Covid-19 ¿una nueva oportunidad para Latinoamérica?

Resumen

Toda crisis presenta oportunidades, ante ello las sociedades y quienes deseen contribuir a su aprovechamiento, lo pueden ejecutar exponiendo sus ideas y aportando cómo implementarlas. El presente ensayo es una contribución a dichas iniciativas. Se basa en la argumentación para que Latinoamérica pueda retomar su camino de desarrollo económico y social, sobre la base de visualizar la oportunidad, preparar la disponibilidad para asumirla y accionar para concretarla. Los argumentos están soportados por datos reales, apreciación de la cultura y particularidad de las sociedades latinoamericanas. Concluyendo que no solo esta una muy buena ocasión, sino realizable.

Introducción

Winston Churchill nos legó un pensamiento muy acertado: “La política es tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra nos pueden matar una vez; en política, muchas veces.”. Como ciencia social la economía también tiene un derrotero bastante similar. La historia económica de las sociedades, así lo ha demostrado. Claro está, después de cada muerte se ha evidenciado una resurrección, o al menos así ha sido mayoritariamente. Resucitar en política, y en economía no es distinto, se tienen que conjugar tres elementos clave: oportunidad, disponibilidad y acción.

A lo largo de su historia, incluso antes del descubrimiento europeo, Latinoamérica ha tenido muchos episodios de auge, caída y nuevos auges. Las guerras de independencia dejaron a la región en precarias condiciones socio – económicas, pero su finalización coincidió con los albores de la primera revolución industrial y su requerimiento cada vez más alto de materias primas de toda índole, potenciando, a pesar de las muchísimas insurrecciones y conflictos civiles, un crecimiento económico importante. Al punto que países como México, Argentina y Brasil patentizaron un desarrollo de primer nivel.

Ya en el siglo veinte, y bajo el contexto de las guerras mundiales, conjuntamente con la reconstrucción de la posguerra, países como Venezuela, Chile, Brasil, Cuba y México se convirtieron en referentes de modernización y liderazgo en varias áreas. Pero luego de veinticinco años de finalizada la Segunda  Guerra  Mundial,  las presiones  de la Guerra  Fría y los conflictos  geopolíticos  e ideológicos, hicieron que los esfuerzos por crear economías libres e innovadoras se diluyeran, e incluso en algunos casos desaparecieran. De nuevo la región fue víctima del atraso y la desinversión. Las situaciones de conflicto vividas en Centroamérica, Colombia y Perú, la rotura de hilos constitucionales en todo el Cono Sur y Brasil, el quiebre económico de Venezuela y México, más la tristemente llamada Década Perdida (1) de los años 1980, sumieron a Latinoamérica en un nuevo bache económico y social.

Al concluir dicho periodo la región inicia una nueva etapa. Esta vez más equitativa, con mejoras sociales y políticas, pero sobre todo con más realismo sobre el alcance de sus capacidades. Hasta el momento quizás no se ha verificado un milagro económico al estilo asiático, pero sí se ha evidenciado que la democracia como sistema político y la libertad económica como patrón de producción, han encontrado asidero firme. Aun con intermitencias e ítems por mejorar, ya la región no es aquel mar inflacionario con regímenes de facto que otrora existían. La generación que amaneció al Siglo XXI es más educada, más participativa, más empoderada en sus derechos y sobre todo más flexible y proclive a asumir cambios, sin sesgos políticos, religiosos, sociales, étnicos o generacionales.

El ascenso social, antes muy difícil de lograr, se fue verificando progresivamente, siendo hoy día un estándar. Moisés Naim (2apunta: “Según datos del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) entre 2005 y 2012 el gasto público en políticas sociales aumentó a un ritmo que duplicaba la tasa de crecimiento de la región”, generando que “… la población en situación de pobreza cayó del 34% al 21%…”.

Actualmente, un tercio de los latinoamericanos pertenece a la clase media (en 1990 era el 17%)”. Como vemos, una resurrección. Pero ahora, en 2020, sobreviene una nueva situación, inédita para la humanidad, tanto en aspectos sanitarios, como sociales  y económicos,  y para  algunos  autores  gestará u obligará  a cambios  políticos  de consideración,  la  pandemia  del  COVID-19(3).  Esta  situación,  ya  afecta  grandemente  el comercio, la producción, la movilidad y los estamentos de protección sanitaria y social. Al punto que todo el planeta, está siendo golpeado de forma contundente, de manera acelerada y sin tregua.

