Pensamiento Arquetipal

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Pensamiento Arquetipal

Con admiración y gratitud al norte de mi país. Un trozo de mi alma encontré en el desierto.
Carlos Sandoval

Nuestra tradición occidental ha transformado nuestros procesos de aprendizaje en un asunto de prosa y método.

De prosa, pues tendemos a ligar el saber a un estilo de redacción continua, coherente, explicativo, lógico, analítico y bien fundamentado.

Metódico, pues hemos visto en los presupuestos del método científico la manera de producir saber efectivo: buscamos dominios observables, exigimos a esos dominios que sean experimentables, formulamos hipótesis, desarrollamos formas de validación y falsedad y establecemos conclusiones.

Mi asunto en estas páginas no es poner en cuestión este modo de saber. Reconozco en él un modo poderoso y efectivo de relacionarse con el mundo y transformarlo.

Sin embargo, la prosa y el método no son las únicas formas de pensar el mundo y a nosotros mismos.

La poesía, el pensamiento analógico, las imágenes y metáforas, el movimiento, los sueños, los cuentos y las tradiciones son, entre otras, formas de pensar que lejos de la prosa y del método nos permiten renovar nuestra relación con el mundo y transformarnos.

Por lo general estos modos de pensar los hemos radicado en el espacio de la marginalidad, la tradición histórica, la entretención o, en el mejor de los casos, el arte.

En todos estas situaciones lo que hemos logrado es quitar a estos modos de pensar todo el poder transformador que tienen sobre nuestro futuro y, porque no decirlo, sobre nuestro espíritu.

Reducido a lo anecdótico, lo trivial o lo tradicional, el pensamiento asistemático se constituyó en un asunto del pasado y con ello en un asunto secundario; pues lo que realmente nos importa en los procesos de reflexión y conversación es el rediseño del futuro y la transformación de nuestro ser.

Como lo mostró Walter Benjamin, todos podemos reconocer el poder que tienen sobre nuestra vida ciertos momentos que, incrustados en nuestra alma como imágenes, juegan una influencia importante sobre la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestra predisposición hacia el mundo.

Al fondo de las interpretaciones genéricas que tenemos sobre nosotros se ocultan escenas de nuestra vida, que son fundamento de nuestro modo de ser en el mundo.

Tras la explicación de nuestra timidez habita la imagen del Padre llamándonos para mostrar nuestras gracias, tras la explicación de nuestro temor la escena de una madre que nos “reprende” por regresar llorando de la calle, tras el juicio de abandono la imagen de la espera interminable del Padre ausente.

Recuperar para el pensar nuestras imágenes, tener la capacidad de traerlas a la presencia, de aceptarlas, recrearlas y desafiarlas.

En otro dominio, todos hemos experimentado en nuestra vida el poder transformador que tienen sobre nosotros una poesía, una escena, una frase caída en una conversación o un evento casual.

Muchos eventos de este tipo gatillaron en nosotros conversaciones, reflexiones, decisiones, giros en nuestra vida o apertura y cierre de posibilidades.

Desde que Aristóteles dividió el mundo entre sustancia y accidente, nos hemos esforzado por hilvanar nuestra historia en forma esencial y para ello hemos recurrido a la prosa y a la explicación causal, tapando con ello el poder que han tenido sobre nosotros el azar.

Heidegger señalaba al comienzo de “Ser y Tiempo” que el drama de la filosofía estaba en la pérdida del sentido. Quizá parte de ello se deba a que el modo esencial del interpretarnos a nosotros mismos a terminado por desprestigiar a nuestra experiencia, desligando las interpretaciones de los acontecimientos que les dieron origen.

“Quise estudiar filosofía por mi preocupación permanente por entender los modos de relacionarse con la realidad que presentan las culturas”. Esta interpretación válida, olvida y desprecia la importancia que tuvo mi profesor de filosofía, la lectura de Nietzsche y el concreto resultado que obtuve en la Prueba de Aptitud Académica.

Mi mirada algo temerosa del futuro puede explicarse como un fenómeno del inconsciente o como un asunto sociológico; pero ello tapa y desprecia el temor silencioso que profesé por años al taxi de la policía secreta del Gobierno Militar que seguía a mi hermano universitario.

Recuperar para el pensar el poder conformador de nuestra alma que tienen los acontecimientos. ¿interpretaciones?, si; sin embargo, también azares, casualidades o encuentros fortuitos.

