Praxis social y los símbolos: la debacle amistad y violencia

Qué es la amistad? ¿Todos entendemos, más o menos, lo mismo? ¿Es un vínculo o tan solo una característica de algunas personas? ¿Hay armonía entre lo que sentimos y pensamos o contradicciones, es la amistad solo una idea? ¿Es algo de lo cual no se puede aseverar nada, solo se vive de la misma manera con que se ama? ¿Es una necesidad, un pacto implícito para que las interacciones sean benéficas o algo humano que emerge como plusvalía? ¿Existe o es una fantasía? ¡Para qué tantas preguntas!

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La amistad es tan importante como cualquier otro factor o componente de aquello que solemos designar como la “vida cotidiana” o los “avatares de la vida”. Por eso, en esta indagatoria está presente también la violencia que, incluso, como indiferencia, inacción o desidia, contradice la sensación o deseo de bienestar que nos trae la amistad.

¿Qué es la violencia? ¿Todos entendemos, más o menos, lo mismo? Otra vez… ¡Para qué tantas preguntas! En fin, tratemos de ver qué sucede hoy…

El esfuerzo de muchos pensadores por definir a la amistad o brindar precisiones acerca de la violencia, así como las producciones literarias que intentan dar cuenta de ellas, inevitablemente, tienen que incluir ciertos contrastes y problemas que, en definitiva, remiten a producciones propias de un universo humano hecho de símbolos. Hay una “puja” o un “dilema” que se ha vuelto persistente. Todavía, en la actualidad, las controversias entre la objetividad y la subjetividad siguen disipando la energía disponible para ensayar cambios más apropiados y radicales. Esto nos demuestra que existen serias dificultades para abordar y construir un mundo menos violento y más amigable.

Hay algo capcioso1, escondido en medio de tanta modernidad. Sabemos que la violencia es algo que se puede reproducir, pero la amistad parece que nunca tendrá tal réplica ni potencia. Es como si, con el correr del tiempo, lo mejor de la humanidad se hubiera pospuesto por seguir el capricho de unos paradigmas o para dar lugar a una promesa de bienestar que, en realidad, nunca termina de concretarse. El sujeto mejor adaptado a la época parece reposar en una cómoda complacencia o en una cómoda resignación, el menos adaptado está condenado a desaparecer de muchas y variadas formas.

El complejo amistad-violencia, con sus ambivalencias, nos interpela. Más nos implicamos, mejor lo entendemos, y viceversa…

Analizando a la amistad como un “tipo de vínculo” y a la violencia como la expresión de una “adaptación pasiva o anómala” a las condiciones concretas actuales de vida, enfocándome en un sujeto que es producto y productor de su la realidad, con un “criterio de verdad” que consistirá en la operatividad, intentaré resaltar que es posible acceder a una “nueva subjetividad” desde la misma “praxis social” (tan controvertida o dilematizada), como para propiciar cierta trascendencia (excentricidad2 como apertura y soltura) que facilite la comprensión y riqueza de la diversidad.

Filosofando desde la amistad

Según Voltaire3, la amistad es un contrato tácito que realizan dos personas sensibles y virtuosas. En su “Diccionario filosófico” la relaciona con el amor, una “materia poco filosófica” y escribe: “El amor es una tela que borda la imaginación (…). Es un no sé qué compuesto de todo ello, un sentimiento confuso semejante a las pasiones fantásticas (…)”

Kant4 sólo admite un tipo de amistad, una a la que todos deberíamos aspirar, que es la que se corresponde con la autonomía de la voluntad. Al regirnos por los principios morales elegimos la amistad, si seguimos los principios prácticos o materiales solo buscaríamos ser felices sin importarnos los demás. Distingue entre la amistad menesterosa o de las necesidades (aquella que responde a la satisfacción de las carencias vitales), la amistad estética o del gusto (una pseudoamistad, fundada en la complacencia del trato y la mutua compañía) y la amistad afectiva (basada en la intención y los sentimientos). Afirma que hay cierto reparo al momento de emitir un juicio, por la coacción existente. Pero hay personas con las cuales eso desaparece, cuando hay un “amigo” a quien no se le pueda ni se debe ocultar nada.

Nietzsche5 cuestiona que, si somos amigos, no deberíamos ser tolerantes y compasivos entre nosotros sólo porque existe algo así como el “amor al prójimo”, porque eso nos haría refugiarnos en los demás. Sería una forma de “vivir apretujados”, que nos haría amar a los otros pero no amarnos a nosotros mismos. Un amigo de verdad sabe y se atreve a enfrentarnos, nos incomoda: “En nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo” Esto significa que sólo el honesto, el que está seguro de sí mismo, es el que vale pena. El amigo está ahí para luchar contra nuestra ignorancia y miedos, hay que aprender de los verdaderos o buenos amigos.

Blanchot6 dice: “La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común (…) esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación. Aquí, la discreción no consiste en la sencilla negativa a tener en cuenta confidencias (que burdo sería, soñar siquiera con ello), sino que es el intervalo, el puro intervalo que, de mi a ese otro que es un amigo, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza nunca a disponer de él, ni de mi saber sobre él (aunque fuera para alabarle) y que, lejos de impedir toda comunicación, nos relaciona mutuamente en la diferencia y a veces el silencio de la palabra.”“eterno geómetra”

Domínguez Morano7, en su libro “Los registros del deseo”, empieza argumentando: “Es el vínculo más universal. (…) ineludiblemente, necesita entrar en lo que el psicoanálisis ha entendido como proceso de sublimación.”. Se pregunta: “¿Qué condiciones tendríamos que exigir como mínimos para que realmente se pudiera hablar de amistad? ¿Qué elementos tendríamos que considerar como indispensables para que una relación de amistad pudiera darse y mantenerse como tal?”. Sostiene que no existe amistad sin la intervención del deseo. Un impulso básico que nos mueve hacia la reducción de la distancia y la diferencia que nos constituye desde nuestra condición de “ser separado”. La “maduración del deseo” (en diferentes etapas o identificaciones) irá facilitando la relación de amistad, como dimensión ética de apertura y compromiso con la alteridad. En su intento por delimitar el concepto de amistad, escribe: “Si no hay libertad no hay amistad, y si una vez establecida, la libertad se pone en peligro, la misma relación de amistad se ve de inmediato amenazada. (…) da lugar también al pesar por la distancia, al sufrimiento por la frustración y el conflicto, a la decepción y a la posibilidad de ruptura, al dolor abierto por la pérdida del objeto amado, sea por el acabamiento de la confianza o por la pérdida material del amigo. (…) Pero si la libertad es su terreno específico y el deseo es su semilla y su potencial de crecimiento, su mejor fruto será el compromiso ético. (…) capacidad de entrega, donación, e incluso, llegado el caso, la posibilidad de sacrificio y renuncia. (…) El enamoramiento se impregna de Eros (…) Busca la unión de los cuerpos como medio de borrar la distancia y la diferencia que nos constituye. La amistad, sin embargo, pretende cubrir la distancia que nos separa de otro modo diferente: mediante la participación en las ideas, los sentimientos, los proyectos comunes. Encuentra en la palabra, en el gesto y en el silencio participativo su medio de comunión.”

Dewey8 toma a la amistad como una “experiencia estética” La experiencia de la orfandad o la soledad se compensa con las amistades. Un acto de amor que no muere con la distancia, contrario a la pasión erótica. Los amigos son la cura del paso de los años, son el consuelo para la vejez.

Sartre9 en su obra “El ser y la nada”, en “libertad y facticidad: la situación”, escribe: “El argumento decisivo utilizado por el sentido común contra la libertad consiste en recordarnos nuestra impotencia. Lejos de poder modificar a gusto nuestra situación, parece que no podemos cambiarnos a nosotros mismos. (…) El coeficiente de adversidad de las cosas es tal que hacen falta años de paciencia para obtener el más ínfimo resultado. Y aun así es preciso ‘obedecer a la naturaleza para mandar en ella’, es decir, insertar mi acción en las mallas del determinismo. Más de lo que parece ‘hacerse’, el hombre parece ‘ser hecho’ por el clima y la tierra, la raza y la clase, la lengua, la historia de la colectividad de la que forma parte, la herencia, las circunstancias individuales de su infancia, los hábitos adquiridos, los acontecimientos pequeños o grandes de su vida.”. Frente a esto, argumenta: “El coeficiente de adversidad de las cosas, en particular, no puede constituir un argumento contra nuestra libertad, pues por nosotros, es decir, por la previa posición de un fin, surge ese coeficiente de adversidad. Este peñasco, que pone de manifiesto una resistencia profunda si quiero desplazarlo, será, al contrario, una ayuda preciosa si quiero escalarlo para contemplar el paisaje.”

