Observaciones sobre la dinámica del Imperio Capitalista

  • Economía
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Tradicionalmente el espíritu imperial ha sido inseparable del ejercicio del poder político y su finalidad hacerlo lo más extenso posible; es decir, partiendo de una porción limitada de poder, incrementarla ampliando el ámbito de dominio sin sujetarse a limitaciones ni convenciones. En un plano individual respondería a la ambición personal de un sujeto dominante, y en tales términos se ha venido manifestando desde los primeros Imperios personalistas, surgidos partiendo de la voluntad de poder de un personaje histórico. El Imperio de ahora se ha descargado del componente personal de primera línea para pasar a ser institucional, resultado de la ideología de un grupo de poder que contando con una fuerza socialmente reconocida aspira a la dominación en sentido amplio. La fuerza soporte tradicional ya no es exclusivamente de naturaleza militar sino económica, pero, pese a su relevancia, no prescinde ni de aquella ni del componente político. Otra característica diferencial es que, en el proceso de expansión desde el núcleo originario, no tiene por finalidad ocupar materialmente ningún territorio foráneo, sino dominarlo económica, cultural y políticamente, haciendo que sus moradores se entreguen libremente a sus disposiciones al reconocer su superioridad. Determinante de su carácter es que el dominio se ejerce desde la referencia del control decididamente económico, más efectivo que la ocupación territorial que caracterizaba a los antiguos Imperios. No obstante, sin materializarse la dominación mediante una representación directamente perceptible carecería de consistencia. El Imperio es esa realidad que va más allá de la pretensión y trasciende de la idealidad como instrumento efectivo de la expansión sin límites, arrollando cuantos obstáculos encuentra en el camino. Su implantación y desarrollo dependió exclusivamente de la fuerza de las armas, hasta que la idea se recompuso a través del capitalismo y pasó a residir  en la fuerza del capital representado como dinero, lo que permite hacerle presente ante todos. Si el primero ha dominado voluntades de forma violenta, el segundo simplemente las compra. Sus efectos prácticos en orden al ejercicio del poder acaban siendo análogos, aunque medien diferencias. Abundando en la diferencia, la fuerza motora se recompone como poder a través de algo más sutil como es la hegemonía [1], siempre en conjunción con los otros dos. Y es ella la que sirve al Estado-nación para desplegar su tendencia imperial. Pese a la argumentación que le define, el Imperio no es una construcción intelectual, sino que se encuentra ahí como evidencia que arranca del espíritu político de los Estados hegemónicos y se mueve continuamente. Se apoya en realidades directamente apreciables, como la fuerza del capital financiero y la militar asumidas nominalmente por el Estado que las despliega utilizando la acción directa, y en otras realidades indirectas como son la hegemonía, servida de la manipulación y la persuasión.  Pasando al contenido institucional de la nueva fuerza en términos de poder, el Imperio capitalista como proyección del Estado-nación se sostiene fundamentalmente en tres pilares: poder económico, bélico y cultural.