Al momento de escribir estas líneas, la primera potencia económica, social, política y militar del mundo, es la zona con mayor cantidad de infectados y de víctimas mortales. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha informado que la economía global entrará, si es que ya no se encuentra, en recesión. El precio de las materias primas, gas natural y petróleo, han caído a niveles muy bajos. Los bancos centrales de todas las naciones se han abocado al soporte de sus economías y la inmensa mayoría de los gobiernos están auxiliando a sus ciudadanos de manera acelerada en los aspectos de salud, apoyo económico y protección social. Antes de 2020, por situaciones diversas, se vislumbraba un año dificultoso, pero ahora es casi dado por perdido. No sonaría descabellado expresar coloquialmente: el último que apague la luz.

El panorama  expuesto  pondría  a  pensar  al  más  optimista  al  momento  de  emitir  cualquier pronóstico para el venidero año. Pero acá hace su aparición el Banco Mundial (World Bank) y a través de sus estimaciones (4), que hemos plasmado en la Infografía A, detalla su apreciación en proyección sobre el Producto Interno Bruto -PIB – para los años 2021 y 2022 en las principales economías de Latinoamérica.

Infografía A

Proyección de crecimiento del PIB en las principales economías de Latinoamérica. 2021 y 2022. Banco Mundial

Al observar los mismos, el porcentaje de crecimiento en muchas de ellas sería superior al promedio mundial de 2,70%. Con este pronóstico, sin entrar en otras consideraciones, podríamos  inferir que nos acercamos  a otra resurrección.  Los números  estimados,  quizás puedan lucir timoratos, ello sería cuestión de un análisis más profundo por parte de economistas avezados. También nos podrían decir qué frente a Asia o África, son números modestos. Pero, y acá surge una interesante pregunta ¿son las condiciones de Latinoamérica, en estos momentos, comparables con Asia o África, o quizás con el mundo industrializado? y de ser comparables ¿qué nos impediría alcanzar mejores niveles de PIB? En el presente trabajo desplegaré las consideraciones que creo pertinentes de tomar en cuenta para no solo crecer, sino sobre la base de la oportunidad, disponibilidad y acción, hacer de esta resurrección, una más larga y provechosa.

La oportunidad

Sin datos, solo eres otra persona con una opinión” (William Edwards Deming) (5). Esta frase del estadístico estadounidense, creador de los conceptos más innovadores en sistemas y metodologías para el mejoramiento continuo, nos lleva a comprender claramente cómo visualizar una oportunidad. Una opinión sin datos, es solo eso; pero acompañada de datos, es un argumento. La ocasión de la pandemia por el COVID-19 (3) presenta una coyuntura qué si bien luce generadora de oportunidades, éstas deben ser muy bien identificadas. Para ello no es necesario ser futurólogo, sino basarse en las evidencias que se poseen. En la Infografía B (Statista) (20), se muestra información interesantísima de la Organización Mundial de la Propiedad  Intelectual  (World  Intellectual  Property Organization  – WIPO), los países más innovadores de América Latina.

Infografía B

Países más innovadores de América Latina

Los mencionados se ubican dentro de los primeros setenta y cinco en el espectro mundial. Ello indica  la  existencia  de  iniciativas  concretas  en  la  intelectualidad  latinoamericana  para coadyuvar al progreso de sus sociedades. No solo en el campo académico, sino también al convertir conocimiento  generado por la observación y el uso de modelos innovadores, en conocimiento aplicado. Este hecho demuestra que la transformación está tocando puertas y no es debido a una coyuntura, sino por la certeza de que al innovar se obtiene una posición fuerte de desarrollo y progreso.

Un ejemplo reciente, proviene del campo de la tecnología de la información y la comunicación. Es el caso de la aplicación (app) Cornershop© desarrollada por dos emprendedores  chilenos y uno sueco en 2015. La misma se emplea para compras en detallistas a través de teléfonos inteligentes. Su éxito ha sido de tal magnitud, que primero WALMART (6) presentó una oferta de adquisición en 2018 por US$ 225 millones, que no se concretó. Sin embargo, luego el gigante de los envíos UBER (7) a través de su filial mexicana, realizó otra propuesta por US$ 200 millones, que espera por aprobación. De concretarse la adquisición,  ello colocaría  a dicha aplicación  tecnológica  en uso a nivel global. Un dato importante, el capital de inicio fue de US$ 300 mil, aportado por los socios fundadores.

Este ejemplo solo muestra que el conocimiento que se ha venido desarrollando en Latinoamérica no es menor, aun cuando obviamente existan aspectos por optimizar. Estamos frente a una nueva sociedad, que ubica nuevas áreas para desarrollar la productividad, sobre la base del conocimiento,  es un hecho y muy concreto. Es una oportunidad  sustentada en el balance adiestramiento formal (Educación) y conocimiento aplicado (Conciencia e Inteligencia).