Levinas10 piensa a la amistad como un “ponerse en las manos del otro”. Cree en la apertura y la reunión de las alteridades. “El ser en sí no es nada, pero es lo que hace que las cosas sean” Según Marta Lopez Gil11, propone que la grandeza del hombre se da en la medida en que éste puede fascinarse ante el otro. “Es decir, como si el otro me embrujara y produjera en mí -y solamente así puedo acoger al otro- una pasividad extrema que no soporta ninguna actividad, sino que es un abandonarse. Levinas no quiere la grandeza del ser del hombre como relación con el ser -como Heidegger12-, se opone rotundamente. Cree que la grandeza es abandonarse al otro, a cualquier otro. Y quizás, en ese abandonarse al otro, pueda ser acogido, aunque no hace más que reconocer, siempre, que lo propio del hombre sea querer que seamos todos iguales (…) Lo que siente Levinas es tan fuerte que no quiere una relación recíproca, quiere una relación en la que se pueda decir: ‘Yo no soy yo’. No hay un yo frente a otro yo. Ese yo es egoísmo, y todo yo frente a un otro yo lleva inevitablemente a la confrontación. Yo tengo que desaparecer como un yo, tiene que estar solamente esa sensación de abandonarme (…). Levinas quiere que desde el punto de vista ontológico -es decir, desde el punto de vista del ser del hombre- el hombre deje de lado su yoísmo, su carácter de sujeto para el cual todo lo demás es objeto. Quiere que deje de lado reglas, mandamientos en los que sigue siendo un sujeto autónomo. Quiere que deje toda autonomía, es decir, todo reglarse a sí mismo; que abandone toda vuelta a sí mismo. Quiere hacer desaparecer el sí mismo y quiere que nos convirtamos cada uno de nosotros en rehenes del otro. (…) Esa imposibilidad de la amistad se da, justamente, porque la amistad nos rebasa, es decir, hay un exceso. Para pensarla, hay que ubicarse en un terreno no de la ética, sino del misterio y del exceso.”

Derrida13, en “Políticas de la amistad”, escribe: “¿Cómo podría estar un hermano sujeto a la hostilidad absoluta? Va a haber que invertir la hipótesis. Sólo hay hostilidad absoluta para un hermano. Y la historia de la amistad es sólo la experiencia de lo que, en esta perspectiva, se parece a una sinonimia inconfesable, a una mortífera tautología.” Alude a la visión de Carl Schmitt14 (dicotomía amigosenemigos) acerca de la historia de la modernidad, representada como una tragedia. Una época de decadencia y de ruina, donde lo político se desdibuja frustrando la promesa del orden. La fragilidad de las estructuras liberales se ponen al descubierto y con ello aparecen elementos en contra de la “despolitización.”. Rorty15 escribe acerca de Derrida: “aspira a un tiempo en que el hombre y la mujer puedan ser amigos, un tiempo en el que hayamos superado la “homosexualidad viril que está emparentada íntimamente con la metafísica falocéntrica”

Fernado Broncano16 tiene un blog donde escribe acerca del Amor: “Es un lazo que vincula la totalidad de la persona y no alguna de sus máscaras o roles, que establece una suerte de incondicionalidad que sólo quizá la amistad sigue de cerca, que está en el hueso de la experiencia humana y que, por ello, es tan deseable como temible”. Dice que la amistad “emite una suerte de promesa: “siempre estaré ahí, para cuando me necesites”, “no tienes que darme explicaciones, soy tu amigo”, “ya sabéis de mis defectos, pero cuento con vuestra amistad”. También sostiene que: “La amistad es una suerte de simpatía incondicional con la historia del otro. Corrompido por el mal uso de las redes sociales, la amistad es un vínculo que sólo puede establecerse con unas pocas personas. Cuando se presume de ‘es mi amigo’, uno sospecha que no hay ahí más vínculo que el interés. La amistad, más que el amor, es desinteresada. Por eso nos gustaría, y por eso es tan difícil, tener amistad con las personas que amamos.”

López Petit17, en su libro “Entre el ser y el poder”, escribe: “La articulación ser-poder-nada es un modo de ordenación en el que desde siempre estamos insertos. El paso de la autoposición a la disposición, el discurso, es nuestra palabra desplegada en su interior. Es la imagen en el espejo -aunque imagen activa- de este orden, la música permanente que no ceja. Valle y río. Cuenca abierta por el río que, a su vez, es trazado por ella. Hoy, en la metrópoli, el valle se ha hecho desierto y el río autopista. La música es el persistente fragor de los coches persiguiéndose entre ellos, es simple repetición. (…) Nuevas tecnologías, modas incesantes, parecen llevamos en volandas hacia un nuevo continente en el que todo será distinto. Pero no está claro que ocurra algo nuevo. En realidad, habría que dudar del ocurrir como tal. El poder media continuamente entre el desorden y el orden, y lo hace poniéndose en su desvanecerse. Desaparece el centro y los límites se hacen indeterminados. Y este acontecimiento en el que se reproduce el desierto circular, se esfuma en su mismo repetirse.  (…) conjunción entre control social y producción de diferencias. (…) la integración sistémica se basa en el individuo desencantado que reduce la conciencia de sí al culto de sí”

Se podría citar a unos cuantos pensadores y estudiosos más, pero es suficiente para comprender lo comprometido que está el tema de la amistad con el tema de la violencia. El desarrollo humano o la prosperidad social dependen del manejo de la violencia y este manejo del monto de las ansiedades de los sujetos (miedos, reales o fantaseados, que nos hacen anticipar situaciones cargadas de afectos). Son mecanismos básicos acerca de los cuales casi no se reflexiona.

Cayendo en la violencia

Cada época tiene sus epicentros, desde los que se propagan innumerables inquietudes. El trasfondo de esto parece ser siempre cierta “violencia simbólica”, algo que sacude nuestros “esquemas mentales”18 y conmociona19 a nivel corporal. Hoy, por suerte, podemos hablar de ella, aunque sea como un tipo más. Tal vez, más adelante, se admita lo estructural que es. Pero… ¿Qué es la “violencia simbólica”? “La que, a través de patrones estereotipados, mensajes o signos, transmite y produce dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación.”20

Para Bourdieu21, quien difundió el término hace ya varias décadas, toma la forma de la “dominación masculina” que, lejos de ser ejercida por los hombres sobre las mujeres, es un proceso que afecta sin distinción de género. Es parte, en las sociedades modernas, de la reproducción sistemática e invisible de los efectos generados por la asimetría que introduce el poder (hay algo que podríamos designar como “el juego del poder”, alterando la vida humana). Al nacer y desarrollarnos en un entorno social, incorporamos postulados y axiomas que no requieren ser inculcados, por estar inmersos en un campo que nos sobredetermina (habitus), que nos impone un modo de obrar, nos imparte un pensar y un sentir asociados a la “posición social” o “estilo de vida”. Así, es casi imposible que nos demos cuenta de que estas matrices o esquemas existen, como para que las cuestionemos o podamos decir algo acerca de lo que nos pasa. Hay cierta adhesión que se transforma en la naturalización de tal relación de dominación. “La fe práctica es el derecho de entrada que todos los campos imponen a los recién llegados, para que se interiorice la doxa como creencia originaria de sus presupuestos fundamentales.”

“El poder está en todas partes”. Solo debemos “hacer visible lo invisible” (Foucault22).