Así pues, desde la llegada del capitalismo moderno, el poder económico ha pasado a ser el instrumento indispensable para desarrollar aspiraciones imperialistas, su punto de referencia se hace acompañar de la ideología capitalista -aunque Schumpeter discrepe abiertamente en este punto [2]cuyo sistema se ha impuesto universalmente. Tal ideología contiene en sí misma el germen de la expansión sin límites, aspiración coincidente con el imperialismo de nuevo cuño, en el que lo personal cede ante lo institucional y este se convierte en instrumento al servicio de una idea previa. Sus fundamentos, en síntesis, han venido siendo la propiedad de los medios de producción, el dominio de las relaciones laborales y el control del mercado. A la producción dirigida a la transformación de materia en mercancía le resulta imprescindible el trabajo, del que el capitalista no puede apropiarse, pero sí explotarlo, lo que va implícito en su sistema de producción, al anteponer la reducción de costes como exigencia del beneficio. De lo que se trata es de minorar el coste de cuantos elementos intervienen en el proceso de producción creando valor en el producto final y, una vez en disposición de ser puesto en el mercado, diseñar estrategias de marketing para generar demanda y con ella aumentar artificialmente el valor del producto acabado. Desde lo más elemental de la actividad productiva capitalista ya se observa que su pretensión es incrementar sin límite el capital invertido expresado en términos de beneficio, lo que viene a coincidir con la vieja idea imperialista de la conquista territorial. Para que el proceso no se detenga y se generen constantes beneficios acude al consumo, como forma de crear necesidades generalizadas añadidas, y para profundizar en la sumisión de los conquistados por esta vía hace de él una forma de vida frente a la caben pocas alternativas. El territorio sobre el que ejerce el dominio en régimen de monopolio -porque el capitalismo es un sistema plenamente aceptado ante el que tampoco surge opción alguna, porque no hay ningún competidor económico efectivo-, y esta es otra de sus características, se define como el mercado. Modernamente, es decir, desde que el capitalismo representado por el colectivo de la burguesía se convierte en poder no solamente económico, como en mayor o menor medida lo había sido con anterioridad, sino político, soportado en la fuerza del capital dinámico que puede cumplir su misión expansiva mediante el beneficio en el marco del mercado, puede adelantarse que está en disposición de realizarse la nueva idea imperial, puesto que su espíritu expansivo no encuentra resistencia alguna. Sólo cabe determinar si cuenta con el apoyo de la fuerza material para expandirse por el territorio del mercado que se encuentra a su disposición. Efectivamente la tiene, al manejar la representación real del capital controlando el flujo del dinero. Queda por último determinar si esa fuerza que procede del capital es socialmente efectiva como poder, y visto el discurso social parece tener méritos para ello [3]. De manera que la nueva fuerza beligerante resulta ser el capital y el dominio del dinero la base de su poder. Si el capital es el valor, el capitalismo es la maquinaria que permite su desarrollo, mientras que su expresión política como poder se contrae al Estado, al que controla a través del dinero. Sólo queda materializar la idea imperial en el Estado-nación, y es aquí donde se encuentra el  punto de referencia, porque el Estado se define como capitalista. La idea de Imperio se encuentra por todas partes y en ningún lugar concreto, pero en tal estado no sería nada, porque necesita referencias reales, sólo puede surgir como realidad material soportada en una forma de poder necesariamente político, y este reside en el Estado inmerso en el sistema capitalista.

