Trabajo de las mujeres en las maquiladoras de México

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Resumen

La frontera de México con Estados Unidos representa un espacio emblemático de los procesos de globalización debido a la instalación de numerosas plantas ensambladoras conocidas como maquiladoras desde fines de los sesenta. Este hecho propició la masiva contratación de mujeres y, la lenta conformación de un proletariado feminizado a lo largo del país, lo que mostró una fuerte asociación entre los procesos de transnacionalización productiva y la participación remunerada de las mujeres. En el texto que se presenta se pretende discurrir sobre la convergencia de las maquiladoras, el trabajo y las mujeres, como una relación compleja, que ha logrado ser captada por los estudiosos de este fenómeno durante casi cuatro décadas. Con esta intención se revisó algunos de los principales materiales de la producción académica e institucional más difundida de los últimos años en México. A partir de esta revisión, se espera mostrar la complejidad que representa estudiar la realidad laboral de las mujeres y la necesidad de reconocerlas como seres sexuados en el mundo del trabajo.


Con base en el documento “Geografía del trabajo femenino en las maquiladoras de México” de la Dra. María Eugenia de la O Martínez


Abstract

The Mexican-US border represents an illustrative example of the globalization processes due to the installation of assembly plants known as maquiladoras since the late sixties. This lead to massive employment of women and with it to a slow configuration of a female proletarianization in all of Mexico, which showed a strong correlation between the transnationalization of production process and the participation of working women. This article examine the convergence between maquiladoras, jobs and female employment as a complex relation that researchers have been trying to portray for almost four decades. With this in mind this paper reviews some of the main and well known academic and institutional analysis for the last few years in Mexico. This review should help to understand the complexity of female employment studies and the need to recognize these women as a distinct gender in the working world.

Introducción

El trabajo de las mujeres en contextos globales ha sido un tema esencial en múltiples estudios sobre zonas libres para la exportación y, sobre procesos de internacionalización del trabajo en diversos países durante las últimas décadas. La frontera de México con Estados Unidos representa un espacio emblemático de tales procesos, debido a la instalación de numerosas plantas ensambladoras conocidas como maquiladoras desde fines de los sesenta. Este hecho propició la masiva contratación de mujeres y, la lenta conformación de un proletariado feminizado a lo largo del país, lo que mostró una fuerte asociación entre los procesos de transnacionalización productiva y la participación remunerada de las mujeres.

Tal fenómeno despertó el interés de antropólogos, historiadores, sociólogos y economistas, entre otros, por explicar las consecuencias de la presencia masiva de mujeres en las maquiladoras durante casi cuatro décadas en México. Numerosas investigaciones sobre las condiciones de trabajo, la flexibilidad laboral, los modelos culturales de género, la movilidad transnacional del capital, las modificaciones del trabajo reproductivo de las mujeres y las formas de organización sindical, reflejan el interés de los investigadores sobre la diversidad de prácticas en la fuerza de trabajo femenina.

El texto que se presenta a continuación pretende discurrir sobre la convergencia de las maquiladoras, el trabajo y las mujeres, como una relación compleja, que ha logrado ser captada por los estudiosos de este fenómeno durante casi cuatro décadas. Con esta intención se revisó algunos de los principales materiales de la producción académica e institucional más difundida de los últimos años en México. A partir de esta revisión, se espera mostrar la complejidad que representa estudiar la realidad laboral de las mujeres y la necesidad de reconocerlas como seres sexuados en el mundo del trabajo. El objetivo de este documento no es ofrecer la reconstrucción exhaustiva de los estudios efectuados durante este periodo, sino identificar el uso de categorías analíticas sobre el trabajo de las mujeres en estas fábricas.

Cabe señalar que algunos de los principales retos en este escrito fue identificar la confluencia de estudios sobre la mujer en la maquiladora con las incipientes perspectivas de género. Así como la influencia de las diferentes disciplinas académicas, de organizaciones no gubernamentales y, en algunos casos, de activistas en las investigaciones llevadas a cabo.

Lo que sigue en este trabajo son algunas breves reflexiones sobre la naturaleza y la construcción del significado del trabajo de la mujer en la industria maquiladora, a través de algunos de los principales estudios realizados entre 1970 y el 2000. En la primera parte del texto, se aborda brevemente las condiciones de surgimiento de la maquiladora en México y su impacto en el empleo femenino, lo que permite contextualizar el tema del artículo. En la segunda parte, se analiza las influencias teóricas en las investigaciones realizadas en México sobre las mujeres y las maquiladoras, así como el ordenamiento de las dimensiones más importantes en el conjunto de estudios revisados.

Las maquiladoras en México

Las maquiladoras surgieron en 1965 como parte de un proyecto alternativo de industrialización para las ciudades de la frontera con Estados Unidos, que se concretó legalmente en 1966 con el Programa de Industrialización Fronteriza, cuya función era proveer de empleo a cientos de trabajadores al finalizar el Programa de Braceros que se tenía establecido con Estados Unidos. Las primeras maquiladoras se establecieron bajo el sistema de Zona Libre y Franjas Fronterizas en las ciudades de Tijuana, Ciudad Juárez, Matamoros, Mexicali y Nogales, en las que regían programas de desarrollo industrial fronterizo y se gozaba de un régimen arancelario y fiscal especial.

