos potenciales clientes y suministradores, en especial a aquellos capaces de valorar ese aconsejable desarrollo de una tecnología intermedia a escala de nuestros recursos. ¿Que ello requiere una más interesada autonomía en las relaciones comerciales con terceros países? Por supuesto que sí; es una exigencia de nuestros millones de parados y, por demás, una práctica abiertamente cultivada por nuestros colegas de la Unión Europea.

Capitalizar las facilidades que brinda el Libre Mercado significa, también, una más responsable toma de posición en las relaciones comerciales con lo que se llama la “locomotora mundial”, los Estados Unidos de América: pobre perspectiva la nuestra si hemos de esperar que la tal pretendida “locomotora” nos saque del actual atasco por la sola virtud de su propia grandeza o magnanimidad. Optemos, más bien, por simples relaciones comerciales en base al interés mutuo, lo que obliga a justipreciar nuestra OFERTA y nada más que eso.

Esa Oferta, obvio debería ser recordarlo, depende, fundamentalmente, de la certera aplicación de nuestro saber hacer y de nuestras energías hacia algo tan concreto y tan directamente bajo la responsabilidad de muchos de nosotros como es resolver el principal problema español de nuestro tiempo: si lo que ofrecemos o producimos es comerciablemente aceptable, sin duda que despertaremos el interés de “medio mundo” y con ello lograremos consolidar los puntales de nuestra economía.

Se impone, pues, un razonable posicionamiento de calibrar reciprocidades en todo el amplio concierto de naciones, sin ruptura de estratégicos compromisos y asociaciones con nula retórica y sí específicos y oportunos análisis de los pormenores de cada oportunidad y operación con la consiguiente facilidad para colocarlo en los Mercados interiores y exteriores.

Si todo ello va y viene en razón directa con lo que somos capaces de producir y ofrecer, cabe esperar una considerable reducción de nuestro actual desequilibrio entre importaciones y exportaciones hacia todas las latitudes con la consiguiente incidencia de creación de empleo dentro de nuestras fronteras: no se ajusta a los intereses nacionales una política que crea en países más prósperos puestos de trabajo que podrán crearse en el propio: tal ocurre cuando, a empresas y particulares, resulta más interesante tirar de la oferta exterior en productos de fácil realización por nosotros mismos.

Es justamente lo contrario lo que requiere la actual coyuntura española: que personas y particulares encuentren abonado el camino para capitalizar progresivamente y con proyección universal las propias disponibilidades.

7. CONSTRUCTIVA IMAGINACIÓN FRENTE A LA DEUDA EXTERIOR.

Entre otras cosas, una Nación es una entidad económica de superior nivel. Algo así como una gigantesca empresa cuya próspera viabilidad tomará consistencia si se respetan unas específicas reglas del juego.

Al igual que ocurre con una buena parte de las empresas, España sufre la rémora de anteriores torpes acciones comerciales: falta de previsión, escasez de estímulos para su personal, inadecuada organización, parcial aplicación de los propios recursos, ignorancia de nuevas posibilidades de proyección exterior, falta de rigor en balances y cuentas de explotación, torpe descuido en el momento de calibrar la necesaria rentabilidad de su caudal de energías...

Esas son, diríamos, las cuestiones generales que habrían de debatirse en una hipotética “Junta General” de todos los españoles.

Pero a efectos de reducir trabas en el inmediato remonte del actual bache, un conspicuo gerente apelaría al recurso que más a mano tienen las empresas: pasar las deudas a través del filtro de la propia conveniencia de forma que la liquidez con que se cuenta sea preferiblemente aplicada al aprovisionamiento de las más “precisas materias primas” y no, como con harta frecuencia ocurre en no pocas empresas, a “tapar la boca” al “más amigo” o al que más grita, lo que, en situaciones de crisis y por un elemental efecto de rebote, imposibilita el propio aprovisionamiento de lo más necesario y de su consecuente aplicación a la reactivación económica. ¿Consecuencia? En poco tiempo ni siquiera se puede pagar a los más amigos ni a los que más gritan.

Atenazados por la tiranía de una deuda que fue alimentada por la necesidad de “financiar”, además de desproporcionados gastos, despilfarros, corrupciones y aberrantes errores, muchos países sufren de parálisis cuando no de progresiva miseria.

No se trata de “olvidarse” de los compromisos de pago: se trata, simplemente, de establecer una rigurosa escala de prioridades para que, en un “tiempo prudencial”, todos esos compromisos puedan ser atendidos.

¿Mecanismos? Los habituales en tales casos: premiar el reintegro a largo plazo con tipos más altos, “imponer” demoras cuando sea posible, reconsiderar lo “reconsiderable”.. etc., etc., … Lo primero es lo primero, que se dice en la jerga empresarial: en una situación con tantos millones de parados, es requisitoria de primer orden poner en marcha la maquinaria de creación de todos los puestos de trabajo que demanda la Ley Natural o, si se quiere, la Justicia más elemental o la Ley de Supervivencia.

Esa puesta en marcha tiene un precio que habrá á de requerir la máxima atención en los Presupuestos Generales del Estado y quienes los elaboran y aplican han de ajustarse a la escala de prioridades que impone el Bien Común: estúdiese, pues, la elasticidad que al pago de la Deuda conceden las circunstancias.

8. CRÉDITOS BLANDOS EN FUNCIÓN DE NUEVOS PUESTOS DE TRABAJO

Para facilitar la creación de tres millones de puestos de trabajo, a una media de treinta trabajadores por empresa, se hacen necesarias cien mil empresas. Supuestos el suficiente número de vocaciones empresariales, la supresión de “dificultades artificiales”, una pertinente publicidad y estratégica motivación sobre los lugares de ubicación en razón de las más propicias circunstancias, examen de viabilidad de los respectivos proyectos y certera previsión sobre los razonables canales de distribución (cuestiones sobre las cabe directa responsabilidad al Poder Político), procede entrar en el tema de la financiación.

Obviamente, la asunción del riesgo corresponde al potencial empresario al que no solamente caracteriza la ilusión de organizar o mandar: debe contar con la adecuada preparación técnica (“saber lo que se hace” en la específica rama empresarial que ha elegido) y disponer de recursos o de crédito. Ya en este terreno, su futuro éxito depende, en buena medida, de las cargas iniciales.

El abaratamiento del crédito, que no la generosidad en la concesión, parece una tendencia natural de la actual economía española; aun así, la inversión especulativa juega con ventaja respecto a la inversión eficiente (esa que implica directa preocupación por crear o mantener puestos de trabajo).

En las manos del Poder Político está á el cambiar de signo la situación: en escrupuloso respeto a las exigencias (que no leyes) del mercado monetario que impone un “realismo ocasional” a los Tipos de Interés, los principales responsables de la Gestión Pública pueden y deben primar a los créditos aplicados a la creación de puestos de trabajo; obviamente la prima deberá á ir en razón inversa del costo de cada puesto de trabajo a crear.

Llegados a este punto se impone una reflexión sobre la vieja práctica de primar inversiones multimillonarias con pobre incidencia en puestos de trabajo. Dadas las limitaciones de los recursos públicos, es inadmisible canalizar parte de ellos hacia sofisticados o faraónicos complejos de dudoso interés social. Otra cosa es la inversión en infraestructuras de tan vital importancia en el despegue económico (por las facilidades que brinda a la circulación de medios materiales y humanos, por su papel de “locomotora” y por la cantidad de puestos de trabajo que crea o mantiene).

En las actuales circunstancias, no hay mayor interés social que la creación de puestos de trabajo; el primero obligado a reconocerlo es el propio Poder Político. En razón de ello y por todos los medios legítimos a su alcance, deberá á aplicarse a “desviar” de los Presupuestos Generales mayores partidas de inversión de modo que haya disponible para facilitar el terreno a la inversión privada fecunda en puestos de trabajo sin hacer distingos entre modestas o espectaculares cifras pero sí en esa imprescindible prodigalidad en puestos de trabajo.

La acusada necesidad de cien mil nuevas empresas no puede tropezar con insalvables dificultades financieras. En respeto a la libertad de iniciativa y sin incurrir en blandengue proteccionismo (no pocos seudo empresarios se aprovecharán de la situación) el Poder Político tiene mucho que decir en la financiación de las empresas.

