Las últimas ideologías en materia económica

  • Economía
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“Las últimas ideologías”
Cuando se aborda el tema del capitalismo se suele centrar en lo directamente perceptible, es
decir, en su condición de sistema económico y, si se quiere avanzar un poco más, pude llegar a
hablarse de su incidencia social. No obstante caben otras apreciaciones.
1. Una visión sobre el capitalismo.
Ocasionalmente, acudiendo a la hipérbole, el capitalismo ha sido etiquetado como religión,
aunque no sería exacto en el sentido tradicional del término, acaso tendría cabida si se entiende
como representación de un sistema compartido de creencias y prácticas asociadas, que se articulan
en torno a la naturaleza de las fuerzas que configuran el destino de los seres humanos 1. Sin la
profundidad de la idea religiosa, en el capitalismo confluyen creencias, como el trasfondo de
riqueza y bienestar asociado al dinero o cuanto menos al considerarlo como soporte de la seguridad
personal, y prácticas, consumo y producción, ambas giran en torno a esta fuerza económica
dominante que rige el destino de la humanidad.
Sostenía Benjamin, en un conocido artículo, que el capitalismo es una religión de culto
permanente 2. Y podría añadirse que, si nos atenemos al grado de desarrollo alcanzado en los
últimos tiempos, el rito capitalista se ha convertido además en esa especie de religión universal cuya
presencia se percibe en cualquier lugar. En cuanto a la intensidad del culto, ha sido tan asumido que,
aunque solamente sea en el aspecto formal, ha adquirido el máximo nivel, colocándose en un orden
de prioridades sobre cualquier otra creencia, puesto que se practica día a día a cada instante. Dada
su generalización, deja escasas opciones para los no creyentes, ya que bien pocos se mueven al
margen de sus reglas. Considerada religión de culto, queda reducida en lo sustancial al aparato
externo, ausente de sentimiento de espiritualidad y apegada radicalmente a la materialidad.
De un lado, se encuentran los oficiantes, que asumen su parte en el culto como productores
de capital, contribuyendo a que ese capital se reproduzca continuadamente. El culto propuesto
consiste en realizar una serie de actos mecánicos, utilizando fundamentalmente el dinero, dirigidos
por la costumbre e incluidos en la rutina cotidiana, encaminados a rendir sumisión a una entidad
1Lenski, G. “El factor religioso”, Labor, 1967.
2 Entre las publicaciones en las que se recoge este texto, puede verse, Benjamin, W., “Capitalism as Religion”, en
“Selected Writings 1913-1926” , Harvard University Press, 1996.
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Antonio Lorca Siero
Enero de 2017.
superior -el capital- ajena a la realidad de los oficiantes del culto y de sus seguidores. Lo apreciable
es que, aunque elevada, esa entidad se hace percibir como cercana y visible, pero falsificada en
forma de riqueza, y para que todos sientan su presencia se permite palpar el dinero, tomándolo
como propio durante unos instantes.
Vistas desde el lado de las masas, las propuestas del capitalismo se tienen por asumibles,
puesto que convencionalmente hablan de bienestar objetivado en la mercancía caracterizado por la
inmediatez, ya que basta para alcanzarlo con disponer de dinero, sea para crearlo o para comprarlo.
La simple posesión del dinero permite estar en disposición de comulgar con el ídolo como garante
de bienestar, como premio; mientras que la ausencia se percibe como castigo por haber pecado. Es
un proceso de toma y daca que se ha conceptuado utilizando el término consumo, que viene a ser la
expresión formal del culto para las masas, reconducido a dinero por mercancía y mercancía por
dinero. Como el dinero se concibe como instrumento fundamental del consumo, el hecho de no
consumir tiene que producir malestar y sentimiento de culpa, pero si se consume sucede lo mismo.
Se vaya por donde se vaya, en el capitalismo interpretado como religión no hay salida, porque el
bienestar es un bien efímero, tan pronto como se satisface surgen nuevas necesidades que deben
satisfacerse. La satisfacción asociada al consumo dura un instante, se produce cuando el dinero se
desplaza para atraer hacia este lado la mercancía, en cualquiera de sus variadas formas. Luego
queda confundida por la añoranza del dinero perdido, aunque volviendo la mirada hacia la
mercancía obtenida tal vez permita sentirse gratificado por la nueva tenencia.