Habermas23 escribió acerca de “la colonización del mundo de la vida por los sistemas sociales”. Entiende que el cambio social debe darse en un ámbito simbólico, privilegia la comunicación y el entendimiento entre los sujetos. En la actualidad, podemos pensar en una “fragmentación de los universos simbólicos”. El espacio y el tiempo no aparecen bien definidos y no se pueden legitimar las representaciones colectivas desde ninguna ideología. También escribió, en un artículo titulado “El fin de una utopía” de 1984: “El carácter ejemplar del pasado, en función del cual pudiera orientarse sin reservas el presente, se desvanece. La desvalorización del pasado y la necesidad de obtener principios normativos de las propias experiencias y formas de vida modernas explica el cambio de estructura del «espíritu de la época», que recibe impulsos de dos fuentes antagonistas: el pensamiento histórico y el pensamiento utópico. (…) Esta inserción de las energías utópicas en la conciencia histórica caracteriza el espíritu de la época, que desde los días de la Revolución Francesa ha venido configurando el espacio público político. (…) Pero hoy parece como si las energías utópicas se hubieran consumido, como si hubieran abandonado el pensamiento histórico. (…) Yo no considero fundada esta tesis según la cual a lo que estamos asistiendo es a la irrupción de una época posmoderna. Lo que está cambiando no es la estructura del espíritu de la época, no es el modo de la disputa sobre las posibilidades de vida en el futuro. (…) A lo que estamos asistiendo es, más bien, al fin de una determinada utopía de la utopía, que en el pasado cristalizó en torno a la sociedad del trabajo.”. Al respecto, sostiene: “se presupone, pues, que, mediante las intervenciones del Estado, puede asegurarse una pacífica coexistencia entre democracia y capitalismo.” Entre las consecuencias que describe se refiere a que: “La forma de vida emancipada, más digna del hombre, no se piensa ya como un resultado directo de una revolución de las relaciones de trabajo, es decir, de una transformación del trabajo heterónomo en actividad autónoma. A pesar de eso, las relaciones laborales reformadas siguen manteniendo también en este proyecto una significación central: se convierten en punto de referencia no sólo de las medidas tendentes a humanizar un trabajo que sigue siendo heterónomo, sino, sobre todo, en punto de influencia para las prestaciones compensatorias que tienen por objeto absorber los riesgos fundamentales del trabajo asalariado (accidentes, enfermedad, pérdida del puesto de trabajo y desvalimiento en la vejez).”

Los discursos de José Mujica24 guardan un pensamiento que resume la puja actual entre “tendencias” que podemos clasificar como “relaciones de poder” y “relaciones de confianza”: Nada ni nadie, en cualquier rincón del mundo, permanece ajeno a todos estos detalles, entonces… ¿Qué conexiones hay entre lo que aquí he calificado como “la amistad” y “esta violencia actual”? ¿Habrá algún otro punto de vista, algo que nos permita avizorar otras posibilidades, habrá algo más aparte de las notas citadas o complementario con esas posturas?

Es importante comprender que nada de esto ocurre sin nuestra intervención (lo sepamos o no, lo queramos o no). Si deseamos realmente que los grupos sean operativos o que la solidaridad y otros valores reaparezcan firmes e impetuosos, vamos a tener que amigarnos con el término “acción comunitaria”. Mejor dicho, deberíamos cambiar el sentido hegemónico dado a este proceso de socialización sobre el que se asienta la humanidad. En otras palabras, desde la vida cotidiana, empezar a abandonar el pudor o el temor cultivado hacia la diversidad.

Por lo visto, “humanizar” es seguir insistiendo en los aspectos vitales, más que en las libertades económicas o políticas. Con dignidad y equidad, redescubriendo la amistad o viviendo sin tapujos la afectividad, afrontando la violencia. Porque, claro, esto de animarse a operar sobre las afectaciones equivale a develar hechos violentos o recurrir a sentidos trascendentes, superadores del silencio, de lo indecible o innombrable. Es correr los velos de cualquier lógica formal, ética anti-erótica o sentido que atente contra la calidad global de la vida o la integridad humana. No es una cuestión ética o moral, sino algo enraizado en lo humano, es lo que mejor nos define…

¿Por qué? Es evidente que, desde mediados del siglo XX hasta la fecha, no hay ciencia, tecnología o religión que pueda con tanta violencia. Porque, por soberbia o maldad, por autocomplacencia o ingenuidad, por indiferencia o corrupción, por rigidez o inercia, estos “sistemas” la reproducen. O sea, todos nosotros la reproducimos, en mayor o menor medida, físicamente o de manera silenciosa y enajenante. Son unas circunstancias que no están en nuestra naturaleza o no provienen de nuestro carácter humano, sino que tienen que ver con productos culturales (incluidos nosotros mismos) de “una sociedad” que depende de la subjetividad del momento, del “manejo simbólico” que se proyecta sobre lo que designamos como “la realidad” (realidad que, indefectiblemente, nos incluye).

Cambiando de óptica o de praxis

Mi lectura del contexto es a través de la vida cotidiana. No estudié o estudio casos, observo y me valgo de lo que leo en los libros y publicaciones, pero dejo bastante margen para informalidades y otras jergas. Es decir, observo con una mirada que trata de no quedarse con las apariencias, que quiere penetrar en lo evidente, que busca ver cómo encajan las noticias con las culturas, el saber y los hecho locales junto con los globales, cómo encajo yo mismo…

Al respecto, voy a sostener que es posible acceder a una “nueva subjetividad”, desde la misma “praxis social” que está, por lo visto, en crisis.

Pichón Rivière25 se refiere a la crisis como “antesala de todo cambio estructural subjetivo”. La subjetividad moderna es susceptible al cambio. Hay una alteración del esquema referencial del sujeto y esto promueve una serie de vivencias que reactivan miedos básicos (perdida de lo conocido y ataque de lo nuevo). Alguien que está en crisis es presa de sus fantasías. En tal sujeto se agudiza la contradicción entre el proyecto de vida y la resistencia al cambio. Se disocia lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace. Se viven con extrañeza las manifestaciones cotidianas, hay cierta desubicación y no se pueden elaborar estrategias. Solo a partir de un sostén vincular y de una praxis social el sujeto puede volver a estructurarse. Se trata de un proceso que requiere una participación activa, así como contención y reconocimiento de las diferencias.

Las respuestas a los problemas sociales o humanos dependen más de “cambios práxicos” que de formalidades científicas o mediciones estadísticas. No son los postulados o las hipótesis, ni las normas o los métodos, los recursos a disponer y usar. Uno tiene un saber y se apoya en sus conocimientos pero,

25 Enrique Pichon Rivière (1907 – 1977). Médico psiquiatra, creador de una Psicología Social que se caracteriza por su ECRO (Esquema Conceptual Referencia Operativo), aunque es más conocido por la técnica “grupo operativo”. Suizo, nacionalizado argentino, considerado uno de los introductores del Psicoanálisis en la Argentina.

muchas veces, hay que improvisar o innovar. Este es otro tipo de aprendizaje, son otros recursos que se evidencian cuando, en las propias situaciones, “desaparecen los referentes habituales” o “se queman los papeles”26. Praxis que se fue perdiendo, primero por el cientifismo y, después, por el tecnocentrismo moderno.

Freire27 concibe a la praxis como lo indisoluble entre la reflexión y la acción. “Existir humanamente es pronunciar el mundo, es transformarlo. Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción y la reflexión.”

Digamos que, así, aquí, nos estamos posicionando en otros terrenos y no en los académicos de las teorías y las prácticas. Así, tendríamos que arribar a otras interpretaciones, como para empezar a desenredar la complejidad que esconde el operar sobre la vida cotidiana, porque es allí donde la indagación, a través de la crítica y la cooperación, será fecunda.

Praxis no es conocimiento básico o aplicado, no es tecnología ni encuadre o dispositivo. Es manipulación de conocimientos y tecnologías, es la manera de usar o aplicar los medios disponibles. Es lo que hace el sujeto con lo que tiene y como puede…

Amistad simbólica

Podemos hablar, como en el caso de la violencia, de una amistad simbólica: La que, a través de rasgos vinculares, mensajes o signos, transmite y produce armonía, equidad o integración en las relaciones sociales, fortaleciendo actitudes condescendientes con la vida.