En el terreno de las cuantificaciones y marcándonos un plazo de tres años para cubrir los necesarios puestos de trabajo, podemos hablar de una mínima reducción anual del dos y medio por ciento en los gastos estrictamente burocráticos y de una “discreta y viable petición de moratoria” para una parte de los intereses de la Deuda. En la hipótesis más pesimista, ello nos proporcionará un “apartijo” suficiente para cubrir tal o cual perentoria necesidad. A título de ejemplo, tal apartijo podría se cuantificado en diez mil millones de euros.

Bien administrados, esos diez mil millones de euros posibilitan una substancial aportación de avales a los créditos aplicados a la creación de empleo.

Si se fija la inversión media por puesto de trabajo en cuarenta mil euros (bastante menos es lo que se requiere para reactivar el campo, servicios de gestión o numerosas aplicaciones de “tecnología intermedia”), la masa inversora (procedente de la iniciativa privada) para crear un millón de puestos de trabajo por año asciende a cuarenta mil millones. La partida presupuestaria de 10 mil millones que hemos apuntado representa el 25 por ciento de esa cantidad, a todas luces suficiente para gestionar avales y cubrir con las pertinentes compañías aseguradoras eventuales casos de morosidad.

Obviamente, el camino se allana si se logra una partida presupuestaria mayor y tanto mejor si, por mecanismos que facilitan las grandes compañías aseguradoras, los organismos públicos facilitan avales y pertinentes análisis de viabilidad. Para tal política de financiación, la Administración Española cuenta con las Cajas de Ahorro, entidades financieras que, a diferencia de la Banca Privada, no se mueven por el estricto afán de lucro y, por lo mismo, pueden medir inversiones y ayudas financieras a través de un preferente interés social.

Todo ello puede llevarse a cabo sin incurrir en peligrosos desequilibrios y con un criterio rigurosamente selectivo en función, repetimos, del costo por puesto de trabajo que, para lograr la pertinente subvención o concesión de avales, en ningún caso deberá á ser superior a los cuarenta mil euros.

Por supuesto que sigue abierto el camino a costosas inversiones privadas (del interior y del exterior); pero sus promotores habrán de llevarlas a efecto en función de los propios recursos, nunca en detrimento de esa perentoria necesidad de canalizar la recuperación económica en base al desarrollo de las tecnologías intermedias junto con la deseable modernización de las infraestructuras y el ajuste de la producción de alimentos y otros bienes de consumo a la Demanda Internacional.

9. NECESIDAD DE UN COMUNITARIO PROYECTO DE EXPANSIÓN

Si, en no menos de las cuatro quintas partes de la Humanidad escasean los bienes elementales para una digna supervivencia cuando no para una fecunda colaboración en la orientación del Progreso... ¿en nombre de qué derecho se restringe la fluidez de esa previsora, lógica y natural fuente de abastecimiento que brinda la Tierra oportunamente asociada con el Progreso Técnico?

¿Que se desequilibrarán los precios? No, si los costos de “soluciones” al estilo de esas insultantes subvenciones a la reducción de cosechas y de “cabañas” nacionales se aplicaran a la desgravación o “contra impuesto” por kilo o litro de alimento producido.... Cualquier cosa menos el destruir deliberadamente una sola de las proteínas necesarias para el desarrollo de la Humanidad.

¿Que los eventuales destinatarios no gozan de suficiente capacidad económica? No si se aborda seriamente la muy posible “marshallización” del ámbito comercial: ¿Qué habría sido de la moderna economía americana sin aquel “Plan Marshall”, al que los más timoratos (o, groseramente, egoístas) tildaron de arriesgado y que, de hecho, se reveló como oportunísimo para promotores y beneficiarios, estos últimos totalmente arruinados por una devastadora guerra? ¿Acaso falta imaginación para convertir en “fieles clientes” a esas cuatro quintas partes de la Humanidad que pasan hambre? ¿Puede alguien poner en duda el tirón que ello representaría para una economía a la altura del desafío de los tiempos?

Una nación como la española, que por su capacidad productiva y nivel de desarrollo, se encuentra a medio camino entre los siete “grandes” y la inmensa multitud de países “en vías de desarrollo” debe resistirse a entrar en la trama de antinaturales proteccionismos, cuya positiva viabilidad económica es harto discutible.

Sorteando con arte las trabas que opone el imperialismo de la opulencia y en uso de sus derechos soberanos, España debe aplicar su capacidad y entendimiento a lo que demanda una buena parte de la humanidad deshereda, lo que, por feliz reversión, que demuestra la experiencia, redundará á en beneficio de los españoles, en particular, de los más realistas y emprendedores.

Nuevas industrias (en la actividad conservera, principalmente), mayor desarrollo técnico en lo específicamente español, más racionales cultivos (racionales porque se ajustarán al necesario equilibrio entre medios de explotación, recursos naturales y distribución) es lo que parece demandar a gritos nuestra “natural zona de influencia”.

Para abrir o consolidar nuevos canales de expansión, los principales responsables de una Economía Social de Mercado habrán de huir de probados excesos de papanatismo tanto respecto a teorías más que desprestigiadas por la Ley Natural y la experiencia como a dictados de los opulentos que continúan apurando al máximo las posibilidades que para el acaparamiento les ha brindado su insolidaria trayectoria histórica. Mayor libertad y viabilidad de éxito ofrece el desarrollo de iniciativas consecuentes con la demanda de otros países menos celosos de sus privilegios.

Parece evidente que, para los españoles, la solución al problema del desempleo se reduce a una bien orientada confluencia entre las palmarias necesidades de nuestra natural zona de influencia, una oportuna capacidad de iniciativa y la pertinente explotación de nuestros activos y potenciales recursos materiales y humanos.

No hay lógica para el desempleo en cuanto persista una vital carencia propia o ajena y sobran iniciativas empresariales para subsanarla: energías a comprometer hilvanan perfectamente con las necesidades a cubrir o mitigar.

¿No podría ello constituir el “alma” de algo tan necesitado por los ciudadanos de tal o cual país como es un sugestivo proyecto de vida en común capaz de aunar todos los esfuerzos, romper negativos particularismos de sectores y pueblos y sacarle el máximo jugo a tantas y tan valiosas, hoy por hoy, desaprovechadas energías? ¿Qué mejor orientación del Proyecto que la de centrarlo en la resolución del principal problema de nuestro tiempo? ¿Qué mejor alimentación del Proyecto que una Libertad Responsabilizante para promotores y gestores de las oportunas iniciativas?

10. PACTO SOCIAL A CINCO BANDAS

Todo lo que se viene diciendo será á letra muerta si resulta incapaz de despertar una mínima inquietud por sintonizar con la Ley Natural. Ese despertar ha de ser de forma personal e intransferible puesto que las otras mujeres y los otros hombres tienen su propia responsabilidad y es pobre y falaz consuelo el esperar que el mal uso y deficiente explotación de los bienes naturales pueda ser resuelto por los otros o por la inercia de las cosas (determinismo materialista de cualquier tipo).

Sintonizar con la Ley Natural significa reconocer que es exigencia elemental de una economía en desarrollo el social aprovechamiento de las ricas y diversas energías personales: implicarnos e implicar a todos en una urgente y bien urdida estrategia hacia la resolución de los problemas de desempleo. Si ello resulta imposible sin libertad y sin certeros y continuos estímulos, también es vano empeño sin una organización promovida y respetada por el Poder Político.

No es tiempo de utopías ni de salidas por la tangente. Apremia el remedio a tanto despilfarro y anquilosamiento de energías: prioridad, pues, a la praxis de un plan cuya viabilidad descansará á, fundamentalmente, en la colaboración que, por distintos cauces, habrá á de implicar a todos los hombres y mujeres en situación de ofrecer algo positivo al Bien Común: unos lo harán por la compensación crematística, otros en respuesta a una íntima vocación, otros por sentido del deber, los menos, es cierto, en alas de una generosa preocupación por reducir las carencias del prójimo.

Las energías de todos ellos (materializadas más en un trabajo disciplinado y regular que en hipócritas evasivas retóricas) constituyen el centro hacia el cual han de confluir todas las preocupaciones de cuantos ostentan poder y responsabilidad.