El crecimiento de esta industria dependió en gran medida de los ciclos de la economía estadounidense, especialmente entre 1975 y 1976, cuando la recesión provocó la reducción de jornadas de trabajo, la suspensión temporal de trabajadores y el cierre definitivo de varias empresas en la frontera norte. No fue sino hasta 1983, cuando esta actividad logró reactivarse gracias a los ajustes a la ley de inversión extranjera y a una política centrada en la promoción del sector exportador en el país.

En sus primeros años estas fábricas se caracterizaron por el uso intensivo de la fuerza de trabajo en actividades de ensamble, atendiendo al esquema de ventajas comparativas en cuanto a la abundancia y bajo costo de la fuerza laboral, empleando especialmente a mujeres jóvenes. Sus vínculos productivos con empresas locales fueron escasos, con niveles tecnológicos atrasados y poca formación de obreros (Carrillo y Hernández, 1985; Fernández-Kelly, 1983; Gambrill, 1981).

Para fines de los ochenta, el gobierno mexicano amplió la gama de programas que permitían actividades exportadoras, diversificando las formas legales3 para la inversión transnacional. Además se observó el uso de tecnologías de punta y procesos automatizados en algunas plantas asociadas con firmas líderes a nivel mundial, aunque predominaron los procesos de ensamble intensivos en fuerza de trabajo. Lo que abrió la posibilidad de recurrir a trabajadores en condiciones flexibles y en un contexto de alta desregulación laboral.

En este periodo se comenzó a observar la movilidad de las maquiladoras hacia diversas ciudades debido a la modificación de los programas exportadores por parte del gobierno. Lo que permitió que las plantas ensambladoras se ubicaran en casi cualquier parte del país, en donde hubiera ventajas competitivas salariales e infraestructura industrial que permitieran diversificar las estrategias corporativas de las transnacionales.

Algunas maquiladoras se establecieron en comunidades rurales relativamente pequeñas y aisladas en ciudades del noroeste, norte y noreste de México, con la ventaja de contratar trabajadores locales exclusivos para estas empresas. Otras plantas se localizaron en ciudades medias y urbanas de esta misma región, aunque con infraestructura industrial y perfiles laborales diversos. La movilidad de las maquiladoras definió un segundo eje de actividades de ensamble en el país, en ciudades que se caracterizaron por el declive de sus actividades económicas centrales; como el cultivo de algodón o la extracción de recursos carboníferos, lo que permitió contar con grandes contingentes de la población sin empleo.

La expansión de estas fábricas propició patrones de especialización productiva en diversas ciudades, principalmente en actividades de confección y de electrónica, que aportaron la mayoría de los empleos de esta actividad a nivel nacional con 73% y 54.3% de los establecimientos respectivamente (INEGI, 1989).

La importancia de la maquila en el empleo regional creció en los noventa, ante la perspectiva de vender su producción en el mercado doméstico y continuar bajo un esquema de mano de obra barata y estímulos fiscales de los gobiernos locales, lo que propició el desplazamiento de las maquiladoras hacia el centro-occidente y sur del país. Para enero de 2005 se calculaba había más de 441 000 trabajadores de la maquila en ciudades no fronterizas, con predominio del empleo femenino en la industria de la confección y del vestido (INEGI, 2005).

Las mujeres en la industria maquiladora de México

Cuando el programa maquilador inició en la frontera norte de México se ofreció empleo a mujeres jóvenes especialmente, pero hoy en día, los hombres representan un importante contingente laboral en esta actividad. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Geografía e Informática, en febrero de 2006 se había contratado a un total de personal de 1 176 155, del cual 424 660 eran obreros varones y 499 061 eran mujeres en la misma posición. Lo que indica la progresiva des-feminización del empleo desde que las maquiladoras se instalaron en el país, si se considera que cambió la relación de 28 hombres contratados por cada 100 mujeres en 1975 a 86 varones por cada 100 mujeres en 2004.

Al respecto se podría identificar por lo menos tres ciclos del empleo femenino en las maquiladoras. El primero indica la propagación de empleos femeninos con bajas remuneraciones en la frontera norte durante los setenta y los ochenta. El segundo, corresponde a la des-feminización del empleo en la maquila, al observarse mayor dinamismo en la contratación de varones con respecto a las mujeres en casi todo el país en los ochenta y los noventa. El tercer ciclo muestra un proceso de re-fdel trabajo en las maquiladoras del centro y sur de México. Se podría hablar de un cuarto ciclo producto de la desaceleración económica de las maquiladoras en el 2000, que significó la pérdida de puestos de trabajo para miles de mujeres. Entre el 2000 y el 2003 éstas perdieron 122 mil puestos de feminización trabajo, que equivalió a 21.2% del empleo a nivel obrero, en tanto los varones perdieron 82 mil plazas, que equivalió a 17.6% del empleo obrero de la maquila.

Si bien el empleo en las maquiladoras de México se ha ido transformando durante cuatro décadas, todo parece indicar que los cambios más desfavorables los han experimentado mayormente las mujeres.