Se me ocurre citar a Camus28 y a Fontanarrosa29. Sé que no es la mejor de las ideas, pero admitamos cierto paralelismo a pesar del contenido, el carácter, el tiempo o la distancia. Veamos algunas frases de ambos…

Camus:

  • La amistad puede convertirse en amor. El amor en amistad. . . Nunca.
  • No camines detrás de mí, puedo no guiarte. No andes delante de mi, puedo no seguirte. Simplemente camina a mi lado y sé mi amigo.
  • No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.
  • Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo.
  • La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.
  • Si el mundo fuera claro, el arte no existiría.
  • La verdadera generosidad, en relación con el futuro, consiste en dárselo todo al presente.
  • Los artistas piensan según las palabras. Los filósofos, según las ideas.
  • La integridad no tiene necesidad de reglas.
  • No puedes adquirir experiencia haciendo experimentos. No puedes crear la experiencia. Debes experimentarla.
  • Un intelectual es una persona cuya mente se mira a sí misma.
  • La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.
  • Es mejor equivocarse sin matar a nadie y dejando hablar a los demás, que tener razón en medio del silencio y los cadáveres.
  • Raramente confiaremos en alguien que es mejor que nosotros.
  • ¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?.
  • Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo.
  • El hombre tiene dos caras: no puede amar sin amarse.
  • Inocente es quien no necesita explicarse.
  • Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.
  • La estupidez insiste siempre.

Fontanarrosa:

  • De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro.
  • La amistad es como la salud: Nunca nos damos cuenta de su verdadero valor hasta que la perdemos.
  • No eres perfecto, ni tampoco genial, pero como amigo, eres fenomenal.
  • La amistad duplica nuestras alegrías y divide nuestra tristeza.
  • Es muy difícil encontrar un buen amigo, más difícil todavía dejarlo e imposible olvidarlo.
  • Una respuesta honesta es señal de una amistad verdadera.
  • Cultivar un verdadero amigo requiere dedicación y tiempo.
  • La amistad es el ingrediente más importante en la receta de la vida.
  • Asocio al fútbol con la amistad. Siempre me reúno con un grupo de amigos para jugar, ir a la cancha o ver partidos por televisión.
  • Vi una estrella caer. Pedí un deseo. Y la estrella cayó en tu casa.
  • El pájaro es libre. Lo sería aún más de ser soltero.
  • El ciego, al lavarse la cara, se reconoce.

Las relaciones que nos interesan son las que denotan un “ida y vuelta” significativo entre sus partes, aquellas que inciden tanto en el sujeto como en su medio, las que tienen que ver con el cambio subjetivo y social.

Convengamos lo siguiente: Vamos a llamar “vínculos” a las relaciones más específicas o influyentes en la formación humana y “lazos” a las relaciones más generales o propicias para la consolidación de la humanidad, la subjetividad será la resultante o “el vaivén” de ambas realidades.

Un vínculo tiene una fuerte carga afectiva, una energía que le confiere importantes características. Por lo tanto, decir “vínculos afectivos” sería una redundancia. En cambio, el lazo remite a las fuerzas que cohesionan lo social, decir “lazos sociales” equivaldría a considerar a los grupos y las comunidades (no confundir con agrupación y colectividad, simples relaciones que aquí no interesan).

Por eso los vínculos se aprecian a través del amor que connotan. Si nos ayudamos recurriendo, más o menos, a la clasificación hecha por los antiguos griegos (eros: sexual o pasional – storgé: familiar o maduro – philia: fraterno o repetuoso – ágape: altruista o espiritual) podríamos decir que, según las combinaciones de distintos amores o según cómo se manifieste el vínculo, aparecen: las relaciones de pareja (donde el cuerpo, en todas sus acepciones, es la cuestión principal), las relaciones filiales o de parentesco (donde el afecto se vive o el cuerpo se pone como sostén y amparo) y la amistad (donde prevalece el acompañamiento casi de manera incondicional, las cuestiones corporales pasan a segundo plano). Entonces, básicamente, nos encontramos con tres tipos o entornos vinculares: “pareja” (entre cónyuges o no), “familia” (consanguínea o no) y “amistades” (entre pares o no). Son solo nombres de categorías que permiten el uso del lenguaje, fundamentalmente a la hora de tener que explicar qué sucede a nivel relacional. Pensemos: dos personas conviviendo pueden ser pareja y/o familia, tal configuración no determina el carácter del vínculo. Más todavía, si extendemos el sentido de la convivencia, podría tratarse solo de una amistad. Aunque existan rasgos comunes, son tres tipos de vínculo que, más allá de las definiciones o delimitaciones, podemos asumirlos como existentes y básicos.

Los lazos sociales, al contrario, sí están determinados por el medio y no dependen del afecto, al menos no con la intensidad propia de los vínculos. Se llevan a cabo en cuatro ámbitos o categorías espaciotemporales que remiten a las interacciones posibles o la calidad de los intercambios: psico-social o individual (el ámbito “menor”), socio-dinámico o grupal, institucional y comunitario (el ámbito “mayor”). Aquí también los límites son difusos porque hay solapamientos, debido a la “naturaleza” del sujeto… Este es otro punto importante: Individualidad y colectividad se funden en el sujeto, no es solo “un individuo” (un granito de arena o una gota en el océano) o “la sociedad” (el desierto de la arena o la “modernidad líquida”).

En estos ámbitos transcurren los vínculos y otras relaciones, pero generalmente todas se entienden como “objetales”. Lo que quiero decir es que el vínculo se puede definir como una relación entre un sujeto y un objeto, pero acá el “objetivo” siempre es otro sujeto. “El vínculo es una estructura compleja que incluye un sujeto, un objeto y a su mutua interrelación, con procesos de comunicación y aprendizaje” (Pichon Rivière).

Digamos que, los sujetos, incluidos sus objetos, se distribuyen y confunden entre las tramas de las redes sociales que, a su vez, conforman la gran red humana. La “red”, como recurso gráfico o didáctico, no es algo estático. Recurrimos a ella para intentar entender la complejidad del fenómeno humano, buscamos implicarnos queriendo alcanzar una comprensión cada vez mayor. Aprendemos a tejer redes sobre la marcha, no nacemos tejedores…

Es insuficiente filosofar, hacer política o perfeccionar modelos económicos y políticos si todo esto no pasa también por lo simple de la vida misma, si la vida es esa otra cosa que el dinero no puede comprar y el poder no puede conseguir…

Desde la revisión de los Derechos Humanos, hace algunos años, se ha avanzado sobre temas como la infancia, la salud mental y el género. Aún queda mucho por resolver, ya que las leyes o las normas no implican, directamente, la prevención de los malestares ni la prosperidad. Algo bueno ha sucedido: se le ha reconocido y otorgado la “persona jurídica” a muchos sujetos que permanecían excluidos de “la normalidad”, incluso a animales (considerados sujetos no-humanos)… Es notable que haya tanto “cuidado” y otras veces no…

Se ha debatido mucho acerca de las minorías (una mayoría dispersa por el mundo), pero recién están aflorando las cuestiones más interesantes o acuciantes (guerras e industria armamentística, genocidios y asilo a refugiados, pobreza y narcotráfico, etc.). Qué más cotidiano que esto… En los terrenos de la praxis existe la negligencia… también hay un “biocentrismo” que nos interpela frente a los límites de las acciones posibles, porque hay un “amor vital” que da sentido a las relaciones. Solo así se puede comprender con plenitud lo que significa elegir, porque la libertad no está en las decisiones, sino en el terreno donde estas son tomadas. Cada elección determina un campo de posibilidades, se decide sobre lo que se ha elegido o, en su defecto, sobre lo que se impuso y se cree que es lo único posible.

Salud mental o prácticas saludables

Las políticas sobre salud mental están en la mira, desde la nueva ley y la desmanicomialización, pero la medicalización de la vida irrumpe con fuerza sobre la salud en general. Por lo menos, ahora, es posible observar estereotipos, intereses y errores. Por dentro y por fuera del sector, tanto en los trabajadores y profesionales, como en las familias de los pacientes y la sociedad en general, el tema adquiere otras dimensiones.