El compromiso de los menos atados por sus carencias será á siempre el más voluble y, probablemente, el menos solidario. De ahí la necesidad de orden, libertad y suficientes estímulos. Y la eficacia del poder político habrá de medirse siempre por la “viabilidad de la organización que él mismo promueve y mantiene”.

Será una Organización en la que quepan todos con sus respectivos bagajes: con un dinero tanto más respetable cuanto más resulta ser herramienta de reconstrucción económica, con su sentido de la auténtica Realidad, con su voluntad de aprender, con su paciencia y con su generosidad, con sus “manos” y con su “cabeza” en las diversísimas tareas que requiere la pertinente explotación de bienes y servicios. Obviamente, también caben los enfermos, los niños y los ancianos, siempre capaces de aportar testimonios y ocasiones de progresiva humanización y por lo mismo de más certeras respuestas a las exigencias del Derecho Natural.

Trascender los límites de la estéril retórica constituye el núcleo del desafío que a todos obliga, en especial a los que saben y pueden. Desde esta favorable Predisposición General cabe abordar un Constructivo Compromiso.

El primer paso será á la Iniciativa gubernamental hacia un proyecto lo suficientemente sugestivo para cuantos hayan de comprometerse en su realización.

El segundo paso es lo que se llama un Pacto Social, también promovido por el Poder Político.

La viabilidad de un Pacto Social a nivel nacional requiere, como fuerza de cohesión, claras muestras de entendimiento sobre los horizontes a cubrir y sobre la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno en la ejecución y consolidación de la obra diaria.

Un Pacto Social será simple papel mojado si no facilita la funcionalidad y progresivo desarrollo de la célula base de la Economía, la Empresa, sea ésta de pequeñas o grandes proporciones, de carácter agrícola, marinero, industrial o de servicios.

La progresiva conjunción de voluntades en el interior de la Empresa requiere bastante más que grandes frases o buenas intenciones, que de nada valen si faltan viabilidad económica y elementales estímulos para la cohesión entre las partes.

Los excesos y exageraciones de lo que se llamó Organización Científica del Trabajo o Taylorismo, que trataba al hombre como el apéndice de una máquina, despertaron una contundente réplica que condujo a la revalorización del Factor Humano y consecuente serio interés por desarrollar las RELACIONES HUMANAS en todo el ámbito de la Organización. Se prodigaron las investigaciones y estudios sobre la Organización y la Dirección hasta concluir en la inequívoca premisa de que, en todos los esquemas organizativos y en la regular línea de acción de los directivos, cabe aplicar muy precisas normas científicas capaces de optimizar las relaciones industriales hasta convertir a la Empresa en una Comunidad de Trabajo progresivamente rentable porque ha logrado integrar a todos sus miembros en la cobertura de unos bien definidos objetivos.

Tales pautas de organización que habrán de presidir, día a día, la actividad empresarial no son un lujo privativo de las grandes empresas. Son una necesidad tanto más acuciante cuanto más modestos son los recursos con que una empresa ha de encarar su futuro. Por supuesto que ello implica una bien definida política de planificación, acción y control, cuyas coordenadas básicas habrán de constituir el ABC de las preocupaciones del empresario y puntos de apoyo a las motivaciones que corresponden a cada integrante de la Empresa.

En una empresa de esas características sí que es posible la libertad en sintonía con unos bien precisados objetivos: los niveles de responsabilidad han de complementarse, lo que significa que todos los integrantes del equipo empresarial “están obligados” a una democrática comunicación en todas las direcciones, siempre, claro está, en base al “sagrado respeto” a los números, a su vez, garantes, de la viabilidad futura y, por lo tanto, de nuevas oportunidades para cuantos ven en el Trabajo la más segura vía de realización personal.

Lo que es bueno para la Empresa es bueno para la Nación: huelga cualquier propósito de recuperación de la economía nacional si no cuenta con claros objetivos y los suficientes estímulos para despertar voluntad de compromiso en una buena parte de los responsables de la ejecución de las sucesivas etapas de desarrollo y, al menos, comprometedora simpatía en el resto de los ciudadanos.

Demostrado está que los “sectores sociales” no se limitan a Gobierno, Sindicatos y Patronal, máxime cuando la labor del Gobierno está á limitada en el tiempo, son mayoría los asalariados y empresarios que no toman parte activa en la marcha de los organismos que oficialmente les representan y el “cuerpo social” restante vive el problema en toda su intensidad.

Bueno será , pues, implicar en el compromiso a las Instituciones (poderes Legislativo y Judicial) y al “Pueblo Llano”, éste representado por mecanismos de puro azar.

Tenemos así las “cinco bandas” en que deberá tomar consistencia el compromiso colectivo de reactivación económica en un espíritu de lo que ya tantas veces hemos llamado “libertad responsabilizante”, ese precioso valor cuya efectividad tanto se acusa en una Economía que presenta claros objetivos de futuro y desarrolla la adecuada estrategia para el compromiso de cuantos la empujan o son arrastrados por ella.

Por supuesto que, en la conclusión de las necesarias deliberaciones, deberá á imponerse el voto personal y secreto como mejor sistema para garantizar la libertad y contrarrestar las presiones corporativas.

11. INNOVADORA POLÍTICA DE SALARIOS PARA MAYOR PRODUCTIVIDAD

Caballo de batalla de innumerables discursos y proclamas, una pretendida “moderación salarial” parece ser el principal objeto de atención de algunos políticos y de no pocos teorizantes de lo que se llama Economía Política. El costo salarial es siempre un concepto relativo: alto o bajo en función de su incidencia en el servicio o productividad. Es ésta, en realidad, la que cuenta: tanto mejor si está en relación directa con la percepción salarial. Por otra parte, a efectos de “poder adquisitivo”, es el SALARIO REAL el que tiene la última palabra: no es la cifra sino el bien en que se traduce la cifra. Al respecto, debería tomarse como valor de referencia el tiempo de trabajo necesario para adquirir tal o cual bien, constatándose así el mayor o menor esfuerzo del asalariado para la adquisición de esta o aquella mercancía.

No hablemos, pues, de moderación salarial y sí de efecto positivo de tal o cual emolumento tanto en la productividad como en el flujo y reflujo de los bienes, que, por su propio carácter, dinamizan la economía a la par que, más que de simple soporte vital, sirven de medios para el desarrollo personal de todos y cada uno de cuantos intervienen en el mundo de la producción.

Como simple soporte vital fue notoriamente considerado el salario (y para muchos sigue siendo considerado) en la época del despegue industrial: cuando el asalariado era considerado “mercancía” o simple cosa logró torticera difusión lo que se llamó Ley de Bronce.

La tan traída y llevada “Ley de Bronce” de los salarios fue, en su origen, el reflejo de la situación de los trabajadores en los tiempos del despegue industruial: la simple constatación del proceder por parte de algunos empresarios se tradujo en aberración doctrinal y rémora para el progreso material (claro que sí) cuando doctrinarios, más o menos paniaguados, la formularon como un “debe ser” al hilo de los instintos salvaje del capitalismo más trasnochado: “En todo género de trabajo debe acontecer y, de hecho, así acontece, que el salario del obrero se limite a lo estrictamente necesario para procurarle la subsistencia” fue una proposición de Turgot (1.766), en la que se hicieron fuertes “clásicos” como Riccardo, Stuart Mill y el propio Marx; fue bautizada como “Ley de Bronce económica” (Das echerne ökonomishe Gesetz, 1863) por Lasalle, socialista alemán contemporáneo de Marx.

¿Cabe llamar hoy moderación salarial lo que el tal Turgot y una buena parte de sus sucesores consideraron elemental necesidad de subsistencia para el principal soporte del desarrollo capitalista?

No es solamente la ética o moral más elemental lo que ha puesto en solfa esa pretendida “ley”: tanto la necesidad de una continua y certera motivación como el simple papel de “polivalente” consumidor convierte en pieza clave del despegue económico a cualquier ciudadano. En razón de ello ¿quien duda de que cualquier trabajador es polivalente consumidor a pleno derecho? También sabemos que la suma de los ahorros particulares alimenta un fondo traducible en créditos a la inversión... ¿quién duda de que esos puntos por encima del “mínimo de subsistencia” del trabajador son convertibles en ahorro?