Las oportunidades también se presentan cuando las políticas de estado se conjugan en una dirección especifica. Tenemos un ejemplo concreto, la Alianza del Pacífico (8), conclave de carácter económico, establecido a partir del año 2011 a través de la Declaración de Lima y conformada por Chile, Colombia, México y Perú, como integrantes plenos, más otros cincuenta y nueve países en calidad de observadores. La misma representa el 36% de la economía de Latinoamérica, el 50% de su comercio internacional y recibe el 41% de la inversión extranjera directa (2). Este último aspecto mayoritariamente en las áreas de energías sustentables, tecnología  de información,  minería  de última  generación,  desarrollo  de salud,  gestión  de cadenas de abastecimiento, agro-tecnología y educación técnica y profesional de cuarto nivel. Pero lo más relevante, y su sello distintivo, es una alianza para la promoción del desarrollo económico en formato de libertad e innovación, sin menosprecio del desarrollo social. Hasta ahora, sin sesgo ideológico y preocupada exclusivamente por promover el intercambio comercial y de conocimiento con la cuenca del Pacífico, es decir, la zona del mundo que representa hoy día más de un tercio de la economía planetaria (4). Una acción conjunta estado – empresa – sociedad.

También se ha hecho patente la observación de influenciadores de negocios, como Dana Doswell (9), que mencionan que el COVID-19 (3)  puede convertir a Latinoamérica en una nueva Asia, en términos de crecimiento y desarrollo comercial y de innovación. Los argumentos: cercanía geográfica a los mercados de Norteamérica y Europa, disposición cultural al comercio global, valores culturales similares, enfoque en áreas innovadoras, manejo óptimo del idioma inglés, entre otros. Estas ventajas competitivas, que son el producto de haber sobrevivido a épocas muy difíciles de tipo económico, social y político, ahora y luego de comprender su importancia, juegan a nuestro favor.

Hoy existen escuelas de negocios con categoría de clase mundial, como la Universidad Católica de Chile, el Tecnológico  de Monterrey  (México)  o la Fundación  Getulio  Vargas  (Brasil),  solo por nombrar tres. Es un hecho, una oportunidad. El acceso al intercambio de conocimiento, en el ambiente de la internet, sin sesgo, y con el aval de ser un agente de cambio, económico y social, haciendo más competitivo el aporte de soluciones, es un hecho, una oportunidad. Tenemos el ejemplo de las empresas de servicio, en Colombia, Perú, Chile, Uruguay y Argentina, que lo han desarrollado a un nivel excelso, suficientemente demostrado dentro de la crisis. Y qué decir de las empresas en Costa Rica, Guatemala o Panamá, que son expertas en tecnología agroindustrial a la par de mantener un desarrollo sustentable. O las empresas generadoras de energías  alternativas  en  Chile,  ejemplo  de cómo  hacer  de éstas  una  fuente  de desarrollo económico y social. Hechos y oportunidades. Desplegar todos los casos tomaría muchas páginas. Lo importante, lo medular, es que existen registros, datos, evidencias, experiencia y formación. Ya no es una opinión o un anhelo, se ha convertido en un argumento.

Disponibilidad

Para comprender mejor este ítem, nos basaremos en la hidráulica de los fluidos. En dicha ciencia disponibilidad es la oferta de fluido que se ubica en un sistema cerrado a fin de poder manejar un caudal determinado. En lenguaje llano, es la cantidad, por ejemplo, de agua que obtenemos al abrir un grifo. Si hay buena disponibilidad el flujo será abundante y constante, si la misma no es la correcta el mismo será débil o inexistente. ¡Alguien podría pensar, ah! pero entonces lo pertinente sería aumentar la presión. Puede ser, pero es muy probable que en lugar de más fluido nos encontremos con aire mezclado con poca agua. Para que en hidráulica se obtenga una buena disponibilidad es necesario que la fuente de abastecimiento sea abundante, simple ¿verdad?

Ahora, cómo podríamos hacer un símil al hablar de negocios, economía o desarrollo social. Para la ingeniería hidráulica el fluido no es el problema, ya que dependiendo del tipo se adecuan equipos e infraestructura, pero en negocios, economía o desarrollo social, el poseer el fluido o recurso no es garantía de disponibilidad. Se necesita el conocimiento experto sobre el tipo de recurso, para que pueda ser suministrado en el momento correcto y que la información sobre su abastecimiento, también sea la correcta.

¡Caramba! Esta particularidad complica el asunto, y de qué manera. ¿Por qué? Pues porque la disponibilidad ya no es de un recurso, sino de muchos.