Cuando las ensambladoras iniciaron actividades en la frontera norte del país, las mujeres constituyeron la fuerza de trabajo requerida por los empleadores, lo que contribuyó a la formación de un mercado de trabajo feminizado. Con el paso del tiempo, se observó una mayor especialización productiva en las empresas en contextos de crisis económica, lo que abrió el mercado de trabajo de las maquilas a los varones, afectando la ocupación de las mujeres al reorientarlas a segmentos laborales de menor remuneración. Recientemente, la expansión de actividades maquiladoras al interior del país se asocio con el resurgimiento de patrones feminizados de trabajo en la maquila, aunque en nichos de menor oportunidad como la confección.

Estos hechos dan como balance un largo proceso de segmentación ocupacional por género en las maquiladoras, en primer lugar, con respecto al tipo de oportunidades de trabajo para mujeres en comparación con los varones y, en segundo lugar, al tipo de garantías laborales a los que se enfrentan debido a los nuevos esquemas de contratación, los que propician vulnerabilidad ocupacional al incrementarse los trabajos temporales, inestables y con menores beneficios.

De ser los trabajos de la maquila los únicos disponibles para las economías deprimidas significaría que este tipo de condiciones de trabajo podrían extenderse al resto del mercado laboral en el país. Lo que muestra la necesidad de comprender lo que ocurre con los miembros más vulnerables de la fuerza de trabajo en las maquiladoras. Se podría afirmar, que cada vez más las los varones se colocan en un plano de competencia abierta frente a las mujeres por conseguir trabajos en la industria maquiladora.

Aunque con resultados y oportunidades desiguales, debido a las condiciones estructurales que impone la maquiladora en cuanto a políticas de contratación local y al deterioro generalizado de las condiciones de trabajo en el país.

Cuatro décadas de estudio de las mujeres en las maquiladoras

El trabajo de la mujer en contextos de internacionalización productiva logró visibilidad debido a sus implicaciones para las economías subordinadas, lo que generó el interés de estudiosos por conocer este fenómeno a través de estudios comparativos en diferentes zonas francas en el mundo. Uno de los supuestos con más peso fue la lenta conformación de una gran área de producción para la exportación así como de un proletariado periférico feminizado en numerosos países, como México.

Bajo este enfoque se buscó asociar a los procesos de internacionalización productiva con el trabajo de las mujeres en empresas transnacionales situadas en economías en desarrollo (Sassen, 1998).

Además de evaluar los costos sociales para las mujeres, con respecto a sus oportunidades de trabajo en empleos vulnerables y ofrecidos por empresas extranjeras orientas a la exportación. Lo que mostró la necesidad de entender la relación entre los cambios económicos globales y la participación femenina.

Al respecto es posible identificar por lo menos tres ejes de análisis relevantes desde esta perspectiva (Sassen, 1998). El primero corresponde a estudios realizados en los sesenta y los setenta sobre el impacto de las empresas extranjeras en países con producción doméstica y economía de subsistencia, denunciando la desarticulación de estos sistemas de economía tradicional frente al avance de la moderna empresa capitalista. En este contexto, a las mujeres se le reconoce un doble rol; como encargadas de la subsistencia de la fuerza de trabajo y, como mano de obra barata para estas empresas (Boserup, 1970; Deere, 1976).

Un segundo eje de estudios fue sobre los efectos de la internacionalización de la producción en países no industrializados en los ochenta. Se analizó los criterios de localización de estas empresas así como el tipo de trabajo que generaban, cuya base se encontraba en el trabajo femenino barato, favoreciendo un patrón de feminización del proletariado industrial en países pobres. Bajo este supuesto se realizó numerosos estudios sobre empresas transnacionales de la confección y de la electrónica en varios países. Destacan los escritos de Linda Lim (1980), Helen Safa (1981), Patricia Fernández-Kelly (1980) y Saskia Sassen (1993) entre otros. De esta forma, el trabajo de las mujeres jóvenes y pobres se convirtió en el centro paradigmático en la comprensión de la movilidad del capital transnacional y del significado del trabajo femenino.

En posteriores investigaciones se advirtió sobre la transferencia de habilidades y disposiciones femeninas reconocidas en el hogar, hacia el trabajo en empresas multinacionales, bajo esta perspectiva la “docilidad y la destreza” femenina se convirtieron en características necesarias para el trabajo “minucioso y repetitivo” del ensamble. En contraste, a los hombres se les reconoció como “no fiables” para el este tipo de trabajo, por lo que los estereotipos del trabajo según género, se erigieron en el telón de fondo para explicar la presencia masiva de mujeres en industrias exportadoras del tercer mundo (Selzinger, 1997).

Finalmente, en un tercer eje de análisis destaca el impacto del capitalismo global en las sociedades locales, al vincular el papel de las ciudades globales en la incorporación del trabajo de mujeres pobres e inmigrantes en actividades transnacionales. Bajo esta perspectiva los sujetos en cuestión han normalizado su presencia como parte del escenario global, al mismo tiempo que los trabajadores tradicionales de la gran industria comenzaron a des-estructurarse, para dar paso a la formación de una clase inserta en ciudades globales, compuesta por grandes volúmenes de mujeres, jóvenes e inmigrantes (Saskia Sassen, 2000).

