1. Introducción
El sueño Bolivariano de formar una gran nación donde todos los
iberoamericanos fueran iguales, fue la primera gran utopía
latinoamericana. La ola democratizadora llegó a Latinoamérica cargada de
esperanzas para hacer realidad parte de este sueño, pero
desgraciadamente, en medio de grandes crisis económicas que han
profundizado las desigualdades e iniquidades del desarrollo de los
pueblos latinoamericanos.
En las últimas dos décadas, Latinoamérica está pasando por un período de
transición múltiple que afecta no solamente a las instituciones
económicas, sino también a las instituciones políticas, sociales y
culturales, las cuales están internalizando los costos sociales y de
beneficencia en términos económicos y de los valores que representan.
Décadas de influencia externa en formas muy diferentes han destruido y
debilitado los mecanismos de las instituciones tradicionales del modelo
de Estado intervencionista, al mismo tiempo que están creando islas de
instituciones modernas que resultan ser ineficientes y distanciadas del
carácter de la sociedad en su conjunto.
El Estado latinoamericano fue un Estado benefactor, un tipo de Estado
protector e interventor diseñado para dar respuesta a los requerimientos
cambiantes del entorno capitalista internacional. El poder de los
intereses capitalistas hegemónicos externos domina e influencian las
estrategias y políticas de desarrollo de los Estados latinoamericanos.
Estas se delimitan en un modelo de industrialización sustitutiva de
importaciones financiado por inversiones privadas y endeudamiento
público, con lo que el Estado asume el papel supletorio del sector
público.
El modelo de Estado de los países latinoamericanos se fundamenta en un
populismo político, en un mercantilismo económico y en una sociedad
dualizada. Para finales de la década de los sesenta, este modelo de
Estado evidencia su agotamiento y entra en crisis, evidenciando sus
debilidades: la excesiva burocratización, corrupción e ineficiencia del
aparato administrativo que ejerce un presupuesto deficitario e
inestabilidad macroeconómica. La inserción subordinada del Estado
Latinoamericano en los procesos de globalización emergentes incide en
brutales endeudamientos externos.
Latinoamérica se subordinó conscientemente a la política del Consenso de
Washington, a los procesos de integración económica y apertura de
mercados con la presión de la deuda externa. El Consenso de Washington
prescribe bajo la ideología del neoliberalismo, la liberalización
comercial y financiera, la privatización de las empresas estatales,
presupuestos balanceados, tasas de cambios fijas, etc. como base para el
crecimiento económico. El modelo neoliberal del Estado lo constriñe a
una nueva función para facilitar la competitividad de las economías
nacionales en los procesos de globalización económica. En este sentido,
se puede afirmar que los procesos de integración de los países
latinoamericanos, más que ser entre ellos mismos, es más intenso con el
sistema económico y financiero de los Estados Unidos de América del
Norte y por supuesto no en los mejores términos.
Los esfuerzos de liberalización comercial en Latinoamérica han tenido un
impacto positivo en las importaciones de los países miembros de los
bloques comerciales y las propensiones crecientes para exportar se
acompañan de las correspondientes propensiones crecientes para importar,
sugiriendo que la liberalización comercial tiene un efecto fuerte. El
modelo latinoamericano de integración económica puede decirse que es un
modelo de nacionalismo latinoamericano que quiere seguir líneas
ideológicas diferentes al neoliberalismo y a la globalización y que sin
embargo, para atenuar los efectos de las crisis financieras hace
factible poner en práctica mecanismos reguladores que controlen los
flujos especulativos de los capitales foráneos.
Entre otros efectos perniciosos de la emergencia de los regímenes de las
políticas neoliberales, éstas han constreñido las actividades de los
sindicatos, reducido el gasto del bienestar y generado una inseguridad
laboral mediante formas más flexibles, pero también más inseguras de
trabajo y remuneración. Con los procesos de globalización, la enorme
reserva de mano de obra no calificada considerada anteriormente como un
activo, se está convirtiendo en un pasivo por la falta de oportunidades
de acceso al conocimiento tecnológico. Los beneficiados con el acceso a
los avances tecnológicos sobrevivirán, mientras que los excluidos de
estos beneficios profundizarán su miseria.