Durante los últimos años he experimentado el poder transformador que hay en tradiciones del pensamiento oriental como el I-Ching, el Tarot o el Budismo.

No estoy hablando de ellos desde el espacio esotérico esnobista, y menos desde la idea que estos pensamientos se validan en la medida que sean capaces de predecir el futuro, esta es por lo demás la tentación de querer competir con la ciencia.

Tan solo doy cuenta que la poesía del I-Ching, los Arcanos del Tarot o los mitos griegos dispuestos para pensar mi futuro han resultado una sugerente compañía.

No está demás destacar, que estos modos simbólicos de pensar no representaban para las culturas que las crearon, un modo accesorio de pensar, por el contrario eran para ellos su modo de reflexionar y ver el mundo.

Recuperar en el pensar todo el poder que hay en las formas simbólicas de pensar.

• La recuperación del pensamiento simbólico.

Fue el psicólogo Carl Jung quien puso de manifiesto el poder del pensamiento simbólico en la conformación del alma humana y de las culturas.

Con rigor científico nos mostró como toda cultura o época histórica construía ciertas imágenes que representaban la aspiración o la ruina del alma: El Heroe Griego representado en el teatro, el Guerrero Romano o el Santo Medieval.

Fue Campbell quien nos acercó a la comprensión del mundo mítico como un tiempo cíclico, caracterizado siempre por la repetición de momentos conformadores del alma: El “llamado” como aquel mensaje divino que interpela a una persona o comunidad a hacerse cargo de un asunto vital, el “vientre de la ballena” como el proceso doloroso de enfrentar todos los demonios y oscuridades del alma y el retorno, como el momento que nos devuelve a la vida cotidiana renovados.

Campbell erudito en el ámbito de la mitología nos mostró como esta estructura mítica está presente en todos los pueblos antiguos y más aún, como podemos observar nuestros grandes procesos personales desde la estructura mítica.

Fue Mircea Eliade quien nos enseño que el tiempo profano del trabajo, las transacciones, la feria y la producción, es radicalmente distinto al tiempo sagrado del rito, de la relación con la divinidad, del alma y la sanación.

El primero, es fundamentalmente lineal, técnico y efectivo; el segundo circular, ritual, metafórico y poético.

El tiempo profano funda el espacio de la producción y la coordinación de acciones; el tiempo sagrado el ámbito del sentido, del contacto de la comunidad con la divinidad, de iniciar y terminar los ciclos de la vida.

El filósofo norteamericano Ken Wilber identifica las distintas fuerzas que configuran el ser del mundo: así nos dice que la materia esta tomada por las fuerzas físicas, que la biología está tomada por las fuerzas del instinto y las emociones; que la conciencia o la mente se mueve desde la fuerza del lenguaje y el compromiso y que el alma se rige por las fuerzas arquetipales; es decir por modelos universales configuradores del alma.

• Arquetipos

En su etimología arquetipo deriva del vocablo griego arjé, que significa principio o forma fundamental de algo.

Para los griegos el arjé era aquello que daba forma sustancial a los seres, o si usted quiere, aquello más propio del ser.

La pregunta que inaugura la reflexión filosófica en Grecia ( y por tanto en occidente) es sobre aquel principio fundamental, permanente y trascendente del cosmos. Ello para los griegos era el arjé.

Para el mundo griego tenía que haber algo permanente en las cosas y los seres que hiciera que siguiera siendo fundamentalmente lo mismo más allá de sus permanentes cambios y transformaciones: nacimiento, muerte, accidentes.

Esa fuerza o principio fundamental animaba la vida de la totalidad de los seres según la proporción armónica o disonancia en que se presentara en cada uno de ellos.

Cuando Empédocles señala que el amor/odio es el arjé del universo, nos dice que tras todo lo real se observa la tensión de estas emociones.

El amor explica el mundo de la amistad, la paz, el reconocimiento, el acuerdo y todos los fenómenos que tienden la fusión de los elementos. Por el contrario, las fuerzas del odio, explican el distanciamiento, la disputa, la separación de los objetos y la distancia.

Arjé, nos remite a los siguientes significados:

1.- Principio fundamental que esta presente en el conjunto de los seres del universo.