El templo en el que se practica el culto es un lugar abierto, por el que circula el aire de la
vida, se muestran todas las imágenes posibles y está plagado de abigarradas creencias menores, se
le conoce con el nombre de mercado. No es difícil encontrar los lugares de culto, están por todas
partes, tienen sus puertas engalanadas con rótulos atractivos para invitar a entrar, incluso en plena
oscuridad se reconocen por sus explosiones de luces de colores, es el gran carnaval que despliega su
cara visible ocultando lo que hay detrás. El problema de su pretendido sentido religioso es que ni
practicando el consumo permanentemente en el recinto abierto del mercado llega a extinguirse la
conciencia de culpa, porque persiste la añoranza del dinero y de la mercancía. La culpa en sí misma
siempre está presente.
Se añade que esta religión de puro culto no tiene dogmas. Sin embargo se encuentra con dos
fundamentales. Del lado del consumidor, el mandato es consumir, y en este punto la deuda es la
atadura permanente al sistema, siempre dispuesto a conceder crédito. Del lado del capitalista, su
obligación es generar capital, soñando en el inconsciente con su propia riqueza personal. La práctica
que impone la creencia es de carácter permanente, no hay festivos porque no puede haberlos ya que
siempre es fiesta -aunque se diga lo contrario-, el capital no hace pausas, hay que repetir sin cesar el
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mismo rito festivo, producir y consumir para mantener vivo el capital sustentado por la creencia.
2. La alternativa ideológica.
Considerado el tema objetivamente, no es posible entender el capitalismo como una religión
porque está cargado de materialismo. Su dios dinero es demasiado vulgar, carece de solemnidad. Es
un simple objeto que se puede tocar, y resulta tan mezquino que, rompiendo con la creencia, no
produce satisfacción permanente ni cuando se posee. Como no existe expiación de la culpa por
creer en él y no es posible el perdón no cabe sosiego espiritual, con lo que el agobio existencial trata
de aliviarse inútilmente con el consumo irracional para aumentar la dependencia. Con lo que la
práctica del culto aboca a la frustración, porque dada la carencia de sentido espiritual, no oferta
soluciones de presente ni de futuro. Ese sentimiento de culpa permanente sin posibilidad de
redención le representa como una religión cruel para sus propios fieles, empeñados por el crédito
que nunca se amortiza. Como religión, sería simplemente una religión irracional basada en el juego
del dinero,
Dando un paso más, es posible tomar conciencia de que aquello no puede ser religión,
aunque se le asemeje, sino una nueva forma de superchería, reconducida a adorar un ídolo hueco
que los capitalistas promocionan ante la masas como protector del bienestar y sólo trae inseguridad.
Sin embargo, se aprecian indicios de que de entre todo este panorama de materialidad hay algo que
trasciende de la idealidad. Aunque inasumible su condición de religión, por cuanto sus
planteamientos no concilian con lo religioso, queda considerar al capitalismo como ideología, dada
la representación imaginaria de la propia existencia 3. Se trata de una ideología que ha tomado de la
religión la parafernalia, la apariencia externa, el culto y el componente de creencia, lo que la hace
tan enérgica para capitalistas y masas que ha acabado por ser, no ya religión, sino la ideología que
domina la existencia. Cuya finalidad en su cara externa no es otra que, los primeros, tomen el dinero
y, los otros, se desprendan de él; en ambos casos como obligación impuesta por el capitalismo
ideológico.