Consumo y Ahorro que arrastran Producción e Inversión, tanto más efectivas cuanto mayor sea el número y poder de los participantes. No es la masa salarial en sí el problema. Lo que realmente engendra desproporcionados costos e inflación es la escasa o regresiva Productividad y, en el caso de los funcionarios de las distintas administraciones, el desproporcionado número de ellos. Lo contrario, es decir, una Suficiente Productividad y una ajustada plantilla en los servicios públicos, es requisito elemental de la Racionalidad Económica cuyo principal objetivo, repitámoslo una vez más, es el progresivo avance hacia el Pleno Empleo.

Efectivamente: cien euros que producen ciento uno son más gravosos que nueve euros que producen diez. Es la “plus-valía” lo que mantiene la vida de las empresas y, por lo mismo, el progreso continuado en todos los órdenes de la actividad económica. Esa plus-valía es consecuencia de mantener los costos por debajo de los respectivos márgenes, pero siempre en el terreno de lo porcentual. Veinte es menos que diez si lo primero representa el diez por ciento y lo segundo el veinte: veinte sobre doscientos es menos que diez sobre cincuenta.

No es, pues, de “moderación salarial” de lo que hay que hablar y sí de positiva proporción en la asignación de “plus-valías”. Lo que sí es de elemental necesidad es la reducción de “parasitarios gastos” (malas compras, envejecidos medios materiales, excesivo peso financiero, burocracia anquilosada, etc...) para perfilar adecuadamente un “remunerado compromiso de participación en la Productividad”.

Múltiples y simples son las fórmulas efectivas y adaptables a cualquier circunstancia de modo, tiempo y lugar. Serán las más efectivas aquellas fórmulas que se traduzcan en directa retribución del esfuerzo en paralelo con una plusvalía capaz de responder al peso de la competencia.

Votamos porque sea esa óptica la que mueva las argumentaciones de la “Parte Social” (sindicatos que pueden y deben romper las cadenas de los viejos convencionalismos) en ese apuntado Pacto Socio-político a cinco bandas.

12. REVULSIVA FINANCIACIÓN DE LA SEGURIDAD SOCIAL

Por lo que respecta a la Seguridad Social, al Poder Político corresponde una doble obligación: garantizar el pago de todas las contraprestaciones comprometidas y velar por una suficiente y “fluida” tesorería.

La inadecuada administración opone graves dificultades al cumplimiento de esa doble obligación. Entre ingresos y gastos puede producirse un saldo negativo que puede crecer año tras año, principalmente, a causa de esa inadecuada administración, pero también por el hecho de que, progresivamente, han venido disminuyendo el número de cotizantes, es decir, el número de trabajadores en activo, y aumentando el número de perceptores.

Los profesionales del número fácil esgrimen tal realidad como argumento de peso para mantener las pensiones bajo niveles de miseria cuando no a presentar sucios trucos de selección o reducción; y, dado que, a pesar de sus timoratas recomendaciones, el problema no presenta visos de solución apuntan “paliativos” como el incremento de las cotizaciones por los trabajadores en activo o establecer nuevos impuestos sobre el consumo, lo que, igualmente, repercute en el bolsillo de los más débiles.

Obviamente, en las actuales circunstancias, tales medidas generan Desempleo a la par que agravan los problemas de tesorería, cuya magnitud amenaza la viabilidad del Sistema. Se impone otro tipo de soluciones desde una premisa tan incuestionable como es la progresiva cobertura de las necesidades de los más débiles.

Parece elemental el tratar de evitar que la recaudación de fondos para la Seguridad Social no se convierta en un factor negativo para el mantenimiento y contratación de trabajadores; para ello, se han de considerar por separado los tres canales de financiación.

* El canal procedente de los trabajadores deberá á tener el exclusivo destino de sufragar los gastos de posibles enfermedades, parte substancial de las medicinas, intervenciones quirúrgicas y hospitalización; su cuantía actual es más que suficiente si se compara con la voluntaria cuota familiar por pertenecer a una mutualidad médica de “servicios plenos”.

* El canal procedente de las empresas ha de ser tratado con “pragmática elasticidad”: nunca deberá á tener relación directa con el número de empleados, ni, por razones obvias, debe representar facilidad alguna para la insolidaridad.

* El tercer canal se alimenta de lo que se considera “gastos corrientes del Estado” y es tanto más voluminoso cuanto mayor es la diferencia entre “percepciones” y el doble concepto de “gastos de estructura” y “prestaciones”.

Obviamente, son los “gastos de estructura” el único concepto a revisar en profundidad; pero, dado su actual monstruoso volumen, caben substanciales reducciones a la luz de una más racional organización (más simples y eficaces procedimientos y más “productividad” en la gestión, acosada ¿quién lo duda? por evidentes focos de parasitario enchufismo).

Está claro que existen unas perentorias necesidades de ingresos, que éstos deben resultar suficientes para el fin que pretenden y que han de ser cubiertos según las más elementales reglas de la equidad.

Tanto esa cobertura como lo que llamamos “elementales reglas de la equidad” resultan notoriamente difíciles en las actuales circunstancias: un monstruoso y progresivo déficit y miles de hechos fraudulentos avalan tal constatación. Por demás, insistimos, entorpece la creación de puestos de trabajo.

Urge, pues, una perentoria reestructuración del Sistema: desde premisas absolutamente realistas, con la mira puesta en una rigurosa autofinanciación a medio plazo y con el claro objetivo de traducirlo en un aliciente más para la “involuntaria solidaridad” en la tarea de multiplicar las oportunidades de empleo (el voluntarismo entra en el personal terreno de la conciencia y, para responder a las crecientes necesidades sociales, supondría un suficiente caudal de “buena voluntad”, lo que, obviamente, hoy por hoy, no traspasa la frontera de los buenos deseos).

No puede detenernos el que ello implique la ruptura de determinados esquemas anclados en una rutina que ha demostrado ser directa enemiga de la eficacia, de la economía y del progreso social.

Seguirá siendo responsabilidad de las empresas en activo la parte que actualmente les corresponde en la cobertura de los gastos del Sistema de Protección Social; pero no en razón directa con su Plantilla y sí con lo que se puede considerar su potencial cifra de actividad.

La “potencial cifra de actividad” no es un factor tan abstracto como a primera vista pudiera parecer: se sabe que viene determinado por el carácter de negocio, por el producto, por el margen porcentual sobre facturación (según objetivos datos de Mercado), por la ubicación geográfica y por los respectivos medios materiales de producción, elementos perfectamente cuantificables, y, por lo tanto, traducibles a un coeficiente que podrá servir de base para el reparto proporcional de las cargas, éstas claramente expresadas en los Presupuestos Generales del Estado (En España, ya se tienen en cuanta algunos de esos factores para la precisión de los “Módulos” en la figura “Estimación Objetiva Singular”).

El propuesto Sistema afectaría a cualquier tipo de empresa, sea cual sea su volumen de negocio, su actividad o su carácter: individual, familiar o colectiva; agrícola, ganadera, pesquera, industrial o de servicios.

Los respectivos coeficientes (en función de objetivas precisiones) serían objeto de revisión de año en año y habrían de traducirse en cuotas mensuales, presumiblemente, inferiores para las empresas abundantes en capital humano; así debe ser si, en la determinación de los coeficientes, se sigue el criterio de primar la inversión eficiente en detrimento de la inversión “descomprometida”, especulativa o aventurera.

Sin duda que el punto más delicado del Sistema que se propone viene representado por la determinación de las bases de cálculo y consecuente aplicación de unos coeficientes rigurosamente proporcionales a las respectivas capacidades y al grado de utilidad social: en ello habrán de participar, junto con el poder político, técnicos y delegados de los diversos “agentes económicos”; pero en tiempo record y al amparo de un bien definido y dinámico arbitraje que neutralice la tendencia a estériles divagaciones.

Dado el carácter de tan radical reestructuración, cabe pensar que las partes implicadas muestren inequívoco interés por agilizar y optimizar su funcionamiento; las posibles e “interesadas” reticencias habrán de ser canalizadas por la pertinente Ley Orgánica. Sería una Ley Orgánica cuya oportunidad viene dictada, obvio es recordarlo, por la necesidad de contar con expeditivos marcos legales para evitar tanta culpable insolidaridad, tanta miseria y tanto imperdonable despilfarro de energías humanas, las mismas que resultan imprescindibles para cubrir la etapa de progreso que corresponde a las mujeres y hombres en situación de ejercer “hoy” su Libertad Responsabilizante.