Por exigencia del desarrollo del capitalismo, el Estado-nación de las sociedades avanzadas se ha visto impulsado a tomar el camino expansionista para atender tanto a las demandas consumistas de las masas, como a las exigencias de las empresas, acogidas ambas a la bandera simbólica que representa el territorio donde despliega su dominio. En los últimos tiempos, la actividad estatal se desarrolla entre la función política, que siempre le ha caracterizado, y la económica, ahora impuesta por exigencias del avance del proceso de civilización. Las masas, políticamente satisfechas en lo sustancial, demandan nuevas prestaciones, básicamente de naturaleza económica, a cargo del Estado, pero la pretensión no es viable de no verse respaldada por lo que ya desde Smith se consideró la riqueza de las naciones, aunque adaptada a nuevas formas de interpretación. Inevitablemente tales prestaciones sólo pueden hacerse efectivas desde un aumento de los ingresos públicos que o bien procedan del mercado, procedimiento efectivo a largo plazo, o del endeudamiento, como arreglo temporal. En cualquiera de los dos supuestos, el Estado, agotados los recursos internos o afectado de superproducción, frecuentemente tiene que salir fuera de sus fronteras para encontrar el medio de aliviar la problemática. Su proyección internacional en busca de mercado mira como argumento sólido a  la exportación, con lo que rompe con el antiguo aislamiento y apunta tímidamente hacia la expansión imperialista. Satisfacer tales necesidades exige entrar en el juego  del capitalismo imperialista, porque, como sostiene Samir Amin el imperialismo es inherente a la expansión del  capitalismo, pero haciéndolo inicialmente desde la dependencia de las empresas privadas nacionales, cuyo modelo económico frecuentemente ha acreditado su efectividad frente al capitalismo de Estado. Ya en este punto, la empresa que aspire a mantener su condición, es decir, cumpliendo las directrices impuestas por el capital, a la larga precisa seguir una política de expansión permanente proyectándose más allá de los límites territoriales del Estado originario, con lo que se adentra en el terreno del capitalismo imperialista. Esta tendencia tiene consecuencias para el propio Estado ya que el imperialismo capitalista empresarial empuja hacia la fórmula del Imperio capitalista del Estado. Para responder a las demandas de las empresas, en esa propensión a la internacionalización, al objeto de aumentar beneficios y atender a las exigencias de las masas, en orden a un mayor nivel de bienestar, el Estado-nación acaba por asumir su nuevo papel, pero sin perder de vista la condición tradicional de guardián del orden, que aspira a proyectar extrafronteras. Tales aspectos generan un reforzamiento del sentido de poder, lo que tiene repercusiones, en principio para las masas, implantando la fórmula de bienestar a cambio de cierto totalitarismo estatal, adornado de derechos y libertades, restringidas a cada paso. Posteriormente también afectará al capitalismo, frente al que aspira a controlar en cierta medida la actividad de las empresas. La viabilidad del proyecto imperialista del Estado-nación no está claro, al menos en los términos en que se viene desarrollando, porque parece que no se ha tenido en cuenta lo que piensan políticamente sus ciudadanos. De forma autónoma la clase dirigente se ha comprometido con la idea imperial como la mejor solución de los problemas internos desde un planteamiento puramente capitalista, pero, con independencia de la opinión política de la ciudadanía, la realidad última es que el motor inicial del imperialismo de perspectiva social se ralentiza, mientras que las multinacionales encargadas de mantener el espíritu del capitalismo imperialista cumplen con sus fines incrementando permanentemente sus beneficios, el bienestar de las masas queda desatendido.  El espíritu expansionista que anima al capitalismo a cumplir con su función económica resulta coherente con las estrategias de sus empresas dirigidas a incrementar el negocio, así como la tendencia a concentrarse en oligopolios, dirigidos por último al monopolio sectorial e incluso al monopolio empresarial plurisectorial para imponer su dominación en el mercado mundial y disparar así los beneficios. La expansión en términos de mundialización tiene varios frentes a los que debe contribuir eficazmente. El dividendo es la cuota del negocio que se otorga para la satisfacción del accionista, pero hay otras partes a considerar implicadas directamente, como los gestores empresariales, el rótulo comercial, el capitalismo y el Estado. En el caso del primero, entiende atendida su condición de inversor con la percepción continuada  del dividendo. Los otros, más ambiciosos, reclaman retribuciones desproporcionadas con variedad de fórmulas y además aspiran a acumular poder personal. El rótulo se define desde el prestigio, coincidente con la actividad rentable de la empresa. Para el capitalismo, basta con la generación continuada de incrementos de capital. En cuanto al Estado, une al aspecto crematistico impositivo la aportación que la empresa supone al despliegue de su hegemonía. Por tanto, en el proceso se da una concurrencia de intereses variados que reclaman ser convenientemente atendidos, y en este punto los límites del Estado y su comercio exterior regido por relaciones de igualdad ya no colmarían satisfactoriamente tales pretensiones, por lo que hay que reorientarlo no exclusivamente a la expansión económica de puertas afuera en términos de igualdad interestatal, sino a la imposición de unas condiciones dominantes, como garantía de estabilidad, que sólo pueden ser ejercidas desde el imperialismo. Consecuentemente, para cumplir las exigencias del imperialismo no basta la condición expansiva, sino que además es precisa la capacidad para imponerse como dominante. El vehículo utilizado para la expansión, puesto que el asunto se define en términos económicos, es la empresa multinacional. Dado que el avance de la civilización ha llevado a una situación en la que la expansión y la dominación no pueden sostenerse en la violencia física, toman relevancia otros procedimientos más refinados como la manipulación y la persuasión. A tal fin, el principio de expansión capitalista ha venido utilizando la violencia suave, dispuesta para ocultar bajo la apariencia de racionalidad lo que no es más que una fórmula para alterar la voluntad ajena usando del engaño en sus variadas fórmulas. En este punto predomina un argumento idóneo, se trata de invocar el principio de libertad de mercado, desde el que es posible romper fronteras, saltando Estados, pero respetando las propias como núcleo blindado. De ahí que el imperialismo capitalista, apoyado en la libertad, en este caso de mercado, se convierta en la punta de lanza para la expansión basada en la superioridad tecnológica plural alcanzada por varias empresas frente a la que no cabe competencia, lo que supone un punto de referencia para llegar a la dominación. El Estado, dirigido por el capitalismo, pero cuyo funcionamiento depende de políticos y burócratas en su condición de ejercientes del poder, encuentra en el imperialismo capitalista empresarial la línea a seguir para incrementar su poder, y así desde su pujanza económica, derivada de la ampliación del horizonte empresarial, se construyen los nuevos Imperios aprovechando los viejos Estado-nación.