Visto el carácter promocional de la ideología 4, en este caso se trata de un producto creado
3Althusser, L. “Ideologías y aparatos ideológicos del Estado”, en “La filosofía como arma de la evolución”, Siglo
XXI, 1968, habla de ideología como representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones
reales de existencia
4 Sobre el carácter imaginativo, enlazado con las creencias, y de contenido falaz que acompaña a las pretensiones
ideológicas en lo que hace a su soporte ideal y desarrollo práctico, Ricoeur, P., “Ideología y utopía”, Gedisa, 2009,
señala que ese sentido imaginario que promueve la ideología se encuentra fuera de lo real, lo que supone situarlo en
cualquier lugar y en ninguna parte. Asimismo, Bell, D., El fin de las ideologías”,Tecnos, 1964, encuentra en las
ideologías un punto de enlace con las creencias, al señalara puntos de coincidencia en ciertas características del
proyecto religioso con el proyecto ideológico. En último término, pueden verse en Marx, K. y Engels, F., “La
ideología alemana”, Akal, 2014, quienes resaltan la propensión hacia la manipulación que subyace en el fondo de
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por el capitalismo como grupo económico dominante, con proyección social, utilizado como
método para imponer unas ideas que le sirven de base en un proyecto ambicioso de dominación
mundial, tomando como referencia el control del dinero por el grupo. Pretende con ello desarrollar
el capital sin limitaciones, rompiendo los moldes geográficos surgidos con los Estados,
manteniendo en permanente circulación el flujo del dinero, a través de los intermediarios, entre las
masas y el grupo dominante. La realización del proyecto supone la construcción de una sociedad de
masas única que permita la generación y la conservación del sentido dinámico del capital, cuyo
destinatario final es la élite del capitalismo, encargada de recoger las plusvalías y reinvertir en el
circuito del mercado una y otra vez. La ideología encuentra en las masas el punto que da sentido
dinámico al capital cuando practican el consumo, ofreciendo el dinero como instrumento para
generar plusvalías desde la producción. Descendiendo al plano de lo visible, ese culto, tradicional
en cuanto a lo sustancial del consumo, cambia permanentemente en la forma por exigencia de las
modas, que vienen a expresar las reglas a las que debe atenerse su práctica. En el otro extremo, el
oficiante es el empresariado capitalista, que las crea ateniéndose a métodos científicos, acudiendo a
la mercadotecnia para cumplir con el mandato de superación que imprime el capitalismo elitista.
Como soporte, la tecnología sostiene la existencia material de las modas. De tal manera que
marketing y tecnología, asistidas por la dirección del empresariado, aportan los elementos precisos
para practicar lo que acaba por definirse en su vertiente irracional como consumismo de mercado.
Es el practicante del rito el que lo sostiene haciendo circular el dinero para transformarlo en
mercancía, que acumula como objetos, soñando en el fondo con la riqueza para alcanzar el
bienestar. En este panorama, la elite extrae las plusvalías para el capitalismo, los empresarios la
parte que corresponde a sus empresas como servidores del capital, mientras que las masas
solamente aspiran a la riqueza como atractivo final, conformándose con el dinero para tener la dosis
de bienestar diario y cierta seguridad en el futuro 5 .
Amparar el desarrollo del capital en un proyecto ideológico con pretensiones nacionales y
miras globales, inevitablemente, en orden a su viabilidad, le compromete en la cuestión de la
política. Bien sea directa o indirectamente, en las ideologías está presente la idea de dominación a
través de la acción de gobierno de las masas desde el aparato del Estado. Su finalidad inconfesable
es luchar por el ejercicio del poder colocando allí a sus partidarios, proyectando en el tiempo la idea
sustancial que las dirige. Si la política es la cara visible de lo político en su condición de directora,
toda ideología en beneficio del grupo promotor.
5 Se ha querido ver a Keynes, “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero”, FCE, 2005, como promotor
de un componente sustitutivo de lo religioso en torno al capitalismo, al considerar que la seguridad que antes se
encontraba en la religión es posible lograrla con la tenencia del dinero. Asimismo, desde otro planteamiento,
Simmel; G.”Filosofía del dinero”, Instituto de Estudios Políticos, 1977, incide en ese sentimiento de seguridad
personal determinado por la posesión del dinero, capaz de generar confianza en el sistema de organización social
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una ideología con aspiraciones de totalidad no puede quedarse al margen de la cuestión política. La
dominación social fundamentada en el esclavismo del consumo es una cadena débil, y siempre se
corre el riesgo de que los más despiertos la rompan, de ahí que haya que controlar la política
-instituciones y actividad de las instituciones- acudiendo a ellos como profesionales e incluirlos en
nómina. Si a las políticos, calificados como profesionales, se les controla desde el salario, a los
empresarios desde la devoción al dinero en representación del capital y a las masas se les ilusiona
con la promesa de bienestar en el consumo, el capitalismo de elite no deja lugar para otras
alternativas ideológicas, porque la suya es tan convincente y poderosa que destierra cualquier otra.
Aunque se haya hablado hasta épocas recientes del siglo de las ideologías 6, por su variedad,
importancia y número, todo parece haber concluido al anunciarse el fin de las ideologías 7.