El feminismo post estructuralista discernió sobre la formación de varias de las categorías en torno al género y al trabajo por su uso acrítico y ahistórico (Scott, 1988; Baron, 1991; Selzinger, 1997), planteando la necesidad de investigar la forma en que se establece las características de género en ámbito del trabajo mediante el análisis de narrativas populares, en las que se describe y despliega imágenes sobre el trabajo de las mujeres “explotables” (Selzinger, 1997).

También destaca el enfoque del nuevo feminismo, en el que se busca dimensionar los efectos culturales de la globalización en las tradiciones previas del trabajo femenino5. Algunos de los temas más relevantes versan sobre las mujeres inmigrantes y el cambio en los modelos de género, la formación de hogares en comunidades transnacionales, la conformación de unidades domésticas bajo procesos económicos globales, las nuevas representaciones de género en el trabajo y las recientes formas de solidaridad internacional. Pero, ¿cómo han sido abordadas estas temáticas para el caso de las mujeres en las maquiladoras en México?

Mujeres y maquiladoras en los setenta: “Muchas, bonitas y baratas”

Durante los setenta y parte de los ochenta, la referencia para explicar el trabajo de las mujeres en las maquiladoras fue el fenómeno de la internacionalización de la producción. Algunas de las primeras investigaciones se basaron en el esquema de las ventajas comparativas al tratar de explicar el uso intensivo y extensivo de fuerza de trabajo femenina, caracterizada como “barata, abundante y sin experiencia laboral”, como aparentemente lo encarnaban las mujeres de la frontera norte de México (Rosado, 1976; Escamilla y Vigorito, 1977, Gambrill, 1981; Carrillo y Hernández, 1985; Iglesias, 1985; Arenal; 1986; Lailson, 1988; Fernández Kelly, 1980 y 1983; Barajas y Rodríguez, 1992).

A pesar de que en un principio la localización de las maquiladoras en la frontera norte respondió a una estrategia para generar empleos para los inmigrantes mexicanos, debido al término del Programa Bracero suscrito con Estados Unidos, lo que aparentemente provocaría el retorno masivo de varones a la región. Pero al ocurrir el fenómeno inverso, varios estudiosos se centraron en la retórica del valor del trabajo femenino y la importancia del patriarcado para comprender la presencia femenina masiva en las maquiladoras.

En este periodo predominaron investigaciones que buscaban evaluar el tipo de trabajo que se ofrecía a las mujeres en las maquiladoras, enfocándose en temas sobre las condiciones salariales y de trabajo, la calidad del empleo, la salud ocupacional y los primeros análisis sobre la sindicalización y la organización laboral, entre otros. Se recurrió principalmente a estudios de caso de sectores de electrónica y de ciudades relevantes en la frontera norte (Murayama y Muñoz, 1979; Fernández-Kelly, 1980 y 1983; Gambrill, 1981; Carrillo y Hernández, 1982 y 1985; Hernández, 1988; Barrera, 1990; Denman, 1991; Barajas y Rodríguez, 1992).

Un enfoque que destacó se refirió al patriarcado, entendido como la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y, la ampliación de éste en las relaciones de trabajo y en la sociedad en general. Bajo este supuesto se estudió la subordinación de las mujeres en las fábricas y, se analizó la valoración de su trabajo definido como descalificado frente a una mejor valoración del trabajo masculino (Tiano, 1990 y 1994). Al contrario, en otros estudios se planteó que la inserción de las mujeres al trabajo en la maquila favorecía su liberación de hogares patriarcales y le ofrecía nuevas oportunidades laborales.

Aunque en otros estudios se afirmó que el trabajo en la maquila era una nueva forma de explotación en contextos de familias incapaces de vivir de un sólo salario y en condiciones impuestas por una industrialización exportadora en la frontera. Es decir, bajo un crecimiento urbano acelerado y con poblaciones migrantes presentes en la región, con el consabido encarecimiento de los servicios y de las condiciones de bienestar (Seligson y Williams; 1982; Catanzarite y Strober, 1989; Tanori, 1989; Nisonoff, 1999).

De alguna forma estos estudios permitieron debatir sobre los espacios público y privado para distinguir las condiciones de vida y de trabajo de las mujeres en las maquiladoras. Se trató de un campo de interés sobre la asignación de espacios diferenciados, con una aparente ruptura con el hogar para las mujeres a través del trabajo remunerado. Sin embargo, los varios estudios de caso mostraron la complejidad de la asignación de los espacios públicos y privados para hombres y mujeres obreros en la frontera norte. Lo mismo ocurrió con el tema de la participación política bajo esta dicotomía, ya que durante los setenta y los ochenta, varios movimientos sindicales en diferentes ciudades de la frontera se vincularon con movimientos de carácter urbano popular y partidista, en los que confluían la participación sindical, la lucha por derechos ciudadanos y el respeto por el voto, en los que las mujeres participaron activamente (Quintero, 1990; Barrera, 2000).