Michael Porter (10) estableció los principios de cómo adquirir y mantener la misma, y la necesidad de que la disponibilidad de los recursos permita a la cadena de valor brindar el margen  que la organización  necesita,  es decir  cumplir correctamente  con sus actividades primarias. La disponibilidad necesaria para encarar la situación que ha aflorado, tiene que ser ágil y a diferencia del pasado, cuando se requería casi que exclusivamente velocidad, ahora tiene que ser confiable. Ello implica que la economía – como un todo – del ofertante se tiene que amoldar a las particularidades del demandante. Es decir, lenta o rápida según la pauta requerida. Es como los felinos que acumulan energía potencial (Reposo) para accionar solo cuando se necesita convertirla en energía cinética (Atrapar a la presa).

Disponibilidad ágil, es mantener un sentido y habilidad prestos a suplir cabalmente la demanda según los correctos mencionados. Ahora bien, para poder asumir y ofrecer una correcta disponibilidad se requiere que ésta sea la consecuencia de la ejecución estratégica de un plan. El cual se operaría táctica y operacionalmente, es decir, con objetivos claros y cuantificables, sujetos a mediciones comparativas, en unidades de flujo consecuentes (Logro/Tiempo). Ello implica sincronizar las actividades a través de un esquema armonizado, aceptado y soportado por todos los socios de interés (Stakeholders): estado, empresa y sociedad. Es una forma de trabajo inteligente, pero con la acepción anglosajona Smart (11), es decir muy, pero muy adaptable, intuitiva y de uso práctico.  Sin  desperdicio  de  recursos.  Es  necesario  convertir  a  todos  los  proveedores (Productos, servicios, información, estado, universidades, escuelas de negocios, ONG12) en agentes de suministro para la disponibilidad.

Al lograr sincronizar estos elementos, la disponibilidad se hará presente, allí donde se necesita, en el momento que se requiera, con la calidad integral necesaria, aportando a los procesos de mejora e innovación de forma correcta. Para hacer confiable esta disponibilidad, es necesario comprender que la misma será producto de mantener el proceso suministro – transformación – oferta en continua revisión, para detectar las limitaciones o restricciones que se pudiesen presentar. Aplicando un término coloquial, detectando y optimizando los “cuellos de botella”. La gestión de los cuellos de botella no es una labor menor y la garantía de disponibilidad depende grandemente de cómo se realice la misma. Es uno de los retos más grandes, ya que requiere pensamiento global, conocimiento experto, sentido de urgencia, acción focalizada y una estructura ágil en la determinación de los mismos, cómo elevarlos (Reducir su impacto) y obviamente como minimizar y eventualmente eliminar su efecto.

Es indispensable contar entonces con una estructura estratégica interconectada en tiempo real, con capacidad táctica de resolución de problemas, apuntado a garantizar la disponibilidad. Implica tomar decisiones cónsonas con los objetivos, llegar a acuerdos con socios y clientes, conociendo la magnitud de las restricciones. Implica manejar con el mismo criterio todo lo referente a la existencia de riesgos.

Y esto es importantísimo, ya que siempre existirá incertidumbre y riesgo asociado. Martin Christopher (13) ilustra este último punto:  “Toda  cadena  de suministro  debe: 1. Identificar  los riesgos de abastecimiento  2. Identificar los riesgos en la demanda 3. Identificar los riesgos en los procesos 4. Desarrollar los controles para gestionar los riesgos procesales internos 5. Identificar  y catalogar de manera permanente  los riesgos internos y externos”.

Es vital para los líderes entender y comprender que el perfil del riesgo detectado, es directa e indirectamente influenciado por decisiones estratégicas. Cómo las desarrollemos e implementemos permitirá una gestión de disponibilidad ágil. La disponibilidad no es solamente una cuestión de recursos materiales o situación geográfica, ni un esquema exclusivo del nivel educativo o el estímulo o protección del estado a través de políticas públicas o de soporte fiscal. Es una conjunción de elementos: físicos, de información,  procesales,  políticos, sociales, de la gestión del conocimiento,  de políticas públicas, de políticas económicas, es decir, del conjunto integral de la sociedad.

Acción

El proponer una ejecutoria para el aprovechamiento de la oportunidad que ofrece la aparición del COVID-19 (3) es tan arriesgado qué a diferencia de un evento deportivo, donde la posibilidad de un resultado igualado es factible, acá o se gana o se pierde. La razón es simple. No existe manera de conocer el derrotero que tomará la pandemia. Por lo tanto, toda proposición quedará como un pronóstico, ósea, con cierto grado de error. Pero ¿ello implicaría quedarnos sin hacer al menos un boceto de cómo accionar? No, en definitiva. El mismo aportaría a las ideas que hacen falta verter. Latinoamérica posee herramientas operativas para concretar muchos beneficios.

El hecho de tener ventajas comparativas como lo son: situación geográfica, patrones culturales y sociales bastante similares, ausencia de conflictos religiosos, estabilidad política y financiera, después de décadas de intermitencias y desencuentros, nos permiten plantear acciones que permitirían sacar provecho de esta oportunidad. Pero accionar no pasa por aplicar una metodología europea o asiática o norteamericana, es mucho más sencillo. Pasa por asumir nuestra condición de sociedades mestizas, en toda su amplitud. Para ello primero debemos esforzarnos en capacitar, adiestrar e inculcar, transversalmente, el concepto de productividad.