Tales personajes de la escena capitalista -políticos, empresarios e individuos- resultan
imprescindibles en el proceso ideológico dentro de las funciones asignadas, ya sea como
controladores, productores o consumidores. Sin embargo el potencial de la ideología reside tanto en
la originalidad de generalizar la propiedad privada, como en la de privatizar los medios de
producción. La primera, conlleva garantías en cuanto a la seguridad de personas y bienes, animando
el desarrollo de las transacciones. Como productor, en principio, cualquiera puede asumir la función
de satisfacer demandas derivadas de necesidades materiales reales, a las que se acaba por añadir
otras creadas en interés del negocio. A nivel sociedad de masas, el proceso queda plenamente
definido. Y es aquí donde puede utilizarse el símil del culto que impone el capitalismo como
obligación a sus fieles, si aspiran a ser recompensados con el bienestar. Ese consumir,
simbólicamente viene a ser un pecar permanentemente para al instante arrepentirse, aunque no haya
perdón; porque, como sostiene Benjamin, es imposible redimir la culpa, de ahí que haya que
continuar por la senda del pecado, que acaba desembocando en la deuda, desde la que ya no es
posible salir de las reglas impuestas por el mercado capitalista. Para mantenerse fiel a la doctrina
basta con consumir, porque es ahí donde el sentimiento de culpa se suaviza por el efecto psicológico
de la sensación de bienestar derivado de la posesión de los objetos.
Lo que interesa ideológicamente es la fidelidad a la creencia, cumpliendo el dogma, que se
acredita desde el grado de entrega personal al consumismo y, del otro lado, a la empresa. En cuanto
al primero, es el punto de partida de la alienación de la conciencia racional del individuo que acaba
por hacerse extensiva a la colectividad. Por lo que respecta al segundo, el capitalista se hace
dependiente de sus aspiraciones personales de riqueza, pero se siente obligado a controlarlas
entregándose a la inversión en interés del desarrollo del capital. El consumidor es víctima y
6 Puede verse Faye, J.P., “El siglo de las ideologías”, del Serbal, 1998.
7Fukuyama, F., “El fin de la Historia y el último hombre”, Planeta ,1996.
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beneficiado del mercado, cumple su parte en el desarrollo de la creencia. Lejos de suponer
sacrificio, el culto se acompaña de satisfacción inmediata, para que renazca al instante la culpa;
pese a todo queda el bienestar, entendido como mejora de la calidad de vida. Del lado de la riqueza,
el bienestar se define como poder. Ambas partes interpretan el papel asignado, entregadas a los
atractivos que ofrece el capitalismo dentro de su territorio global. En tales términos, como cabría
esperar, el capitalismo se ha consolidado como ideología única con aspiraciones fundadas de
totalidad.
3. Otras ideologías.
Se vive en un mundo capitalista, aceptando explícita o tácitamente las condiciones fijadas
por el sistema, pero sigue estando presente en las masas que participan en el juego del mercado la
sensación de frustración por no poder beneficiarse de todas las virtudes que se ofrecen y no se dan,
mientras del otro lado aumentan considerablemente las diferencias, pese a los cantos de igualdad.
Es inevitable que se genere desigualdad si se cumple con la regla fundamental del capital, puesto
que no existe control alguno sobre él por parte de la sociedad. Invertir capital para generar más
capital, se traduce en plusvalías para unos, en detrimento de otros que no perciben lo justo. De
alguna manera unos pierden para que otros ganen. La propuesta de igualdad, en los términos
diseñados por el capitalismo resulta inviable, y esto provoca envidia y resentimiento mayoritario.
La política oficial trata de restablecer un equilibrio improbable a través de la redistribución
conforme a su particular idea de la justicia en términos de equidad 8. No obstante, como quedan
demasiados flecos, siempre surge el descontento por parte de aquellos grupos que se sienten
oprimidos y explotados, y para corregir la nueva desigualdad tienen que aparecer ideologías
antisistema, para generar su particular modelo de desigualdad, utilizando a conveniencia el
principio esperanza tratando de ilusionar a los desfavorecidos.