2.- Principio trascendente, es decir, que está más allá de los cambios o alteraciones que sufren las cosas y seres en su historia.

3.- La distinta proporción en que se manifiesta el principio en cada ser, explica su manera de ser y devenir.

Siguiendo a G. Deleuze podemos pensar el arjé como aquella fuerza fundamental por la cual están tomados los seres y que por tanto, son responsables de su configuración o de cómo aparecen y se comportan en el mundo.

Sin embargo, el acto de dar sentido (de configurar) es un acto humano: somos los seres humanos los que damos valor a las cosas, las personas y las relaciones, somos nosotros los que disponemos el mundo como objetos para la transformación, el uso o el disfrute. Somos nosotros los que damos al mundo el valor de amenaza o posibilidad.

Como señala Martín Heidegger lo que caracteriza a los seres humanos es que tenemos que tratar con el sentido.

De esta forma podemos señalar que será el arquetipo fundamental que rija la configuración del alma humana, la que finalmente de valor al mundo.

Digámoslo de esta forma: el mundo, los seres y el propio yo, se configuran a partir de la fuerza arquetipal que tenga tomada al alma.

Un alma tomada por la fuerza del resentimiento constituye al yo y al mundo desde la resistencia. La postura, corporal, las emociones y las conversaciones nacen desde el espacio del cansancio del espíritu. El pasado es observado como falta y el futuro con desprecio.

Siguiendo la tradición fenomenológica podemos sostener que el resentimiento es anterior al sujeto y a los objetos y a la reflexión. Estos se constituyen desde la fuerza arquetipal que tiene tomada el alma. El yo y el mundo es un fenómeno de segundo orden respecto al arquetipo, la reflexión (propia del yo) aparece incluso como fenómeno de tercera generación.

• Arquetipos universales

Una revisión de distintas culturas existentes en la historia de la humanidad nos permite sostener que, más allá de sus diferencias todas tienen en común la presencia de ciertos arquetipos que representan el espacio del poder, la acción, del aprendizaje, de la invención de posibilidades y de los afectos.

El toqui mapuche, el inca o el rey medieval comparten el ser una representación arquetipal del fenómeno del poder. El guerrero germano, el gladiador romano son representación del mundo de la acción, el mago, el alquimista o la curandera, son de la invención de posibilidades, y el maestro, el amante del mundo afectivo.

Si tomamos la tradición literaria occidental podemos elegir cuatro representaciones clásicas del los arquetipos del alma humana: Rey, Mago, Guerrero y Amante.

Cada una de ellas representa una fuerza o arquetipo desde el cual se configuran nuestro ser individual o colectivo y con ello, el mundo que traemos a la mano.

• Descripción de los Arquetipos

El Rey

El arquetipo del Rey representa la imagen de la justicia, de la recta proporción, del poder y la autoridad suprema.

La sola presencia del Rey genera un aura de formalidad y solemnidad, sus palabras son poderosas pues resuelven conflictos, determinan acciones, dan reconocimientos y castigos, encomiendan tareas.

El los cuadros medievales el Rey es la figura más alta de toda representación, nadie está por sobre él.

En términos de actos del habla el Rey vive, principalmente en el mundo de las declaraciones. Es decir, en aquellas conversaciones que en el acto de ser enunciadas con poder generan nuevas mundos y realidades: la investidura del un caballero, la condena de un culpable, la misericordia del perdón, el establecimiento de una nueva visión o la declaración de los valores fundamentales, pertenecen al ámbito del Rey.

Deleuze representa el mundo declarativo como el “ojo de la tormenta” pues miradas en si mismas no son nada, sin embargo, representan el centro desde el cual emergerá todo el poder de las acciones y el sentido.

Básicamente el arquetipo del Rey esta ligado al poder de la palabra.

El Rey es portador de la soberanía, en su ser se conjugan la representación de la fuerza, de la justicia y de la ética.

El Rey esta al resguardo de la tradición y asimismo, es capaz de comprometer en sus compromisos a otros, los actos del Rey son los actos del Estado, de ahí su poder de representación.

En términos corporales el Rey se liga a la disposición de la estabilidad y la permanencia y su elemento es la tierra.

En el espacio del liderazgo el Rey está vinculado a la enunciación de la misión y visión de las organizaciones, la declaración de los valores que constituirán su identidad pública y privada, se presenta en el coraje de enunciar los problemas y desafíos, de desafiar los resultados, de reconocer y retroalimentar, en definitiva, de fijar el rumbo.