En varios de estos trabajos se observó el interés por los testimonios de las trabajadoras, lo que permitió dar voz y presencia a las mujeres, propiciando un enfoque sobre sus mentalidades y revalorando el testimonio y la historia oral sobre sus vidas cotidianas (Iglesias, 1985; Arenal, 1986;

Hernández, 1988; Fernández-Kelly, 1990; Tiano, 1990). Asimismo, estas investigaciones permitieron identificar temas de fondo, como el uso de los estereotipos de género en el trabajo, la segregación ocupacional y los costos sociales para las mujeres en empresas transnacionales. Aunque una limitación seria en algunas de estas propuestas radicó en basar su análisis casi exclusivamente en la condición de sexo, es decir, en enfocar la presencia femenina como el eje de análisis central sin otras articulaciones con la realidad social.

Se podría afirmar que los primeros estudios sobre las mujeres en las maquiladoras partieron de categorías tradicionales bajo un principio de neutralidad para analizar su trabajo, lo que dio paso a considerarlas como trabajadoras de segunda clase y de bajo valor económico. Como consecuencia, la mujer como sujeto económico fue calificada como débil y pasiva, como así lo consignan numerosos estudios con leyendas sobre el trabajo barato y abundante en la frontera, o sobre las manos finas y hábiles de las mujeres, lo que claramente reflejaba el pensamiento de los empleadores de la época, las mujeres en las maquiladoras son “muchas, bonitas y baratas”. De esta forma, la convergencia del discurso de los empresarios con los hallazgos de investigación definió al trabajo femenino como no calificado, débil y marginal, así como mano de obra temporal y parte del ejército industrial de reserva.

Se podría decir que se trató de dos sentidos de un mismo fenómeno; del sentido económico de la incorporación de la fuerza de trabajo y del sentido simbólico de la valorización de esta experiencia (Borderías, 2003: 58).

Los ochenta: Entre la des feminización y la masculinización del trabajo

Durante esta década las investigaciones reflejaron el impacto de los procesos económicos y sociales presentes en México, como la crisis económica y la aplicación de políticas de ajuste. Este periodo se vio marcado por el proceso de devaluación de la moneda nacional, el rápido deterioro de los salarios reales, la implementación de programas de modernización, los recortes drásticos a los subsidios sociales, la privatización de empresas del Estado, y sobre todo, la promoción de políticas para la exportación.

Una de las consecuencias de esta etapa fue la expulsión de un gran número de fuerza de trabajo, lo que influyó en la reorientación de las actividades remuneradas para los hombres y las mujeres (Benería; 1992). Por una parte, los sectores de empleadores tradicionales de fuerza de trabajo masculina, como la agricultura y la industria de la transformación, manifestaron su incapacidad de generar nuevas ocupaciones, en tanto el ritmo de incorporación de las mujeres aumentó (Rendón, 1993). De esta forma, se observó la tercerización de la economía y el incremento de actividades en pequeña escala y por cuenta propia en el comercio y los servicios. Estos trabajos fueron desempeñados básicamente por fuerza de trabajo masculina, por lo que algunos autores plantearon la “masculinización del comercio y los servicios”, principalmente en la Ciudad de México y Guadalajara (Rendón, 1993).

De manera paralela, en las principales ciudades de la frontera norte de México, la industria maquiladora se convirtió en una de las principales generadoras de empleo para los varones. A raíz de la disminución de oportunidades de trabajo para éstos, tanto en la industria nacional como en empleos medianamente remunerados de otros sectores. En este contexto, adquirió importancia el tema de la división sexual del trabajo en sus aspectos demográficos, a través del estudio de los determinantes de la participación laboral, la inserción al trabajo remunerado extradoméstico y los aportes a la unidad familiar.

El impacto de la modernización en el reparto del trabajo fue otro tema recurrente. Especialmente sobre la incorporación de varones a las maquiladoras, lo que dio pie a las primeras interpretaciones sobre la “masculinización” de la fuerza de trabajo en este sector7 (Catazarite y Strober, 1989).

En estudios posteriores se reconoció que la recomposición del empleo femenino también estaba influenciada por los cambios tecnológicos y de organización del trabajo en las industrias maquiladoras. Lo que propició la creación de nuevos perfiles laborales, orientados hacia actividades masculinas, como ocurrió en las autopartes y la electrónica (Barajas y Rodríguez, 1992; Carrillo, 1994).

De esta forma, a fines de la década de los años ochenta, la contratación de varones en puestos técnicos, de almacenamiento, reparaciones y actividades de operación, se habían incrementado. Por primera vez, las mujeres habían dejado de ser la mano de obra predominante en las maquiladoras, aunque continuaron ocupando masivamente los puestos de operadoras en las líneas de producción, reavivando el contenido de género para las oportunidades de trabajo (Salzinger, 1992; De la O, 1995 y 1997).

En estudios posteriores se propuso ampliar la comprensión de la dinámica del empleo femenino en las maquiladoras a partir de las condiciones impuestas por el estilo de desarrollo económico en cada región, las opciones de empleo predominantes en el mercado de trabajo, los perfiles sociodemográficos y las características de alta inestabilidad predominantes en las maquiladoras. De esta forma, se concluyó a principios de los noventa, que los hombres en la maquila eran relativamente más jóvenes que las mujeres y que éstas fábricas presentaban una débil capacidad para ofrecer trabajos estables y de larga duración, lo que afectó tanto a hombres como a mujeres, no obstante, los hombres tendían a buscar mejores oportunidades de empleo. Y, por último, que el ciclo de vida en ambos sexos tenía un efecto diferente sobre los patrones de inserción y participación laboral en esta industria (Canales, 1996; Salles y Rubalcava, 2002).