En su momento, el Estado absolutista también sirvió de referencia para diseñar el Estado burgués como pieza fundamental del nuevo orden basado en la superioridad de la racionalidad jurídica frente a las creencias, y acabó por etiquetarse como Estado de Derecho, en realidad un figurón al servicio del capitalismo burgués. Probablemente su autonomía arrancó cuando el keinesianismo reclamó su presencia mirando a la reactivación de las empresas y subsidiariamente hacia el bienestar de las masas. Si con los derechos y libertades se entretenía a los ciudadanos para mantenerles dentro de un orden socio-político y buscaba su conformismo, con el sistema de explotación laboral capitalista y con la política de bienestar iluminado por la idea del consumo, concebido para mantener la actividad empresarial, se apuntaba a la seguridad, pero a la vez a un riesgo para la pujanza del negocio, porque se despertaba el sentido utilitarista de las masas. Y en esta función no solamente aparecían las empresas como vendedoras de bienestar, sino un Estado que se comprometía a su generalización en términos de igualdad. Usando el mito del bien-estar, la política localista del Estado-nación concibió para él un poder propio y más avanzado que el de guardián del orden capitalista, representado por las distintas funciones asumidas atendiendo a su cumplimiento conforme a un diseño burocratizado. Las masas lo apoyaron ilusionadas, trasladándolo a la democracia representativa, por lo que esta, dejando aparcadas las utopías políticas, se convirtió en la forma preferente de demandar el bienestar a través del voto. Políticamente el Estado del bienestar supuso el principio de la autonomía del Estado respecto al servilismo capitalista, porque las masas quisieron ver en él su protector. El modelo que tiene como punto de referencia la política alemana de posguerra, acabó por exportarse al resto de las sociedades avanzadas auspiciado por el intervencionismo dominante. De esta manera el Estado asumió funciones sociales que desbordaban el diseño inicial burgués y pasó a ser esa forma de Estado multifunción en disposición de asumir tareas imperiales. La consecuencia inmediata fue una política dedicada a ocupar protagonismo en varios frentes de actuación, seguida de una burocracia gigantesca que acapara el verdadero poder. De poco sirven las argumentaciones de los liberales neoclásicos recientes -Hayek, Lachman o Mises- demandando un Estado mínimo o las de los anarcocapìtalistas – Rothbard, Hoppe o Jasay- exigiendo poco menos que un Estado sin Estado o reclamando la vuelta a la función de guardián del orden, incluso acudiendo a empresas privadas. Los políticos y la burocracia del Estado-nación ya miran a su siguiente estrategia para consolidar el poder con autonomía respecto del capitalismo, diseñando un nuevo sentido al capitalismo imperialista desde el Imperio político. Sin embargo no hay ruptura, el entendimiento con el capitalismo del que depende y con las masas, que le han dado poder con cierta autonomía, marcan las pautas de actuación del Estado.

De los distintos modelos sobre el imperialismo, resulta complicado entender la tesis de un Imperio diluido en una pluralidad de Estados y organismos supranacionales sin una dirección efectiva única o, lo que va más allá, sin un Estado concreto que puedan considerarse representativo del Imperio. Como también lo es el superimperialismo, es decir, cuando una superpotencia llega al extremo de poder que el resto de Estados se conviertan en semicolonias en la práctica [4]. Ahora la cuestión se reconduce a dilucidar si un Estado-nación puede ser el soporte de un Imperio basándose en disponer de la fuerza del capital. Parece estar fuera de dudas que el poder de los Estados modernos depende del capitalismo que practican sus empresas y que permiten la acumulación de algo tangible como es el dinero, puesto que en parte mueven continuamente el capital al objeto de económicamente extraer beneficios para ellas y poder para Estado al que se acogen. Las empresas punteras venden y contribuyen cuanto menos al prestigio del Estado, al que se añade su aporte al capital público. En esta situación el Estado se define como capitalista, dada su situación de dependencia del sistema, pero no hay que excluir que aunque dirigido desde un grupo de poder -empresarial- no haya otro grupo -político- que en virtud del poder autónomo acumulado demande su propia cuota de poder. Aquí emerge la política unida a la burocracia, aunque en ambos casos  se trata de un poder prestado, porque el verdadero poder lo detenta el capitalismo, que dispone de la capacidad de poner en marcha la dinámica del dinero que afecta a todos a través de sus empresas. Consecuentemente el gobernante, sin contar con la fuente de suministro del poder que le aporta el capital, vía empresarial e individual, agotaría su poder prestado, aunque del otro lado también el empresariado permanecería inoperante por falta de cobertura práctica. De tal forma que, bajo la dominación del sistema capitalista, sólo le quedaría al Estado la alternativa de crear sus propias empresas o resignarse a que opere la empresa privada. La primera opción frecuentemente está abocada al fracaso, porque  políticos y burócratas suelen carecer de disposición para dinamizar el capital, ya que, como señalaron en este punto autores clásicos como Weber y Sombart, se han venido requiriendo otro tipo de capacidades vinculadas a la actividad económica, como pueden ser la profesionalidad, la previsión y el cálculo. El Estado, aunque se haya embarcado en la tarea de gestionar nuevas funciones, carecería de elementos personales con la capacidad operativa del empresario, ya que en orden a la eficacia no puede desligarse de la aportación del profesional, y por ello tiene que admitir su dependencia de la actividad privada capitalista.