Esto de que las cargas sociales de las empresas vayan en relación directa con su potencial capacidad productiva más que con el número de empleados implica, sin duda, una verdadera revolución en los procedimientos; pero, de hecho, no significa más que un realista intento de adaptación a las exigencias de los tiempos que, como no podía ser menos, coinciden con la preocupación por servir a la Racionalidad Económica y prestar mayores facilidades al desarrollo de las oportunidades de empleo.

13. EL SALARIO HORA E INNOVADORAS MODALIDADES DE CONTRATACIÓN.

En las negociaciones de cualquier convenio colectivo suele plantearse la reducción de la jornada laboral desde ópticas divergentes: como contrapartida de una posible subida salarial por parte de los empleadores o como discreto incremento adicional por parte de los empleados o sus representantes. Es una batalla que, en diversos países, se repite año tras año, convenio tras convenio.

Existe un medio de obviar definitivamente la discusión: que, para cualquier categoría o modalidad de trabajo, todas las referencias a las más substanciales percepciones vayan dirigidos a un exclusivo punto de mira: el Salario/hora.

Se trata de convertir al salario hora en “básica unidad de medida salarial” y que, consecuentemente, cada uno de los interesados, superando viejas rutinas, haga sus cuentas a partir de ahí. Bastará que toda la normativa oficial margine los conceptos salario/día o salario/mes para referirse, exclusivamente, al salario/hora; los respectivos mínimos y máximos vienen determinados por la simple operación de dividir las percepciones anteriores entre 8 (y la incidencia de los festivos) si eran diarias o entre 176 si eran mensuales.

A partir de ahí será menos problemática la progresiva reducción de la jornada laboral oficial determinada, en muchos casos, por el establecimiento de nuevos y más eficaces medios materiales de producción; es así como, sin trauma alguno, se podrá plantear cada año la reducción en una hora en el total de la semana para, por ejemplo, en diez sucesivos años llegar a las 30 horas semanales, lo que parece ser una imposición de los tiempos.

Por demás, algo tan simple y de facilísima aplicación como es el SALARIO HORA abre múltiples caminos a la creación de Empleo: Cara a nuevas contrataciones en trabajos industriales, de infraestructura, de hostelería, etc., etc…, siempre con escrupuloso respeto a los derechos adquiridos o libertad de decisión de los trabajadores previamente contratados, podrá á hablarse de jornadas de 4, 5, 6 o 7 horas a cubrir en diversos turnos.

De mutuo acuerdo entre las partes, estudiantes, amas de casa, empleados administrativos, veteranos trabajadores de cualquier estilo... podrán optar por una jornada a tenor de sus necesidades, deseos o formas de vida. En tales casos, las respectivas decisiones ni deben ir en contra de las exigencias de sus puestos de trabajo ni pueden significar merma alguna en derechos adquiridos sobre pensiones, etc...

No pocos de los múltiples huecos, que se vayan produciendo, darán paso a nuevas contrataciones, éstas ya en la línea de esa apuntada mayor elasticidad en horarios y duración de jornada y, también, mayor amplitud y seguridad en los plazos.

Son nuevas oportunidades de empleo que no dependen de la deseable y, tal vez, muy complicada “Reestructuración Económica” o de la “Evolución de la Coyuntura”: son simple consecuencia de libres decisiones en el marco de una normativa adaptada a las exigencias de nuestra época sin salirse de lo que estamos llamando Economía Social de Mercado.

Nos parece que, de esa forma, se abren nuevos liberales caminos a la equilibrada reciprocidad en la contratación a la par que pierde fuerza el manido recurso a los “contratos temporales”, de tan traumáticos efectos.

14. VOLUNTARIA Y MÁS ELÁSTICA JUBILACIÓN.

Una buena parte de los pensionistas desearía seguir “enganchada al carro productivo”. Tal sería posible con muy ligeras variantes en la mecánica del Sistema. Claro que una cultura del “toma y daca” falaz y a cortísimo plazo, monetarista, de abusivo acaparamiento y de parcheo cual, evidentemente, se está á siguiendo desde hace bastantes años en las sociedades “desarrolladas”, se muestra incapaz de provisiones equilibradas que habrían de prestar sólida base económica y subsiguiente seguridad a la vigencia de los sagrados principios de reciprocidad, libertad y utilidad social.

La terca Realidad se impone siempre y muestra como un equilibrado progreso es imposible fuera de la óptima aplicación social de todas las energías humanas “disponibles” en el á ámbito de esos principios. Pero ello no logra despertar a los gurús de la Macroeconomía, torpemente ausentes del campo en que bullen las directas soluciones a muy elementales problemas entre disponibilidad y abastecimiento: son problemas que, por Ley Natural, facilitan suficientes estímulos a la óptima aplicación de los medios de producción. A falta de buena voluntad (moneda oculta a la común observación), bastaría una mínimamente certera percepción de esa acuciante demanda cuya cobertura, sin duda alguna, resultará á rentable a más corto plazo del que se imaginan.

Las “cíclicas crisis” de las economías teóricamente más consolidadas y la insultante desproporción entre las formas de vida de los distintos “mundos” o distintas “calidades de vida” son polos de una misma realidad. Diríase que es la revancha de una mal respetada racionalidad contable cuya elemental base es el saldo cero entre ingresos y gastos y cuyo cáncer más estúpido e irremediable es el estrangulamiento de los propios recursos.

* En cualquier entidad económica, la simple obsesión por salir del paso sin afectar a la raíz del problema abre el camino a la catástrofe.

* El aparato administrativo del Estado, lo sabemos bien, es una entidad económica cuya viabilidad ha de ajustarse a las reglas de una empresa competente.

* Las numerosísimas contrataciones políticas constituyen una competencia particularmente problemática en el tratamiento de las disponibilidades y necesidades de un numeroso e importantísimo sector de la población.

Ante situaciones de “quiebra técnica” es de rigor hacer lo posible para que aumenten los ingresos y disminuyan los gastos. Cuando se trata de algo tan serio como es la cobertura de irrenunciables compromisos de la sociedad entera respecto a los más necesarios y respetables de sus acreedores, tales gastos, bajo ningún concepto, pueden implicar merma alguna de las “contrapartidas pactadas”.

Nada de reducir el valor real de las pensiones. Cortada esa aberrante salida, lo que, por otra parte, poco ayudaría a resolver la apuntada situación de quiebra técnica, aquí como en otros graves problemas de estado ya tratados, caben ajustes de procedimiento pero, sobre todo, nuevas ocasiones para hacer valer el poder de la Libertad Responsabilizante.

¿Ajustes en el procedimiento? Que la jubilación no sea obligatoria a tal o cual edad sino en función de la disponibilidad real del “sujeto pasivo” (para reconocerle su categoría de “contribuyente”). Esa disponibilidad real implica aptitud y voluntad y ha de ser calibrada en situaciones de enfermedad o decrepitud. Que el voluntario trabajador en edad de jubilación, siempre que lo permita su puesto de trabajo, pueda optar por una jornada más reducida o por días de vacación sin que ello afecte a los derechos adquiridos, garantizados por su anterior trayectoria laboral. Obviamente, empezará á a percibir la pensión en cuanto interrumpa una actividad retribuida. Que el “mercado laboral” siga plenamente abierto a todos los hombres y mujeres que deseen trabajar y reúnan las correspondientes aptitudes.

Hay mucha experiencia y valiosas energías que pueden entrar en juego al dar rienda suelta a la Libertad Responsabilizante de tantas mujeres y de tantos hombres hoy forzosamente apartadas del Ciclo Productivo.

Y, por supuesto, se abren impensables canales de compensación del temible y temido desequilibrio financiero del Sistema: cientos de miles de voluntarios contribuyentes en lugar de forzados perceptores.

Por demás, ya no cabe la reserva que se esgrimía hace unos años: este señor ya ha dado lo suyo y debe dar paso a otro más joven. Fue aquel un argumento que la experiencia ha demostrado inconveniente: a escala general, más bien, resultó cierto lo contrario. La suspensión de empleo de un veterano significó la anulación de dos puestos de trabajo: el eliminado por la jubilación (ocasión de reducir la plantilla) y el no creado por la falta de recursos contributivos y el pago de la debida pensión. En consecuencia, reconozcamos que la política de jubilaciones anticipadas incrementó el desempleo a nivel general.