La gran mayoría de los latinoamericanos que simplemente han sido
insertados en los procesos de globalización del consumo, por ejemplo,
están manifestando su inconformidad por haber sido excluidos de los
beneficios del desarrollo, en aras de la maximización de las ganancias
del capital. Los estragos en la cohesión social y en los niveles de vida
han sido en muchos de los casos inmanejables.
Los procesos de globalización económica ha convertido en prescindibles a
los cada vez más pobres y miserables que constituyen la inmensa mayoría
de los seres humanos, mientras que ha convertido en más ricos a unos
pocos. Baste señalar a manera de ejemplo que en los últimos cuatro años,
el mercado de valores de Estados Unidos redituó ocho billones de dólares
al mismo tiempo que millones de pobres murieron de hambre y
enfermedades. Las reformas económicas a favor del mercado introducidas
en Latinoamérica y el Caribe en las dos décadas últimas han incrementado
los niveles de desigualdad económica y social, concentrado el ingreso
que actualmente muestra la mayor brecha en todas las regiones en
desarrollo del mundo, mientras que el 20% de la población concentra el
52.9% del ingreso, el 20% más pobre solo tiene el 4.5% del ingreso.
El diseño institucional de esta transición ha sido elaborado por las
elites locales, con el fin de hacer modificaciones a los regímenes
políticos (formas de gobierno) y los procesos de la gobernabilidad
(grados de gobierno). Las formas de la gobernabilidad democrática para
apuntalar la legitimidad de los gobiernos y para reforzar el nuevo
modelo de desarrollo es la principal preocupación de gobernantes e
intelectuales. Camou (1998) denomina a las formas de gobierno y a los
grados de gobierno como los "paradigmas de la gobernabilidad". Señala a
estas dos décadas en Latinoamérica como un periodo de "confluencia
problemática y multifacética de varias transiciones", entre las cuales
identifica la transición social y cultural, la transición económica y la
transición política. La transición socio-cultural ha resultado de las
transformaciones de un modelo de "modernización desarrollista" a otro de
una "modernización globalizadora".
Sin embargo, hay mucha incertidumbre en los procesos de transición por
la carencia de instituciones capaces de asimilar los efectos de los
cambios y para propiciar la estabilidad económica, social y política.
Incluso, los organismos internacionales como el Banco Interamericano de
Desarrollo reconocen que los factores exógenos en algunos casos
obligaron a las naciones latinoamericanas a tomar medidas severas. Los
procesos de transición económica han pasado por los periodos de
aplicación de políticas económicas de "estabilización económica",
"reforma estructural" y "reestructuración económica". La transición
política se ha identificado por los procesos de "liberalización
política", de "transición a la democracia" o democratización, y de
"consolidación democrática".
El modelo económico implementado en Latinoamérica desde los años
ochenta, basado en el libre mercado, está dejando saldos negativos en su
desarrollo social y el crecimiento económico, aumenta los niveles de
desempleo y subempleo, incremento de los índices de pobreza, etc. La
dependencia económica de América Latina y el Caribe principalmente de
los Estados Unidos y de otros países desarrollados durante la era de la
globalización, han quedado en evidencia.
2. El presidencialismo patrimonialista latinoamericano
El presidencialismo se encuentra enraizado en las constituciones
políticas de los países latinoamericanos como una adaptación cultural
propia del sistema presidencial estadounidense. En el presidencialismo,
el poder ejecutivo asume facultades meta- constitucionales y el poder de
gobernar por decreto. El presidencialismo es la forma constitucional de
régimen democrático dominante en América Latina por sobre el sistema
parlamentario, con características de un sistema de partidos que varían
dependiendo de las circunstancias de cada país. Argentina, Uruguay y
Venezuela se mueven hacia un número mayor de partidos. Chile cuenta con
muchos partidos competitivos, mientras que Colombia y Costa Rica con
sólo dos partidos fuertes. México fue la expresión de un partido
dominante que se mantuvo en el poder por 71 años, gracias a un fuerte
presidencialismo, hasta que finalmente en el 2000, un partido opositor
lo desplazó. La cuestión permanece ahora, si continúa el
presidencialismo.