Llegados a este punto, se plantea, si es que se puede hablar de la existencia de un Imperio concreto, ¿a través de qué líneas de actuación discurre en la práctica la acción imperial?. Hoy el Imperio capitalista es una realidad surgida cuando un Estado está en disposición de imponer su dominio fundamentalmente económico sin oposición sobre otros Estados, aunque no es necesario entenderse que ejerza sobre ellos soberanía plena [5]. El Estado-nación ha asumido tal número de funciones que no puede sostenerse salvo que acuda al expansionismo económico al compás de sus empresas, pero no ya como paraguas del capitalismo imperialista, sino como Imperio capitalista. Sin embargo no pierde de vista su función originaria. En lo que afecta al problema del orden surge tanto en sus límites territoriales como en las zonas de influencia, por lo que tiene que activar mecanismos que le permitan controlarlo. Las conspiraciones o el terrorismo internacional ponen en riesgo la hegemonía del Estado-imperial, no solamente desde el desafío al orden establecido, sino introduciendo peligros reales que afectan al Estado de manera sustancial, por lo que debe ser cauto, pero se excede en la cautela porque llega al extremo de que se vuelve contra los derechos y libertades que se pretende proteger. Junto a la garantía de la seguridad, un Estado-imperial se caracteriza por imponer a los Estados subordinados una ideología como dogma, al margen del cual no es posible desenvolverse. Sus formas de imposición son agresivas, en este orden van desde la manipulación a la violencia, y otras más discretas de naturaleza económica y cultural. Las primeras se emplean como último recurso y se mantienen permanentemente activas desde la amenaza solapada. Las segundas a través del control del dinero, poniendo de pantalla a organizaciones internacionales. Las culturales marcan unas lineas de creatividad igualmente respondiendo a las pretensiones ideológicas dominantes. Así pues, la vía de expansión reside en transmitir el modelo nacional originario -ordenador e ideológico- de forma imperativa desde una posición de superioridad excluyente, asumiendo el papel de Imperio moderno, desplegando la hegemonía como dictado político, económico y cultural tomando la forma de violencia suave. A tal fin utiliza de una u otra manera a las TIC como instrumental conformador de la voluntad de las masas, y en el proceso no se aparta de los cánones publicitarios marcados por el capitalismo. El vehículo de transmisión directo son las empresas multinacionales, que facturan sus productos al primer mundo y explotan laboralmente al tercero, etiquetando el empleo esclavista como empleo social, disfrutando de privilegios de todo tipo, imponiendo la cultura del consumismo de sus excedentes de producción afectados de utilidad marginal decreciente y normalizando las prácticas especulativas del capital financiero para acabar de extraer todos los recursos. De no seguirse las condiciones impuestas, dejando en entera libertad a las empresas multinacionales para hacer su negocio, se decreta el aislamiento de los Estados oprimidos.

La dinámica del Imperio no solamente se auxilia de la ideología de superioridad, que contrasta permanentemente su mayor nivel de bienestar en oposición al de los Estados débiles, además potencia la actividad empresarial de vanguardia y la cultura dominante para confirmar los dogmas del Estado hegemónico como los mejores. Lo complementa con argumentos jurídicos, concertando tratados internacionales donde asume el papel de parte beneficiada desde una supuesta igualdad de partes. Las instituciones internacionales, teóricamente independientes -como más señaladas, FMI, OMC o BM-, se mueven al ritmo que marcan los Estados que las sostienen, con lo que en el fondo no es difícil ver allí reflejada la voluntad de estos y en especial la del dominante –el Imperio de los Imperios-. De manera que aquellos que no siguen el juego quedan excluidos del concierto. El sistema aislacionista descansa en tácticas políticas, económicas y comunicativas. Entre las primeras se busca el medio de desacreditar cualquier actuación del país disidente buscando su lado negativo o directamente se acude a financiar populismos -fundamentalmente de izquierdascon fines desestabilizadores. En el ámbito económico se promueve el estrangulamiento aislándoles comercialmente, cerrando el destino de las exportaciones gravándolas con aranceles, provocando el desabastecimiento, estrechando el crédito y devaluando la moneda. Desde las agencias  de noticias se controla la información y la comunicación dando solamente la versión que interesa al Imperio, y sus empresas aportan la verdad oficial internacionalmente aceptada, desacreditando la verdad real invocando teorías conspirativas. Vista la estrategia imperial, los Estados débiles no tienen otra opción que adherirse al Imperio que despliegan uno u otro bloque económico como alternativa al aislamiento, porque la libertad económica sólo puede ser entendida a criterio del Imperio. El posicionamiento en bloques sigue manteniendo actualidad, si bien en algún momento cabía mantener un grado de autonomía, hoy es obligado adherirse a un bloque, bien como colaboradores o como explotados. Pertenecer a un bloque dominado por un Estado hegemónico se vende como progreso, pero la evidencia es que se trataría de un falso progreso que afecta sólo a la parte dominante, porque mientras el Estado-imperial crece, los perifericos decrecen [6].