La primera revolución industrial no se concretó a partir de una ideología o dogma primigenio, sino como consecuencia del desarrollo del conocimiento, con la finalidad de optimizar el uso de recursos y poder ofertar más productos en tiempos más cortos y a un costo más bajo. Las máquinas de vapor, el uso industrial y doméstico de la energía eléctrica, la gestión de datos y el uso cotidiano de la tecnología de la información, solo buscaron y continúan haciéndolo, mejorar la productividad. Obtener ese servicio o producto con un uso racional y optimizado de recursos.

Cuando se comprende que la productividad es un elemento clave, tanto para un músico, como para una cheff, como para un futbolista o un ingeniero o una profesional de la salud, la sociedad se encamina invariablemente hacia su desarrollo. Y no solo económico, sino integral. Cuando se comprende y se sistematiza que una reunión o junta no puede tomar más del tiempo estipulado para su realización, se incrementa la productividad. Cuando las academias aportan innovación práctica de manera sistemática, se incrementa la productividad. Cuando la población tiene acceso a un medio de transporte público oportuno y acorde con su nivel de ingresos, se incrementa la productividad. Cuando los gobiernos nacionales, regionales o municipales garantizan acceso adecuado a salud y educación, se incrementa la productividad. Y todos estos aportes lo que generan es más apetencia por innovar y crecer en conocimiento aplicado, es decir, en incrementar la productividad. Los latinoamericanos hemos dado muestras de ello, quizás no en grandes cantidades, pero si se ha verificado.

¿Pruebas? Muchas. México es el líder mundial en producción de cerveza y la compañía panificadora más grande el mundo es mexicana.

Colombia es una de los líderes en producción de café, cultivo y tecnología para exportación de flores, así como un aporte importantísimo en el área textil.

Chile es líder en producción e innovación en la minería del cobre, en vinos de alta gama y la aerolínea más grande de la región es mayoritariamente de capital chileno.

Uruguay es uno de los líderes en productos lácteos, así como en generación de conocimientos para tecnología de la información.

Perú es líder en minería, industria pesquera y su gastronomía se ubica globalmente dentro de las primeras cinco.

Si bien pudiésemos mencionar más ejemplos, lo resaltante de los expuestos, es que son productos, servicios y conocimientos que se han posicionado mundialmente, y en muchos casos sin ser rubros tradicionales. Sus competidores son globales y sin embargo no se han amilanado frente a ellos, sino que la productividad la han incrementado, sobre la base del conocimiento y la innovación.

Por todo lo antes expuesto, podríamos plantear que una acción concreta a implementar es lo que Peter Drucker (14)  denominó La revolución de la productividad. Es necesario hacerlo y comprender que el concepto de productividad aplica, y reiteramos, a todos los ámbitos. La sociedad latinoamericana, así como un todo, está preparada, pero tiene que actuar y recibir patrocinio. Lo último es un ítem en deuda por parte de quienes se encuentran al frente de las organizaciones, instituciones y gremios. Pero como solo aupar no basta, seguidamente desplegaremos nuestras sugerencias.

Empresa

Todo emprendimiento implica asumir riesgos. El mismo no es solamente económico. Se coloca en juego: reputación, ética, deseo de éxito y responsabilidades. El reto para las organizaciones empresariales no es que los accionistas se empeñen en redimensionarse u optimizar su toma de decisiones. Es que toda la empresa se aboque a ello. Pero para que sea efectivo no es solo capacitar y adiestrar en el uso de nuevas herramientas. Se tiene que generar una cultura de productividad, es casi como crear una nueva organización. Es abandonar esquemas jerárquicos verticales para movilizarse hacia un ambiente de intercambio profesional sobre la base del conocimiento y no de títulos o cargos. En Latinoamérica la costumbre de encontrarnos en la plaza puede permear a la empresa, pero ya no para pasear o charlar animadamente, sino también para crear e innovar.

El liderazgo empresarial tiene que ser diáfano en comunicar, motivar, patrocinar, recompensar y reconocer. Es como un director de sinfónicas. Conoce todos los instrumentos, pero no los ejecuta por si mismo, son los maestros en cada uno de ellos quienes lo  hacen  y  con  excelencia.  En Latinoamérica  tenemos  excelsos  ejecutantes  y magníficos directores, el cambio activo se iniciará cuando la cultura de la sinergia se verifique en el día a día,   dejando   de   lado   el   distanciamiento   jerarquizado.   Pasando   de   una   empresa operacionalmente correcta a una organización cuya actitud sea consistentemente productiva. Se requiere simplificar procesos y hacerlos confiables. La cultura empresarial se debe sustentar en cambiar para mejorar y este cambio registrarse para generar más conocimiento y más productividad.