En contrapartida, los ajustes de procedimiento que se proponen, que también brindan la ocasión de racionalizar (y abaratar) la mecánica burocrática, facilitará el equilibrio en las cuentas, unas pensiones más en consonancia con los derechos adquiridos y, probablemente, saldos positivos en el Sistema, lo que, muy bien se puede traducir en la financiación de nuevos puestos de trabajo.

Pero, sobre todo, abren caminos al “natural aprovechamiento” de valiosísimas energías con la consiguiente compensación en raudales de esperanza y de libertad.

12. NECESARIA SINTONÍA ENTRE PRODUCCIÓN Y DISTRIBUCIÓN

La Tecnología Moderna ha desbordado las previsiones de los administradores. Hace no más de tres décadas, eran muy pocos los que habían captado las proyecciones prácticas de los semiconductores, cuyo material de base es el silicio, uno de los elementos más abundantes en nuestro Mundo.

En donde, probablemente, se aprecia con más contundencia el gigantesco paso que, en muy pocos años, ha dado la Ciencia Aplicada es en una Informática al uso de nuestra generación

Aunque recién llegado, el Ordenador o Computadora es ya insustituible soporte físico de la viabilidad de un sinnúmero de actividades humanas. Es la más sofisticada, la más poderosa, la más limpia y, hoy por hoy, la más asequible de las herramientas que ha inventado el Hombre:

Apoyado en las sorprendentes propiedades de los semiconductores, eso que se llama el “hardware” (lo físico, eléctrico, electrónico y mecánico) es una muestra de la rápida evolución de la Tecnología que, de forma vertiginosa, ha abaratado costos e incrementado prestaciones hasta lo indecible. Paralelo ha sido el progreso en lo que se llama “software”, o conjunto de órdenes y códigos (programas) que empujan, canalizan, depuran y optimizan la información a la medida de nuestras necesidades.

La Computadora no es inteligente (soberbia tontería eso de la inteligencia artificial); pero en sus microscópicos recovecos pueden encontrarse y de hecho se encuentran infinitas pruebas de la inteligencia del hombre quien, en definitiva, puede y debe apoyarse en el artilugio con lo voluntad de tenerle siempre en su “terreno”.

Ha sido tan rápida la evolución (galopante revolución, podría ser considerada) que, diríase, a todos nos ha cogido desprevenidos. En la práctica, son mayoría los potenciales beneficiarios que, pegados a la anquilosada rutina, no aciertan a subirse al tren o, en el mejor de los casos y a duras penas, encuentran un humilde rincón en el vagón de cola.

En rápida sucesión de aplicaciones, la tecnología del “chip” ha desarrollado máquinas, “brazos mecánicos” y “sensores” capaces de sustituir a los sentidos y desarrollar más rápida y eficazmente una amplia serie de duros trabajos: desde mover montañas hasta dirigir un pequeña maravilla mecánica hasta millones de kilómetros.

Gracias al conjunto de fuerza y precisión en armonía con los adecuados sensores o “sentidos artificiales”, se pueden desalinizar las aguas del mar, robar energía al aire, regular calor y humedad en los invernaderos, incrementar a voluntad la producción de carne o pescado...

Son posibles realidades al servicio de la iniciativa de los más emprendedores y generosos.

En este punto es de justicia recordar a Aristóteles para quien “el trabajo servil seguirá á existiendo hasta que las lanzaderas y los plectros se muevan por sí solas”. Ha llegado esa ocasión: día a día, se están alcanzando nuevas cotas de libertad en el desarrollo del trabajo diario; son posibilidades para acortar distancias entre las distintas formas de trabajo, entre las diversas situaciones de los hombres y también entre los mundos.

Exageró el pobre y, posiblemente, mal intencionado Malthus con sus previsiones catastróficas. Cierto que el paso del hombre por la Tierra, en múltiples ocasiones, ha dañado la capacidad previsora de la Naturaleza. Pero también es cierto que al alcance del hombre emprendedor ya está á la solución a cualquier carencia. Es cuestión de certera sintonía entre la responsabilización de los administradores, las potenciales vocaciones de los hombres y mujeres en edad de trabajar, la amplitud y carácter de los recursos materiales y las necesidades del Mercado.

Como acuciante desafío hoy tenemos un cúmulo de poderosos medios de acción que esperan ser hilvanados en artilugios adaptables a las más variadas tareas: el justo tratamiento de todas sus posibilidades será á la base de una Tecnología Intermedia (necesitada de una contundente política sobre I+D) al alcance de una economía de los países que saben aprovechar las herramientas que brinda la poderosa tecnología de nuestro tiempo.

Cuando, en naciones sin grandes recursos como la española, se cuenta con los hombres y mujeres suficientemente preparados, parece aconsejable usar y desarrollar tales herramientas en la industria de corte medio más que competir con la Gran Industria, que requiere largo tiempo para ser puesta en marcha, fabulosas cantidades de dinero con un elevado ratio inversión/puesto de trabajo, sufre el implacable acoso de otras economías más fuertes y, en consecuencia, presenta muy problemática viabilidad.

No sucede lo mismo con la Pequeña y Mediana Industria, ni con los módulos de producción agro-pecuaria, pesquera o de piscifactorías, cuyo desarrollo no requiere más que precisas aplicaciones de la Tecnología Intermedia que ofrece amplio campo a los emprendedores de modesta economía para la puesta en marcha y desarrollo de un creciente número de proyectos empresariales.

Ha llegado el tiempo de considerar como rémora del Progreso el atractivo de la Gran Industria que se ha llevado tantos fondos públicos y tantos desvelos del Poder Político: además de su problemática viabilidad para una modesta Economía Nacional, es preciso enfrentarse a un elocuente cargo de conciencia: el costo de creación de uno de sus puestos de trabajo financia diez de una actividad más en consonancia con la obligación de avanzar hacia el Pleno Empleo. Nada, pues, de complejos faraónicos bajo iniciativa de nuestros administradores, nada de proyectos que representen forzosas canalizaciones de recursos públicos hacia obras no imprescindibles para una adecuada infraestructura pero de escasa incidencia en el empleo.

En contrapartida, los jóvenes cerebros habrán de ser empujados a las aplicaciones prácticas y urgentes sobre una amplia gama de necesidades sociales desde la tecnología conquistada por la Ciencia Universal. La formación profesional estará á animada por el efectivo conocimiento de las nuevas herramientas con abundantes clases prácticas en detrimento de la teoría especulativa. Los créditos primados habrán de ir en directa consonancia con la cantidad de puestos de trabajo a crear y la viabilidad de los objetivos de producción sin aventuras en un campo ya copado por otros y de tan escasa incidencia en la producción de empleo.

También en sintonía con las virtualidades de la versátil y muy asequible Tecnología Intermedia, los gobernantes deberán preocuparse por abrir nuevos mercados y roturar nuevas vías de distribución de forma que la producción pueda ser animada por una progresiva demanda.

Quiere ello decir que nuestras delegaciones en el Exterior habrán de tener un marcado carácter comercial, a la par que, en el Interior, tanto la promoción de vocaciones empresariales como el desarrollo de los modos y medios de producción deberán asumir el doble objetivo de acercar la productividad nacional a la demanda universal y brindar suficientes oportunidades de empleo a cuantos hombres y mujeres lo necesitan.

El resultado de ello habrá á de ser:

* Rentabilidad de las inversiones

* Fluidas y gratificantes relaciones internacionales

* Claras vías de realización personal para todos

* Progresivos bienestar y paz social

16. TRABAJO DE TODOS PARA TODOS

Difícil, pero no imposible, es romper el marco de la Crisis que, en la primera década del siglo XXI, sufre la Aldea Global con particular incidencia en los países que, como España, no han contado con los líderes capaces de abordar a tiempo la necesaria política preventiva en el marco de la Libertad Responsabilizante que requiere una auténtica Economía Social de Mercado.

Si, allá por los años treinta del siglo pasado, de la mano de lord Keynes, se divagaba con absoluta seriedad sobre la “utilidad de lo sucio" y la “inutilidad de lo bello” facilitando el que “la avaricia, la usura y la previsión sigan siendo nuestros dioses por un poco más de tiempo..” sigue siendo verdad que el Trabajo de todos y para todos es una exigencia de la vida en sociedad y que lo “sucio” (la aventura especulativa de la alta delincuencia financiera) daña gravemente los cimientos del efectivo Progreso mientras que la Belleza gusta de señorearse en lo bien hecho de cada día.