Hay casos de prácticas, no tradicionales ni hegemónicas, que han resultado efectivas. Son intervenciones que, operando por fuera del paradigma médico clásico, demuestran la viabilidad y el valor terapéutico del trabajo social, la expresión y el acompañamiento. Pero esto mismo es, a grandes rasgos, lo que hoy está vedado para el resto. Digamos que la población “sana” no está tan bien como parece si sufre de estrés, ataques de pánico, trastornos alimentarios, insomnio, síndromes, adicciones y otras patologías o enfermedades crónicas (a pesar de los avances de la medicina y la gran industria farmacéutica)…

Es cierto que las enfermedades tienen un trasfondo somático, pero también hay un trasfondo psicosocial. Como podría decir Alicia Stolkiner30: “No se puede reducir la depresión a las interacciones entre unas moléculas”. Al respecto, transcribo el siguiente párrafo de un trabajo de Emiliano Galende31, ¿Qué y cómo se investiga hoy en Salud Mental?: “Gran parte de la investigación actual, que es la que leen los psiquiatras, surge de la multiplicación de imágenes cerebrales en las cuales se investiga nuevas patologías psíquicas dirigidas a la producción de nuevas moléculas de fármacos útiles para intervenir, modificar u orientar, el comportamiento humano. Se trata de afirmar que existe una equivalencia entre funciones mentales y procesos cerebrales, especialmente en la comunicación entre neuronas (la sinapsis), que permitirían hacer accesible al conocimiento científico las emociones, la sensibilidad, el pensamiento, los sufrimientos y comportamientos de los individuos. No hay duda acerca de que estas investigaciones neurobiológicas y sus metodologías son científicas, pero trasladadas al terreno médico para la interpretación del sufrimiento mental resultan falsas: no pueden dar cuenta de la singularidad de cada sujeto, de la capacidad humana de creación, de la diversidad de modos de interpretar la realidad y el medio social en que habitan, la plasticidad de la conducta en relación con el medio natural y social. Es abusivo y poco científico reducir el pensamiento a una función puramente cerebral, a interacciones químicas en la sinapsis (los neurotransmisores) ignorando la capacidad de cada sujeto para la invención y la creación de nuevos modos de interactuar con el mundo, y entre otras cosas de inventar el lenguaje específico para la vida social humana.”32

Todo está en movimiento pero no significa que las cosas cambien, algunas podrían seguir igual o coexistiendo con las mejores intenciones. No hay garantías suficientes, mientras no haya una apertura o amplitud de criterios. En el futuro, cualquiera de nosotros, ante un trastorno como la demencia senil, podría ser declarado “insano” y perder alguno de sus derechos. Dependerá de la “mentalidad” de la junta médica y, desde un principio, del familiar o del profesional responsable (tiene que haber un sujeto capaz de acoger, hospedar o alojar al otro). Por eso es sumamente necesario interceder sobre estos asuntos, sin importar dónde estamos o estaremos, si puedo o podré…

Quiero resaltar, con respecto a este tema, lo concerniente al “acompañamiento terapéutico”, me parece que ahí hay unas cuantas cuestiones interesantes. Es un “dispositivo” que se implementa en situaciones de conflicto socio-subjetivos. Sus servicios pueden desarrollarse dentro del hogar, en ambientes educativos o laborales, en actividades recreativas y de esparcimiento o en el tránsito de una internación.

Al decir de Kuras de Mauer y Resnizky33, “un espacio entre la desolación y la esperanza, entre la desconexión y la pertenencia”. Es de destacar que el acompañante terapéutico trabaja siempre junto a un equipo interdisciplinario, ejerciendo un rol activo en el desarrollo de distintas estrategias de intervención.

Aquí, obviamente, el sujeto ya no es “objeto” de tutela ni de vigilancia o de encierro. Es un sujeto de derechos. Se buscaba “humanizar las prácticas”, o sea, la desinstitucionalización psiquiátrica y la reinserción social. Acompañar al paciente es también discutir su situación con los distintos grupos a los que pertenece o está sujeto, para que sus integrantes puedan reconocer las propias acciones discriminatorias y marginantes.

Magali Besson34 en su escrito “Desafíos para la implementación de la nueva Ley Nacional de Salud Mental”, recomienda evitar la versión neoliberal de la desmanicomialización, ya que no promovería otros modos sustituyentes de los manicomios. Perder la noción de “Estado desmantelado” para recuperar la confianza en un interlocutor estatal al que se le pueda demandar lo que la ley promueve como derechos. Así se podrán volver a articular los planos de la política, de la clínica y de la planificación. Hay que perder la omnipotencia y recuperar la alegría en las prácticas donde aparece lo imprevisto y la diferencia.

Deleuze35 dice que un dispositivo es como un ovillo. A la trama hay que tejerla y el particular posicionamiento de apertura del acompañante es el punto de arranque. Pero también hay que tener en cuenta que un dispositivo tiene procesos siempre en desequilibrio, con oscilaciones del encuadre y bruscos vaivenes emocionales de los pacientes. Estos movimientos, en el ejercicio, dan origen a permanentes variaciones tácticas y también estratégicas.

Desde el punto de vista vincular, el encuadre de trabajo del acompañante terapéutico es asimétrico. No es un amigo aunque puede establecer lazos afectivos. Forma parte de un equipo psicoterapéutico, realiza una tarea asistencial y es remunerado por su trabajo. Es un referente para el paciente, le acerca diferentes modos de actuar frente a las vicisitudes de la vida. Esto es lo que puede resultar terapéutico: proponer rupturas de formas estereotipadas de vinculación, mientras se ayuda a aprender a esperar y a postergar. Brindar contención, se acerca al otro como un otro discriminado, demarcando límites claros pero no rígidos.

El perfil adecuado está relacionado con cierta posición que puede ser efecto de haber transitado cierto trabajo subjetivo en la vida, por ejemplo haber atravesado alguna crisis o, simplemente, contar con un historia singular que habilita para la tarea. Tiene que ver con sostener tres actitudes: una “ética adecuada” de la propia persona, una política respecto del lugar de “la locura” y  una “postura trascendente” respecto de la muerte.

Volviendo al tema de la salud pública y al desarrollo humano, este mismo acompañamiento se nos presenta más que óptimo. Podría servir de modelo, para dotar a vínculos y lazos sociales de atributos y procedimientos para la intervención de la violencia simbólica. El vínculo de amistad es similar. Justamente, en los años 70, como antecedente de este dispositivo, el psiquiatra Eduardo Kalina36 realizó un trabajo con adolescentes adictos a las drogas. Consistió en la formación de un rol que denominó “amigo calificado”.

Tengamos en cuenta que, estas estructuras presentan una plusvalía o valor agregado, tienen un efecto saludable, remiten a cierto valor terapéutico. La amistad, lejos de ser algo accesorio o superfluo, al margen de las formalidades, es el mejor de los remedios contra el dolor o el sufrimiento psíquico. Tal vez sea una obviedad, pero la solución para la violencia es tan simple que no se ve o no se cree…

Una vuelta al terreno de lo vincular, de lo afectivo y representativo de lo humano, hoy es reconocida desde distintas disciplinas y demandada por muchos actores sociales. La cuestión es cómo capacitar a los “amigos” para que sean buenos “acompañantes” o, mejor dicho, cómo hacer para que las personas sepan acompañarse.

No es fácil, porque no es una labor exclusivamente objetiva, sino, también, subjetiva. Desde esta perspectiva, los grupos no son operativos si no hay una institución o una comunidad que brinde soporte u otorgue contención. Estos grupos no se forman por el solo hecho de “acomodar a la gente en un salón”, tampoco se pueden reducir a “un equipo que tiene que resolver consignas”. Si hay equipos, eficaces o más o menos funcionales, es porque hay un grupo bien constituido o centrado en tareas motivadas por un proyecto vital. De la misma manera, no se puede pedir o exigir que dos personas se vinculen o se amen sin violencia, porque eso dependerá de un trabajo que deberán afrontar y de la ayuda que puedan obtener.