Estas propuestas permitieron ampliar el debate sobre la masculinización y la desfeminización de la fuerza de trabajo en las maquiladoras.

Menos frecuentes fueron los estudios sobre la ausencia de servicios sociales por parte de las empresas y el Estado, ante el déficit de asistencia a la salud, guarderías, vivienda y servicios en las ciudades fronterizas. Estos recursos eran desarrollados mayoritariamente por mujeres a través de medios informales y de redes familiares (Valdéz-Villalva, 1986; Kim, 1998 y 2001; Kopinak, 1996).

Estos estudios mostraron la importancia de la movilización por la subsistencia y, que los espacios de consumo, las redes de relación, el barrio y la ciudad, son territorios en donde las mujeres han ejercido prácticas y modos de intervención propios, en contextos sociales y culturales que definen la actividad femenina (Barrera, 1990).

De alguna forma, estos hallazgos permitieron abordar el debate sobre lo público y lo privado, la reproducción y la producción, como esferas que se dificultan analizar separadamente de las prácticas del trabajo doméstico y del trabajo asalariado, lo que llevó a reconocer la doble presencia de la mujer en este tipo de sociedades.

Se podría afirmar que en los ochenta y, a raíz de la consolidación de la industria maquiladora en el país, el trabajo femenino adquirió mayor complejidad, desvelando la importancia de los procesos económicos y sociales del contexto mexicano. De esta forma, el tema de las relaciones entre clase, sexo y patriarcado para explicar la opresión del trabajo de las mujeres de la maquila, convivió con los recientes aportes sobre la desfeminización del trabajo. La paradoja en estos estudios fue continuar considerando al trabajo de las mujeres como secundario y ejercido por un sujeto débil y pasivo, a pesar de su visibilidad, capacidad de agencia e importancia por más de dos décadas en las maquiladoras instaladas en el país.

Los temas sobre la participación de la mujer en el mercado de trabajo de la maquila, las estrategias laborales de los sujetos en la crisis y la rotación del trabajo fueron temas abordados por sociólogos, antropólogos y demógrafos durante este periodo. De tal forma que en el discurso académico de los ochenta, se enfatizó más la condición de las mujeres en las maquiladoras, y menos su relación con otros sujetos sociales en el ámbito político y social.

Los noventa y el nuevo milenio: Entre la flexibilidad, el género y la globalización

Durante este periodo los planteamientos sobre la globalización y la flexibilidad laboral cambió la forma de comprender el trabajo y la experiencia de mujeres y hombres en el mercado de trabajo de la maquila. En este contexto, a partir de estudios de caso en fábricas ensambladoras, se logró identificar modificaciones en los sistemas de organización del trabajo, en el reclutamiento de mano de obra y en el reparto de las tareas, las que no eran ajenas al sexo. Es decir, que los recursos de la flexibilización y de las nuevas formas de contratación, como el tiempo parcial, dependían de la posibilidad de contratar mujeres.

A partir de este supuesto se llevó a cabo estudios de caso en diferentes ciudades de la frontera y, en aquellas regiones en donde se habían asentado industria maquiladoras en el país, encontrando evidencias de nuevos horarios de trabajo, jornadas más flexibles y formas de remuneración asociadas con la productividad. Aunque operando bajo una clara segmentación de género en los puestos de trabajo y en las oportunidades de movilidad ascendente (Salzinger, 1992; Carrillo, 1994;del trabajo de las mujeres en contextos de modernización productiva y de flexibilidad, develó la complejidad de las competencias o “calificaciones” femeninas, si se entienden desde el punto de vista de los valores y de la cultura. La que difiere de una comprensión de este fenómeno desde la segregación sexual del trabajo, la feminización y la jerarquización por categorías. Bajo estos criterios, el trabajo de la mujer se define como no calificado. Pero si se complejiza este análisis desde el enfoque de la división sexual del trabajo, los valores y la cultura, el trabajo “abundante, barato y joven” adquiere otras dimensiones.

Lo mismo ocurre respecto a las formas de inserción laboral de la fuerza de trabajo a la maquila, en donde prevalecen valores diferentes entre hombres y mujeres en el momento de decidir su ingreso al mercado de trabajo. Los elementos que valoran las mujeres se refieren a las condiciones de trabajo, la estabilidad laboral, la cooperación, el ambiente y el acceso a servicios sociales. Lo que ayuda a entender la buena recepción de las nuevas formas de organización en estas fábricas y la apropiación del discurso gerencial de “la fábrica como una familia”.

Otro fenómeno que ha quedado al descubierto, es la dificultad que expresan los varones para inscribirse en puestos de trabajo reconocidos como femeninos, ligados a exigencias de destreza, resistencia y cultura del trabajo femenina. En los medios laborales de la maquila, la presencia masculina ha llevado al cambio de su especificidad y diferencia sexual asignada, lo que ha significado que dichos trabajos se encuentren en una vía de redefinición para la integración de varones. No obstante, los estudios sobre la masculinidad en las maquiladoras aún no constituyen un área de atención para muchos estudiosos, a pesar del incremento de la participación masculina en esta industria, y de los importantes hallazgos en estudios anteriores.