También la Historia nos muestra cómo fenómenos al estilo de la “rebelión de las masas”, “conciencia de clase”, “redención proletaria”... han resultado inoperantes cuando no dramáticamente regresivos: sus promotores y paniaguados han incurrido en delitos de lesa humanidad “soñando con sistemas tan perfectos que nadie necesitaba ser bueno" (Gandhi).

Ya sabemos que tanto la “cultura del pelotazo” como el aparcamiento de la responsabilidad en una supuesta conciencia colectiva convierte en enemigos públicos a sus promotores sin haberles facilitado un ápice de auténtica satisfacción personal: ha quedado irremisiblemente ridiculizado el materialismo de cualquier color.

Si, como apuntaba el genial Gandhi, “la tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no su codicia”, cada uno de nosotros puede y debe encontrar lo que le corresponde para abordar el fecundo vuelco social de sus personales capacidades, ello sin fiarse del “probable cambio de tendencia de la Coyuntura”, pero sí prestando la atención que se merecen las pequeñas cosas en que descansan las grandes soluciones del día a día.

Deliberadamente, de nuestro catálogo de “vías de solución” al remediable drama del desempleo, hemos excluido todo recurso a una presunta buena voluntad de la mayoría.

Ello no quiere decir que reneguemos de la buena voluntad como factor de progreso: sin duda alguna, es un bien imprescindible al desarrollo de la humanidad, tal como hemos recordado en los primeros capítulos de este libro. Claro que la buena voluntad es siempre consecuencia de un compromiso personal, muy raras veces de una “presión social”: consecuentemente, es un bien inestable y, ciertamente, oculto en la conciencia de las personas; pero sí que sería un bien social si el cultivo de la buena voluntad resultara ser principal preocupación de los políticos.

Para capitalizar ese bien social cual sería una contagiante y contagiada buena voluntad, el Poder Político, si es que “está por la labor”, no puede hacer más que facilitar su ejercicio; nunca lo tomará como sustitutivo de un Plan de Acción riguroso que ha de abordar bajo su personal responsabilidad. Pero sí que le corresponde al Poder Político el prevenir y tratar de neutralizar los efectos de la mala voluntad de lo que se llaman los “agentes sociales”: cuenta para ello con sus leyes y procedimientos y, también con un caudal de estímulos motivantes u neutralizantes, según los casos.

Si la mala voluntad se alimenta de egoísmos y torpezas personales, lo que, al igual que la Buena Voluntad, se oculta o puede ocultar en el impenetrable refugio de las respectivas conciencias... vano intento es erradicarla definitivamente por decreto o por demagógico hilván de buenos deseos (eso pretendieron los utopistas con resultados harto conocidos): bien sabemos que es la moralización o conversión el único antídoto tanto de la perezosa inhibición como de la mala voluntad o retorcidas intenciones. Por demás, la Ley y los estímulos neutralizantes de la evidente escasez de generosidad son las principales armas de la Acción Política.

Centrada esa Acción Política en la formulación y aplicación de las leyes y en la recuperación económica y subsiguiente creación de empleo, se podrá, fácilmente, “concretizar” tareas y etapas en la persecución del trabajo para todos, eso que no hemos dudado en proclamar específica imposición de la ley natural y medio más seguro para que capital y trabajo encuentren sus gratificantes compensaciones.

En nuestro discurso, por afán de situarnos sin reservas en los problemas de nuestro tiempo, hemos preguntado a lo que entendemos por Realidad sobre el origen, función y destino del Hombre para fijar nuestra preferente atención en su obligación de amorizar la Tierra poniendo en juego lo socialmente exigible de sus capacidades personales. Reconocido como pieza clave en el puzzle universal, con capacidad para convertir en herramienta las virtualidades de su entorno material, con hambre de libertad... nuestro principal objeto de atención, el Hombre, aparece frecuentemente desorientado y falto de estímulos.

Le hemos dicho al Hombre que su Norte es el bien de los demás al margen, incluso, de los dictados de la opinión pública imperante: será más importante (más persona) cuanto mayor proyección social alcancen sus virtualidades, sean de índole externa (dinero u otros medios materiales) o interna (modos de pensar o hacer). El más fácil camino a su alcance parte de su misma situación con la mira puesta en lo que puede hacer mientras que al Poder Político le corresponde velar por que no falten los estímulos para que cada persona, en Libertad Responsabilizante, encuentre motivos para la Proyección Social de sus facultades.

En otras épocas, los gobiernos contaban con posibilidad de elección a la hora de definir prioridades en cuanto a objetivos o propósitos: en la nuestra no hay otro más importante que el Trabajo para todos, lo que le obliga a un ineludible y doble papel: el papel de eficaz Gestor del patrimonio común y el papel de Promotor de oportunidades desde la pertinente información sobre la Demanda Exterior e Interior y con los medios y experiencias que ponen a su alcance la Democracia y su peso en el concierto de las naciones.

Por supuesto que es un objetivo difícil pero no tanto que este fuera del alcance de los hombres y mujeres de esta generación. Al margen de las innegables dificultades, los poderosos de la Política y del Dinero están obligados a reconocerlo como perentorio, tal vez como la exclusiva justificación de sus propias vidas.

Situados en lo Concreto, hemos apuntado propuestas (vías de solución podrían llamarse) en consonancia con los condicionantes de nuestra Economía, los “derechos adquiridos” y lo que nos ha gustado llamar y repetimos Libertad Responsabilizante.

Pero, a partir de éste como de otros parecidos discursos, lo que realmente cuenta es su incidencia en una positiva acción hermanada con la Realidad. Nada hemos logrado si las precedentes reflexiones y propuestas, que sugieren la cumplida promoción de la libertad de iniciativa, no empujan a los máximos responsables hacia una comprometida sintonía con la Realidad. Feliz resultado de todo ello bien podría ser la reducción del desempleo a límites tolerables por la propia Economía Social de Mercado.

Claro que es un objetivo difícil de alcanzar, pero, con generosidad y libertad responsabilizante, mucho menos de lo que han dejado escrito o proclaman viejos gurús tanto de la libertad libertaria de los super-hombres como de la conciencia colectiva al uso de los indiferenciados miembros de un rebaño torticeramente materializado.

CONCLUSIÓN

El hombre, al nacer, no es ni bueno ni malo: es creciendo en todos los órdenes como, en uso de su libertad, se hace más o menos solidario del bien de los demás: lo que quiere decir que ese animal racional, aislado de los demás, tiene en blanco el "libro de su función social", lo que no quiere decir que sea “naturalmente bueno”, como predicara Rousseau. Pero, ya en sociedad, resultará tanto más persona y tanto más libre cuanto más se solidarice con la suerte de sus semejantes que, al igual que él, pueden ser tibios o generosos, perezosos o diligentes, ...

El amor, espíritu de solidaridad o generosidad entre los hombres es, indiscutiblemente, un tesoro social y, de ser “suficiente”, resultaría el remedio a todos los problemas de faltas de entendimiento entre las personas; claro que todos vemos como es un bien escaso, tan escaso, que mucho dudamos de su existencia (y, por supuesto, continuidad) en círculos distintos a los de privilegiadas parejas, algunas familias y determinadas comunidades. Por eso, cuantos se preocupan de la Justicia Social o del Bien Común, por mucho que lo deseen, no pueden dar por supuesto en cualquier lugar o circunstancia al amor, espíritu de solidaridad o generosidad: son una gran mentira los paraísos en la Tierra predicados por cuantos utopistas que en el mundo han sido (desde Platón al último doctrinario socialista, pasando por el propio Carlos Marx).

Los que pretenden, pretendemos, ejercer de servidores públicos tienen, tenemos, la obligación de reflexionar sobre el quid y el pro quo de la Política. Es en una Política a la medida del Hombre en donde se encuentran y desarrollan las coordenadas para una progresiva justicia social

La Política, lo dijo Aristóteles, es el arte arquitectónico de la Sociedad, algo así como la piedra angular de la vida en común.