Por eso, como en el caso del acompañamiento terapéutico, hay implícito un encuadre psicosocial. No es que la gente se percate de ello, sino que, cuando funciona, regula las interacciones o permite operar de una manera que parece natural. En este caso, vamos a pensarlo como un conjunto de prescripciones que favorecen un acompañamiento. En vez de “naturalizar al poder”, se naturaliza una “praxis de la confianza”. La renuncia a aplicar lo que se sabe en forma de reglas o máximas que moldean la realidad, remite a un “dejarse llevar” por el otro, es un “abandonarse en el acompazar37” o una soltura que solo se puede experimentar desde constructos38 simbólicos como “el ritmo de la amistad” o “la energía  vital”. La objetividad no se pierde, se impregna de una subjetividad que la complementa. Es un “ritmo” o “energía” que trae otras elecciones posibles, más humanas o, a lo sumo, menos violentas. La diversidad es lo que nos enriquece, más vale sacarnos prejuicios de “encima” y miedos de “adentro”…

Acompañamiento

Décadas atrás, cuando no existía una cultura como la actual, fuertemente marcada por el dinero y la producción de bienes y servicios, había un encuadre social que, bajo la forma de una ética y una moral estricta, regulaba las relaciones. En su lugar o reemplazo todavía, a pesar de tanto camino recorrido, no hay nada…

Nadie tiene la culpa, tampoco podemos achacarle solo al capitalismo39 o a las corporaciones40 lo que sucede. El modelo social imperante también fue y es elegido… claro que, desde un campo muy pobre de posibilidades o elecciones…

En algún momento de nuestras vidas, esto es lo que se intuye y no se puede decir… Hay un sufrimiento hecho silencio, unas actitudes que esconden superfluos intereses y frases falaces, una confianza ciega o atada a un objeto, una mansa entrega a las “relaciones de poder”.

Somos todos “refugiados” de la misma “guerra” que le declaramos, hace generaciones, a la humanidad. Aunque suene exagerado, eso es “violencia simbólica” (esta frase es otra posible definición de la misma). Los otros tipos de violencia, esos que se cree, al revés, que son los más frecuentes, se pueden abordar sin mayores resistencias porque, tarde o temprano, son observables.

Pero pensemos nuevamente en los grupos, hay un “terreno por cultivar”, demarcado y sostenido por un encuadre o marco contenedor, como si se tratase de una plataforma para el despegue, para que cada integrante pueda ir hacia sus mejores posibilidades. Sino no se podría hablar de dispositivo (de operar sobre el devenir) o de intervención (de involucrar a los implicados).

Digamos que, para cualquiera, para el sujeto de esta modernidad, la amistad tendría que estar privilegiando al acompañamiento (de similar manera que en el la profesión descripta), como para gozar de su efecto terapéutico. Es decir, una apertura hacia la otredad, como capacidad para enfrentar violencias, en unos vínculos y lazos sociales, donde hay sujetos que son acompañantes y son acompañados. La diferencia, entre el vínculo terapéutico y estos otros cotidianos, estaría en la simetría o, en todo caso, en una asimetría ocasional que alterna posicionamientos subjetivos según la situación vincular.

En definitiva… ¿De qué se trata? ¿Qué es todo esto? Es incidir en tales construcciones simbólicas (porque eso es lo que son estas relaciones), resolviendo obstáculos y resistencias, comprendiendo tal proceso mientras se intenta alcanzar una meta, al efectuar una tarea o cuando se quiere obtener algún beneficio. Operando sobre los pensamientos, sentimientos y modos de obrar que van surgiendo, de una manera “artesanal” mientras se dialoga y se prueban cosas por hacer o compartir (ideas y estrategias).

Conclusiones

Los dilemas actuales demandan cambios práxicos y esto, salvando distancias y evitando confusiones, es algo complementario con la implementación de las políticas o las leyes. No se trata solo de economías y tecnologías, refiere al derecho de intervenir, plena y satisfactoriamente, sobre el universo simbólico en el que nos movemos. Es decir, derecho a recibir una educación y una socialización que brinde la oportunidad de operar sobre las situaciones vividas. Por lo menos, saber y poder decidir dentro de un conjunto más grande de posibilidades o elecciones.

La vida no tiene por qué ajustarse obligadamente a unos supuestos o seguir dictamen alguno, no tiene que someterse a nada ni fluir condicionada por ninguna estructura. Pero, tal “amistad” para con la vida está “violentada”, al parecer, se hace añicos con “la irrupción del otro”. Al predominar una mirada que se queda con la violencia engendrada en semejante encuentro, se torna evidente que nadie pudo, puede o podrá con tal liberación. Entonces, se imponen límites, se legitima un orden. Pero la historia nos muestra que cuanto más se lleva a cabo esta realidad, más violencia se genera.

El delito o la locura aparecen como males o enfermedades que hay que erradicar, sus portadores son perseguidos, aislados y privados de algunos o todos los derechos. Llegado el “momento del desencuentro”, cómo no vamos a “arrugar”41… Sin embargo, otras miradas son posibles. No puede ser que “el sistema” disponga cómo vivir y morir, cuando en realidad se trata del arribo en y el transito por una humanidad que merezca ser vivida (y “morida”), con amor y dignidad, donde sea posible trascender sufrimientos, más allá del confort y los bienes materiales.

Dentro de una cultura humanizante, sería el ejercicio de la crítica y la creación, mediante un sujeto que, aparte de estar “sujetado” a unas condiciones concretas de existencia, es capaz de cambiar tales condiciones y construir de manera mancomunada su realidad social.

Aunque suene utópico, un trabajo psicosocial como el descripto es posible. Es más, es la única manera de frenar a la violencia. Puedo decir que, desde la Psicología Social (mi orientación es “pichoniana”), he sido testigo de tales potencialidades y cambios (lamentablemente, desde la “deriva”42). Dos motivos son suficientes para avalar tal idea: Primero, es inútil intervenir sobre estos hechos de forma directa. Segundo, operar desde afuera de la vida cotidiana es “ponerle parches” a la situación.

Pichon afirmaba que la “macro-estructura social” nos trasciende, también que estamos determinados por nuestras “condiciones concretas de existencia”. Pero, concibió al sujeto como productor de tales condiciones (además de ser producido por sus tramas sociales). Es decir, la misma realidad en la que participamos nos supera (en muchos aspectos nos resulta difícil o casi una ilusión hablar de cambios o de mejoras) y, así y todo, sin embargo, sabemos que la operatividad y la creatividad tienen que ver con manipular el “existente” (el “ser- ahí”43 de Heidegger). Basta con alterar las cosas a nuestro alrededor, configurándolas según las necesidades, para que se produzca un efecto concomitante en esa dificultosa realidad. Aunque hay que resaltar algo obvio: cuanto más grande es el ámbito de desarrollo más gente o grupos se requieren. No es una regla general, sino algo lógico cuando uno salta de su pequeño entorno al mundo globalizado.

Quiero hacer una salvedad, antes de continuar. Me voy a tomar la libertad de usar “palabras lunfardas” o “términos informales”, creo que es mejor porque ilustra esta violencia sin tantas reservas y me permite quitarle la excesiva “dulzura” con la que generalmente se “saborea” a la amistad (sabor y saber tienen la mima raíz etimológica).

Así como no se puede negar que hay modelos hegemónicos, tampoco se puede negar la gran carencia que, a nivel mental y corporal, está afectando tanto a los jóvenes como a los adultos, a los sectores pobres y a los ricos, a las grandes ciudades y su periferia, tanto a países subdesarrollados como desarrollados, sin importar género o alguna otra diferencia que se quiera resaltar. Más allá de todo modelo, no sabemos elegir o creemos que debemos delegar tal derecho. Tal vez, apremiados por las necesidades, nos vemos compelidos a asumir una modernidad que no hemos elegido, aceptando la existencia del maltrato, el abuso y la segregación. Claro que todo esto puede cambiar, aunque la peor de las obviedades es que las resistencias provienen de todos nosotros. A pesar de las buenas intenciones o del ofuscamiento44 y el dolor, el cambio permanece “afuera” o “adentro” y nunca “en mano”45.

Cada uno aporta, junto con lo “bueno” o con lo que cree que es bueno, algo “malo” (o “neutro”) para la salud y la libertad general, algo que parece inevitable, como una “conducta suicida” o una “lógica del conformismo” articuladas con la sujeción al estatus del poder. Pero esto no es “natural”, es construido. De la misma manera que se construyó esta realidad o estas realidades violentas… se puede construir otra u otras más humanas o dignas. Claro que, al cambiar esas condiciones concretas que mantienen inercias… el sujeto cambia. Cambian las elecciones o se llevan a cabo mejores decisiones, cambia la subjetividad.