Los movimientos etiquetados como anticapitalistas, recogiendo las enseñanzas de Marx y
los ensayos anarquistas, reclaman el retorno de viejos tópicos fracasados, como la lucha de clases o
la expropiación de los medios financieros y de producción, con la pretensión inconsistente de
socializarlos desde la dirección de sus respectivos líderes. Se acogen a agrupaciones sociales,
productos del propio capitalismo e ingenuamente desestabilizadoras, que vienen a representar
intereses particulares de naturaleza variopinta, en contra del interés general, y los sitúan como
modelos a seguir en un marco de falsas utopías, porque la racionalidad no da acogida a sus
8 Este modelo de justicia puede verse en los planteamientos teóricos de Rawls, J., ”Teoría de la justicia”, FCE, 1979,
para quien las libertades, recursos y oportunidades han de repartirse de forma igualitaria, con la excepción de que la
desigualdad en el reparto suponga ventaja para todos.
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pretensiones. A menudo entregados a la práctica del jaleo y el cachondeo, para que la fiesta no
decaiga y tener algo que contar, en sus ideologías hay un punto coincidente: soluciones realistas,
ninguna. La eterna demagogia, como engaño de las masas, practicada por los aspirantes a líderes,
no ha perdido significado, aunque se arrope con otras fórmulas como el llamado populismo. Ahora,
cuando el bienestar oficial amenaza ser insostenible o hay que compartir la tarta pública con
extraños, propone ocurrencias que suenan a progreso, pero sin contar con bases sólidas de orden
económico.
Cualquier alternativa al capitalismo tiene que acudir a un proyecto ideológico, aderezado
convenientemente para ser ofertado a las masas, con lo que no puede prescindir del formato
establecido para las ideologías, donde lo determinante es la condición política. Su pretensión real no
es otra que luchar por el ejercicio del poder, colocar a sus elites, gobernantes amparados en
símbolos que cambian la forma pero no el fondo del capitalismo, para al final, si toman el control de
las instituciones, olvidarse de las promesas y continuar en la misma línea que su predecesor. Por
tanto, el capitalismo se enfrenta a las aspiraciones de los insatisfechos, que el mismo ha creado,
dispuestos también para manipular a las masas, vendiendo igualdad u otras bagatelas, aún vivas en
el ideario colectivo. Carentes de una fuerza soporte, ya sea física o económica, no son rivales a
considerar. En realidad, desde el lado oscuro, se están ofreciendo como nuevas elites políticas al
gran patrón para que las empleo y, una vez situadas, continuar la marcha bajo la dirección del
poder real -el dinero-. Las ideologías alternativas, con la batalla perdida, declaradas anticapitalistas,
como estrategia para atraer a insatisfechos, moviéndose sin recelos en el ámbito del sistema, aspiran
a situar estratégicamente intereses de grupo en la estructura del poder. A tal fin, venden dos
discursos en diferentes frentes. Uno, de cara a las masas, consistente en fomentar ilusiones, que no
utopías, y, otro, el que ofertan el mismísimo capitalismo, presentándose como el personal idóneo
para conducir a esas masas subversivas, a cambio de un porcentaje de los beneficios.
De ahí que, rendidos ante la evidencia, hablar de anticapitalismo en un mundo capitalista
resulte paradójico. Puesto en su lugar, se exhibe como paraguas de las últimas ideologías de
progreso y no pasa de ser más que una opción consistente en lanzar cohetes de feria para llamar la
atención participando en el jolgorio, y su resultado práctico no hace sino reafirmar el auge del
capitalismo. Ya que, en la sociedad de la apariencia, de lo que se trata es de imponerse sobre la
cruda realidad, adornando la política con la propaganda y el mercado con la publicidad, para que el
modelo acabe siendo aceptado inconscientemente por la sociedad afectada.
Antonio Lorca Siero
Enero de 2017.
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Lorca Siero Antonio. (2017, enero 23). Las últimas ideologías en materia económica. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/las-ultimas-ideologias-materia-economica/
Lorca Siero, Antonio. "Las últimas ideologías en materia económica". GestioPolis. 23 enero 2017. Web. <https://www.gestiopolis.com/las-ultimas-ideologias-materia-economica/>.
Lorca Siero, Antonio. "Las últimas ideologías en materia económica". GestioPolis. enero 23, 2017. Consultado el 17 de Octubre de 2017. https://www.gestiopolis.com/las-ultimas-ideologias-materia-economica/.
Lorca Siero, Antonio. Las últimas ideologías en materia económica [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/las-ultimas-ideologias-materia-economica/> [Citado el 17 de Octubre de 2017].
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