En términos míticos el Rey esta representado por Zeus, cargado de voluntad de poder, instinto de conquista, poseedor de la visión del futuro, la racionalidad implacable, administrador de la justicia, autosuficiente y disciplinado.

Cuando en nuestra vida o en nuestra cultura intentamos resolver toda relación humana o dificultad desde el espacio del poder aparece EL TIRANO.

El tirano lo representamos con un ejercicio excesivo del poder porque ha perdido su propósito de servicio, porque se ejerce de manera arbitraria, discriminatoria y abusiva.

Mientras el Rey infunde respeto, el tirano genera temor, mientras el Rey genera adhesión el tirano obediencia, donde el rey produce estabilidad el tirano inseguridad, allí donde el Rey genera sentido para la acción el tirano simplemente impone servidumbre.

El alma del tirano vive en la obsesión por el control y la desconfianza, su relación con el mundo es arrogante y despreciativa, teme a la traición.

El mundo lo divide en adeptos y opositores, todo acción se mide en cálculos de poder y conveniencia. La diferencia de opinión es vivida como ofensa o complot.

Así como el exceso de Rey genera en nosotros relaciones de abuso con los demás, su déficit nos convierte literalmente en siervos de la gleba.

Cuando somos tomados por la fuerza del siervo, aparece en nosotros un ser débil, incapaz de resolver conflictos, de ordenar, de decidir, de reprender con sentido o de reconocer con prestancia.

Las palabras del siervo son solo eso, palabras impotentes para generar mundos, movimiento, alinear o resolver. Finalmente sus declaraciones se constituyen desde el rezongo, la resignación o la expectativa irrealizable.

El mundo desde el siervo es simplemente los acontecimientos que vendrán, no el que será creado por el poder de las declaraciones.

La ausencia de Rey genera un mundo sin sentido, sin tensión creativa, sin consecuencias.

La fuerza del siervo, transforma todo espacio sagrado, real, formal o solemne en un contexto vulgar, rancio, gris, monótono y lineal.

• El Guerrero

Un segundo arquetipo que opera como principio de configuración del alma personal y colectiva es el Guerrero.

El Guerrero es aquel que se entrega por entero a una causa o acción trascendente: recuperar un lugar sagrado, reestablecer los territorios, cuidar los límites del reino.

Asimismo, tiene la capacidad de persistir en sus propósitos más allá de todos los riesgos y dificultades que le presenta la vida.

Vive en estado de alerta, de lucidez de sus sentidos, de la impecabilidad y efectividad de sus movimientos.

El Guerrero, es un arquetipo que nos remite al valor de la austeridad, pues es capaz de funcionar con lo justo, lo estrictamente necesario. Asimismo, nos habla del valor de la honorabilidad: vive en el espacio del compromiso, de la veracidad y del rigor.

También vemos en el arquetipo del Guerrero la capacidad de cuidar de otros, de sacrificarse por los suyos.

En el mundo de las conversaciones o actos del habla el Guerrero nos remite a los pedidos, las promesas y las ofertas, en el plano corporal al la disposición de la resolución, como elemento el Guerrero es el fuego, como emoción la ambición.

Más ligado al espacio del alma, el arquetipo del Guerrero nos pone en contacto con la capacidad de cuidar nuestros espacios, de comprometernos en la acción con nuestros propósitos fundamentales, de cuidar aquello que tenemos a cargo y, muy importante, de establecer los límites de nuestra dignidad.

Desde el arquetipo del Guerrero el mundo es visto como secuencia de acciones y resultados.

En el territorio del liderazgo, el arquetipo del Guerrero nos remite al diseño y ejecución de las acciones, a la capacidad de cumplimiento impecable de los compromisos y a la acción recurrente y a la superación de las dificultades.

En el mundo de la mitología griega, el Guerrero está representado por Heracles, figura de la fuerza puesta a disposición de un propósito y capaz de enfrentarse al orgullo de si mismo y a la defensa y construcción de su ego.

La ausencia del arquetipo del Guerrero nos configura como desertores.

Es decir, como aquellos incapaces de actuar en consecuencia con nuestras declaraciones o incapaces de establecer y defender los límites de nuestra dignidad.