La Historia de los pueblos nos ha enseñado que, en Política, nada hay más fecundo que la Libertad (recordemos, sino, las catastróficas experiencias nacionalsocialistas o comunistas); pero la Libertad (nos lo dice también la Historia reciente) requiere la tutela de un orden que, en las democracias, está personificado en el equilibrio de los tres poderes. Es una libertad de pobre, pobrísima, realidad allí en donde la lucha por la existencia tropieza con palmaria miseria, en donde una buena parte de los ciudadanos pasan hambre y otras calamidades, lo que nos lleva a la conclusión de que una progresiva libertad tiene mucho que ver con lo que podemos calificar Economía de la Reciprocidad, ciertamente, dentro de las posibilidades humanas cuando se desechan los fundamentalismos tanto del viejo y colectivizante Materialismo Histórico como de la descomprometida Libertad Libertaria (Ayn Rand) del Individualismo Insolidario para centrar los mejores esfuerzos de todos y cada uno de nosotros en seguir la pauta de esa Economía Social de Mercado, en la que el Dinero se revela como una eficacísima Herramienta de Trabajo.

El sentido común nos muestra cómo para pensar y obrar en libertad, es necesario que la mayoría viva en un relativo bienestar, disfruten de bienes naturales que no nacen ni crecen por sí solos: necesitan de personas que los descubran, traten o cultiven, es decir, de empresarios y asalariados que, respectivamente, pretenden y encuentran la rentabilidad de sus inversiones o la percepción de emolumentos y salarios suficientemente motivantes.

Y, por encima de unos y de otros, la buena Política que, necesariamente, ha de tomar a los hombres y a su circunstancia como lo que realmente son: seres con capacidad de realizar su propia historia en un mundo humanizable por virtud del Trabajo, la Libertad y la Buena Política.

¿Cuál es la buena política? Entendemos que justamente aquella en que la Libertad de cada uno encuentra los adecuados cauces para convertirse en Responsabilidad Social, la que se proyecta hacia el futuro sin dañar a la tierra ni ejercer viejas formas de atropello sobre personas o pueblos menos libres o más débiles, la que no toma como coartada de la ineptitud la predicamenta de imposibles utopías o el desprecio a los tradicionales valores que han hecho positiva historia.

Claro que la Justicia Social se apoya y se nutre de la Buena Política y no es buena política aquella que considera y trata a los ciudadanos como “miembros indiferenciados de un colectivo” sin personalidad específica y, por lo mismo, sin una muy directa e intransferible responsabilidad sobre su “circunstancia”: política que es, precisamente, la que subyace en cualquier forma de materialismo, doctrina gregarizante, capitalismo salvaje o, su hijo bastardo, lo que se llamó socialismo científico y, de hecho, ha resultado ser un conglomerado de “principios burgueses”: eso mismo que la historia ha mostrado como coartada de tiranos y trampolín de miseria para pueblos enteros.

Hubo un tiempo en que una buena parte de la Humanidad creyó que la Libertad de los hijos de Dios discurría por caminos ajenos a la Ciencia, justo lo contrario de lo que se han esforzado en demostrar científicos de la talla de Teilhard de Chardin, al que tantas veces nos hemos referido en este nuestro rosario de reflexiones.

Para este científico de excepción fe en la Ciencia y Fe en Dios son la misma Fe, ejercer de auténtico hombre es seguir la obra de la Creación hasta la apoteosis final, la Parusía, en la que el Espíritu demostrará ser lo que efectivamente es: la Fuerza Suprema del Universo.

“Así, artistas, obreros, sabios, cualquiera que sea nuestra función humana, podemos, si somos cristianos, precipitarnos hacia el objeto de nuestro trabajo como hacia una salida abierta a la suprema perfección de nuestros seres” (El Medio Divino).

Desde su generosa (y certera, eso creemos) visión del hombre y de su circunstancia, nos dice el mismo Teylhard:

«Adorar, antes, era preferir más a Dios que a las cosas, refiriéndose a Él y sacrificándolas a Él. Adorar, ahora, es consagrarse en cuerpo y alma al acto creador, adhiriéndose a él para perfeccionar el Mundo mediante el esfuerzo y la investigación.

Amar al prójimo, antes, era no hacerle daño y curar sus heridas. La caridad, en lo sucesivo, sin dejar de ser compasiva, se consumará en la vida entregada para el avance común.

Ser puro, antes, era principalmente abstenerse, guardarse de manchas. La castidad, mañana, se llamará sobre todo sublimación de los poderes de la carne y de toda pasión.

Ser desprendido, antes, era no interesarse por las cosas y no tomar de ellas sino lo menos posible. Ser desprendido, ahora, será, cada vez más, superar sucesivamente toda verdad y toda belleza, precisamente por la fuerza del amor que se les profesa.

Ser resignado, antes, podía significar aceptación pasiva de las condiciones presentes del Universo. Ser resignado, ahora, no le estará ya permitido más que al luchador desfalleciente entre los brazos del Angel» (Christologie et Evolution)

Es la del científico y místico Teylhard de Chardin una fórmula para “salir del Neolítico” y tomar en serio la apasionante posibilidad de cumplir el papel que a cada uno corresponde en la comunitaria tarea de alcanzar la plenitud humana.

La realidad social del siglo XXI se debate entre cristianos, burgueses y proletarios. Puesto que, afortunadamente, no eres proletario, para ti la libertad de optar por uno u otro de los dos primeros comportamientos. Claro que, a estas alturas, bien te habrás dado cuenta de que la mentalidad burguesa no te ayuda a ser más libre y, por lo tanto, no favorece para nada el progreso de tu propio ser: si, tal como apuntó Blondel, “tú eres demasiado para ti mismo”, necesitas pegarte al testimonio de “Aquel que todo lo hizo bien” y comprometer tu saber hacer y personales energías en la amorización de la Tierra (compartir lo que te sobra con los desheredados o “proletarios”, esos ciudadanos del “Tercer Mundo” que “no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”). Eso es algo muy diferente a la contemplación burguesa de tu propio ombligo.

Necesitas aplicar tus energías a la “amorización de la Tierra”, lo que significa expresar el amor al prójimo en un trabajo constante y coherente con tus propias capacidades y las exigencias de tu circunstancia, tanto más exigible cuanto más acuciante sea la crisis a superar de forma perentoria. Es así cómo vivirás día a día “la libertad de los hijos de Dios” y contribuirás a la creación de un mundo en el que solamente los que, pudiendo, no trabajan, pierden el derecho a comer, es decir, a optar con toda justicia a la parte que les corresponde de los bienes naturales y de las ventajas del Progreso.

Madrid, octubre de 2009

Antonio Fernández Benayas

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Antonio Fernández Benayas - fbenayasarrobalibreriabv.com

Autor de varias novelas y ensayos, se define a sí mismo como un aprendiz de filósofo que huye de todo tipo de simplificación ideal-materialista y no cree en otro progreso que el nacido del trabajo y de la libertad ni en otra paz que la alimentada por el fecundo entendimiento entre las personas de buena voluntad. Presume de que su principal preocupación política ha sido siempre una Justicia Social con raíces en la realidad; desde esa preocupación, dedicó varios años a viajar, documentarse y dialogar con veteranos exiliados españoles hasta lograr base consistente para abordar su primer ensayo que dio pie a los títulos Dimensiones del Marxismo y Karl Marx, publicados ambos por la desaparecida editorial ZYX en los años setenta (los postreros de Franco). Fueron libros de referencia para los medios universitarios de entonces. Recientemente, corregido y actualizado, acaba de reeditar ese Karl Marx en formato e-Book.Se documenta, escribe y publica todo lo que puede: por el método tradicional, títulos como Lecciones de AMOR y de LIBERTAD (PS Editorial - 2004) y Ser y poder ser de ESPAÑA (Mira Editores - 2008); a través de la RED para Impresión bajo Demanda la mayoría de ellos, ocho de los cuales pueden adquirirse en el revolucionario formato e-Book a través de las librerías virtuales de la Casa del Libro, del Corte Inglés, Agapea, etc... Es el responsable del desarrollo y contenido de la biblioteca virtual Librería Buenos Valores, que, según él, es punto de encuentro de autores, editores y lectores preocupados por una mayor sintonía con la Realidad.

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"Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea e intercambiamos ideas, entonces ambos tendremos dos ideas"
George Bernard Shaw
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