Aunque la trayectoria de instrumentalización del Estado para conservar la vigencia del sistema capitalista en su proyección política se remonta al orden jurídico de la época burguesa, el proceso se mantiene en la misma línea de actuación. Al Estado se le ha utilizado para aliviar los problemas empresariales cuando el consumo ha declinado o las crisis generadas por el capitalismo afectan a una gran mayoría, incluso a él mismo. Ha sido entidad financiera proveedora de capitales a fondo perdido o sin intereses para las empresas. A menudo se ha visto forzado a contraer compromisos internacionales avalando la actividad empresarial. Decididamente ha sobrepasado fronteras siguiendo la trayectoria de las empresas respaldando su potencial económico. Todo ello tiene consecuencias, la principal es que el Estado, movido por intereses particulares, acaba por hacer de cierta parte de la actividad particular, interior y exterior, una función cuasipública, con lo que se va comprometiendo en actividades extraestatales en un primer paso. Visto el desbordamiento de la actividad estatal y teniendo al Estado cubriéndole las espaldas, el capitalismo se plantea con decisión el imperialismo, arrastrando al Estado en la aventura imperial utilizándole de bandera, asentando a sus empresas en cualquier punto del globo donde la explotación permita multiplicar exponencialmente los beneficios. Sin embargo no cae en la cuenta de que está asumiendo ciertos riesgos. Por ejemplo, que su control sobre el Estado llegue a invertirse porque este acumule excesivo poder, al extremo de que adquiera autonomía y sus gestores decidan hacer política por su cuenta, yendo más allá de la puramente estatal condicionada por la actividad empresarial. Temporalmente el Imperio capitalista acepta las condiciones que imponen sus  multinacionales, porque en el fondo le permite consolidar su hegemonía utilizándolas en el papel de difusoras de sus postulados. Ambos operan en el plano de sus respectivos intereses, las multinacionales porque la bandera viene bien al negocio y el Estado-nación se refuerza desarrollando su propensión imperialista desde la hegemonía militar, económica y cultural que contribuyen a difundir sus empresas. Visto lo anterior, el Imperio abandona definitivamente cualquier rastro de construcción intelectual, pasando a ser una realidad que arranca del espíritu político de los Estados hegemónicos y que funciona sostenido en realidades inmediatas.