No hay normas que puedan reemplazar a la convivencia (recordemos que grupos y comunidades no son “rejunte”46 o “aguantaderos”47 de personas). Pero se la puede reducir a un espacio y un tiempo muy acotados: así toma la forma de “un refugio” y, como consecuencia, se “achica” la vida cotidiana a una pocas vivencias. Si desaparece la convivencia, “más peor”… más normas y más violencia (una agonía), sálvese quién pueda (un engaño). No hay peor desgracia que estar “preso en un calabozo sin paredes” y no me refiero a la agorafobia48

Después de todo… ¿Quién puede sobrevivir a la violencia? Por el terror a perder la vida, el miedo a sufrir o el temor a ser víctima, se va configurando una dura y cruel realidad. Si se la tolera es porque se aprendió a “carretearla”49, a operar de tal forma para “safar”50, esquivando y disimulando los “golpes”51 en una vida donde los vínculos y los lazos sociales están “rotos”, “flojos”, “desmantelados” o demasiado “ajustados” y “atados con alambre”. Por el contrario, si se asume el riesgo como algo propio de la vida (podemos hablar de un arriesgarse por y para la vida) iremos descubriendo otras alternativas.

Recapitulemos, estas relaciones tienen que ver con estructuras de las que emergen plusvalías. Son espacios y tiempos que se abren para la convivencia, otorgando oportunidades y fortalezas suficientes para hacer algo más que sobrevivir…

Estoy refiriéndome a la violencia como el resultado de una adaptación pasiva o anómala frente a las condiciones del entorno y a la amistad como adaptación activa o benéfica… pero tengamos en cuenta lo siguiente: la interacción es entre sujetos. La trampa está en considerar a las relaciones como mediadas por los objetos de estos sujetos, cuando en realidad son solo cosas (materiales o inmateriales) que funcionan de pretexto o sirven para la “tranza”52. Un vínculo o lazo no se puede reducir o simplificar a meros intercambios, acomodos, modificaciones o manipulaciones. Generalmente se ven como causas a estas cosas o hay unos factores que inciden, y es cierto, pero no es una cuestión de ambiente y nada más. La misma subjetividad está en juego y es eso lo que determina el cambio, a eso me refiero cuando digo “cambios en las condiciones concretas de existencia”. Son los sujetos, directamente implicados, los que efectúan tales movimientos. Sus relaciones se fortalecen o decaen, el ámbito correspondiente (individual, grupal, institucional o comunitario) se consolida e integra o se fragmenta y desintegra.

¿Quién se “la juega” (se expone y se arriesga por la vida)? El que, en algún momento, no “la deja pasar” (no disimula ni se evade). El que se pone de “portavoz”, de “lider”, de “saboteador” o de “chivo expiatorio” según convenga o así lo requiera el grupo. Pero, se opera sobre las cosas acomodándolas o se manipulan las circunstancias como se sabe y se puede… desde los pensamientos y sentimientos que se tienen, tratando de aguantar montos de afecto que se silencian por inexpresables, que se callan o se actúan de alguna manera, y también al descargarse emociones que se gritan o se ponen en acto de otras maneras. En ese intento, el sujeto cambia y se afirma o lucha por no cambiar y se niega. Quién más quién menos, todos los integrantes de ese entorno están en juego y, si pueden, se la juegan. Lo que sucede es que las interacciones varían, hay diferencias personales y diferentes posicionamientos o roles.

Hay actitudes o funciones y comportamientos, adjudicados y asumidos, que se viven sin inconvenientes o desde cierta estereotipia y precariedad. Son formas de operar que se combinan o se estorban, mantienen la cohesión o provocan rupturas. Que la convivencia se “funcional” o “disfuncional” no determina la viabilidad de la intervención o la existencia de un trabajo psicosocial. Dependerá de las ganas de afrontar el problema, del grado de violencia, del apoyo institucional y otras cuestiones que tienen que ver con “subsidios de energía” disponibles, ya que son situaciones que demandan esfuerzo y perseverancia.

Por eso, un individuo o un grupo aislado sería incapaz de acceder a una calidad de vida verdaderamente humana, no podría encarnar un cambio social en esa dirección. Tiene que haber “vínculo” y “grupo” o relaciones humanas…

Estos últimos párrafos suenan demasiado teóricos o rebuscados. Vayamos a la praxis, imaginemos situaciones: Por ejemplo, durante la abstinencia a un narcótico el procedimiento es reemplazarlo por otro (metadona53), disminuyendo las dosis hasta que el paciente supere el síndrome. La terapia también incluye estrategias psicológicas y sociales, destinadas a recuperar los vínculos y lazos afectados. Lo peor sería quitarle la droga y obligarlo a cambiar. Este no es el mejor de los ejemplos, pero servirá si evitamos absurdos paralelismos. Entonces, en una situación de maltrato, habrá un entorno o contexto de violencia que tendrá que ver con ciertas producciones de sentido que implican a los sujetos de esta manera. Víctima y victimario son, en muchos casos, roles complementarios. No es algo que se acepte fácilmente pero, en todo caso, lo que cuesta ver con claridad es cómo se ejerce la coerción o la dominación. Alguien que es maltratado y no puede salirse de la situación o alguien que maltrata y no puede cambiar, porque hay un otro (sujeto, institución o cultura) que no se lo permite o por el motivo que sea, actúa conductas que implican una adaptación pasiva. Darle consejos de cómo proceder sería tremendamente inútil o inculcarle otro comportamiento resultaría peligroso. Conviene, según sea el caso y la ocasión, ir acompañando y, gradualmente, trabajando la comunicación y la transferencia de aprendizajes que puedan incidir en un cambio subjetivo favorable. No hay garantías, pero lo que sí se sabe es que no se puede “combatir” tal violencia o “cubrirla” con una “sonsa amabilidad”. Si el sujeto cuenta con algo para sobrevivir o lo que hace le reporta algo, quién sabe qué puede suceder si pierde ese algo o si eso que creemos que le será útil le resulta peor.

Los miedos, ante la falta de contención y comprensión, se imponen. El otro puede resultar intolerable si me quedo con esos gestos o esas palabras que trae y que me hacen reaccionar o las situaciones pueden volverse catastróficas si remiten a “amores que atosigan” o “cuidados que invalidan”, también si hay “costumbres por defender” o “ideas que condenan”. Cada situación tiene lo suyo, lo ideal sería que haya una subjetividad, más o menos compartida, a través de la cual seamos capaces de trabajarla.

Entendamos que, en el contexto actual, la globalización del capitalismo no fue precedente válido para un cambio social en la humanidad ni introdujo algo favorable en este sentido, de la misma manera que no lo fue el asistencialismo (“welfarismo” o “estado de bienestar”). Todo lo contrario, las redes sociales, tal como hoy se nos despliegan, tienen que ver más con cosas que con personas. Redes que atrapan y limitan, al revés de como se las connotan, en vez de expandir elecciones, distribuir posibilidades o promover descentramientos subjetivos. Hay una apetencia, por parte del sujeto contemporáneo, a relacionarse con sus objetos como si fueran los portadores del erotismo54 mismo que necesita recibir de los demás. Muchos sostienen la idea de un fetichismo55 atravesando todos los planos de la vida. No es raro que las relaciones se hayan tergiversado, lo grave es que esto sucedió en detrimento de lo intra e interpsíquico (dentro del “bocho” y entre los “bochos”). Es lógico, cuando el sentido que prevalece es el de una economía que fomenta la imperiosa urgencia de consumir, como sinónimo de un estilo de vida que debe sostener el éxito de la empresa y del mercado. También es lógico que, como contraparte o correlato de esto, exista una economía del delito y la criminalización de la vida.

Al respecto Lipovetsky56, en “El reino de la hipercultura: cosmopolitismo y civilización occidental”, escribe: “Ya no estamos en el orden noble de la cultura que se define como vida del espíritu, sino en el “capitalismo cultural” en que las industrias de la cultura y la comunicación se imponen en tanto que instrumentos de crecimiento y motores de la economía. (…) significa, en un plano más antropológico, una nueva relación existencial con lo lejano (…) se afirma la experiencia cotidiana de un mundo globalizado, sea a través de las amenazas ecológicas, la difusión ‘aerotransportada’ de epidemias víricas, los imperativos universales del mercado, las crisis económicas, las migraciones y diásporas, los actos terroristas, los grandes acontecimientos mundiales (…)”

Así, indudablemente, no queda otra que “Cambalache57 for ever”… Alguien tiene que pagar por “los platos rotos”58, alguien debe “expiar59 las culpas”. Así es como, cada tanto, aparece un grupo etario60 o con determinados atributos que funciona como “chivo expiatorio”61. Mientras, el resto de la sociedad queda atrapada en una “lógica manicomial”. Unos, acomodados o tranquilizados, deambulando en busca de nuevos placebos, atentos a las ofertas de más bienes y mejores servicios y otros, acorralados o agazapados, intentando hacer la suya con lo que queda o se les tiene preparado desde las políticas de Estado y las ONGs.