Estado

El generar recomendaciones de ejecutoria para un Estado, siempre es un tema polémico. Porque aun hoy día, en este primer tercio del Siglo XXI, se debaten ideas originadas en el Siglo XIX. Dicha diatriba, desafortunadamente ha traído implicaciones negativas, y más cuando las discusiones son meramente hipotéticas. Lo más impactante es que muchas de las ideologías en palestra, se han probado y fracasado. Moisés Naim (2) nos coloca en contacto con su definición de necrofilia ideológica o el amor por las ideas muertas. Es impactante escuchar y leer sobre la defensa, mediante opiniones ideológicas sin documentación soporte, sobre los beneficios que una determinada ideología otorgaría al aplicarse al quehacer económico, político o social, cuando las evidencias, son perturbadoramente negativas.

Latinoamérica no está exenta de tales circunstancias y se van patentizados hechos concretos de naciones en la región qué habiendo logrado un apreciable avance en los campos mencionados ante la primera circunstancia desfavorable, en lugar de corregir, actualizar u optimizar, simplemente abrazaron una de dichas ideas con consecuencias lamentables. El drama es, que cada reinicio, sin plan, ni concierto, altera el conocimiento que se requiere para avanzar, se derogan buenas iniciativas para someterlas a revisión o simplemente lo que debía continuarse se detiene. En una era de altísimo desarrollo tecnológico en todos los campos de la interacción humana, y donde el acceso en tiempo  real  a  la  comunicación  y  la  información  es realidad,  estas  ideas  muertas  se han convertido, cual película de ficción, en zombis (15aterradores. No es posible basarse en ellas para aprovechar la oportunidad que ha llegado.

El nuevo estado no se puede levantar sobre la destrucción del anterior, a lo largo de la historia se ha más que comprobado que es un error mayúsculo. Tampoco puede tomar lo mejor de una u otra ideología, para mezclarlas y obtener una suerte de zumo multivitamínico. El contexto de la oportunidad es inédito, el Estado no puede hacer el cambio solo, necesita de sus ciudadanos, en una relación simbiótica y sinérgica. Este punto de encuentro permitirá llegar a convenios viables de cumplir, perfectibles y sobre todo adaptables a la realidad que se vaya verificando. No existen datos previos, pero los hasta ahora existentes, servirían de base a una relación sana Estado – Sociedad. Lo que llevamos vivido del Siglo XXI ha mostrado una muy buena aproximación de cómo se está desarrollando esta relación.

Cada vez más se sustenta en el conocimiento, como lo previó Drucker (14), cuando enunció el concepto de Sociedad del Conocimiento. Allí explicó que “la nueva sociedad será la del conocimiento, donde la mejora social y las relaciones humanas, se sustentarán en la capacidad de crearlo, cultivarlo y desarrollarlo”. Añadiendo que: “En las próximas décadas se verificarán demandas sin precedentes para el valor político, la imaginación política, la innovación política y el liderazgo político. Las mismas requerirán de un alto nivel de competencia gubernamental. Siendo sus orígenes tanto externos como internos” (a). Así pues, el desafío es grande y no fácil de asumir. Pero es la forma correcta de accionar, sin prisa, pero sin pausa.

(a) Traducción libre del autor

Sociedad

Los dos aspectos previamente desarrollados, sin menosprecio de su importancia, son elementos que de alguna forma y a través de negociaciones y acuerdos se pueden alcanzar y mantener. Pero la psique de una sociedad es muy compleja. Psicólogos sociales, sociólogos, políticos, especialistas en humanidades y filósofos, son testigos de dicha complejidad. Son tantos los factores que pueden converger en una situación social, que plantear una fórmula única de aplicación es prácticamente imposible. Pero quizás pudiésemos apelar a la historia, no para replicarla, cuestión fútil, sino para diseñar un esquema que pueda ser un aporte en cómo alinear empresa, estado y sociedad. Para poder hacer esta conjunción poderosa y sobre todo resiliente, se necesita aplicar un modelo que funcioné simultáneamente.

La ejecución de un plan no puede ser único para Latinoamérica. Ya se ha hecho y al igual que lo acontecido en África posterior a su descolonización, solo se registraron malos experimentos. Y ¿por qué malos? pues porque si funcionaban en lo económico, no lo hacían en lo político y social, si socialmente eran estupendos  se ejecutaban a costa del quiebre financiero y cuando decantaban  solo por lo político, no generaban ni bienestar social ni económico. Como se observa, sí funcionaban, aunque fuese parcialmente, sus falencias eran monumentales ya que la sociedad ni los comprendía ni los suscribía.