El conjunto de estas evidencias motivó a varios jóvenes investigadoras, principalmente de estadounidenses, a indagar sobre el tema del significado social de género en los espacios productivos de las maquiladoras. En esta literatura se buscó vincular a la globalización económica con la comprensión feminista, mediante la identificación de varios tipos de exclusión de la mujer y su comprensión en el nivel cultural, de la feminidad, la masculinidad y la sexualidad. Con el fin de explicar cómo la imagen de la feminidad opera en el lugar de trabajo y, hace posible la construcción de un rol de género en el contexto de la globalización. A pesar de la creciente incorporación de varones a la industria maquiladora (Salzinger, 1992, 1997 y 2001; Wright, 2001 y 2004).

En tal sentido, Salzinger (1997) encontró en sus estudios sobre las maquiladoras de Ciudad Juárez, que la mayoría de los trabajadores en la línea eran mujeres mientras los hombres estaban segregados físicamente en actividades de empaque o reparación. Y, que las prácticas de control del trabajo estaban basadas en una alta visibilidad de los trabajadores femeninos más que los masculinos, por lo que la autoridad del supervisor permitía definir las actividades masculinas y sexualizar las femeninas.e la O, 1995 y 1997; Zúñiga, 1999; Castilla; 2004).

En este sentido, el cuerpo se torna en un espacio clave para comprender al género en la globalización. En donde el discurso de la feminidad en el trabajo conforma el género, el trabajo disciplinado y el control, mismo que puede ser evadido a través de la manipulación de lo masculino y, evitar sanciones o lograr mejoras. Sin olvidar la importancia de la variedad social de los contextos, en relación con las representaciones de género, ya que éstas son vividas, descritas e imaginadas en lo discursivo y en lo cotidiano por los actores.

Por su parte, Melissa Wright (2001) se enfoca en los supervisores masculinos como opuestos a las mujeres en la industria maquiladora. Y, examina como éstos reconocen la intimidad y la corporeidad de las mujeres para realizar sus trabajos. El resultado es la construcción de un tipo de tercer cuerpo, sin el cual no podrían operar el mundo laboral de la nueva flexibilidad.

En su estudio sobre maquiladoras en Ciudad Juárez observó una mezcla de supervisión fordista combinada con métodos flexibles, en donde predomina fuerza de trabajo femenina en las actividades de ensamble. Esta fuerza de trabajo es considerada como descalificada y responde a representaciones de diferencias de género, como diferencias entre trabajadores flexibles e inflexibles.

Este es un punto crítico para el proceso de integración de las mujeres a las nuevas condiciones productivas en las maquiladoras, ya que la imagen que evoca, es la de un trabajador masculino para la nueva flexibilidad. Paradójicamente, la supervisión flexible sólo toma lugar a través de la demostración de la habilidad y la calificación de las operadoras supervisadas. De esta forma, las mujeres representan el cuerpo a través del cual se materializa la flexibilidad.

En suma, se podría afirmar que en los noventa persistió la ambigüedad en el uso de los términos “sexo” y “género”, ya que varias investigaciones bajo una perspectiva de género se parecían a los anteriores estudios sobre la mujer. Por lo que es necesario preguntarse: ¿Actualmente se ha logrado incorporar ejes de análisis que permitan transitar de los estudios sobre la mujer a estudios de género en la maquila?

En este sentido destacan algunas investigaciones recientes sobre el papel de los sindicatos masculinos y las políticas informales de exclusión de las mujeres de ciertas actividades y cargos. Así como el estudio de los vínculos entre el Estado y el sindicalismo corporativo, las organizaciones civiles y no gubernamentales, como parte de un proceso de transición y lucha de reconocimiento de la ciudadanía (Sánchez, 1995 y 2000, Fleco, 2001; Covarrubias, et. al. 2004; Juárez, 2005)

Por otro lado, a raíz de la expansión de las maquiladoras hacia el centro y sur del país, algunos investigadores incorporaron a sus estudios la categoría de etnia, ya sea por efectos de la migración laboral indígena o por la localización de las nuevas maquiladoras en zonas tradicionales indígenas, como son los casos de Puebla, Yucatán y Guatemala. Así como el tema de la pobreza y la exclusión por género en algunos casos del norte y sur de México (Aguilar, 1995; Peña 1996; Reygadas, 2001; Salles y Rubalcava, 2002; Castilla, 2004; Juárez, 2005).

Conclusiones

En el conjunto de trabajos que se reseñó, se puede identificar en un primer momento, que el trabajo las mujeres en las maquiladoras se analizo a través de paradigmas dominantes y de gran influencia como el marxismo. Lo que propició investigaciones sobre experiencias concretas del trabajo de las mujeres en la maquila, bajo el supuesto de un trabajo marginal y descalificado, de aquí que predominara la imagen de “muchas, bonitas y baratas”.

En los ochenta, la presencia masiva de las mujeres en la actividad económica desveló la centralidad del trabajo asalariado de las mujeres en el sistema económico, aunque la tendencia de incorporación de varones a la maquila abrió el tema sobre la “masculinización y la desfeminización” del trabajo.