Si con la aventura imperialista el Estado-nación ha salido reforzado respecto de su posición histórica frente al capitalismo, ¿sucede lo mismo con los nacionales?. El cuestionamiento del modelo de Imperio capitalista, es decir, la salida del Estado-nación de sus fronteras, dando con esta política cierta prioridad a lo foráneo sobre lo autóctono, empieza a reflejarse cuando la colectividad reflexiona sobre la actividad real. Primero, tomando conciencia de que las multinacionales acuden fuera de los lugares de origen a la llamada de la deslocalización para ahorrar costes y gozar de ventajas añadidas, explotando laboralmente a los pobladores de los países económicamente débiles. Lo que en principio, como aspecto más llamativo, es considerado como injusticia o una práctica carente de contenido ético que encubre una situación abusiva impropia del mundo civilizado al no ser una situación cercana, en cuanto que afecta a la periferia distante, resulta simplemente reprobable, con lo que solamente queda en una cuestión puntual de conciencia. Sin embargo cuando los ciudadanos del Estado dominante caen en la cuenta de que son utilizados como consumidores de esos bienes producidos a coste de tercer mundo y son comercializados a precio de primer mundo, reconocen que ellos también son explotados. Y profundizando en el tema llegan a otras conclusiones, como que parte de la riqueza del país, derivada de la actividad que se desplaza a terceros, se pierde, que han desaparecido numerosos puestos de trabajo, que se ralentiza alarmantemente la actividad productiva nacional, que han disminuido los ingresos, que se proponen recortes en el bienestar o que se impone la amenaza del paro endémico. Estas y otras apreciaciones no menos significativas, llevan a la conclusión generalizada, y no por ello difundida en los medios, de que el imperialismo en tales términos se ha vuelto en su contra. Por lo que la expansión capitalista acaba siendo vista desde una perspectiva menos benévola, en el fondo respondiendo frente a ella con una agresividad latente. Hay que añadir el asunto de la evasión fiscal tolerada a las grandes empresas, que acuden a artificios variados y a domicilios fiscales de conveniencia, mientras las clases medias nacionales sufren el peso riguroso de los impuestos, acentuándose las diferencias entre ricos y pobres, en este punto la indignación crece un paso más. Si bien ese sentimiento no afecta a políticos ni a burócratas, en tanto sean atendidos sus intereses crematísticos y de poder por vía del Imperio, no sucede así con las masas que, pese a la propaganda y las pequeñas trampas electorales, expresan su indignación a través de las urnas. El desasosiego no afecta solamente a los ciudadanos, sino que incluso se hace extensivo al pequeño empresario, en cuanto su negocio se encuentra en situación de competencia desigual frente a los grandes. No puede competir por las ventajas de las que estos últimos disfrutan, sus menores costes generales, las estrategias de marketing, las absorciones y la tendencia al monopolio sectorial. En este proceso participa activamente el capital financiero desde tiempo atrás [7], tomando la dirección en el desarrollo de la ideología capitalista, y se le contempla como el gran responsable de las crisis que afectan a las masas por sus actividades especulativas. Pese a tales argumentos expuestos a pie de calle, se dice que no hay razones de peso para abandonar la política imperial desde el soporte capitalista, es decir, sirviendo y sirviéndose de sus multinacionales, lo que no obsta para que el entente con la ciudadanía tenga que replantearse a fin de guardar las formas. La contrailustración no está asegurada al cien por cien, porque aunque los medios de comunicación colaboren con el poder oficial en su condición de empresas capitalistas, siempre surgen discrepancias; dado que su actividad fundamental es obtener beneficios, de lo que se trata es de ofrecer productos que se vendan. El Estado imperial se encuentra en una encrucijada. No puede prescindir de las empresas, coartando su libertad de mercado o simple caminar por libre, ni puede hacer oídos sordos a las reivindicaciones de las masas, cada vez más sonoras, pese a la ilustración controlada.

Por último, ¿qué nuevas realidades afectan a la relación capitalismo e Imperio?. En primer término, la situación es que el capitalismo ya no puede contar con el apoyo incondicional del aparato estatal de cara a respaldar sin condiciones la actividad de sus empresas motrices. Por otro lado, la política expansionista, conducida de manera irracional arrastrada por las empresas y motivada por el auge del neoliberalismo, acaba por tener un alto coste electoral y económico. En este punto llega la ocasión de plantear si el Imperio, como momento avanzado del Estado-nación, definido por su función capitalista, está realmente al servicio del capitalismo imperialista o sucede a la inversa. El Estado-nación hegémonico que se desarrolla como Imperio, empujado por el imperialismo capitalista -del que es un buen ejemplo USA desde la 2ª Guerra Mundial, consolidado a partir de Bretton Woods, al contar con una supremacía hegemónica indiscutible-, reflexiona sobre la continuidad de esta política o, por contra, si ha llegado el momento de hacer valer su condición de Imperio preferentemente político sobre los intereses empresariales capitalistas. Parece que al Imperio capitalista se le empiezan a agotar las opciones, y los propios instrumentos de control ideológico creados por el capitalismo, la tensión burocracia e instituciones frente a las empresas y la misma democracia que anima el espíritu político de las naciones pueden resultar correctores de las políticas expansivas. Seguramente su propio sentido de Estado-nacion, empujado por sus nacionales, venga a poner freno a ese espíritu imperial, animado por el capitalismo imperialista, como consecuencia del poder avanzado de las masas. Por una parte tiran los ciudadanos y por otra las empresas, en el centro se sitúa la burocracia política encargada de mantener la construcción imperial. Los intereses de las primeras son importantes, pero son fáciles de manipular [8]; en cuanto a las segundas hay que tensar la cuerda de las relaciones y hacer valer los intereses políticos del Imperio; finalmente, la burocracia resulta ser fiel al que paga. Es la nueva dinámica del imperio capitalista, tratar de conciliar los tres frentes. De manera que el retorno ideológico al Estado-nación para aliviar el desanimo de las masas y recobrar el ritmo del bienestar oficial -pero sin renunciar a su hegemonía imperialista para satisfacer el sentimiento de superioridad nacional profusamente cultivado-, la llamada al sentido común de las multinacionales y del capital financiero, moderando su espíritu expansivo, así como el toque final para que trabajen con responsabilidad políticos y burócratas conductores del Estado, parece ser la nueva misión conciliadora que compete a la política burocratizada que ejerce en la práctica el poder del Imperio capitalista. En todo caso, cualquier solución no pasará de ser un apaño para salir del paso.