El desertor es aquel que ante el incumplimiento de sus compromisos huye, no da la cara.

También aquel que en su hablar hay ausencia de rigor y veracidad.

En el mundo interior del Guerrero ausente habitan conversaciones de la culpa por la violación permanente de sus principios y de la vergüenza, por las permanentes deudas que mantiene con su comunidad.

El desertor es complaciente consigo mismo, desprolijo en su hacer, temeroso de las relaciones y huidizo del conflicto.

En el otro extremo, el exceso del Guerrero configura un alma de mercenarios.

Aquí todo asunto humano es vivido como disputa, enfrentamiento. Toda relación esta fundada en la tensión y la presión.

El mercenario está tan concentrado en el ejercicio de la fuerza que olvida el sentido y el propósito de su acción; en verdad no hay más sentido que vencer, dominar, imponer, subyugar.

Para el mercenario, las relaciones humanas son solo utilitarias a la tarea, no hay relación valiosa que cuidar, no hay vínculo que se respete, no hay reglas del juego que se sigan.

La traición, la infidelidad, la mentira, la cuartada, el asalto inesperado son las movidas básicas del guerrero excesivo.

• El Mago

Como fuerza arquetipal el Mago está ligado a la invención, el asombro, la creación de nuevas posibilidades, la sanación y el contacto con saberes ancestrales.

El Mago es capaz de encontrar nuevos caminos de solución allí donde la razón se ha topado con lo imposible. Es capaz de re encantar y sorprender a los seres humanos. Su poder alterara las leyes de la naturaleza; produce – como alquimista – encuentros entre los elementos que generan poderes sobrenaturales.

El Mago es capaz de reencauzar las fuerzas del mal, de guardar en su memoria los secretos de la comunidad y muchas veces de entregar un saber profundo en metáforas que invitan a la reflexión.

El Mago vive en el espacio del juego, los asuntos humanos los vive desde la liviandad y las posibilidades.

En términos de actos del habla el Mago vive en las conversaciones de posibilidades y de seducción, de aquellas que rediseñan el futuro, inventan lo nuevo o reconquistan el sentido.

En términos corporales el Mago vive en la disposición de la flexibilidad y como elemento es el aire.

En el dominio del alma el Mago nos permite vivir lanzados a la invención de posibilidades futuras, en el entusiasmo y en la capacidad de no tomarnos con tanta seriedad.

En el ámbito del liderazgo el arquetipo del Mago nos remite a la capacidad de innovación y al aprendizaje.

En la mitología griega el arquetipo del Mago es representado por Hermes, hijo de Zeus quien posee una inteligencia dotada del don de la adivinación y la intuición, amigo de los cambios de fortuna, guía de los caminantes, habitante de los sueños y los signos, padre de la creatividad y mensajero de los dioses.

Las fuerzas del Mago fuera de centro configuran al manipulador y al burócrata.

El primero pone todo su poder de seducción, de encanto y creatividad al servicio de la utilización mecánica de los otros.

Como diría Aristóteles para el manipulador el mundo comienza y termina en su interés.

El manipulador embauca a otros en sus cuentos, se cuenta cuentos a si mismos modificando la secuencia de los hechos para salvar su identidad pública deteriorada, no le importa dañar con su palabra a otros gratuitamente, genera expectativas que no le preocupa formalmente no cumplir. Ofrece lo que no es, relata lo que no ha sucedido, se compromete con lo que no cree.

El manipulador defrauda al alma de los suyos.

El Mago ausente es el fiel reflejo del espíritu burocrático. Vive en un mundo sin sentido, desencantado, repetitivo, monótono.

No hay nada más que tareas que cumplir, sin horizonte ni propósito.

En el burócrata no hay distinción de días ni tiempos, todo es espacio profano descargado de significación y relevancia.

El burócrata tiene el maldito poder de transformar todo desafío en mera tarea, toda declaración en objetivo específico, toda aventura en procedimiento.

Aquí habita el realismo resignado, la voz pequeña, la envidia, el celo, la incredulidad.

El burócrata vive en el infernal mundo de la rutina, allí donde al finalmente “no ha pasado nada”.

• El Amante

La cuarta fuerza configuradora del alma es el Amante.

Vinculada al mundo de los afectos y la emociones este arquetipo nos remite a la capacidad de acoger a los otros, de empatizar con sus emociones de alegría o tristeza.