Es necesario que cada país, cada región, cada ciudad o pueblo, acepté un código de conducta que identifiquen con el plan. Que el mismo responda a su concepto  de  moral  ciudadana,  tradiciones,  costumbres,  expectativas  de  ascenso  social  e inclusive que respete tácitamente su derivación religiosa. No es una aspiración, es un hecho concreto. Moisés Naim (16) deja claro que estamos en un espacio de tiempo donde el concepto de poder ha cambiado, y no podemos llevar adelante un plan integral si el mismo no se puede empoderar para generar cambios. Es necesario que el plan sea acompañado por un mensaje, no un eslogan o campaña publicitaria.  Éste se debe compadecer  con el presente para que la sociedad pueda proyectarse a futuro e internalice de manera comprometida qué, sin constancia, ese porvenir que se anhela, no se concretará. Ello implica ejecutar el plan sistemáticamente. Los avances, por pequeños que sean, deben ser palpables para la sociedad.

No hay que olvidar que en la medida que se concreten los mismos, siempre se apersonarán quienes critiquen o intenten sabotear la continuidad de su ejecución. Es clave no desviarse del plan, cuando se verifica dicha acción, sin una razón de verdadero peso, el poder transformador de su operatividad se degrada, lo que genera una sensación de traición y en el contexto actual dicho sentimiento posee consecuencias terribles para el aprovechamiento de la oportunidad. También nos menciona que se están dando tres revoluciones simultáneas y que están cambiando la fisonomía del poder. La revolución del más, la revolución de la movilidad y la revolución de la mentalidad. Cada vez somos más personas y más diversas. A pesar de las crisis y los desencuentros políticos, las economías siguen creciendo y el nivel de vida mejora, lo que ha derivado en menos mortalidad y una mayor expectativa de vida. Cada día la movilidad se incrementa,  ya las migraciones  dejaron  de ser solamente  la consecuencia  de conflictos  o quiebres económicos. Ello deriva en una transferencia y mezcla de patrones culturales, conocimientos y comportamiento social.

Por último, la revolución de la mentalidad. En el caso de Latinoamérica se ha estado verificando con muchísima fuerza. El aumento en el número de personas de clase media ha traído al escenario nuevas exigencias. El incremento en la participación de la mujer, en todos los campos y el nuevo rol asumido en la conducción de pensamiento hacen que la mentalidad sea diferente, y por mucho, a la previa de hace solo una generación.

Conclusiones

Lo sobrevenido por la pandemia, representa la oportunidad de replantear las ideas para hacer crecer a Latinoamérica, en una forma más organizada, proactiva y resiliente. Más allá de los vaivenes económicos, políticos y sociales que se estuviesen verificando, el frenazo generado derivará en ajustes y la imperiosa necesidad de crear, innovar, reinventar políticas y acciones sociales. Muchas organizaciones se están movilizando tras ello, pero el verdadero aprovechamiento vendrá al conjugar oportunidad, disponibilidad y acción.

Carlos Rangel (19) apuntaba, muy acertadamente, que no se puede desarrollar un país económicamente sin primero haber iniciado su desarrollo político y la política no se puede desarrollar sin las personas, su idiosincrasia y cultura. Imponer una especie de fórmula mágica, ya no es una vía. Las sociedades latinoamericanas, así en plural, deben participar en la ejecución del mejoramiento que la oportunidad está planteando. Ya han demostrado resiliencia para adaptarse a los cambios. Han dejado en el pasado, ese devenir errático.

La mentalidad,  su crecimiento social y el empoderamiento  desarrollado,  apuntalan una posibilidad,  bastante cierta, de aprovechar  la oportunidad. Colocar la disponibilidad a favor de empresas, estados y sociedades, no es una utopía. Se posee una clase media con apetencia de progreso, mucho mejor educada que sus progenitores, con habilidades y destrezas desarrolladas adecuadamente. Sin prejuicios étnicos, sociales o religiosos. Activos en el debatir, desde tópicos relacionados con la salud hasta la política del día a día.

La generación del conocimiento aterrizó y se afianzó en cada una de nuestros países. Hoy día Perú, Argentina, Ecuador, Uruguay o Chile, tienen ministros de finanzas menores de cincuenta años y varios del sexo femenino. Todos con grados y posgrados en academias prestigiosas mundialmente y con trayectorias de excelencia en el campo privado y público. Este rompimiento de paradigmas nos demuestra, más allá de los anhelos, que la región si posee la materia prima para ir hacía nuevos esquemas. La gestión empresarial también ha cambiado y tenemos iniciativas para fomentar la integración empresa – sociedad, superior a un esquema filantrópico.