En los noventa, a la luz de los planteamientos sobre la globalización y la flexibilidad laboral, cambió la forma de comprender el trabajo y la experiencia de mujeres y hombres en el mercado de trabajo. No obstante, la imagen del trabajo femenino como secundario y descalificado continuó, aludiendo a la segmentación del mercado de trabajo y a las teorías del mercado dual. Según estas teorías el carácter secundario de las mujeres se debe a su propio papel en la reproducción social, en donde las diferencias creadas son aprovechadas por el mercado.

En este sentido, la preferencia de los empresarios por la contratación de mujeres iba más allá del ahorro salarial, demostrando el reconocimiento de las calificaciones efectivas de las mujeres, aunque estas sean informales o no escolarizadas. Lo que indicó la necesidad de superar la visión de subordinación del trabajo femenino por el reconocimiento de las competencias y calificaciones femeninas reales, además de la influencia de los factores culturales en la definición del trabajo femenino (Kergoat, 1978).

De igual forma, la proletarización y la feminización del trabajo es consecuencia del cambio en las características laborales de las últimas décadas y, no la causa de esta condición para las mujeres.

Por ejemplo, la entrada de las mujeres en este sector posibilitó la promoción y no la proletarización de los hombres, ¿porqué para el caso de las mujeres se considera lo contrario? Por lo que es necesario pasar de una percepción negativa y marginal sobre el trabajo femenino al reconocimiento de su mentalidad en los procesos económicos globales.

Lo que muestran estos estudios a lo largo de casi cuarenta años de presencia femenina en las maquiladoras, es que si la mujer se incorpora a algún sector laboral sin la cancelación de la diferencia sexual, su participación se reduce al manejo de estereotipos sobre su trabajo (Borderías, 2003). De aquí el giro de imágenes usado por los empleadores de la maquila al referirse a las mujeres en los primeros años como “Abundantes, jóvenes y baratas” y hoy en día como “Escasas, viejas y caras”.

El conjunto de estos estudios han posibilitado ir más allá de los ejes de la opresión y de la discriminación, permitiendo reconocer el cambio de las relaciones entre hombres y mujeres en el trabajo y la vida familiar a lo largo de casi cuarenta años. Para finalizar, es necesario menciona que en este breve recorrido se pudo identificar disciplinas con mayor presencia en el estudio de las mujeres en la maquila como son la antropología, la sociología y la demografía. En otras disciplinas, las contribuciones al debate de género no son tan claras, aunque sus aportes sean pioneros en el estudio de fenómeno maquilador, tal y como a pasado con la perspectiva de la economía industrial.

El tránsito de los estudios de la mujer hacia los estudios de género en este campo de análisis en particular, aún es incipiente, al predominar perspectivas sobre la mujer como sujeto unívoco de examen. Especialmente en el campo laboral, es necesario superar la universalidad del concepto de hombre y las definiciones neutras sobre los sujetos en el trabajo.

La consideración de las mujeres como un sujeto multidimensional, bajo distintas determinaciones y alteridades aún está en construcción. Aunque la introducción de temas relacionados con el poder, la autonomía, la sexualidad y la participación política abren importantes ejes de análisis para una perspectiva diferente.

Cabe señalar algunos rasgos que caracterizan a este conjunto de investigaciones, como el predomino de estudios de caso y la confluencia de enfoques académicos con iniciativas de acción política-social de diferentes organizaciones no gubernamentales. Además de la convergencia de estudios mexicanos y estadounidenses, lo que pudiera permitir la comparación y la complementariedad de los hallazgos de investigación, aunque aún es necesario articular la experiencia de investigación de ambos países. Ya que algunos estudios mexicanos sobre la mujer en la maquila se encuentran arraigados en los aspectos particulares de su propia localidad y su posición con respecto a Estados Unidos y otros países.

Resalta también las recientes estrategias de institucionalización de políticas de género a través del Estado, como lo demuestra el sexenio foxista, en el que se argumenta una política de integración transversal de género en las maquiladoras pero sin lograr superar las condiciones de subordinación y desigualdad de la población, o ir más allá de un discurso vacío y sin contenido.

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Amador Callejas Esmeralda. (2014, diciembre 12). Trabajo de las mujeres en las maquiladoras de México. Recuperado de http://www.gestiopolis.com/trabajo-de-las-mujeres-en-las-maquiladoras-de-mexico/
Amador Callejas, Esmeralda. "Trabajo de las mujeres en las maquiladoras de México". GestioPolis. 12 diciembre 2014. Web. <http://www.gestiopolis.com/trabajo-de-las-mujeres-en-las-maquiladoras-de-mexico/>.
Amador Callejas, Esmeralda. "Trabajo de las mujeres en las maquiladoras de México". GestioPolis. diciembre 12, 2014. Consultado el 4 de Diciembre de 2016. http://www.gestiopolis.com/trabajo-de-las-mujeres-en-las-maquiladoras-de-mexico/.
Amador Callejas, Esmeralda. Trabajo de las mujeres en las maquiladoras de México [en línea]. <http://www.gestiopolis.com/trabajo-de-las-mujeres-en-las-maquiladoras-de-mexico/> [Citado el 4 de Diciembre de 2016].
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