Literalmente en el Amante está la capacidad de fundirse en el objeto deseado, de entregarse con pasión a la querido.

En el Amante vive la belleza de los movimientos, la preocupación por el entorno y los contextos, el placer por las relaciones.

Asimismo es el espacio del arte, la poesía y la terminación cuidadosa.

El Amante goza tanto del proceso como de los resultados.

En el Amante aparece el cuidado de si mismo, de su cuerpo y su presencia.

El Amante no es un arquetipo que nos remita solo al espacio de la sexualidad. Amante hay en la relación del maestro con sus alumnos, del padre con los hijos, del doctor con su enfermo o del místico en su relación con Dios.

En el plano de las conversaciones este arquetipo nos remite tanto a la capacidad de escuchar a los otros, como a la capacidad de generar contextos emocionales de confianza y respeto.

En términos corporales nos indica la disposición de la apertura y como elemento se refleja en el agua.

En el plano del liderazgo el Amante nos conecta con la capacidad de generar contextos para la acción: confianza, compromiso, entusiasmo. Asimismo, nos da la capacidad de orientarnos a las inquietudes y preocupaciones de quienes servimos.

En el mundo griego el Amante está representado por Iris y Afrodita, la primera responsable del cuidado de los dioses, reina de la comunicación entre lo divino y lo terreno, guardiana de la armonía y con una inteligencia que antepone el sentimiento a la razón. La segunda, representante de la pasión, la belleza y el gozo.

El exceso de amante nos convierte en posesivos, sobre protectores: cuidamos en demasía al otro, intentamos evitarle todo sufrimiento, tememos a la distancia y somos finalmente celosos de las relaciones.

“Cuidado”, “no vayas”, “no lo hagas”, “no es necesario”, “yo lo hago por ti”. El Amante excesivo genera invalidez, subsidia al espíritu del otro, genera apego.

El Amante descentrado sacrifica su yo por mantener la relación, se convierte en un adicto del afecto en un dependiente del reconocimiento del otro.

Finalmente, el Amante ahoga.

En el otro extremo la ausencia de Amante nos transforma en impotentes; es decir, en incapaces de entregarnos por enteros a alguien o algo.

Siempre hay una reserva que nos permite no estar ahí, no fundirnos con.

La incapacidad de fusión del impotente se presenta en una constante conversación interior que juzga al mundo o a si mismo, pero que finalmente le impide confundirse con su hacer, descansar de su yo, perderse en la tarea o la relación.

El impotente termina en el descuido de si, en la incapacidad de estar en las inquietudes del otro. No sabe acoger ni escuchar, no puede consolar, no hay belleza en sus movimientos, ni seducción en sus palabras, tan solo sequedad de la acción.

• A modo de invitación

¿Qué arquetipo habitas con mayor facilidad?, ¿en que ámbito de tu vida notas exceso de Guerrero, Amante, Rey o Mago?, ¿en dónde observas déficit de un arquetipo…?, ¿qué costos estás pagando por ello?, ¿en qué situación difícil que estás viviendo se requiere la presencia del Guerrero? ¿qué relación puedes reinventar convocando las fuerzas de Mago? ¿cuáles son las declaraciones poderosas de tu Rey? ¿qué conflicto se prolonga en el tiempo por la ausencia de un Rey que ponga fin a la disputa? ¿qué haces en la vida con la pasión del Amante? ¿dónde estás jugando el juego de la sobreprotección y dónde el de la manipulación?

En fin, solo algunas preguntas para provocar y para recordar que el valor del pensamiento arquetipal esta en su poder para observarnos y transformarnos.

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Gallegos Santos Lidia. (2002, Octubre 22). Pensamiento Arquetipal. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/pensamiento-arquetipal/
Gallegos Santos, Lidia. "Pensamiento Arquetipal". GestioPolis. 22 Octubre 2002. Web. <https://www.gestiopolis.com/pensamiento-arquetipal/>.
Gallegos Santos, Lidia. "Pensamiento Arquetipal". GestioPolis. Octubre 22, 2002. Consultado el 12 de Agosto de 2017. https://www.gestiopolis.com/pensamiento-arquetipal/.
Gallegos Santos, Lidia. Pensamiento Arquetipal [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/pensamiento-arquetipal/> [Citado el 12 de Agosto de 2017].
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