Elecciones independientes para los poderes ejecutivo y legislativo crean
problemas de coordinación para la formulación e implementación de las
políticas públicas, por lo que un presidencialismo autoritario centró
las relaciones políticas y sociales concentrando todo el poder económico
y político en torno a él. En Latinoamérica es raro que existan gobiernos
divididos, como el caso reciente de México, en donde el Presidente
confronta la legislatura. El caso de Chile es buen ejemplo, en donde el
Presidente tiene la potestad de proponer el presupuesto, mientras que el
Congreso no tiene facultades para modificar impuestos y gastos. Cuando
los intereses políticos divergen y el partido del presidente no mantiene
mayoría legislativa, se crean problemas de gobernabilidad.
La mayor parte de las sociedades nacionales latinoamericanas fueron
gobernadas por dictaduras militares o cívico militares. Los regímenes
autoritarios carecen de visión y los logros obtenidos en materia de
crecimiento económico y desarrollo social es muy cuestionable. Cuando
los presidentes pierden efectividad, el presidencialismo ha prolongado
sus crisis como en el caso de Brasil, México y Perú, mientras que en
Argentina y Bolivia han renunciado en situaciones similares. Las crisis
económicas debilitaron la acción de los partidos políticos y de los
sindicatos.
El patrimonialismo se manifiesta en la consideración que confunde la
propiedad de los bienes privados y los bienes públicos y los agrupa en
sólo patrimonio de quienes detentan el poder político burocrático en los
Estados de Latinoamérica. El patrimonialismo se manifiesta de diversas
formas: empleismo, favoritismo, nepotismo, etc., es coronelismo en
Brasil y caudillismo en México, etc.
3. Crisis económica y deuda externa
La crisis económica y financiera de los años ochenta profundizó los
problemas distributivos y retrasó la provisión de bienes y servicios
públicos en la mayor parte de los países latinoamericanos.
La reestructuración de la deuda soberana durante la crisis mexicana de
1994-95 ha sido ampliamente estudiada para comprender la forma en que
los mercados financieros, el gobierno y las instituciones multilaterales
responden a las cuestiones de gobernabilidad. La crisis mexicana dejó
como enseñanza la problemática de sostener tasas de cambio fijas en un
entorno de movilidad del capital internacional. México no se recobró
porque su sistema financiero débil se haya fortalecido con la
intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI), sino porque se
benefició con el incremento de exportaciones a Estados Unidos como
resultado del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el
crecimiento acelerado de la economía vecina.
Comparada con la crisis de la deuda de los ochenta y con la crisis
mexicana de 1994-95, también llamada el "efecto tequila", ambas son
consideradas tener como raíces los imbalances financieros del sector
público, a diferencia de la crisis posterior (Asia, Rusia, Sudáfrica,
Brasil, etc.) que tiene sus raíces en imbalances financieros del sector
privado y que es la primera crisis financiera realmente considerada como
global que golpea a las economías de los mercados emergentes. La crisis
financiera asiática explotó poco después de que las olas de la crisis
del peso mexicano hayan bajado. Por lo tanto, parece que las crisis
financieras ocurren más frecuentemente en los últimos años en las
economías emergentes, como el caso de México y sus efectos han aumentado
la perversidad del capitalismo transnacional.
En la reciente primera cumbre del grupo de los 77 (G-77), realmente
integrado por 133 países con niveles bajos y en vías de desarrollo de
América Latina, África y Asia, los dirigentes condenaron la "corriente
neoliberal inhumana". Así mismo, pidieron la transformación de las
relaciones económicas internacionales para que sean más justas y
equitativas mediante la ampliación de los beneficios de la
globalización, las reformas al sistema financiero internacional a efecto
de que esté más orientado a apoyar el desarrollo y a la reducción de la
pesada carga de la deuda externa que en algunos países consume de gasto
público hasta un 40%. Lo que se requiere es una reducción del servicio
de la deuda externa de los países menos desarrollados a efecto de
liberar recursos que pueden ser destinados al gasto social y a la
inversión productiva.
Ph.D.
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