Noviembre de 2016

Autor: Antonio Lorca Siero.

hegemónico, y a través de los aparatos de difusión llega a todos y en cualquier lugar. De esta manera se impone una cultura prefabricada dominante, con lo que apenas queda espacio para pensar y realizar al margen del dogma. Políticamente se trata de vender derechos, libertades y sobre todo democracia, porque a su vez la democracia vende o ayuda a vender, en este punto, las masas llegan al límite del sentimentalismo creyendo que el voto les permite gobernar.

[1] El sentido moderno de hegemonía tiene como referencia a Gramsci, A., “Cuadernos de la cárcel”. La idea determinante es que los grupos culturalmente dominantes disponen de las condiciones para establecer un liderazgo político e intelectual sobre los subordinados imponiendo el convencimiento de que los intereses de los primeros coinciden con los generales. En el caso de los Estados, lo que se proyecta es la creencia arraigada de que los Estados fuertes pueden servir de modelo y guía conductor del camino a seguir por los débiles en orden a mejorar su capacidad política, económica y social indirectamente dirigidos, cuando la realidad es que son simplemente explotados.

[2] Según considera Schumpeter, J., “Imperialism and Social Classes”, el modo de vida del mundo capitalista no favorece actitudes imperialistas.

[3] Todo poder responde a un principio de fuerza soporte, en cuanto esta es reconocida por la sociedad donde se desenvuelve. Hay fuerzas directas basadas en el ejercicio de la violencia física y otras indirectas, que aunque con los mismos efectos no se perciben en términos de brutalidad inmediata. La fuerza del capitalismo reside en el dominio exclusivo de la producción de capital. Su atractivo ante la sociedad obedece a que, expresado en su forma materializada como mercancía y dinero, permite contribuir al bienestar de las personas desde la posesión de ambos y del que en último término, descendiendo a lo personal, es posible deducir la riqueza, como acumulación de objetos valorados que permiten un grado de superioridad social. Desde el dominio de la fórmula del bienestar inmediato a través de la posesión de objetos -mercancía a cambio de dinero- ya parece desplegar un argumento para hacer al capitalismo socialmente tolerable.

[4] Conforme al modelo, una potencia imperialista dispone de tal hegemonía que las otras potencias imperialistas pierden toda independencia real frente a ella y quedan reducidas a las condiciones de pequeñas potencias semicoloniales. Véase Mandel, E., “El capitalismo tardío”, México, 1978.

[5] Hardt, M. y Negri, A. en su libro, “Imperio”, Buenos Aires, 2002, señalan que la soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta de una serie de organismos  nacionales y supranacionales bajo una sola lógica de dominación. Esta nueva forma global de soberanía es lo que llaman Imperio.

[6] Puede verse Borón, A., “Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri “, Buenos Aires , 2002.

[7] En 1910 Rudolf Hilferding – “El Capital Financiero”-ya dejó constancia del problema, al indicar que supone la unificación del capital. De manera que capital industrial, comercial y bancario se encuentran dirigidos desde las altas finanzas, vinculadas a la industria y a los bancos, con la finalidad de eliminar la libre competencia del capitalista individual estableciendo grandes monopolios. Añadiendo que con ello cambia incluso la naturaleza de la relación de la clase capitalista con el poder del Estado.

[8] Pese al grado de ilustración alcanzado, las masas siguen siendo manipulables. Un ejemplo es el canal informativo que las tiene como destinatarias, desde donde se les remite la versión autorizada que generalmente acatan sin contestación. La propaganda se encarga de presentar el aspecto atractivo del sistema imperial servido por el Estado

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Lorca Siero Antonio. (2016, noviembre 17). Observaciones sobre la dinámica del Imperio Capitalista. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/observaciones-la-dinamica-del-imperio-capitalista/
Lorca Siero, Antonio. "Observaciones sobre la dinámica del Imperio Capitalista". GestioPolis. 17 noviembre 2016. Web. <https://www.gestiopolis.com/observaciones-la-dinamica-del-imperio-capitalista/>.
Lorca Siero, Antonio. "Observaciones sobre la dinámica del Imperio Capitalista". GestioPolis. noviembre 17, 2016. Consultado el 17 de Octubre de 2018. https://www.gestiopolis.com/observaciones-la-dinamica-del-imperio-capitalista/.
Lorca Siero, Antonio. Observaciones sobre la dinámica del Imperio Capitalista [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/observaciones-la-dinamica-del-imperio-capitalista/> [Citado el 17 de Octubre de 2018].
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