No hace falta efectuar un análisis situacional o un diagnóstico psicosocial para corroborar que la subjetividad es como “una esponja”. Lo que ocurre, sean hechos o noticias, por sus combinaciones y ocasionales asociaciones, impacta sobre la misma. Recordemos que, al tratarse también de representaciones simbólicas, las interpretaciones y las actitudes están impregnadas de fantasías y producciones inconscientes. Lo que quiero resaltar es que, a pesar de todos los impedimentos que podamos argumentar o de tanta “cosa velada”, existen formas de ir hacia los dilemas…

Pronosticar un “cambio social” a través de un “cambio subjetivo”, es decir, hablar de una nueva objetividad y subjetividad, puede ser que sea motivo de susto o de burla… Tal vez, habrá quienes digan: “es posible” o “me gusta la idea” y otros que expresarán: “es imposible” o “es ridícula la idea”. Calculo que, al salirse de los marcos habituales o por no responder exactamente con los criterios científicos y culturales establecidos, esto no pasará de ser un escrito más o un sentimiento menos… o tal vez no y sirva para algo… por lo menos para ejercitar una praxis…

Propuestas

Honestamente, el párrafo anterior, como el tema de este trabajo, me dejan con “mariposas en el estomago” y eso me significa dos cosas: amor y miedo. Puedo hablar de amor, no tengo problemas para adosarlo a las teorías e hipótesis. No mezclo mi vida privada con mi vida profesional, pero sí indago y me meto en la vida cotidiana. No no me da vergüenza, me considero “acompañado” y “acompañante”. Por eso puedo hablar también del miedo (sino sería tan solo un romántico), por dignidad y por profesión.

Tal vez, tendría que haber escrito más acerca de vínculos y grupos o de dispositivos e intervenciones desde esta perspectiva pichoniana. No sé… No quiero hacer de la misma una especie de “prescripción médica”, menos un dogma… pero bueno… vaya entonces este intento de propuesta…

El vínculo es “triangular”, además de dos sujetos esta lo que se conoce como “tercero estructurante”. Este “otro” presente en la relación (bicorporal y tripartita), representa razones y recursos disponibles para los sujetos. Será la tarea que encaran o cualquier articulación entre ambos. Bisagra, como sostén y vaivén, para la comunicación y el aprendizaje.

Siempre que esté tal dinámica, habrá un sentido por el cual esta relación podrá ser connotada como “especial” o diferente a otras “comunes”. Como vimos, esto diferente es el afecto. Solo el amor (en cualquiera de sus formas) puede explicar la existencia de este tipo de relación social, siempre vigente, a pesar de tanta violencia. Claro que, de no prevalecer frente a otras afectaciones, por problemas con el tercero, la relación se altera negativamente.

Lo visto en términos de “amistad” y “acompañamiento” tiene que ver con esto, con mantener y recomponer vínculos. Entonces, “lo cosificado” o “los fetiches” son todo lo contrario. Los problemas empiezan cuando los sujetos quedan “empantanados” en las cuestiones del tercero que, al fin y al cabo, representa también a la cultura.

Lo visto en términos de “grupo” y “comunidad” guardan un paralelo con lo anterior. Cada sujeto trae, desde sus vínculos, infinidad de cosas y afectaciones que podrán ser de utilidad o no, que podrán generar violencia o no. Cada uno sacará del proceso y la experiencia grupal algo… una satisfacción y un aprendizaje directamente proporcional a lo que puso (lo que se animó a poner de todo lo que trajo). La técnica “Grupo Operativo” está pensada para eso, es un dispositivo que se adecúa para permitir la resolución de las necesidades (materiales y afectivas) de sus integrantes. Trabajar sobre las ansiedades, mientras se trabajan las tareas programadas o habituales, es la forma de revisar conductas estereotipadas, desavenencias, contradicciones y desencantos. O sea, violencias sobre sí y los demás, obstáculos que impiden la realización de lo que el grupo o la comunidad tiene proyectado o acordado como finalidad. En definitiva, obstáculos que se anteponen a la fluidez de la vida, por su relación con los proyectos vitales de los sujetos (lo proyectado en lo cotidiano proveniente de sueños, anhelos, deseos o inquietudes).

Una clásica definición de Grupo Operativo, dada por Pichon, es la siguiente: “Conjunto de personas que, ligadas por constantes de tiempo y espacio y articuladas por su mutua representación interna, se proponen en forma explícita o implícita llevar a cabo una tarea que constituye su finalidad, interactuando a través de complejos mecanismos de adjudicación y asunción de roles”

Gladys Adamson62 explica: “(…) es un dispositivo caracterizado por ser un colectivo entendido como unidad de lo múltiple, de estructura compleja ya que incluye las posiciones o roles de Integrante, Coordinador y Observador pero que, como roles, responden a un tercero estructurante que es la Tarea”. Y reflexiona: “La técnica de Grupo Operativo nos sitúa en la problemática del «qué hacer», del «saber hacer» en la Psicología Social pichoniana. En la formación de la Psicología Social hay una dimensión de lo transmisible: la producción conceptual que se informa a través de las clases y la bibliografía. Pero hay otra dimensión: de lo no transmisible que es la que emerge sin explicitación alguna a través de la misma experiencia como integrante de Grupo Operativo.”

El dispositivo “ortodoxo” del Grupo Operativo incluye 4 momentos:

  1. Clase o información.
  2. Reunión del grupo (el docente o responsable del momento 1 no participa).
  3. Reunión del equipo de coordinación (observador/es y coordinador/es).
  4. Informe

Lo expuesto es una parte de todo lo que envuelve el ECRO de Pichon Rivière (Esquema Conceptual Referencial Operativo). Sin el cual no habría praxis, pero el mismo no es la praxis…

Si la praxis es una mezcla de acción y reflexión, una “sistematización” de experiencias o un conjunto organizado de vivencias, en fin… algo que no es un ECRO… entonces, en este caso, será la “cancha”63 para operar. Tendrá que ver con poder escuchar al otro, con acompasar y atender lo que resuena, con hablar solo cuando se crea que se tiene algo útil que aportar, con  brindar apoyo y contención, con compartir y fomentar la colaboración. En síntesis, la praxis es co-operación: operar en conjunto o de manera mancomunada.

El complejo amistad-violencia, con sus ambivalencias, nos interpela. Más nos implicamos, mejor lo entendemos, y viceversa. No es lo que “digo yo” o lo que “dijo Pichon”, es praxis…

  • Licenciada en Psicología y Dra. en Psicología social. Ha escrito varios libros, capítulos de libros y artículos en revistas científicas. Directora de la Escuela de Psicología Social del Sur.
  • Poder aplicar conocimientos e improvisar. Articular un saber o habilidad con el carácter y el ánimo que la situación requiere.

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Retamar Alberto. (2015, noviembre 12). Praxis social y los símbolos: la debacle amistad y violencia. Recuperado de https://www.gestiopolis.com/praxis-social-y-los-simbolos-la-debacle-amistad-y-violencia/
Retamar, Alberto. "Praxis social y los símbolos: la debacle amistad y violencia". GestioPolis. 12 noviembre 2015. Web. <https://www.gestiopolis.com/praxis-social-y-los-simbolos-la-debacle-amistad-y-violencia/>.
Retamar, Alberto. "Praxis social y los símbolos: la debacle amistad y violencia". GestioPolis. noviembre 12, 2015. Consultado el 25 de Mayo de 2019. https://www.gestiopolis.com/praxis-social-y-los-simbolos-la-debacle-amistad-y-violencia/.
Retamar, Alberto. Praxis social y los símbolos: la debacle amistad y violencia [en línea]. <https://www.gestiopolis.com/praxis-social-y-los-simbolos-la-debacle-amistad-y-violencia/> [Citado el 25 de Mayo de 2019].
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