Las incubadoras de emprendimiento se han multiplicado, y en algunos casos superado las fronteras locales. Desde las patrocinadas completamente por los estados hasta las mixtas o las cien por ciento privadas. El aporte monetario y fiscal de los estados también ha transmutado en acciones concretas de apoyo y gestión administrativa responsable. Hoy en día, la inflación promedio de Latinoamérica no supera el 5% anual (Banco Mundial – Informe   2018),   exceptuando   casos   muy   puntuales,   y   los   bancos   centrales   manejan correctamente los esquemas de política tanto monetaria como fiscal. Las sociedades latinoamericanas, aun y con los guiños populistas de soluciones rápidas y mágicas, no cejan en la búsqueda de cómo satisfacer sus demandas y obligar a través de su opinión a la ejecución de cambios necesarios y enderezar rumbos.

Ya el capitulo de la Guerra Fría se cerró y los intentos de su  reedición  han  fracasado.  Eichi  Shibusawa  (1840  – 1931)  uno  de los padres  de la industrialización del Japón, se enfrentaba intelectualmente con otro pionero, Yataro Iwasaki (1834 – 1885), este último fundador de Mitsubishi (17), ya que éste pregonaba la maximización de la rentabilidad para el éxito empresarial, mientras que Shibusawa defendía la maximización del talento. Hoy sabemos que ambas maximizaciones son vitales para progresar.

Empresa, Estado y Sociedad pueden hacer frente a este reto. Se conocen los riesgos, solo tenemos que estructurar el cómo manejarlos y muy especialmente el cómo gerenciarlos. Asumir como propio el esquema procesal para la gestión de riesgos, como nos sugiere Donald Waters (18). Las sociedades   latinoamericanas   deben   identificar   cuáles   son.   Al   hacerlo   ubicarán   las oportunidades, la disponibilidad necesaria y la acción requerida. La pandemia nos ha mostrado que cuando identificamos el riesgo y lo gestionamos, nos va bien, o al menos mejor que otros. El modelo que proponemos es, si se quiere, simple y aplicable a empresa, academia, estado y sociedad. Los pasos son:

  1. Identificar disponibilidades, crearlas y fomentarlas.
  2. Identificar los riesgos internos y externos
  3. Accionar planes iniciales, de desarrollo y contingentes
  4. Analizar resultados
  5. Volver al punto 1

La agilidad al identificar y accionar procesos, en cada uno de los campos del quehacer cotidiano, nos permitiría ir al siguiente nivel de desarrollo como región. Hacernos más confiables y resilientes, ante el cúmulo de cambios por venir. Dejo para estas conclusiones una reflexión.

Latinoamérica necesita asumir las riendas de su destino, con las particularidades de cada una de sus sociedades. Comprender que los tiempos de la hermandad latinoamericana quedaron solo en discursos.  Que  existen  tópicos que habrá  de afrontar  como  región y otros  en la singularidad de cada sociedad. Que nos podemos ayudar entre todos sin descuidar a nuestros conciudadanos y que las ideologías son propuestas y no dogmas.

Es necesario potenciar el conocimiento, sin sesgo ni prejuicio, y maximizar su productividad. Olvidarse del concepto de fuga de cerebros y asumir el hecho de la movilidad del conocimiento. No es necesario aprender otro idioma, tenemos uno en común, que inclusive los brasileños comprenden. No tenemos que seguir rituales religiosos para insertarnos en una causa común. En suma, son más los elementos que juegan a nuestro favor que en contra. Pero, y aquí tenemos que asumir nuestra cuota de responsabilidad,  no lo podremos hacer sin una adecuada planificación. No es un tema de eruditos, es simplemente poner en acción a la triada Empresa – Estado – Sociedad en el ejercicio de planificar. Las oportunidades se continuarán presentando, ese es el devenir del ser humano.

Pero planificar implica preparase, visualizar escenarios, poseer planes contingentes, por muy pesado que pueda lucir. Eso no se puede llevar a cabo a través de una orden ejecutiva o simplemente porque no queda más remedio. Porque cada circunstancia esta llena de incertidumbre, de riesgos, y ello atrae a voluntariosos, clarividentes, charlatanes, anarquistas y consejeros; siempre con malos resultados. La labor no es sencilla, ni exenta de obstáculos, pero hay que asumirla. Comprender, como lo conceptualizó Drucker “La planificación estratégica, de largo plazo, no es pensar acerca de las decisiones futuras, sino en el futuro de las decisiones presentes”. Quizás algunos lectores pensarán que soy demasiado optimista, al colocar a consideración todo lo expuesto. Pero cierro, como inicie, con una frase de Winston Churchill, cuando se le preguntó sobre su siempre actitud optimista: “Sí, soy optimista, porque no tiene mucho sentido no serlo…”

Bibliografía, referencias y significados

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